9
*
IIDyPCa- CONICET.
1
Una versión anterior a este trabajo fue presentada en XV Jornadas Interescuelas - De-
partamentos de Historia, 16 al 18 de septiembre 2015, Universidad Nacional de la Pata-
gonia San Juan Bosco, Comodoro Rivadavia. Agradezco particularmente los comenta-
rios y sugerencias de Andrés Daín y María Marta Quintana.
Mercedes Barros
*1
Resumen
En este trabajo me propongo indagar las disputas del modo de represen-
tación del pasado reciente que prevalece en la formación discursiva del
Kirchnerismo y que ha propiciado en torno a la trama de las responsabi-
lidades en la escalada de violencia y represión durante la década del se-
tenta. Mi interés se centra en las miradas intelectuales que surgen como
respuesta crítica hacia aquellas narrativas. Me detendré específicamente
en la intervención de Claudia Hilb en una serie de ensayos publicados
recientemente. Desde su lugar en el presente, pero apelando a su condi-
ción de militante de aquellos años, la autora reacciona frente a la inco-
modidad que le produce cierto automatismo del pensamiento progresista
que lejos de propiciar una profundización de la verdad sobre lo sucedi-
do, reasegura certidumbres y reitera figuras retóricas enfrentadas que
simplifican la experiencia política de aquellos años e impide la reflexión
sobre su significación en el presente.
Ni ángeles ni demonios: la disputa
en torno a la trama de las
responsabilidades en la violencia
política de los setenta
STUDIA POLITICÆ Número 37 ~ primavera-verano 2015/2016
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales,
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
Código de referato: SP.199.XXXVII/16
37 - primavera-verano 2015/2016
10
STUDIA POLITICÆ
Palabras clave: Pasado reciente – Responsabilidad – Violencia – Mili-
tancia política
Abstract
In this paper, I attempt to study the disputes prompted by the sort of
representation of the past that prevails in the Kirchnerist discursive
configuration, in particular regarding the responsability issues in the
increase of violence and repression during the seventies. My aim is to
focus on the intellectual critiques that emerged in response to those
representations. Particularly, I will consider at Claudia Hilb’s insight
presented in a series of essays in a recently published book. From her
position in the present, but also appealing to her activist condition of the
past, the author reacts with a certain discontent to the automatism of the
left wing thought, which is reluctant to provide a broad truth about the
past, reassures certainties and rhetorical figures that simplifie the political
experience of the seventies and limits the reflection on its meaning in
present days.
Key words: Recent past – Responsability – Violence – Political
activism
Introducción
U
NA de las críticas que más han resonado en los últimos años hacia
el Kirchnerismo ha girado en torno “al uso o manipulación del pa-
sado” que se le adjudica a sus principales protagonistas y referentes
políticos. Provenientes tanto del ámbito político como periodístico e intelec-
tual, estas acusaciones en sus diversas manifestaciones y grados de sofistica-
ción, echan un manto de sospecha sobre las verdaderas intenciones de los
gobiernos Kirchneristas en sus repetidas evocaciones al pasado reciente y
respecto a las decisiones administrativas implementadas en los últimos diez
años en torno a la lucha por la memoria y los derechos humanos. En general,
se sostiene que detrás de estas iniciativas, aun de aquellas consideradas váli-
das, subyace una estrategia política que busca tergiversar el pasado y mode-
lar el presente de acuerdo a una mirada unívoca y un tanto engañosa de la
historia política reciente.
2
Ahora bien, aun cuando estas críticas pierdan su
2
Existen innumerables ejemplos de afirmaciones de esta índole tanto en el ámbito aca-
démico como en el campo de los medios de comunicación, basta abrir las páginas y leer
los varios editoriales de La Nación o Clarín para corroborarlo. Véase, por ejemplo, una
muestra de lo que sugerimos en la crítica de Beatriz Sarlo hacia Néstor Kirchner y su re-
pentino y falso acercamiento a los derechos humanos (SARLO, 2011). Las palabras de Li-
liana de Ritz son también ilustrativas al respecto “necesitamos una ciudadanía con vo-
11
semblante singular y fuerza inquisidora una vez concebidas a la luz del as-
pecto constitutivo que el pasado juega en la configuración de toda identidad
política y del carácter precario de todo relato del pasado siempre signado por
las batallas políticas del presente, resulta pertinente explorar con mayor dete-
nimiento el blanco de las acusaciones, ¿de qué se trata ese “uso del pasado”
que se le atribuye al Kirchnerismo? ¿Por qué ha generado semejante crítica y
reacción? ¿Cuáles han sido sus implicancias más significativas?
En este trabajo me propongo comenzar a indagar el modo particular de re-
presentación del pasado reciente que prevalece en la formación discursiva
del Kirchnerismo, con el fin de analizar los efectos que generó en ciertas
interpretaciones sobre nuestra historia política que cuentan con un alto gra-
do de estabilidad y permanencia. Puntualmente, me interesa abordar las
disputas que dicha representación ha propiciado en torno a la trama de las
responsabilidades en la escalada de violencia y represión de los principales
actores sociopolíticos durante la década del setenta. Las múltiples derivas
de esas disputas podemos verlas manifestarse, por ejemplo, en iniciativas
judiciales que recuperan e inscriben nuevas y numerosas denuncias sobre
cómplices e instigadores del gobierno de facto,
3
como también sobre crí-
menes anteriores, cometidos por parte de los grupos armados de izquier-
da.
4
Asimismo, se manifiestan en declaraciones testimoniales y autobio-
gráficas cruzadas que rinden cuentas sobre el accionar propio y colectivo
en la experiencia política de ese entonces,
5
y en la vigorización del interés
MERCEDES BARROS
luntad de poner límites a la manipulación de la opinión que practica sin cesar este go-
bierno.” (Clarín, 8-05-2013). Asimismo, este tipo de acusación se puede observar en el
documento presentado por un grupo de intelectuales sobre la conmemoración del 2 de
abril declarado por el gobierno como el recordatorio del Día del Veterano y los caídos en
la guerra de Malvinas. “A treinta años de la guerra de Malvinas” (La Nación, 30-03-
2012). Véase también Luis Alberto ROMERO, “Derechos humanos, ¿de qué estamos ha-
blando?” (La Gaceta, 7-06-2008).
3
La magnitud de estas disputas puede verse en las numerosas causas que investigan las
complicidades civiles con la dictadura en todo el país y en la reciente sanción por la Cá-
mara de Diputados del proyecto de ley para la creación de una comisión bicameral para
identificar las complicidades civiles, apoyo económico, técnico, político y financiero de
la última dictadura (Telam, 23-09-2015).
4
Véase por ejemplo, la reapertura de la investigación judicial por el crimen del ex se-
cretario general de la CGT José Ignacio Rucci, quien fue asesinado el 25 de septiembre
de 1973 por Montoneros. (La Nación, 27-9-2008). Véase también la investigación pe-
riodística sobre el caso de Ceferino Reato en “Operación Traviata” (2008).
5
De particular relevancia resultó el debate que se inició a partir de la carta de Oscar del
Barco publicada en la revista La Intemperie en diciembre del 2004 a raíz del testimonio
de Héctor Jouvé, ex integrante del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), publicado a
modo de entrevista en la misma revista en los meses de octubre y noviembre del mismo
37 - primavera-verano 2015/2016
12
STUDIA POLITICÆ
por los años setenta en el ámbito académico que se tradujo en la prolifera-
ción de producciones sobre el modo particular que ha adoptado la memoria
del pasado político reciente en la Argentina del nuevo milenio.
6
Mi interés
se centra en aquellas miradas intelectuales que surgen como respuesta críti-
ca hacia las narrativas sobre los setenta que predominan en el presente y
que son consideradas como parte de un “relato oficial”.
7
Varias de esas in-
tervenciones académicas, y sus ecos en el ámbito periodístico, reclaman
una revisión profunda del pasado que desmitifique a la izquierda militante
y desplace a las figuras de ángeles vs demonios que circulan hoy cómoda-
mente en el imaginario político para dar cuenta de la complejidad y las
condiciones de posibilidad del terrorismo de estado.
8
En esta ocasión, me
año. En su carta “No Matarás”, Del Barco realiza una autocrítica de su propia experien-
cia y reflexiona sobre la militancia de izquierda en los sesenta y setenta, suscitando un
extenso debate que se diseminó a través de una amplia diversidad de ámbitos y publica-
ciones como El Ojo Mocho, Confines, Políticas de la Memoria, Conjetural, Aconteci-
miento y Lucha Armada en la Argentina. En la polémica participaron ex militantes e in-
telectuales como Héctor Schmucler, Diego Tatián, Jorge Jinkis, Eduardo Grüner, Tomás
Abraham, Nicolás Casullo, Horacio González, León Rozitchner y Sergio Bufano, entre
muchos otros. El debate se compiló inicialmente en dos libros que reunieron una buena
cantidad de artículos y luego se reeditó incluyendo las nuevas intervenciones en No ma-
tar. Sobre la responsabilidad. Segunda compilación de intervenciones. AA. VV. (Comp.
Luis García, 2010). De reciente aparición, y en clara respuesta al régimen discursivo
véase también los escritos de Héctor LEIS (2013).
6
Esta vigorización se dio tanto en el ámbito de las ciencias sociales, como en el campo
de la historiografía. Véase —entre muchas otras— las intervenciones de VEZZETI (2009),
MONTERO (2013), ROMERO (2007), CALVEIRO (2013), TERÁN (2006) FRANCO (2005,
2008, 2012), FRANCO y LEVIN (2007), OBERTI y PITTALUGA (2006), CAMPOS (2010),
ACHA (2010), ÁGUILA (2015), CRENZEL (2008), LESGART (2006), SERVETTO (2015), TAR-
CUS (2008), TCACH (2003), SALVI (2012), FELD y FRANCO, (2015), CARNOVALE (2006,
2015).
7
Esta noción misma de relato oficial para nombrar la hegemonía de cierto relato del pa-
sado, alberga también su otro legado, es decir, la posibilidad de un relato histórico alter-
nativo y disidente al oficial que puede descubrirse. De allí se desprende la necesidad de
una respuesta reveladora. Las palabras de la intelectual María Matilde OLLIER en el dia-
rio La Nación manifiestan este tipo de interpelación necesaria que genera la política ofi-
cial. El título de la nota deja en claro esa necesidad, “Un llamado a abandonar el silen-
cio”. Cuando el oficialismo intenta cristalizar un relato sobre la violencia política de los
70, Héctor LEIS y Graciela FERNÁNDEZ MEIJIDE invitan, desde su libro El diálogo, a su-
mar voces para una reconstrucción más plural de esos años. Su conclusión también es
consecuente con su llamado, “Pero parece haber llegado la hora de reconstruir miradas
políticas más plurales y menos idealizadas. A eso sólo puede contribuir el abandono del
silencio.” La Nación, 18 de marzo del 2015, pág. 23.
8
En un texto de reciente publicación, VERA CARNOVALE señala la pereza crítica que en-
cierra aquel relato oficial “Este relato, emanado del seno del movimiento de los derechos
humanos, es, sin lugar a dudas, portador de fundamentos y valores indispensables para
la reconstrucción ética y política de una comunidad que atravesó la experiencia del gran
13
detendré específicamente en la intervención de Claudia Hilb a partir de su
libro Usos del Pasado: Qué hacemos hoy con los setenta. Allí, la autora se
plantea el imperativo de revisitar los setenta con el fin de comprender y
evaluar el sentido de los acontecimientos políticos de ese entonces y de re-
flexionar críticamente sobre las responsabilidades compartidas en el deve-
nir de esos acontecimientos y en la posterior construcción significativa de
los mismos. Desde su lugar en el presente, pero apelando a su condición de
militante de aquellos años, Hilb reacciona frente a la incomodidad que le
produce cierto automatismo de pensamiento progresista que lejos de inte-
rrogar las certidumbres y verdades del pasado, se refugia en “sintagmas de-
masiado fijos” a través de los cuales se aduce —sin vacilar— conocer dón-
de está el bien y dónde el mal (Hilb, 2013: 10). Contra aquellas verdades
incuestionadas, la autora dirige sus escritos y despliega una serie de argu-
mentos que se inscriben en el debate en torno a las responsabilidades polí-
ticas del pasado y del presente.
Entonces, y para dar paso a nuestro análisis, en el presente artículo retoma-
remos los argumentos centrales de Hilb para inscribirlos en la trama discur-
siva sostenida y propiciada por el discurso kirchnerista. Una trama que
mostraremos puso en suspenso varios de los consensos sobre los que se
fundó la experiencia democrática inaugurada en el 83. Es en aquel suspen-
so que el texto de Hilb es aprehendido: en su respuesta crítica a un relato
sobre el pasado y el presente —figurado sin grietas— que inscribía viejas
disputas en el renovado escenario democrático, reasignando responsabili-
dades en el devenir del periodo más trágico de la historia argentina recien-
te y en la permanencia de sus derivas políticas, económicas y sociales en el
presente.
1. La trama siempre inconclusa de las responsabilidades pasadas
Como un trauma sin miras de asimilarse de forma definitiva, en los últimos
años, los setenta irrumpen generando malestares y conflictos en los ámbitos
más dispares. Las discrepancias, sin embargo, no tienen que ver ya estricta-
mente con lo actuado por las fuerzas militares. Si bien las investigaciones
sobre los alcances de la represión y sus protagonistas y el reclamo de justi-
cia siguen aún en pie, el así llamado consenso del 83 (Novaro y Palermo,
2004) dejó huellas profundas respecto de una condena generalizada en re-
MERCEDES BARROS
crimen. Pero es también celoso guardián de lo que puede ser dicho y lo que debe ser ca-
llado; es, en definitiva, un gran deudor de la historia. Lo es en lo que en él hay de olvi-
dos, de desplazamientos semánticos, de silencios” (2015: 77).
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14
STUDIA POLITICÆ
9
Existen varias investigaciones en curso focalizadas en el rol del sector empresarial en
los años de la dictadura. Uno de los casos más emblemáticos de este tipo de denuncias
ha sido el de la empresa Papel Prensa S.A. Desde el año 2010, una causa judicial inves-
tiga los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la adquisición de las acciones de
la empresa por parte de Clarín, La Nación y La Razón en el año 1976. Véase para una
descripción detallada de las acusaciones, el Informe “Papel Prensa S.A. —La Verdad—”
de la Secretaria de Comercio Interior del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas
(disponible on line http://www.mecon.gov.ar/basehome/pdf/papel_prensa_informe_
final.pdf).
10
A esta dupla se le intenta sumar desde los grupos de derechos humanos sin todavía
demasiada efectividad un tercer calificativo, cívico-militar-eclesiástico.
lación al accionar impropio de las tres armas en la represión ilegal, y ase-
guró una reprobación se podría sugerir “unánime” hacia un estado dictato-
rial que violó y atropelló los derechos más básicos de sus ciudadanos. De-
cimos entonces, no son ya sólo los sectores castrenses, sino también “los
otros contiguos”: los que instigaron, acompañaron y apoyaron el uso ilegí-
timo de la violencia, los que aparecen bajo la lupa del reclamo por la ver-
dad histórica y por la rendición de cuentas pendientes. El lenguaje de las
responsabilidades individuales y colectivas toma sentido en la trama incon-
clusa de las deudas pasadas asociadas a la violencia política. Una serie de
preguntas que alguna vez tuvieron plena vigencia, vuelven a aparecer con
nuevo ímpetu: ¿Quiénes fueron los verdaderos responsables de lo sucedi-
do? ¿Quiénes acompañaron y aceptaron calladamente los “peores críme-
nes” de la dictadura en pos de un nuevo orden? Otros interrogantes, que
ocuparon los márgenes del debate inmediato de la posdictadura, aparecen
en nuestros días en el centro de la escena: ¿Qué responsabilidad le cabe en
la escalada de violencia a aquellos que se beneficiarán con la política eco-
nómica y social de la dictadura? ¿Qué rol jugaron en la permanencia del
régimen las corporaciones mediáticas, el poder eclesiástico y el sector em-
presarial?
Hoy, los nombres propios de cómplices y encubridores civiles circulan en
las innumerables denuncias sobre el último régimen de facto. Una prolife-
ración de investigaciones judiciales, periodísticas y académicas incursio-
nan en la trama de colaboraciones que aseguraron la perdurabilidad de la
última dictadura militar (Basualdo, 2006; Verbitsky y Bohoslavsky, 2014;
Bohoslavsky, 2015).
9
Así un nuevo calificativo comienza a añadirse a
este último término, actualmente ya no solo hablamos de “dictadura mili-
tar” sino más bien de “cívico-militar”, poniendo de manifiesto el despla-
zamiento de significados que corre la frontera de las responsabilidades y
de los responsables sobre los crímenes cometidos en el pasado.
10
Como
bien se ha sugerido, la dupla cívico-militar parece no reconocer antece-
15
dentes en gobiernos dictatoriales anteriores y se presenta como un ele-
mento singular del último régimen militar (Aguilar, 2015)
11
. De tal
modo, se inscribe en el contexto presente el desafío ético y moral de des-
cifrar ese mundo de complicidades y apoyos civiles y políticos que lo hi-
cieron posible. El manto de silencio que cubrió los peores crímenes y que
hasta hacía poco tiempo aparecía como una respuesta espontánea al terror
estatal de parte de la sociedad, ahora se interroga como manifestación de
consentimiento y colaboración de vastos sectores sociales hacia el régi-
men militar.
Asimismo, a estas interpelaciones del presente que se entretejen en la tra-
ma inconclusa de las deudas pasadas, se suma un objeto/sujeto interpela-
do/interpelante que escasa reflexión había auspiciado en tiempos de la
nueva democracia: la militancia política de los años sesenta y setenta.
Como numerosos analistas han mostrado, la experiencia militante de los
años previos al golpe había sido relegada a los márgenes de las discusio-
nes posdictadura, o en todo caso, eclipsada bajo figuras retóricas y fórmu-
las simplificadoras que reducían drásticamente las posibilidades de abor-
darla en toda su complejidad.
12
En contraste, en los últimos años, ha
MERCEDES BARROS
11
Decimos que no reconoce antecedentes ya que más allá del escandaloso vínculo
entre civiles y militares que efectivamente existió en la última dictadura, como sugiere
AGUILAR (2015: 6), “todas las dictaduras del siglo XX tuvieron apoyos civiles o com-
plicidades políticas de diverso calibre”. En tal sentido hablar de dictadura cívico-mili-
tar sería, pura y simplemente, redundar en una de las características que ostentó aquel
régimen. Todas ellas contaron con la participación de civiles en los elencos guberna-
mentales, la colaboración activa de partidos políticos o sus dirigentes, la legitimación
ideológica provista por diversos sectores de la sociedad civil y las instituciones extra-
gubernamentales (Iglesia, corporaciones empresarias, medios de prensa, las llamadas
“fuerzas vivas”).
12
Como GONZÁLEZ CANOSA y SOTELO (2011: 5) sostienen, “tanto los discursos predo-
minantes sobre la transición democrática, como las formas de testimonialidad requeridas
para condenar los crímenes perpetrados por el terrorismo de Estado, contribuyeron a de-
limitar las formas posibles de otorgar sentido a ese pasado” —nosotros agregamos— y
al accionar de sus protagonistas. Por un lado, el relato condensado en la “teoría de los
dos demonios” que marcó la transición, auspicia un pasado en el que la sociedad apare-
cía como víctima inocente atrapada en el fuego cruzado entre militares y organizaciones
armadas. La izquierda militante era así aglutinada de manera forzosa bajo la otra cara del
terror estatal, la violencia insurreccional. A través de esta dicotomización del espacio po-
lítico, se simplificaba radicalmente la experiencia (de por sí heterogénea) de la militan-
cia durante los años previos al golpe. Por otro lado, las formas de enunciación testimo-
nial que tuvieron lugar en las instancias abiertas por la CONADEP y el juicio a las
juntas estuvieron signadas por la necesidad de denunciar el terror estatal y constituirse
en pruebas judiciales. En aquellos espacios institucionales, entonces, los testigos se po-
sicionaron como víctimas, antes que como militantes políticos o luchadores sociales
(PITTALUGA, 2007). La figura misma del desaparecido se disociaba de los contenidos pe-
37 - primavera-verano 2015/2016
16
STUDIA POLITICÆ
habido una suerte de “explosión” de las memorias de la experiencias mi-
litantes en la escena pública que ha sido acompañada por una propagación
significativa de producciones académicas y periodísticas que incursionan
en los pliegues de la militancia y consolidan su nuevo arraigo en el pre-
sente (Franco, 2005). Plagadas de cuestionamientos, exigencias y autocrí-
ticas, la violencia política recorre las irrupciones de la memoria militante,
¿qué responsabilidad tuvo la militancia política en la violencia durante los
años previos al golpe? ¿Cómo contribuyó esa militancia en la escalada re-
presiva que le siguió a la efervescencia militante? En medio de acusacio-
nes cruzadas sobre el pasado reciente, se recrean las imágenes del contex-
to inmediato que precedió al golpe de estado y se diluyen los límites de la
responsabilidad individual y colectiva.
La vuelta del pasado sobre el presente político que asistimos con la llegada
del nuevo milenio adquiere así rasgos específicos. El retorno de los setenta
vino anudado a un lenguaje político que inscribía viejas disputas en el re-
novado escenario democrático, reasignando responsabilidades en el deve-
nir del periodo más trágico de la historia argentina y en la permanencia de
sus derivas políticas, económicas y sociales en el presente. Ahora bien,
¿cómo dar cuenta de la emergencia de este nuevo escenario de disputas e
interpelaciones? ¿Cómo tuvo lugar esta vuelta al pasado y sus aspectos
más destacados? Aquí cabe señalarse que este lenguaje no era completa-
mente nuevo ni carecía de seguidores. Como hemos mostrado en trabajos
anteriores (Barros, 2012), esta trama discursiva había ganado nueva dispo-
nibilidad en el ciclo de protestas y movilización popular que se inició a
mediados de los años noventa y que tuvo su auge en la crisis político-insti-
tucional del 2001. Sectores ligados a la izquierda y al movimiento de dere-
chos humanos traían a la escena pública nuevas miradas sobre el pasado
inmediato y sobre el rol de la militancia política de ese entonces. En las vo-
ces de estos sectores ganaba nueva fuerza la vinculación de los crímenes en
tiempos de la dictadura con la profundización de un modelo socioeconómi-
yorativos vinculados hasta hacía poco tiempo a las actividades políticas (subversivas) y
se mimetizaba con la silueta de la “víctima inocente” de la represión ilegal (CARNOVALE,
2006; PITTALUGA, 2007; CRENZEL, 2008). Asimismo, la apelación al Nunca Más, como
metáfora de la refundación democrática del 83, inscribía una frontera que buscaba dejar
definitivamente atrás el pasado violento y autoritario del país. La izquierda militante era
parte de aquel pasado al que la Argentina le decía Nunca Más y era de tal modo expulsa-
da de la promesa redentora que auguraba un nuevo futuro democrático (BARROS, 2013).
De este modo, aquel relato de los primeros años de democracia y sus figuras retóricas
más sobresalientes contribuyeron a que los años previos al golpe, y la militancia política
de ese entonces, al menos durante esa primera década, se convirtiese en un aspecto sos-
layado de la historia reciente.
17
co de explotación y desigualdad a nivel nacional y regional que perduraba
hasta el presente.
13
La militancia política de los setenta se inscribía en la
lucha contra aquel modelo, en solidaridad con las causas populares de la
gran patria Latinoamericana. Bajo esa mirada, los militantes de ese enton-
ces eran reivindicados por su compromiso y por su tenaz enfrentamiento al
poder político-económico hegemónico.
14
De tal manera, las movilizacio-
nes y protestas sociales del nuevo milenio se reconocían en esa militancia
política y en aquellos enfrentamientos de ayer y de hoy.
15
La embestida
contra la impunidad en tiempos de democracia encontraba así sus orígenes
en los años setenta (Barros 2009; Pereyra 2005).
16
Ahora bien, este lenguaje que nutría y daba forma a la nueva ola de recla-
mos populares encontró en el proyecto político que surgió en el año 2003
un nuevo impulso y credibilidad. Fue justamente en relación al pasado re-
ciente y remoto que el discurso de Néstor Kirchner comenzó a tomar for-
ma y a adquirir uno de sus rasgos más sobresalientes y perdurables.
17
Como ha sido señalado por Aboy Carlés (2005), una doble frontera políti-
MERCEDES BARROS
13
Esta vinculación lejos estaba de ser novedosa. Desde el inicio mismo de la dictadu-
ra, este tipo de lectura sobre la ola represiva que azotaba al país y a la región y sus cau-
sas sociopolíticas y económicas circulaba entre los grupos de militantes políticos y acti-
vistas de derechos humanos (BARROS, 2008, 2012a; 2012b). Sin embargo, como ha sido
analizado, otro tipo de discurso dominó el imaginario político de la transición y logró el
desplazamiento de esas lecturas hacia los márgenes de las versiones más aceptadas sobre
la historia reciente.
14
Se desplazaba así el significado de la figura del detenido-desaparecido en tanto vícti-
ma inocente que había prevalecido en el imaginario político de la posdictadura y se rei-
vindicaba su carácter de militante político y de luchador popular (CARNOVALE, 2006).
15
El 24 de marzo de 1996, con el motivo de la conmemoración del vigésimo aniversa-
rio del golpe de estado, en una declaración conjunta los distintos grupos de derechos hu-
manos y agrupaciones de izquierda expresaron, “El 24 de marzo de 1976 se instauró la
más feroz dictadura de la historia argentina, que implantó el terrorismo de Estado. Con
su política antinacional, anti-popular y pro-imperialista, consolidó las bases del modelo
de exclusión actual [...] A fin de evitar la capacidad de regeneración del movimiento po-
pular se hizo desaparecer, se recluyó en centros clandestinos de detención, se torturó, se
puso en prisión y se asesinó a decenas de miles de argentinos...” (citado por LORENZ,
2003: 88-89)
16
La aparición de una nueva agrupación dentro del movimiento de derechos humanos,
Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S.) revelaba
este otro significado que los grupos le otorgaban de manera creciente a su lucha y a la
militancia de los setenta. Véase http://www.hijos.org.ar/
17
Si bien la formación discursiva del Kirchnerismo fue sufriendo alteraciones de
acuerdo a procesos articulatorios cambiantes, consideramos que el trazado de esa doble
frontera ha sido constitutiva de su configuración identitaria y un rasgo permanente que
persiste hasta el presente.
37 - primavera-verano 2015/2016
18
STUDIA POLITICÆ
ca operó en la configuración discursiva del nuevo gobierno. Por un lado,
una frontera que dejaba atrás un pasado inmediato encarnado en el mene-
mismo y las consecuencias sociales del proceso de reformas del mercado,
y por otro lado, una frontera más ambiciosa que excluía a un pasado más
remoto que se remontaba a la dictadura militar y cuyas consecuencias y
efectos se prolongan hasta el presente. Ya en su primer discurso como pre-
sidente se puede apreciar cómo comienza a esbozarse esta doble ruptura y
a definirse los adversarios y adherentes de este incipiente proyecto políti-
co. Respecto a la primera ruptura, el nuevo presidente electo en aquella
ocasión expresó:
En la década de los noventa, la exigencia sumó la necesidad de la obten-
ción de avances en materia económica, en particular, en materia de con-
trol de la inflación. La medida del éxito de esa política, la daba las ga-
nancias de los grupos más concentrados de la economía, la ausencia de
corridas bursátiles y la magnitud de las inversiones especulativas sin que
importara la consolidación de la pobreza y la condena a millones de ar-
gentinos a la exclusión social, la fragmentación nacional y el enorme e
interminable endeudamiento externo.
18
En este primer discurso operaba ya también aquella otra frontera que como
dijimos tenía un carácter más ambicioso y que su trazado abarcaba y conte-
nía aquella primera ruptura.
En lo penal, en lo impositivo, en lo económico, en lo político, y hasta en
lo verbal, hay impunidad en la Argentina. En nuestro país, cumplir la ley
no tiene premio ni reconocimiento social... No habrá cambio confiable si
permitimos la subsistencia de ámbitos de impunidad. [...] Rechazamos de
plano la identificación entre gobernabilidad e impunidad que algunos
pretenden. Gobernabilidad no es ni puede ser sinónimo de impunidad.
Gobernabilidad no es ni puede ser sinónimo de acuerdos oscuros, mani-
pulación política de las instituciones o pactos espurios a espaldas de la
sociedad.
19
Esta otra ruptura se organizaba alrededor de una crítica que no se anclaba
en nombres propios del pasado reciente, sino más bien, se articulaba alre-
dedor de la noción de “impunidad”, por medio de la cual se nombraba y
significaba a un proceso de larga data que situaba a los gobiernos democrá-
ticos precedentes en una línea de continuidad con la última dictadura mili-
tar. Los acuerdos oscuros, la manipulación y los pactos a espaldas de la so-
18
KIRCHNER, N., Discursos Presidenciales 25 de mayo del 2003.
19
KIRCHNER, N., Discursos Presidenciales 25 de mayo del 2003.
19
MERCEDES BARROS
ciedad que nombraba Kirchner eran claras muestras de aquella continuidad
y venían a darle contenido a la impunidad en democracia. En un extracto
de otro de sus discursos esta línea de continuidad queda claramente esta-
blecida.
Si bien es gravísimo, tremendamente grave lo que pasó con la dictadura
genocida en la Argentina, también ha sido muy grave lo que pasó en la
etapa democrática. Sin querer apuntar a nadie, honestamente se los digo,
pero durante muchos años miles y miles de hombres y mujeres que parti-
cipamos de la vida política argentina, aceptamos como método de convi-
vencia, y lo hicimos como una necesidad para que la democracia pueda
sobrevivir, el marco de la impunidad concreta. De una forma o de otra,
con más vergüenza, con menos vergüenza, con más o menos sentimien-
tos, con más o con menos carga de conciencia, la realidad, cuando se es-
criba la historia de estos tiempos, sé que va a ser muy dura en este aspec-
to, por más justificaciones históricas que se quieran buscar, por estos 20
años de democracia en este sentido.
20
La crítica esbozada por Kirchner que inscribía el daño de la impunidad en
la historia reciente, ponía en juego y hacía propio aquel lenguaje político
que como vimos enmarcó los reclamos populares de los grupos de dere-
chos humanos y agrupaciones de izquierda de mediados de los noventa
(Barros, 2012b). En y a través de ese lenguaje, Kirchner recupera aquella
narrativa de un pasado signado por la injusticia, el silencio y la complici-
dad, y se unía así a la embestida contra la impunidad del nuevo milenio.
“Hablemos claro: no es rencor ni odio lo que nos guía y me guía, es justi-
cia y lucha contra la impunidad”.
21
Desde ese común enfrentamiento, Kirchner tempranamente se presentó
como la presencia de aquello que había estado ausente en estos últimos
años de vida en democracia. Más allá de las experiencias y logros del pasa-
do, obviando las medidas de revisión del pasado de gobiernos anteriores y
de medidas reparatorias concretas que se habían tomado,
22
Kirchner se eri-
gía desde muy temprano como la fuerza política capaz de encarnar la rup-
tura con el pasado de impunidad. Dicha ruptura fundacional que lo separa-
ba de sus antecesores, lo unía en una relación estrecha de solidaridad no
20
KIRCHNER, N., Discursos Presidenciales 24 de marzo del 2004.
21
KIRCHNER, N., Discursos Presidenciales 24 de marzo de 2004.
22
La creación de la CONADEP, los Juicios a las Juntas Militares, las reparaciones
económicas hacia los detenidos-desaparecidos, los juicios por la verdad llevados a cabo
en diferentes puntos del país fueron medidas obviadas por las evocaciones de Néstor
Kirchner.
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20
STUDIA POLITICÆ
solo con aquellos que luchaban contra la impunidad en la nueva experien-
cia democrática, sino también con aquellos que habían sido víctimas de la
impunidad en tiempos del régimen dictatorial. Esta relación estrecha se
consolidaba cuando él mismo se posicionaba como parte de la generación
diezmada por la dictadura.
23
En una de sus frases más citadas luego de su
fallecimiento, Kirchner decía “Les vengo a proponer que recordemos los
sueños de nuestros patriotas fundadores y de nuestros abuelos inmigrantes
y pioneros, de nuestra generación que puso todo y dejó todo pensando en
un país de iguales”.
24
La relación de igualdad que operaba en su discurso
implicaba así la inclusión en el campo de lo legítimo de todos aquellos jó-
venes idealistas y de su lucha política de ayer y de hoy.
Así fue entonces como los rumbos de la política argentina posterior a la
crisis de 2001 inscribieron en medio de la escena pública la reivindica-
ción de un mundo pasado de idealismo, compromiso y militancia política.
Por primera vez, un gobierno de la democracia recuperaba la lucha y mi-
litancia de los años setenta, haciéndose partícipe de sus ideales (aun
cuando poco se ahondaba en los contenidos de los mismos). La parciali-
dad de este discurso rompía definitivamente con la imparcialidad demo-
crática de los años ochenta y noventa que insistentemente se había desen-
tendido de los antagonismos políticos que habían surcado la historia
política reciente (Barros, 2009). Este giro desde el mismo ámbito estatal
posibilitó nuevos juegos de lenguaje a partir de los cuales se subvirtieron
los relatos sobre los años setenta, y se alteraron los significados de la mi-
litancia, de sus protagonistas y de la violencia política. La reivindicación
de aquellos militantes políticos que habían dado su vida por sus ideales
venía a reparar definitivamente el daño de tantos años de impunidad, po-
niendo en jaque a la figura del “otro demonio”, como así también a la de
“víctima inocente” que circularon con fuerte éxito y credibilidad durante
gran parte de la nueva fase democrática. Ni demonios frenéticos, ni vícti-
mas inocentes, la militancia política de los setenta aparecía en esta nueva
configuración discursiva como una generación valiente y comprometida
capaz de luchar por sus ideales, a la que se le debía la reparación históri-
ca luego de haber sido ignorada y maltratada.
Ahora bien, como señalamos anteriormente, esta relación de inclusión del
discurso de Kirchner se sostenía a su vez sobre la base de una exclusión
23
También ganaba fuerza con las respuestas que generaba. Para citar sólo alguna de
éstas, luego de una entrevista con Kirchner, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo,
Estela DE CARLOTTO, decía “siento que estoy al lado de mi hija” (Clarín, 8 de agosto de
2003).
24
KIRCHNER, N., Discursos Presidenciales, 25 de marzo de 2003.
21
MERCEDES BARROS
de los sectores socioeconómicos comprometidos con la dictadura y con
aquel modelo económico que se iniciaba en los setenta y que encontraba
su auge en el neoliberalismo de los noventa. Como sostenemos, esta ex-
clusión no se inscribía en nombres propios, sino más bien en la denuncia
de “los núcleos de poder económico con amplio eco mediático”, en la
impugnación de “los “sectores privilegiados de siempre”, en la crítica
reiterada hacia las “corporaciones” de diferente índole. En palabras de
Kirchner,
En la Argentina hace 30 años que se empezó a construir un proyecto de
pobreza y hambre que muchos avalaron de distintas formas, entonces no
se puede mirar la historia en pedacitos. Los sectores de la sociedad ar-
gentina y muchos de los que hablan hoy tienen que asumir la responsabi-
lidad en la creación de esa pobreza y de esa exclusión en la Argentina.
Algunos pastores de mi propia iglesia, a la cual pertenezco, que miren la
historia y cuál fue su compromiso durante todo este tiempo; hay otros
que son espectaculares. Lo digo desde mi fe cristiana, de hablar con lo
que siento en mi corazón, en mi alma y en mi espíritu.
25
Como resultado de esta operación de inclusión y exclusión que funciona-
ba como telón de fondo de la doble ruptura Kirchnerista, se reconfiguraba
el escenario de las responsabilidades sobre el pasado de represión y vio-
lencia que había prevalecido durante los primeros años de la transición.
Por un lado, las evocaciones al pasado del nuevo gobierno en su ofensiva
contra la impunidad venían impregnadas de nuevas impugnaciones, críti-
cas y atribuciones de complicidades y crímenes hacia sectores de la socie-
dad antes inmunes, que conducían a un nuevo episodio en la búsqueda de
la verdad, de la justicia, y oportunamente del castigo en democracia. Los
nuevos predicados que se articulaban al régimen dictatorial (cívico-mili-
tar), promovieron la apertura de un abanico de nuevas causas e investiga-
ciones. Este nuevo episodio traía consigo el empuje de un actor primor-
dial, el propio Estado, que a su vez ofrecía un nuevo terreno donde dirimir
las disputas en juego. Por otro lado, aquellos que durante gran parte de la
nueva experiencia democrática habían sido considerados protagonistas
principales y por lo tanto coautores de la violencia inusitada de los años
setenta, eran ahora valorizados y proclamados como luchadores populares,
deviniendo fuente legítima de inspiración de una nueva generación de mi-
litantes políticos. La recuperación de su compromiso y de sus ideales po-
líticos venía a reparar el descrédito y apartamiento sufridos durante los
años de impunidad. Es así como en la trama de responsabilidades que pro-
25
KIRCHNER, N., Discursos Presidenciales, 6 de julio de 2004.
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22
STUDIA POLITICÆ
ponía el lenguaje en el que se anudaba la vuelta del pasado, se desenten-
dían los términos que hasta hacía poco tiempo aparecían como contiguos
en la comprensión de la historia reciente: militancia setentista y violencia
política.
2. Ni ángeles ni demonios: Un relato a contrapelo
El modo particular de entender al pasado y a sus protagonistas que se pro-
movía desde el propio ámbito estatal generó un debate prolífero y dinámico
en diferentes círculos sociales y políticos de duradero alcance. La nueva
puesta en escena de los años setenta representó eventualmente una amena-
za a la permanencia de cierto relato fundacional que había acompañado y
sostenido el proceso de la transición democrática Argentina. Un relato que
anclado en una promesa redentora, auguraba el comienzo de una nueva era
para el país y trazaba una línea divisoria con un pasado conflictivo y vio-
lento que sólo podía representar una intimidación constante para la ilusión
democrática venidera. El nuevo mapa de responsabilidades trazaba conti-
nuidades profundas entre una y otra era, y alteraba el universo de los prota-
gonistas principales en la escalada de violencia y represión. Estos desplaza-
mientos semánticos y sus ecos en diversos espacios sociales y políticos en
los albores del nuevo milenio despertaron la reacción de académicos e inte-
lectuales. Si bien, como ha sido señalado, tanto desde el ámbito de las cien-
cias sociales como desde la historiografía, el interés por los años setenta
había crecido recientemente, el nuevo contexto discursivo propició indaga-
ciones que problematizaron la nueva disposición de lugares asignados en el
campo de las responsabilidades pasadas.
26
Como adelantamos en la intro-
26
Si bien podría plantearse que los intercambios académicos y los estudios histo-
riográficos sobre las organizaciones políticas de los setenta habían comenzado a
tomar un nuevo vigor con anterioridad a la emergencia del gobierno de Néstor
Kirchner, la nueva puesta en escena del pasado reciente que se produjo a partir de
las iniciativas y decisiones gubernamentales durante los primeros años de su man-
dato, resultó decisiva en la emergencia de renovados intereses de investigación so-
bre el accionar de las organizaciones de izquierda y sobre la militancia política de
ese entonces tanto desde los ámbitos académicos como periodísticos. Resulta sig-
nificativo el lanzamiento en el año 2004 de la revista Lucha Armada en la Argen-
tina, revista académica cuyo objetivo central se plantea incursionar sobre lo actua-
do por las organizaciones armadas. Es interesante asimismo observar en la
editorial de la revista celebrando los diez años desde su primera aparición, la mi-
rada retrospectiva que se ofrece sobre su tarea primordial durante aquellos años:
“reconstruir la historia descarnadamente, sin concesiones ni idolatrías que conge-
len el pasado en una única voz complaciente. Salir al paso de una versión monolí-
23
MERCEDES BARROS
ducción, una de las intervenciones que hizo explícita su incomodidad fren-
te a las implicancias de la trama discursiva en auge ha sido la de Claudia
Hilb en su último libro Usos del Pasado: Que hacemos hoy con los seten-
ta. En esta serie de ensayos escritos en los últimos años (entre 2000 y
2012) la autora retoma algunos de los argumentos esbozados originaria-
mente en la década del ochenta junto a Daniel Lutzky (Hilb y Lutzky,
1984) para reinscribirlos en un planteo que busca revisitar los aconteci-
mientos políticos de los setenta y reflexionar de manera crítica sobre el
pensamiento y accionar de la izquierda en el devenir de esos hechos y en la
configuración posterior de su significación. Cada uno de los textos que
contiene el libro surge, como sugiere la autora, a modo de reacción ante el
automatismo que ha caracterizado el proceder de gran parte del pensamien-
to progresista en los últimos años. Pensamiento que lejos de interrogar las
certidumbres y verdades del pasado, a lo largo de los años una y otra vez
apela a “clishes acríticos” y se refugia en “sintagmas demasiado fijos” a
través de los cuales se aduce —sin vacilar— conocer dónde está el bien y
dónde el mal (Hilb, 2013: 10). A contrapelo de aquellas verdades incuestio-
nadas y reflejos condicionados, la autora dirige sus escritos y despliega una
serie de argumentos que se inmiscuyen en el debate en torno a las respon-
sabilidades políticas buscando complejizar la verdad sobre los turbulentos
años setenta. En este despliegue se manifiestan respuestas críticas y posi-
ciones reacias hacia el nuevo régimen discursivo y hacia sus derivas poco
hospitalarias para las diferencias y el pensamiento plural. Veamos a conti-
nuación con más detenimiento las certezas y repeticiones que Hilb aduce
incitaron su reacción y sus escritos.
En las primeras páginas del libro, Hilb inicia su intervención con la pre-
gunta que sentará los límites y el tipo de reflexión que encontraremos en
el resto de los capítulos. La autora se cuestiona: “¿En que contribuimos
nosotros, los militantes de aquella izquierda setentista, a que el terror del
que fuimos tal vez las principales, pero por cierto no las únicas víctimas,
pudiera advenir? ¿Qué carga nos cabe asumir a quienes participamos de
movimientos —peronistas, de izquierda— para los cuales la violencia po-
lítica era una práctica admisible y corriente?” (Ibid.: 17).
tica que colocaba a las organizaciones guerrilleras en el altar de la patria, no fue
fácil ni intelectualmente placentero. Señalar los graves errores políticos cometidos
que llevaron a la muerte a muchos jóvenes fue quedar expuestos a la acusación de
adherir a la llamada teoría de los dos demonios, teoría que curiosamente ha muta-
do hoy en eficaz consigna para acallar toda voz disonante con el discurso compla-
ciente”. Lucha Armada en la Argentina, Año 10 - Anuario Octubre 2014 / Agosto
2015, Buenos Aires.
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24
STUDIA POLITICÆ
Para la autora, los diferentes modos de comprensión del pasado y del ac-
cionar de sus protagonistas que circularon a lo largo de la experiencia
posdictatorial poco han contribuido a la reflexión que abre y propone este
interrogante. La mirada anclada en el binomio culpables o inocentes que
surgió en la inmediatez de la transición, la teoría de los dos demonios que
posteriormente se impuso en la nueva fase democrática, y la evaluación
en términos de un enfrentamiento entre buenos y malos que ha inspirado
el relato dominante del presente que recupera ciertos ideales setentistas,
se convirtieron en cristalizaciones que simplifican y opacan la experien-
cia del pasado reciente (Ibíd.: 18). Después de más de veinticinco años
del horror, es tiempo de un desmontaje crítico de esas miradas que con-
lleve a una reflexión inédita sobre la responsabilidad pasada de las gene-
raciones de militantes políticos en el devenir de la violencia política. Si
bien la autora sostiene su desacuerdo con la equiparación entre las fuer-
zas insurreccionales y el régimen militar que supuso la teoría de los dos
demonios, esto no la acerca a las miradas que solo encuentran “víctimas
inocentes vs militares culpables” (Ibíd.: 19), ni mucho menos a la inter-
pretación que evalúa el pasado en términos de “buenos y malos” que do-
mina el relato oficial.
En palabras de la autora,
Un número significativo de las víctimas de la acción criminal de las Fuer-
zas Armadas eran militantes de organizaciones armadas ilegalizadas antes
de 1976, muchas veces buscadas no solo por su mera adhesión a dichas
organizaciones, sino por su participación en acciones concretas —críme-
nes, robos, asaltos a bancos, tomas de cuarteles, etc. (Idem).
El predicado de inocencia que se le solía atribuir a las víctimas, problema-
tizado desde los ámbitos propios de las víctimas y familiares, es desplaza-
do ya no por la recuperación de la militancia política de los detenidos-des-
aparecidos, sino más bien por el carácter ilegal y criminal de su accionar
político. Queda claro desde un comienzo de su argumento que para Hilb
las organizaciones de izquierda no sólo no están eximidas de la culpabili-
dad criminal que les cabe por oponerse de manera antidemocrática a un
gobierno legalmente establecido, sino también no escapan a la culpabili-
dad en el devenir represivo de la década debido a su contribución a la ins-
tauración de un régimen de prácticas políticas violentas y clandestinas.
Como expresa,
Porque no podemos ignorar que así como nosotros, mi generación, fui-
mos las víctimas principales (pero no las únicas) de ese Mal radical, no
sus perpetradores, así nosotros, mi generación, contribuimos también a
hacer posible su advenimiento (Ibid.: 101-102).
25
MERCEDES BARROS
En otro pasaje Hilb se explaya,
El advenimiento del Terror estatal fue la culminación de un tiempo largo
de banalización y legitimación de la violencia política y el asesinato polí-
tico en la que las organizaciones armadas de izquierda tuvieron una res-
ponsabilidad que no podemos desconocer. El Terror estatal no fue su
consecuencia necesaria (el Mal no es nunca una consecuencia necesaria),
pero aquella banalización de la violencia preparó las condiciones que lo
hizo posible. (Idem)
27
Aclarando desde el inicio su intención de “evitar” dentro de las posibilida-
des referirse a las condiciones sociales y políticas que llevaron a esta ba-
nalización de la violencia y escapar así de cierto historicismo, Hilb se
plantea la necesidad de interrogar la responsabilidad política de quienes
hicieron de la violencia el modo habitual de incidencia en los asuntos pú-
blicos. Retomando la senda ya incursionada por ella misma en escritos an-
teriores y por otros intelectuales contemporáneos, la autora se plantea im-
perioso esclarecer la relación entre el pensamiento de izquierda y la
violencia política para poder comprender la configuración de aquel discur-
so radicalizado y la adhesión que suscitó. Una primera dimensión de ese
esclarecimiento, reside en el proceso de racionalización de la violencia, es
decir en el paso de una violencia reactiva a una violencia racionalizada
que tuvo lugar en los años setenta (Ibid.: 24-41). Esto es, en el descubri-
miento de la acción colectiva en la cual la violencia pudo ser espontánea y
reactiva, la militancia política de izquierda quedó presa del pasaje hacia la
integración de una organización revolucionaria jerárquica y militarizada
que convirtió a la violencia inicial en racionalizada y constitutiva. El afán
por reactualizar la emoción de la acción en común transformó a la violen-
cia espontánea que acompañó a las acciones de resistencia popular a fines
de los sesenta, en un eslabón más de la lucha revolucionaria, ganando un
carácter deliberado y repetitivo. Es en ese esfuerzo sostenido por perpe-
tuar la acción colectiva original, fuente de plenitud y pertenencia, donde
según Hilb reposa la adhesión de los militantes de entonces al discurso de
27
En una entrevista periodística con el diario La Nación, la autora explica cómo la
violencia de los años previos al golpe contribuyó a que cuando se desencadenara el te-
rror, “por un lado mucha gente estuviera dispuesta a no mirar lo que estaba sucediendo
con tal de que se acabara, y por el otro, a hacer también que los niveles tolerables de
violencia en la sociedad subieran muchísimo. Si uno recuerda el año 75, advierte que
había una sucesión cotidiana de muertos en la calle, resultado de los enfrentamientos po-
líticos. Eso estaba incorporado y formaba parte de la crónica de los diarios como hoy
forma parte de las crónicas la violencia no política en el conurbano” (La Nación, 15-09-
2013).
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26
STUDIA POLITICÆ
la violencia racionalizada. También allí encuentra parte de su razón, el ca-
rácter conmemorativo y nostálgico sobre la militancia de ese entonces que
podemos hallar en el presente. Para la autora, la exaltación de los valores
de heroísmo y de la experiencia de plenitud que se transmite a las nuevas
generaciones hoy en día, procede acríticamente reivindicando aquellos
sentimientos, sin cuestionar las derivas autoritarias ni la subordinación
eventual de los valores ético-políticos de justicia, libertad e igualdad, a los
valores de disciplina, heroísmo y coraje propios de organizaciones jerár-
quicas y militares.
A contramano de los que se consideran simplemente una generación de
“víctimas injustas de una guerra justa”, Hilb cree menester asumir y com-
prender el devenir violento y autoritario de sus congéneres. Inscribiendo su
reflexión en la brecha impugnatoria abierta por la carta de Oscar del Barco,
la autora afirma, “Nos sentimos responsables de haber querido un bien que,
de la manera en que lo concebimos, hoy creemos que sólo podía conducir
al mal” (Ibid.: 44). Es decir, más allá de las buenas intenciones de los mili-
tantes y de las estrategias que pudiera haberse puesto en juego, las ideas
mismas que guiaban el proceder de la militancia de izquierda contenían el
germen de la violencia y el terror. Aquí reside la otra dimensión clave en el
esclarecimiento sobre la violencia y la izquierda que propone Hilb. La in-
dagación sobre la violencia debe enfocarse no solo en los medios o estrate-
gias violentas, sino remontarse a los fines mismos de la lucha revoluciona-
ria. Allí, según la autora, “en el anudamiento de nuestra idea de una
sociedad mejor con la idea de la realización de una igualdad plena” (Idem)
se asienta el punto de anclaje del destino autoritario de la izquierda. To-
mando a la revolución Cubana como la realización más cabal del igualita-
rismo radical, la autora plantea cómo el mantenimiento de una igualdad
ciertamente cuestionable ha sido solo posible a costa de la restricción seve-
ra de las más básicas libertades (Ibid.). Desatendida generalmente por el
pensamiento progresista vernáculo, la lección de la experiencia Cubana re-
vela cómo el anhelo de una sociedad sin diferencias, sólo pudo realizarse
bajo la forma de un régimen de dominación total que suprimió toda singu-
laridad. Esa supresión se asienta, en palabras de la autora, “sobre un hori-
zonte que hace pensable y justificable el proyecto de moldear la arcilla hu-
mana, de moldear la arcilla y descartar el material inservible” (Ibid.: 51).
Hilb agrega:
Detrás del ascetismo revolucionario, subyace la imagen de un revolu-
cionario que se propone actuar sobre el mundo para transformarlo a
su imagen y semejanza, para ello tendrá que lograr por convicción y
por la fuerza, se conviertan en aquello que deben ser: hombres nuevos
(Idem: 51).
27
Las derivas violentas y autoritarias de las organizaciones de izquierda, ma-
nifiestas en los acontecimientos de los años setenta y en el resurgir efímero
del accionar guerrillero durante el ataque al cuartel de la Tablada en plena
experiencia democrática,
28
son inescindibles de los anhelos e ideas que
inspiraron al pensamiento revolucionario del siglo XX y de los medios des-
plegados para lograrlos. Más allá de las condiciones históricas específicas
y las intenciones y estrategias diversas de los protagonistas, la autora ins-
cribe a la violencia como destino final e inevitable de un pensamiento que
asume como posible fabricar una realidad a imagen y semejanza de una
idea: la de una sociedad radicalmente igualitaria.
De esta manera, en el desmontaje crítico llevado a cabo por Hilb, se revela
un pasado inexorablemente signado por la violencia política. La experien-
cia de los años setenta queda capturada bajo aquella imagen estática, de un
concepto atado a una idea, donde todos —unos y otros— sin importar sus
intenciones ni las circunstancias, son alcanzados por la violencia, por lo
cual, como sugiere la autora, todos deben entonces mostrarse deseosos de
reflexionar sobre el pasado y asumir públicamente el carácter criminal de
su accionar. A las organizaciones de izquierda, les cabe una doble respon-
sabilidad, ya que con su pensamiento y accionar violento, no sólo cometie-
ron crímenes, sino que a su vez contribuyeron al advenimiento de una vio-
lencia mayor e inusitada que cometió los peores crímenes de la historia
argentina.
A contrapelo de una trama discursiva que, como vimos más arriba en el
texto, se propone reparar el daño ocasionado por los años de impunidad,
incluyendo y otorgando un nuevo lugar a la generación de militantes polí-
ticos de los setenta, Hilb presenta una lectura impugnatoria que —reactiva
a esta reparación— vuelve a ubicar en el campo de los responsables del
MERCEDES BARROS
28
En el tercer capítulo de su libro, la autora se propone abordar el ataque guerrillero
del Movimiento Todos por la Patria al cuartel La Tablada el 23 de enero de 1989. En un
intento de entender el sentido de los acontecimientos, Hilb pone en cuestión la “versión
oficial” sostenida por los sobrevivientes que vinculó al ataque guerrillero con el intento
de detener un supuesto alzamiento carapintada. Sin encontrar pruebas suficientes para
avalar esa versión, Hilb por el contrario, muestra cómo la operación se llevó a cabo a
través de la fabricación por parte de los principales referentes del movimiento de una
realidad ficticia propicia a sus proyectos y su posterior interpretación. Sobre la ficción
de un golpe carapintada se montó una mentira verosímil —la de parar el golpe— en bus-
ca de la manipulación de los sentimientos antigolpistas del pueblo. La autora concluye
que “en el montaje del asalto al cuartel de la Tablada se deja ver, a la vez como caricatu-
ra y como tragedia, el destino totalitario del pensamiento revolucionario del siglo XX,
del devenir de la ilusión de eliminar toda contingencia de los asuntos humanos y de fa-
bricar una realidad a imagen y semejanza de una idea” (Ibid.: 89).
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28
STUDIA POLITICÆ
devenir trágico de la Argentina a las organizaciones políticas de izquierda.
Si bien el escenario que imagina no es idéntico a los anteriores, ya que la
figura del otro “demonio” es ciertamente desplazada, sí se sostiene sobre
la configuración de una posición uniforme en la que se encuadra forzada-
mente a la de por sí heterogénea militancia política de izquierda y a la que
se le atribuyen ciertas características de clara carga negativa, como ser su
vocación autoritaria, violenta, criminal y poco respetuosa de las diferen-
cias. A pesar de sus innumerables intentos a lo largo de los textos de des-
andar los pasos de la teoría de los dos demonios (Hilb: 36-38), la autora
recrea la figura indistinta del militante político de izquierda ajeno a la tra-
dición democrática, que más allá de sus justos anhelos, no sólo fue testigo
de su devenir necesariamente violento sino que también fue instigador de
una violencia mayor que lo enfrentó. La violencia de ambos signos es para
la autora incomparable, y por lo tanto sus responsabilidades también lo
son, sin embargo esto no aligera la responsabilidad de la militancia de iz-
quierda, ya que esta última ha sido responsable no solo de su propia vio-
lencia sino también de la violencia de los otros. Podemos comenzar a
apreciar entonces cómo el desmontaje crítico que se propone Hilb queda a
mitad de camino. Veamos esto con mayor detenimiento en el próximo
apartado.
3. Dudas e (in)certezas
La lectura que ofrece Hilb sobre el pasado reposa sobre ciertos supuestos
poco problematizados, o para ponerlo en sus propios términos, sobre cier-
tas “certidumbres o verdades no cuestionadas” que limitan las posibilida-
des de un entendimiento más complejo de los acontecimientos de esos
años previos al golpe de estado de 1976. En primer lugar, la homogenei-
zación de las agrupaciones de izquierda que sustenta la clave de lectura de
la autora poco espacio deja para la indagación de las diferencias, pliegues
y conflictos que caracterizaron al pensamiento y accionar de la militancia
de entonces. ¿Cuán esclarecedor es concebir a la militancia política de iz-
quierda como un todo indiferenciado? Como han demostrado varios análi-
sis recientes, las usuales fracturas y divisiones en el amplio arco de movi-
mientos de izquierda ponen en evidencia la heterogeneidad que atravesó a
las organizaciones y la poca coordinación y consenso que existía entre es-
tas —y al interior de las mismas— respecto a los medios y a los fines de
lucha (Pozzi, 2006). Esta imagen indistinta del militante que se desprende
del argumento de Hilb obstruye la complejización de las miradas sobre el
pasado que la autora reclama como necesarias frente a una mirada unívo-
ca y simplificadora del pasado que prevalece en las cristalizaciones del
29
presente. Los diversos modos de identificación con la violencia que existía
entre los grupos de izquierda, las resistencias y desobediencias al interior
de cada organización, los procesos subjetivos que se pusieron en juego en
la configuración de las agrupaciones y la recreación de los anhelos y fines
últimos de lucha, son aspectos que quedan soslayados desde una clave in-
terpretativa que uniformiza el pensamiento y accionar de la izquierda. En
su desentendimiento de un análisis histórico, se asumen rasgos particula-
res como generales y aplicables a todo un conglomerado de agrupaciones
políticas de izquierda escuetamente descritas en sus textos.
En segundo lugar, el planteo de Hilb parte acríticamente de cierta mirada
generacional que rescata a la violencia política como rasgo central de la era
setentista. Como ha sido señalado por Omar Acha (2010), el campo de los
estudios sobre historia reciente se encuentra atravesado y condicionado por
un abanico de interpretaciones producidas por una generación política e in-
telectual —Oscar Terán, Pilar Calveiro, Hugo Vezzeti, Alejandro Kaufman,
Oscar del Barco, entre otros— cuyo problema central de reflexión giró en
torno a la relación entre violencia y democracia en los tiempos de la pos-
dictadura. El lenguaje común sobre el que se edificó aquella problematiza-
ción condujo a la primacía de la violencia política en la comprensión histó-
rica de la experiencia setentista. Pese a sus matices y estrategias disímiles,
en las diversas apuestas interpretativas de esta generación la violencia polí-
tica “avanza sobre la explicación de una época, se expande sobre sus ante-
cedentes y consecuencias, constituyéndose en clave interpretativa del deba-
te sobre lo que sucedió y respecto qué alcance asignarle a 1983, esto es, a
la democracia liberal y al estado de derecho en la historia y memoria nacio-
nales” (Acha, 2010: 11). Las intervenciones de Hilb en sus diversos ensa-
yos se inscriben en esa trama interpretativa fuertemente marcada por una
problematización generacional que dejó huellas indelebles en su reflexión
sobre la experiencia pasada. Como vimos anteriormente en el texto, Hilb
construye su interpretación tomando a la violencia como un dato incuestio-
nable que forma parte de la trama de la política revolucionaria de la década
de 1970. Es desde allí, desde ese registro objetivo que la autora asume la
violencia para luego preguntarse sobre las posibles razones de su aconte-
cer. Como también mostramos, en la lectura que Hilb propone, el devenir
necesario de la violencia estaba ya en el origen mismo de los anhelos de la
izquierda y en los medios elegidos para lograrlos. Por lo tanto, no parece
ser necesario una indagación sobre el despliegue particular y contingente
de las prácticas de lucha de las organizaciones, ni sobre las resistencias y
diferencias que la violencia generaba al interior de las agrupaciones. El pri-
vilegio otorgado a la violencia en el planteo de Hilb desplaza estos y otros
aspectos presentes en la experiencia política setentista. Los años previos al
MERCEDES BARROS
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golpe militar de 1976 son de esta forma caracterizados como “un tiempo
largo de banalización y legitimación de la violencia política y el asesinato
político en el que las organizaciones de izquierda tuvieron una responsabi-
lidad que no podemos desconocer” (Ibid.: 104). Nuevamente a contrapelo
del relato oficial en donde se disocia la militancia setentista de la violencia
política, Hilb vuelve a reponer esa relación como aspecto crucial del pasa-
do reciente y de la experiencia militante.
Ahora bien, la primacía de la violencia política que articula el argumento
de Hilb con el de sus congéneres, reproduce un principio de interpreta-
ción política que encuentra sus orígenes en los propios años setenta. Se-
gún este principio la crisis generalizada respondía al accionar de los gru-
pos radicalizados de izquierda y a la respuesta reactiva del terrorismo de
derecha. A mayor violencia política de izquierda, mayor era la respuesta
de los grupos de extrema derecha. En efecto, este principio de crisis y
violencia inusitada albergó y posibilitó su contrapartida, un discurso de
orden y pacificación que gradualmente iba ganando terrenos y adeptos en
la coyuntura sociopolítica a nivel nacional. Es decir, esa lectura eventual-
mente creíble no tenía que ver necesariamente con los datos empíricos de
la realidad. ¿Cuánta violencia debe existir de manera objetiva para con-
vertirse en la marca de su época? Siguiendo nuevamente el argumento de
Acha (2010) al respecto, sería inapropiado atribuirle a la violencia, en
tanto concepto, una serie de hechos de la realidad objetiva-externa al pen-
samiento. Todo término es sólo aprehensible en su diferencia relacional
con otros términos y es por tanto inseparable de un sistema discursivo
que contiene sus propias condiciones políticas de producción. El término
políticas aquí manifiesta la lucha de fuerzas en la configuración de todo
orden significativo y denota la precariedad y contingencia que atraviesa a
toda fijación parcial de sentido (Laclau, 1990; Laclau y Mouffe, 2001).
La idea de crisis generalizada y violencia política se inscribía en un dis-
curso de orden y pacificación nacional impulsado por sectores de las
fuerzas armadas y grupos políticos de diversas pertenencias que respon-
dieron de manera reactiva a los avances de las movilizaciones populares
en el país. La noción misma de orden que más tarde se impondría como
el punto nodal del discurso del Proceso de Reorganización Nacional ad-
quirió su significado en oposición al caos e insurrección revolucionaria
que de manera simultánea se recreaba en el escenario de los años previos
al golpe (S. Barros, 2001; Zac, 1998). Es justamente en esa crítica y sus
ecos de repudio y condena hacia la violencia que resonaban en los me-
dios de comunicación y en las voces de diversos actores sociopolíticos
donde se constituye el diagnóstico de la crisis y sus posibles soluciones.
Varios análisis han rastreado las huellas del discurso contrainsurgente en
31
29
Cabe destacarse que la diseminación de la doctrina de seguridad nacional tuvo im-
plicancias notorias no solo en el campo de las fuerzas militares sino también en las inter-
pretaciones de los principales referentes del arco político y social. En los años previos al
golpe militar de 1976, la noción de enemigo interno y la necesidad de cambio de estrate-
gia frente a la nueva amenaza permeó los discursos de sectores de diferente signo políti-
co (BARROS, 2008).
30
Según investigaciones entre 1973 y 1976 la cantidad de asesinatos políticos debido
tanto a la represión ilegal como a la violencia guerrillera fue de 1543. Durante el año
1975, la cifra alcanzó los 860 asesinatos (SVAMPA, 2003; CRENZEL, 2008). Las cifras son
contundentes pero consideramos que por sí mismas no determinan el devenir de la re-
presentación de una época.
el país, y han puesto de manifiesto la repercusión de la doctrina de segu-
ridad nacional en los diagnósticos que circulaban sobre la realidad políti-
ca latinoamericana en el imaginario político de entonces (Potash, 1994,
entre otros).
29
Desde la reapertura democrática hasta el presente, gran parte del campo de
los estudios sobre la historia reciente, ha tendido a asumir ese diagnóstico
como definición de un clima de época (Acha, 2010), reduciendo un perío-
do histórico denso y complejo bajo una ecuación simplificadora que bási-
camente se resume en la vinculación causal de a más violencia revolucio-
naria, más violencia represiva de derecha. Poner en cuestión esta
interpretación del pasado, no significa negar los hechos de violencia que
efectivamente tuvieron lugar ni la envergadura del fenómeno,
30
sino enten-
derlos a la luz de un contexto discursivo preciso que posibilitó y otorgó su
sentido particular. Por lo que lejos de ser un proceso necesario que corres-
ponde a una realidad externa y objetiva, la significación de los hechos de
violencia ha sido más bien el resultado contingente de contiendas políticas
entre fuerzas que buscaban dominar el convulsionado escenario sociopolíti-
co de ese entonces. Cuando el diagnóstico de crisis y violencia generaliza-
da logró convertirse en creíble, también se hizo creíble la necesidad de un
orden y de la pacificación nacional a manos de sus mejores postulantes: las
fuerzas armadas.
Tampoco se busca con este planteo eximir de toda responsabilidad a los
militantes de izquierda que hayan cometido secuestros, asesinatos y otras
formas de violencia política. Sin embargo, la responsabilidad individual y
grupal que les cabe como autores materiales de acciones criminales especí-
ficas es muy diferente al peso de la responsabilidad generacional que se les
atribuye en la banalización de la violencia y finalmente en el advenimiento
del terrorismo de estado. Las condiciones que hicieron posible el devenir
del régimen represivo difícilmente puedan confinarse de manera exclusiva
a los episodios violentos que lo antecedieron y a la naturalización de la vio-
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Durante los años previos al golpe podemos encontrar innumerables declaraciones en
el amplio arco político y social en favor del orden vis-a-vis el caos y la violencia.
lencia política que las organizaciones de izquierda contribuyeron a gestar.
La violencia que irrumpe con el nuevo régimen terrorista, si bien se reco-
noce en los rastros de aquella violencia previa, se configura a la luz de la
constitución de un discurso de orden y pacificación nacional que se disemi-
nó e inmiscuyó en los pliegues más imprevistos del arco político ganando
gradualmente adeptos y fervorosos defensores.
31
Podríamos desplazar el
peso de la responsabilidad en el advenimiento del mal hacia aquellos que
impulsaron, defendieron e impusieron en diferente medida y desde sus más
diversas posiciones el privilegio del orden y la paz. En la reiteración dis-
persa del reclamo de orden y paz social se recrearon las condiciones del
advenimiento de un ordenamiento represivo que se propuso encauzar las
desviaciones de origen popular en diferentes dimensiones y sectores de la
sociedad. De allí que el sinceramiento y exposición de la verdad que recla-
ma Hilb de parte de aquellos que “hicieron posible el mal” sea también
problemático y en cierta medida un obstáculo para la revisión profunda de
las responsabilidades sobre el pasado si se limita ese debate.
Por último y en tercer lugar, nos topamos con otra de las certezas que sos-
tiene el planteo de Hilb. Esta podría resumirse en el rol necesariamente re-
velador y reparador que la autora le otorga al trabajo de la verdad. Al res-
pecto Hilb nos dice,
En la Argentina, ha sido casi imposible para los represores estatales, pero
también para quienes formaron parte de las fuerzas insurreccionales, en-
tre quiénes se contó la mayor parte de víctimas del Terror desatado por la
Dictadura en 1976, revisar su propia acción y su propia responsabilidad
en la ejecución o en el advenimiento de ese Terror (Hilb, 2013: 32).
La posibilidad del surgimiento de nuevos relatos, más justos con lo real-
mente sucedido, que disputen la narrativa oficial y complejicen la verdad
histórica, implica según la autora romper con el régimen del silencio que se
mantuvo entre los principales protagonistas de la violencia setentista desde
la reapertura democrática. Este silencio, estaría estrechamente ligado a la
opción por la justicia en detrimento de la verdad que prevaleció en el trata-
miento del pasado en nuestro país. En palabras de Hilb “en la experiencia
Argentina, la opción decidida por la justicia tuvo por correlato, observada
veinticinco años más tarde, cierto sacrificio, cierta pérdida de la verdad”
(Ibid.: 93). Continúa, “No hubo casi en el juicio, como no lo hubo tampoco
antes, y no lo habría después (salvo escasísimas excepciones), voces que
33
desde el campo de los perpetradores contribuyeran, con su relato, al escla-
recimiento de aquello que pasó” (Ibid.: 95). En oposición al caso Argenti-
no, la autora trae el ejemplo de Sudáfrica como la experiencia emblemática
en donde una amnistía generalizada dio paso a la verdad, “el dispositivo de
amnistía instituyó una comunidad de interés entre víctimas y victimarios
por la exposición más completa de la verdad” (Ibid.: 97). Este fue el aspec-
to más sorprendente y genial del dispositivo sudafricano, según Hilb, y es
justamente a través de él, que es posible iluminar para el caso Argentino
pese a la extraordinariedad de lo logrado en materia penal, el silencio ro-
tundo de los perpetradores respecto del destino de las víctimas, de sus cuer-
pos y el devenir de los niños apropiados en cautiverio. La autora se pregun-
ta, frente a la consigna de Juicio y Castigo a los culpables que primó desde
la reapertura democrática y que enmarca de manera incuestionada la más
reciente declaración de nulidad de las leyes de Punto Final y Obediencia
Debida por parte del Congreso en junio de 2005; “¿Quién, de los involu-
crados en el terror estatal, podía tener interés de hablar?” (Ibid.: 97). Hilb
sostiene,
Era poco lo que podía inclinar a un procesado a brindar datos sobre
muertes, desapariciones, sustracción de menores, destrucción de eviden-
cia; por el contrario, todo parecía alejarlo de un accionar semejante, ya
que tal confesión, no sólo no redundaría en una reducción de pena sino
que podría costarle también una inculpación a centenares de años de pri-
sión, como lo demostró el caso Scilingo (Ibid.: 133).
La autora reacciona así contra cierta sordera de parte del poder político y
de los sectores que impulsaron el reclamo por justicia en nuestro país. Si
bien reconoce que el camino de la justicia fue la única opción admisible en
ese entonces y la matriz extraordinaria que dio forma y posibilitó la clausu-
ra del “Mal político”, el precio a pagar en términos de verdad fue significa-
tivamente alto y resultó quizás aún más perjudicial para los familiares y su
búsqueda. Asimismo, la opción por la justicia ha reposado sobre una ver-
sión simplificada de lo acontecido en el pasado, en la cual se reproducen
las figuras enfrentadas, los “militares culpables y malos” vs las “víctimas
inocentes y buenas”. La autora señala, “Pero aun con la carga de verdad
que uno pudiera atribuirles, esos relatos estaban lejos de dar cuenta de una
verdad más compleja” (Ibid.: 101). Esta simplificación ha obturado según
la autora el resurgir de las preguntas: ¿Por qué sucedió? ¿Cómo pudo ha-
ber sucedido? La autora se cuestiona entonces cómo contribuir a elaborar
una verdad más abarcadora sin afectar con ello el consenso sobre la maldad
radical del Mal. Y responde, “Aferrarnos sin más, veinticinco años des-
pués, al consenso instalado por la extraordinaria epopeya de la CONADEP
y de los juicios, es rehusarse a examinar nuestra responsabilidad por el
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mundo en común en que aquello se hizo posible” (Ibid.: 102). La CONA-
DEP, los juicios y en definitiva la insistencia por la justicia aparecen como
una forma de “coartada” para evitar romper el silencio y asumir la respon-
sabilidad que le cabe la militancia de izquierda (Idem). En el relato oficial
del renovado compromiso por la justicia y la celebración del enjuiciamien-
to en otras latitudes, la autora encuentra la reiteración de cierto rasgo auto-
ritario que corresponde a otros tiempos; rasgo que permanece inhóspito ha-
cia la pluralidad de voces, a la reflexión y a la disidencia, tendiente a
incitar al silencio y el conformismo con una sola versión del pasado. Para
Hilb, entonces, es necesario reabrir las preguntas y permitir el trabajo de la
verdad, que traerá consigo la proliferación de relatos y el desmantelamien-
to del régimen de silencio edificado en los últimos años por los mismos
protagonistas.
Ahora bien, la reflexión de Hilb sobre la tensión entre verdad y justicia y el
desbalance de la experiencia argentina hacia el polo de la justicia con su
correlato del silencio se desentiende de algunas cuestiones claves a nuestro
entender para la comprensión del modo singular de lidiar con el pasado que
tuvo lugar en nuestro país, como así también de los avances en relación a
la verdad que viene sucediendo en la esfera de la justicia. En primera ins-
tancia, el planteo desatiende el rol constitutivo que el silencio jugó en la
conformación misma de la última dictadura militar (Barros, 2009). El así
llamado Proceso de Reorganización Nacional pudo sostener su legitimidad
de origen gracias al ocultamiento de su proceder en la “guerra sucia” con-
tra la “subversión” (Zac, 1995). El silencio sobre lo que sucedía en el mun-
do clandestino de los centros de detención, de los secuestros, de las des-
apariciones resultó crucial a la hora de erigirse como legítimos defensores
de los valores cristianos y occidentales que el régimen reivindicaba como
propios una y otra vez (Idem). El restablecimiento de la paz, como tantas
veces aparecía enunciado en los discursos militares, requería de una salida
poco convencional, una guerra que no era limpia, sino más bien clandesti-
na y sucia. El silencio, la clandestinidad y los métodos no convencionales
formaron parte del mundo de la guerra paralelo y ubicuo al mundo de la le-
galidad. Esta lectura creíble en ese entonces sirvió para sostener el ordena-
miento particular que instituyó el Proceso tanto al interior de sus propias fi-
las como a nivel más general y social. La interpelación ideológica del
orden y de sus significantes contiguos tuvo consecuencias materiales claras
en el comportamiento y convencimiento de los sujetos insertos en las jerar-
quías militares (Idem). Estas identificaciones no se desvanecieron una vez
desmoronado el régimen. Pensar que la democracia provocó un cambio ra-
dical en la mirada subjetiva sobre el pasado de los protagonistas es alenta-
dor pero hoy parece poco probable si tenemos en cuenta las declaraciones
35
y testimonios de los represores y ex integrantes de las fuerzas armadas que
muestran aún la permanencia de un fuerte convencimiento sobre la acción
represiva llevada a cabo por el Proceso (Salvi, 2012). Podríamos preguntar-
nos por qué no hubo más confesiones como la de Scilingo, si es como dice
Hilb porque no existen incentivos para decir su verdad, o si por el contra-
rio, más allá de los incentivos, romper el silencio para muchos de ellos se-
ría poner en cuestión su propia mirada sobre el pasado y sobre sí mismos,
sería cuestionar su rol como parte de una fuerza del orden y la legitimidad
de una causa en la que se recreó su propia subjetividad. Quizás entonces
para muchos de los integrantes de la fuerza de seguridad, romper ese régi-
men del silencio, podría ser acaso más aterrador que ser juzgado. También
podríamos preguntarnos qué sucedería si los represores rompieran el silen-
cio, ¿se lograría una verdad más compleja? ¿Cuál es la verdad que transmi-
tirían? ¿su verdad o la de sus víctimas? El trabajo de la verdad difícilmente
pueda desprenderse de la dimensión ideológica que dio forma a la partici-
pación/identificación de vastos sectores de las fuerzas de seguridad con la
campaña represiva de la dictadura. Por lo cual el proceso de exposición de
los hechos del pasado no necesariamente deriva en una verdad más profun-
da ni en el arrepentimiento ni el pedido de perdón por parte de los represo-
res, por el contrario puede llevar a la reafirmación del lugar ocupado du-
rante aquellos años en el reaseguro del orden y la paz. En segunda
instancia, entonces, resulta problemático en el argumento de Hilb el énfasis
que coloca en el trabajo de la verdad: la verdad aparece como condición de
posibilidad del restablecimiento de un mundo en común entre los perpetra-
dores, las víctimas y sus familiares, en el cual los desencuentros y desen-
tendimientos de otros tiempos podrían dar lugar al arrepentimiento y el per-
dón. Este trabajo aparentemente sería capaz de develar los hechos y
acontecimientos tal cual sucedieron —despojandolos de los matices pro-
pios de miradas difícilmente neutrales— haciendo de la reconciliación un
horizonte posible.
En tercera instancia, el argumento de la autora sobre las consecuencias
“más saludables” de la verdad en contraposición a la opción de la justicia
también se desentiende del devenir histórico del reclamo de los familiares y
víctimas de la represión. Es decir, la crítica hacia cierto afianzamiento poco
reflexivo al pedido de justicia durante los últimos años como senda única
del tratamiento del pasado, pierde de vista las condiciones políticas que hi-
cieron posible el surgimiento de la demanda de los propios familiares y la
constitución de su identidad colectiva. El reclamo de justicia de los grupos
afectados se origina en la inscripción de un daño, de un daño articulado en
un lenguaje del derecho que le otorgó un nombre: crímenes de lesa huma-
nidad. Es justamente ese lenguaje legal, de los derechos humanos, lo que
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dio forma y posibilitó la emergencia de la denuncia y de la identidad mis-
ma de los grupos de familiares devenidos luego parte crucial del movi-
miento de derechos humanos en nuestro país (Barros, 2008, 2012a). Por
esta razón no resulta extraño que sea en ese lenguaje legal que se exija la
reparación del crimen sufrido. En las voces de los familiares juicio y casti-
go se convirtieron en los nombres posibles de esa reparación. A diferencia
de otros contextos discursivos, como el Sudafricano, en los cuales la ver-
dad pudo haber jugado un rol reparador, en la experiencia argentina el pe-
dido de verdad quedó sujeto a ese léxico inicial y particular de denunciar
penalmente el crimen y de reclamar por su resarcimiento. La reacción de
Hilb ante la incapacidad de reflexión y del inmovilismo que ha caracteriza-
do a los reclamos por justicia y castigo en nuestro país, se sitúa así en un
registro exterior que encuentra expresión en un modelo normativo ajeno, a
partir del cual evalúa los logros y límites de nuestra experiencia, sin consi-
derar lo suficientemente el devenir histórico y singular de cada uno de los
procesos del tratamiento del pasado. Este modelo normativo le impide tam-
bién apreciar los enormes avances que se han hecho en relación a la verdad
en el ámbito de la justicia sobre las desapariciones, el destino de los cuer-
pos, la apropiación de niños, el funcionamiento de los centros clandestinos
de detención y de los tantos otros crímenes de la dictadura.
En cuarto lugar, el planteo de Hilb también se desentiende del devenir sin-
gular del silencio de los militantes. La crítica hacia la militancia de izquier-
da sobre la necesidad de tomar la palabra y asumir las culpas pendientes y
deudas compartidas sobre la violencia política no parece reparar lo sufi-
cientemente en el imaginario democrático que prevaleció en nuestro país
desde la reapertura democrática hasta hace no mucho tiempo atrás. La au-
tora describe las cristalizaciones y las figuras simplificadoras en el trata-
miento del pasado que circularon en los años en democracia pero no repa-
ra en las condiciones que las hicieron posibles ni en la efectividad política
de las mismas. Las palabras y también los silencios de los militantes queda-
ron sujetos a universos discursivos que a pesar de sus fallas e imprecisio-
nes, lograron su cometido: hacer inteligible la nueva experiencia democrá-
tica y su pasado inmediato, trazando nuevas fronteras de lo legítimo y
delimitando el campo de lo decible y lo escuchable. Como ha sido mostra-
do por numerosos análisis, los relatos de la militancia durante la postransi-
ción adoptaron en su mayoría formas testimoniales (aceptables) que más
que reflexionar sobre su accionar político, buscaron convertirse en pruebas
judiciales para denunciar los crímenes perpetrados por el terrorismo de Es-
tado (Pittaluga, 2007, Crenzel, 2008). Las narrativas sobre la militancia po-
lítica, las evaluaciones sobre el accionar de las diversas organizaciones, las
autocríticas y acusaciones cruzadas ciertamente existieron, pero quedaron
relegadas a un reducto político e intelectual de circulación marginal. En
37
contraste, el nuevo milenio vino acompañado, como ha sido ya sugerido,
de una explosión de las palabras de los militantes en sus más diversas ma-
nifestaciones. A contramano de lo que la autora plantea, la narrativa hege-
mónica en el presente, aun cuando pueda recrear nuevas certezas, también
propicia la expresión y el discernimiento de múltiples voces de la militan-
cia, generando un debate prolífico e inédito en torno a los setenta y sus
protagonistas. En efecto, el lenguaje de las responsabilidades se despliega
rozando nuevos ámbitos y personajes, reescribiendo repetidamente la trama
de las deudas pendientes y culpas pasadas. Las derivas posibles de este len-
guaje se tornan así inciertas y sus implicancias indeterminadas.
Palabras finales
La vuelta del pasado sobre el presente político al que asistimos en los últi-
mos años generó varios desarreglos en las tramas discursivas que acompa-
ñaron y sostuvieron el proceso de la transición democrática. El nuevo mapa
de responsabilidades trazó continuidades profundas entre el pasado dictato-
rial y el presente democrático y alteró el universo de los protagonistas prin-
cipales en la escalada de violencia y represión. Como vimos, nuevos acto-
res se sumaron al campo de los responsables del horror, reanimando la
demanda por justicia, y otros sectores antes demonizados recuperaron un
lugar en las luchas populares contra un modelo de exclusión y desigualdad
social de ayer y de hoy. Estos desarreglos y sus ecos en diversos espacios
sociales y políticos despertaron debates y combates que se tradujeron en
nuevas investigaciones judiciales y periodísticas, autocríticas y acusaciones
cruzadas y en una vigorización del interés académico e intelectual sobre el
pasado reciente. A lo largo de nuestro trabajo nos detuvimos en la interven-
ción de Claudia Hilb, quien a modo de reacción reclama una revisión pro-
funda del pasado por parte de los principales involucrados en los aconteci-
mientos políticos de los años sesenta y setenta con el fin de complejizar de
una vez por todas la verdad histórica sobre lo sucedido e iluminar las con-
diciones que hicieron posible el terrorismo de estado. La autora propone un
desmontaje crítico de ciertos relatos —que cuentan con alto grado de legi-
timidad— condensados en figuras retóricas enfrentadas que han dicotomi-
zado y simplificado el complejo escenario de la historia reciente a lo largo
de estos últimos años. Se trata en primera instancia de desmitificar a la mi-
litancia de izquierda de los setenta y de traer a la luz su vínculo estrecho
con la violencia política. Ese vínculo se funda no solo en los medios vio-
lentos desplegados en su accionar, sino en los fines mismos de la lucha re-
volucionaria del siglo veinte. Ni figuras angelicales, ni víctimas inocentes,
los militantes políticos —pese a sus nobles intenciones— deben asumir sus
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culpas en las acciones criminales cometidas durante los años previos al
golpe, y también su responsabilidad en la escalada de violencia que prepa-
ró las condiciones del golpe de estado de 1976. Crucial para esta crítica re-
sulta entonces el sinceramiento de parte de aquellos que a pesar de haber
sido las principales víctimas de la represión ilegal también fueron los prin-
cipales responsables de su advenimiento, cometiendo crímenes y contribu-
yendo a la banalización de la violencia. Este acto de sinceramiento sobre
las responsabilidades compartidas desdibuja la separación tajante entre cul-
pables e inocentes y da paso entonces a otro movimiento clave en el des-
montaje crítico propuesto por Hilb: la problematización del privilegio in-
cuestionado otorgado a la justicia en el tratamiento de los legados del
pasado. Según la autora, la opción decidida por la justicia ha obstruido la
posibilidad del establecimiento de un terreno en común entre los perpetra-
dores, las víctimas y sus familiares que conlleve a la construcción de una
verdad más compleja sobre lo sucedido. El reclamo de justicia que prevale-
ce hoy con nuevo vigor no pareciera requerir de fundamentación alguna y a
pesar del alto costo en términos de verdad, sus defensores no contemplan la
posibilidad de implementar otras alternativas ni toleran pronunciamientos
críticos sobre su efectividad en el alcance de una verdad más amplia.
Ahora bien, como vimos a lo largo del texto, el desmontaje crítico que nos
propone Hilb reposa sobre ciertos supuestos poco problematizados por la
autora que eventualmente opacan la lucidez de su crítica y limitan las po-
sibilidades de un entendimiento más complejo de los acontecimientos de
esos años previos al golpe de estado de 1976. Tres son los supuestos que
sustentan su clave de lectura. El primero tiene que ver con la aparente ho-
mogeneidad de la militancia de izquierda. Como vimos a lo largo de sus
escritos, asumiendo rasgos particulares como generales y aplicables a todo
un conglomerado de agrupaciones políticas de izquierda escuetamente
descritas en sus textos, la autora recrea una posición uniforme en la que se
encuadra a la militancia política de izquierda y a la que se le atribuyen
ciertas características de clara carga negativa, como ser su vocación auto-
ritaria, violenta, criminal y poco respetuosa de las diferencias. El segundo
supuesto se puede resumir en la primacía de la violencia política en la
comprensión histórica de la experiencia setentista. Atravesada por cierta
mirada generacional, Hilb asume la violencia como un dato incuestionable
de la trama política de la década de 1970. El diagnóstico creíble de una
época de crisis y violencia que surgió en los mismos años setenta es reto-
mado como un reflejo válido de la realidad social de ese entonces, desdi-
bujando las condiciones políticas que lo hicieron posible. Por último, la
autora le otorga al trabajo de la verdad un rol necesariamente revelador y
reparador. Sin detenerse en las circunstancias sociopolíticas en las que se
39
inscriben los procesos de tratamiento de los legados del pasado, Hilb de-
posita en el sinceramiento y exposición de los hechos del pasado la posi-
bilidad de acceder a una verdad más profunda, que restablezca un mundo
en común entre los protagonistas, en el cual los desencuentros y desenten-
dimientos de otros tiempos puedan dar lugar al arrepentimiento, al perdón
y la reparación.
Para terminar, las certezas en las que reposa el argumento de la autora
ocluyen su intención de complejizar las interpretaciones sobre los años se-
tenta y sobre sus principales protagonistas. Por un lado, dificultan la inter-
pretación histórica de la heterogeneidad que caracterizó a las organizacio-
nes políticas de los años sesenta y setenta y a sus diversos modos de
relacionarse con la violencia política. Por otro lado, reducen la compren-
sión de un período histórico complejo a un único rasgo, el de la violencia
política, desatendiendo otros aspectos cruciales que contribuyeron a trazar
la impronta del periodo. Por último, también limitan las posibilidades de
entendimiento del propio proceso de tratamiento del pasado que tuvo lugar
en nuestro país, restándole importancia a las condiciones de posibilidad e
imposibilidad de su devenir singular.
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