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Javier Etchart
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Resumen
El republicanismo como tradición de pensamiento se ha instalado nueva-
mente en la actualidad, de allí que no sea extraño ver reflejado trabajos
académicos escritos en su nombre, como así también se ha popularizado
su uso en la propia política partidaria y hasta en los medios masivos de
comunicación.
Sin embargo, y por tratarse de una vieja tradición política, su mera men-
ción no remite a una comprensión inmediata y transparente. En este sen-
tido, el trabajo está interesado en explorar un tipo de interpretación que
ha logrado un extendido consenso en el plano académico y político, aso-
Código de referato: SP.195.XXXVI/15
Lecturas contemporáneas en la
consolidación de un
republicanismo liberal:
¿una articulación inevitable o un
recorrido posible?
1
STUDIA POLITICÆ Número 36 ~ invierno 2015
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales,
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
1
Este trabajo reconoce versiones parciales y preliminares presentadas como ponencia
en el II Jornada en Investigación en Ciencia Política , Universidad Nacional de Entre
Ríos, noviembre 2010 y para XI Congreso Nacional y IV Congreso Internacional sobre
Democracia, organizado por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales
de la Universidad Nacional de Rosario. Rosario, 8 al 11 de septiembre 2014.
*
Docente Universitario UNLu y Moron. Magister en Ciencias Sociales y Humanidades
(UNQUi). Doctorando Ciencias Sociales UNLU.
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STUDIA POLITICÆ
ciando casi de manera indistinguible dos tradiciones políticas distantes y
hasta diferentes: el liberalismo y el republicanismo.
Esta articulación ha sido diseñada por un conjunto de autores importan-
tes en el marco de las ciencias sociales; de tal forma que este escrito pro-
pone un recorrido descriptivo —y crítico— por la obra de estos autores,
tratando de observar los argumentos esbozados por ellos para unificar
historias diferentes.
Palabras claves: Tradiciones políticas - Republicanismo - Liberalismo
Abstract
Republicanism as a tradition of thought is installed again at the present,
so it is not surprising to see academic papers written in its name, as well
as its use has become popular in their own partisan politics and even the
mass media.
However, because it is an old political tradition, its mere mention does
not refer to an immediate and clear understanding. In this sense, this
papers is interested in exploring a type of interpretation that has
achieved widespread consensus in the academic and political find,
involving almost indistinguishably two distant and even different
political traditions: liberalism and republicanism.
This articulation has been designed by a set of important authors in
the framework of the social sciences; so this paper proposes a
descriptive -and critic- trajectory for the academic work of these
authors, trying to observe the arguments outlined by them to unify
different stories.
Key words: Political tradition – Republicanism Liberalism
I. Introducción
L
UEGO de la recuperación y consolidación de la democracia en los
años 80, se abrió en América Latina una discusión acerca de cómo
mejorar y profundizar a la propia democracia, en particular esta
discusión comienza a ahondarse luego que muchos países de la región
adoptaron medidas cercanas a las posturas neo-liberales. En esta direc-
ción, las bajas performances económicas junto al consiguiente deterioro
social, fueron minando la confianza en la política como medio para el
mejoramiento de las poblaciones nacionales, como así también decayó la
credibilidad en la dirigencia política y en los partidos que se asociaron
con aquellas políticas. Así, y en este marco, un clima de descreimiento y
de cinismo hacia la política dominó el escenario regional. Sin embargo,
fue esta misma situación la que posibilitó una re-para la discusión sobre
la propia democracia, cuestionando el tradicional formato político-institu-
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cional que hasta esos momentos se estaba llevando adelante en nuestros
países. Las reaperturas de estas discusiones van a ir plasmándose históri-
camente con la emergencia de gobiernos como los de Hugo Chávez en
Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y Néstor
Kirchner en Argentina.
Estas experiencias ponen al descubierto una discusión teórica profunda
acerca de nuestras democracias, las cuales se inscriben en una polémica
que polariza dos formas organizativas distintas: la democracia-liberal-cons-
titucional vs los formatos populistas (Peruzzotti, 2008, 2013; Laclau, 2009-
2010). La primera formaría parte de las concepciones democráticas repre-
sentativas de raigambre liberal-republicana, la cual se caracterizaría
mínimamente por lo siguiente: contar con un esquema de representación
competitiva entre partidos; mantener una defensa irrestricta de la ley; prote-
ger las libertades negativas; oponerse a todo tipo de liderazgos providen-
ciales y, finalmente, sostener un rígido esquema de división y control entre
los poderes.
De otra parte se hallarían los populismos, que en un sentido contrario, esta-
rían dominados por liderazgos carismáticos, promoviendo los intereses de
los sectores subalternos y oponiéndose a los valores enarbolados por las
élites antinacionales y antipopulares.
Dejando de lado las concepciones populistas, y más allá de la validez abso-
luta de la dicotomía mencionada, lo interesante es resaltar la asociación que
se da, en la propia teoría política, entre tres conceptos con historias y tem-
poralidades diferentes, tales como la democracia, el liberalismo y el repu-
blicanismo. Lo sugestivo del punto es la mención articulada entre una for-
ma de gobierno con dos tradiciones políticas disímiles. Así resulta
interesante señalar que la mención de un liberalismo republicano, o una re-
pública liberal, son naturalizadas en el lenguaje político cotidiano, funcio-
nando ambos casi como sinónimos cuando en realidad se trata de dos tradi-
ciones distintas que aparecen en tiempos y que contienen historias
diferentes, que al mismo tiempo tienen sus propios principios filosóficos, y
que han desarrollado sus propios cultores y adherentes.
2
2
Es necesario aclarar que estas interconexiones fueron advertidas con total claridad por
Guillermo O´Donnell (1998) sin embargo, y aun cuando no sea el motivo fundamental
del trabajo, me permito disentir con el uso conceptual que del autor en su interpretación
del republicanismo, el cual queda asociado con el desempeño público de los funciona-
rios, quienes tienen que seguir lo prescripto por la ley y favorecer el bien público por
encima de sus intereses particulares. Estas afirmaciones realizadas por O´Donnell no son
desacertadas, aunque sí limitan el área del republicanismo hacia aspectos restringidos en
el ejercicio de las funciones gubernamentales. En la línea de otros desarrollos teóricos
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De modo que el presente trabajo procurará contribuir a descifrar este entre-
sijo, e intentará hallar alguna respuesta que permita comprender las razones
por las cuales el republicanismo y el liberalismo son utilizados casi como
conceptos equivalentes e intercambiables.
Especificando aún más la problemática en cuestión, será importante deter-
minar cómo es posible que el republicanismo, como tradición clásica y an-
tigua, haya sido absorbido por otra tradición más moderna —y política-
mente menos substancial— como el liberalismo.
De allí que podríamos sintetizar los siguientes interrogantes que recorrerán
el trabajo: ¿Quién o quienes contribuyeron en la naturalización de esa vin-
culación? Y en tal caso ¿cuáles son los argumentos esgrimidos para legiti-
mar esa situación?
II. Propósito y justificación
El presente trabajo se inscribe bajo el marco conceptual vinculado con la
recuperación de la tradición republicana como categoría de análisis político
para la actualidad, aun cuando importantes autores contemporáneos prove-
nientes de las ciencias sociales como: Robert Dahl (1991); Natalio Botana
(1997 y 2006); Ángel Rivero (1998) y Norberto Bobbio (2002), han cerra-
do filas hacia una posición crítica, limitada y defensiva respecto a los al-
cances concretos que dicho revival tiene. En efecto, aun cuando en los últi-
mos años el republicanismo se ha instalado en el lenguaje público
cotidiano, y aún cuando éste se ha instituido como categoría relevante tam-
bién en el mundo académico, esa expansión no ha implicado un avance li-
neal ni homogéneo sino que, por el contrario, existe una enorme diversidad
al interior de la tradición —lo cual es prueba de su vitalidad. Lo más im-
portante para este trabajo, sin embargo, estará dado por la resistencia a
adoptarlo como una real categoría analítica por parte de los autores men-
cionados anteriormente.
Este grupo de pensadores, con fuerte predicamento en el ámbito de la cien-
cia, la teoría y la historia política, han centrado sus críticas al republicanis-
mo por medio de dos argumentaciones diferentes pero vinculadas entre sí:
por un lado, aparece una crítica descalificadora cuyo argumento central
pasa por tratarlo como una tradición emparentada con un conjunto de ideas
vinculadas al pasado, pero sin incidencia para lograr un discurso capaz de
(SKINNER, 1978, 1984; PETTIT, 1999; DOMÉNECH, 2004) el republicanismo constituye
algo más que el necesario ejercicio de esas funciones.
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definir o de comprender la complejidad del mundo actual. Por otro lado, y
siguiendo a otro de estos autores, el republicanismo contemporáneo consti-
tuye a lo sumo, una alternativa moral frente al liberalismo, una vieja pieza
que sólo debería ser revisitada con motivos arqueológicos. Así, y siguiendo
la lógica de este último argumento, aquella añeja tradición solo es pensada
desde una perspectiva institucional/formal, siendo sus características distin-
tivas las constituidas por algunos elementos definitorios similares a los de-
fendidos por otra tradición, en este caso más moderna y actualmente hege-
mónica tal como lo es el liberalismo; de esta manera el republicanismo se
convierte en un apéndice de otra tradición.
Si bien la extensión de los argumentos utilizados por la intelectualidad se-
ñalada, desfigura y oculta otros recorridos republicanos recientes, por cier-
to mucho más substanciales y densos, es la propia importancia y el fuerte
predicamento que estos autores tienen lo que conduce a centrar la atención
en ellos, de allí que revisitar sus obras para observar esa complexión dis-
cursiva y la concatenación lógica de las argumentaciones utilizadas, se
constituya en un primer paso necesario para comprender sus alcances e in-
terpelar posteriormente sus argumentaciones.
Precisamente esta será la propuesta del trabajo, volver sobre las obras de
los autores mencionados tratando de describir la forma y los argumentos
desplegados por medio de los cuales estos teóricos fueron fraguando un
sentido particular —y nada minoritario— sobre una interpretación del re-
publicanismo, contribuyendo así a conformar una mirada restringida y limi-
tada en la rica y potente historia política de su tradición.
III. El resurgir del Republicanismo
Este apartado procura resaltar tanto la vitalidad y productividad literaria,
como la riqueza analítica que el neorepublicanismo ha experimentado du-
rante las últimas décadas (Lovett y Pettit, 2009), de allí que los intentos por
limitar sus alcances desfiguran lo ocurrido realmente en el plano de la pro-
ducción académica.
Es así que durante las últimas décadas, y particularmente a partir de la pu-
blicación en 1971 de Teoría de la justicia de John Rawls (1997), las discu-
siones en el campo de la filosofía política estuvieron centradas en el debate
entre el liberalismo y las diversas corrientes antiliberales —como el comu-
nitarismo y el marxismo analítico— así como también entre las dos ver-
tientes antagónicas del liberalismo de filiación kantiana (la igualitaria y la
libertaria o no igualitaria) y entre estas dos vertientes del liberalismo y tam-
bién del utilitarismo (Parekh, 1996).
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Sin embargo, y por un camino paralelo, entre 1960 y 1970 aparecieron una
serie de publicaciones sobre los orígenes de la historia americana en el siglo
XVII que, entre otras cosas, se propusieron cuestionar la interpretación canó-
nica según la cual la influencia de John Locke —de su contractualismo y de
la defensa de ciertos derechos individuales— está en la base originaria de la
Revolución Norteamericana. Contrario sensu, diversos historiadores de las
ideas interpelan esos saberes aceptados como parte de la historiografía oficial
de EE.UU. (Pocock, 1975; Skinner, 1978; Sunstein [1988] 2004).
3
A partir de allí resurge una fuerte producción académica de raigambre re-
publicana que trasciende su inserción inicial circunscrita a la historiografía
norteamericana, y se embarca en una polémica de filosofía política norma-
tiva con distintos representantes arquetípicos de las diferentes vertientes
del liberalismo —como Rawls y Dworkin, entre los liberales igualitarios, o
Robert Nozick y Gauthier, entre los libertarios—, alejándose incluso de po-
siciones comunitarias más ortodoxas como las de McIntyre.
En este renacer republicano es imposible desconocer la producción más
propiamente filosófica de Philip Pettit (1999 a) y del aporte histórico de
Quentin Skinner (1984) en donde el republicanismo actual se ha identifica-
do fuertemente con un concepto central: la libertad entendida como no-do-
minación o como ausencia de interferencias arbitrarias.
Este concepto se ha demarcado de otras nociones de libertad, tales como la
idea de libertad negativa más cercana a posturas liberales (Berlin, 1993), o
como la idea de libertad positiva vinculada a posiciones antiliberales (San-
del, 2004).
El aporte central de Pettit implicó un desarrollo teórico que tomó como
base su idea de libertad, pero a partir de ese aporte central, su interpreta-
ción no ha sido hegemónica sino que se abrieron interesantes variantes que
interpelan la comprensión original. Algunas de las controversias sobre la li-
bertad republicana han versado sobre la diferenciación que Pettit establece
respecto de Skinner entre no-dominación y dependencia (Pettit, 2002), o
acerca del sentido concreto en el que cabe afirmar que una interferencia re-
sulta arbitraria (Ovejero, 2008). Asimismo, recientes debates que han re-
abierto la discusión sobre la libertad pueden rastrearse en los trabajos de
Matthew Kramer y Ian Carter (en Laborde y Maynor, 2008).
Siguiendo la senda sobre la explosión de la vieja tradición republicana, es
necesario hacer una referencia de otro itinerario teórico que reclama con
3
Para un mayor desarrollo de este punto ver OVEJERO, MAR y GARGARELLA, comp.,
2004; BOTANA, 2006; RIVERO, 2005.
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todo derecho una atención en este renacer, y a diferencia del anterior reco-
rrido hunde sus raíces centrando su interés en la relación entre libertad, do-
minio y propiedad (Antoni Domènech, 2004), como en aquella trayectoria
republicana de origen iberoamericana que también hablaba de poder y li-
bertad (Velasco Gómez, 2010). En este sentido, los estudios de un republi-
canismo novohispano deben ser tomados centralmente en cuenta, ya que
constituyen aportes ineludibles al momento de discutir qué es y cuáles son
las posibilidades reales de llevar a la práctica una república; en particular,
porque sus perspectivas recogen medularmente la idea de asimetrías en la
posesión de poder, y en la de ausencia de dominación como base para un
ejercicio real de poder en el ámbito político. Solo este aporte debería obli-
garnos a virar la atención sobre tal recorrido republicano, ya que se empa-
renta fuertemente con nuestras sociedades latinoamericanas, las que se ha-
llan entre las más asimétricas del mundo.
Sea en las trayectorias anglosajonas o por la vía iberoamericana, lo cierto
es que el republicanismo ha vuelto a convertirse en una tradición política
que pretende disputarle el lugar de privilegio a la dominante teoría liberal.
Por otro lado, y para finalizar la importancia en este revival republicano, es
necesario señalar la existencia de algunas transformaciones vinculadas a la
propia práctica de la política y que de algún modo se relacionan con la re-
aparición del republicanismo. En este sentido, sobre finales del siglo XX
las democracias actuales han manifestado un malestar en relación a temas
como la apatía ciudadana, el desarrollo de tendencias individualistas que se
alejan de las perspectivas vinculadas a la idea del bien común, e incluso se
ha hablado insistentemente de una crisis en la representación política (Ma-
nin, 1998); de tal manera que en la búsqueda de fuentes donde encontrar
pensamientos antitéticos a estos valores individualistas y poco proclives
desarrollo de una democracia mas profunda, la vuelta hacia el republicanis-
mo constituye una necesidad.
IV. Los cultores de la subordinación del republicanismo al liberalismo
Las referencias anteriores marcan claramente la vitalidad de una tradición
que no permite ser sepultada, sino que demanda su atención y postula su
propio status teórico para intervenir con peso propio en los actuales debates
académicos.
Sin embargo, y pese a lo anteriormente reseñado, lo cierto es que hasta el
presente tal tradición no cuenta con un reconocimiento pleno que le permi-
ta transformarse en una alternativa efectiva frente a la dominante influencia
del liberalismo anglosajón.
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Por el contrario, siguiendo lo señalado en la introducción, es en la obra de
importantes teóricos y cientistas sociales donde encontraremos críticas pro-
fundas que erosionan la legítima pretensión de constituirse en una tradición
que no debe quedar sumergida en las marañas del pasado.
De allí que este apartado esté destinado a la descripción —crítica— de la
obra de los escritores ya mencionados: Norberto Bobbio: 2002; Robert
Dahl: 1991; Ángel Rivero: 1998; Natalio Botana: 1997 y 2006, entendien-
do que la importancia académica de los mismos los transforma en autores
cuyas aseveraciones tienen suficiente peso como para marcar rumbos con-
ceptuales.
IV.I. Norberto Bobbio y la negación de la tradición republicana
Comenzaré por algunas notas realizadas por el pensador italiano, quien de
todos los autores mencionados es el más categórico de los críticos, no deja
margen de dudas respecto a su posición. Así en sus diálogos con un defen-
sor del republicanismo como Maurizio Viroli sostenía:
En mi trayectoria como estudioso de la política, nunca me he cruzado
con el republicanismo ni con la república (...) La república es una forma
ideal de estado basada en la virtud de los ciudadanos y el amor a la pa-
tria. Virtud y amor a la patria eran los ideales de los jacobinos, a los que
luego añadieron el terror (...) es una forma de estado ideal, un modelo
moral... que no existe en ninguna parte, que existe solo literariamente en
los escritos que tu citas, y que son tan heterogéneos entre sí que resulta
difícil conectarlos con un hilo consistente... (2002: 10-13)
Dejando de lado la curiosa esperanza de Bobbio de que le salgan al paso
alguna vez las “esencias” de la república o del republicanismo, lo cierto
es que su crítica resulta cuanto menos extraña puesto que parece confun-
dir lo que es un concepto normativo abstracto con una teoría ideal sola-
mente compatible con un grado de virtud y de patriotismo que —como
decía Hegel refiriéndose al concepto de virtud de Kant— por eso mismo
lleva al inmoralismo o al terror. La mayor concesión de Bobbio a la repú-
blica es su oposición a la monarquía y los principados, tal como hiciera
inicialmente Maquiavelo. Bobbio acepta el empleo del término res publi-
ca, pero como un nombre genérico para referirse a cualquier forma de es-
tado sin más.
Bobbio se declara un “realista”, lo que significa para él entender la políti-
ca como una lucha por el poder, y eso lo lleva a no aceptar la existencia
de cualquier estado sostenido sólo en la virtud de los ciudadanos, cosa
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que admitirían el grueso de los republicanos, aunque no necesariamente
esto implica aceptar su idea de que lo típico de cualquier estado sería re-
currir a la fuerza. Incluso este comentario de Bobbio acerca de la asocia-
ción entre virtud, patria, terror y jacobinismo es deudora de una tradición
difamatoria de Robespierre y el contenido plebeyo de sus acciones políti-
cas. Dicha asociación desarrollada históricamente con posterioridad a la
experiencia de la Comuna de París, sirvió en su momento para frenar los
impulsos democratizadores de los sectores populares que avanzaban con-
tra los privilegios de pocos. Ese vínculo descalificatorio oculta dos cues-
tiones que requieren ser precisadas. De una parte, descontextualiza el sig-
nificado real del concepto de Terror en ese momento histórico de una
Francia rodeada por potencias extranjeras dispuestas a limitar y retrotraer
la situación revolucionaria, de allí la idea de excepción con el que se plan-
teó la medida. Incluso es interesante mencionar el mantenimiento de las
instituciones parlamentarias y de las libertades políticas fundamentales du-
rante esa etapa. Por otro lado, esta crítica ha servido para fortalecer una
idea particular sobre la relación entre economía y política, según la cual la
política está separada de aquella y por tanto existen ámbitos limitados de
acción de lo económico y de lo político. Por el contrario, para el proyecto
democrático jacobisnista no existe tal autonomía entre ambos, así el pro-
pio Robespierre propugna que la economía debe estar subordinada a la
sociedad civil que ésta debe ejercer la soberanía para lograr la igualdad,
objetivo central de una república democrática. Esta posición abona la idea
de la satanización de Robespierre, los sans coulottes y el terror, y genera
una postura de rechazo a la irrupción de los plebeyos y sus posibilidades
de construir un orden social.
4
La otra crítica de Bobbio al republicanismo consiste en objetar el concepto
de libertad como no dominación propio de una buena parte de la tradición
republicana. En estos diálogos que estamos comentando, Viroli retoma y
ejemplifica conceptos que se hallan en el libro Republicanismo de Pettit
(1999 a), particularmente la idea de la independencia de la voluntad arbi-
traria de otros, tratando de mostrar la existencia de una alternativa frente a
los dos conceptos tradicionales de libertad —la positiva y negativa de
Constant y Berlin—
5
. Dice Bobbio:
4
Para abundar sobre esta tesis ver ALBARRÁN MIRAS en BERTOMEU, DOMENECH, DE
FRANCISCO, 2005.
5
Me refiero a las nociones de libertad negativa y positiva que popularizara Benjamin
Constant primero, y que popularizara con posterioridad ISAIAH BERLIN (1993). También
es necesario mencionar que el propio BOBBIO desarrolla in extenso estos conceptos en su
obra Igualdad y Libertad (1993).
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reflexionando sobre la independencia, no consigo encontrar ese tercer
significado de libertad que se distingue tanto de la libertad entendida
como ausencia de coacción (libertad negativa), como de la libertad con-
cebida como autonomía (libertad positiva)... La independencia es la ca-
pacidad de legislarse por sí mismo. No quisiera equivocarme, pero para
traducir autonomía en alemán deberías usar el término Selbständigkeit, es
decir independencia (...) A mí, independencia y autonomía no me parecen
sinónimos (Bobbio, 1993: 33)
Esta cita contiene afirmaciones que no serían deseables de ser obviadas, así
digamos brevemente que esa diferencia que no advierte Bobbio podría ex-
plicarse del siguiente modo: la libertad negativa entendida como ausencia
de coacción (real y actual) no es un término disposicional, como lo es en la
tradición republicana histórica. Quienes defienden ese supuesto concepto
negativo piensan que no soy libre si en este momento nadie interfiere con
mi decisión, independientemente de que ese alguien tenga la capacidad de
hacerlo en el futuro. Es por eso que el republicanismo le otorga un papel
fundamental al diseño institucional, porque está empeñado en diseñar insti-
tuciones que sean capaces de “filtrar” los posibles modos de dependencia y
dominación de los unos sobre los otros.
Por otro lado, y en lo que hace a la Selbständigkeit y a la autonomía que
bien dice Bobbio que no son sinónimos, agregaremos que no lo son pero
están emparentados, porque sin independencia material (Selbständigkeit)
no es posible la autonomía, como bien pensaron los autores republicanos
desde Aristóteles en adelante. Esta reticencia de Bobbio en considerar as-
pectos que son manifiestos en la tradición republicana histórica ha sido,
posiblemente, la causa de su falta de atención a una tradición política valio-
sa también para el presente.
IV.II. Robert Dahl: la cuestión de la espacialidad en la base del
pesimismo republicano
La posición de este prolífero autor marca una distinción respecto a la adop-
tada por Bobbio, incluso la historia del republicanismo forma parte de un
momento en la evolución histórica de las democracias (en su terminología
de las poliarquías) que para él se transforma en el objetivo central de estu-
dio. De acuerdo con Dahl, la democracia ha tenido en su derrotero tempo-
ral una serie de transformaciones hacia formas de gobierno donde los “mu-
chos” reemplazan a los “pocos” en la determinación sobre el espacio
público. La primera transformación se dio en Atenas, en el siglo V antes de
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nuestra era. Una vez terminada esta experiencia de auto-gobierno, Dahl ha-
bla de una segunda transformación que marca ciertas diferencias con el
ideal y la práctica atenienses —incluso en algunos aspectos se mostraba
como una opción a ella— y allí ubica a lo que él denomina la “tradición re-
publicana” compuesta por un:
...conjunto de ideas que distan de ser sistemáticas o coherentes y que tie-
nen su origen no tanto en las ideas y prácticas democráticas de la Grecia
clásica (...) como en el crítico más notable de la democracia griega: Aris-
tóteles (...) no tiene su modelo tanto en Atenas cuanto en su enemiga, Es-
parta, y más aún en Roma y en Venecia... (Dahl, 1991: 35)
Correctamente Dahl establece una distinción entre republicanismo y demo-
cracia, y coloca a Aristóteles como crítico de la democracia radical atenien-
se —el gobierno de los pobres libres que reciben una paga para que estén
en condiciones de participar en las deliberaciones políticas— y defensor de
una república mixta no democrática, o al menos con una inclusión más li-
mitada. Para Dahl el republicanismo les legó a los futuros defensores de la
democracia un conjunto de problemas, a saber: los cambios espaciales del
mundo moderno y su consecuente complejidad convierten a la tradición re-
publicana en algo de y para el pasado, que supo cumplir un papel impor-
tante en la vida política, pero que no sirve para un mundo complejo con au-
sencia de virtud cívica y con la existencia de facciones, como es el mundo
actual.
6
Pero curiosamente Dahl parece creer que las facciones aparecen muy tarde
en la historia de la civilización, y confunde algunas ideas aristotélicas al
atribuirle una idea errada sobre la equivalencia que existiría entre un buen
hombre y un buen ciudadano, cosa que Aristóteles niega de manera explíci-
ta en la Política (2005, 1277 a-b). Tampoco advierte Dahl un tema funda-
mental en Aristóteles, tal como lo es la férrea ligazón establecida entre la
virtud cívica y la participación política, con la propiedad entendida como
portadora de independencia material, cosa importantísima para entender la
apatía política y la falta de virtud cívica en las sociedades contemporáneas.
7
6
Por cierto, habría que revisar la idea de que en el mundo antiguo había una verdadera
devoción ante el bien público y la participación política, idea que comparten varios pen-
sadores, entre ellos Hanna Arendt, suponiendo que los griegos carecían de vida privada
y todo lo fiaban a la participación política. Por otro lado, justamente fueron los padres
fundadores americanos quienes alertaron una y otra vez sobre el peligro de facciones y
algunos de ellos, como Jefferson, sabían que esas facciones se producían por la concen-
tración de la propiedad en manos de pocos.
7
ARISTÓTELES (2005), 1295 a-b.
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Esta pérdida de protagonismo de la virtud ciudadana y la “corrupción” del
pueblo o de sus líderes, quienes se concentran más y más en intereses par-
ticulares (facciosos); sumada al cambio de escala geográfica que va desde
espacios reducidos a las grandes naciones modernas y, de allí, a la escala
global como la actual, constituyen para el autor, algunas de las característi-
cas propias de tal periodo que el republicanismo no pudo resolver, así:
...si el gobierno depende de la virtud de sus ciudadanos, y si la virtud
consiste en la devoción hacia el bien público (...) ¿es realmente posible
establecer una república, en particular en sociedades de gran tamaño y
heterogeneidad, como las de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos?,
(...) el intento de adaptar el republicanismo democrático a los requeri-
mientos de las grandes sociedades exigía una amplia transformación de la
tradición republicana... (Dahl, 1991: 39).
Dahl, sin embargo, no parece recordar que la tradición republicana históri-
ca, que él mismo remonta hasta Aristóteles, no hacía depender la virtud
ciudadana del tamaño de las sociedades, como tampoco de aspectos mera-
mente psicológico-morales sino, justamente, de la estructura social del de-
mos y de la posible o imposible autosuficiencia material de cada una de las
clases que lo componen, siendo tal autosuficiencia material, como luego lo
reconocerían otros republicanos no democráticos como Kant y Locke, la
condición indispensable para la virtud cívica.
8
IV.III. Ángel Rivero: el republicanismo como correctivo moral del
liberalismo
Dentro de esta perspectiva histórica y crítica del republicanismo, la posi-
ción de Ángel Rivero —que en ciertos aspectos es coincidente con el de
Dahl y expone a la tradición republicana dentro de sus análisis sobre la de-
8
“Ahora bien, en las ciudades hay tres elementos que le son propios: una clase que es
muy rica, otra que es muy pobre y, una tercera, los intermedios entre una y otra; y pues-
to que hemos convenido en que lo moderado y lo intermedio es lo mejor, es evidente
que también cuando se trata de la posesión de los bienes de la fortuna, la intermedia es
la mejor de todas, porque es la que más fácilmente obedece a la razón. Los que son de-
masiado hermosos, fuertes, nobles, ricos, o por el contrario, los demasiado pobres, débi-
les, o despreciados, difícilmente se dejan guiar por la razón, pues los primeros se vuel-
ven soberbios y grandes malvados (hybristai kai megaloponeroi), y los segundos
malhechores y capaces de pequeñas maldades (kakourgoi kai mikroponeroi), y de los de-
litos, unos se comenten por soberbia (hybris) y otros por maldad (kakourgian). Además
la clase media ni apetece demasiado los cargos ni los rehúye, y ambas cosas son perjudi-
ciales para las ciudades”. (Ibid, 1295 b).
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mocracia— también ha tenido influencia en el modo particular en que se
ha pensado el renacer del republicanismo y su papel teórico como tradición
en el mundo contemporáneo. De acuerdo con él, en efecto:
...el republicanismo es una tradición de pensamiento finalizada, que solo
subsiste en nuestro presente como una posición de crítica moral a los ex-
cesos oligárquicos de la democracia contemporánea (pero no por ello
deja de ser parasitaria de esa democracia liberal). Lo importante es que
ya no constituye una forma de alternativa democrática en el presente
(1993: 54-55)
Para dar cuenta de su afirmación el autor se apoya en la clasificación que
realizara David Held
9
sobre los modelos de democracia, distinguiendo dos
variantes del republicanismo que le sirven para diferenciarlas del modelo de-
mocrático radical ateniense de la época de Pericles. Por un lado, el republi-
canismo “protector” del estado y los individuos particulares, cuyos represen-
tantes son Maquiavelo, Montesquieu y Madison; y por otra lado, la variante
del republicanismo orientado al desarrollo público de los individuos, repre-
sentado por Marsilio de Padua, Rousseau, Wollstonecraft, Marx y Engels.
10
Rivero retoma la clasificación propuesta por Held, recordando que el re-
publicanismo protector y el orientado al desarrollo público de los indivi-
duos tienen en común a grandes rasgos los siguientes elementos: el hom-
bre es visto como una criatura social, las virtudes son importantes para
preservar el estado; le asignan un fuerte valor a la igualdad política y so-
cial e incluso para ambos es deseable cierta extensión hacia la igualdad de
bienes. A su vez, las experiencias políticas de ambos se llevan adelante en
pequeñas comunidades —ciudades Italianas del Renacimiento y la Gine-
bra de Rousseau— y, por último, comparten una concepción secular no
religiosa de la vida política.
Sin embargo, también existen diferencias entre ambos modelos. Desde una
perspectiva histórica dice Rivero que el republicanismo protector surge en
9
Rivero utiliza la 2
a
edición en inglés del texto de HELD Models of democracy del año
1996, donde el autor realiza algunas incorporaciones respecto a la edición en castellano
del año 1991.
10
Es interesante la inclusión de Marsilio de Padua en la tradición republicana, inde-
pendientemente de la legitimidad de la dicotomía propuesta por Held. El autor bien re-
cuerda la importancia de la teoría de la soberanía popular del autor de Defensor Pacis, y
su idea de que la mayoría yerra menos en legislar porque es muy posible que no dicte le-
yes que vayan en contra de su conveniencia, cosa que recuerda a Aristóteles sobre los
beneficios de la mayoría frente a las minorías en asuntos de legislación. Véase al respec-
to SKINNER, 1995.
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oposición a los “peligros” de la democracia ateniense que como bien sabe-
mos por Platón inspiraba terror por su componente popular y la idea corre-
lativa del gobierno de los pobres (que eran muchos, como lo son también
hoy) en beneficio de sus propios intereses. Para esta variante republicana
indudablemente no democrática, los ciudadanos no son iguales y no consti-
tuyen un cuerpo homogéneo, pero todos son igualmente importantes para
mantener la libertad. De allí la idea de los sistemas de controles, que ini-
cialmente se plasma en el gobierno mixto, básicamente tomando el ejemplo
romano, y que luego con el tiempo se adaptará a la idea de la división de
poderes.
En la misma línea histórica, pero tomando ahora al republicanismo orienta-
do al desarrollo, Rivero considera que su aparición se debe a la necesidad
de dar una respuesta crítica al liberalismo emergente en Inglaterra del siglo
XVII y XVIII.
11
Por otro lado, y si bien para ambos la participación política es importante,
el republicanismo protector propone una justificación pragmática de la mis-
ma, porque si los ciudadanos no se gobiernan a sí mismos otros lo harán
por ellos. Por otro lado, sostiene que el republicanismo orientado al desa-
rrollo considera importante la idea de la igualdad política y económica en
función de la autodeterminación política. Dado que este tipo de republica-
nismo considera que la libertad es obrar en base a leyes que han sido la ex-
presión de la “autodeterminación de un sujeto colectivo”, se opone a toda
forma representativa de gobierno tal como se expresa en la defensa rousso-
niana del sistema asambleario frente al parlamentario, que se adecua mejor
al republicanismo protector.
Lo importante a resaltar es que, según Rivero, lo que queda de ese discurso
republicano “protector” terminó integrándose al liberalismo moderno, con
un esquema de oposición a la tiranía y al sistema absolutista, con un diseño
institucional que garantizara la división y el equilibrio de poder, todo ello
con el fin de preservar un tipo de libertad negativa.
En relación al republicanismo orientado al desarrollo, según este autor, exi-
ge una participación muy alta para las sociedades plurales actuales, por eso
considera que “sólo encuentra su continuidad en la crítica que el discurso
de la democracia radical hace a la democracia liberal, en la defensa de la
libertad positiva”. (Rivero, 1988: 59). Parece entonces que hay vestigios de
11
Es llamativo cómo un autor que parece prestar atención a la historia, habla de libera-
lismo en los siglos XVII y XVIII, dado que el liberalismo es un concepto histórico polí-
tico que no surge hasta las Cortes de Cádiz en el siglo XIX, como bien sabe Held, por
ejemplo.
51
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un republicanismo democrático, crítico de la “democracia liberal”. En este
sentido es que Rivero reconoce la existencia de un republicanismo contem-
poráneo, pero que ya no se postula como una nueva organización política
sino simplemente como una crítica moral a la democracia liberal:
Para estos republicanos (H. Arendt, Fenichel Pitkin y sus seguidores) la
democracia liberal es un sistema político que no tiene mejor alternativa
pero que es perfectible. El republicanismo proporcionaría por tanto el
complemento que necesita la democracia liberal para sostener y realizar
sus valores. Así la idea de bien común, el concepto de ciudadano partici-
pante, la idea misma de patriotismo, proporcionarían todos aquellos ele-
mentos de identificación emocional con la comunidad que refuerzan la
solidaridad de la misma y la mejoran. Y al hacerlo proporcionan una sus-
tancia a la organización política liberal sin la cual, opinan, ésta corre el
riesgo de perder fundamento y apoyos (Ibid.: 64)
En síntesis, y en palabras de Rivero, parece que Arendt y Pitkin (sus pro-
pios autores republicanos contemporáneos) tienen razón en considerar que
la democracia liberal sería compatible —con algunos remiendos en lo que
hace a la participación y la identificación emocional con la comunidad—
con un republicanismo defensor de una democracia radical. Si por demo-
cracia radical entendiéramos, por ejemplo, la democracia de Pericles, debe-
ríamos preguntarnos si el liberalismo estaría de acuerdo en hacer un repar-
to de tierras, o en entregar un óbolo a los pobres (la versión antigua de una
renta básica de ciudadanía) para que estén en condiciones de participar en
igual medida que los ricos en las deliberaciones públicas.
IV.IV. Natalio Botana: el republicanismo como sinónimo de
gobierno moderado
Por último, nos referiremos muy brevemente a un texto de este autor argen-
tino que ha tenido y tiene gran influencia en nuestro país, ya que se ha
transformado en una fuente casi obligatoria en los programas de estudios
de disciplinas humanísticas. Me refiero al libro La tradición republicana
de Natalio Botana (1984) especialmente preparada para comprender el hilo
histórico en la trayectoria del republicanismo y el impacto que tuvo esta
tradición en la formación de nuestras ideas políticas, particularmente en Al-
berdi y Sarmiento.
Para decirlo muy brevemente, Botana asocia el valor del republicanismo
con dos conceptos centrales: la virtud, y la moderación del gobierno por
medio de controles institucionales que frenen cualquier tipo de despotismo.
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Así, en la nota preliminar a la segunda edición de su influyente libro en
1997 se encargó de aclarar de qué modo entiende esas relaciones:
...la república era al cabo, una forma de gobierno que descansaba en ese
atributo del ciudadano que lo hacía comportarse, en tanto sujeto partici-
pante, teniendo en mira el bien de todos...
El siglo XVIII (...) arrojó al debate una novedad de proporciones. Antes
que un laboratorio de la virtud, la república era un conjunto de derechos
institucionalizados en una ley suprema...
Formada en torno a la declaración de derechos, al gobierno limitado y a la
separación de poderes, la tradición liberal, dueña en sí misma de una riquí-
sima variedad de puntos de vista, ocupa el centro de la tradición republica-
na en el siglo XIX junto a una constelación de ideas... (pp. 6-7).
Para Botana, al igual que para Rivero, el concepto clásico de virtud repu-
blicana pierde fuerza en las sociedades modernas dada la admisión de for-
mas más moderadas de compromiso ciudadano que reemplazan a la virtud,
y también por el papel del comercio como morigerador de conductas extre-
mas. El republicanismo, dice Botana, se convierte en una tradición del pa-
sado que se eclipsa para hacerle un lugar al liberalismo. El constituciona-
lismo liberal moderno, con un brazo en la garantía de los derechos
individuales, y en el otro el control horizontal del poder por la vía de la di-
visión de poderes, hizo posible que los valores republicanos fueran fundi-
dos en la nueva tradición liberal.
Con posterioridad a este texto, en una conferencia que data del año 2006,
Botana retoma y ahonda en el resurgimiento actual del debate republicano.
Expone la idea de un republicanismo clásico, con epicentro en Roma y ca-
racterizado por ciudadanos motivados por la búsqueda del bien público y el
autosacrificio por la totalidad, en búsqueda de la grandezza de su comuni-
dad. Esa primer entrada desde la experiencia romana, tiene un segundo
momento en el siglo XVII en la etapa revolucionaria inglesa, para luego
consolidarse y extenderse en el siglo XVIII —Francia y las colonias Ame-
ricanas. En este momento, empero, dice Botana que la república clásica
modifica alguno de sus presupuestos y se incorporan nociones más ajenas a
ella tales como la elección, la representación, los derechos, la separación
de poderes con sus respectivos checks and balances: “tal fue el desiderá-
tum del buen gobierno republicano que debía plasmarse en una constitu-
ción escrita. Desde entonces la república fue sinónimo de república consti-
tucional” (ibid.: 221).
En esa misma conferencia Botana incorporó el aporte de autores contem-
poráneos como Pocock, y fundamentalmente la idea de libertad y la resig-
53
nificación del pensamiento de Maquiavelo que se halla en los escritos de
Skinner.
12
De cualquier forma, y aun cuando Botana reconoce que actualmente existe
un resurgimiento de la tradición republicana, su visión conceptual no ha
sufrido alteraciones sustanciales respecto al texto mencionado inicialmente.
El republicanismo contemporáneo básicamente sigue siendo, para Botana,
un régimen moderado de gobierno, tensionado por extremos peligrosos que
tienden a destruir todo sistema político y de los cuales hay que prevenirse.
En el intento del historiador político por entender el pasado y su continui-
dad, y la del analista comprometido con la actual realidad, Botana señala
sus temores cuando un régimen se desborda, de allí que hay que prevenirse
ante quienes tienen el poder económico, por ejemplo los ejecutivos fuertes
en la región y su correlato clientelar que corrompe a la población. A su vez,
y dado que las sociedades actuales promueven un encierro en la vida priva-
da, el riesgo es la pérdida de ciudadanos dedicados a los asuntos públicos:
...lo primero que despierta nuestra atención es el delicado equilibrio de
poderes sobre el cual debería reposar el régimen republicano. Un equili-
brio que no es estático sino dinámico, que se hace y rehace al influjo de
las demandas sociales y de las expectativas de la opinión pública. Entre
los hilos de continuidad que enlazan a las repúblicas del pasado y del
presente, éste es, quizás, uno de los más robustos. Para antiguos, moder-
nos y contemporáneos, la república es pluralidad de poderes y no hege-
monía de un poder sobre el resto...
El desafío contemporáneo de la legitimidad republicana consiste precisa-
mente en salvar esta brecha sin caer en la extrema politización de todo el
cuerpo de ciudadanos (...) y tampoco en el egoísmo de un habitante vuel-
to exclusivamente sobre sí mismo. De aquí la importancia que cobra la
representación política tanto como las desigualdades inscriptas en la mu-
tación que se está generando en la escala de quienes participan en la vida
pública mediante el voto, la influencia de grupos y la protesta social (Bo-
tana, 2006: 232-233)
El republicanismo contemporáneo básicamente sigue siendo, para Botana,
un régimen moderado de gobierno, tensionado por extremos peligrosos
12
Botana rescata los siguientes trabajos de QUENTIN SKINNER: La idea de la libertad
negativa: perspectivas filosóficas e históricas, en RORTY, SCHNEEWIND y SKINNER
(comps.), Barcelona, Paidós, 1990.
“El tercer concepto de libertad”, en Claves de razón práctica, nº 155, septiembre
2005.
The republican ideal of political liberty, en BOCK, SKINNER y VIROLI, Machiavelli and
republicanism, Cambridge University press, 1993.
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que tienden a destruir todo sistema político y de los cuales hay que preve-
nirse.
V. Reflexiones finales
Este escrito estrecha filas con todos aquellos que consideran que el republi-
canismo constituye una tradición de pensamiento de enorme vitalidad, aun
para la actualidad.
Tanto el concepto de república (ya sea entendido como forma de gobierno
o, comprendido en un sentido más genérico, como teoría de la soberanía po-
lítica), como el de republicanismo (doctrina que estudia la república —Ortiz
Leroux, 2007—) se han instalado actualmente en el lenguaje político acadé-
mico, y asimismo han extendido su influencia en el ámbito político partida-
rio y hasta en el de los propios medios de comunicación.
13
Sin embargo, la mera mención de la palabra no constituye una prueba sufi-
ciente de su comprensión inmediata y transparente, ya que al tratarse de
una vieja tradición del pensamiento, su evocación no remite a un pasado
indiscutible, ni a una interpretación autoevidente, de allí que la idea central
haya sido la de introducirse en la tradición republicana para revisarla y para
cuestionar ciertas afirmaciones hegemónicas, en particular, aquella que
asocia naturalmente un vínculo casi indistinguible entre republicanismo y
liberalismo, y que se halla contenida en los postulados esenciales de auto-
13
Es muy interesante señalar como desde una perspectiva partidaria, se fueron confor-
mando agrupamientos políticos que hacían referencias específicas sobre el tema; tal el
caso de la dirigente Elisa Carrió quien hablaba de la necesidad de “parir” una nueva re-
publica a través del establecimiento de un contrato moral/republicano, creando para ello
un nuevo movimiento político en el año 2000, para luego transformarse en el año 2002
en un partido político. Lo importante a nuestros fines es destacar el nombre del partido
creado: ARI, Afirmación para una República Igualitaria. En un sentido similar en el año
2005 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se dio una alianza conformada por los
partidos políticos Compromiso para el Cambio, liderado por Mauricio Macri, y Recrear
para el Crecimiento, de Ricardo López Murphy y el Partido Federal. Lo interesante del
caso es la observación de la sigla PRO, la cual significa precisamente Propuesta Repu-
blicana.
Otro tanto sucede en algunas de las consignas que se observaron en diferentes movili-
zaciones realizadas fundamentalmente en los grandes centros urbanos del país. Ejemplo
de estas, las que se dieron durante septiembre y noviembre del 2012, y replicados luego
en abril del año 2013, y las más recientes (18 de febrero 2015) vinculadas con la muerte
del fiscal Alberto Nisman. En cada una de estas situaciones se pudo observar la apari-
ción de un slogan unificador tal como lo fue la idea de “queremos más república”, o
“defendamos la república”.
55
res como Bobbio, Dahl, Rivero y Botana, quienes aun con matices termi-
nan por defender tal articulación relegando así al republicanismo a una tra-
dición que solo sirve para entender el pasado, o a lo sumo como un mero
regulador ético de las prácticas políticas del presente.
Ahora bien, la manifiesta incomodidad experimentada con todos aquellos
limitan de esta manera al republicanismo puede ser críticamente sistemati-
zada a través de los siguientes puntos:
a) A pesar de sus marcadas diferencias, ninguno de los cuatro autores esco-
gidos realiza una revisión exhaustiva de la trayectoria republicana más re-
ciente, pese a las publicaciones ya mencionadas de autores como Skinner,
Pocock, o la mencionada obra clave de Philip Pettit; menos aún las de Do-
ménech, ni todas las recuperaciones que se vienen realizando sobre el Ma-
quiavelo republicano leído desde sus Discursos (Lefort, 2010) para nom-
brar solo a alguno de los mas emblemáticos referentes del pensamiento
republicano contemporáneo.
14
No se trata de meras “ausencias” de citas
bibliográficas, sino de un corrimiento directo sobre otros aportes que po-
drían retomar una senda más substancial del republicanismo histórico.
b) Otro tanto ocurre cuando se asocia de manera excluyente al republica-
nismo con la virtud cívica (sólo compatible con las pequeñas polis griegas),
y al entender a la virtud con un compromiso absoluto con los asuntos pú-
blicos separados totalmente de las condiciones materiales de existencia.
Siendo así, estos autores no han sido capaces de advertir el potencial de
otras propuestas republicanas, también válidas para las sociedades contem-
poráneas, las que nunca pensaron el ejercicio de la virtud separado de las
condiciones materiales para que esta pueda desplegarse en una comunidad
política.
c) Por último, y quizás sea el que más fuertemente termina por darle uni-
dad a todas las descripciones realizadas en este trabajo, hay entre los auto-
res republicanos reseñados, un uso defensivo sobre el concepto de repúbli-
ca, a la cual solo se apela cada vez que algunos actores sociales observan
14
Tal como fue expresado al describir el pensamiento de Botana, hay que reconocer
que éste menciona alguna de estas obras, pero eso no implicó una alteración de sus ar-
gumentos centrales. Algo similar ocurre con RIVERO, ya que en sus consideraciones
más recientes incorpora los aportes tanto de Skinner como los de Pettit, sin embargo,
de acuerdo al autor español, el proyecto neo-republicano de estos últimos, no se en-
tronca de forma directa con ninguna de las preocupaciones que inspiraron a la tradi-
ción republicana originariamente. Concretamente para Rivero “el concepto de libertad
como no-dominación no ocupa ningún lugar prominente en la tradición republicana,
más allá del sentido general de la palabra libertad como lo contrario de esclavitud”
(2005: 9).
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que existen ciertos riesgos —reales o no— de resquebrajamiento de la ins-
titucionalidad establecida.
Por lo tanto, más allá de temporalidades, de sectores sociales y de estilos,
el concepto de república aparece asociado con posturas que no se diferen-
cian demasiado del constitucionalismo liberal. Esto es, detrás de aquellas
apelaciones sobre la república se hallan presentes algunos de estos concep-
tos: división e independencia de poderes, imperio de la ley, resguardo del
sistema federal, una defensa irrestricta de la libertad negativa y un fuerte
rechazo al decisionismo personalista que mantiene un esquema político
clientelar; cuestiones todas estas que han formado parte esencial del mains-
tream del liberalismo político desde sus orígenes.
Expresado de este modo, el republicanismo antiguo, moderno y contempo-
ráneo —sea democrático o no lo sea— conservaría las características míni-
mas que podría compartir con el liberalismo, pero a costa de debilitar otros
aspectos normativamente potentes de tal tradición: un concepto robusto de
libertad que supera la confusa separación entre libertad pretendidamente
negativa y positiva, un concepto de virtud ciudadana y de participación po-
lítica que sólo son posibles si la existencia material de los ciudadanos se
encuentra garantizada y un concepto del poder político entendido mínima-
mente como un “agente” fiduciario del poder legislativo o
15
, en un sentido
más profundo, entendido como autogobierno colectivo.
En definitiva, para los autores anteriormente mencionados —y para mu-
chos otros— el republicanismo constituye simplemente un lapso de tiempo
en la historia del liberalismo y no una tradición que pueda hoy competir
con éxito con el liberalismo, y esto constituye un adelgazamiento de otras
trayectorias republicanas que deben ser recuperadas para respetar el fuerte
sentido histórico que pueden hallarse en las razones profundas que tuvo
Maquiavelo para describir apasionadamente las historias narradas por Tito
Livio sobre Roma, o en esfuerzos realizados por los hombres que vivieron
en las pequeñas ciudades italianas del Renacimiento en su afán para des-
15
Para el tema poder político entendido como un agente fiduciario del pueblo (del
legislativo), véase: DOMÉNECH, 2010. Según éste la respuesta del republicanismo mo-
derno a esa realidad del “Estado” absolutista la inicia Locke con su exigencia de fidu-
ciarización de la autoridad política, es decir, con su pretensión de que los cargos polí-
ticos no sean sino trustees, fideicomisarios y, como tales, deponibles sin más para la
retirada de la confianza de los fideicomitentes, los ciudadanos. Este programa filosófi-
co-político lockeano, que en otro lugar he llamado de “civilización del Estado”, pasa a
Rousseau, a Adam Smith, a Kant; luego, radicalizado democráticamente, al ala iz-
quierda, plebeya, del jacobinismo, para terminar dejando su inconfundible impronta
en el joven Marx.
57
prenderse de los lazos que los ataban a los caprichos del Papado o del anti-
guo Sacro Imperio Germano; otro tanto si queremos encontrarle un sentido
en clave republicana a las admoniciones que Catón tuvo en contra de las
pretensiones hegemónicas de César; lo mismo para comprender las razones
que tuvo Robespierre cuando luchaba por garantizar un derecho a la exis-
tencia y una extensión ius civil a sectores empobrecidos o considerar la lu-
cha de los ingleses del siglo XVII cuando bajo la consigna de la república
propusieron ampliar las bases ciudadanas y criticar la estructura aristocráti-
ca de la propia constitución inglesa.
Estas cuestiones históricas, como otras tantas más en la actualidad, no po-
drían responderse dentro de variables definitorias importantes aunque muy
escasas, como lo son el contar con un aparato institucional de controles de
poderes, ausencia de decisionismo y respeto por las leyes.
Explorar otras variantes republicanas constituye una necesidad y un justo
reconocimiento a la propia historia de una tradición que se resiste a ser
atrapada por una mirada más limitada, tal como lo es la propuesta realizada
desde posturas liberales.
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Fecha de recepción: 19/03/2015
Fecha de aceptación: 28/08/2015