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*
Estudiante avanzado de la Licenciatura en Ciencia Política, UCC.
Mauricio Fernandez Gioino
*
Resumen
En la obra de O’Donnell podemos ver una voluntad política que lo
destaca como un demócrata. Nuestro trabajo buscará seguir ese posi-
cionamiento en la misma sintonía de una “crítica democrática a la de-
mocracia”. Para ello, resaltaremos factores antirrepublicanos en la de-
mocracia efectiva, evidentes a partir de la obra de O’Donnell y por
fuera de la obra del autor. A su vez, continuaremos la crítica a la demo-
cracia, destacando factores antidemocráticos posibilitados por las tra-
diciones liberales, en un posicionamiento político que busca profundi-
zar la democracia más allá de aquello a lo que implica la democracia
política.
Palabras clave: O’Donnell – Democracia – Liberalismo – Republica-
nismo.
Una crítica democrática a
la democracia: Tensiones
entre republicanismo,
liberalismo y democracia en
la obra de O’Donnell.
Código de referato: SP.164.XXVII.13.
STUDIA POLITICÆ Número 27 ~ invierno 2012
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales,
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
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STUDIA POLITICÆ
Abstract
In O’Donnell’s work we see a political will that highlights him as a
Democrat. Our work will seek to follow that position on the same page
of a “democratic critique of democracy.” To do this, we will highlight
anti-republican factors in effective democracy evident by the work of
O’Donnell and out of the authors work, we will continue the critique of
democracy, highlighting undemocratic factors enabled by the liberal
tradition in a political position which seeks to deepen democracy beyond
that to which political democracy implies.
Key Words: O’Donnell – Democracy – Liberalism – Republicanism.
Introducción
E
S menester comenzar el presente trabajo explicitando algo que (tal
vez), para politólogos y científicos sociales en general, pueda ser
una obviedad: “no existen marcos teóricos «inocentes» en sus con-
secuencias y vinculaciones políticas” (Argumedo, 2009: 24). Insisto en
recordar esto porque para nuestra tarea es algo ineludible por dos razo-
nes: por un lado, el objetivo de este trabajo es abordar críticamente la
obra de Guillermo O’Donnell, quien, a lo largo de su vida, no ha dejado
de explicitar su marcado interés en la política desde una posición demo-
crática, lo que se puede ver, al mismo tiempo, en su producción inte-
lectual.
Por otra parte, insistimos en las consecuencias y vinculaciones políticas de
todo marco teórico porque, este ensayo no solo reconoce la dimensión po-
lítica de toda producción intelectual, sino que la coloca como su principal
interés. Es decir, al mismo tiempo que buscamos hacer un abordaje crítico
de la obra de O’Donnell, también tomaremos claramente una posición po-
lítica explícita que busca continuar con la ambición de “hacer una crítica
democrática de las muy criticables democracias que hemos conseguido”
(O’Donnell, 1997: 20).
Para cumplir con nuestros objetivos de, por un lado, hacer una revisión
de la crítica democrática a la democracia hecha por O’Donnell y, por
otro lado, realizar una continuación de esta desde nuestra propia posición
política, primero, haremos un breve recorrido por la obra de O’Donnell
en el cual buscaremos resaltar su identidad política como un claro defen-
sor de la democracia (I). Luego, profundizaremos en los aspectos que
consideraremos claves en algunas producciones del autor para compren-
der su concepto de democracia y la crítica a las concepciones de “transi-
87
ción o consolidación democrática” (II). En tercer lugar, haremos un abor-
daje crítico de algunos conceptos centrales en la obra de O’Donnell, don-
de se realizara una doble tarea de, por un lado, resaltar la posición repu-
blicana del autor, y por otro lado, contraponerlo a concepciones liberales
(III). Finalmente, expondremos nuestra posición, que consistirá en una
crítica al liberalismo y al republicanismo para una democratización de
democracia, marcando algunas tensiones entre liberalismo, republicanis-
mo y la democracia, como tradiciones que deben ser correctamente dife-
renciadas (IV).
I. O’Donnell: Demócrata.
En el desarrollo de la obra de O’Donnell se puede ver una clara volun-
tad política que lo destaca como un demócrata: en Modernización y au-
toritarismo, publicado en 1972, si bien en su titulo nombra el autorita-
rismo, su verdadero tema es la democracia. Por un lado, aborda “las
reiteradas desventuras de la democracia” (O’Donnell, 1997: 12) en Ar-
gentina; también argumenta “acerca de la necesidad de jugar seria y ple-
namente a la democracia si es que en realidad la queríamos”; y final-
mente, expresa una constante preocupación por la “probabilidad de que
aquellas formas autoritarias se continuaran extendiendo” en los países
latinoamericanos.
En los siguientes años aborda la investigación que desembocará en lo
que es 1966-1973. El estado burocrático-autoritario, clara continua-
ción de Modernización y autoritarismo. En este libro O’Donnell ahon-
da en un detallado examen con fuerte base empírica de los orígenes del
Estado burocrático autoritario (en adelante EBA), “su funcionamiento y
sus tensiones internas, de sus principales impactos económicos y socia-
les y, finalmente, de su colapso y el consiguiente lanzamiento de una
transición que habría de culminar con la holgada victoria del peronis-
mo” (Ibíd.: 13).
Tal como dice el autor, evidenciándose el cierre de la dictadura comenza-
da en 1966 con el general Onganía, sumado a un contexto de creciente
violencia, su mayor preocupación era que “esta transición desde un EBA
no llevara a cualquier cosa, excepto una democracia” (Ibíd.: 12). Eviden-
temente, sus temores no podían tener mayor correlato con la realidad: a
nivel regional Chile y Uruguay, dos sólidas democracias, caían en dictadu-
ras de carácter burocrático-autoritario; por otro lado, en Argentina, la
vuelta de Perón al poder no significó la transición a un régimen democrá-
tico consolidado, sino que, muy por el contrario, al no poder lidiar con el
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“paroxismo de violencia” que azotaba nuestro país, desembocó finalmente
en el golpe del 24 de marzo de 1976
1
.
Buscando evidenciar la clave política detrás de estos textos, en ellos se
puede encontrar una mirada hacia atrás indagando sobre los orígenes, con-
solidación y fisuras del EBA, para así actuar de modo estratégico en la lu-
cha contra éste. Al mismo tiempo, y en relación con esto último, también
podemos ver una mirada que apunta hacia delante, argumentando “acerca
de por qué luchar por la democracia (la democracia política, tout court, sin
adjetivos) era la manera adecuada, estratégica y moralmente, de aprovechar
las fisuras que una mirada atenta descubría detrás de la fachada imponente
del EBA y, a partir de eso, precipitar su terminación” (Ibíd.: 15).
En paralelo a este análisis “macro” de lo político-estatal, económico y so-
cial, en esa mirada retrospectiva y prospectiva con fines políticos demo-
cráticos, también podemos encontrar en la obra de O’Donnell durante esos
años en que transcurre la última dictadura militar Argentina, una breve in-
cursión en un análisis “micro”. Es en este sentido, el estudio de “micro-
despotismos” en “lugares de trabajo, en escuelas, en la cotidianidad de la
calle y en muchos otros espacios” (Ibíd.: 16), empieza a instalar una idea
más profunda de democracia, lo que se evidenciará sobre todo en los últi-
mos trabajos del autor. En palabras del mismo O’Donnell: “aunque argu-
menté —y sigo argumentando— acerca del valor intrínseco de la demo-
cracia política (es decir, bastante estrechamente definida por factores
políticos) no me parece suficiente una definición que se limita a estos fac-
tores” (Idem: 16).
Llegando al final de la última dictadura, y en la misma clave democrática,
O’Donnell cambia la tónica de su obra, pasando de la crítica a los EBA en
un horizonte de consolidación democrática, a explorar las condiciones de
la transición de los EBA a democracias consolidadas. Así, evidenciar las
trampas a evitar para así poder librarse del EBA y llegar a una democracia
viable, reconocer la continuidad en los campos económico y social de los
autoritarismos y analizar los nuevos gobiernos en búsqueda de una conso-
lidación democrática, no es más que redireccionar la tarea politológica de
un demócrata.
O’Donnell lo expresa con claridad: para nuestra democracia “[e]n lugar de
la ‘muerte rápida’ implicada por un golpe militar [...], en la actualidad el
1
No es mi intención, bajo ninguna dimensión, establecer una correlación causal sim-
plista entre la violencia previa al golpe de 1976 y su ejecución. Aquí tan solo retomo las
palabras de O’Donnell al respecto, siendo necesario destacar que él tampoco ahonda en
el tema.
89
riesgo más grave es el de una ‘muerte lenta’.” (Ibíd: 20). De este modo, su-
perados los años de dictaduras en Argentina, el autor se embarca en una
nueva etapa donde busca constantemente hacer “una crítica democrática a
la democracia”. Para ello, no solo se conjugaran un análisis macro y micro
de la realidad social, sino que se deberán redefinir categorías, como la idea
de “poliarquía” o la de “consolidación democrática”, adoptando una visión
que busca alejarse de nociones teleologicistas (propias de la literatura cen-
tral sobre democratización, en general de la parte norte del globo) con el
objetivo de realizar un análisis más realista de nuestras sociedades.
En este apartado hemos hecho un recorrido de la obra de O’Donnell bus-
cando resaltar distintos hitos que nos permiten reconocerlo como un demó-
crata. Para nosotros, ello significará entender que O’Donnell siempre ha
querido como régimen político la democracia política o “poliarquía”, en
base a un posicionamiento republicano. Profundizando nuestro trabajo, es-
tos conceptos y la identidad política de nuestro autor serán abordados en
los siguientes apartados.
II. O’Donnell: marco teórico en el análisis de la democracia.
a. Democracia política o poliarquía: criterio de demarcación.
En 1993 O’Donnell escribía: “En las dos últimas décadas, el derrumbe de
varios tipos de sistema autoritario ha provocado el surgimiento de un nú-
mero considerable de democracias. Estas son verdaderas democracias, de-
mocracias políticas o, más precisamente, poliarquías, según la concepción
clásica de Robert Dahl” (Ibíd.: 259). En este sentido, para comprender la
noción de democracia política de la que nos habla nuestro autor, es necesa-
rio recordar el concepto de poliarquía de Dahl.
Para Robert Dahl, la poliarquía es “un régimen político que se distingue,
en el plano más general, por dos amplias características: la ciudadanía es
extendida a una proporción comparativamente alta de adultos, y entre los
derechos de la ciudadanía se incluye el de oponerse a los altos funcionarios
del gobierno y hacerlos abandonar sus cargos mediante el voto” (Dahl,
2000: 266). Concretamente, los atributos que caracterizan a la poliarquía
son: 1- Autoridades públicas electas; 2- Elecciones libres y limpias; 3- Su-
fragio universal; 4- Derecho a competir por los cargos públicos; 5- Libertad
de expresión; 6- Información alternativa; 7- Libertad de asociación
(O’Donnell, 1997).
Sumados a estos criterios (que refieren, del 1 al 4 a elecciones incluyentes,
limpias y competitivas, y del 5 al 7 a libertades políticas y sociales que se
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extienden más allá del momento de los comicios, e inciden directamente en
ellos), O’Donnell agrega ciertos atributos, en base a la experiencia Argenti-
na y Latinoamericana en general, ampliando (o más bien, delimitando aún
más) la noción de poliarquía. Estos atributos extra son: 8- Terminación de
mandatos según plazos legalmente establecidos; 9- No restricción de la de-
cisión para las autoridades electas por parte de actores no electos (en espe-
cial FF.AA.); 10- Existencia de “un territorio indisputado que defina clara-
mente el demos votante”; y 11- “Expectativa generalizada de que el
proceso electoral y las libertades contextuales se mantendrán en un futuro
indefinido” (Ibíd.: 308).
Así, en consonancia con Dahl, quien afirma que “todas las instituciones de
la poliarquía son necesarias para la instauración más plena posible del pro-
ceso democrático en el gobierno de un país” (2000: 267), O’Donnell en-
tiende que el concepto de poliarquía, con los siete atributos que le asigna
Dahl, más los cuatro extra que él considera necesarios, es una línea diviso-
ria de lo que podemos llamar o no democracias políticas. Pero, una vez he-
cha posible esta distinción inicial, enmarcado en la tarea de hacer una “cri-
tica democrática a las democracias”, nuestro autor no puede dejar de
reflexionar, ya no sobre la distancia entre autoritarismo y democracia a
grandes rasgos, sino sobre lo que significa una “democracia de calidad”.
Para esto O’Donnell aborda críticamente la discusión alrededor de la carac-
terización de aquellas democracias políticas que “la mayor parte de la lite-
ratura [denomina] “incompletas” [en tanto] les falta consolidarse o institu-
cionalizarse plenamente” (1997: 305).
Tal como hemos mencionado anteriormente, entendemos que O’donnell es
un demócrata, en tanto defiende la democracia política como forma de go-
bierno. Su concepción de democracia política es una versión más minuciosa
que la de Dahl, que busca reconocer ciertos factores a partir del análisis de
distintos tipos de democracias, es decir, partiendo de un sustrato fáctico,
pero sin que ello no signifique un recorte conceptual en base a un posiciona-
miento político. Para O’donnell la idea de poliarquía será un criterio de de-
marcación mínimo para distinguir entre democracias y no democracias, pero
profundizará sobre lo que es una “democracia de calidad”, lo cual evidente-
mente nos pone en un marco normativo que, tal como veremos en el siguien-
te subapartado, sacará a la luz la posición republicana de nuestro autor.
b. Democracia de “calidad”: una concepción ideológica.
Efectivamente, las democracias que surgen en el periodo citado al principio
de este apartado por el autor (entre ellas la argentina), cumplen la calidad
de poliarquías. Aunque, distinguiéndose de las democracias representativas
91
o institucionalizadas, estas democracias “[s]on poliarquías, pero de una cla-
se diferente” (Ibíd.: 260). Partiendo de esta afirmación, es necesario marcar
la distancia entre las posiciones de la literatura contemporánea y nuestro
autor en relación a la “consolidación de la democracia” y los aportes de
este.
En 1995 nos decía O’Donnell : “La actual literatura sobre democratización
coincide en que muchas de las nuevas poliarquías no están —o están po-
bremente— institucionalizadas” (Ibíd.: 311). Así, nuestro autor destaca
que, detrás de la manera de razonar de la literatura generalizada sobre el
tema, hay un fuerte olor teleológico, considerando “[a] los casos que no
«llegaron» a institucionalizarse plenamente, o que no parecen moverse en
esa dirección, [como] [...] estancados
2
, congelados, empantanados, etcéte-
ra.” (Ibíd.: 313). Oponiéndose a la idea de pensar la democratización como
un proceso unívoco, que consista en consolidar o completar ciertas pautas
de institucionalización, O’Donnell insiste en una definición minimalista al
decir que “mientras la elecciones estén institucionalizadas, las poliarquías
probablemente subsistirán” (Ibíd.: 316).
Distanciándose definitivamente de visiones teleologicistas, la tarea que em-
prende nuestro autor es la de una “descripción positiva” de los casos perti-
nentes, la cual busca ser un abordaje teórico-analítico realista que solo pue-
de ser cabalmente comprendida en miras al deseo de hacer una crítica más
certera de nuestras democracias, aunque siempre desde un posicionamiento
ideológico explicito o implícito (en este caso, como destacaremos más ade-
lante, desde el republicanismo).
De nuestra parte, coincidimos completamente con nuestro autor al remarcar
ese teleologismo en la literatura tradicional sobre democratización, al mis-
mo tiempo que entendemos que alejarnos de estas posiciones es lo más
adecuado en miras a hacer una crítica que aporte a una democratización de
la democracia. La anterior solo puede ser una tarea asumida desde una po-
sición explícitamente fundada en bases políticas antes que una que preten-
da ser inofensiva (lo cual, insistiendo en lo que dice Argumedo, considera-
mos imposible).
2
O’DONNELL no evade una crítica a sí mismo, denotando que la idea de una “pri-
mera” y “segunda” transición —expuesta en su texto Transiciones, continuidades y
algunas paradojas (1997: 219)— se condice con un espíritu teleológico. Se puede
ver un cambio hacia una posición menos normativa en el análisis, en búsqueda de
una comprensión más “analítica” de las democracias empíricas, para así poder abor-
dar de un mejor modo una acción estratégica en su profundización democrática (esto
último, evidentemente normativo, en tanto se expresa como una posición política del
autor).
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De este modo, afirmamos que solo ubicándolo en ese horizonte es que po-
dremos entender el objetivo de O’Donnell, el cual emparentamos (sin pre-
tender una conexión directa) con la siguiente idea: “El intelectual no puede
seguir desempeñando el papel de dar consejos. [...]. Lo que el intelectual
puede hacer es dar instrumentos de análisis [...] tener del presente una per-
cepción espesa, amplia, que permita percibir dónde están las líneas de fra-
gilidad, dónde los puntos fuertes a los que se han aferrado los poderes [...]
Dicho de otro modo, hacer un croquis topográfico y geológico de la bata-
lla... Ahí está el papel del intelectual. Y ciertamente no es decir: esto es lo
que debéis hacer”. (Foucault, 1992:111).
A continuación profundizaremos en algunos rasgos que O’Donnell rescata
de las nuevas poliarquías. Es aquí cuando debemos destacar nuevamente la
idea que atraviesa este ensayo, ya que los aspectos en los que ahonda
O’Donnell deben ser entendidos dentro de una visión política democrática,
que nosotros destacaremos como republicana. Pensar que la descripción
buscada por O’Donnell analiza la realidad queriendo comprenderla en to-
das sus dimensiones, en la pretensión de un análisis no-ideológico y total,
es no advertir que sus análisis dan primacía a ciertos aspectos que el autor
considera relevantes desde su posicionamiento político, y al mismo tiempo
sería ubicarlo en una visión teleologicista o escencialista de la realidad y/o
de la democracia.
En el siguiente apartado destacaremos ciertos aspectos, que hacen a la “ca-
lidad de la democracia” más allá del criterio de demarcación mínimo, que
es que estas sean poliarquías, sobre los cuales el autor hace hincapié, los
cuales relacionaremos, tal como hemos dicho, con nociones centrales del
republicanismo marcando, al mismo tiempo, su distancia del liberalismo.
De este modo, buscaremos resaltar en el análisis del autor una posición re-
publicana, que se deja entrever en los aspectos que este resalta como facto-
res críticos a la hora de “democratizar la democracia”.
III. O’Donnell: Republicano.
a. Gobierno: lo público desde la virtud cívica.
El primer rasgo de las nuevas democracias que rescataremos en la obra de
O’Donnell, surge de un problema muy común en la ciencia política tradi-
cional: “concentrar la atención en las instituciones formales y organizacio-
nalmente materializadas de la poliarquía [lo que] nos impide ver [(en este
caso)] otra institución, informal y en ocasiones encubierta [...]: el clientelis-
mo” (1997: 318). Si bien el mismo O’Donnell admite que en su trabajo no
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se ocupa con la suficiente profundidad del tema, para él es importante se-
ñalar cómo el clientelismo afecta a la democracia política, entendido éste
como los “diversos tipos de relaciones no universalistas, desde transaccio-
nes particularistas jerárquicas, patronazgo, nepotismo, favores y jeitos, has-
ta acciones que, según las reglas formales del complejo institucional de la
poliarquía, serían consideradas corruptas” (Idem).
Para O’Donnell, el clientelismo afecta directamente a la democracia políti-
ca, en tanto distorsiona una de sus dimensiones principales: “la distinción,
en términos legales, normativos y de comportamiento, entre una esfera pú-
blica y una privada” (Ibíd.: 19). Para nuestro autor, la participación como
funcionario electo en una poliarquía supone que los individuos asumirán
concepciones universales orientadas al bien público, lo cual se contradice
con las prácticas clientelares que en definitiva significan una primacía del
interés privado en detrimento de la función pública.
Pero, ¿por qué marcar la intención de criticar el clientelismo abordada por
O’Donnell como parte de la tradición republicana distanciándolo de una
posición liberal? Es nuestro mismo autor quien nos da la razón para enten-
derlo de este modo: el republicanismo es “una visión que concuerda con el
liberalismo en el trazado de una clara distinción entre lo público y lo priva-
do, pero que incorpora una concepción que enaltece la actuación en la esfe-
ra pública e impone severas obligaciones a quienes en ella se desempeñan”
(Ibíd.: 328).
Así, podemos decir que la existencia de clientelismo no significa que deje-
mos de encontrarnos en una democracia política, sino que muestra que ele-
mentos que están por fuera de la definición de poliarquía y que actúan den-
tro de los regímenes democráticos, van directamente en detrimento del
“buen funcionamiento” de estos últimos. Ubicándonos más allá de la di-
mensión legal de distinción entre lo público y privado, la cual es relevante
para el liberalismo, el republicanismo agrega un componente moral que
acentúa la necesidad de combatir un “mal gobierno”, aún cuando este se
encuentre dentro del margen de la legalidad.
Asoma aquí con claridad una posición republicana en la obra de nuestro
autor, que lo distancia de planteos liberales al dar por descontado que los
funcionarios públicos no gobiernan en base a una concepción egoísta o pri-
vada, sino que parten de un sentido del bien común: “Lo republicano se
basa en una cuidadosa distinción entre lo público y lo privado o personal.
De ella surge la idea del gobernante como servidor de la ciudadanía” (Ibíd.:
240). Esta posición coincide totalmente con la tradición republicana, en la
cual, “[u]na república que se autogobierna [...] solo puede perdurar (...) si
sus ciudadanos cultivan esa cualidad decisiva [que es la virtud pública]
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[...]: las capacidades que nos permiten por voluntad propia servir al bien
común, y de este modo defender la libertad de nuestra comunidad para, en
consecuencia, asegurar el camino hacia la grandeza, así como nuestra pro-
pia libertad individual” (Skinner en Ovejero y otros, 2004: 24)
Así, si bien podríamos decir que tanto liberales como republicanos se en-
frentarían a esta violación de la distinción público/privado que implica el
clientelismo, remarcamos que nuestro autor debe ser inscripto en la línea
republicana. Afirmamos esto, por un lado, por el enaltecimiento de la fun-
ción pública que él mismo explicita y, por otro lado, haciendo una crítica al
liberalismo, porque entendemos que la división entre lo público y lo priva-
do adquiere un tenor distinto en la tradición liberal: en ella, el Estado “sería
debidamente neutral en la medida en que no interfiera en la elecciones vita-
les de sus miembros, ya sea para alentar algunas decisiones o para desalen-
tar otras” (Ibíd.: 23).
En tal sentido, el bueno gobierno para un republicano tiene más que ver
con las virtudes cívicas propias de lo público, mientras que para un liberal
el buen gobierno tiene que ver con la no intromisión en los asuntos priva-
dos, también propias de lo público, pero entendido desde su propia visión.
De este modo, se logra ver un posicionamiento político claro en la obra de
nuestro autor, quien se aleja de posiciones positivistas en lo que refiere a la
distinción entre lo público y lo privado, entendiendo que esa “primacía de
lo público” que expresa la posición republicana también permite un “buen
funcionamiento” de la democracia. “Para los republicanos, [...] [el énfasis
en el lenguaje y la práctica de las virtudes cívicas] es esencial para el man-
tenimiento de la estructura que hace posible tanto la libertad individual
como, fundamentalmente, la libertad colectiva” (Ibíd.: 27)
b. Estado: frenos y equilibrios.
Otra característica que analiza nuestro autor en estas nuevas poliarquías es
la carencia o debilidad del “accountability horizontal”. Con este concepto,
O’Donnell se refiere a “controles que algunas agencias estatales se supone
que ejercen sobre otras agencias estatales” (Ibíd.: 324). Vale aclarar que
esto no significa que deje de existir una institucionalización del accounta-
bility electoral o vertical, relacionados con los puntos 1 a 4 de la definición
de poliarquía de Dahl, lo cual da cuenta del carácter de democracias políti-
cas de estos regímenes.
Según el análisis de nuestro autor, la falta de accountability horizontal es
una característica que distingue a estas nuevas democracias, en tanto “las
poliarquías formalmente institucionalizadas cuentan con varias agencias in-
95
MAURICIO FERNANDEZ GIOINO
vestidas de autoridad legalmente definida para supervisar y eventualmente
sancionar (o disponer que otras agencias sancionen) acciones ilegales em-
prendidas por otros agentes estatales” (Idem). Así, desde la perspectiva de
nuestro autor, los limites y reglas a seguir fijados por las instituciones for-
males no son controlados por otras agencias estatales (controles entre po-
deres, controles en regímenes federales, o de otro tipo), con lo cual las san-
ciones frente a violaciones de normas actúan de manera laxa y arbitraria, lo
que sumado a la existencia de clientelismo, exacerba la falta de distinción
entre lo público y lo privado en detrimento de la calidad democrática.
Nuevamente, el republicanismo se manifiesta en el análisis de nuestro au-
tor, quien al destacar la falta de accountability horizontal nos remite direc-
tamente a la idea de frenos y equilibrios. El mismo Montesquieu, exponen-
te central en la tradición republicana, “argumentaba que [...] la libertad sólo
puede basarse en la esmerada creación de una división y un equilibrio ins-
titucional de los poderes dentro del estado” (Held, 2002: 107). Así, estable-
ciendo firmemente la idea de que un orden legal de tres órganos distintos,
con poderes separados, “sería crucial, por un lado, en los intentos de res-
tringir la autoridad muy centralizada, y por otro, para asegurar que el ‘go-
bierno virtuoso’ depend[a] menos de individuos heroicos o de la disciplina
cívica y más de un sistema de frenos y equilibrios” (Held, 2002: 107).
Otra vez se marca aquí una distancia entre la tradición republicana y la li-
beral. Para esta última, “la ley busca asegurar nuestra libertad poniendo es-
trictos límites a la capacidad coercitiva del Estado” (Ovejero y otros, 2004:
34), mientras que para la tradición republicana, la ley no solo es un límite
para la protección de las libertades. Partiendo del interrogante de “¿Cómo
se puede persuadir a los ciudadanos de naturaleza egoísta a actuar de ma-
nera virtuosa [?] [...] [L]os autores republicanos depositan toda su fe en los
poderes coercitivos de la ley” (Skinner en Ovejero y otros, 2004: 33), con
lo cual, la legislación (y en este caso, la división de poderes) no solo busca
ser un “limite que le dé seguridad al individuo”, sino que se convierte en
un mecanismo de control para la concreción de un gobierno que apunte al
bien común, más allá de la existencia o no de virtudes cívicas.
c. Democracia: participación, debate y consenso.
Para finalizar este apartado, otro concepto que retomaremos brevemente
para destacar el posicionamiento político de nuestro autor dentro de una lí-
nea republicana, es la noción de democracia delegativa. Ésta no puede de-
jar de ser entendida en relación a las ideas antes mencionadas: “Esta com-
binación de elecciones institucionalizadas, particularismo como institución
política dominante y una gran brecha entre las reglas formales y el funcio-
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namiento de la mayoría de las instituciones políticas tiene fuerte afinidad
con concepciones y prácticas delegativas, no representativas, de la autori-
dad política” (O’Donnell, 1997: 325).
Para O’Donnell, las democracias delegativas “se basan en la premisa de
que la persona que gana la elección presidencial está autorizada a gober-
nar como él o ella crea conveniente” (Ibíd.: 293), restringido solamente
por poderes fácticos y respetando los mínimos márgenes legales, transfor-
mándose al mismo tiempo en la figura del guardián y protector de la na-
ción y sus intereses. Lo que en esta democracia podemos identificar es,
nuevamente, una débil presencia del accountability horizontal, lo que per-
mite la acumulación de poder en una figura sobre la cual se delega toda la
autoridad.
Así, tal como en el caso de la existencia de clientelismo o como en el de
la falta de accountability horizontal, una democracia delegativa no se ubi-
ca por fuera de la noción de poliarquía. Muy por el contrario, en tanto la
democracia delegativa surge a partir del mandato de la mayoría, “[e]n
realidad es más democrática, pero menos liberal, que la democracia repre-
sentativa” (Ibíd.: 294). Aquí es necesario marcar nuestra disidencia con
O’Donnell, o por lo menos con el modo en que se expresa: evidentemen-
te la democracia delegativa no deja de ser una democracia política, o po-
liarquía, pero para nosotros, antes que “menos liberal”, es “menos repu-
blicana”.
Si bien el liberalismo es tradicionalmente entendido como una corriente
anti autoritaria en razón de su defensa de las libertades individuales, enten-
demos que una democracia delegativa no necesariamente será repudiada
desde una posición liberal, en tanto no afecte “la esfera de los derechos in-
dividuales”. Si bien el miedo a la “tiranía de la mayoría” ha sido una cons-
tante en el pensamiento liberal
3
, entendemos que una concepción de Esta-
do mínimo, propia de la tradición liberal, puede ser abordada en conjunto
con la existencia de una democracia delegativa, siempre y cuando ésta se
mantenga dentro los límites de la poliarquía, lo cual significará el respeto a
la democracia política y a las libertades liberales.
En consonancia con nuestro argumento, O’Donnell nos dice que esta de-
mocracia evidencia un carácter fuertemente individualista, en un sentido
hobbesiano antes que lockeano, relacionado con la idea organicista de Es-
tado-nación y de pacto/delegación: “[l]uego de la elección se espera que
los votantes/delegadotes vuelvan a ser una audiencia pasiva pero compla-
3
Véase MACPHERSON (2003) y HELD (2002).
97
ciente de lo que hace el presidente” (Idem). Nuevamente vemos que la de-
mocracia delegativa puede ser ubicada en la tradición liberal, en tanto esta
respete los límites de la poliarquía, ya que en base a esta concepción “[l]os
ciudadanos agotan su actividad política en el acto de votar” (Ovejero y
otros, 2004: 28).
De este modo, entendemos que las democracias delegativas, solo pueden
ser entendidas como democracias en base a una concepción liberal de la
política (la actividad política se reduce al voto), al mismo tiempo que pue-
den coexistir con las bases del pensamiento liberal, en tanto respeten las li-
bertades individuales. Por el contrario, el republicanismo, en tanto “con-
cepción antitiránica” (Ovejero y otros, 2004), se opone de lleno a la
concentración de poder en toda dimensión (política, económica o social),
tanto desde su concepción del ciudadano (lejos de la corrupción y con un
sentido del bien público) como en su concepción de lo público (como un
armado institucional de división clara de poderes que funcionan como fre-
nos y equilibrios).
Al mismo tiempo, consideramos que desde una posición republicana, la
democracia delegativa difícilmente pueda ser considerada tan democrática
como desde una posición liberal. Por un lado, considerando las nociones
de ciudadanía de cada tradición, si bien en el republicanismo las eleccio-
nes son consideradas un momento central en el juego democrático, éstas
no son el único espacio de expresión política. Para el republicanismo, la
participación política activa se expresa no solo en lo que refiere a lo Esta-
tal-político, sino también a esferas de lo económico, social, cultural y
otras, las cuales deben ser entendidas desde una visión política
4
. Esto
marcaría una clara tensión entre la posición republicana y una “democra-
cia” delegativa.
Por otra parte, remarcando que “[l]a representación y la accountability con-
forman la dimensión republicana de la democracia” (O’Donnell, 1997:
296), debemos remarcar que un demócrata-republicano se enfrentará a una
democracia delegativa, no solo desde lo institucional que implica la divi-
sión de poderes, sino también, y por sobre todo, desde su entendimiento de
MAURICIO FERNANDEZ GIOINO
4
Con respecto a la división de lo público y privado esbozada antes, esto se debe en-
tender como una radicalización del republicanismo en el mismo eje planteado con an-
terioridad. Mientras el liberalismo reconoce a lo público en la no intromisión en la es-
fera privada, el republicanismo pone el acento de lo público en la exaltación de las
virtudes cívicas. En tal sentido, continuando sobre el mismo eje, las virtudes cívicas se
extenderían sobre la esfera privada, algo que se enfrenta a la posibilidad de democra-
cia delegativa.
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STUDIA POLITICÆ
lo que es la representación en la democracia. Con esto queremos decir que
la democracia no será entendida tan solo como el gobierno de la mayoría,
tal como lo podría pensar un liberal y algo que para Rousseau (exponente
fundamental del republicanismo) podría significar “la mera agregación de
las fantasías personales y los deseos individuales” (Held, 2004: 78). Por el
contrario, insistiendo en la posición rousseauneana, la representación en la
democracia para un republicano será vista desde una visión consensualista,
donde el gobierno no será el de la voluntad de la mayoría, sino el de la
“voluntad general”, entendida como “la suma de los juicios de bien co-
mún” (Idem).
De este modo podemos hacer una definitiva escisión entre las posiciones
democrático-liberales y las democrático-republicanas en relación a su acep-
tación de la democracia delegativa: en base a su concepción acotada de la
política y entendimiento de la democracia como un proceso electivo de
agregación de intereses individuales (con un claro paralelo con la idea de
mercado), las posiciones liberales no se enfrentarán a la democracia dele-
gativa, en tanto esta respete los límites de la poliarquía.
Por el otro lado, un republicano se posicionaría claramente en contra de
una democracia delegativa, primero, por su concepción amplia de política,
como el espacio que asegura el autogobierno, antes que como espacio limi-
tado a asegurar libertades básicas. Y segundo, por su concepción de la de-
mocracia, no solo como el modo de elegir a quienes nos gobiernan, sino
también como el proceso de deliberación en la toma de decisiones y la par-
ticipación de todos los ciudadanos en ello, lo que se ve en el fomento de la
práctica del debate y la búsqueda del consenso como parte fundamental de
la democracia, antes que la compra-venta de propuestas y/o de personalida-
des que supone un acto eleccionario.
d. Republicanismo
En este apartado hemos resaltado tres ejes a partir de los cuales O’donnell
deja ver un posicionamiento republicano en relación a su concepción de
“calidad democrática”. Como hemos querido resaltar, más allá de la con-
cepción minimalista sustentada en la concepción de poliarquía para distin-
guir entre un régimen democrático y uno no democrático, la idea de demo-
cratizar la democracia, hacia una democracia de “más calidad”, hace notar
con claridad una posición normativa en nuestro autor en relación a lo si-
guiente: una concepción de lo público que destaca el buen gobierno en
base a las virtudes cívicas, una concepción institucional del Estado que re-
salta la importancia del accountabillity horizontal y una concepción de de-
99
mocracia que alineándose a la identidad antitiránica del republicanismo se
opone a la democracia delegativa.
En el siguiente apartado, resaltaremos algunas de las consecuencias que
conllevan las características expuestas en este apartado, marcando algu-
nos de los principales problemas que afectan a la calidad de la democra-
cia, distanciándonos de la posición liberal en tanto esta se muestra inca-
paz de dar respuesta a estas realidades. Así, estableceremos lo que
entendemos es una posición democrática (distinta de la republicana y de
la liberal), la cual nos permitirá hacer una crítica democrática a la demo-
cracia desde nuestro posicionamiento político. Finalmente retomaremos
los aportes de O’Donnell, profundizándolos en su dimensión democrática,
en una dirección distinta de lo que entendemos fue su postura frente al li-
beralismo.
IV. Microdespotismos y Nautonomía: los problemas de la democracia.
a. Desde el liberalismo
Para comenzar esta sección, queríamos traer a colación una cita de nuestro
autor que nos parece un análisis acertado de algunas de las consecuencias
que puede traer la existencia de las características mencionadas en el apar-
tado anterior para una democracia: “Particularismo generalizado, gobierno
delegativo, débil accountability horizontal y la consiguiente baja transpa-
rencia de los procesos de representación y elaboración de políticas tienen,
entre otras, dos consecuencias negativas que quiero señalar. Una es que la
falta generalizada de controles protege y realimenta viejas prácticas auto-
ritarias. La otra es que se introducen fuertes sesgos, en términos de in-
fluencia sobre la elaboración e implementación de políticas, a favor de los
intereses altamente organizados y económicamente poderosos, en países
que inauguraron sus políticas en condiciones de aguda desigualdad”
(O’Donnell, 1997: 327).
Entendemos que tanto la reaparición de prácticas autoritarias, que llamare-
mos microdespotismos
5
, como la situación de los fuertes sesgos en la ela-
MAURICIO FERNANDEZ GIOINO
5
Concepto extraído de O’DONNELL (1997). Microdespotismo es “la persistencia de pa-
trones con extremado autoritarismo en nuestros microcontextos, de la actitud mandona y
omnipotente que en muchos de ellos se conserva, de la fuerte intolerancia subsistente
respecto de la vestimenta, la sexualidad y los gustos de otros, y hasta de la negación del
derecho de preguntar, exigiendo una razonable fundamentación, al aplicar el sentido de
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STUDIA POLITICÆ
boración e implementación de políticas hacia sectores concentrados de po-
der, que llamaremos nautonomía
6
, son dos consecuencias de las caracterís-
ticas expuestas en el apartado anterior, las cuales son evidenciadas desde
una posición democrático-republicana. En este sentido, creemos que desde
una posición liberal, sustentada en una concepción distinta de la política y
la democracia, estas consecuencias no solo serán difícilmente advertidas
como algo propio de la realidad político-democrática, sino que, tal como
señalaremos a lo largo de este apartado, tampoco serán necesariamente en-
frentadas, Esto se debe, ciertamente, al hecho de que “[l]os pensadores li-
berales contemporáneos han unido en general los objetivos de libertad e
igualdad a doctrinas políticas, económicas y éticas individualistas” (Held,
2004: 335).
Aquí es útil resaltar las principales preocupaciones para la tradición liberal.
Estas son: “Los seres humanos como ‘individuos’; los individuos en com-
petencia unos con otros; la libertad de elección; la política como arena para
la defensa de los intereses individuales; la protección de ‘la vida, la libertad
y la propiedad’; el estado democrático como mecanismo institucional para
articular el marco en el que, en la sociedad civil, se llevan a cabo las inicia-
tivas privadas, y, en ‘el proceso de gobierno’, se desarrollan los intereses
públicos” (Ibíd.: 144). Así, si bien “[e]l liberalismo propuso la sugestiva vi-
sión de que los individuos eran “libres e iguales”, capaces de determinar y
justificar sus propias acciones, capaces de asumir obligaciones escogidas
por ellos mismos [...] [por otro lado, esta tradición no logró] explorar las
circunstancias reales en las que vivían los individuos —cómo se conecta-
ban íntegramente las personas unas con otras, a través de complejas redes
de relaciones e instituciones—” (Ibíd.: 337).
Debemos remarcar entonces que la visión de lo político del liberalismo,
acotada a la defensa de intereses particulares a través de mecanismos elec-
torales, no significará un enfrentamiento ni a los microdespotismos, que se-
rán entendidos como una dimensión distinta a la de la política, ni tampoco
las órdenes del ‘superior’.” (O’DONNELL, 1997: 139). Así, sintéticamente podríamos de-
cir que las situaciones de microdespotismo son aquellas donde las lógicas propias de un
régimen autoritario se expresan en contextos de relaciones diarias e interpersonales.
6
Concepto extraído de HELD (1997). Puede entenderse la nautonomía como la situa-
ción “donde las relaciones de poder generan asimetrías sistemáticas de perspectiva de
vida [...] que limitan y erosionan las posibilidades de participación política” (HELD,
1997: 210). Detrás de la idea de limitación de la participación política en el concepto de
nautonomía, no hay una noción acotada de política, sino un entendimiento amplio que
se expresa en las distintas esferas de poder de la sociedad - corporal, económica (bienes-
tar y economía), cultural, social, estatal (monopolio de la violencia y regulación legal).
101
frente a la nautonomía, que para el liberalismo no será más que el resultado
de las decisiones de los actores privados y un espacio en el cual el gobier-
no no podría intervenir. Se evidencia así que el liberalismo no necesaria-
mente se enfrentará a estas situaciones en tanto las democracias se manten-
gan dentro de los límites de la poliarquía; lo cual se relaciona con el hecho
de que “[e]l liberalismo ha estado y está preocupado por la creación y de-
fensa de un mundo en el que los individuos ‘libres e iguales’ puedan pros-
perar con el mínimo estorbo político” (Ibíd.: 335).
b. Desde el republicanismo
Dicho esto, no podemos dejar de traer a colación la reflexión de O’Donnell
en relación a lo que significa la existencia de las situaciones de microdes-
potismos y nautonomía en las nuevas democracias: en estas democracias
“las libertades democráticas, propiamente políticas
7
, son efectivas [...].
Pero para grandes segmentos de la población, las libertades liberales bási-
cas son negadas o violadas recurrentemente” (1997: 327). Evidentemente
esto es cierto: tanto la situación de nautonomía como la de microdespotis-
mos afecta a las libertades liberales. Pero nuestro planteo no es que el libe-
ralismo no puede reconocer estas situaciones desde sus concepciones de in-
dividuo o sociedad; sino que no habrá necesariamente un planteo en contra
de estas situaciones, en un plano político de acción, el cual consideran es-
cindido de otras esferas, donde se expresan los microdespotismos; o inclu-
sive no podrán identificar la nautonomía al entender las distintas esferas de
poder como espacios escindidos.
Así, por un lado, concordamos con O’Donnell al decir que “[l]as poliar-
quías informalmente institucionalizadas son democráticas [...] [p]ero sus
componentes liberal y republicano son muy débiles” (Ibíd.: 328). Pero, por
otra parte, no podemos dejar de remarcar que, aunque la realidad nautonó-
mica o de microdespotismos afecta a componentes liberales de una socie-
dad, el liberalismo, por su visión de la política, espacio de contraposición
de los intereses privados y la democracia, mecanismo de expresión de los
intereses agregados, no puede articular un planteo sostenido y coherente en
contra de estas situaciones. Para el liberalismo “los espacios de acción de
la política son autónomos respecto de los condicionantes económico-socia-
les; carecen de articulaciones más o menos mediatizadas con las relaciones
de poder económico y social y se considera que eventualmente puede exis-
MAURICIO FERNANDEZ GIOINO
7
Votación sin coerciones, libertad de opinión, de movimiento, de asociación, entre
otras.
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STUDIA POLITICÆ
tir, de manera azarosa, una mayor o menos coincidencia” (Argumedo,
2009: 220).
Distanciándonos de la visión individualista del liberalismo, O’Donnell nos
mostrará otra dirección que puede tomarse a la hora de enfrentar los efec-
tos de los microdespotismos y la nautonomía. Desde la mirada demócrata-
republicana, para nuestro autor, por un lado, la resolución de estas situacio-
nes tiene que ver directamente con “el tema de las condiciones sociales
necesarias para el ejercicio de la ciudadanía: ¿cómo puede habilitarse a los
débiles y pobres, aun cuando sigan siendo pobres, para que, de forma con-
gruente con la legalidad democrática, puedan acceder a una plena ciudada-
nía, liberal y democrática?” (O’Donnell, 1997: 273).
Vemos así que, una visión republicana no solo reconoce los problemas de
microdespotismos o nautonomía, sino que las ubica como algo que necesa-
riamente se debe resolver para ejercer adecuadamente la ciudadanía. Nues-
tro autor entiende que “[l]a verdadera cuestión radica en la calidad de la
democracia” (Ibíd.: 348), en tanto parte de una concepción de ciudadanía
que excede los meros derechos político-electorales del ciudadano: “la de-
mocracia, entendida estrictamente como un proceso electoral razonablemn-
te limpio y competitivo, tal vez podría sobrevivir. Pero su calidad sería de-
primente” (350).
De este modo, una posición republicana necesariamente se centrará en los
efectos perniciosos de la pobreza y la desigualdad para la sociedad, en tan-
to de ellos “podría derivarse un argumento general acerca de la obligación
y necesidad de comprometerse con el mejoramiento de la calidad de estas
democracias. Este argumento sólo puede volverse, a través de la política,
un argumento propiamente de bien público si es compartido por una amplia
coalición de fuerzas sociales y políticas” (Idem).
La distancia con el liberalismo está clara: los liberales “se encuentran funda-
mentalmente de acuerdo en la necesidad de evitar o proscribir todo énfasis
en el lenguaje y la práctica de las virtudes cívicas, porque entienden que és-
tas están vinculadas necesariamente a concepciones concretas del bien y, por
lo tanto, deben mantenerse alejadas del ámbito de actuación del Estado”
(Ovejero y otros, 2004: 27). En cambio, distante de la posición liberal asen-
tada en una noción de la libertad negativa o como “no intromisión”, la posi-
ción republicana “presuponía una conexión fundamental entre libertad y
participación. Al afirmar que las libertades del ciudadano dependían directa-
mente de la participación en los asuntos políticos, los republicanos gestaron
una novedosa concepción del ideal del ciudadano activo” (Held, 2004: 342).
Pero, tal como nos dice Held, “[e]l problema con este punto de vista, sin
embargo, es que no especifica suficientemente cómo puede asegurarse esa
103
política participativa ante las concentraciones de poder estatal, la flaqueza
de los ciudadanos (la ausencia de virtud o compostura cívicas, por ejem-
plo) y unas instituciones políticas débiles” (Idem). Esto se ve a lo largo de
toda la tradición republicana, que, en mayor o menor medida, han caído en
[un] perfeccionismo o moralismo en su idea de ciudadano. El mismo
O’Donnell, a la hora de pensar el modo de avanzar a una democracia que
supere los microdespotismos y la nautonomía, nos dice que “se precisará
un serio compromiso ético, habilidad política y lucidez intelectual. Los in-
dividuos altruistas tienen en sí mismos el principal recurso y motivación
para emprender estas acciones” (Ibíd.: 344).
Para O’Donnell una posición política que apunte a profundizar la democra-
cia, solo puede tener como principal aglutinante un motivo moral: “el trata-
miento decente que merece todo ser humano.[Por otro lado,] [u]n motivo
adicional es de interés público: el mejoramiento de la calidad de nuestras
democracias equivale a avanzar hacia el logro de esa decencia como un va-
lor colectivo de toda la sociedad” (Ibíd.: 350).
El problema que enfrentan las posiciones republicanas al partir de una vi-
sión perfeccionista se manifiesta a la hora de llevar sus propuestas a una
expresión política práctica. A pesar de la tremenda distancia entre la reali-
dad nautonómica y de microdespotismos de nuestras democracias, con res-
pecto a lo que el republicanismo cree que deben ser los cimientos de una
“verdadera democracia”, es decir ciudadanía activa e instituciones republi-
canas fuertes, los republicanos no han logrado esbozar planteos suficiente-
mente profundos para democratizar la democracia. Según entendemos, si
bien la posición republicana se muestra como un fuerte antagonista al libe-
ralismo en su visión de democracia y de política, los planteos de ésta son
insuficientemente sólidos para articular una acción política que democrati-
ce la democracia.
c. Desde el democraticismo
8
Lo que se evidencia, tanto en el liberalismo como en el republicanismo, es
poca atención a las condiciones reales de los sujetos: la falsa visión liberal
piensa en un individuo libre, con voluntad y conciencia, que actúa con au-
MAURICIO FERNANDEZ GIOINO
8
En este trabajo, hemos hablado de una posición demócrata, como la de O’Donnell,
como aquella que busca la democracia política. Así puede haber demócratas-liberales y
demócratas-republicanos. Distinguiremos a los demócratas de nuestro posicionamiento
político que llamaremos democrático, el cual no hace eje sobre la idea de poliarquía,
como la posición demócrata, sino sobre la de autonomía.
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STUDIA POLITICÆ
tonomía en las distintas esferas de lo social, las cuales están escindidas; y
la visión republicana pone el acento en cuestiones morales del individuo,
propugnando una postura perfeccionista de la ciudadanía. A diferencia de
estas posturas que no buscan o no logran comprender analíticamente la rea-
lidad que afecta y constituye a los sujetos, una posición democrática, por
un lado, debe dar especial énfasis al estudio analítico de la realidad social,
y, por otro, remarcar sus posicionamientos políticos al respecto acentuando
que una verdadera democracia solo puede ser construida a partir de una
concepción democrática de la persona.
Esta necesidad de un conocimiento analítico de lo social y una concepción
democrática de la persona tienen que ver con el eje del posicionamiento
democrático, que se da sobre la noción de autonomía. Así, para una posi-
ción democrática, “la política es proyecto de autonomía: actividad colecti-
va reflexionada y lúcida [...] [que concierne] a todo lo que, en la sociedad,
es participable y compartible” (Castoriadis, 1997:14). En esta posición se
ve una propuesta verdaderamente efectiva a los problemas de nautonomía y
microdespotismos, en tanto ella buscará “crear las instituciones que, inte-
riorizadas por los individuos, faciliten lo más posible el acceso a su autono-
mía individual y su posibilidad de participación efectiva en todo poder ex-
plícito existente en la sociedad” (Ibíd.: 16).
En lo que refiere a una concepción analítica de la realidad social es necesa-
rio alejarse de posiciones liberales o republicanas de la persona en términos
individualistas o moralistas. Por el contrario, debemos pensar a la persona y
a la realidad social de un modo político, “entendiendo a lo político en térmi-
nos abarcadores, como el espacio de vertebración entre factores económi-
cos, sociales, culturales, tecnológicos y militares alrededor del enfrenta-
miento entre proyectos históricos. Lo político refleja la condensación de las
distintas instancias del poder social; los intereses económicos-sectoriales,
los objetivos y valores fundamentales, las identidades sociales y culturales
que se manifiestan como voluntades colectivas” (Argumedo, 2009: 216).
En cierto modo O’Donnell aborda esta tarea al distanciar sus concepciones
de democracia de planteos teleológicos o escencialistas, o al extender su
concepción de poliarquía en base a la experiencia latinoamericana. Solo en
base a una mirada analítica que busque una comprensión estratégica de
nuestra realidad social podremos comprender los microdespotismos y la
nautonomía del modo adecuado, lo que al mismo tiempo nos permitirá en-
tender a la sociedad lejos de posiciones neutralistas o perfeccionistas, para
luego poder abordar una crítica democrática a la democracia.
Por otro lado, debemos afirmar los fundamentos de nuestra postura demo-
crática en base a una concepción de la persona que, por un lado, parta de
105
la realidad social, y, por otro lado, reconozca explícitamente su ideal de
persona. Así, entendemos que para una postura democrática, “el funda-
mento de la ciudadanía es la premisa de la autonomía de todos los indivi-
duos y, consecuentemente, de su igualdad básica” (O’Donnell, 1997: 348).
Esto significará que debemos partir de la falta de autonomía de los suje-
tos, apuntando a profundizar esa autonomía como objetivo primordial de
la acción política. Así, podemos distinguir claramente las tradiciones libe-
ral, republicana y democrática en su visión de la política: una concibe a la
política como el medio para asegurar las libertades individuales; otra con-
cibe a la política como el medio que permite el autogobierno de los ciuda-
danos virtuosos, mientras que nosotros entenderemos que la política puede
tener como objetivo asegurar libertades o permitir el autogobierno, pero
primordialmente apuntará a profundizar la autonomía de las personas y de
este modo, democratizar la democracia.
Insistimos que con esto no nos redirigimos a una posición moralista, en
tanto partimos de las condiciones reales de las personas diferenciándolas
de nuestro ideal político: la autonomía de las personas. Afirmamos que “la
aplicación del principio de autonomía equivale a la concreción de las con-
diciones para la participación de los ciudadanos en las decisiones sobre
cuestiones que son importantes para ellos” (Held, 2004: 347), en tanto,
“nadie puede elegir libremente renunciar a la propia capacidad de elegir
libremente sin negar el mismo argumento o propósito que constituyó la
justificación de la elección original a favor de la autodeterminación”
(Ibíd.: 194).
“Si el objetivo es que las personas sean libres e iguales en la determina-
ción de las condiciones de su asociación, es preciso, en pocas palabras,
una estructura común de acción política que defina los derechos y las obli-
gaciones requeridos para habilitarlas como agentes autónomos. Por lo tan-
to, el principio de la autonomía, materializado en el derecho público de-
mocrático, debería ser considerado, no como un principio individualista de
autodeterminación, según el cual el «yo» es el individuo aislado que actúa
en función de sus propios intereses, sino, más bien, como un principio es-
tructural de autodeterminación, según el cual el «yo» es parte de la colec-
tividad o «la mayoría» habilitada y restringida por las reglas y los procedi-
mientos de la vida democrática” (Ibíd.: 193).
Así, afirmar que “el argumento moral y político valedero es que la demo-
cracia se funda en valores que exigen una actitud respetuosa hacia la digni-
dad y autonomía de cada ser humano” (O’Donnell, 1997: 347), antes que
ser una posición moral que habla de un deber ser, es una actitud netamente
política, que se funda en una decisión que tomamos a favor de una demo-
cratización de la democracia, lo cual solo puede hacerse en base a un acre-
MAURICIO FERNANDEZ GIOINO
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106
STUDIA POLITICÆ
centamiento de la autonomía de las personas. Al mismo tiempo, esto signi-
fica posicionarse en contra una realidad social que, ante la existencia de
microdespotismos y nautonomía, se contradice con nuestra postura demo-
crática, por lo que optamos luchar contra ella, entendiendo que el único
modo de democratizar la democracia es extenderla más allá de la esfera de
lo electoral o del autogobierno de los ciudadanos, hacia todos los espacios
en los que las personas ejercen su autonomía (eliminando los microdespo-
tismos y la nautonomía favor de una enconvivencia democrática).
De este modo, una posición democrática, por un lado, necesariamente debe
partir de la realidad entendida políticamente, y, por otro lado, buscar demo-
cratizar la democracia, fomentando la autonomía de las personas, no como
una posición moral, sino como fundamento político para la democracia. Es
así que, distinta a la posición liberal y republicana, aunque más cercana e
inclusive pudiendo pensarse en conjunto a esta última, la posición demo-
crática logra sentar las bases para abordar una crítica democrática a la de-
mocracia. La posición democrática se muestra así como una posición críti-
ca, que debe fundarse en herramientas analíticas sólidas para abordar desde
una posición decididamente política (antes que neutralista o perfeccionista)
la lucha que significa la democratización de la democracia.
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Fecha de recepción: 13/05/2013.
Fecha de aceptación: 23/12/2013.