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maestro Weber a la cabeza— impuso a las conceptualizaciones sobre el es-
pacio como resultante, condicionante, reproductor y lugar primigenio y
principal de conflicto en las relaciones sociales (Brenner, Jessop, Jones y
MacLeod, 2003).
En un primer momento el rol del espacio yacía subsumido al macro-con-
cepto de dominación racional-legal y, por consiguiente, al paradigma Esta-
do-territorial. Según éste el carácter espacial de la economía queda total-
mente circunscripta a “aquel Estado (entendido en sus órganos, poderes,
divisiones administrativo-jurídicas, etc.) que, como actor/sujeto político
particular, en el ejercicio de sus funciones jurídicamente delimitadas y ha-
ciendo uso de la racionalidad organizativa, modifica las escalas políticas de
su actividad administrativa” (Kiessling y Lobos, 2010).
Actualmente concurrimos al nacimiento del debate sobre el espacio como
momento social intervenido e interventor de la dinámica social. La apari-
ción de nuevas aproximaciones que dejan de lado visiones neutralistas y
naturalistas
1
de la producción del espacio lo demuestran. Ejemplo de ello
son los abordajes espaciales desde los enclaves culturales (Claval, 2001),
las formas identitarias (Martínez González, 2007); (Pepin Lehalleur, 2006),
las relaciones de cooperación e intercambio (Mazzalay, 2011), entre mu-
chos otros.
Alain Lipietz propone asumir a la espacialidad como una parte integrante e
indivisible de la realidad social. En ese sentido advierte que “every practi-
ce and social relation figures within a concrete totality that is always al-
ready given and that determines that relation as its condition of existence.
This totality, to the extent that it has materiality, carries a spatial dimen-
sion.” (Lipietz, 1994)
Desde este punto de vista se propone entender a la dimensión espacial de
la realidad social en una dialéctica de condicionante-condicionado de la
totalidad social, y, consecuentemente, como la capacidad de trasformar esa
totalidad, al tiempo que es su contexto de trasformación. En este último
sentido es que Lipietz diferencia entre lo que él entiende por región eco-
nómica, como un espacio-en-sí donde se articulan coherentemente modos
DAMIAN ANDRES LOBOS
1
Bob JESSOP (2004) critica la noción de los “territorios económicos naturales” con la
que se intenta explicar el resurgimiento de los antiguos bloques comerciales postsoviéti-
cos tras la finalización de la Guerra Fría, diciendo que los TEN “son espacios económi-
cos que han sido naturalizados discursivamente, así como construidos económica y po-
líticamente (...) Más que buscar un elusivo criterio económico objetivo para definir una
región, se debería tratar a las regiones como un fenómeno emergente socialmente cons-
truido”.