
33 - invierno 2014
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STUDIA POLITICÆ
miento de Estado Unidos privilegia intensamente el presente. Al pasado alu-
de cuando lo corrobora, y el futuro se le superpone referencialmente pero
en términos de “el gran país” imaginario en el cual pudiera resolver sus ca-
rencias, polémicas y urgentes necesidades” (1959: 19). Si indaga en el pasa-
do, siempre es para encontrar la clave de lo actual, nunca por un vacío inte-
rés historicista. Este mismo movimiento lo hallamos en Recuerdos de
provincia. En todo momento, no hay nostalgia del hogar materno o de los
compañeros de la infancia; no hay descripciones coloristas o sentimental re-
cuperación de las “viñetas” infantiles. Lo que nos es ofrecido allí son los
rastros indiciarios a partir de los cuales el propio Sarmiento busca compren-
derse a sí mismo.
Esta clave es fundamental para comprender una de las obras más fascinan-
tes de la literatura nacional, y tal vez el punto máximo del desarrollo del
individualismo sarmientino, el Facundo. Es conocida la lectura que ve en
el Facundo un simple panfleto antifederal. Sin embargo, aun así, una pre-
gunta nos persigue: ¿por qué Facundo Quiroga? Puesto a explicar genea-
lógicamente las raíces de la dictadura rosista, ¿por qué no biografiar direc-
tamente al Gran Tirano? ¿Por qué dedicar la obra entera a comprender la
existencia de quien, finalmente, muy pocas huellas concretas dejó en el en-
tramado político concreto de la Federación?
Una respuesta provisional: porque Facundo, y no Rosas, es un individuo. Ro-
sas no parece tener misterio suficiente para Sarmiento: sus motivaciones y sus
actos se le hacen transparentes. Rosas es sanguinario, sin dudas, pero antes que
eso es astuto y calculador. Facundo, justamente, es su opuesto. Es salvaje y
“bárbaro”, pero tiene en él una grandeza que impide condenarlo fácilmente.
En nuestra opinión la dicotomía “civilización y barbarie”, tan remanida,
es en realidad más bien un sistema tricotómico con tres polos en oposi-
ción mutua. El primero, la civilización, encarnada en el proyecto moder-
nizador sarmientino, que recupera, pero no sigue ciegamente, las ideas de
la generación unitaria revolucionaria. El segundo, la dictadura rosista que
es para Sarmiento no tanto “bárbara” como española, medieval y jesuíti-
ca. El auténtico bárbaro, Facundo
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, es una amenaza para ambos polos.
Facundo, salvaje y arrogante, tiene la desmesura de quien solo juega den-
tro de sus propias reglas
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, intentando modelar al mundo a su imagen.
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No obstante esto, “Facundo no es cruel, no es sanguinario; es bárbaro, no más, no
sabe contener sus pasiones, y que, una vez irritadas, no conocen freno ni medida.” (SAR-
MIENTO; 1928: 239).
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“Facundo dio contra el gobierno que lo había mandado a Tucumán, por la misma ra-
zón que dio contra Aldao, que lo mandó a La Rioja. Se sentía fuerte y con voluntad de