
31 - primavera-verano 2013/2014
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STUDIA POLITICÆ
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Para Freud la identificación, los interminables procesos de identificación, implica la
transformación del Yo; o, tal como lo escribe, “el carácter del yo es una sedimentación
de las investiduras de objeto resignadas y contiene la historia de estas elecciones de ob-
jeto... aceptadas o rechazadas” (Sigmund FREUD, “El yo y el ello”, Obras completas,
trad. José Luis ETCHEVERRY, cotejada con la edición inglesa bajo la dirección de James
Strachey [Bs. As., Amorrortu, 1979], Vol. XIX, pág. 31). Deberíamos recordar que para
Freud el yo más que algo siempre existente, es producido: “es un supuesto necesario que
no esté presente desde el comienzo en el individuo una unidad comparable al yo; el yo
tiene que ser desarrollado...algo tiene que agregarse al auto-erotismo, una nueva acción
psíquica, para que el narcisismo se constituya” (Freud, “Introducción del narcisismo”,
en Obras completas, Amorrortu, volumen XIV).
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Las formaciones ideales son creadas por procesos proyectivos, esto es, son expulsa-
das “afuera” para ser recuperadas mediante la identificación. En este proceso, por lo tan-
to, un cierto exterior es creado como proyección del interior. El ideal del yo funciona
como una fuente de introyección, mientras que el yo ideal funciona como una fuente de
proyección. Este último es una función de lo imaginario.
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J. LACAN (1979) “La identificación”, en Imago: revista de psicoanálisis, psiquiatría
y psicología, Buenos Aires, pág. 66.
te lo que performa la función de completamiento como una “inversión dia-
léctica”: un movimiento que involucra una función de determinación gati-
llada por la falla en la constitución de una unidad objetiva.
Siguiendo a Freud, Lacan arguye que el ego es un conjunto de sucesivas
identificaciones imaginarias (históricas y contingentes).
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El mundo del
yo es vivido como un reflejo donde las relaciones entre yoes son duales y
fijas (fascinación, hostilidad, amor). El yo tiene la función de desconocer
la imposibilidad de plenitud: la ilusión de clausura es su ilusión. A lo lar-
go de su vida, el yo será transformado por medio de una serie de identifi-
caciones que implicarán dos mecanismos principales: proyección e intro-
yección de los rasgos de un “objeto” de identificación.
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Esto apunta
precisamente a la doble incidencia de lo imaginario y lo simbólico, donde
el “mediador” o bisagra es el ideal del yo. La estructura —es decir, el
Otro— es también el campo de las proyecciones del yo, mientras que el
mecanismo de introyección es crucial para la articulación de lo simbólico.
La estructura no nos devuelve nuestra imagen, de lo contrario el yo sólo
sería aquello que puedo verme siendo en la estructura. Pero yo también
soy aquel Otro que ve lo que yo veo: aquel que, cuando lo miro, se mira
también a sí mismo a través mío y en mí. Se ve a sí mismo en el lugar que
yo ocupo en él.
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Todas las identificaciones imaginarias que constituyen el yo sólo pueden
ser asumidas si el Otro, en tanto referente simbólico, las ratifica. Aquí te-
nemos un yo, entonces, que mientras desconoce la Ley, debe sin embargo
someterse a ella. La identificación simbólica involucra la interacción sig-