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Magíster en Administración, Planeamiento y Desarrollo de la Universidad de Bristol,
Reino Unido. Becaria Chevening. Actualmente es la Directora Ejecutiva del Instituto Fe-
deral de Gobierno de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la
Universidad Católica de Córdoba.
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Experto en Evaluación de Políticas Públicas [Universidad Complutense de Madrid],
Coordinador del Instituto de Estudios de Economía, Evaluación y Empleo (i3e), investi-
gador de la Cátedra Carlos Román de Evaluación. Profesor de la Escuela Universitaria
de Osuna (US) y docente especializado en evaluación.
Editorial
Evaluación de políticas públicas
por Laura Porrini
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y Juan Murciano
**
E
L 2015 fue declarado como el Año Internacional de Evaluación
(EvalYear) en la Tercera Conferencia Internacional sobre la Capaci
dad Nacional de Evaluación celebrada en San Pablo, Brasil, en el
año 2013. Esta designación apunta a promover la evaluación y formulación
de políticas basadas en la evidencia en los planos internacional, regional,
nacional y local, materializándose en una pluralidad de eventos durante el
año 2015: seminarios, conferencias, publicaciones, entre otras expresiones.
Desde el Instituto Federal de Gobierno de la Facultad de Ciencia Política y
Relaciones Internacionales decidimos sumarnos a esta iniciativa, abogando
—mediante la publicación de un monográfico sobre evaluación de políticas
públicas en nuestra revista Studia Politicæ— por la institucionalización de
la evaluación de políticas públicas en nuestro país y por un mayor uso de
las evidencias aportadas por las evaluaciones al momento de diseñar o re-
conducir políticas, programas o proyectos públicos.
Este es el espíritu que orienta los contenidos de esta publicación, en cuyas
páginas se presentan artículos que reflejan cinco aspectos específicos en el
tema que nos convoca: algunos autores exponen propuestas metodológicas
innovadoras, enfatizando la importancia de la creatividad y la búsqueda
constante de nuevos enfoques que sean capaces de responder a las nuevas
demandas que permanentemente impone la realidad en materia de investi-
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8 STUDIA POLITICÆ
gación evaluativa; otros explican el estado del arte de la evaluación de po-
líticas públicas en diversos países (cultura evaluativa del país e instancias
de fortalecimiento en marcha, experiencias de evaluación promovidas des-
de el Estado, sistemas de evaluación estatales, entre otros); en algún caso
se exponen iniciativas centradas en promover la institucionalización y pro-
fesionalización de la evaluación en diferentes contextos; en un artículo se
enfatizan elementos relativos a normas, estándares y calidad de las evalua-
ciones; mientras que otros autores incluyen referencias específicas a los
usos que se le da a la evaluación de políticas públicas relatando experien-
cias concretas.
En todos los casos la evaluación de políticas públicas se pone en el centro
de la escena, no como un fin en sí mismo sino como una herramienta al
servicio de la mejora de la gestión; erigiéndose como un aliado de todos
los actores involucrados en la gestión de las políticas públicas y afectados
por sus efectos.
Carlos Bueno y José Luis Osuna, en su artículo “Diálogo social y evalua-
ción pluralista: ajustes entre cauce y enfoque para una gobernanza más de-
mocrática”, centran sus ideas en que el tradicional marco sobre el que se
sostiene el diálogo social parte de una premisa de gobernanza en la que se
establece que hay que encontrar espacios en los que intercambiar pareceres
con los agentes económicos y sociales representativos, que son, en definiti-
va, quienes conforman los “stakeholders institucionalizados”. La institucio-
nalización de dichos espacios conforma lo que viene a denominarse como
el diálogo social. El diálogo social es por tanto un cauce, en el que se intro-
ducen pautas de evaluación pluralista para dar como resultado una forma
de hacer gobernanza. El pragmatismo de la evaluación pluralista, superan-
do lo que se conoce como la investigación evaluativa, hace que exista una
gran concordancia entre el cauce que propone en diálogo social y el enfo-
que metodológico de la evaluación. No obstante, existe la necesidad de
afrontar algunos ajustes que permitan ampliar, impulsar y fortalecer de for-
ma más vertebrada tanto el cauce de participación como la herramienta de
evaluación en aras a una gobernanza, más transparente, exigente con los
criterios de evaluación y con la búsqueda de consensos y, en definitiva,
más democrática.
“Hacia un análisis de evaluabilidad de planes y programas sociales: un es-
tudio sobre 33 iniciativas implementadas en Argentina”, de Natalia Aquili-
no, Eva Arias, Sofía Estévez y Agustina Suaya, parten de considerar a la
evaluación como una función estratégica del Estado que permite generar
información útil y valiosa para abordar aspectos claves de las políticas pú-
blicas tales como impacto, efectos, eficiencia o eficacia, entre otros, pu-
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diendo convertirse en una herramienta de cambio que mejore el desempeño
de la política y presente una utilidad social relacionada con los intereses de
los titulares de derechos y de la sociedad toda. Ahora bien: ¿están los pla-
nes y programas gubernamentales nacionales en condiciones de ser evalua-
dos y producir información relevante para la toma de decisiones? Este tra-
bajo analiza las condiciones de evaluabilidad de un conjunto de iniciativas
mediante la aplicación de una herramienta analítica que recopila los aspec-
tos más críticos vinculados a la evaluabilidad, sistematizados en cinco di-
mensiones. Los resultados indican que hay un desarrollo desigual en mate-
ria de evaluabilidad en Argentina, destacándose la concentración de planes
y programas en dos polos. Por un lado, un conjunto de intervenciones con
altos niveles de evaluabilidad, el cual contrasta con el otro grupo que casi
no tiene desarrollada ninguna de las cinco dimensiones. Los hallazgos
muestran la necesidad de desplegar estrategias diversificadas de desarrollo
de capacidades al interior de los ministerios.
Por su parte, “Evaluar para transformar, transformar la evaluación: orienta-
ciones para la capacitación”, de Gloria Bonder y María del Carmen Tamar-
go, enfatiza la importancia del desarrollo de capacidades para la evaluación
con enfoque de género, como un tema central para el logro de la transfor-
mación de las relaciones sociales de género en el mediano-largo plazo.
Para ello, uno de los desafíos que plantea es continuar mejorando las capa-
cidades institucionales para el diseño, gestión y evaluación con enfoque de
género de las políticas públicas, puntualizando que este campo requiere
una reflexión crítica sobre el ejercicio de la evaluación y sobre los enfo-
ques y metodologías de capacitación para la construcción de una cultura
evaluativa transformadora.
Laura Rodríguez Cardozo propone una “Metodología de evaluación de la
sustentabilidad en áreas naturales protegidas”, describiendo el estado del
arte y realizando una propuesta metodológica centrada en el contexto
mexicano. El artículo sugiere que, a pesar de que a partir de 2006 se incre-
mentó el número de evaluaciones anuales efectuadas a programas federales
las centradas en temáticas ambientales no han logrado tener una fuerte pre-
sencia (ni numérica ni teórico-metodológica) en el conjunto de las evalua-
ciones nacionales, probablemente debido a su alta complejidad. En particu-
lar, ha sido difícil que los trabajos logren un adecuado equilibrio entre los
distintos componentes de la sustentabilidad: ambientales, sociales y econó-
micos. Por otra parte, salvo pocas excepciones, las áreas naturales protegi-
das (ANP) no han sido objeto de evaluación. Así, con el objetivo de forta-
lecer las debilidades señaladas, en el artículo se retoman trabajos
metodológicos internacionales para hacer una propuesta adaptada al con-
texto mexicano.
EDITORIAL
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Ester García Sánchez, en su artículo sobre los “Sistemas de evaluación en
el gobierno central en España: análisis y propuestas”, explora algunos de
los sistemas de evaluación implantados en ámbitos sectoriales de políticas
del gobierno central en España, que ejemplifican la fragmentación que ca-
racteriza a la función evaluativa. El estudio pone de relieve la existencia
de elementos positivos en la configuración de dichos sistemas si bien se
identifican, al mismo tiempo, ciertos problemas “internos” y de coordina-
ción entre ellos. A partir de esto, se plantean algunas reflexiones y pro-
puestas para fortalecer los sistemas y de la evaluación en su conjunto en
España.
Finalmente, Myriam Cardozo Brum ofrece un detalle del “Estado del arte
de la evaluación de políticas y programas públicos en México”, resaltando
la importancia de esta experiencia en tanto México incorpora sistemática-
mente los procesos de evaluación al inicio del siglo XXI. En 2006 su orga-
nización es asumida por un Consejo Nacional de Evaluación. Dos años
después el Gobierno del Distrito Federal (GDF) crea el primer órgano local
de evaluación. La profesionalización de la evaluación es imprescindible
para avanzar en este proceso, pero México solo ha contado con algunos
cursos y diplomados de formación y la publicación de pocos libros; y no
dispone de revistas especializadas en el tema, ni de asociaciones de profe-
sionales que generen espacios de actualización y discusión. El sistema na-
cional de evaluación ha realizado avances (e.g. evaluar el diseño de progra-
mas), ha mantenido algunos problemas (e.g. el pago de las evaluaciones lo
hace el mismo programa evaluado), y también ha incrementado otros (e.g.
simplificación de los trabajos). Hoy el número de evaluaciones ha crecido
aceleradamente en México, poniendo –por diversas razones que se comen-
tan en el artículo- en entredicho su integralidad, calidad y utilidad, conclu-
yéndose que crecer aceleradamente puede ser un riesgo para la calidad del
sistema, que este debe supervisarse con metaevaluaciones periódicas y que
en el corto plazo la utilización de los buenos resultados debe promoverse,
entre otros, mediante la introducción de sistemas de incentivos, económi-
cos y simbólicos, individuales y colectivos.
Estos seis artículos aportan distintas miradas de la evaluación de políticas
públicas, relatando experiencias para su institucionalización y mejora, pro-
poniendo nuevos enfoques y promoviendo su uso por parte de decisores
públicos.
En este sentido, si comenzamos indicando la vocación de este número de la
revista Studia Politicæ de promover la institucionalización de la evaluación
y el uso de sus evidencias para el perfeccionamiento de las políticas públi-
cas, como colofón, a la luz de las reflexiones y propuestas que se formulan
en los artículos seleccionados, cabe preguntarse en qué medida la evalua-
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ción está encontrando cauces para avanzar en estas líneas (si resultan creí-
bles y útiles, si están usándose y si están logrando mejorar las políticas pú-
blicas); o, por el contrario, como ocurriera en otras épocas de su evolución
reciente, es “víctima de una enfermedad” que tiene como síntomas el mie-
do, el rechazo, o el escepticismo y cuyo pronóstico recomienda explorar
nuevas aproximaciones, teorías y métodos o nuevas formas de implanta-
ción gradual y decidida.
Así, cabe señalar en el nivel macro que uno de los principales retos que
afronta en estos contextos la evaluación de políticas públicas es transitar
desde la promoción de la cultura evaluativa a su institucionalización. En
este proceso madurativo que implica internalizar la práctica evaluativa re-
sulta crucial otorgar centralidad a la función evaluativa, ubicándola con el
rango suficiente en el marco normativo, dotándola de los recursos necesa-
rios, humanos y económicos. Se trata pues de configurar sistemas vertebra-
dos y políticas de evaluación que permitan evaluar pensando en planificar y
que faciliten planificar pensando en evaluar; y que, evitando la burocratiza-
ción, establezcan un nivel óptimo de evaluaciones que pueda ser procesa-
do. En este contexto, disponer de sistemas de información orientados a la
evaluación (y no solo a la gestión) constituye una condición necesaria para
la evaluabilidad y determina, en última instancia, el potencial normativo,
propositivo y prospectivo, el cual suele verse mermado cuando el segui-
miento ocupa gran parte del trabajo evaluativo y le infiere, por tanto, un ca-
rácter descriptivo que la debilita.
En este “viaje” a los retos de la evaluación, los policy makers, las unidades
administrativas y departamentos de la administración deben transitar desde
la externalización de la evaluación como suceso a integrar y liderar la
evaluación como proceso. En este sentido, no pueden quedar como meros
eslabones en los que en el marco de administraciones públicas multinivel
trasladan al nivel “inferior” las responsabilidades en materia de evaluación
y seguimiento o simplemente se externalice el proceso en su conjunto. Por
el contrario, afrontan el reto de abordar una adecuada destilación en la que
cada nivel de la administración asuma sus responsabilidades e incorpore
sus necesidades informativas a los procesos evaluativos. Si bien la realiza-
ción de las evaluaciones puede (y debe) externalizarse en determinados
ámbitos y niveles, es cierto que la definición de las preguntas que buscan
respuesta así como otros requerimientos y expectativas junto a la traduc-
ción administrativa y operativización de las recomendaciones de mejora
son tareas indelegables y no espontáneas para las que la administración pú-
blica debe preparase adecuadamente, configurando unidades especializadas
y desarrollando el perfil de gestores y gestoras de evaluación. Son estas
unidades y equipos los que, con la capacidad y recursos suficientes, deben
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garantizar la disposición de la información necesaria; acompañando el pro-
ceso y salvaguardando la calidad de la participación, su sistematicidad y la
obtención de respuestas concretas y recomendaciones prácticas y orienta-
das a la acción. Estas deben, en última instancia, dar seguimiento a la apli-
cación de las recomendaciones, establecer controles para (meta)evaluar las
evaluaciones e impulsar la gestión del conocimiento.
Este proceso se orienta al uso y utilización de las evaluaciones para la me-
jora, siendo pues el reto transitar desde la realización de evaluaciones a su
uso y aplicación efectivos. No basta con promover la evaluabilidad o reali-
zar evaluaciones si no se desencadenan procesos de aprendizaje colectivo.
Las experiencias muestran que medidas específicas como la respuesta obli-
gatoria a las recomendaciones por parte de los/as gestores/as (follow-up o
fichas contradictorias) o el carácter vinculante de estas recomendaciones,
se muestran insuficientes si no van acompañadas de procesos de fortaleci-
miento de capacidades, de compromiso y liderazgo políticos, y de genuinos
procesos participativos que allanen el camino del cambio y de la mejora.
Es por ello que esta apertura de la administración hacia la internalización
de la cultura evaluativa y su institucionalización en el ámbito operativo y
de gestión, debe ir precedida y acompañada del liderazgo político y de la
implicación de los tomadores de decisiones, pues son estos a quienes, en
última instancia, debe ser útil la evaluación para que sus evidencias gene-
ren mejores políticas y, estas, induzcan transformaciones y cambios signifi-
cativos en la vida de las personas, de las comunidades, de los territorios y
los sectores productivos.
A estos retos, desde el lado de la demanda de evaluaciones, emergen otros
desde el lado de la oferta, entre quienes las realizan, investigan sobre ellas
y conforman la profesión. En este sentido, uno de los retos más destacados
está asociado a transitar desde la evaluación espontánea hacia la defini-
ción y delimitación de conocimientos, competencias y estándares de la
profesión y de la evaluación; y, en cuanto a enfoques y métodos, transitar
desde la consulta a la participación y desde las miradas sesgadas hacia la
integralidad de la evaluación. Mucho se ha escrito sobre la necesidad de
instaurar procesos de evaluación participativa que impliquen a los stakehol-
ders (cuanto antes mejor), promuevan aprendizajes colectivos y faciliten el
desarrollo de capacidades. No obstante, la evaluación participativa conti-
núa estando más en el discurso que en la práctica, desarrollando entretanto
“evaluaciones consultivas”, en las que, al menos, se procura incorporar las
percepciones de los destinatarios y algunos stakeholders. Esto, no obstante,
queda lejos de un proceso genuino de participación, en el que decisores,
destinatarios y stakeholders incorporan sus necesidades informativas en la
conceptualización y diseño de la evaluación, despertando pues su interés
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en el proceso, alentando su apropiación y, desplegando, consecuentemente,
un proceso de acompañamiento interactivo e iterativo. Esto se erigiría
como el caldo de cultivo idóneo para comprender los hallazgos y facilitar
la incorporación de las correspondientes recomendaciones, especialmente
cuando suponen cambios trascendentales o afectan al nivel sustantivo de
las políticas.
Y en cuanto a los enfoques y métodos, el reto está en mantener miradas in-
tegrales que mejoren significativamente nuestro conocimiento y compren-
sión de la caja negra de los programas y políticas públicas y de las respues-
tas que estas generan en la población; superando perspectivas parceladas.
Tan importante como evaluar los resultados e impactos de las políticas pú-
blicas, es hacer lo propio con su conceptualización y diseño, o con sus pro-
cesos de operacionalización, gestión y ejecución; especialmente cuando se
amplían las bases de involucrados en la gestión de las políticas públicas y
se añade complejidad a la gobernanza, la cual se erige como clave de bóve-
da de lo posible entre lo esperado, con independencia de las bondades y
fundamentos de las teorías del cambio o de la teoría del programa en que
se sustenten las intervenciones. En este ámbito el potencial de la evalua-
ción alcanza su cénit cuando parte del contexto para buscar el óptimo dise-
ño, y no al revés.
Creemos que estos aportes facilitarán la generación de un diálogo abierto
que posibilite avanzar en el objetivo de este EvalYear: defender y promover
la evaluación y formulación de políticas basadas en la evidencia en todos
los planos; pues, como apuntara el profesor Carlos Román (2006), es la
mejor forma de legitimar la intervención pública en el nuevo siglo, ya que
la alternativa al mal-estado no debe ser el no-estado.
Que hoy tengamos en nuestras manos este número monográfico se debe a
la idea original que en su momento socializara la magíster Iriana Ferreyra,
coordinadora de gestión del conocimiento del Instituto Federal de Gobier-
no, a la que agradecemos su apoyo. También queremos agradecer la cola-
boración de todas las entidades, universidades y centros de investigación
que se sumaron a la difusión de nuestra convocatoria, desde la Red Eva-
luAR hasta la Cátedra Carlos Román de Evaluación (Universidad de Sevi-
lla), la Sociedad Española de Evaluación y la Red Internacional de Evalua-
ción. A todos ellos, muchas gracias.
EDITORIAL