
34 - primavera-verano 2014/2015
12 STUDIA POLITICÆ
garantizar la disposición de la información necesaria; acompañando el pro-
ceso y salvaguardando la calidad de la participación, su sistematicidad y la
obtención de respuestas concretas y recomendaciones prácticas y orienta-
das a la acción. Estas deben, en última instancia, dar seguimiento a la apli-
cación de las recomendaciones, establecer controles para (meta)evaluar las
evaluaciones e impulsar la gestión del conocimiento.
Este proceso se orienta al uso y utilización de las evaluaciones para la me-
jora, siendo pues el reto transitar desde la realización de evaluaciones a su
uso y aplicación efectivos. No basta con promover la evaluabilidad o reali-
zar evaluaciones si no se desencadenan procesos de aprendizaje colectivo.
Las experiencias muestran que medidas específicas como la respuesta obli-
gatoria a las recomendaciones por parte de los/as gestores/as (follow-up o
fichas contradictorias) o el carácter vinculante de estas recomendaciones,
se muestran insuficientes si no van acompañadas de procesos de fortaleci-
miento de capacidades, de compromiso y liderazgo políticos, y de genuinos
procesos participativos que allanen el camino del cambio y de la mejora.
Es por ello que esta apertura de la administración hacia la internalización
de la cultura evaluativa y su institucionalización en el ámbito operativo y
de gestión, debe ir precedida y acompañada del liderazgo político y de la
implicación de los tomadores de decisiones, pues son estos a quienes, en
última instancia, debe ser útil la evaluación para que sus evidencias gene-
ren mejores políticas y, estas, induzcan transformaciones y cambios signifi-
cativos en la vida de las personas, de las comunidades, de los territorios y
los sectores productivos.
A estos retos, desde el lado de la demanda de evaluaciones, emergen otros
desde el lado de la oferta, entre quienes las realizan, investigan sobre ellas
y conforman la profesión. En este sentido, uno de los retos más destacados
está asociado a transitar desde la evaluación espontánea hacia la defini-
ción y delimitación de conocimientos, competencias y estándares de la
profesión y de la evaluación; y, en cuanto a enfoques y métodos, transitar
desde la consulta a la participación y desde las miradas sesgadas hacia la
integralidad de la evaluación. Mucho se ha escrito sobre la necesidad de
instaurar procesos de evaluación participativa que impliquen a los stakehol-
ders (cuanto antes mejor), promuevan aprendizajes colectivos y faciliten el
desarrollo de capacidades. No obstante, la evaluación participativa conti-
núa estando más en el discurso que en la práctica, desarrollando entretanto
“evaluaciones consultivas”, en las que, al menos, se procura incorporar las
percepciones de los destinatarios y algunos stakeholders. Esto, no obstante,
queda lejos de un proceso genuino de participación, en el que decisores,
destinatarios y stakeholders incorporan sus necesidades informativas en la
conceptualización y diseño de la evaluación, despertando pues su interés