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Diálogos Pedagógicos. XVIII, Nº 36, octubre 2020-marzo 2021.
Se entiende así al niño como sujeto activo de derechos y al juego, como institu-
ción diferencial para la niñez; un espacio distinguido que lo separa del mundo adul-
to y permite el tránsito de la infancia a la madurez (Lewkowicz y Coria, 2004). En los
primeros años de vida, el juego ocupa un lugar que merece ser pensado e investi-
gado. Chokler (2015) lo considera un instrumento privilegiado de constitución de la
identidad que permite el dominio de la motricidad, la estructuración del espacio, el
conocimiento de la realidad, la estructuración, desestructuración y restructuración
del esquema e imagen corporal y de sí, con la elaboración y simbolización de de-
seos, temores, potencialidades y fantasías inconscientes. En el juego, los objetos
pierden su fuerza determinante. El niño comienza a actuar independientemente de
lo que ve, trasciende la percepción. La acción está mayormente determinada por las
ideas, por la pulsión epistémica, más que por los objetos.
El juego es una acción propia de la función simbólica y -por tanto- lenguaje y
cultura se entraman con el juego. Incluso desde la teoría sociohistórica de Vygotski,
se expresa "en el preciso momento en que un palo se convierte en el punto de
partida para desglosar el significado del concepto caballo, del caballo real, se in-
vierte esa proporción y predomina el significado; siendo ahora la relación significa-
do/objeto" (2009, p. 149). Durante el juego, el niño opera con significados sepa-
rados de sus objetos y situaciones acostumbradas. Así, se va desprendiendo de
la situación perceptiva directa y comienza a crear situaciones imaginarias. Estos
significados son construidos en un espacio social y cultural determinado, el cual
contiene y explica su producción. Asimismo, el juego constituye para el niño un
espacio transicional en la expresión de Winnicott (1993) en el que puede poner en
relación dialéctica el mundo externo e interno.
Como en esta primera etapa de la vida el niño aprende a través del juego,
es de esperar que este se constituya en una propuesta central dentro del nivel
inicial. Este nivel es el contexto en el que se ponen en interacción dos derechos
fundamentales como el juego y la educación, los cuales se consideran como me-
diadores en la transmisión de la cultura. En este sentido, es posible reconocer,
en la misma institución, una trama de instituciones que -de alguna manera- ge-
neran condiciones particulares en las cuales se desarrollan prácticas (tanto de
los adultos como de los niños). Podríamos, entonces, pensarlas en términos de
dispositivos.
Entendemos por dispositivos institucionales aquellas redes de discursos, le-
gislaciones, prácticas, arquitectura, entre otras, que tienen como objetivo generar
prácticas (Foucault, 2002). En este sentido, los dispositivos, en el marco de una
institución educativa, no siempre se reconocen como dispositivos pedagógicos
(Bernstein, 1998). Se entiende que se ponen en juego tensiones con los discursos
y códigos del propio sistema. Lo cierto es que los dispositivos son tales en tanto
configuran un artificio creado y construido para que algo acontezca, y -por tanto-
tensionan en un nivel micro y macro. Los docentes toman decisiones y dan cuenta
de sus propios fondos de conocimiento, pero, en el marco de relaciones de poder,
saben que trascienden la propuesta micro que surge de sus decisiones. Los dis-
positivos se inscriben en los cuerpos, lo que constituye la subjetividad y define los
modos de hacer y de ser (Foucault, 2002).
J. M. I. Casella, M. Etchegorry, C. I. Vargas
Pág. 44-53