Revista Methodo: Investigación Aplicada a las Ciencias Biológicas. Facultad de Medicina. Universidad Católica
de Córdoba. Jacinto Ríos 571 Bº Gral. Paz. X5004FXS. Córdoba. Argentina. Tel.: (54) 351 4938000 Int.3219 /
Correo: methodo@ucc.edu.ar / Web: methodo.ucc.edu.ar | EDITORIAL Rev. Methodo 2026;11(3):01-04.
EDITORIAL Rev. Methodo 2026;11(3):01-04
https://doi.org/10.22529/me.2026.11(3)01
Solicitado 03 May. 2026 | Recibido 18 Jun. 2026 | Publicado 14 Jul. 2026
Simulación clínica: pasado, presente y futuro de una
herramienta educativa transformadora
Clinical simulation: the past, present, and future of a
transformative educational tool
Quienes nos formamos en ciencias de la salud recordamos con claridad el primer día de trabajo,
la primera consulta real, el primer procedimiento sobre un paciente verdadero. Recordamos también,
con cierta incomodidad, los errores que cometimos en ese camino. Durante décadas, aprender implicó
necesariamente exponerse y exponer al paciente a la incertidumbre del principiante.
El distanciamiento de los estudiantes de las ciencias de la salud con los pacientes tiene
múltiples factores, legales, económicos y la pérdida de empatía hacia los estudiantes. La simulación
clínica llegó a cambiar esa lógica. No para eliminar la complejidad del aprendizaje, sino para ofrecer
algo que las generaciones anteriores no tuvieron: la posibilidad de practicar sin culpa, de equivocarse
en un entorno seguro, de reflexionar sobre el error antes de enfrentarse con el paciente real.
Puede definirse como una estrategia educativa en la que se reproducen situaciones del mundo
real de forma interactiva y sistematizada, en un ambiente controlado que promueve la participación
activa, fomenta la reflexión y permite practicar antes del encuentro con el paciente real.
El origen de la simulación como herramienta de entrenamiento no es exclusivo de las ciencias
de la salud. El primer simulador de vuelo, desarrollado por Edwin Link en 1929, instaló una idea que
décadas después transformaría la educación médica: es posible y deseable prepararse para
situaciones críticas sin exponerse a sus consecuencias reales.
En el campo de la salud, los hitos hablan por sí solos. En el siglo XVIII, Madame du Coudray,
matrona de la corte francesa, construyó "la máquina": un modelo de pelvis femenina en tela y cuero,
con un feto articulado, que permitió entrenar a más de cinco mil parteras y redujo drásticamente la
mortalidad perinatal de la época
1
. Siglos antes de que existiera el concepto, ya había simulación.
En los os 50 y 60, el fabricante noruego Laerdal, junto con los médicos Safar y Lind,
desarrolló Resusci Anne, el maniquí de RCP más utilizado en la historia. Le siguieron Harvey y Sim
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One simuladores de cuerpo completo para auscultación e intubación y, en los años 80, el Dr. David
Gaba en Stanford diseñó un entorno integral de simulación para residentes de anestesiología, marcando
el inicio de la simulación de alta complejidad en medicina.
Desde los años 90 en adelante, el crecimiento fue exponencial: surgieron centros dedicados a
la simulación clínica, se incorporó la simulación a currículas de grado y posgrado, y la tecnología
amplió el horizonte de lo posible
2
.
Los simuladores disponibles hoy abarcan un amplio espectro de fidelidad entendida como la
capacidad del simulador y su entorno de asemejarse a la realidad: desde maniquíes estáticos para
RCP básico o brazos para canalización, hasta simuladores de alta fidelidad asistidos por software
capaces de reproducir escenarios clínicos complejos con evolución en tiempo real. A estos se suman
los pacientes estandarizados actores entrenados para representar situaciones clínicas reales y, más
recientemente, los simuladores de realidad virtual y aumentada que recrean entornos como quirófanos
con un nivel de inmersión antes impensado
3-4
.
Sin embargo, la fidelidad no determina por sí sola el valor pedagógico de un simulador. Lo que define
su utilidad es el objetivo de aprendizaje: un maniquí de baja fidelidad puede ser exactamente la
herramienta correcta para desarrollar una habilidad procedimental específica, mientras que un escenario
de alta fidelidad será necesario cuando el foco esté en la toma de decisiones bajo presión o el trabajo
en equipo. La pregunta no es cuál simulador es mejor, sino cuál es el más adecuado para lo que
queremos enseñar.
La simulación clínica se estructura en tres etapas: el prebriefing, donde se prepara al estudiante y se
establece el contrato de ficción el acuerdo implícito de actuar como si la situación fuera real; el
escenario propiamente dicho; y el debriefing, la conversación reflexiva que cierra y da sentido a la
experiencia.
Es en el debriefing donde el aprendizaje se consolida: donde el estudiante examina sus decisiones,
reconoce sus procesos de pensamiento y reflexiona sobre las emociones que surgieron durante la
experiencia. Sin debriefing, la simulación es solo un ejercicio. Con él, se convierte en una experiencia
formativa.
Para que eso ocurra, es muy importante el rol del facilitador. Se trata del docente que guía la reflexión,
sostiene un ambiente seguro y parte de una convicción pedagógica fundamental: el error no es punible,
es una oportunidad de aprendizaje. Asumir este cambio conceptual no es sencillo, y por eso la formación
del facilitador es tan importante como la del estudiante.
Las razones para incorporar la simulación a la formación en ciencias de la salud son sólidas y están bien
documentadas
5
. Permite practicar procedimientos y tomar decisiones clínicas sin riesgo para pacientes
reales, expone a los estudiantes a situaciones poco frecuentes o de alta complejidad, y ofrece
retroalimentación inmediata y evaluaciones objetivas.
Fortalece el trabajo en equipo y la comunicación, reduce el estrés asociado al aprendizaje clínico real y
mejora la confianza del estudiante antes del encuentro con el paciente. Como docentes, la simulación
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nos permite acompañar a los estudiantes a través de todas las fases de la Pirámide de Miller: el
estudiante hace, demuestra como lo hace, puede analizar lo que hizo y transmitir ese conocimiento a
sus compañeros. De esta manera podemos fijar el conocimiento del alumno de manera mucho más
eficaz que la educación catedrática tradicional.
Pero más allá de los beneficios técnicos, hay algo que no siempre aparece en la literatura y que quienes
trabajamos en simulación conocemos bien: el impacto que tiene sobre los estudiantes descubrir que
pueden equivocarse sin consecuencias, reflexionar sobre ese error y volver a intentarlo. Esa experiencia
no solo mejora habilidades: transforma la relación del futuro profesional con su propio proceso de
aprendizaje.
El futuro de la simulación clínica parece ilimitado, pero no puede pensarse sin reconocer las condiciones
en las que se desarrolla. En Argentina, y en gran parte de Latinoamérica, los centros de simulación
enfrentan limitaciones económicas reales: el equipamiento es costoso, el mantenimiento de los
simuladores de alta fidelidad demanda recursos sostenidos, y la renovación tecnológica compite con
presupuestos universitarios que no siempre acompañan. Reconocer esta realidad no es una queja: es una
condición necesaria para pensar estrategias que permitan hacer más con lo disponible, y para
fundamentar la importancia de políticas institucionales que sostengan estos espacios en el tiempo.
La irrupción de la inteligencia artificial en la simulación clínica abre un horizonte de posibilidades cuyo
verdadero alcance todavía estamos aprendiendo a comprender.
Pacientes virtuales con respuestas cada vez más cercanas a la realidad, sistemas de análisis del
desempeño en tiempo real, escenarios adaptativos que evolucionan según las decisiones del estudiante:
las posibilidades son infinitas. Pero la pregunta que más nos interpela como educadores no es
tecnológica sino pedagógica: ¿qué rol humano es insustituible en este proceso? La respuesta, por ahora,
apunta siempre en la misma dirección: el vínculo, la reflexión compartida, la presencia de un facilitador
que acompaña.
La tecnología puede simular casi todo, menos eso.
Quienes nos formamos en modelos centrados en el docente, en una enseñanza basada principalmente
en la transmisión de contenidos, tenemos por delante un desafío que es también una invitación: no para
abandonar lo aprendido, sino para incorporar nuevas formas de enseñar que pongan al estudiante en el
centro y al paciente a salvo. La simulación clínica no es una moda pedagógica ni un lujo tecnológico:
es una responsabilidad ética con las nuevas generaciones de profesionales y con la seguridad de los
pacientes que estarán a su cuidado. Esa convicción es la que sostiene, en definitiva, el trabajo cotidiano
de quienes apostamos a este camino.
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Dr. German Freille Paola Senatore
Médica Especialista en Emergentología Médica Especialista en Medicina Interna
Diplomado en Simulación Clínica Profesora Universitaria en Medicina
Diplomada en Simulación Clínica
Bibliografía
1.Scharf, J. L., Bringewatt, A., Dracopoulos, C., Rody, A., Weichert, J., & Gembicki, M. (2022). La Machine:
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