
- XIX, Nº 38, octubre 2021-marzo 2022. Pág. 106-127 123
Raquel Susana Sandrone
visor” en el que se propone construir distintos sentidos de la gestión supervisiva para
resignicar la tarea hacia las deniciones de la política educativa.
Estas son algunas líneas de la historia de otros lugares y de otros formatos que nos
permiten avanzar un poco más en el conocimiento de quién es el inspector de zona o
el supervisor escolar.
En síntesis, a través del recorrido histórico que se intenta realizar, se visualiza que,
efectivamente, el supervisor ha tenido una función de asimetría respecto a los otros
agentes que pertenecen a su ámbito de inuencia. Y si bien, epistemológicamente, la
evolución de su rol no ha ido modicándose temporalmente de manera lineal con res-
pecto a los fundamentos que sustentan la realidad, sí ha mutado en su historización.
Actualmente, la supervisión constituye el enlace para retroalimentar y coordinar
las funciones y las actividades entre las áreas normativas, las administrativas y las es-
cuelas a n de garantizar el funcionamiento integral del servicio educativo, una mirada
más compleja desde la teoría que se efectiviza parcialmente en la práctica habitual.
UNA MIRADA DESDE EL PARADIGMA DE LA COMPLEJIDAD
La tercera hipótesis habilita, desde el paradigma de la complejidad, la posibilidad
de generar las condiciones para que, en la supervisión, se desarrollen prácticas de
ciudadanía democrática que permitan desarrollar prácticas de conocimiento reales en
cada aula de la zona escolar de tal modo que todos los estudiantes alcancen aprendi-
zajes de calidad, aprendizajes que les permitan mejorar la calidad de sus vidas.
Y de lo propuesto por Morin en El método (1988) se rescata: “(…) en la crisis de
los fundamentos y ante el desafío de la complejidad de lo real, todo conocimiento ne-
cesita hoy reexionarse, reconocerse, situarse, problematizarse” (p. 34). Se intenta
reexionar sobre la práctica supervisiva y problematizarla, construir un nuevo hacer
desde el encuentro con el otro, desde la mirada de todos y habilitar espacios y tiempos
diferentes a los tradicionalmente construidos. Espacios de aprendizajes con otros.
Situarse en la posibilidad de identicar, en la supervisión escolar, los elementos
que están presentes en su organización, en el conocimiento de la lógica de su funcio-
namiento y en la multitud de relaciones causales y funcionales que se establecen en
su interior, es reconocer en ello la complejidad de la vida institucional. En ella, es don-
de se maniesta la coexistencia del orden y el desorden y, por la dinámica existente,
la trama de relaciones internas y externas. Para Morin (2010), la complejidad es un
tejido de constituyentes heterogéneos, inseparables asociados: presenta la paradoja
de lo uno y lo múltiple. Menciona que, al mirar con más atención, la complejidad es,
efectivamente, el tejido de eventos, acciones, interacciones, retroacciones, determi-
naciones y azares que constituyen nuestro mundo fenoménico.
Así es que la complejidad se presenta con los rasgos inquietantes de lo enreda-
do, de lo inextricable, del desorden, de la ambigüedad, de la incertidumbre. De allí
la necesidad para el conocimiento, de poner orden en los fenómenos rechazando el
desorden, de descartar lo incierto, es decir, de seleccionar los elementos de orden
y de certidumbre, de quitar ambigüedad, claricar, distinguir, jerarquizar. Pero tales
operaciones, necesarias para la inteligibilidad, corren el riesgo de producir ceguera si
eliminan los otros caracteres de lo complejo y, efectivamente, produjo ceguera.