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Reseñas
Reseña de AAVV, ¿Qué es un pueblo? Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2014, 128 pá-
ginas.
por Lisandro Gallucci
*
Este libro constituye una traducción del original en francés aparecido en 2013, una
compilación de una serie de textos producidos por diversos autores en diferentes fechas
y reunidas en torno al interrogante que daba título al libro: Q’est-ce qu’un peuple? La
publicación del libro por Eterna Cadencia representa un gesto valorable en tanto alienta
a la reflexión sobre un concepto no sólo polisémico como es el de pueblo, sino además
central en los imaginarios políticos modernos. Entre los autores que integran el libro se
cuentan figuras como Alain Badiou, Pierre Bourdieu, Judith Butler, Georges Didi-Hu-
berman, Sadri Khiari y Jacques Rancière. Sin demérito de lo estimulante que resulta ob-
servar las reflexiones que tales autores ofrecen acerca del concepto de pueblo, no se
puede dejar de señalar la disparidad existente entre ellas, no sólo en cuanto a su exten-
sión o la ocasión para la que fueron preparadas, sino también en lo relativo a la riqueza
del pensamiento que despliegan en torno a dicha noción. Mientras que algunos de los
textos hacen del concepto de pueblo un término a partir del cual abren caminos hacia
reflexiones más amplias, otros en cambio tienden a producir un cerramiento de los sig-
nificados posibles de esa noción. En este sentido, varios de los textos reunidos en la
compilación se inclinan a una ontologización del concepto de pueblo que no puede sino
ocluir la reflexión en torno al mismo.
Dentro de estos últimos se encuentra el primero de los textos, a cargo de Badiou. Su
punto de partida es la constatación de que, en la actualidad, el concepto de pueblo se ha
vuelto un término “neutro”, mientras que el término popular se ha convertido en el úni-
co depósito de lo políticamente activo, a un punto tal que Badiou llega a postular que
este último representa “la luz de una nueva vida colectiva” (2014: 11). El abordaje mar-
xista que Badiou hace del concepto del pueblo, lo lleva a creer que éste designaba el lu-
gar de una sustancia emancipatoria o revolucionaria que, en virtud de los cambios ope-
rados en el mundo actual, se ha desplazado para relocalizarse en el sitio de lo popular.
Entre estos cambios se cuenta la creciente transnacionalización de los procesos econó-
micos y de los flujos migratorios, a partir de lo cual Badiou sostiene que “el proletaria-
do” se ha convertido en el “cuerpo subjetivado del comunismo” (idem). Al mismo tiem-
po, todo esto habría desvirtuado al pueblo, al despojarlo de las virtudes de las que
* Profesor en la Universidad Nacional de San Martín. Becario Posdoctoral de CONI-
CET. Profesor en Historia en la Universidad Nacional de Comahue y Doctor en Ciencia
Política por la Universidad Nacional de San Martín.
Es autor de diversos libros, capítulos y artículos que indagan en la historia política de
los territorios nacionales desde una historia conceptual de la Democracia.
Correo electrónico: lisandrogallucci@gmail.com
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otrora había sido depositario y convertirlo en algo puramente atomizado que ya “no
constituye ningún sujeto político” (ibid.: 13). Esta pretendida constatación lleva a su
vez a Badiou a postular que las formas políticas características de la modernidad se han
convertido en cáscaras vacías que, ahora más que nunca, revelan su falta de sustancia.
Así, por ejemplo, el sufragio se ha vuelto un mero “simulacro político” (idem) y no
existen más que gobiernos “democráticos” —el uso irónico de las comillas es de Ba-
diou— integrados por quienes “pretenden” representar al pueblo (idem). Afirmar,
como Badiou, que no lo hacen, implica como mínimo suponer que existe una repre-
sentación verdadera que, además, no sería la que ofrecen los gobiernos surgidos del
sufragio. Se trata sin duda de una visión esencialista que entre otras cosas lo lleva a
sostener que existiría un pueblo verdadero, cuya autenticidad provendría de la condi-
ción de “excluidos” de sus integrantes. Badiou parece creer que la noción de pueblo
tiene un valor preciso y determinable, un único significado y que además él conoce-
ría. De allí que llegue a afirmar que el pueblo “cobra todo su valor” tanto a través de
la “guerra de liberación nacional” como de las “políticas comunistas” (ibid.: 19). No
interesa discutir los significados que Badiou atribuye a tales expresiones, sino adver-
tir en ellas la concepción profundamente esencialista que Badiou tiene acerca del pue-
blo. En definitiva, las notas formuladas por Badiou aspiran a ser políticamente movi-
lizadoras pero resultan conceptualmente paralizantes y no ofrecen mucho más que la
reedición de viejos tópicos románticos acerca del pueblo como un sujeto portador de
una esencia emancipatoria.
La contribución de Bourdieu, que data de 1983, no está centrada en la noción de pue-
blo, sino en torno a su uso como adjetivo. El término “popular” constituye el foco de
atención del sociólogo francés, para quien esa expresión designa sobre todo aquello
que se encontraría excluido de las formas —políticas, sociales, culturales, etc.— con-
sideradas legítimas. Según Bourdieu, popular es un calificativo derivado de lo que de-
nomina un “modo de pensamiento dualista” (ibid.: 32), en el que un determinado ca-
non se encuentra opuesto a todas aquellas formas que no se ajustan al mismo. En este
sentido, lo popular sería resultado de una definición relacional y designaría aquello
que está excluido de las formas canónicas. Sin embargo, según Bourdieu, el desafío a
la hora de pensar lo popular pasaría por superar aquel modo dualista de pensamiento,
para interrogarse en cambio sobre la economía de los intercambios lingüísticos que se
llevan a cabo dentro de diferentes colectivos sociales. Esto llevaría a reconocer que
aquellas formas reconocidas como expresión de lo popular no siempre ni necesaria-
mente comportan un desafío a las formas dominantes. Bourdieu ilustra el punto con el
ejemplo de ciertos grupos sociales que adoptan formas lingüísticas y simbólicas extra-
ñas a las canónicas, pero no obstante pueden reforzar las relaciones de dominación.
Planteadas en un enfoque sociológico de la cultura, las observaciones de Bourdieu no
ofrecen demasiada ayuda para una reflexión sobre el concepto de pueblo que da títu-
lo a la compilación.
Distinto es el caso de la tercera contribución, a cargo de Judith Butler, donde la autora
explora algunas de las implicancias entre la noción de pueblo y prácticas colectivas
como el ejercicio de la libertad de reunión. El planteo de Butler comienza por señalar
algo nada novedoso: que la soberanía del pueblo no se agota en las formas instituciona-
les, sino que puede cobrar otras que pueden incluso impugnarlas. Entre esas formas al-
ternativas indica la que consiste en la reunión, ya se trate de la asamblea o de la concen-
tración en el espacio público. Para Butler, estas prácticas “realizan” la soberanía
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popular, en tanto que la reunión de los individuos produce la constitución de un pueblo
visible que se muestra como irreductible a las instituciones políticas que lo representan.
Mediante la reunión, sostiene la autora, los “cuerpos aglutinados y aglutinantes [...] se
constituyen como pueblo” (ibid.: 50), convirtiendo a éste en una presencia material y
concreta. La reunión daría lugar, según Butler, a la conformación de “algo no represen-
tativo” (idem), en el sentido de que la soberanía popular se volvería entonces una “for-
ma de autoproducción reflexiva separada del régimen representativo que legitima”
(idem). La importancia que otorga a esta dimensión la lleva a afirmar que la soberanía
popular “no puede pensarse separada de su corporeización” y a imaginar al pueblo
como una “institución corporizada y performativa” (ibid.: 59). Como corolario de todo
su argumento, Butler sostiene que “cuando el pueblo rompe con el poder establecido,
realiza la voluntad popular” (ibid.: 63). Esta imagen sin duda romántica del pueblo y su
presunta vocación emancipatoria, pone a la autora ante el problema que le significa re-
conocer la existencia de colectivos que, también en nombre del pueblo, asumen posicio-
nes totalitarias o racistas que plantean como necesario el sometimiento de otros colecti-
vos. La respuesta que frente a esto esboza Butler no consiste más que en distinguir esas
expresiones “corporizadas” de la soberanía popular entre aquellas que apuntarían a un
“cambio democrático radical” y aquellas otras que “no querría apoyar” (ibid.: 64), por-
que ella supone que no apuntarían en la misma dirección. Pero más allá de esto, el prin-
cipal problema del planteo de Butler es que su énfasis en la “corporeidad” del pueblo la
conduce a perder de vista que la congregación en el espacio público no es más que otro
modo de producir la representación del pueblo y de ningún modo puede ser considera-
da como su “realización”. Si, como es cierto, la soberanía del pueblo no se agota en las
instituciones políticas, tampoco lo hace en el conjunto de individuos reunidos en una
asamblea o en una plaza.
Similares dificultades son las que se plantean en el texto de Didi-Huberman, que co-
mienza por reconocer el carácter de aporía que reviste la relación entre pueblo y re-
presentación. Según el autor, ese reconocimiento condujo a varios estudiosos, entre
los que ubica a Carl Schmitt y Pierre Rosanvallon, a entender que la figura del pueblo
no constituía más que una ficción, algo imaginario o ilusorio, en definitiva algo
inexistente en la realidad. Para Didi-Huberman, esa forma de entender el asunto no
expresa más que una “crítica condescendiente” (ibid.: 74), que se contenta con señalar
a la realidad sensible como engañosa y en definitiva falsa. Frente a esa perspectiva de
pura “negatividad”, Didi-Huberman reivindica la necesidad de un enfoque alternativo,
que al observar las representaciones elaboradas en torno al pueblo no se limite a ad-
vertir la condición ficcional de este último, sino que permita restituir esas imágenes
en su carácter de configuradoras de un movimiento emancipatorio de “los pueblos”.
Desde esas premisas, el autor cree que es necesario “despertar la tarea del historia-
dor”, que no consistiría sólo en el estudio riguroso del pasado sino en recuperar “la
tradición de los oprimidos” (ibid.: 80), a la que no sólo da por segura sino que ade-
más sugiere que ya le es conocida. En este sentido, la labor del historiador no pasaría
por dar cuenta de los diversos y cambiantes significados que la noción de pueblo ha
cobrado en el pasado, sino por “dar una representación digna a los ‘sin nombre’ de la
historia” (idem). El “buen” historiador sería, según Didi-Huberman, aquel que contri-
buye a “levantar la tapa” de las opresiones sufridas por “los pueblos”, lo que requeri-
ría “volver sensible” la lucha de éstos por su emancipación (ibid.: 82). Ahora bien,
respecto de ese papel redentor que Didi-Huberman carga al historiador es forzoso de-
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cir al menos dos cosas. La primera, casi una obviedad, es que esa recuperación de tra-
diciones de luchas emancipatorias consiste en realidad en una invención retrospectiva
con la que se busca dar al pasado un sentido que no tiene. La segunda, que aquello
que Didi-Huberman reclama, es decir, una cierta “sensibilización” del pasado, ha sido
la forma convencional de explorarlo al menos a partir del romanticismo. En definiti-
va, el camino propuesto por Didi-Huberman parece menos la superación de aquella
mirada que criticaba en Schmitt y Rosanvallon, que la confirmación de que el pueblo
reviste una insuperable condición imaginaria.
En su texto, Sadri Khiari postula que la noción de pueblo constituye “una forma polí-
tica que colonizó al conjunto de las relaciones sociales a escala planetaria” (ibid.:
103), lo que significó que el mismo adquiriera una multiplicidad de sentidos capaces
de articularse en diferentes modos. Entre esas figuras, Khiari menciona la del pueblo-
nación, la del pueblo-ciudadanía y la del pueblo-clases subalternas. Para el autor, es-
tas figuras pueden adquirir diversas relaciones, que pueden implicar que alguna sea
asimilada por otra o bien que se planteen tensiones entre ellas. Pero a esa tríada clási-
ca, Khiari propone agregar otra figura asociada a la noción de raza, que considera ha
sido objeto de mucho menor atención. Como señala al respecto, “la dimensión racial
de la noción de pueblo quedó generalmente enmascarada por el universalismo y el
igualitarismo burgués dominante” (ibid.: 105). Este interés por descubrir la importan-
cia de lo racial lleva a Khiari a denunciar que la figura del pueblo francés está carga-
da de sentido racial (“¡el pueblo francés es el pueblo francés blanco!”, ibid.: 107). Se-
gún Khiari, esa imagen racial del pueblo es la que también ha dominado el imaginario
de la izquierda francesa, que sólo interesada por las diferencias económicas, habría
perdido de vista el peso de las distinciones raciales en la configuración de las relacio-
nes de dominación. El autor postula, en consecuencia, que esa izquierda debe “empe-
zar en su interior mismo una verdadera revolución cultural”, que en principio exigiría
“romper con la ilusión de su propia universalidad” (ibid.: 118). El reclamo de Khiari
apunta así a introducir una mirada poscolonial en el concepto de pueblo, que permi-
tiera dotar de pluralidad a este último. Sin embargo, el autor no se pregunta hasta qué
punto esa pluralización no entraña un riesgo de disolución del pueblo, unidad concep-
tual que ha dado sustento a la construcción de las comunidades políticas modernas.
Para decirlo en otras palabras, las enunciaciones poscoloniales de Khiari no contienen
ninguna pregunta acerca de cuánta pluralidad puede contener la idea de pueblo sin es-
tallar en una pura heterogeneidad.
En la última sección del libro, versión modificada de un artículo publicado en 2011 en
el periódico francés Libération, Jacques Rancière ofrece algunas breves reflexiones en
torno a una noción estrechamente asociada al concepto de pueblo como es la de popu-
lismo. En cierta tensión con la perspectiva de otros de los autores reunidos en el libro,
como Didi-Huberman, Rancière postula que “el pueblo no existe” y que en rigor no hay
más que “figuras diversas, incluso antagónicas, del pueblo” (ibid.: 120). En consecuen-
cia, tampoco el término de populismo tendría un sentido único e inmutable, sino que
apenas serviría “para esbozar la imagen de un cierto pueblo” (idem). Más allá del con-
trapunto que Rancière ensaya sobre viejas y nuevas formas de populismo, su principal
interés está puesto en pensar las formas que a su entender mostraría en la Francia de la
actualidad. Sin embargo, en su breve texto Rancière no parece querer renunciar a la
creencia de que populismo designaría una cierta relación con “las profundidades del
cuerpo popular” (ibid.: 123), y que en manos de actores supuestamente extraños a éste,
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como serían los políticos de extrema derecha, no podría más que sufrir una perversión
de su sentido verdadero. Algo que podría entenderse contradice la afirmación de que ni
el pueblo ni el populismo designan entidades realmente existentes.
En resumen, ¿Qué es un pueblo? reúne una serie en realidad dispar de reflexiones que
ofrecen distintos rodeos a ese concepto cardinal de los imaginarios políticos modernos.
Sin embargo, varias de las contribuciones están lejos de abordar de manera frontal
aquello que el título del libro promete. Muchas de las reflexiones contenidas en el libro
pueden ser nuevas en su lenguaje, pero en definitiva se inscriben en una larga y antigua
tradición que tiene como principio articulador la creencia en el carácter sustancial del
pueblo. Por todas estas razones, se trata entonces de un aporte para pensar en torno al
concepto de pueblo y algunas de sus implicancias, pero no puede decirse que constituya
una publicación imprescindible sobre tal materia.
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