
29 - otoño 2013
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STUDIA POLITICÆ
cráticas contemporáneas. Ese imaginario construido por dispositivos tales
como el derecho
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, la educación
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, la seguridad
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—entre otros—, son me-
canismos a partir de los cuales se normaliza y se producen específicas rela-
ciones entre cuerpos, acciones y espacios. La idea de orden y ordenamien-
to —conceptos muy usados en el discurso político, policial y urbanístico—
ha sido el paradigma que ha guiado el emplazamiento de las cosas y las
personas, las formas de circulación, consumo, etc.; al tiempo que, como
dice De Certau (2008), han “urbanizado” el lenguaje del poder. El énfasis
dado en cada tiempo y lugar a determinados dispositivos/saberes —sanita-
rios, arquitectónicos, jurídicos, educativos, etc.— es consecuencia del mo-
vimiento complejo de reproducción de las relaciones de producción en
contextos de alta incertidumbre y contradicción. Esa combinación entre ca-
rencia de certezas y tensiones, implica como bien dice Lefebvre (1974), un
uso perpetuo de la violencia.
La idea de orden se realiza en el presente, como quizá nunca antes, dirigi-
da por el dispositivo del control y la seguridad. La violencia materialmen-
te ejercida en el espacio, es efectivamente intensificada en algunos lugares
y tiempos, en algunas “zonas” de la ciudad. Particularmente, el espacio
público como los lugares de residencia de los sectores populares se ven
atravesados y organizados por formas de violencia, cuyo rasgo saliente es
la incertidumbre de sus límites y sentidos, por un lado; y en consecuencia,
por otro, la situación de precariedad de la vida. En el espacio fragmentado
y caótico resultante de las formas de apropiación privada de generaciones
colectivas; poblaciones excedentes y marginadas, pero al mismo tiempo
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El problema del derecho en sus dos dimensiones: elemento de violencia siempre pre-
sente dentro del hecho mismo de su imposición (o “fuerza de ley”), y desarrollo de una
violencia legal, codificada, de un derecho de ejercer la violencia. De un lado, es la anti-
nomia clásica resultante del hecho de que el poder del Estado posee el monopolio de la
violencia, de las armas (o de ciertas categorías de armas, con las considerables variacio-
nes de tiempo y lugar...), en resumen, del hecho de que sustrae de la “sociedad” la vio-
lencia y los medios de la violencia, tomándolos para sí mismo y sobre sí mismo. El sen-
tido y las formas de esta antinomia, los misterios teológicos y políticos que ella entraña,
han sido discutidos de Hobbes a Kant, de Weber a Derrida (BALIBAR, 1996).
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“Todo proceso de educación elemental, en efecto, es una manera de integrar a los in-
dividuos en la estructura de la «hegemonía». Esta consiste no solamente en una normali-
zación de los sujetos, sino en una fabricación de su normalidad de modo que contenga
los valores, los ideales de la sociedad”, dice BALIBAR (1996:10).
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Dice CAVALLETTI (2013:97) “la historia del biopoder enseña que el paradigma de la se-
guridad en el que se basan incluso los actuales dispositivos de control actúa proyectando
un variado espectro de temores: gobernar significa gestionar los deseos infundiendo los
miedos, separar pues de nuestras vidas la fantasmagoría de una existencia deseable o, es
lo mismo, temible”.