
«Lo que nunca me atreví a confesar...»
taremos a recuperar en su totalidad la
historia de Sandra por entender que en
su texto está también la voz y el reflejo
de muchos buenos maestros argenti
nos, esos que a pesar de tantos tropie
zos, dificultades y carencias apuestan
como nosotros a formar lectores, o sea,
ciudadanos en serio, de los que, segu
ramente, dependerá el futuro de este
querido país. La voz de Sandra, enton
ces, como homenaje a todos.
"Todo comienza con mi abuelo.
Mis primeros encuentros con la lec
tura fueron de la mano de mi abuelo. Era
como un ritual. Llegaba la noche, nos ju n
tábamos con mis hermanos y de pronto
aparecía él. Se hacía un lugar en la ronda
y empezaba a contar las historias de un
mentiroso de campo, un tal 'Juan Angu
lo'. Era un personaje exagerado, que no
sotros creíamos venía de la imaginación
de mi abuelo. Resulta que con el tiempo,
ya recibida de maestra, hago un curso de
'Cuentacuentos', y ahí me encuentro con
este personaje, pero con otro nombre: Pe
dro de Urdemales. Nadie me dijo nada,
pero por más que el nombre fuera distin
to, cuando leía las páginas del librito, me
pareció escuchar la voz de mi abuelo na
rrando desde un lugar muy adentro mío.
Eran recopilaciones de alguien, que con
mucha técnica había escrito las hojas, pero
que, a mi manera de sentir, por el lazo
que había establecido desde el afecto con
esos cuentos, poco tenían que hacer con
tra los maravillosos relatos de un analfa
beto del interior de la provincia de Buenos
Aires.
Tenía otros cuentos en su haber mi
abuelo. Tenía también mucha im agina
ción. Recuerdo una noche en la que co
menzó el ritual de una manera que, debo
confesarlo en ocasiones copio. No apare
ció directamente en la ronda. Esperó que
todos llegáramos a la pieza de la pequeña
casita que habitábamos. Se paró afuera,
en la oscuridad, detrás de un mosquitero
viejo que había en la ventana, y desde allí
comenzó el relato. Recuerdo claramente
cómo comenzó: '¡ANIMA QUE 1//\S PE-
NANDOOOOI!!!!', dijo con voz lúgubre.
Allí comenzó el relato de otro de sus per
sonajes de campo. Por supuesto, todos
nos asustamos. Nos dimos cuenta que
era él, no podía ser otro. Pero como éra
mos cómplices, seguíam os cada juego
propuesto. De pronto, apareció dentro de
la pieza, en la ronda. Fue y sigue siendo
mágico ese momento, porque para llegar
a la habitación había que dar una vuelta,
no muy grande, pero una vuelta que ten
dría que haber impedido que oyera su
voz. Sin embargo no recuerdo haber deja
do de oírla nunca. Era un mago, un ge
nial, amoroso, un maravilloso mago que
sin saber leer ni escribir, me acercó a la
lectura, a las letras y a los números. Su
nombre era Juan Galli y lo considero mi
primer autor.
También me acercó a las letras, si. Él
nunca logró unir las letras para formar
palabras, pero si las conocía todas, por su
nombre y sonido. Mi mamá, de chica, ha
bía logrado que copiara el grafismo de su
nombre: esa una de las primeras palabras
que aprendí a leer y escribir antes de en
trar al jardín. Como en un juego de maes
tro y alumna, él escribía una letra por ren
glón en un cuaderno que tenía yo, y yo
las seguía.
Cuando entré al jardín de infantes, yo
ya conocía las letras, leía a mí manera.
Indudablemente, el mago había consegui
do que yo ganara confianza en mi misma
para enfrentarme al código. Todavía no
sabía leer como mi mamá o mi papá, pero
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' D i ó i o y o i l& ( x ie iy ó y ic o ¿ . Año V il, N° 13, abril 2009. Pag. 47-62