
H. C. F. MANSILLA 97
(2006) “El populismo es la vía real para comprender algo relativo a la constitución ontológica
de lo político como tal” (p. 91)7. Poco más puede decirse al respecto, máxime si nuestro autor
admite que la calidad ética e intelectual de los líderes populistas carece de importancia y que,
además, resulta indiferente cómo se mantiene satisfecho al elector. La importancia radica en
que la jefatura populista pueda establecer un orden estable y un mínimo de homogeneidad: “la
identicación con un signicante vacío es la condición sine qua non de la emergencia de un
pueblo” (p. 204)8.
La razón populista es una obra de notables pretensiones conceptuales, muy apreciada en
un ambiente intelectual que premia la combinación de ambigüedad teórica con una vaga
reminiscencia de posiciones progresistas que se reclaman de un marxismo actualizado,
mejorado y “enriquecido” por la experiencia histórica. El libro representa una discusión
sobre discusiones mayormente abstractas en el contexto del postmodernismo político ra-
dical, sin una marcada relación con la prosaica realidad y ni siquiera con regímenes po-
pulistas concretos9.
Uno de los peligros de las interpretaciones de Laclau, Burchardt, Dieterich y autores si-
milares10 consiste en que la devaluación de los instrumentos y caminos habituales para la
formulación y canalización de voluntades políticas —los partidos, el parlamento, la opinión
pública, el debate racional— lleva a conferir una enorme importancia a la voz del pueblo,
de la calle y de los llamados movimientos sociales. Las demandas y los postulados de esta
voz, en la mayoría de los casos, no pueden ser verbalizados de manera clara y directa,
sino mediante “alguna forma de representación simbólica” (Laclau, 2008, p. 46)11. En este
sentido, la voz del pueblo se manifestaría clara y abiertamente por medio de plebiscitos y
referéndums, es decir, a través de métodos relativamente simples, en los cuales la población
se expresa de acuerdo al binomio sí o no. Esto generaría la ventaja de establecer una gran
cercanía entre el pensamiento popular y la voluntad denitiva del pueblo. En la realidad
cotidiana de la praxis política, la voz del pueblo es, casi sin excepción, la voz de los que
hablan en nombre del pueblo. Hasta un autor cercano al postmodernismo contemporáneo,
Stuart Hall (1986), diferenció el populismo autoritario de un “populismo popular-democrá-
tico”, cuestionando el enfoque de Ernesto Laclau (pp. 94-99).
Esta alternativa decisoria, evidentemente fácil de comprender, corresponde a la dicotomía
“amigo/enemigo”, que, como se sabe, constituye una parte integral de teorías e ideologías
autoritarias que, bajo ciertas circunstancias, son proclives al totalitarismo. Como lo observó
Carl Schmitt (1996, 2009), la dicotomía “amigo/enemigo” contribuye a expresar fácilmente
la identicación del “pueblo” con el gobierno que propone esta disyuntiva plebiscitaria.
Esta identicación favorece, a su vez, la consolidación de una democracia homogénea que
expulsa los elementos heterogéneos sin grandes complicaciones . Este tipo de democracia
7 Curiosamente, en la terminología y la teoría de Laclau, lo ontológico se transforma en lo
denitivo, lo que jamás puede ser puesto en duda.
8 Véase también Ernesto Laclau (2008), La razón populista, pp. 44, 49, 201-203.
9 En una de las pocas alusiones concretas, Laclau (2006) se rerió de manera apologética
al chavismo venezolano y enfatizó la necesidad de un liderazgo altamente centralista (pp.
60-61). Para una crítica a este punto confróntese Colette Capriles (2006), La enciclopedia
del chavismo o hacia una teología del populismo.
10 Véase también Chantal Mouffe (2003, 1998) y Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (1987).
11 Véase también Daniel Gutiérrez Vera (2011), Ernesto Laclau: el populismo y sus avatares.