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por la dialéctica entre estructuras objetivas dadas y otras incorporadas, de-
nominando a este proceso constructivismo estructuralista. El mismo es re-
sumido magistralmente por los típicos juegos de palabras tan propios del
autor, quien lo define como “un doble proceso de interiorización de la ex-
terioridad, y exteriorización de la interioridad” (Bourdieu, 2000: 60). Así,
pone el acento en las relaciones por sobre las estructuras e individualiza-
ciones, y elabora a partir de esta intuición el concepto de campo: una
construcción analítica mediante la que se designa a un conjunto específico
y sistemático de relaciones sociales. En otras palabras, es una suerte de
espacio social específico que contiene relaciones entre posiciones (defini-
das por comparación) ocupadas por diversos agentes, que para ser consi-
derados tales deben poseer un determinado capital, que a su vez da la nota
caracterizante que permite diferenciar a un campo de otro y autodefinirse
como autónomo.
De la precedente definición, es preciso ir desglosando distintos rasgos para
poder comprenderla con claridad. Por un lado, es necesario entender que
los campos se constituyen por relaciones donde los involucrados existen
como agentes, y no como individuos biológicos o sujetos, y su pertenencia
al campo está dada por su posibilidad de producir efectos en el mismo y no
por su ocupación material. Esta capacidad está íntimamente vinculada con
la posesión de un capital, de una potestad para influir en el campo, una
condición indispensable para poder ser parte de él. A su vez, es lo que per-
mite individualizarlo e identificarlo. Ahora bien, las posiciones en las que
se encuentran los agentes dentro de estas construcciones teóricas son esta-
blecidas a través de criterios de diferenciación, en las que el valor de cada
posición social no se define a sí misma, sino en función de la distancia so-
cial que la separa de otras.
La noción de campo puede ser visualizada como una especie de juego o de
mercado en el que se produce y negocia un capital distribuido asimétrica-
mente, y en el cual se compite por monopolizarlo. Esta desigual distribu-
ción lleva implícita relaciones de dominación y disenso, donde una clase
dominante, investida de poderes de coerción, se impone sobre otros a tra-
vés de un conjunto complejo de acciones y coacciones. En consonancia
con esto, la competencia no sólo existe para detentar el capital dentro de un
campo, sino para erigirse como el legítimo poseedor del mismo, como una
autoridad asignada por el propio campo para ser quien se imponga sobre
los otros. Aquellos que se impongan como vencedores en cada campo es-
pecífico, concurrirán a otro de mayor escala, el del poder, encarnado por el
Estado y organizado por sus reglas.
Continuando en esta línea de razonamiento, la adhesión a esta competencia
se da como resultado de una creencia o ilusión (illusio), en la que las partes
AYELÉN ASPINWALL - LUIS EUGENIO FASOLI