
41 otoño 2017
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STUDIA POLITICÆ
tradición religiosa que le ha otorgado una segunda naturaleza: consuetudo
enim est altera natura (Theophrastus redivivus, Tractatus secundus, cap.
III, 148). El sapiente no solo se distingue del pueblo sino, además, del po-
lítico. Este último se ocupa del buen funcionamiento de la república y, por
eso, del control de la masa; por el contrario, el sapiente solo está ocupado
de la verdad. Nuestro autor establece, dentro de la comunidad política, dos
órdenes claramente diferenciados: “... uno, externo, social, políticamente
compacto, válido para el pueblo; y otro, interno, limitado al sapiente y no
extensible al público... ámbito de libertad y autonomía que es imposible
querer extender al pueblo” (Bianchi, 1988). El pueblo, como refería Vanini,
siempre amará ser engañado: “Mundus vult decipi, decipiatur ergo” (Vani-
ni, 2010, Exercitatio VI, 36, p. 384). El esfuerzo del político, a juicio de
nuestro autor anónimo, se orienta a mantener siempre el statu quo, some-
tiendo las fuerzas pasionales de la masa a los dictados de la ley.
Una visión negativa respecto del ser de la mayoría de los hombres conduce
a nuestro autor tanto como a otros libertinos, v. g., La Mothe le Vayer, a la
exigencia de un Estado absoluto. Solo un Estado absoluto puede someter a
una masa dominada, por naturaleza, por pasiones anéticas. La crisis del de-
recho natural acaecida ya hacia fines del siglo XVI (Battista, 1966) y la an-
tropología negativa del Theophrastus desembocan en un convencionalismo
jurídico de base voluntarista, que considera al soberano como lex animata
y a las reglas de la Razón de Estado como cánones prudenciales de su ac-
ción de gobierno (Taranto, 1989, 272).
El Theophrastus no se propone llevar adelante una revolución en la vida de
los hombres que integran la masa. Por el contrario, pretende mantener el
statu quo político a la vez que la existencia de una religión ordenada al do-
minio de los ignorantes. La filosofía verdadera, esto es, el ateísmo, es pri-
vativa de los sabios libertinos. Para nuestro autor solo las mentes lúcidas
solo son capaces de descubrir que las historias sobre los dioses son falsas
(Theophrastus redivivus, Tractatus primus, cap. VI, 113). Pareciera que hay
una tendencia no eliminable en los pueblos a creer en fantasías y a no fun-
darse en la verdad que solo la razón natural puede ofrecer. En realidad, se-
gún nuestro autor, la doctrina sobre los dioses agrada a los pueblos
(Theophrastus redivivus, Tractatus primus, cap. VI, 111).
La imposibilidad de universalizar el ateísmo no sería para el autor del
Theophrastus algo negativo ya que la creencia en los dioses permitiría no
solo obedecer las leyes sino, además, mantener la estabilidad política. Re-
conoce, asimismo, que sin la existencia de la religión toda sociedad se di-
solvería (Theophrastus redivivus, Tractatus primus, cap. IV, 57), ya que la
religión ha sido considerada como el alma, la firme columna de una socie-