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STUDIA POLITICÆ
decisiones y de influencias mundiales han ido desplazándose, y además de tener una
orientación definida, los tiempos en los que se asienta en una determinada sede son
cada vez más breves, acompañando también la aceleración científica y tecnológica de la
era temporal que estamos viviendo. Kissinger hipotetiza diciendo que el centro del po-
der mundial estuvo, durante siglos largos, en el valle del río Amarillo, donde surge la
civilización china y su inmensa y prolífica cultura, se puede ver ese poder en el refina-
miento y en el grado técnico alcanzado por la burocracia imperial china: los administra-
dores de la política en aquel lejano Oriente, los mandarines, accedían a sus cargos por
“concursos de oposiciones y antecedentes” —diríamos hoy— ya unos diez siglos antes
de la era cristiana, y se vestían con sedas y brocados cuando en Europa poco menos an-
daban en taparrabos... ese poder, cuando la civilización china comienza a debilitarse o a
aislarse, va a pasar por India; por los pueblos ubicados en las fértiles tierras entre el Éu-
frates y el Tigris; seguirá su viaje al Oeste y alcanzará el Mediterráneo: Alejandro de
Macedonia tomará la posta y lo expandirá por casi todo el mundo conocido y Grecia
será el eje; luego, el talento organizacional romano lo conducirá plenamente a Occiden-
te, hasta que las “invasiones bárbaras” vuelvan a ponerlo en jaque; pero Carlos V —o
Carlos I—, cuyos dominios eran tan vastos que en ellos no se ponía el sol, aún reivindi-
caba para sí la condición de heredero de aquel Imperio Romano, la calidad de “César”.
Tras el hundimiento de la Armada Invencible, el testigo pasó a Londres, con el apoyo
del dominio de los mares. Y aquí lo encontramos en la etapa que nos ocupa. (Seguirá su
viaje el poder, y precisamente será esta guerra, que comienza en 1914, la que empujará
al poder a cruzar el Atlántico y asentarse en Washington; y quizás en estos días nues-
tros, porque los períodos son cada vez más cortos, estemos presenciando cómo sigue su
ruta hacia el Oeste, y esté cruzando esta vez el otro océano, el Pacífico, y volviendo a
donde partió, a la costa de China). En 1914 encontramos al poder mundial sólidamente
asentado en Europa, y ese centro del poder tiene muy poco acompañamiento, hay muy
pocos Estados —algo así como una quinta parte de los que hoy conocemos— y que, por
lo tanto, hay fuerzas internas que pujan, al interior de Europa, por porciones mayores de
uso de ese poder. Una de estas fuerzas en pugna está en Berlín, y en el palacio del joven
emperador Guillermo II.
Guillermo II ascendió al trono de Prusia en 1890, y uno de sus primeros actos de go-
bierno fue destituir al anciano canciller Otto von Bismarck, porque tenía la intención
de abandonar su complejo y proceloso sistema de alianzas, y que había sido el “table-
ro”, la foto del “sistema europeo”, que quizás fuese complejo y frágil, pero había ga-
rantizado la paz en Europa durante casi veinte años. Guillermo entendía que esa paz y
esa primacía de la diplomacia tradicional —un invento renacentista que casi no había
sido afectado por modificaciones importantes en cuatrocientos años— impedía la ex-
presión del potencial alemán. Prusia, entendía el emperador, podía alcanzar unas con-
diciones de poder y hegemonía superiores a Londres y a París (lo que, en los términos
de ese tablero, implicaba la hegemonía mundial), y tras el desplazamiento de Bis-
marck impulsa la denominada Weltpolitik, que —hay cierto consenso en la acade-
mia— constituyó el inicio del camino que terminará conduciendo al estallido de la
guerra. Los cambios impulsados en la poderosa Alemania por Guillermo II imponen
un clima de tensión con las demás potencias europeas, mientras, a nivel social, los ca-
fés, los restós y las terrazas bailan despreocupadamente el ritmo de un tiempo que se
llamó, precisamente por eso, Belle Époque: señoras de miriñaque, sombrillita y faldas
hasta el suelo y señores de galera y bastón, unas imágenes que contribuyen a aquella