
36 - invierno 2015
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STUDIA POLITICÆ
cir al menos dos cosas. La primera, casi una obviedad, es que esa recuperación de tra-
diciones de luchas emancipatorias consiste en realidad en una invención retrospectiva
con la que se busca dar al pasado un sentido que no tiene. La segunda, que aquello
que Didi-Huberman reclama, es decir, una cierta “sensibilización” del pasado, ha sido
la forma convencional de explorarlo al menos a partir del romanticismo. En definiti-
va, el camino propuesto por Didi-Huberman parece menos la superación de aquella
mirada que criticaba en Schmitt y Rosanvallon, que la confirmación de que el pueblo
reviste una insuperable condición imaginaria.
En su texto, Sadri Khiari postula que la noción de pueblo constituye “una forma polí-
tica que colonizó al conjunto de las relaciones sociales a escala planetaria” (ibid.:
103), lo que significó que el mismo adquiriera una multiplicidad de sentidos capaces
de articularse en diferentes modos. Entre esas figuras, Khiari menciona la del pueblo-
nación, la del pueblo-ciudadanía y la del pueblo-clases subalternas. Para el autor, es-
tas figuras pueden adquirir diversas relaciones, que pueden implicar que alguna sea
asimilada por otra o bien que se planteen tensiones entre ellas. Pero a esa tríada clási-
ca, Khiari propone agregar otra figura asociada a la noción de raza, que considera ha
sido objeto de mucho menor atención. Como señala al respecto, “la dimensión racial
de la noción de pueblo quedó generalmente enmascarada por el universalismo y el
igualitarismo burgués dominante” (ibid.: 105). Este interés por descubrir la importan-
cia de lo racial lleva a Khiari a denunciar que la figura del pueblo francés está carga-
da de sentido racial (“¡el pueblo francés es el pueblo francés blanco!”, ibid.: 107). Se-
gún Khiari, esa imagen racial del pueblo es la que también ha dominado el imaginario
de la izquierda francesa, que sólo interesada por las diferencias económicas, habría
perdido de vista el peso de las distinciones raciales en la configuración de las relacio-
nes de dominación. El autor postula, en consecuencia, que esa izquierda debe “empe-
zar en su interior mismo una verdadera revolución cultural”, que en principio exigiría
“romper con la ilusión de su propia universalidad” (ibid.: 118). El reclamo de Khiari
apunta así a introducir una mirada poscolonial en el concepto de pueblo, que permi-
tiera dotar de pluralidad a este último. Sin embargo, el autor no se pregunta hasta qué
punto esa pluralización no entraña un riesgo de disolución del pueblo, unidad concep-
tual que ha dado sustento a la construcción de las comunidades políticas modernas.
Para decirlo en otras palabras, las enunciaciones poscoloniales de Khiari no contienen
ninguna pregunta acerca de cuánta pluralidad puede contener la idea de pueblo sin es-
tallar en una pura heterogeneidad.
En la última sección del libro, versión modificada de un artículo publicado en 2011 en
el periódico francés Libération, Jacques Rancière ofrece algunas breves reflexiones en
torno a una noción estrechamente asociada al concepto de pueblo como es la de popu-
lismo. En cierta tensión con la perspectiva de otros de los autores reunidos en el libro,
como Didi-Huberman, Rancière postula que “el pueblo no existe” y que en rigor no hay
más que “figuras diversas, incluso antagónicas, del pueblo” (ibid.: 120). En consecuen-
cia, tampoco el término de populismo tendría un sentido único e inmutable, sino que
apenas serviría “para esbozar la imagen de un cierto pueblo” (idem). Más allá del con-
trapunto que Rancière ensaya sobre viejas y nuevas formas de populismo, su principal
interés está puesto en pensar las formas que a su entender mostraría en la Francia de la
actualidad. Sin embargo, en su breve texto Rancière no parece querer renunciar a la
creencia de que populismo designaría una cierta relación con “las profundidades del
cuerpo popular” (ibid.: 123), y que en manos de actores supuestamente extraños a éste,