
La necesidad de pensar el pensar como condición de una auténtica paideia
y en su principio metafisico, constituirá ia
base sobre la cual fundar la posibilidad de
una verdadera y profunda comunicación
entre los entes pensantes.
1. Pensar el pensar
Cuando mentamos la palabra logos,
pen sam os en la cap acidad inicial de
objetivación que tiene el espíritu humano.
El poder de logos, nos dice Maria Adelaide
Raschini, es el poder mismo de la inteligen
cia que, en tanto intus legere, puede leer,
esto es, asumir bajo la forma del logos cual
quier ente, incluso aquel objeto privado de
entidad cual es la nada (Cfr. RASCHINI,
2006:32). Pensar es el signo distintivo del
ente inteligente finito que es el hombre.
Pensar es el "acto de la mente humana que
se da por y con la asunción de cualquier
entidad p o r parte de la mente m ism a"
(RASCHINI, 2000:27).1 La realidad es pen
sada cuando es convertida en objeto, ya no
externo, sino real presencia objetiva. Al
objetivar algo se plantea, aparece el pro
blema que exigirá una respuesta.
Así, entonces, el pensar genera una
relación entre un sujeto y un objeto (a esta
relación se la denomina conocimiento). Por
esta asunción mental, el objeto pasa a es
tar unido al sujeto (unión intencional), y
deviene otro sin perder su ser, tal como su
cede con el sujeto cognoscente. Esta unión
intencional sólo es posible por la abstrac
ción. Abstracción, en un sentido lato, es el
acto del intelecto que considera un elemen
to o un aspecto de una cosa sin tener en
cuenta los otros datos o aspectos. Esta no
ción, sin embargo, también es reconocida
por el empirismo. Pero, propiamente, la
abstracción es el acto del intelecto que con
sidera la naturaleza o esencia del objeto, y
que la distingue de los caracteres que la
individualizan. Es la operación propia de la
1 La traducción es nuestra.
inteligencia: es el modus constitutivo del
pensar. Sin ella no existiría el pensar ni el
saber en ninguna de sus formas (no existi
ría, en consecuencia, la física, el derecho,
el arte, la religión, etc., etc.).
Como se advierte, el pensar es pro
blemático. Precisamente, el acto de pen
sar supone plantear interrogantes y, con
secuentemente, saberse situado a distan
cia de las respuestas y tener conciencia
de esta lejanía. Por eso el pensar humano
es discursivo, dialéctico, y procede de la
potencia al acto, de lo conocido a lo des
conocido. Y dado que hay distancia entre
la pregunta y la respuesta, es posible el
error (debido a la finitud de quien busca).
Error es la respuesta que no responde,
que no resuelve. Ahora bien, dado que
toda respuesta correcta constituye, para
el hombre individual y para la humanidad,
un crecimiento histórico en cuanto adqui
sición de la verdad, todo aquello que
oblitere el pensar im pide el verdadero
progreso de la humanidad, que es progre
so en la verdad.
La historia, como puede apreciarse, no
puede ser co n cebid a com o pro greso
unidireccional o como progreso necesario,
dado que es posible toparse con el error en
la búsqueda. El pensar, además, es crítico,
no puede ser ni escéptico ni dogmático. El
hombre, al ponerse el problema, confía en
sus poderes cognoscitivos para resolverlos.
Aunque la verdad alcanzada sea parcial,
humilde en la conciencia de sus límites, sin
embargo es verdad, al fin de cuentas. Fi
nalmente, el pensar es teológico o teísta. El
ente pensante sabe de su ser, gracias a la
diferencia entre la pregunta que se formula
-en cuanto pensante- y el hecho de no po
seer aún la respuesta. Ésta, la condición
radical de la finitud, pone al hombre en re
lación con la condición, lejanísima aunque
concebible, de un ente inteligente que no
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