
35 - otoño 2015
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STUDIA POLITICÆ
no se preocuparon? ¿Por qué algunos, incluso, acusaron a otros miembros de la feligre-
sía de “subversivos”? ¿Cuál fue el lugar de los católicos frente a los terrorismos de Es-
tado? ¿Por qué ocuparon ese lugar? ¿Por qué la institución no se consideró perseguida?
Modos de prácticas católicas: anti-seculares, institucionales y comprometidos
El autor, en un lenguaje claro, sin eufemismos, comprometido desde su fe, con una
posición no neutral como investigador de la sociología de la religión y sin renunciar
a la cientificidad de su estudio, muestra que los referentes sociales católicos reac-
cionaron de un modo diverso ante el Estado terrorista porque sus concepciones de
lo católico y las formas de relacionarse con la sociedad eran diferentes. Es que
una característica de la religiosidad contemporánea es que se cree autónomamente,
se elige, se interpreta qué se quiere creer y ello condiciona la práctica. Lo inverso
también vale.
Así el libro, desde la sociología, muestra, explica y ayuda a comprender cómo algunos
creyentes asumieron la militancia política desde la fe (o la práctica política los llevó a la
fe católica) y sufrieron la persecución, la tortura y la muerte organizada, sistemática-
mente, desde el Estado terrorista. Otros creyentes formaron parte activa del Estado te-
rrorista o fueron indiferentes a lo que ocurría. El autor, con la mirada desde las víctimas
que son el centro de su trabajo, exhibe la complejidad del tejido social, que dio lugar a
que creyentes católicos fueran victimizados. Ello evidencia, también, que la práctica re-
ligiosa no deriva exclusivamente de la tradición católica sino del compromiso personal
de los sujetos. La diversidad de catolicismos reflejaba la complejidad social.
Los que concebían al catolicismo en fusión con el Estado para luchar contra la se-
cularización y la modernidad creían que solo un Estado católico garantizaba una
sociedad católica. Razón de Estado e intereses eclesiales eran lo mismo. Las reglas
de la fe debían regular las reglas sociales. Pecado y delito estaban mezclados. Lo
religioso se identificó con lo político. Sus prácticas estuvieron direccionadas a des-
confiar en los creyentes y buscar alianzas con el poder para conservar el monopolio
religioso.
Los católicos institucionales concebían a la Iglesia como una institución distinta del
Estado, con relativa autonomía y con el cargo de un rol privilegiado frente a la socie-
dad. Creían que la institución era más importante que los individuos y obraban en
consecuencia. Así solo una fluida “relación institucional” con el Estado garantizaba la
autonomía de la Iglesia para hacer su tarea, por ello la práctica fue “neutral” en las
disputas políticas. Ignoraron la sociedad civil y con ello la pluralidad social, la auto-
nomía de las personas y la defensa de la vida.
Los católicos comprometidos (las víctimas) sostuvieron una concepción y una prácti-
ca del catolicismo que mostraba que la religión inspira la conciencia de los sujetos y
sus opciones de vida. El Estado y la sociedad debían respetarlas y no lo hicieron.
Asumieron un catolicismo en defensa de la vida histórica. Su Dios era un Dios de la
vida, no de la muerte. Sin embargo, ni el Estado ni su propia Iglesia los reconoció.
Sus creencias en la laicidad del Estado, la pluralidad social, la autonomía de las per-
sonas y la defensa de la vida, que justificaban sus prácticas, recibieron de los católi-
cos anti-seculares la respuesta de la tortura, la desaparición y la muerte en manos del