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*
Doctora en Gobierno de la Universidad de Georgetown. Profesora de la Universidad
Nacional de Río Negro.
Código de referato: SP.184.XXXIII/15
Sarmiento y la desmesura del
pensar
María Esperanza Casullo
*
Resumen
Escritor, polemista, militar, exiliado, Presidente de la Nación, Domingo
Sarmiento es una figura al mismo tiempo museológica y maldita en la
historia argentina. Admirado y odiado, idolatrado en las efemérides ofi-
ciales como prócer es sin embargo, menos comprendido hoy que lo que
lo pudo haber sido en su tiempo. Pondremos como punto de partida para
este trabajo una hipótesis: Sarmiento es una figura de ineludible interés
porque es el inicio y, al mismo tiempo, el punto máximo de una tradición
argentina sumamente original de comprender la relación entre pensa-
miento y práctica política: Sarmiento pensaba a la política como gesto.
Palabras clave: Sarmiento – pensamiento – polémica – barbarie
Abstract
Domingo Faustino Sarmiento was a writer, an essayist, a teacher, a
soldier and a politician. He was also a volcanic personality and a
polemicist. This essay will argue that he was all of these things not by
accident but because they were inseparable from one another. Sarmiento
could not comprehend thinking as a purely speculative enterprise —or
rather, would despise such a thing— but regarded thinking as its own
kind of acting. This article will call this kind of politically active,
STUDIA POLITICÆ Número 33 ~ invierno 2014
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales,
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
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STUDIA POLITICÆ
argumentative, personal thinking thinking as gesture; it will also argue
that Sarmiento did not regard pure thinking as the way out of the
“civilization and barbarism” dichotomy but will offer himself in the
gesture of thinking as the solution to this dilemma.
Keywords: Sarmiento – thinking – polemic – barbarism
¡Sapere aude! Ten el valor de servirte de tu propia razón.
Immanuel Kant
E
SCRITOR, polemista, militar, exiliado, Presidente de la Nación, Do-
mingo Sarmiento es una figura al mismo tiempo museológica y mal-
dita en la historia argentina. Admirado y odiado, idolatrado en las
efemérides oficiales como prócer, y, sin embargo, menos comprendido hoy
que lo que lo pudo haber sido en su tiempo. Pondremos como punto de par-
tida para este trabajo una hipótesis: Sarmiento es una figura de ineludible
interés porque es el inicio y, al mismo tiempo, el punto máximo de una tra-
dición argentina sumamente original de comprender la relación entre pen-
samiento y práctica política.
Sarmiento como pensador fundante
El pensamiento es interioridad que se exterioriza, en la palabra y en el ges-
to. Este exteriorizarse del pensar, este realizarse en el mundo, es la manera
en que quien piensa ofrece los resultados de su acción reflexiva los com-
parte. Así, las ideas se vuelcan al mundo y a los sujetos, los alteran, señalan
rumbos posibles, marca perspectivas de futuro deseables y temibles. En la
exterioridad del gesto, el razonamiento se vuelve proyecto.
1
1
El pensamiento no es una facultad instrumental o técnica, sino que es, más bien, “la
habilidad de examinar todo lo que suceda a nuestro alrededor o llame nuestra atención,
sin preocuparse por los resultados o contenidos específicos”. El pensamiento busca no
solo la verdad, sino el significado de aquello que le es presentado, de lo que aún no
existe, lo que no existirá nunca, o lo que debería existir. Quien legisla sobre el pensa-
miento es el criterio de no contradicción. Esto no implica la no contradicción meramen-
te lógica, implicada en la regla de no construir un silogismo utilizando premisas contra-
dictorias, sino un compromiso más amplio y más personal. Platón definió, en el Hipias
Mayor el pensar, como “el diálogo silencioso entre yo y mí mismo”, y fue él quien dis-
puso como suprema ley del pensamiento “no te contradigas a ti mismo”. El pensamiento
se construye en el diálogo con uno mismo; la necesidad de no contradicción no es tomar
la decisión seguir solo una línea de pensamiento (criterio que nos daría obras absoluta-
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Tal realización del pensar en el ámbito de los asuntos humanos es lo que
diferencia al erudito del pensador, al científico del intelectual.
2
No todo
“profesional del pensamiento” será un intelectual, no todo académico será
capaz de asumir una relación de “entusiasmo” con su situación, de comuni-
car a los demás los frutos de sus reflexiones y convocarlos (explícita o im-
plícitamente) detrás de un proyecto de él surgido. Esto es como decir: no
todo razonamiento será un pensamiento político.
El proyecto político debe ser aquel movimiento de toda una vida que, ha-
biendo comprendido de una determinada manera las solicitaciones que su
situación particular le realiza —es decir, habiendo contestado no solo a la
pregunta, ¿qué es esto? sino, principalmente, la pregunta ¿qué sentido tie-
ne esto que hoy sucede para mí? y, más aún, ¿qué es lo que esto solicita de
mí?— se revela capaz de alterar positiva y originariamente las condiciones
de su existencia. Entonces, el gesto (o, lo que es lo mismo, la práctica) será
la instancia fundamental del hacer político porque será solo mediante él
que la “vida interior” se podrá transformar en acción exterior, se hará reco-
nocible a los otros, se convertirá en capacidad transformadora. El gesto de-
berá ser aquel movimiento que señale a una perspectiva de futuro posible
como la mejor, la deseada, que critique lo existente y apunte hacia lo aún
por venir y que, finalmente, relacione el ayer, el hoy y el mañana en el inte-
rior de un proyecto vivido.
Estos apuntes bastarán, creemos, para señalar por qué son la concepción
y la práctica sarmientina el objeto de este trabajo. Nadie como Sarmiento
hubo de atestiguar con tanta urgencia el carácter imperativo para la ac-
ción que contiene la respuesta a la pregunta “¿qué significa esto? Si Sar-
miento relata la vida de Facundo, no está con eso haciendo historia pura,
ni recolectando apuntes pintorescos sobre la pampa. El libro es un texto
profundamente sociológico; pero tampoco es una pieza solamente acadé-
mica. La pregunta no es solo ¿quién es Facundo?, sino fundamentalmen-
te ¿qué significado ha tenido Facundo como uno de los factores que con-
dicionaron nuestro presente? y ¿a qué nos solicita o nos obliga su
legado? Sarmiento no vivió en la separación entre escritura y política. El
MARÍA ESPERANZA CASULLO
mente coherentes, aunque insulsas en su cerrazón), sino más bien el compromiso de que,
en este diálogo, uno será absolutamente honesto consigo mismo.
2
Dos características diferencian al pensador del académico. La primera es que el acadé-
mico requiere de una formación específica y de un campo disciplinar acotado, del cual
adquiere su legitimidad simbólica; mientras que el pensador no necesita de ningún saber
o conocimiento puntual. La segunda es el carácter “exotérico”, o mejor aun polémico,
del pensador. El pensar es una actividad dialógica, que polemiza: interroga, discute, cri-
tica, analogiza, a sí mismo o a otros pensamientos.
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gesto del escritor, escribiendo en la soledad de su escritorio, el gesto del
orador en la tribuna y el gesto del estadista que señala tareas efectivas
eran, en él, gestos que nacían de una misma continuidad esencial y que se
alimentaban los unos a los otros, en un único arco existencial. Si Sar-
miento pensó para la política, también hizo política para ampliar su pen-
samiento. La preocupación por el presente y el futuro de su país no eran
en él objetos de un interés especulativo, sino que formaban parte de su
personalidad, porque él se veía a sí mismo como un analogon de Argenti-
na; Sarmiento entendía que su historia personal contenía claves sobre los
desafíos nacionales y su persona era la respuesta a ellos. Si él se vio obli-
gado a autobiografiarse y explicarse una y otra vez, es porque no pudo
comprender aquello que lo rodeaba sino a través de las huellas y marcas
que había dejado en su propia subjetividad; a la inversa, no pudo y no
quiso pensar un proyecto para su país del cual no fuera él principal prota-
gonista. Cada uno de sus escritos fue un gesto de lucha, de oposición y
de polémica, fechados y con un destinatario señalado en la primera pági-
na. Cada uno de sus gestos políticos parecía diseñado para servir de ulte-
rior material para la reflexión.
Era tal la fusión que en él suponía su pensamiento y su accionar, su per-
sona y sus circunstancias, la confianza prometeica en su posibilidad de
que su gestualidad política alterara por sí misma la fisonomía de la reali-
dad, que muchos cifran aquí las razones de su continuo aislamiento y de
su fracaso. Habremos de encontrar aquí también, en todo caso, las razo-
nes de su auténtica originalidad. A esto apunta Martínez Estrada cuando
dice de él que “su pensamiento era siempre un producto elaborado dentro
de su cuerpo, no absorbido de los libros o de la experiencia y vertido
nuevamente al mundo como ideas.” (1959: 168). Sarmiento, que no tuvo
prácticamente educación formal, fue sin embargo un creador incesante de
ideas, de proyectos. Pero también fue el hombre de acción que, atado a
sus ideas, muchas veces en solitario o en abierta oposición con un sentido
común de época, trató siempre de dar forma a su mundo a imagen y se-
mejanza de su pensamiento. Martínez Estrada lo comprendió bien:
Pues por la misma circunstancia de convertirse él en un resumen, en
una imagen a escala reducida y personal del mundo americano en que
naciera, resultó que al mismo tiempo que iba desarrollándose su espíri-
tu iba desarrollándose su capacidad de comprender su patria, como si
en sí mismo pudiese percibir y estudiar los fenómenos sociales sin ne-
cesidad de consultar otros documentos que su propia conciencia... To-
das sus fuerzas naturales, que eran muy grandes y que acrecentó por la
cotidiana gimnasia de sus facultades intelectuales, vinieron a servir,
como en ninguno de nuestros próceres se ha dado en grado de compe-
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netración tan asombroso, a las necesidades de su país... Así, aquellas
inmensas fuerzas naturales de su personalidad se pudieron aplicar di-
rectamente a la realidad, imprimiéndole, mientras vivió, rasgos de su
espiritual fisonomía. (1959: 168)
Relación dialéctica entre un mundo y un pensamiento que reflexiona sobre
él; antideterminismo del pensar, que se arroga el derecho de dar forma a las
cosas antes que a ser simple traducción de los que ellas son; interjuego en-
tre pensamiento y práctica; relación indistinguible entre escritura y política.
Encontramos aquí todos los temas que habíamos señalado anteriormente:
es esta la figura del pensador latinoamericano en sus rasgos esenciales.
Para Halperín Donghi esta figura del pensador-político es una de las claves
para comprender el carácter único del proceso de formación del estado-na-
ción en Argentina:
La excepcionalidad argentina radica en que solo allí iba a aparecer reali-
zada una aspiración muy compartida y muy constantemente frustrada en
el resto de Hispanoamérica: el progreso argentino es la encarnación en el
cuerpo de la nación de lo que comenzó por ser un proyecto formulado en
los escritos de algunos argentinos cuya única arma política era su supe-
rior clarividencia. No es sorprendente no hallar paralelo fuera de la Ar-
gentina al debate en que Sarmiento y Alberdi, esgrimiendo sus pasadas
publicaciones, se disputan la paternidad de la etapa de la historia que se
abre en 1852. (Halperín Donghi 1995: 8)
Otra vez: si esta síntesis entre pensamiento y política fue un rasgo carac-
terístico de Argentina, en nadie esto es tan claro como en Sarmiento. Para
Sarmiento su propio pensar no fue nunca un fin en sí mismo. Si biografió
a Facundo, no es por el interés por una figura pintoresca, sino para com-
prender una clave de la historia argentina y para hallar, mediante ella, las
posibilidades de apertura de la situación presente. Si se biografía a sí mis-
mo, una y mil veces, no es solo por su inmenso egocentrismo, sino por-
que necesita comprenderse a sí mismo, en tanto él mismo forma parte de
la situación de su país. Su pensamiento, su persona toda es una herra-
mienta
3
puesta al servicio de un proyecto, de una obra, más vasta y más
mundana, de creación o de alteración de lo real. ¿Tuvo éxito? No nos
proponemos aquí responder esta pregunta, sino seguir los rastros de este
intento.
MARÍA ESPERANZA CASULLO
3
“Llegó a ser, no solo el hombre que pensaba como la cabeza de ese inmenso cuerpo
de territorios y de genes, sino el instrumento y la herramienta más adecuada para poder
realizar la obra que había conseguido” (MARTÍNEZ ESTRADA 1959: 16).
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Primera clave de lectura del proyecto sarmientino: la primacía de
la política.
Hemos hablado del “antideterminismo” sarmientino. Refinaremos esta fór-
mula diciendo que en su proyecto de transformación de lo real era un pro-
yecto específicamente político, en tanto y en cuanto ponía a la política
como condición de posibilidad de la economía, y no al revés.
Halperín Donghi, entre otros, señala esta primacía como la diferencia cen-
tral en los proyectos de país de Alberdi y Sarmiento. Alberdi apostó a la
transformación económica de la sociedad argentina. A este cambio le esta-
rían subordinadas las demás variantes de la organización nacional:
Mientras se edifica la base económica de una nueva nación, quienes no
pertenecen a esas élites no recibirán ningún aliciente que haga menos pe-
noso ese período de rápidos cambios e intensificados esfuerzos. Su pasi-
va subordinación es un aspecto esencial del legado rosista que Alberdi
invita a atesorar: por vía autoritaria se los obligará a prescindir de las
prevenciones frente a las novedades del siglo (...) Crecimiento económi-
co significa para Alberdi crecimiento acelerado de la producción, sin nin-
gún elemento distributivo. No hay —se ha visto ya— razones político-so-
ciales que hagan necesario este último; el autoritarismo preservado en su
nueva envoltura constitucional es por hipótesis suficiente para afrontar el
módico desafío de los desfavorecidos por el proceso. Alberdi no cree si-
quiera preciso examinar si habría razones económicas que harían necesa-
ria alguna redistribución de ingresos, y su indiferencia por este aspecto
del problema es necesariamente atendible; el mercado para la acrecida
producción argentina ha de encontrarse sobre todo en el extranjero... Este
proyecto de cambio económico, a la vez acelerado y unilateral, requiere
un contexto político posible, que Alberdi describe bajo el nombre de re-
pública posible (Halperín Donghi 1995: 31).
El camino que Alberdi propone (...) se apoya en una simplificación tan extre-
ma del proceso a través del cual el cambio económico influye en el social y
política, que su utilidad para dar orientación a un proceso histórico real pue-
de ser legítimamente puesta en duda. Alberdi espera que el cambio económi-
co haga nacer sociedad, a una política nueva. (Halperín Donghi 1995: 33).
David Viñas coincide, aunque de manera oblicua, con Halperín Donghi
cuando señala que Alberdi “...cada vez menos se pensó como un divulga-
dor; él quiso ser un especialista que se rodeó de todas las fobias, los ritua-
les y distancias de un académico” (Viñas 1998: 19). Si Alberdi no entró en
la trinchera política, no fue seguramente porque temiera o dudara de sus
capacidades: más bien, dudaba de las capacidades de la política misma.
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En cambio, el antideterminismo sarmientino no ha tenido paralelo en la his-
toria de nuestro país. Sarmiento impuso su fisonomía a las cosas, no solo
porque inventó sus propias soluciones a los problemas, sino porque inventó
los problemas también. Sarmiento fue un pensador difícilmente clasificable:
proeuropeo que se negó a imitar al modelo francés de desarrollo; proestado-
unidense, que se quejó de la “insoportable uniformidad” de la vida en ese
país. Fue liberal, fue positivista, fue romántico. Antiespañol, se reivindicó
como descendiente de una antigua familia colonial; ilustrado, no tuvo prác-
ticamente educación formal. Construye a un adversario en el Facundo, pero
se niega, hasta el final, a condenarlo, ya que su exceso vital lo subyogó y lo
hizo pensarlo como un igual. Se dijo liberal y abogó por el proteccionismo
económico. Habló del carácter asiático del interior argentino y propuso con-
vertirlo en el cinturón de farms de Estados Unidos. Desconfiaba del gaucho
y, sin embargo, confía en él lo suficiente para sostener, contra Alberdi, que
la educación universal del pueblo sería mucho más un bien que un mal.
¿Era su programa de desarrollo viable en los términos en que los planteó?
Seguramente no, dirían hoy los que abogan por la “política de lo posible”.
Quizá sí, dirían lo que suponen que los hombres han de confiar en sus fuer-
zas de cambiar la fisonomía de su propio mundo.
Segunda clave: la desmesura.
Sarmiento vivió en la confianza desmesurada en sus propias facultades. La
certeza de sí mismo como fuente y agente del cambio de un país entero
puede parecernos —a nosotros que vivimos en una época en la que la im-
potencia del individuo es aceptada como un dato— ingenua; esto no la
hace menos portentosa. Para Martínez Estrada es una de las causas de su
ulterior fracaso:
Tenía, como el buen padre de familia y mucho más como la madre, que
donde este falta asuma la potestad del pater familias, el sentido de la res-
ponsabilidad por lo que hace cada uno de sus hijos presentes o ausentes.
Y como no había suficientes personas, ni estaban suficientemente capaci-
tadas para desempeñar esas tareas directivas ni esos trabajos ejecutivos,
se creía él en el deber de realizarlos con sus manos, atendiendo a toda la
economía pública y doméstica del país. Por análoga proyección concibe
la reforma de la ortografía, en competencia con la Real Academia Espa-
ñola, intentando él solo la tarea de lo que es un cuerpo colegiado entero.
(1959: 13).
Esta hipertrofia del individuo se suma a la hipertrofia del momento presen-
te. Es lo que señala David Viñas cuando dice: “Sarmiento, en su descubri-
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miento de Estado Unidos privilegia intensamente el presente. Al pasado alu-
de cuando lo corrobora, y el futuro se le superpone referencialmente pero
en términos de “el gran país” imaginario en el cual pudiera resolver sus ca-
rencias, polémicas y urgentes necesidades” (1959: 19). Si indaga en el pasa-
do, siempre es para encontrar la clave de lo actual, nunca por un vacío inte-
rés historicista. Este mismo movimiento lo hallamos en Recuerdos de
provincia. En todo momento, no hay nostalgia del hogar materno o de los
compañeros de la infancia; no hay descripciones coloristas o sentimental re-
cuperación de las “viñetas” infantiles. Lo que nos es ofrecido allí son los
rastros indiciarios a partir de los cuales el propio Sarmiento busca compren-
derse a sí mismo.
Esta clave es fundamental para comprender una de las obras más fascinan-
tes de la literatura nacional, y tal vez el punto máximo del desarrollo del
individualismo sarmientino, el Facundo. Es conocida la lectura que ve en
el Facundo un simple panfleto antifederal. Sin embargo, aun así, una pre-
gunta nos persigue: ¿por qué Facundo Quiroga? Puesto a explicar genea-
lógicamente las raíces de la dictadura rosista, ¿por qué no biografiar direc-
tamente al Gran Tirano? ¿Por qué dedicar la obra entera a comprender la
existencia de quien, finalmente, muy pocas huellas concretas dejó en el en-
tramado político concreto de la Federación?
Una respuesta provisional: porque Facundo, y no Rosas, es un individuo. Ro-
sas no parece tener misterio suficiente para Sarmiento: sus motivaciones y sus
actos se le hacen transparentes. Rosas es sanguinario, sin dudas, pero antes que
eso es astuto y calculador. Facundo, justamente, es su opuesto. Es salvaje y
“bárbaro”, pero tiene en él una grandeza que impide condenarlo fácilmente.
En nuestra opinión la dicotomía “civilización y barbarie”, tan remanida,
es en realidad más bien un sistema tricotómico con tres polos en oposi-
ción mutua. El primero, la civilización, encarnada en el proyecto moder-
nizador sarmientino, que recupera, pero no sigue ciegamente, las ideas de
la generación unitaria revolucionaria. El segundo, la dictadura rosista que
es para Sarmiento no tanto “bárbara” como española, medieval y jesuíti-
ca. El auténtico bárbaro, Facundo
4
, es una amenaza para ambos polos.
Facundo, salvaje y arrogante, tiene la desmesura de quien solo juega den-
tro de sus propias reglas
5
, intentando modelar al mundo a su imagen.
4
No obstante esto, “Facundo no es cruel, no es sanguinario; es bárbaro, no más, no
sabe contener sus pasiones, y que, una vez irritadas, no conocen freno ni medida.” (SAR-
MIENTO; 1928: 239).
5
“Facundo dio contra el gobierno que lo había mandado a Tucumán, por la misma ra-
zón que dio contra Aldao, que lo mandó a La Rioja. Se sentía fuerte y con voluntad de
71
Será así hasta que, por no reconocer su propia debilidad, muera final-
mente.
Si Rosas es antes que nada un producto de la colonia española,
6
un frío
jugador que ha sabido utilizar las fuerzas bárbaras del campo para su pro-
pio proyecto de poder, Sarmiento se niega, hasta el final, a dar un juicio
conclusivo sobre Facundo. Él mismo lo dice: “...Facundo es cruel solo
cuando la sangre se la ha venido la cabeza y a los ojos, y ve todo colora-
do... Rosas no se enfurece nunca; calcula en la quietud y el recogimiento
de su gabinete; y desde allí salen las órdenes a sus sicarios.”
7
Facundo es
un asesino, sin duda; también es un jugador, un ladrón, y un violento.
Pero su violencia no es una estrategia calculada de poder. Antes bien, Sar-
miento la define como al pasar como un exceso de vida. Sarmiento señala
que, si el ímpetu revolucionario de la Argentina no ha tenido igual en el
Cono Sur, ha sido porque ha movilizado y dado un Norte al exceso de
vida de sus poblaciones pastoras,
8
y se lamenta de lo mal que la genera-
ción ilustrada unitaria ha sabido comprender y modelar esta fuerza vital.
Sarmiento se reconoció en Facundo como en un igual por su gigantismo,
en la confianza en sus propias fuerzas y en la valoración inadecuada de
sus debilidades. También, finalmente, en la desmesura de sus deseos: el
definitivo despliegue de un proyecto modernizador sudamericano ¿no ne-
cesitaría, acaso, no de una europeización sin matices, leguleya y formal,
sino de una síntesis entre un proyecto civilizador posible y las inmensas
reservas de voluntad vital que podrían ser modeladas? Puestas las fuerzas
de la barbarie al servicio de la civilización, ¿qué país podría compararse
con la República Argentina?
Tercera clave: la tensión entre orden e individualidad en la pedagogía
sarmientina.
Así llegamos, por un lugar inusual, a uno de los núcleos centrales del pro-
yecto sarmientino: la educación. La educación es, para Sarmiento, mucho
MARÍA ESPERANZA CASULLO
obrar, impulsábalo a ello un instinto ciego, indefinido y obedecía a él...” (SARMIENTO;
1928: 169).
6
“¿En dónde, pues, ha estudiado este hombre el plan de innovaciones que introduce en
su gobierno... Dios me perdone si me equivoco, pero esta idea me domina hace tiempo:
en la estancia de ganados y en la inquisición española, en cuya tradición ha sido educa-
do.” (SARMIENTO; 1928: 311).
7
(SARMIENTO; 1928: 241).
8
A la campaña pastora “la revolución le era útil en un aspecto: que iba a dar objeto y
ocupación a ese exceso de vida que hemos indicado”. (SARMIENTO; 1928: 70).
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más que su más preciada política pública. Es, en verdad “el único hilo que
enhebra y unifica”
(Martínez Estrada; 1959: 24) su caótica diversidad de
preocupaciones y acciones. Es una idea fija y un horizonte que impera en
él desde muy pequeño.
Es frecuente entender el proyecto educativo universal de Sarmiento como
el reflejo de una preocupación funcionalista por lograr un mínimo de edu-
cación del ciudadano y un mínimo de destrezas manuales en el obrero y ar-
tesano. Así lo ve, por ejemplo, Halperín Donghi:
Pero si esa sociedad requiere de una masa letrada es porque requiere de
una vasta masa de consumidores; para crearla no basta la difusión del al-
fabeto, es necesaria la del bienestar y de las aspiraciones a la mejora eco-
nómica a partes cada vez más amplias de la población nacional (...) Sar-
miento veía en la educación popular un instrumento de conservación
social, no porque ella pudiera persuadir al pobre de cualquier ambición
de mejorar su lote, sino porque debía, por el contrario —a la vez que de
sugerirle esa ambición— ser capaz de indicarle los medios de satisfacer-
la en el marco social existente. El ejemplo de Estados Unidos persuadió a
Sarmiento de que la pobreza del pobre no tenía nada de necesario. Lo
persuadió también de algo más: que la capacidad de distribuir bienestar a
sectores cada vez más amplios no era tan solo una consecuencia social-
mente positiva del orden económico, sino una condición necesaria para
la viabilidad económica de ese orden. (Halperín Donghi; 1995: 36).
Claramente, esta confianza en la educación como puntal del orden social
está presente en muchos párrafos de su obra. Sin embargo, al punto que co-
menzamos a sondear en las diversas apariciones y ocultamientos de este
hilo conductor, fuertes tensiones aparecen. Primero porque, como Halperín
Donghi sagazmente señala, en este sentido fue más consecuente Alberdi,
ya que vio más claramente el potencial subversivo de la educación:
No es necesaria, asegura Alberdi, una instrucción formal muy compleja
para poder participar como fuerza de trabajo en la nueva economía; la
mejor instrucción la ofrece el ejemplo de destreza y diligencia que apor-
tarán los inmigrantes europeos y por otra parte, una difusión excesiva de
la instrucción corre el riesgo de propagar en los pobres nuevas aspiracio-
nes (...) Un exceso de instrucción formal atenta entonces contra la disci-
plina necesaria en los pobres. (Halperín Donghi; 1995: 32).
Pero estas discrepancias aparecen mucho más claras en la propia obra sar-
mientina. Pues Sarmiento, creemos, nunca pensó en transformar la ense-
ñanza en la pura “construcción de escuelas” y mucho menos en un simple
método estandarizado para el silabario. Él vive la tensión entre “la pedago-
73
gía” verdadera, la que él quiere, y la “ciencia de los reformatorios y orfeli-
natos, que es lo que necesita su país.” (Martínez Estrada; 1959: 22). Porque
Sarmiento piensa la educación, como todo en realidad, a partir de las expe-
riencias e ideas de su propia historia, que era la historia de un autodidacto,
de quien construyó su propio saber como una lucha personal y se eleva a sí
mismo, probando que puede trascender a sus circunstancias. El relato de
esta épica formativa ocupa un capítulo entero de Recuerdos de provincia,
capítulo que es la descripción, no de los pasos ordenados y uniformemente
ascendentes de una carrera académica, sino de la formación de un pensador
idiosincrático. Sarmiento dice: “yo creía desde niño en mis talentos como
un propietario en su dinero, o un militar en sus actos de guerra”
(1946:
129), (como Facundo, diríamos nosotros, en el poder de su sola figura), y
nos da una clave de arco para comprender todo su pensamiento y su obra.
Por esta confianza en sí mismo, leyó siempre lo que quiso, aun cosas “con-
trarias a la enseñanza”, le hizo saber a sus compañeros que se creía supe-
rior a ellos, imaginó un futuro para sí en vida pública.
“La civilización era para él como una figura trazada con pantógrafo de la
educación individual” (Martínez Estrada; 1959: 22). ¿Cómo conciliar esto
con la escuela primaria compulsiva, universal, estatista, que tendría como
primera misión separar a los niños de la campaña de sus padres pastores?
¿Cómo se lograría que la escuela no se convirtiera, ya no en un instrumen-
to privilegiado de formación del hombre, sino de disciplinamiento de la
multitud? Difícil decirlo con certeza. Pero si volvemos al punto de origen
de esta indagación, queda claro que de esta manera, y no de otra, veía Sar-
miento la relación entre intelectualidad y política: como el esfuerzo que
unía el trabajo individual por saber con el trabajo individual por crear. Al-
gunos le reprochan, justamente, su ignorancia o despreocupación por las
fuerzas sociales y económicas que determinan o aúpan los proyectos indi-
viduales, su incapacidad para comprender que solo colectivamente se cons-
truye poder perdurable en el tiempo. Y sin embargo, ¡qué fuertes resonan-
cias están allí para ser recogidas, en una época signada por la desconfianza
a los poderes de la subjetividad y por el abandono a las fuerzas impersona-
les de la historia!
¿Por qué Sarmiento hoy?
¿Qué significado tiene Sarmiento y su obra para la situación actual?
¿Cómo nos solicita? Un primer elemento ha saltado a nuestra considera-
ción al mirar lo que fue el conjunto de las generaciones políticas del siglo
XIX. Para Sarmiento, Alberdi, José Hernández, Miguel Cané, Esteban
MARÍA ESPERANZA CASULLO
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STUDIA POLITICÆ
Echeverría la política era naturalmente uno de los hogares del intelectual.
La política no era solo una de sus responsabilidades, era uno de sus privile-
gios: naturalmente que los destinos del país habrían de ser regidos por sus
hijos más ilustrados. No solo el economista y el abogado hallaban que te-
nían qué decir; el poeta o inclusive el comediógrafo se concebían como su-
jetos a un llamado político. Este elemento no fue de una positividad abso-
luta. Claramente estaba construido sobre un sustrato elitista, en el mejor de
los casos —y oligárquico en el peor— y sustentado por la ignorancia,
cuando no el desprecio, por los sentires y necesidades de aquellos que no
pertenecían a las élites. Más aún, en los grupos ilustrados del país la creen-
cia en el carácter ineludible de su liderazgo estaba tan profundamente natu-
ralizada que no sintieron, las más de las veces, ninguna necesidad de legiti-
marlo, negociarlo, ni siquiera explicarlo a esas “masas” que habitaban el
mismo suelo y tenían los mismos nominales derechos. Pudiéndolo haber
hecho, para la elite intelectual del siglo XIX la incorporación a la vida po-
lítica de los sectores populares no fue un proyecto deseado ni posible y la
gran mayoría de sus representantes continuaron ajenos a lo popular por
toda su vida.
Sin embargo, no podemos dejar de admirarnos hoy ante la naturalidad con
que el profesor universitario o el poeta irrumpían con un manifiesto o un
programa en la discusión de los asuntos públicos, la presencia de convic-
ciones ideológicas en cada escritor, la universal sensación de que algo ha-
bía por hacer que no podía ser dejado en otras manos, el convencimiento
de que la cosa pública no era ámbito solo para especialistas. Hoy, la barre-
ra entre la academia y la esfera de los asuntos públicos está sido construida
con una solidez imponente, con una doble línea de pared: con el discurso
acerca de la necesidad de “cientifizar” el pensamiento profesional, defen-
diéndolo así de cualquier uso “espúreo”, y con el afirmación de la hegemo-
nía del mercado como orientador absoluto de la producción de saberes so-
ciales. La academia se refugia en la discusión históriográfica, metateórica o
filológica.
Las ciencias sociales ya no hablan de política, salvo oblicuamente, a través
de la “crítica de la cultura”, de los “estudios culturales” y de los “estudios
de audiencias”: se nos dice que todo discurso hegemónico encuentra resis-
tencia y resignificaciones, y esto es un alivio. El discurso posmodernista
supo, en su brevísima existencia, celebrar la caída de los metarrelatos y el
auge del pensamiento débil. Hizo del relativismo la verdad de nuestra épo-
ca y nos previno contra el totalitarismo subyacente a un pensamiento uni-
versalista, lo que fue debidamente anotado. Los multiformes esfuerzos de
la etnografía ponen a nuestro al alcance las autopercepciones y las weltaus-
chuung de los oprimidos de la sociedad, y esto es ciertamente valioso. Ya
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nada es dicho que sea potencialmente etnocéntrico, ninguna verdad univer-
sal se afirma, a nadie se ofende, nada se proyecta, si se entiende como pro-
yecto aquel gesto que, nacido en situación, convoca a ser partícipe de una
radical transformación del mundo. El pensamiento se ha negado su carácter
político y como resultado, la esfera política se ha vaciado de pensamiento.
¿Quién se arrogará el derecho, como Sarmiento lo hizo, de decir pública-
mente “yo he vivido, he pensado, he actuado, y es por esto que transforma-
ré al mundo”?
Unido a lo anterior, podemos rastrear la pérdida del carácter polémico del
discurso intelectual. Sagazmente, Martínez Estrada señala que Sarmiento
era, mucho más que un escritor, un “orador” perpetuo. Todas sus obras pa-
recían hechas para declamar en voz alta en la tribuna (Martínez Estrada;
1959: 80). Sarmiento se quejó siempre de tener un número excesivo de
adversarios. ¿Cómo podría no haberlos tenido, si parecía que no tomaba la
pluma si no era para discutir con un enemigo —conocido o desconoci-
do— o tal vez con él mismo? En menor grado, todas las producciones de
la época compartían el gusto por la polémica. Hoy en día esa polémica se-
ría impensable entre dos académicos. Rige la regla corporativa del elogio
público constante, de la tolerancia como aceptación acrítica del discurso
del otro, de la no escucha, en definitiva. ¿Para qué habríamos de polemi-
zar, cuando no tenemos nada para decir que sea capaz de cambiarle la
vida a alguien —ni siquiera a nosotros mismos—, y solo nos preocupan
sutiles debates disciplinares únicamente aptos para iniciados?
Hemos perdido, en definitiva, la capacidad para la desmesura; para la des-
mesura del pensamiento y para la desmesura del gesto. Como sabemos que
nuestros poderes de pensar son pequeños, renunciamos a realizar nuestro
pensamiento en el mundo. Como sabemos que la acción es peligrosa y que
sus consecuencias son impredecibles, renunciamos a ella. Ante los aconte-
cimientos, no los pensamos; nos preguntamos ¿cuáles son sus causas?, y
no ¿qué exige esto de mí? Tememos al pensamiento hegemonizante, lo so-
lucionamos teniendo solo pequeños pensamientos. Nos asusta nuestro pa-
sado: sostenemos que hay muchas interpretaciones igualmente válidas. No
nos gustan los conflictos, abandonamos la confrontación y la creación co-
lectiva por la polémica.
¿Quién escribiría hoy un Facundo? Un libro lleno de errores, de prejuicios y
de excesos, pero con una esperanza y una pasión grandes como la vida.
¿Quién diría hoy “no estamos determinados a vivir en un mundo tan inhós-
pito, podemos cambiarlo”, ahora? ¿Quién se tomaría el trabajo de pensar un
proyecto e intentar realizarlo en el mundo? Hemos medido con objetividad
nuestras fuerzas y sabemos que son escasas. Y esto es una lástima, porque
solo creyendo que somos más que lo que somos lo seremos alguna vez.
EMILIO LIPINSKI
33 - invierno 2014
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STUDIA POLITICÆ
Bibliografía
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VIÑAS, D. De Sarmiento a Dios. 1998 Viajeros argentinos a USA. Buenos Aires: Sud-
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Fecha de recepción: 05/02/2015
Fecha de aceptación: 06/03/2015