- XIX, Nº 37, abril-septiembre 2021. Pág. 40-52
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S. R. García
el docente, al orientar el aprendizaje de sus estudiantes, hace necesaria una planica-
ción coherente que permita ordenar, secuenciar y complejizar los propósitos educati-
vos que la sustentan con efectos didácticos y de contexto. La clase se constituye como
el espacio real en el que las intenciones docentes se hacen explícitas. Como indica
Quiroga Tello (2008): “En consecuencia, la incertidumbre, la complejidad, el conicto
de valores, la multidimensionalidad, constituyen rasgos distintivos de las prácticas
docentes, conriéndole a su vez singularidad y una lógica propia (p. 7).
Es decir que las prácticas escolares se construyen en torno a las decisiones que
intervienen en los procesos de enseñanza y aprendizaje y a las relaciones con las
que las personas conforman y modican sus experiencias. Así lo indica Quiroga Tello
(2008): “Recuperar el protagonismo de docentes y alumnos en lo que respecta a la
toma de decisiones en torno a los procesos de enseñanza y de aprendizaje, como
sujetos reexivos y críticos, representa el hilo conductor que guía las prácticas docen-
tes” (p. 25). Durante la escolaridad, se constituyen percepciones que dan forma a la
subjetividad. Lo cierto es que se construyen conguraciones en relación a los procesos
sociales que habitan la escuela y, a partir de ellas, se adquiere signicado sobre los
entornos que pueden favorecer o no el aprendizaje. Auyero (2004) se cuestiona sobre
los procesos colectivos y las biografías individuales y, en esa dirección, los supuestos
teóricos subyacentes y epistemológicos penetran en las trayectorias escolares. En el
caso de este estudio, penetran en los docentes y estudiantes estableciendo un inter-
cambio dialéctico capaz de conformar una articulación entre las dimensiones sociales,
políticas, culturales e históricas que intervienen en este contexto.
Así se conguran las prácticas y las relaciones entre docentes y estudiantes, en las
que los signicados se asignan determinando modos de ser, de conocer y de participar.
Como lo propone UNICEF (2004): “(…) construcciones simbólicas que se crean y se
recrean en el curso de las interacciones sociales. Son maneras especícas de entender
y comunicar la realidad e inuyen, a la vez que son determinadas, por las personas a
través de sus interacciones” (p. 31).
El concepto de curador, si se lo aplica al ámbito educativo, se muestra altamente
representativo del nuevo rol que los docentes pueden adoptar como orientadores,
guías o mediadores. Es interesante pensarlo a partir del profundo estudio de las nece-
sidades educativas situadas para ser capaz de analizar crítica y propositivamente ob-
jetivos y metodologías. Es un rol multiplicador que resalta la importancia de descubrir
el camino más que el contenido y fomenta la habilidad de selección y resignicación
a partir del sentido crítico que permita diferenciar lo superuo de lo pertinente. El
signicado que ahora existe es inmediato y reconoce la relación de todo con todo. La
interacción se presenta de manera permanente, vinculando nuevos datos e informa-
ciones y estableciendo variadas conexiones. Las mediatizaciones se hacen presentes
y facilitan la correlación entre múltiples formatos de transmisión de contenidos, lo
que provoca, en el docente, la necesidad de analizar los modos de participación, los
efectos que pueden producirse y la oportunidad de reconguración que se establece
en el sentido pedagógico de su rol. Cuanto mayor sea la participación y el intercambio,
mayor será la transformación y el sentido que se asigne a un aprendizaje; hecho que
ya no se ubica exclusivamente en el ámbito escolar.
Las concepciones pedagógicas que el pensamiento docente sostenga serán tradu-
cidas en las decisiones que este tome en relación a la planicación y a la enseñanza,
fundadas en el intercambio con las experiencias que ha vivido, sus creencias, costum-
bres y cultura a partir de las que asigna sentido a sus prácticas. Bourdieu y Passeron