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La siguiente es una desgrabación de la conferencia ofrecida por el autor en la confe-
rencia “Crisis capitalista y reestructuración internacional: consecuencias para América
Latina”, en el marco del Encuentro de Investigadores y Estudiantes en Ciencias Sociales
y Humanidades, realizado en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internaciona-
les de la Universidad Católica de Córdoba. Se ha conservado el estilo eminentemente
coloquial de su intervención.
*
Investigador Superior del Conicet. Investigador del IEALC, Instituto de Estudios de
América Latina y el Caribe de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de
Buenos Aires. Director del PLED, Programa Latinoamericano de Educación a Distancia
en Ciencias Sociales del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”.
Atilio Borón
*
Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales
Universidad Católica de Córdoba
5 de octubre de 2015
M
UCHAS gracias. Estoy muy feliz de estar en esta casa una vez más,
y feliz también de estar a través de este medio comunicado con
los amigos de la Universidad Alberto Hurtado de Santiago de
Chile, a los cuales les mando un muy cordial saludo.
El tema que abordaré son los cambios que se están produciendo en el siste-
ma internacional como producto de la nueva crisis general del capitalismo.
Conferencia
“Crisis capitalista y reestructuración
internacional: consecuencias para
América latina
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STUDIA POLITICÆ Número 35 ~ otoño 2015
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales,
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
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Hasta hace poco más de un mes, al hablar de este asunto uno siempre tro-
pezaba con algunas miradas socarronas que decían algo así como: “este
otra vez vuelve a hablar de la crisis del capitalismo.” Pero hubo un aconte-
cimiento que me cambió la vida y que me la ha hecho mucho más tranqui-
la, reposada y serena. Eso fue lo que ocurrió después que escuché al repre-
sentante de Dios en la tierra, me refiero al Papa Francisco en Bolivia, decir
que al capitalismo ya no se lo aguanta más, que el sistema está agotado y
que tenemos que pensar en cambiarlo.
Aquel fue un discurso realmente impresionante, que puso en negro sobre
blanco una realidad como la de los serios riesgos que entraña para la hu-
manidad la continuación del capitalismo como el modo de producción do-
minante a nivel mundial; sobre todo porque hay dos contradicciones que
están generando una catástrofe a escala planetaria. Una es la contradicción
clásica, la que opone capital y trabajo, que está produciendo fenómenos
como los que estamos viendo ahora en Grecia, nada menos. Allí el pueblo
fue llamado a una consulta electoral para saber si estaba dispuesto a acep-
tar la adopción de un durísimo programa de ajuste y resulta que la gente
dijo que no. Sin embargo, poco después de haber leído ese veredicto de
las urnas Alexis Psipras tuvo que regresar a Bruselas y ahí un grupo de
señores a los cuales nadie eligió, la famosa Troika gobernante (el Banco
Central Europeo, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacio-
nal) le dijo que tenía que hacer exactamente lo contrario a lo que había
resuelto el electorado. Es decir, admitir un saqueo a una escala sin prece-
dentes en Grecia. Algo similar se está produciendo, en mayor o menor
medida en casi todos los países de Europa; España, Italia y Portugal pre-
sentan escenarios similares.
El caso de España es paradigmático. Recordar los famosos desahucios,
donde personas que no pueden pagar sus hipotecas son arrojadas a la calle
y además tienen que seguir pagándolas, lo que empuja a algunas de ellas al
suicidio. Hemos visto esas escenas desgarradoras, y en un continente en
donde el tema de Grecia está lejos de ser un fenómeno aberrante y produc-
to de que los griegos son holgazanes e irresponsables, como a veces los re-
trata cierta prensa de derecha. De hecho, son varios los países europeos
que están en una situación parecida a la de Grecia. Les doy un ejemplo (y
no los voy abrumar con números porque no tiene mucho sentido): la deuda
pública griega equivalía al 170 % del PBI de ese país. Es mucho, sin duda,
pero la deuda pública de Italia y Portugal está arriba del 130% y la de Bél-
gica —país anfitrión de la Unión Europea— es del 106 %. Es decir, esos
países se han venido endeudando y están en una situación límite, al borde
de la bancarrota. Y yo tengo la convicción de que la brutalidad de la medi-
da aplicada en contra de Grecia es una especie de escarmiento ejemplifica-
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dor, un mensaje a los demás pueblos europeos diciendo algo así como:
“miren lo que le vamos a hacer a los griegos, así que ustedes cuidado, no
vayan a querer imitarlos en su osadía, ni se les ocurra querer tomar el des-
tino en sus manos o querer hacer una política diferente a la que exigimos.
Sepan que esto es lo único que se puede hacer”. Y lo único que se puede
hacer es una política que ha llevado a un mundo cada vez más injusto y
desigual. Por eso decía que estábamos aproximándonos a un holocausto so-
cial. El otro es el holocausto ecológico.
Veamos un poco más de cerca al holocausto social. Oxfam, una organiza-
ción que no puede ser sospechada de tener inclinaciones políticas o parti-
darias de izquierda, presentó a inicios de este año en la Cumbre del Foro
Económico Mundial de Davos un informe, diciendo que el 1 % de la po-
blación más rica del planeta se apropiaba del 49 % de la riqueza mundial.
También decían que para el año 2016, cuando se realice el próximo Foro
de Davos, ese 1 % no va a tener el 49 % sino que detentará el 51 % de la
riqueza del planeta.
Entonces, ese nivel tan fenomenal de desigualdad, que ha crecido tanto y
que no para de crecer, hace de este planeta un mundo profundamente injus-
to y tendencialmente inviable. ¿Se puede sostener? Sí, claro que se puede
sostener: con guerras, con mucho gasto militar, con mucha represión, con
el desarrollo enorme de un aparato de vigilancia electrónica, de espionaje
interno. Eso se sostiene de esa manera: con manipulaciones mediáticas,
amenazas y extorsiones que impiden que la gente piense y que caiga en la
cuenta que esas situaciones son aberraciones que deben ser cambiadas.
Que haga que la gente se acostumbre a pensar que está bien, que es nor-
mal, que es lo correcto que el 1 % más rico disponga a partir del año próxi-
mo el 51 % de la riqueza mundial.
Tenemos el caso de China, que es muy interesante, muy poco estudiado.
Hay que hablar mucho de China por supuesto, pero también de la India,
porque este país en pocos años más va a ser el más poblado del planeta, va
a superar en población a China; y la India no tiene el nivel de desarrollo
que tiene China. En India prácticamente la mitad de las mujeres, un poco
menos, el 46 %, son analfabetas; entonces cuando me hablan de la demo-
cracia en la India pregunto: qué clase de democracia es esa en la cual casi
la mitad de las mujeres no van a la escuela, no saben leer ni escribir y en
donde más de la mitad de la población total carece de acceso a redes de
agua potable y redes cloacales. ¿Qué significa esto? Significa que si India
se desarrolla y comienza a acceder a un patrón de consumo como, no diga-
mos el norteamericano, sino un patrón de consumo argentino, las necesida-
des de ciertos recursos naturales va a ser tan grande que la pelea por asegu-
rarse esos recursos por parte de quienes ya lo tienen va a ser enorme.
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Porque van a venir los indios y, supongamos que quieran tener ellos el mis-
mo sistema de abastecimiento de agua potable y drenaje que tienen los Es-
tados Unidos, van a tener que apoderarse de gran parte del mineral (hierro,
cobre, zinc) que hay en el planeta, amén de muchos otros recursos natura-
les. ¿Los van a dejar los otros, los que ya usan y derrochan esos recursos?
No, no los van a dejar. Habrá guerras para tratar de que India se desarrolle
un poquito, y en un sector, condenando al resto a quedar sumido hasta el
fin de los tiempos en la miseria, la ignorancia y en las deplorables condi-
ciones ya señaladas.
Hay un documental que se llama “Water in India”, el agua en la India, que
recomiendo mirar. Dura unos veinticinco minutos y nos muestra lo que es
el drama del agua en la India. Y es un material audiovisual que permite en-
tender por qué todavía sobrevive en ese país un régimen de castas en don-
de hay una —la de los parias o intocables— que es la más despreciada y
que tiene una relación funcional con el manejo de los desechos cloacales.
Es la gente de esa casta la que se encarga de hacer eso, de asumir esa re-
pugnante tarea que la ausencia de las redes cloacales torna absolutamente
necesaria. Por lo tanto, hay un círculo vicioso entre el tema del agua, la
inexistencia de redes cloacales y la sobrevivencia de un sistema de castas
absolutamente incompatible con la democracia.
¿Por qué traigo esto a colación? Porque tiene que ver con este sistema de
desigualdad creciente que se ha venido consagrando a lo largo de los últi-
mos dos siglos.
Hay un economista francés que se ha puesto muy de moda en los últimos
años, y en buena hora. Se trata de Thomas Piketty, autor del libro El capi-
tal en el siglo XXI. ¿Qué dice en ese libro? Simplemente que en los últimos
dos siglos, a pesar de todas las políticas de redistribución, del Welfare Sta-
te y de la inversión social, de todo lo que ustedes quieran, la desigualdad
en el mundo ha ido aumentando dentro de los países y entre los países. Lo
cual confirma de nueva cuenta que el capitalismo tiene una lógica implaca-
ble y que por más que se instauren políticas de mitigación de esas tenden-
cias hacia la concentración y a la polarización, el sistema sigue generando
desigualdad e inequidad. Algunos autores incluso van más allá, más lejos,
diciendo que lo que hemos conocido en los años de la posguerra ya con-
cluidos, 1948-1973, fue un período excepcional, en donde el capitalismo
dio de sí lo mejor que podía dar, luego de lo cual volvió a las andanzas.
En aquellos años, producto de la Segunda Guerra Mundial, estaba el peli-
gro de la Unión Soviética. Una amenaza muy grande, porque estaba ganan-
do la carrera tecnológica. Había lanzado un satélite artificial al espacio, te-
nía un ejército muy poderoso, un cinturón de seguridad estratégica con
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todos los países satélites de Europa Oriental y era un ejemplo para muchos
países, cosa que hoy nos parece rarísimo. Además, era un país que había
demostrado la capacidad para derrotar al nazismo. En ese contexto, las bur-
guesías europeas abrieron la mano, como se suele decir, y facilitaron la
adopción de programas de legislación laboral, derechos para la mujer, toda
clase de prestaciones sociales por temor al “contagio soviético”. Cuando la
Unión Soviética se derrumbó, vinieron las políticas neoconservadoras y el
Banco Mundial y el FMI volvieron a los carriles tradicionales y la derecha
se instaló de nuevo en el poder.
Yo hice mis estudios en Estados Unidos en los años setentas. En esa época
las teorías monetaristas de Milton Friedman ni se enseñaban en las escuelas
de Economía, de Ciencia Política. Las consideraban un anacronismo del
pasado y visiones puramente ideológicas. Friedman no era tomado en serio;
se lo consideraba un ideólogo pero, de repente, con la “estanflación” y la
cuadruplicación de los precios del petróleo toda aquella estantería se vino
abajo. Y aquello que parecía simplemente una versión grotesca de un viejo
pensamiento económico, muy reaccionario y totalmente desfasado, aparece
de la mano de Ronald Reagan y Margaret Thatcher como la nueva, y re-
dentora, ortodoxia económica. Con el derrumbe de la Unión Soviética y el
fracaso de aquellas experiencias en Europa Oriental se dio paso al retorno
del capitalismo salvaje, que ha avanzado en este proceso de creciente pola-
rización económica y de deserción del Estado en las cruciales funciones de
regulación de los mercados. Tal vez no es correcto decir deserción sino
cambio en la forma de regulación del Estado, porque este nunca se retiró,
sino que estuvo ahí pero cambió el objeto y las formas de la regulación.
¿Qué quiere decir esto? Que la regulación se tornó mucho más permisiva
para el capital financiero. Y quien lo hizo fue uno de los gobiernos supues-
tamente más progresistas de Estados Unidos: el de Bill Clinton en la déca-
da de los 90.
Tanto fue así que algunos economistas norteamericanos elaboraron un con-
cepto para definir esta nueva pauta regulacionista y hablan del shadow
banking system, o sea el sistema bancario en las sombras, al margen de la
regulación estatal o con una regulación altamente favorable a sus negocios.
¿Qué empiezan a hacer esos capitales? Operaciones especulativas absoluta-
mente irresponsables, de las cuales los fondos buitres son un ejemplo, y
que antes estaban taxativamente prohibidas por la normativa bancaria.
Grandes inversiones de riesgo en donde las probabilidades de ganar o per-
der son muy grandes. Si se gana, se gana mucho, pero si se pierde, también
se pierde mucho. Claro que cuando hay quebranto, este se socializa y el
gobierno norteamericano se encarga de redistribuir esas pérdidas. Eso fue
lo que hizo cuando, en el año 2007, se produjo el inicio de esta crisis de las
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hipotecas subprime, aunque en realidad estas fueron apenas el detonante y
no el fondo de la crisis.
El detonante es lo que provoca el estallido, pero la crisis tiene una causali-
dad que excede a aquél. Lo que provocó la aparición de la crisis fue el pro-
blema de las hipotecas, pero éste fue sólo el preámbulo para una nueva cri-
sis general del capitalismo, crisis en la cual llevamos ya ocho largos años y
no hay indicio de que vayamos a salir todavía de ella. Lo que está pasando
en Europa es una muestra de ello y lo que ocurre en todas las economías
desarrolladas va en la misma dirección. Nos podemos preguntar, ¿por qué
esta crisis es tan larga y por qué es tan difícil de resolver? Hay varios facto-
res que lo explican. En primer lugar, porque esta no es una más de las cri-
sis periódicas del capitalismo, crisis de corto plazo, sino que reviste un ca-
rácter estructural y de larga duración. Esto quiere decir que hay razones
profundas que la explican, y la fundamental es el desequilibrio que se ha
producido a favor del capital financiero en contra del capital productivo.
Por ejemplo, antaño en las empresas el grupo dirigencial que comandaba la
estrategia de la firma era el sector de la gerencia que tenía que ver con la
producción y no con las finanzas. Eso comienza a ponerse en cuestión des-
de la década de los ’70, cuando hacen su aparición los petrodólares. Y esta
disputa al interior del capital se resuelve en la década de los ’90 cuando la
fracción financiera, favorecida por las políticas de desregulación, somete al
sector productivo y establece su supremacía en el capital en general. Hoy,
la estrategia de la Volkswagen, o de cualquier empresa productora de bie-
nes, no la decide el ingeniero jefe del proceso productivo sino que la mane-
ja el gerente a cargo del sector financiero. Lo mismo ocurre con las empre-
sas de las más distintas ramas de la producción.
¿Cuál es el problema de todo esto? Que la hegemonía del capital financie-
ro implica un desincentivo en relación al proceso de la producción. Es de-
cir, el empresario que dispone de una cierta masa de dinero puede, en las
condiciones tecnológicas e informáticas actuales, hacer una inversión en
tiempo real en Singapur, Frankfurt o Nueva York en este mismo momento.
Desde Córdoba puede hacer una operación financiera, casi siempre fuerte-
mente especulativa, que movilice millones de dólares en las bolsas de
aquellas ciudades y en la medida en que eso es posible las decisiones rela-
tivas a la producción de bienes van a estar siempre subordinadas a la estra-
tegia de valorización puramente financiera. Y eso explica por qué hace tan-
to tiempo que estamos en una situación de recesión o de semirecesión en la
economía mundial con altos niveles de desempleo. Claro que solo esto no
sería suficiente para garantizar la permanencia de la crisis; ese es uno de
los factores. Pero recordemos que cuando hablamos de crisis de esta natu-
raleza, crisis profundas, normalmente duraron alrededor de veinte años en
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la historia previa del capitalismo. Hay dos ejemplos. En 1873 comienza
también una onda larga depresiva que se resuelve recién en 1895, veintidós
años después. Luego la Gran crisis de 1929 que termina con la segunda
Guerra Mundial en 1945, o sea que hablamos de 16 años. En esta crisis lle-
vamos ocho años. Pero esta es, según muchos expertos y muchos protago-
nistas, la crisis financiera más seria en toda la historia del capital. Estas
son, textualmente, las palabras, por ejemplo, de Sir Charlie Bean, vicego-
bernador del Banco de Inglaterra, el número dos del Banco de Inglaterra,
un hombre poco afecto a afirmaciones demasiado bombásticas y mucho
menos de izquierda. ¿Por qué dice eso? Porque en este caso se combinan
varias crisis en un momento cuando se empieza a hacer insoslayable, por
ejemplo, el agotamiento del petróleo como fundamento de la matriz ener-
gética sobre la cual se construye toda la civilización capitalista. El petróleo
se acaba. Algunos expertos en la materia dicen que probablemente en la
década del 50 de este siglo ya no haya más petróleo en el planeta, otros an-
ticipan que puede ser un poco antes y algunos extienden el período una dé-
cada más. En todo caso hay cuarenta años más de abastecimiento petrolero
garantizado. Y mientras tanto hay que hacer una gigantesca operación para
pasar de una economía mundial que gira en torno al petróleo y sus deriva-
dos a una que repose sobre otra matriz energética, que todavía no se ha
descubierto y cuyas aplicaciones tecnológicas permanecen aún en las som-
bras. Y esto, evidentemente, modifica enormemente la relación de fuerzas
al interior del bloque del capital. Imagínense ustedes que grandes petrole-
ras como Shell, BP o la Chevron, conjuntamente con todo el complejo que
se mueve en torno al petróleo, están operando para evitar que aparezca el
sustituto del crudo y, por el contrario, para provocar la intensificación de la
explotación del petróleo. Por lo tanto dicen, si hay petróleo en la Antártida,
o en el Ártico, saquemos petróleo de allí, sin importar las consecuencias
que ello pueda tener para el planeta y sigamos con nuestro negocio del pe-
tróleo y sus derivados.
Esto desata un elemento de crisis muy fuerte, porque aun gobiernos conser-
vadores que no tienen un talante muy progresista se dan cuenta de que hay
que enfocar el tema del cambio en la matriz energética de una forma abso-
lutamente urgente. Pero hay poderosos factores que se oponen a ello y eso
complica la resolución de la crisis. Uno de ellos es si a esta contradicción
social, de la que hablábamos al inicio, le agregamos la contradicción ecoló-
gica o, como dijera el teórico norteamericano James O’Connor “la segunda
contradicción del capitalismo”, es decir, la que opone la acumulación de
capital y la conservación de la naturaleza. Un tema que plantean no sólo al-
gunos ecologistas soñadores, sino que ya a nivel mundial es un asunto que
se plantea como un enorme problema. El cambio climático o, mejor, la
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emergencia climática, ya es una realidad, y esta pone en cuestión seriamen-
te la sobrevivencia de la especie humana en el planeta Tierra. Nuevamente,
el Papa Francisco lo ha venido diciendo ya de una manera terminante.
Y entonces para resolver la cuestión de la matriz energética hay que tomar
en cuenta las implicaciones ecológicas de la resolución de la crisis capita-
lista. No se la podrá resolver intensificando la explotación de los bienes co-
munes como se hizo en el pasado. Ya hay muchas resistencias para seguir
con una explotación extrema de los recursos naturales. Y hay un sector de
la humanidad cada vez más consciente de que si no preservamos esta casa
común, si no preservamos la casa común, esta humanidad no tiene futuro.
Esta es otra limitación que obstaculiza la resolución de la crisis: el entre-
cruzamiento de la crisis energética y la del cambio climático.
Tenemos por lo tanto una crisis estructural, una crisis de hegemonía del ca-
pital financiero por los problemas precisamente causados por esa hegemo-
nía, por las tendencias recesivas inherentes a la fracción del capital. Tene-
mos, además, aparte del tema de la materia energética y el del cambio
climático, el problema del agua y otros más. Según Naciones Unidas hay
mil doscientos millones de personas en este planeta que sufren lo que se
llama “estrés hídrico”, es decir, que no tienen acceso seguro y confiable al
agua potable y además zonas que se están desertificando cada vez más, y
que por lo tanto requieren de un esfuerzo inaudito para lograr tener acceso
a agua potable. Entonces, como ustedes ven, acá se está configurando un
sistema de factores que hacen que las formas tradicionales de resolución de
la crisis ya no sean más viables, o lo sean a un costo cada vez mayor y con
márgenes de incertidumbre muy amplios.
Cuando uno lee la literatura especializada en los años 1940 o 1950, la que
analizaba la crisis de los años 1930, en ningún momento aparecía la pala-
bra petróleo o agua, ni expresiones tales como “matriz energética”, o “cam-
bio climático” porque se daba por descontado que todos esos bienes iban a
durar hasta el fin de los siglos y que el clima era un dato invariable de
nuestro planeta. Un absurdo. Hubo un economista británico muy perspicaz
—era de otra época, de los años 1950-1960— llamado Kenneth Boulding
que decía que una persona que propusiera un proceso de desarrollo infinito
sólo podía ser una de dos cosas: un loco o un economista —y lo decía él,
que era economista. Y planteaba que en su profesión la gente dice que el
desarrollo de Estados Unidos y de otros países avanzados va a seguir infi-
nitamente, consumiendo cada día más cobre, más petróleo, más zinc, más
carbón, más hierro, más material de todo tipo; pero el único detalle es que
la dotación de recursos de la tierra es limitada. No va a haber más cobre
del que hay, no va a haber más petróleo del que hay. Uno podría decir que
se puede descubrir más, algo más, pero la idea de que ese es un proceso in-
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finito, que el nivel de consumo y despilfarro de los humanos puede seguir
indefinidamente, es absolutamente insostenible. Fíjense ustedes algo tan
elemental como lo siguiente: si los siete mil millones de personas que habi-
tamos el planeta le hicieran caso a la publicidad que viene de las grandes
agencias de Estados Unidos o de Europa, en donde ensalzan el “American
way of life” como el modelo que hay que seguir, que todos debemos seguir,
necesitaríamos cinco planetas tierra y un tercio para lograr satisfacer la de-
manda de la población mundial. Y no los tenemos, ¿verdad?
Por consiguiente, no tenemos forma de garantizar que la humanidad viva
dignamente si no cambiamos el sistema. Cómo será ese otro sistema, no lo
sé, nadie lo sabe. Pero no cabe ninguna duda que claramente tenemos que
ir hacia un poscapitalismo. El capitalismo es un sistema que posee una
enorme capacidad de acumulación de riquezas, combinado también con
una no menos fenomenal incapacidad para distribuir las riquezas y una
singular capacidad para destruir los bienes de la naturaleza. Y ahora esta-
mos en riesgo serio. La revista británica The Lancet, una de las más im-
portantes en ciencias biológicas, hizo hace unos pocos años una encuesta
entre los investigadores en biología en Gran Bretaña. En esa encuesta se
les preguntaba cuáles eran las probabilidades de que la especie humana
llegara a atravesar el umbral del siglo XXI, teniendo en cuenta todas las
variables que se están analizando ahora: el cambio climático, la extinción
de especies, la deforestación, la crisis del agua, etcétera. El resultado fue
que las chances eran poco menos que la mitad. Es decir, que esta especie
tiene en este momento una probabilidad cercana al 50% de sobrevivir más
allá del siglo XXI.
Simplemente piensen ustedes si los chinos y los indios tuvieran la mala
idea —y la posibilidad de concretar esa mala idea— de tener dos automó-
viles por cada familia de clase media en la India y en la China. Eso agrega-
ría al parque automotor que actualmente tiene el planeta prácticamente
seiscientos millones de vehículos más. Las emanaciones de CO
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que se
producirían acabarían con toda esta discusión de capitalismo, socialismo o
poscapitalismo, porque no habría más oxígeno en el planeta tierra. Así de
simple.
En este contexto de crisis, que se agrava desgraciadamente por las formas a
través de las cuales se ha tratado de solucionarla, se han profundizado las
diferencias sociales y la inequidad de los sistemas sociales. Por primera vez
en Estados Unidos en muchos años se denuncia al capitalismo como el
causante de la crisis. La palabra capitalismo no se utilizaba en los Estados
Unidos. Yo hice todo un doctorado durante cinco años en ese país y ni una
sola vez escuche esta palabra. No se escuchaba, no se leía en los periódi-
cos, no se escuchaba en los comentarios políticos, era algo que estaba fue-
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ra de discusión. ¿Por qué? Por la naturalización del sistema, concebido
como algo tan natural como el aire que respiramos. Bajo esta perspectiva el
capitalismo no era una creación social o un sistema histórico sino que era
la manera natural como los hombres y las mujeres organizan su vida colec-
tiva. No había por qué darle un nombre, era la “economía” o en el mejor de
los casos “el mercado”. La maquinaria cultural e ideológica de Estados
Unidos es de una fortaleza tal que aun las mentes más lúcidas encuentran
problemas en identificar la raíz de todas estas dificultades en el funciona-
miento del sistema. Sistema que, como todo sistema histórico, nace, se de-
sarrolla, llega al apogeo, entra en decadencia y finalmente muere, para ser
cambiado por otro. De eso no tenemos la menor duda, por eso abría esta
discusión con lo que dijo el Papa Francisco allá en Bolivia. El sistema en-
tró en esta fase terminal, que puede durar veinte o treinta años, otros auto-
res dicen menos. Immanuel Wallerstein hace unos años dio una conferencia
en Madrid y dijo que no habrá más de treinta años de capitalismo en el
mundo porque el sistema ha llegado a tal nivel de desarticulación y desor-
ganización estructural que no hay manera de que se equilibre. Lo que sí sa-
bemos es que el capitalismo se puede ir desmontando por piezas. Y esto se
traduce en una política, por ejemplo, que desmercantilice o comience a
desmercantilizar todo lo que el capitalismo ha convertido en mercancía,
aun las expresiones más sublimes del espíritu humano. Ni siquiera las reli-
giones o las grandes ideologías están a salvo de este proceso de mercantili-
zación.
Bien, pero ¿cómo se empieza a desmontar este aparato? Un ejemplo sería
garantizando que algunas cosas fundamentales de la especie humana, como
la salud, queden al margen de la lógica del capitalismo. La salud no puede
ni debe ser una mercancía. Ni la salud, ni todo el sistema que rodea la pro-
visión de salud (medicamentos, sistemas hospitalarios, etcétera). En este
tema, podemos mencionar la industria farmacéutica. Al asumir la presiden-
cia, Bill Clinton le encarga a su mujer, Hillary, una mujer de armas tomar,
impulsar una módica reforma de esta industria. A los tres meses este inten-
to fracasó porque el lobby farmacéutico se le vino encima con una fuerza
brutal y aplastó nada menos que a la primera dama de Estados Unidos.
En la Argentina, un cordobés de Cruz del Eje, el presidente Arturo Illia,
quiso hacer algo así con la famosa “ley Oñativia” (por el nombre de su
Ministro de Salud Pública, Arturo Oñativia) que instituyó una política de
control de precios y regulación de la composición de los medicamentos.
La propuesta, del año 1964, propiciaba la aplicación de recetas según me-
dicamentos genéricos a la vez que fijaba límites para los gastos de publici-
dad y para los pagos al exterior en concepto de regalías y de compra de
insumos hechos por las farmacéuticas. Esta reforma fue rápidamente ana-
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temizada como “comunista” y combatida con fiereza por el empresariado
y la Embajada de Estados Unidos. Esta ley, sumada a la anulación de los
contratos petroleros y a la valiente decisión del Presidente Illia de no en-
viar tropas a Santo Domingo a cooperar con la invasión de los Estados
Unidos en contra del gobierno legítimo de la República Dominicana, ter-
minaron por sellar su destino, y un golpe de Estado lo derrocaría el 28 de
junio de 1966, ante la suicida indiferencia de su propio partido y de la po-
blación en general.
Otro ejemplo de cómo comenzar a desmantelar el capitalismo es el gran
debate que hay hoy en Chile sobre la calidad y la gratuidad de la educa-
ción. En Chile la educación siempre había sido un derecho, pero la dicta-
dura de Pinochet la convirtió en una jugosa mercancía, muy lucrativa gra-
cias a la total prescindencia del Estado que dejó a las escuelas y
universidades libradas al “killing instinct” de los empresarios y su desen-
frenada búsqueda de pingües ganancias. De ese modo se engañó a miles de
jóvenes, y lo mismo ocurrió en Ecuador, al punto tal que el presidente Ra-
fael Correa se vio obligado a cerrar catorce supuestas universidades que no
eran tal cosa, y en un gesto que lo enaltece obligó a los dueños de esas ins-
tituciones a devolver las matrículas que habían pagado los estudiantes. Era
una estafa gigantesca, con un Estado que miraba para otro lado. Por su-
puesto, Correa fue acusado de atentar contra las libertades individuales y la
libertad de enseñanza. Estos dos ejemplos muestran que el capitalismo se
puede ir desmontando a partir de esos avances en estos dos cruciales terre-
nos de la vida social: salud, educación, reconvertidos en derechos y bienes
públicos y despojados de su condición de mercancías.
Ahora bien, mientras tanto, el mapa sociopolítico mundial se modifica.
Algunos gobiernos de América Latina han tratado de salirse de estas tre-
mendas restricciones iniciando procesos autoemancipatorios muy impor-
tantes, para lo cual deben afrontar una enorme cantidad de dificultades.
Estoy hablando fundamentalmente de la experiencia de los tres países bo-
livarianos, Ecuador, Bolivia y Venezuela. Estos procesos se presentan en
un marco global caracterizado por el hecho de que América Latina es la
región más importante del mundo para los Estados Unidos. Pese a múlti-
ples declaraciones en contrario, la región decisiva es América Latina y el
Caribe; no es ni Medio Oriente ni Asia central, no es Europa, no es Ex-
tremo Oriente, no es Oceanía ni África. La región más importante del
mundo es esta, cariñosamente llamada nuestro “patio trasero” por muchos
funcionarios norteamericanos. En términos militares este “patio trasero”
es crucial porque para los militares de Estados Unidos la seguridad nacio-
nal de su país reposa sobre el control absoluto de lo que ellos llaman la
“gran isla americana” que se extiende entre Alaska y Tierra del Fuego.
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Por eso dicen que mientras tengan el control de la isla americana, la
seguridad nacional de los Estados Unidos no corre riesgos: tienen salida
por los dos grandes océanos, el Atlántico y el Pacifico, y en la medida
que en esa isla haya gobiernos amigos y dispuestos a colaborar con
Washington, los Estados Unidos no corren riesgo, ningún riesgo. Un ene-
migo extracontinental —¿China, Rusia, Irán?— tendría poquísimas chan-
ces de atacar al territorio norteamericano si los gobiernos del área sinto-
nizan con el de Estados Unidos.
Y esta es una vieja doctrina. Imagínense si América Latina no fuera así
de importante, ¿cómo explicar que la primera doctrina de política exterior
elaborada por Washington, en 1823, haya sido la Doctrina Monroe? Toda-
vía no se había concluido la guerra de la independencia, todavía no se ha-
bía producido la batalla de Ayacucho en 1824 y ya ellos tenían la doctri-
na muy clara: “América para los americanos”, ninguna potencia extra
continental debía ser admitida en esta región. Por esta razón un personaje
tan claro e inteligente como John Adams, el segundo presidente de los
Estados Unidos, en uno de sus discursos ante la Unión ya planteaba la
necesidad de incorporar Cuba a la jurisdicción de Estados Unidos. No
había nacido el tatarabuelo de Fidel y estos ya estaban con la obsesión de
apoderarse de Cuba aduciendo, entre otras razones, que la isla de Cuba
era una prolongación natural de la península de la Florida. Si la Monroe
es la primera doctrina de política exterior, la segunda tiene por objetivo
Europa. Pero recién se formula en 1918, casi un siglo después cuando se
vino abajo el Reich alemán, se había producido la Revolución Rusa y de-
rrumbado el Imperio Austrohúngaro, y el presidente Woodrow Wilson
elabora la doctrina que lleva su nombre, el mal llamado “idealismo” wil-
soniano. Tenía muy poco de idealista este Wilson, pero lo suyo pasó a la
historia como idealismo pese a las invasiones de México, Haití y Repú-
blica Dominicana y su enfática admiración por el Ku Klux Klan. Reto-
mando el hilo de nuestra argumentación: en materia de doctrina exterior
primero viene América Latina y después viene Europa. Cuando se produ-
ce el triunfo de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, la Unión So-
viética emerge con una estatura intelectual moral y política impresionan-
te. Hay un libro de un historiador y filósofo italiano Domenico Losurdo,
un gran especialista del pensamiento alemán que produjo lo que hasta
hoy es la obra canónica sobre el pensamiento de Nietzsche. Losurdo pu-
blicó un libro reciente con el simple título de Stalin. Es notable revisar,
en el primer capítulo, las percepciones e imágenes que había sobre Stalin
y la Unión Soviética en los años inmediatamente anteriores a la Guerra
Fría, desde 1944-1945 hasta 1948. Losurdo recopila las opiniones de au-
tores y de grandes personalidades de la época, desde Winston Churchill
hasta algunos de los ensayistas, poetas y literatos más importantes, todos
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los cuales manifiestan una muy positiva valoración de la Unión Soviética
y de Stalin.
Después, de súbito todo cambió con la Guerra Fría. Ahí es cuando Estados
Unidos elabora la doctrina de la “contención”, por la percibida amenaza de
que la Unión Soviética pudiera extender su dominio por todo el planeta. En
ese momento encontramos un personaje clave, el señor George Kennan,
quien fuera uno de los consejeros adscriptos a la embajada de los Estados
Unidos en la Unión Soviética durante los años inmediatamente posteriores
a la Segunda Guerra Mundial. Kennan era un gran pensador, un gran estra-
tega norteamericano, un diplomático de fuste. Mientras estaba en Moscú
envió lo que es conocido como “el largo telegrama” al presidente Harry
Truman, expresándole que más allá de la colaboración que la Unión Sovié-
tica había prestado a los Estados Unidos para derrotar al enemigo alemán,
el régimen soviético lleva en sí mismo una tendencia expansiva absoluta-
mente incontrolable que lo llevaría a convertirse en un régimen que some-
tería a todo el planeta. Plantea que si al comunismo no se lo contiene, va a
llegar a dominar a todo el mundo y por lo tanto recomienda que Estados
Unidos elabore una estrategia de contención del comunismo. Años después
Washington reacciona frente a este consejo y adopta la doctrina de la con-
tención. Esta se materializaba en la firma de una serie de pactos regionales
para impedir el avance del comunismo en las diferentes partes del mundo:
un pacto en Europa, uno en el norte de África, un tercero en el África ne-
gra, un pacto en Medio Oriente, en el sudeste asiático, otro en Asia Meri-
dional y, por supuesto un pacto en América Latina. Este último fue el pri-
mero jamás firmado, antes que el de Europa, porque ya América Latina
importaba mucho más que cualquiera de esas otras regiones del mundo.
Hay un dicho americano que reza “first things first,” las primeras cosas
vienen primero. Y lo primero era garantizar que América Latina estuviera a
salvo de las “garras” del comunismo soviético. El pacto se firma en 1947,
es el famoso TIAR, Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. La
OTAN, en cambio, se crearía en 1949, y el resto de los tratados vendrían
mucho después.
Esto fue así porque América Latina históricamente ha sido el área más im-
portante para Estados Unidos. Y también lo es desde el punto de vista
geopolítico, algo que hemos examinado en detalle en nuestro libro América
Latina en la Geopolítica del Imperialismo. Por ejemplo, Estados Unidos
tiene una gran institución científica que es el “US Geological Survey”, el
Servicio de Relevamiento Geológico de los Estados Unidos. Esta es la úni-
ca institución que conoce con gran precisión la dotación de recursos mine-
rales que existe en América Latina, cosa que ningún otro país de la región
sabe a ciencia cierta. Estados Unidos sabe que América Latina tiene siete
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de los diez minerales estratégicos más importantes para la industria de la
defensa de los Estados Unidos; que tiene la mayor reserva de agua dulce
del planeta tierra (entre el 42 y 45 %, las cifras varían porque hay algunas
dudas sobre el cálculo del Acuífero Guaraní), con apenas el 7 % de la po-
blación mundial. Hay legiones de científicos norteamericanos, canadienses,
japoneses, estudiando las plantas y los animales en la gran cuenca amazó-
nica y subamazónica, descubriendo y patentando el código genético, esos
genes que al ser modificados tecnológicamente dejan de ser bienes comu-
nes y pasan a ser propiedad privada. Cuando se suman todos estos temas,
seguridad estratégica, petróleo (con la mayor reserva probada del mundo
en Venezuela), agua, biodiversidad, minerales estratégicos, el pulmón del
planeta, América Latina emerge en toda su enorme importancia y esto ex-
plica por qué Washington estuvo siempre tan presente en la historia de
América Latina. Si se observa la larga duración de la política de Estados
Unidos en América Latina se comprueba una notable continuidad. Más allá
de que sean demócratas, republicanos, blancos o negros, la política básica-
mente hacia nuestra región tiene una línea ininterrumpida, con dos vecto-
res: desalentar la presencia de potencias extracontinentales en la región y
frustrar sistemáticamente cualquier proceso de integración latinoamericana,
llámese Pacto Andino, Aladi, Mercosur, Unasur, Celac o como se llame.
A partir de esas realidades se entiende por qué en un mundo como el actual
se han comenzado a apretar las clavijas en nuestro continente y por qué
aquellos países que iniciaron un proceso de emancipación como Venezuela,
Bolivia, Ecuador, tropiezan hoy con tantos obstáculos. Y por qué países
que de alguna manera acompañaron ese proceso, aunque de una forma más
moderada como Argentina, Brasil y Uruguay, también están pasando por
momentos muy delicados. Esto se debe a que la teoría oficial de Washing-
ton, que por supuesto no se la formula explícitamente, es que el 1° de ene-
ro de 1959, cuando triunfa la Revolución Cubana, se abre un conflictivo
paréntesis en las relaciones hemisféricas y que ese paréntesis debe ser ce-
rrado ahora, poniendo fin a ese período de relaciones “anómalas” en el he-
misferio.
¿Por qué es ahora que hay que ponerle fin? Porque el deterioro en el cua-
dro internacional (graves crisis en Oriente Medio por el Estado Islámico,
cuasi guerra en Ucrania, gran tensión en el Mar del Sur de la China) hace
que Estados Unidos procure disciplinar a los díscolos países al sur del Río
Bravo para así facilitar su actuación en aquellos lejanos escenarios de
guerra. Un dato fundamental del mismo es el derrumbe del sueño del siglo
americano tal como se expresara a mediados de la década de 1990 con la
caída de la Unión Soviética. Se cayó el muro, parecía que el mundo cam-
biaba de manera irreversible. Apareció la teoría de que estábamos en vís-
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peras de un nuevo siglo americano, y hasta se llegó a crear una fundación
para diseñar ese promisorio futuro: el Project for the New American Cen-
tury. Y resultó ser que eso fue una ilusión de momento, porque ese nuevo
siglo americano, o los teóricos del nuevo siglo americano, no tuvieron en
cuenta que en realidad habían emergido nuevos poderes internacionales y,
entre otras cosas, se había producido el retorno de China, la reaparición de
Rusia, la conformación del BRICS y tantas otras constelaciones regionales
de poder, todo lo cual alteró significativamente el tablero geopolítico
mundial.
A China la habían eclipsado durante casi dos siglos; la pusieron de rodillas
y la sometieron gracias al narcotráfico. Los británicos obligaron a China a
legalizar el tráfico de opio. Las dos guerras del opio tuvieron ese objetivo.
Hay que aprender la lección y poner mucha atención en los análisis de —y
la lucha contra— el narcotráfico en América Latina, ya que son temas que
tienen que ver también con la dominación imperialista. Al narcotráfico hay
que entenderlo como lo que es: una estrategia de dominación imperial. Así
lo demuestra el caso de China y así se está insinuando hoy en América La-
tina y el Caribe.
Ante estos cambios en el sistema internacional muchos intelectuales y ana-
listas, incluido yo mismo, hace ya un tiempo que comenzamos a hablar del
debilitamiento de la primacía de EE.UU., de la ya inocultable decadencia
del imperio americano. Si no fuera por eso difícilmente un pequeño país de
Sudamérica como Ecuador hubiera podido dar refugio al enemigo público
número uno de Estados Unidos, el Sr. Julian Assange, que está en la emba-
jada de Ecuador en Londres desde hace tres años. Hace veinte años, cuan-
do el imperio americano estaba en su apogeo, ese gobierno duraba veinti-
cuatro horas depuesto por un golpe militar, una invasión de marines o
inclusive por un asesinato político (como Torrijos, como Roldós mismo en
Ecuador). Sin embargo, no pueden, a pesar de que Correa ordenó el desalo-
jo de los militares norteamericanos de la base de Manta, cosa que los japo-
neses no pudieron hacer todavía en Okinawa. Si Estados Unidos no hubie-
ra entrado en decadencia tampoco Evo Morales habría podido expulsar al
embajador norteamericano que había ido a Bolivia a concretar la partición
de las dos Bolivias: Santa Cruz de la Sierra y toda la medialuna oriental
por un lado, y la parte pobre del altiplano por el otro. A eso habían manda-
do al Sr. Philip Goldberg, que fue quien había inventado Kosovo en los
Balcanes. No contento con eso, más tarde Evo expulsaría a la DEA y a la
USAID. Síntomas claros de que Estados Unidos ya no cuenta con el pode-
río de antaño.
Estados Unidos quería bombardear Siria, hace tres años. Pero bastó que
irrumpieran en escena dos inesperados protagonistas a decir que eso era
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inaceptable para que los planes tuvieran que ser archivados. Salió prime-
ro el papa Francisco diciendo que no podía, que era inaceptable ocupar y
destruir esa región, que es poco menos que destruir una de las cunas del
cristianismo. Y por si faltara un refuerzo, vino Vladimir Putin a decir lo
mismo, que iba a vetar esa decisión en el Consejo de Seguridad. Estados
Unidos no lo pudo hacer, a pesar de que ya tenía los portaviones prepara-
dos en el Mediterráneo y los misiles Tomahawk dispuestos a arrasar con
Siria.
Entonces en ese escenario de decadencia del poderío intelectual y político
norteamericano, de pérdida de competitividad de la economía norteameri-
cana, de desplazamiento del centro de gravedad del comercio mundial fue-
ra de los Estados Unidos y en dirección a Oriente, Washington trata de re-
componer los vínculos de dominación sobre América Latina. Y de
“normalizar” (así, entrecomillada) la situación del hemisferio. Es decir, te-
ner una región con gobiernos absolutamente plegados a su iniciativa y que
sean obedientes a las grandes orientaciones que establezca el imperio para
esta fase tan difícil y amenazante del sistema internacional.
Así comenzamos a entender las enormes dificultades que ha experimentado
el gobierno de Venezuela, algunas de las cuales sin ninguna duda son de
origen interno, pero a las cuales se sobreimpone una guerra económica,
una ofensiva mediática, un terrorismo mediático a escala jamás vista. Yo
estuve en Chile en la época de Allende y al lado de lo que se ve hoy la
agresión en contra de Venezuela es mucho más salvaje y diversificada. Por
ejemplo, se exalta la figura de un personaje como Leopoldo López, uno de
los mentores, primero del golpe del año 2002, y después de la llamada a la
remoción violenta e inmediata del presidente Nicolás Maduro. Luego del
triunfo chavista en las elecciones en diciembre de 2013 López y sus aliados
desencadenaron una serie de incidentes que costaron la vida de cuarenta y
tres personas y la destrucción de millones de dólares en propiedad pública
y privada. Y a ese señor se lo presenta como un opositor injustamente en-
carcelado por un régimen despótico.
Cuando uno mira la legislación de Estados Unidos, Argentina o Chile,
quien incurre en un acto de ese tipo, por ejemplo en Estados Unidos, se
hace merecedor de prisión perpetua. En la Argentina y en Chile son vein-
ticinco años de prisión y a nadie se le ocurriría llamar dirigente opositor a
quien busca deponer a un presidente, deponer a las autoridades por la
fuerza, al margen de la ley e inducir acciones violentas. La figura que co-
rresponde es la de sedicioso. Sin embargo, la campaña de terrorismo me-
diático es de tal naturaleza que hace aparecer un personaje como este
como si fuera un inocente opositor político. Sería como si en la Argentina
se hubiese considerado a Mohamed Alí Seineldín como un “opositor polí-
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tico” injustamente encarcelado cuando fue declarado culpable del levanta-
miento militar del 3 de diciembre de 1990 que terminó con la vida de 14
personas, 5 de ellas civiles. Por eso a Seineldín lo sentenciaron a prisión
perpetua. Lo de López fue mucho más grave y costoso en términos de vi-
das humanas, y recibió una sentencia mucho menor.
Sin ir más lejos, en España, en el año 1981, hubo una tentativa de produ-
cir también un cambio ilegal, violento, de autoridades políticas. Aparece
un teniente coronel de la guardia civil, Antonio Tejero, quien ocupa las
cortes, se lo ve en las fotos con una pistola en la mano, secuestra a todos
los diputados durante veinticuatro horas exigiéndoles el retorno del fran-
quismo, etcétera. Finalmente Tejero se rinde porque no encuentra el eco
que esperaba, pero lo acusaron de lo mismo que tendrían que haber acusa-
do a Leopoldo López: de sedición. Y tuvo una sanción de treinta años de
cárcel. A López le dieron trece años y nueve meses. Sin embargo, Tejeda
aparece ante la opinión como un sedicioso, y López aparece como un
“combatiente de la libertad”. Los mismos “combatientes de la libertad”
que estaban antes en Bengasi, que querían acabar con el régimen de Libia,
reaparecen con nuevos ropajes en la Venezuela bolivariana. A mí no me
gustaba el régimen de Kadafi, pero no había razones para producir un de-
sastre como se produjo en ese país, que fue reducido a polvo. Estados
Unidos y los europeos lo han destruido, ha quedado en manos de catorce
capitanejos militares que controlan distintas partes del territorio y que ven-
den a su voluntad el riquísimo petróleo libio (que es el petróleo más livia-
no que existe en el planeta tierra, que casi no necesita refinarse). Pero
aquellos en Bengasi no eran opositores, no eran “combatientes de la liber-
tad”, eran mercenarios que fueron plantados ahí para armar todas estas
operaciones, para poner fin a la primavera árabe, para justificar después lo
que se iba a hacer en Siria. Porque Siria era el aliado de Irán, entonces
había que atacar al aliado de Irán. De repente se reconcilian con Irán, ha-
cen el acuerdo nuclear y ahora falta que lo apruebe el Congreso (pero
Obama ya puso la firma). Y mientras tanto no saben qué hacer con el Es-
tado Islámico, que lo inventaron ellos para destruir el régimen de Bashar
al Assad.
Es en ese contexto que tenemos que entender lo que está pasando en Amé-
rica Latina. Toda esta ofensiva en contra de Venezuela hay que verla des-
de esa perspectiva, no podemos ponerla al margen de este gran cuadro
geopolítico global. Porque la teoría es que una vez caída Venezuela se
produce un efecto dominó que acaba las experiencias de Bolivia y Ecua-
dor. Que son experiencias que pueden haber tenido muchos errores pero, y
esto es fundamental, los aciertos históricos que han producido tanto el
chavismo como la Revolución ciudadana de Ecuador, como el gobierno de
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Evo Morales en Bolivia, superan con creces los errores que pueden haber
cometido. El balance claramente es positivo. Por eso la ofensiva imperial,
la “restauración conservadora”, como la llama el presidente Rafael Co-
rrea, no sólo tiene por objeto derrocar a los gobiernos bolivarianos sino
también a otros, como los de Argentina y Brasil, que los apoyaron política
y económicamente. Se preguntarán el porqué de ese ensañamiento. Recor-
demos que los dos países que se encolumnaron detrás del liderazgo de
Hugo Chávez en la gran campaña continental del “No al ALCA” fueron
Argentina y Brasil. Y ahora están cobrándose esa vieja cuenta, porque no
hay ninguna razón para pensar que Estados Unidos pueda tener muchos
otros motivos para estar actuando de esa manera en contra del gobierno de
Dilma Rousseff. Le hicieron espionaje, le organizaron estas grandes pro-
testas en el año 2013; en el fondo porque junto con la derecha más recal-
citrante de Brasil vemos que se trata de, como lo recuerda Frei Betto, dar-
le una lección a los brasileños para que ningún gobierno progresista más
sea electo en ese país en los próximos treinta años. Y en el caso argentino,
la historia es más o menos igual, aplicada vía los fondos buitres, entre
otras cuestiones y con resultado incierto.
Para concluir: América Latina se encuentra ante este desafío. La pregunta
es si sabrá responder airosamente. Yo confío que sí, creo que tenemos
chances de sobrellevar este momento, creo que podemos sobreponernos a
tantas acechanzas.
Me parece que ha habido un cambio fundamental en algo que es intangible,
pero que tiene una fuerza enorme: un cambio en las conciencias de las cla-
ses populares de América Latina. Y que creo que por primera vez en su his-
toria son conscientes de que otro mundo es posible, y de que a pesar de las
dificultades, de los problemas, sin embargo en muchos países han logrado
tener acceso a algo fundamental como es la ciudadanía y a un amplio aba-
nico de derechos económicos, sociales y políticos.
Es cierto que ha habido grandes problemas en la vida venezolana de hoy:
la campaña de desabastecimiento, el tema de los paramilitares de Uribe,
una frontera porosa imposible de controlar, la penetración de algunas
ONG’s, de algunas agencias norteamericanas en los movimientos campesi-
nos indígenas en Ecuador y Bolivia. Esto es un hecho que fue demostrado
por el presidente Evo Morales. Pero hay un fondo muy sólido que dice que
hemos adquirido la condición ciudadana y somos depositarios de derechos
inalienables. Y creo que ese cambio en la conciencia es lo que nos permite
ser cautelosamente optimistas con miras al futuro, más allá de los proble-
mas y obstáculos del presente. Creo también que, en el nuevo escenario in-
ternacional, los países de América Latina tienen más margen de acción au-
tónoma que antes, y esto no es poca cosa.
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Podemos tener nuestras precauciones en relación al papel de China en la
arena internacional, en materia económica internacional, pero China por lo
menos en lo que toca a los países de América Latina no tiene bases milita-
res; China tiene supermercados, que no es lo mismo. Y es más fácil nego-
ciar con una potencia que tiene supermercados que con otra que tiene
ochenta bases militares en la región. ¿Por qué Estados Unidos tiene ochen-
ta bases militares en nuestra región? Son bases que en algún momento,
cuando sea necesario, van a ponerse en movimiento y actuar.
La existencia de otros poderes en la escena internacional —China, Rusia,
los BRICS, etc.— le da a América Latina un margen mayor de autonomía
potencial al que tenía antes, y creo que los cambios en la conciencia son
elementos importantes. Va a ser muy difícil un retroceso. Con esto no quie-
ro decir que no haya intentos muy serios de dar marcha atrás, incluso en
Argentina y no sólo en Venezuela. Lo mismo ocurre en Brasil, en Bolivia,
en Ecuador. Pero una cosa es el intento, y otra cosa que este fructifique,
porque para eso se requiere que haya predisposición de la sociedad para
aceptar pasivamente ese retroceso, y me parece —aunque podría equivo-
carme— que esa predisposición no está, o al menos no la veo con nitidez.
Uruguay hace pocos días nos dio un ejemplo muy aleccionador: el gobier-
no había iniciado de una manera incomprensible tratativas para firmar el
TISA (Trade In Services Agreement), el famoso acuerdo de comercio de
servicios, que al amparo de la Organización Mundial del Comercio (OMC)
hubiera significado que la educación y la salud en Uruguay pasaran a regir-
se por las normas de la OMC convirtiéndose definitivamente en bienes
mercantiles, desapareciendo la salud pública y la educación pública. De re-
pente, cuando estaba a punto de ser firmado, hubo una chispa que se pren-
dió en la llanura uruguaya y gente que ganó la calle, se organizó y movili-
zó. Planteó ante el gobierno que el TISA era inaceptable y el gobierno tuvo
que dar marcha atrás y no lo firmó. Si hubiera firmado, habría sido una tra-
gedia porque, vuelvo a repetir, se habría puesto fin a la educación y a la sa-
lud públicas en todos sus niveles en el Uruguay.
Es decir que hay reservas, tenemos reservas, estamos siendo agredidos pero
no por eso estamos derrotados. Creo que es importante tener en cuenta eso
y recordar la formula gramsciana que dice: “pesimismo de la inteligencia,
optimismo de la voluntad”. A no bajar los brazos, aun en los momentos
más profundos de una derrota; a resistir y a luchar porque creo que, pese a
todo, vamos a poder salir airosos de tantos desafíos. La historia está hecha
de ascensos y descensos, y nunca, ni uno ni el otro, son eternos. Su dialéc-
tica es incesante. Esa es, también, nuestra esperanza.
Muchas gracias.
ATILIO BORÓN