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MARÍA POLLITZER
ejercen sobre las propias ideas el interés de clase, la ideología o la opinión
de la masa y atreverse a disentir con la autoridad, cualquiera que sea, cuan-
do se lo considere oportuno. Como señala Urbinati, en el caso de Mill, “el
disenso tiene un valor normativo que afecta positivamente tanto al indivi-
duo como a la comunidad política en general” (2002: 153). Es parte inte-
grante de la virtud cívica de los modernos en tanto que, por un lado, alien-
ta la existencia de modos de pensamiento antagónicos cuya función remeda
la de los poderes mutuamente controlados en una constitución política, y
por otro, permite a los individuos mantener viva su independencia personal
en medio de una sociedad de masas (Cfr. Mill, 1985b [1840]: 257). En
otros términos, un gobierno libre, aquél en el cual según Bagehot “el poder
soberano está dividido entre diferentes personas que discuten entre sí”, pre-
cisa de “mentes argumentativas” capaces y dispuestas a entablar dicha dis-
cusión (1915f [1872]: 102).
Ahora bien, este deseo de autonomía intelectual (fundado en el “cartesia-
nismo inconsciente” del que habla Tocqueville), que viene acompañado de
la curiosidad y la reserva frente a las opiniones heredadas, no debe confun-
dirse con una actitud arrogante propia del fanático, cuya estrechez mental
sólo le faculta para “ver unas pocas cosas con fuerza y del resto, nada”
(Mill, 1982 [1834]: 154). Por el contrario, el ciudadano al que apelan está
llamado a cultivar cierta dosis de humildad intelectual. Entre sus méritos,
ella previene contra la absurda pretensión de infalibilidad. Acostumbra a
los individuos a reconocer que la lectura que cada uno hace sobre cualquier
aspecto de la realidad carga ineludiblemente con un sesgo peculiar. En
efecto, para Mill, “todo pensador (inquirer) [y lo mismo podríamos decir
de todo ciudadano] es joven o viejo, rico o pobre, enfermo o sano, casado o
soltero, meditativo o activo, poeta o lógico, antiguo o moderno, hombre o
mujer, y si es una persona pensante tiene además las particularidades acci-
dentales de su modo de pensamiento individual” (Mill, 1985c [1838]: 90-
91. Cfr. Zakaras, 2007: 217). Diversos factores tales como el temperamen-
to, la posición social, las oportunidades de observación y estudio conducen
a que cada uno perciba ciertas cosas con mayor profundidad y desatienda u
olvide otras. Esa es la razón por la cual, la mayoría de las veces, lo que po-
seemos son tan solo “verdades parciales”, aproximaciones incompletas.
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MILL destaca como una constante en el comportamiento de los hombres esta “pro-
pensión general e invencible a separar la verdad y tomar la mitad de ella, o menos que
la mitad; (...) y a armarse como un puercoespín contra todo aquel que quiera acercarles
la otra mitad, como si éstos quisieran quitarles la porción que ya poseen” (1977c [1859]:
247). Cfr., a su vez, las cartas enviadas por Tocqueville a R
OYER-COLLARD, el 6-4-1838
(2003: 410-41) y a M
ME SWETCHINE el 26-2-1857 (2003: 1244).