31
*
Becario Doctoral Conicet. Doctorando en Ciencias Sociales (Universidad de Buenos
Aires).
Hernán Fair
*
Resumen
La política argentina contiene una larga tradición sedimentada de gobier-
nos hegemonistas que tendieron a generar una representación global una-
nimista y, al mismo tiempo, a rechazar y excluir a una porción de la socie-
dad, acusada de representar intereses contrarios al Pueblo, la Nación y/o
la Patria. Siguiendo a Gerardo Aboy Carlés (2001), se entiende por hege-
monismo el intento de eliminar al adversario como actor social legítimo y,
de manera simultánea, el intento de incluir al adversario previamente ex-
cluido en el campo de afinidades interno. Las identidades hegemonistas
producen, así, un doble movimiento que consiste en excluir e incluir alter-
nativamente a la alteridad política. El presente trabajo tiene por objeto
analizar las características que asume la identidad menemista en relación a
este eje. Para ello, en una primera etapa, se analiza la tradición hegemo-
nista en la Argentina a partir de sus principales exponentes políticos
(yrigoyenismo y peronismo). En una segunda etapa, se indaga acerca del
proceso de desactivación del hegemonismo durante el gobierno de Alfon-
sín, para luego hacer hincapié en las particularidades que asume el discur-
so de Menem. ¿En qué medida puede hablarse, durante la década de los
’90, de una desactivación de la lógica hegemonista? Retomando algunas
contribuciones de la teoría política contemporánea, se sostiene que lejos
de su desaparición, la identidad discursiva del menemismo se caracteriza
por un nuevo hegemonismo que es definido como hegemonismo atempe-
rado, para diferenciarlo cualitativamente de sus antecesores.
El hegemonismo atemperado del
menemismo
Código de referato: SP.148.XXV/13.
STUDIA POLITICÆ Número 25 ~ primavera/verano 2011-2012
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales,
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
25
-
primavera-verano 2011/2012
32
STUDIA POLITICÆ
Palabras clave: Tradición hegemonista, Identidades políticas, Discurso
político, Menemismo, Argentina.
Abstract
Argentina’s policy contains a long tradition of hegemonistic governments
that tended to generate a global unanimist representation and at the same
time, to reject and exclude a portion of society, which was accused of re-
presenting interests opposed to the People, Nation and/or the Patria. Fo-
llowing Gerardo Aboy Carles (2001), it is understood by hegemonism
the attempt to eliminate the enemy as social legitimate actor and, simul-
taneously, an attempt to include the adversary previously excluded in the
field of internal affinities. The hegemonists identities produce, as well, a
double movement which consists in excluding and including alternatively
political otherness. The present work aims to analyze the characteristics
that menemist identity assumes in relation to this axis. To do this, in a
first stage, it analyzes the hegemonist tradition in Argentina from its
main political exponents (yrigoyenism and peronism). In a second stage,
it iquires about the process of deactivation of the hegemony during
Alfonsín’s government, and then it the particularities that assumes the
Menem’s speech. How can we speak, during the decade of the 90s, about
a deactivation of the hegemonist logic? Including some contributions
from contemporary political theory, it argues that far from his disappea-
rance, the discursive identity of the menemism is characterized by a new
hegemonism that is defined as tempered hegemonism, to differentiate it
qualitatively from its predecessors.
Key Words: Hegemonist tradition, Political identities, Political discour-
se, Menemism, Argentina.
Introducción
L
A política argentina presenta una larga tradición sedimentada de go-
biernos hegemonistas que tendieron a generar una representación
global unanimista y, al mismo tiempo, a rechazar y excluir a una por-
ción de la sociedad, acusada de representar intereses contrarios al Pueblo,
la Nación y/o la Patria. Siguiendo a Gerardo Aboy Carlés (2001a, 2001b),
se entiende por hegemonismo el intento de eliminar al adversario como ac-
tor social legítimo y, de manera simultánea, el intento de incluir al adversa-
rio previamente excluido en el campo de afinidades interno. Las identidades
hegemonistas producen, así, un doble movimiento que consiste en excluir e
incluir alternativamente a la alteridad política. El presente trabajo tiene por
objeto analizar las características que asume la identidad menemista en rela-
ción a este eje. Para ello, en una primera etapa, se analiza la tradición hege-
monista en la Argentina, a partir de sus principales exponentes políticos
33
(yrigoyenismo y peronismo). En una segunda etapa, se indaga acerca del
proceso de desactivación del hegemonismo durante el gobierno de Alfonsín,
para luego hacer hincapié en las particularidades que asume el discurso de
Menem. ¿En qué medida puede hablarse, durante la década de los ’90, de
una desactivación de la lógica hegemonista? Retomando algunas contribu-
ciones de la teoría política contemporánea, se sostiene que lejos de su des-
aparición, la identidad discursiva del menemismo se caracteriza por un nue-
vo tipo de hegemonismo que es definido como hegemonismo atemperado,
para diferenciarlo cualitativamente de sus antecesores.
El debate teórico sobre el populismo y el hegemonismo
La mayoría de los trabajos que hacen hincapié en las características que
asume el discurso de los líderes denominados populistas, incluyendo tam-
bién en este campo a las prácticas, tal como las entiende la teoría post-
marxista de la hegemonía (Laclau y Mouffe, 1987), señalan que se trata de
una estrategia política basada en un liderazgo de tipo personalista, que ad-
quiere una relación directa y no institucionalizada con sus seguidores y que
habría cooptado o manipulado a las masas “desde arriba” mediante políticas
demagógicas, asistencialistas y nacionalistas, con el fin de legitimarse.
1
En
la actualidad suele decirse, de manera despectiva, que un líder es populista
cuando lleva a cabo políticas económicas intervencionistas que protegen al
mercado interno y abusan del gasto público o, más comúnmente, cuando
posee un discurso ambiguo que apela a las promesas demagógicas a favor
de los sectores populares, al tiempo que manipula a las masas, al beneficiar,
en la práctica concreta, a los sectores más acomodados.
2
En su controvertido libro, que lleva el sugestivo título de La Razón po-
pulista, Ernesto Laclau (2005a) se propone realizar una reivindicación
del concepto de populismo. A diferencia de la corriente dominante en el
campo de las Ciencias Sociales, Laclau sostiene que el populismo no
puede ser identificado con un contenido social o ideológico determinado,
sino que constituye un modo particular de constituir la unidad del grupo,
una lógica política
3
(Laclau, 2005a: 97 y ss.). En este sentido, en lugar
HERNÁN FAIR
1
Para un buen resumen que analiza estas perspectivas, véanse ABOY CARLÉS (2001a,
2002) y FERNÁNDEZ (2006). Con algunas diferencias, véase también BIGLIERI (2008).
2
Entre los máximos exponentes de esta visión negativa del fenómeno populista, se des-
tacan los trabajos de DORNBUSCH y EDWARDS (1990) y LLACH (1997).
3
Para una crítica detallada de la noción “clásica” de populismo, véase principalmente el
capítulo 1 de La Razón Populista (Laclau, 2005a). El tema, que se encuentra presente ya
25
-
primavera-verano 2011/2012
34
STUDIA POLITICÆ
de analizar las ideologías, se centra en las prácticas políticas (Laclau,
2005b: 26). Para ello, parte de la base de que el proceso de construc-
ción de las identidades políticas requiere comenzar el análisis desde la
categoría básica de “demanda social” (Laclau, 2005a, 2005b, 2008). Se-
gún sostiene Laclau, distintos sectores tienen diversas demandas sociales
aisladas
4
que intentan ser satisfechas. En caso de que no puedan satis-
facerse, se van acumulando una creciente cantidad de demandas insatis-
fechas, formando entre ellas una cierta solidaridad negativa, en el sentido
que todas compartirán el hecho de no verse satisfechas (Laclau, 2005a:
98, 2005b: 31). Cuando estas demandas equivalenciales forman una sub-
jetividad social más abarcadora, una “voluntad colectiva”, en el sentido
gramsciano (Gramsci, 1984), se constituyen en demandas populares,
permitiendo el surgimiento del Pueblo (Laclau, 2005a: 99, 2005b: 32,
2006b: 115-117). Este Pueblo que, como se puede apreciar, se constitu-
ye a partir de una construcción política (Laclau, 2005a: 151 y ss.;
2005b: 45, 2008), se ve obligado, por razones estructurales (principal-
mente, debido al incremento del tamaño y la población), a recurrir a al-
gún tipo de mecanismo de representación política que permita satisfacer
las múltiples demandas sociales mediante la incorporación de las mismas
dentro del sistema (Laclau, 2005b: 28-29). En ese contexto, Laclau se-
ñala que el rol del liderazgo político resulta crucial, ya que permite arti-
cular discursivamente esas demandas, constituyendo, así, en última ins-
tancia, la unidad simbólica del grupo
5
(Laclau, 2005a: 151; Pitkin, 1985,
155 y ss.).
en su texto inicial de 1977 (LACLAU, 1978), ha sido retomado también por el autor en
trabajos posteriores. Al respecto, puede verse LACLAU (2006a, 2006b, 2008). Nuevas
discusiones sobre este significante tan controvertido pueden hallarse también en FERNÁN-
DEZ (2006), BIGLIERI (2008) y PANIZZA (2009).
4
Laclau también se refiere a estas demandas aisladas como demandas democráticas, acla-
rando que ello no implica ningún juicio normativo (LACLAU, 2005a: 99 y 158-161). Más
allá de que el juicio normativo resulta implícito en toda descripción del objeto, creemos,
sin embargo, que resulta más conveniente, para no generar confusión, utilizar la primera
categoría.
5
Este tema ya había sido analizado por Freud en Psicología de las masas y análisis del
yo. Allí, sin embargo, este autor creía que la unificación de un grupo sólo podía darse en
torno a un liderazgo que generara una identificación personal verticalista, mediante víncu-
los libidinales (véase FREUD, 1973; al respecto, véase también LACLAU, 2005a: 75-85).
No obstante, como señala Laclau, la identificación completa en torno al líder es sólo un
caso excepcional. En efecto, si bien es cierto que el líder, mediante la construcción de una
“subjetividad política”, constituye o re-presenta, esto es, hace presente a los representa-
dos (LACLAU, 1996: 157-163, 2005a: 130), permitiendo, así, la unificación del grupo, ello
no implica que aquel sea el origen del lazo social (LACLAU, 2005a: 109). Por el contrario,
35
Para que se produzca un liderazgo populista, sin embargo, la identidad polí-
tica debe conformar una frontera que divida al campo social en dos partes
antagónicas. Esta frontera política (Aboy Carlés, 2001a) requiere, a su vez,
la construcción de un límite con un exterior “demonizado” que es constitu-
tivo de la propia identidad (Laclau, 2005b: 32). En segundo término, requie-
re la delimitación, mediante una apelación a “los de abajo” (Laclau, 2005a:
157, 2006a: 57), esto es, a los “desfavorecidos” (Laclau, 2005b: 41), de
una cadena de equivalencias del propio sistema que constantemente se bus-
ca ampliar
6
(Laclau, 2005a: 97-115). En otras palabras, para tener un pro-
ceso populista se requiere ampliar la lógica equivalencial mediante la consti-
tución de significantes tendencialmente vacíos (libertad, igualdad, justicia,
etc.) que hegemonicen el espacio social, a partir de la división dicotómica
del espacio social y la apelación discursiva a los sectores populares (La-
clau, 2005b: 34-35). De este modo, se puede observar que la lógica popu-
lista ya no puede asociarse a alguna ideología en particular. Por el contrario,
la indeterminación de las articulaciones sociales permite que puedan existir
populismos tanto de izquierda como de derecha
7
(Laclau, 2005a: 115,
2005b: 41, 2008).
No obstante, la lógica populista es inherente a la constitución de toda
identidad política. Por lo tanto, si seguimos esta definición, toda política
podría ser denominada populista (Aboy Carlés, 2001b: 385, 2002: 25,
2005a, 2010). El mismo Laclau repara en esta cuestión, cuando afirma
que “no existe ninguna intervención política que no sea hasta cierto pun-
to populista”
(Laclau, 2005a: 195, 2006: 57). Si bien acepta que puede
HERNÁN FAIR
en la mayoría de los casos, y creemos que el liderazgo menemista es un ejemplo, la inves-
tidura debe ser acompañada de una cadena de significantes que, articulados en torno a un
significante Amo, permiten la hegemonización del espacio social. De esta manera, los sig-
nificantes vacíos no giran necesariamente alrededor de un liderazgo, sino que pueden auto-
nomizarse y ser encarnados por diferentes conceptos. Ello no obsta, sin embargo, a des-
deñar el papel crucial que ocupa el líder en la configuración de toda unificación, en tanto
constituye la “fuerza” que “nombra” y articula, en última instancia, a las operaciones sig-
nificantes (LACLAU, 2005a: 130-131, 2008). Sobre el particular, véase también COPJEC
(2006).
6
BARROS (2006a, 2006b), en textos recientes, le ha criticado a Laclau que no especifi-
que a qué se refiere con “los de abajo”. En su lugar, entiende que sería mejor referirse, to-
mando algunos conceptos de RANCIERE (1996), a la “inclusión radicalizada” de los “in-
contados”.
7
El tema del populismo, como dijimos, no es nuevo en la teoría de Laclau. En realidad,
ya desde sus primeros trabajos el autor se refería a esta cuestión (véase LACLAU, 1978).
Sin embargo, en ese entonces situaba al populismo dentro de un determinado campo
ideológico, sin dar cuenta de la ambigüedad constitutiva del término. En Hegemonía y es-
trategia socialista, en cambio, comenzará ya a plantear la ambigüedad característica del
25
-
primavera-verano 2011/2012
36
STUDIA POLITICÆ
haber distintos niveles de populismo, según sean más o menos institucio-
nalizados,
8
la lógica populista de formar cadenas de equivalencias en tor-
no a significantes vacíos que hegemonizan (tendencialmente) el espacio
social a través de la división del campo social en dos partes es, según
afirma, inherente a toda construcción de un discurso político (Laclau,
2005a: 195). En textos posteriores, es aún más tajante: “¿no es acaso el
populismo sinónimo de política? La respuesta sólo puede ser afirmati-
va”
9
(Laclau, 2005b: 44).
En respuesta a este, parafraseando a Sartori, “estiramiento conceptual”,
10
que iguala a discursos tan disímiles como pueden ser el de los Soviets y el
de Thatcher dentro de la misma categoría,
11
Gerardo Aboy Carlés (2001a,
2001b, 2002, 2005a) ha introducido una importante diferenciación concep-
tual entre lo que representa la noción de hegemonía y lo que denomina “he-
gemonismo”. Mientras que la idea de hegemonía remite a la lógica de cons-
titución de cualquier identidad política, es decir, lo que en Laclau
corresponde a la lógica del populismo, la noción de “hegemonismo” con-
cierne a un tipo particular de construcción hegemónica que consiste en la
“irrealizable pretensión de clausura de todo espacio de diferencias en una
formación política” (Aboy Carlés, 2001b: 385, 2002: 26). Ello se debe a
dos características particulares que lo definen. En primer lugar, el adversa-
rio es eliminado como actor social legítimo. En segundo término, en el
campo interno de la frontera de exclusión su identidad se constituye me-
diante la eliminación de las diferencias que componen la misma (Aboy Car-
lés, 2001a, 2001b). Desde el enfoque laclausiano, esta completitud, pese a
ser necesaria para formar la propia identidad, es imposible constitutivamen-
te, en razón de que no existen identidades plenamente formadas. Sin em-
bargo, la pretensión de este imposible deviene posible, ya que el hegemonis-
mo, o identidad populista, como también lo denomina, siempre intenta
concepto (véase LACLAU y MOUFFE, 1987: 214). Para un análisis de estas transformacio-
nes teóricas, véase ABOY CARLÉS (2001a).
8
En palabras de LACLAU (2006a), el populismo “es una cuestión de grado, de la pro-
porción en que las lógicas equivalenciales prevalecen sobre las diferenciales. Pero la pre-
valencia de una u otra nunca puede ser total” (op. cit., p. 58).
9
BIGLIERI (2008), por su parte, considera que no puede hablarse de “niveles de po-
pulismo”, en tanto se alcanzaría un “telos de la intensidad” que sería ajeno al enfoque
de Laclau.
10
Resulta interesante señalar, en este sentido, que ya en 1977, mucho antes del libro de
Laclau del 2005, Norbert Lechner sostenía sobre el populismo que “se ha hecho un uso
tan extensivo del término, que su validez levanta dudas” (LECHNER, 1977: 57, cita 13).
11
Para un detalle de algunos ejemplos históricos de populismo, véase particularmente
el capítulo 7 de La Razón populista.
37
incluir al adversario previamente excluido en el campo de afinidades interno
(Aboy Carlés, 2001b: 386; 2002: 26). En este sentido, la lógica del hegemo-
nismo se caracteriza por un doble movimiento que consiste en excluir e in-
cluir alternativamente a su alteridad política
12
(Aboy Carlés, 2001a: 160,
2001b: 386-387, 2002, 2005a, 2005b).
En pocas palabras, Aboy Carlés pretende trascender algunas cuestiones
concernientes a la noción laclausiana de populismo, que observa problemá-
tica, por cierta visión intensional en la que pueda diferenciarse gradualmente
entre distintos tipos de “populismos” o lógicas populistas. En dicho con-
texto, incorpora el concepto de hegemonismo para dar cuenta de una parti-
cular construcción identitaria que intensifica las características principales
de orden y ruptura que caracterizan a todo populismo.
13
A partir de enton-
ces, la cuestión ya no se conformaría en una lógica binaria populismo ver-
sus institucionalismo, tal como parece desprenderse de algunos pasajes de
los últimos trabajos de Laclau, sino que sería posible determinar graduacio-
nes o intensidades de populismos que permitirían diferenciar los casos par-
ticulares y evitar, de este modo, problematizaciones teóricas (Aboy Carlés,
2010).
Julián Melo (2006), retomando esta noción de intensidades planteada origi-
nariamente por Aboy en su trabajo Las dos fronteras de la democracia, se-
ñala, en su análisis acerca del peronismo, que toda identidad política pendu-
la entre un componente de orden, denominado por Laclau como lógica de
las equivalencias (Laclau y Mouffe, 1987), o, más recientemente, lógica
HERNÁN FAIR
12
En La Razón populista, Laclau se refiere, en la misma línea, a lo que considera son las
dos caras de todo populismo: una de ruptura o “subversión” del estado de cosas existente
y la otra de ordenamiento o “reconstrucción” de la dislocación (véase LACLAU, 2005a:
155-156 y 221). No obstante, el problema con esta categoría es que no delimita los dife-
rentes grados que puede tener un liderazgo populista. En sus últimos trabajos Aboy Car-
lés ha retomado esta cuestión para referirse a la importancia fundamental de incluir el
concepto de “intensidad” o “gradualidad” de la cadena equivalencial. En efecto, como se-
ñala, a mayor intensidad, menor diferencialidad o, en otras palabras, a mayor universali-
dad, menor particularidad. Así, el totalitarismo (imposible) sería el esquema máximo de
un juego indecidible que pude ser pensado desde diferentes graduaciones (véase ABOY
CARLÉS, 2005a, 2005b, 2010; también MELO, 2006). Un análisis diferente de este mismo
tema, que rechaza la posibilidad de incorporar un gradualismo, lo que llevaría a la teoría
de la hegemonía a un “telos de la intensidad”, ha sido desarrollado, desde un enfoque ba-
sado en la interpretación derridiana de Arditi, por MUÑOZ (2006) y BIGLIERI (2008), y,
desde una perspectiva centrada en la teoría de Ranciere, por los trabajos más recientes de
Sebastián Barros (2006a, 2006b), quien se refiere a la noción de “inclusión radicalizada”,
evitando incluir una lógica de gradualidades o intensidades de populismo.
13
El autor se basa, en ese marco, en la distinción inicialmente planteada por DE ÍPOLA
y PORTANTIERO (1989).
25
-
primavera-verano 2011/2012
38
STUDIA POLITICÆ
“institucionalista” (Laclau, 2005a), y otro de cambio o lógica de las diferen-
cias, también llamado por Laclau “populista”. En ese contexto, concluye
que la tensión indecidible entre ambos polos sólo puede solucionarse seña-
lando el privilegio discursivo de alguno de los dos componentes en análisis
de casos concretos (Melo, 2006).
En este trabajo creemos pertinente retomar esta noción de intensidades re-
lativas, para dar cuenta de las diferencias de intensión o gradualismo entre
la tradición histórica de hegemonismo que caracteriza al radicalismo yrigo-
yenista y, sobre todo, al movimientismo peronista, y el tipo de identidad
particular “neo-hegemonista” o de “hegemonismo atemperado” (Fair, 2007)
que caracteriza al menemismo.
14
La tradición hegemonista en Argentina
El ser de lo que somos es, ante todo, herencia,
lo queramos y lo sepamos o no.
Jacques Derrida, Espectros de Marx
Como lo ha analizado en detalle Gerardo Aboy Carlés (2001a, 2001b,
2002, 2005a), el radicalismo y el peronismo se inscriben históricamente
en una tradición signada por la presencia del hegemonismo. En efecto,
ya desde los orígenes de su conformación identitaria, ambos partidos se
constituyeron discursivamente como movimientos que pretendían repre-
sentar el alfa y omega de la Nación (De Riz, 1986: 673), al tiempo que
construyeron una frontera política delimitada a expensas del sistema polí-
tico previamente estructurado (Aboy Carlés, 2001a, 2001b: 386). Así,
mientras que el primero, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen (1916-
1922 y 1928-1930), intentó unir a todos los ciudadanos a su “Causa”,
que se confundía con la de la Nación y, simultáneamente, contraponerse
al “pasado” del “Régimen” conservador, al que veía como la negación de
la Constitución Nacional
15
(Aboy Carlés, 2001a: 83 y ss.), el segundo,
14
Retomamos, a continuación, algunas consideraciones analizadas en FAIR (2009a).
15
El régimen conservador (1880-1916) se caracterizaba por la presencia de un partido
de notables, conocido como el “Unicato”, que manejaba de manera fraudulenta y corrupta
el Gobierno (BOTANA, 1985). En el campo económico y social, dominaban los sectores
terratenientes, a partir de un tipo de inserción agroexportadora de materias primas que
concentraba las tierras en una pequeña elite dirigente, mientras los sectores populares
eran reprimidos y excluidos de los beneficios del régimen (FERRER, 2004).
39
durante el gobierno de Juan Perón (1946-1952 y 1973-1974), hizo coin-
cidir, reivindicando a la “Argentina invisible”,
16
al Pueblo, la Nación y el
Estado, marcando una frontera política que “demonizaba” al antiguo or-
den oligárquico (Aboy Carlés, 2001a: 114 y ss., 2001b: 386-389, 2002:
26-30). De este modo, ambos estigmatizaron las políticas coalicionistas,
acusadas por la UCR de contubernio o unión ilícita, y rechazadas tam-
bién por el peronismo, quien gobernó sólo en nombre de la mayoría
(Mustapic, 2002). La persistencia de esta práctica excluyente como ca-
racterística constitutiva de los dos partidos mayoritarios
17
evitó, así, du-
rante décadas, la presencia de algún mecanismo de cooperación a nivel
del sistema, dejando fuera del campo de solidaridades al exterior consti-
tutivo, descalificado por carecer de legitimidad política.
18
Sin embargo, al mismo tiempo que excluían la pertinencia del adversario,
los dos movimientos intentarán ampliar el campo de solidaridades interno,
incluyendo a los propios enemigos dentro de la frontera interna (Aboy Car-
lés, 2001a: 82-161). En palabras de Aboy:
“Tanto el yrigoyenismo como el peronismo recurrieron a una identifi-
cación con la nación como principio de escisión de la formación
política, dejando fuera de dicho marco de solidaridades al campo ad-
versario (el “Régimen”, “los oligarcas”). Pero, en un movimiento
contrario, ambas experiencias tendieron a un uso alternativo de esa
solidaridad nacional, negando pertinencia al adversario y acabando
por utilizar la solidaridad nacional como un principio de borramiento
de las diferencias internas de la formación política que incluía al pro-
HERNÁN FAIR
16
Según ABOY CARLÉS (2001a), el mito subyacente que estructuró al peronismo es el
mito de la “Argentina dual”, entre la Argentina “visible” y la Argentina “oculta”, entre el
país “legal” y el país “real”. Este mito, que tiene como antecedente la dicotomía sarmien-
tina, será reformulado a partir de 1955, con la contribución de los autores revisionistas.
17
Algunos autores, como Cavarozzi, incorporan también al régimen unipartidario con-
servador, clausurado en 1916, como una tercera experiencia que tendió al establecimiento
de políticas que “redujeron sistemáticamente los espacios de acción de la oposición y
utilizaron arbitraria y abusivamente los mecanismos constitucionales para mantener su
posición de predominio” (CAVAROZZI, 1989: 301). Sobre el particular, véase particular-
mente BOTANA (1985). GIUSSANI (1990), por su parte, sostiene que en el propio radica-
lismo se pueden encontrar antecedentes que preceden a Yrigoyen, y que se remontan a su
fundador, Leandro Alem.
18
Las características movimientistas del radicalismo y del peronismo, así como la au-
sencia de cooperación histórica entre ambos han sido analizados por una inmensa canti-
dad de autores. Entre otros, véanse MUSTAPIC (1984, 2002), DE RIZ (1986, 1989); DE
RIZ y SMULOVITZ (1991); CAVAROZZI (1989); GROSSI y GRITTI (1989); HALPERIN DONG-
HI (1994); ABAL MEDINA y SUÁREZ CAO (2002).
25
-
primavera-verano 2011/2012
40
STUDIA POLITICÆ
pio adversario despersonalizado en esa solidaridad” (Aboy Carlés,
2001a: 159 y 2001b: 383-389).
Según Aboy Carlés, este tipo particular de construcción identitaria “hege-
monista” implica la edificación de una “representación global de la socie-
dad” (Aboy Carlés, 2001a: 318; Giussani, 1990). En el caso del peronismo,
ejemplo que nos interesa a los fines de este análisis, desde sus orígenes se
presentó en una doble función ambigua que oscilaba, a través de su máxi-
ma figura representativa, entre el garante último del Orden y el líder refor-
mista y movilizador
19
(Aboy Carlés, 2001a: 131, 2001b: 388, 2002: 26-30,
2005a), esto es, entre el sujeto que resguardaba de la inminente revolución
social a los sectores empresarios y, al mismo tiempo, el que, para los sec-
tores populares, otorgaba justicia social, defendía la soberanía política y la
independencia económica y se unía a los sindicatos para defender a los tra-
bajadores y al “Pueblo”, frente al “Antipueblo” que representaban la “Oli-
garquía” y el “Imperialismo”
(De Ípola, 1983; Sigal y Verón, 2003).
Para entender esta cuestión debemos recordar previamente que, si el radi-
calismo había incorporado a las masas a través de la extensión del sufragio
libre, principal bandera histórica de este movimiento
20
, el peronismo incor-
19
Barros, por su parte, coincide en que Perón se constituyó como el garante del orden
social y, al mismo tiempo, como un líder reformista. No obstante, a diferencia de Aboy
Carlés, considera que, dado su origen popular, expresado en la movilización popular del
17 de octubre, y la estrecha relación que ello conllevó con los sindicatos y trabajadores,
el peronismo habría llevado a cabo una “política de fronteras marcadas” que hizo que pre-
valeciera como partido reformista y se ganara, a su vez, la oposición de la oligarquía libe-
ral, las clases medias, la Iglesia católica y las Fuerzas Armadas. Esta particular construc-
ción identitaria habría impedido, a partir de 1955, constituir una “hegemonía estable”, ya
que, para ello, hace falta una pluralidad de fuerzas antagónicas y la inestabilidad de las
fronteras identitarias que las separan (véase BARROS, 2002). Una perspectiva diferente es
la que sigue Laclau, para quien el peronismo comenzó confrontando y luego, durante la
segunda presidencia de Perón, se fue institucionalizando mediante la “comunidad organi-
zada” (LACLAU, 2005b: 43). En realidad, como lo muestran los propios discursos históri-
cos del líder (véase SIGAL y VERÓN, 2003), desde su conformación como movimiento el
peronismo apeló tanto a la dimensión de confrontación, como a la dimensión de orden,
aunque los polos predominantes variarán en cada etapa. Mientras que en la primera pre-
sidencia el polo predominante será el de la confrontación, con el regreso del exilio, en
1973, Perón intentará (sin éxito) terminar con la “política de fronteras marcadas” que ha-
bía caracterizado a sus primeras dos presidencias.
20
El radicalismo se estructuró desde sus inicios en oposición al fraude del régimen con-
servador liderado por Julio Roca y en defensa del sufragio libre y las libertades públicas.
Esta bandera, si bien sería abandonada momentáneamente con el apoyo al Golpe de Esta-
do de 1955, seguirá presente a lo largo de su historia, siendo retomada, luego, por el al-
fonsinismo (véase ABOY CARLÉS, 2001a: 82 y ss.)
41
poró las demandas sociales insatisfechas de los sectores populares
21
emer-
gentes de la industrialización y urbanización de los años ’30,
22
dentro del
sistema político (Aboy Carlés, 2001a: 159; Barros, 2002). Al mismo tiem-
po, sin embargo, constituyó su discurso a través de una apelación a la uni-
dad nacional y la reconciliación de todos los argentinos. Así, el peronismo
fue, de manera alternativa, un partido reformista que se alió al movimiento
obrero y le otorgó múltiples beneficios sociolaborales y un Partido del Or-
den, que evitaba la exacerbación de la “lucha de clases” (Aboy Carlés,
2001a, 2001b, 2002, 2005a, 2005b).
En nuestra opinión, esta ambigüedad constitutiva del hegemonismo peronis-
ta se inclinará en mayor medida, durante su primera etapa
23
(1945-1955),
hacia el polo de la confrontación (Sigal y Verón, 2003). Luego del interreg-
no inaugurado con el Golpe de Estado de 1955, se iniciará una etapa signa-
da por la imposibilidad de constituir una hegemonía estable que lograra des-
articular la fuertemente estructurada polarización peronismo-antiperonismo
y rearticulara una nueva hegemonía
24
(Barros, 2002: 28-30).
HERNÁN FAIR
21
Dado que incorpora las demandas sociales insatisfechas de “los de abajo”, Laclau
considera que todo populismo, y aquí debemos situar tanto al yrigoyenismo, que incor-
poró políticamente a las masas, dándoles mayor participación, como al peronismo, que
los incorporó socialmente, a partir de políticas redistributivas (aunque también lo hizo
políticamente, al otorgarle el voto a las mujeres), son profundamente democráticos, pese
a no ser liberales (LACLAU, 2005a: 207-212 y 239-240).
22
Aunque existen antecedentes en la década del ’20, las primeras políticas de industria-
lización del país nos remiten a los años ’30. De todos modos, durante esta etapa la indus-
trialización era más bien “defensiva” y parcial, lo que se contrapondría con el proceso de
industrialización por sustitución de importaciones (ISI), a partir de la llegada al poder del
peronismo. Sobre el particular, véanse NOCHTEFF (1995) y SIDICARO (2003a).
23
En realidad, como señala De Ípola, existió previamente una etapa, que abarca los años
1943-1945, en la que el líder no poseía aún una estrategia discursiva claramente definida.
En esta etapa, se producirá un intento fallido de cooptación de los sectores dominantes,
terminando el líder por orientarse en mayor medida, a partir de las circunstancias inicia-
das el 17 de octubre de 1945, hacia los sectores populares (DE ÍPOLA, 1983: 143-152).
Barros, agrega, además, que la movilización efectuada en esa fecha resultará clave para ex-
plicar la posterior polarización de la formación política, ya que unirá indefectiblemente a
los trabajadores con el Estado (véase BARROS, 2002: 31 y 38-49). En la misma línea, véa-
se también el trabajo de James (1990).
24
A diferencia de aquellos autores que creen que a partir de 1955 se produjo lo que en
su momento Portantiero (1973) denominó un “empate hegemónico” (véanse, por ejem-
plo, GARCÍA DELGADO, 1994; MARTUCCELLI y SVAMPA, 1997: 32), Lechner “empate so-
cial” (LECHNER, 1977: 56) y O’DONNELL (1977) como “crisis de hegemonía”, Barros
sostiene que, dado que el antagonismo con el exterior constitutivo del peronismo fue edi-
ficado “en términos de exclusión”, en lugar de ser una “simple diferencia”, no puede ha-
blarse de la existencia de una hegemonía. Ello sólo hubiese sido posible si los antagonis-
25
-
primavera-verano 2011/2012
42
STUDIA POLITICÆ
En una última etapa, que se inicia en 1973, con el retorno de Perón a la Ar-
gentina desde su largo exilio,
25
las divisiones en el seno del movimiento,
producto de la ambigüedad histórica entre su reformismo y su antirrefor-
mismo
26
lo obligarán, en cambio, frente a la creciente conflictividad entre
sus vertientes de izquierda (JP, Montoneros, etc.) y derecha (la “burocracia
sindical”, Triple A), que verán sucesivamente a Perón como un líder refor-
mista que venía a implantar la “Patria socialista”, o como un líder concilia-
dor que venía a garantizar el reestablecimiento del orden público perdido
27
(Laclau y Mouffe, 1987; Aboy Carlés, 2001a: 133), a enfatizar la dimensión
conciliadora (Sigal y Verón, 2003). Esta formación identitaria exacerbará la
lucha política,
28
pero lo más importante en relación a nuestro trabajo es
mos no hubiesen sido tan estrictamente constituidos, condición indispensable para esta-
blecer relaciones articulatorias y, por lo tanto, operaciones hegemónicas (véase BARROS,
2002: 28 y ss.).
25
Entre 1955, año del Golpe de Estado, y 1973, Perón será confinado al exilio forzado
en varios países, hasta su retorno definitivo, a mediados de ese mismo año.
26
En su exhaustivo análisis de las estrategias discursivas utilizadas por Perón entre
1944 y 1974, Sigal y Verón (2003) enfatizan la ambigüedad de la “enunciación” peronis-
ta. Si en una primera etapa predominará la confrontación con la “oligarquía” y el “impe-
rialismo” y en una segunda, la conciliación o “unión nacional” (véanse pp. 29-97), estos
autores analizan también lo que sería una especie de etapa intermedia entre ambas en la
que el líder enfatizará deliberadamente la ambigüedad constitutiva del peronismo. Esta
etapa, que se extiende entre 1955 y 1973, con Perón en el exilio, tendrá la particularidad
única de que los mensajes del líder no podían comunicarse de manera directa. Por el con-
trario, se trataba de mensajes que debían ser interpretados por “enunciadores segundos”
que se relacionaban con el líder mediante cartas y mensajes personales. Aprovechando
esta situación, y también para mostrar su “infalibilidad papal”, el líder alternará estratégi-
camente en sus discursos en el exilio entre ambos polos ideológicos, emitiendo órdenes
cambiantes y contradictorias, de manera tal de no definir nunca una postura “oficial” so-
bre ningún tema (pp. 101-139 y 154). Según estos autores, la consecuencia de ello, y más
allá que efectivamente hubo un “giro” a la izquierda del propio líder a finales de la década
del ’60, con el auge de la Revolución Cubana y el “Cordobazo” (pp. 136-139), será que
la vertiente de izquierda de la JP (principalmente, a través de su periódico El Descamisa-
do, que luego se convertiría en El Peronista), interpretará que el Perón que regresaba en
1973 era un líder “socialista” que iba a enfrentarse al “imperialismo” (pp. 143-215).
27
Mientras que la izquierda del movimiento (principalmente la Juventud peronista)
acusará a sus enemigos de “traidores”, la derecha (la “burocracia sindical”) acusará a estos
de “infiltrados” (SIGAL y VERÓN, 2003: 150 y 152).
28
Dado que el líder se convirtió en el organizador social de una amplia cadena de equi-
valencias, Laclau sostiene que el significante Perón encarnará un “significante vacío” de
orden (véase LACLAU y MOUFFE, 1987; LACLAU, 1996: 101, 2005a: 266). No obstante,
la cadena de equivalencias se amplió de tal manera que se hizo ilimitada. Cuando Perón
regrese del exilio, en junio de 1973, intentará unir esa ilimitada cadena, pero ya no podrá.
En este sentido, cuando se vea obligado a liderar políticamente, esto es, a tomar decisio-
nes concretas, el orden se romperá. A partir de allí, en el momento en el que el líder se
43
que la lógica hegemonista, pese a debilitarse,
29
, no desaparecerá nunca. En
efecto, el líder no otorgará nunca legitimidad a sus adversarios (Aboy Car-
lés, 2001a: 156; Canelo, 2002). Por el contrario, y como históricamente lo
HERNÁN FAIR
oriente hacia la vertiente de la derecha del movimiento, perderá su “infalibilidad papal” y
dejará de ser, entonces, el significante vacío unificador (véase LACLAU, 1996: 101-102 y
2005a: 266-274). BARROS (2002), en la misma línea, sostiene que la figura de Perón en el
exilio “encarnaba la representación de la cadena de equivalencias unificada alrededor del
rechazo al gobierno militar” (op. cit., p. 27) y que, cuando se vio obligado a actuar, se
rompió la unidad que se había articulado (p. 48). ABOY CARLÉS (2001a), a diferencia de
Laclau, sostiene que Perón no constituía en realidad un significante vacío, sino que el va-
ciamiento era parcial. Además, considera que la cadena de equivalencias no se resquebra-
jará cuando regrese del exilio, sino en el famoso discurso del 1 de mayo de 1974, cuando
el líder eche de la Plaza de Mayo al sector de los Montoneros. A partir de allí, señala, la
“Juventud maravillosa” modificará su identidad (ABOY CARLÉS, 2001a: 46-47 y 156-
157; 2002: 30). SIGAL y VERÓN (2003), en términos llamativamente similares a la teoría
de Laclau, sostienen, por su parte, respecto a Perón, que “su presencia se vuelve así el
significante de una ausencia”. Y luego, que el “enunciador-líder” articulará a través de ese
“punto nodal” (pp. 43 y 47). Sin embargo, consideran, en base al análisis discursivo de su
periódico principal, El Descamisado (luego, El Peronista), que la unificación de la Nación
en torno al líder no se romperá cuando regrese del exilio. Ello se debe a la particular inter-
pretación de la izquierda del movimiento, que, pese a comprobar que el líder se refería a
“infiltrados” y no a “traidores”, y que rechazaba el “socialismo popular” y la “actualiza-
ción doctrinaria”, objetivo principal de la Juventud Peronista, serán interpretados en su
periódico oficial como “mensajes cifrados”, debido a que existían “cercos” (representados
principalmente por el Ministro José López Rega) que impedían expresarse al “verdade-
ro” Perón (véanse pp. 163-222 y 238-240). No obstante, el momento clave será el famo-
so discurso del 1 de mayo. Según Sigal y Verón, su importancia radica en que en cada dis-
curso del Día del Trabajador, Perón desarrollaba un “vínculo de comunión” directo, esto
es, sin intermediarios, con las masas. En este sentido, cuando el líder ignore el “pedido”
popular sobre el motivo de “por qué está lleno de gorilas el Gobierno Popular”, acusan-
do a lo que era su “Juventud maravillosa” de ser “esos estúpidos que gritan”, “imberbes”,
“malvados”, e incluso “traidores” e “infiltrados”, las columnas de izquierda abandonarán
espontáneamente la Plaza de Mayo. De este modo, se pondrá de manifiesto el quiebre del
vínculo de representatividad con el líder. Por consiguiente, se producirá una crisis de iden-
tidad en los sectores de la izquierda peronista, crisis que sólo logrará resolverse comple-
tamente con la muerte de Perón, cuando Montoneros asuma el rol de “vanguardia” oficial
del peronismo y, por lo tanto, del Pueblo (SIGAL y VERÓN, 2003: 222-226 y 228-242).
Desde nuestra perspectiva, coincidimos con Aboy Carlés en que Perón no era un signifi-
cante vacío totalmente constituido, y con Sigal y Verón, que el vínculo terminará de res-
quebrajarse con el discurso del 1 de mayo de 1974.
29
Perón, en ese sentido, realizará en noviembre de 1972 un histórico abrazo con su
máximo adversario político, Ricardo Balbín, en lo que se denominará “La Hora del Pue-
blo” (véanse PUCCIARELLI, 1999; SIGAL y VERÓN, 2003). Además, intentará formar un
eje peronista-radical como grupo de presión en vistas de que el régimen militar de Lanus-
se llamase a elecciones (GIUSSANI, 1990: 56-57). De Ípola, por su parte, sitúa este “rela-
jamiento” de los antagonismos en los inicios de la década del ’50, particularmente en
1952, tras la muerte de Eva Perón (véase DE ÍPOLA, 1983: 154).
25
-
primavera-verano 2011/2012
44
STUDIA POLITICÆ
había hecho, el pluralismo basado en la competencia entre los partidos y la
aceptación de las diferentes ideologías serán rechazados por ser no perti-
nentes y por crear “divisiones artificiales”
30
(De Ípola, 1983; Giussani,
1990).
La desactivación de la lógica hegemonista
El retorno de la democracia, hacia finales de 1983, provocó profundos
cambios a nivel político-institucional. En efecto, por primera vez en la
historia, tanto el PJ como la UCR aceptaron acudir a mecanismos de res-
peto a los partidos opositores y a las reglas del Estado de Derecho. Se
asistirá, entonces, a un fenómeno novedoso de aprendizaje colectivo que
contribuirá a la revalorización de la democracia y de sus atributos, con-
trapuestos a la arbitrariedad y las transgresiones a la legalidad que carac-
terizaban al autoritarismo (De Riz y Smulovitz, 1991: 138; Cavarozzi,
1997: 128-129).
En ese contexto, el triunfo del radicalismo por más del 50 % de los votos
en las elecciones presidenciales del 30 de octubre, produjo importantes
transformaciones políticas. En efecto, el presidente electo, Raúl Alfonsín,
se propuso, mediante un discurso en el que enfatizaba la necesidad de
efectuar una “reforma moral”, terminar con las prácticas hegemonistas
vigentes en la tradición de nuestro país (Novaro, 1994: 63; Aboy Carlés,
2001a). Si bien en algunas ocasiones se puede interpretar que el líder
tuvo intentos hegemonistas, como cuando expresó su intención de formar
un “tercer movimiento histórico”,
31
lo que diferenciará a Alfonsín de sus
30
Según SIGAL y VERÓN (2003), esto provocó un “vaciamiento del campo político”
(también CANELO, 2002). Para Aboy Carlés, en cambio, se trató más bien de un reordena-
miento del mismo, en razón de que lo político nunca puede ser eliminado totalmente
(ABOY CARLÉS, 2001a: 134). En esta misma línea, véase también BARROS (2002: 40-41).
Si bien coincidimos con ambos autores, debemos recordar que Verón no cree que el cam-
po político pueda ser eliminado totalmente. Más bien, se trata de una estrategia derivada
de su modalidad discursiva de enunciación (véase VERÓN, 1987a, 1987b).
31
Algunos autores sostienen que la contundente victoria del radicalismo sobre el pero-
nismo habría llevado a Alfonsín a interpretar que se estaba asistiendo a la destrucción de
esa fuerza política y a la transición a la democracia como una creación propia (véase DE
RIZ, 1989: 6). Esto lo habría convencido de planear la formación de un “tercer movimien-
to histórico”, que debía organizarse alrededor de su figura (véase BOTANA y MUSTAPIC,
1991: 65; HALPERÍN DONGHI, 1994: 124-125). Sin embargo, en 1984, con el surgimiento
de la Renovación, esta idea se habría desechado (NOVARO, 1994). Aboy Carlés, en ese
sentido, sostiene que el famoso discurso de Parque Norte, considerado por algunos como
un intento de cooptar a un sector del peronismo (véase CAVAROZZI, 1997: 107), “no era
45
predecesores será el respeto al pluralismo y el disenso (Barros, 2002).
En este sentido, Aboy Carlés sostiene que durante el alfonsinismo, a dife-
rencia de sus antecesores, la lógica hegemonista, tanto a nivel discursivo,
como en sus prácticas subyacentes, se verá desactivada (Aboy Carlés,
2001a: 225-227, 2001b: 389).
En el justicialismo, por su parte, la derrota electoral derrumbó el mito del
partido invencible e incrementó la crisis interna que se había iniciado tras la
muerte de Perón (De Riz y Smulovitz, 1991; Palermo y Novaro, 1996: 74-
79; Mustapic, 2002). Esto se tradujo en el surgimiento de un nuevo grupo
dirigente, luego denominado corriente “renovadora”, que modificó la orga-
nización partidaria a nivel de las reglas de competencia y redefinió la identi-
dad del peronismo para recuperar la legitimidad perdida y, al mismo tiempo,
evitar su disolución (Cavarozzi, 1989: 332-333; Botana y Mustapic, 1991:
66; Palermo y Novaro, 1996: 186). La nueva corriente, surgida en marzo
de 1984 y organizada a comienzos de 1985 por una coalición de líderes
parlamentarios y gobernadores de provincias,
32
desempeñará un rol crucial
en el proceso de recomposición del peronismo, logrando, no sin turbulen-
cias, la reorganización democrática y la institucionalización del partido, en
contraposición a los resabios autoritarios que identificaban a la corriente
ortodoxa y que tan caros habían resultado al PJ en el contexto de transi-
ción al nuevo régimen.
33
En el plano estrictamente discursivo, la renovación pretendió diferenciarse
de los “mariscales de la derrota” y, al mismo tiempo, tomar el discurso de
la democracia de Alfonsín, pero trascendiendo sus nociones institucionalis-
HERNÁN FAIR
tanto un intento hegemonista, como un intento de acuerdos en el marco de pluralismo y
aceptación de las diferencias” (ABOY CARLÉS, 2001a: 227-238).
32
El Frente Renovador Peronista, también conocido como la Renovación, comenzará a
conformarse en los Congresos de Odeón, de diciembre de 1984, y Río Hondo, de febrero
de 1985. Sus principales figuras eran Antonio Cafiero (MUSO), Carlos Grosso (Convo-
catoria Peronista), Ítalo Luder (Frente de Unidad Peronista) y Jorge Triaca (Gestión y
Trabajo), quienes se integrarán en oposición al Consejo Superior del Partido, presidido
por Isabel Perón, José Vernet, Lorenzo Miguel y Herminio Iglesias. Luego se incorpora-
rían, además, al nuevo frente político, José Manuel De la Sota y Carlos Menem, entre
otros (véanse PALERMO y NOVARO, 1996; CAVAROZZI, 1997; ABOY CARLÉS, 2001a: 272-
275). Para un análisis más detallado del particular, véase Cerruti (1993).
33
Recuérdese, en ese sentido, la impresión negativa que causó en la sociedad, tan
sensible a la violencia de los años del Proceso, el acto de cierre de campaña del candi-
dato peronista, Herminio Iglesias, cuando él y sus partidarios incendiaron un ataúd
con los colores radicales. Por otra parte, debemos tener en cuenta que el sindicalismo,
“columna vertebral” histórica del peronismo, era considerado por gran parte de la opi-
nión pública como el actor que había conducido al país al caos en los años ’70 (PA-
LERMO y NOVARO, 1996: 180).
25
-
primavera-verano 2011/2012
46
STUDIA POLITICÆ
tas o formales (Barros, 2002: 115-124). En este sentido, y pese a recurrir a
algunas nociones del tradicional movimientismo, como la necesidad de uni-
dad nacional y la importancia de trascender la democracia “formal” para ir
hacia una democracia “social”, lo más relevante es que las diferencias polí-
ticas serán respetadas en el marco de una defensa del pluralismo
34
(Aboy
Carlés, 2001a: 272-283). Estos cambios, favorecidos, como vimos, por la
disolución de los antagonismos entre sus corrientes de izquierda y derecha,
permitirá, de este modo, que prevalezca la lucha partidaria, en lugar de la lu-
cha sectorial movimientista que había caracterizado al peronismo a lo largo
de su historia
35
(Palermo y Novaro, 1996).
En ese contexto, que se verá reforzado tras el triunfo peronista en las elec-
ciones legislativas de septiembre del ’87,
36
la figura de Carlos Menem,
miembro fundador de la corriente Renovadora, y fuerte crítico de los sec-
tores ortodoxos liderados por Herminio Iglesias, pronto se distanciará de
esta corriente para situarse como una alternativa al cafierismo dentro del
campo renovador. Apelando al clásico pragmatismo que había caracterizado
al peronismo (Sigal y Verón, 2003), intentará generar un campo de solidari-
dades que le permitiera unificar al fragmentado partido-movimiento más
allá de sus diferencias internas (Palermo y Novaro, 1996; Aboy Carlés,
2001a: 283-284). Mediante su discurso ambiguo, que ya desde sus inicios
buscaba incorporar a todos los que coincidieran con su proyecto o se sin-
tieran, como él, desplazados del peronismo
37
(Cerruti, 1993), el por enton-
34
Ello no impidió, sin embargo, que el justicialismo bloqueara la mayoría de los proyectos
presentados en el Congreso por el oficialismo. Sobre el particular, véanse particularmente los
exhaustivos trabajos de BOTANA y MUSTAPIC (1991) y MUSTAPIC y GORETTI (1992).
35
Estos resabios del movimientismo se encontraban presentes en algunos discursos de
los integrantes de la Renovación, como Cafiero, Unamuno y Bárbaro (véanse ABOY CAR-
LÉS, 2001a: 273-277 y BARROS, 2002: 119-122). Marcos Novaro, en este sentido, consi-
dera que en realidad los renovadores intentaron crear un partido-movimiento, punto in-
termedio entre la partidocracia liberal y el movimientismo populista (NOVARO, 1994: 61).
En un texto posterior, junto con Palermo, dirá, sin embargo, que si bien muchos dentro de
la renovación seguían interpretándose como movimiento, se trató de “un proceso que, en
sí mismo, fue específicamente partidario, no movimientista” (PALERMO y NOVARO,
1996: 191 y 193; véanse también pp. 329-398, especialmente p. 334).
36
En aquellas elecciones, a diferencia de las del ’85, en las que sufrirá una dura derrota,
el peronismo saldrá triunfante en casi todas las provincias, incluyendo Buenos Aires,
donde resultará electo como gobernador Antonio Cafiero. Menem, además, logrará un am-
plio triunfo en La Rioja, lo que reforzaría sus intenciones presidenciales (CAVAROZZI,
1997: 114).
37
Poco después de la derrota de 1983, decía: “Hay que aprovechar a los heridos y a los
traidores. Hay que darle soga a todo el mundo. Que se sumen todos los que no tienen a
dónde ir” (citado en CERRUTI, 1993: 158).
47
ces gobernador de La Rioja lograba, por un lado, recuperar el contenido so-
cial de la democracia que los renovadores le criticaban a Alfonsín y, por el
otro, apelar al populismo tradicional del peronismo movimientista.
38
De
este modo, a diferencia de sus competidores, lograba ampliar la cadena de
equivalencias a partir de la incorporación a su proyecto de un amplio abani-
co de adherentes (que incluía desde dirigentes lopezrreguistas, hasta am-
plios sectores del sindicalismo y dirigentes menores desplazados de la Re-
novación y muchos añorantes del viejo movimientismo populista, entre
ellos, importantes sectores montoneros y carapintadas), que se encontra-
ban desencantados con la “partidocracia liberal” y el “frío institucionalis-
mo” del líder de la Renovación, Antonio Cafiero (Palermo y Novaro, 1996:
133 y ss.; Barros, 2002: 132-138).
Según Marcos Novaro (1994, 1995a, 1996), como consecuencia de estos
cambios, sumados al vínculo de “representación personalista” que ejercerá
el líder a través de su escenificación en los medios masivos de comunica-
ción, se llevará a cabo durante el menemismo una transformación crucial
en el modo de estructuración de la identidad y las modalidades de represen-
tación política que caracterizaban tradicionalmente al peronismo. Así, si du-
rante el peronismo prevalecía la tradicional lógica populista
39
y movimien-
tista del peronismo, basada en una “identificación por alteridad”
amigo-enemigo/Patria-Antipatria (Sigal y Verón, 2003), a partir de la emer-
gencia del menemismo la lógica de identificación mediante la estructuración
de una alteridad, sería reemplazada por una lógica “neopopulista”
(Zerme-
ño, 1989), basada en una “identificación por escenificación”, que transfor-
mará a los enemigos en adversarios
40
(Novaro, 1994: 78 y ss., 1995a,
HERNÁN FAIR
38
Si, por un lado, Menem criticaba a la “burocracia sindical” y exigía “replantear la
conducción nacional del PJ”, que “tiene que estar en manos de un político”, por el otro,
decía que el “movimiento” justicialista no era “un partido político más”, sino “una reli-
gión basada en los principios fundamentales que hacen a nuestra nacionalidad, que hacen
a nuestro auténtico ser nacional” (véase CERRUTI, 1993: 144 y 155). De este modo, Me-
nem lograba mostrarse como el más peronista para los peronistas y el menos peronista
para los independientes (véase PALERMO y NOVARO, 1996: 206).
39
Novaro se refiere al concepto de populismo no de modo peyorativo, sino en el senti-
do de un liderazgo popular, plebeyo, movimientista y centrado en la relación directa con
el pueblo a través de las movilizaciones a Plaza de Mayo y los vínculos por “escenifica-
ción” (véase NOVARO, 1996; NOVARO y PALERMO, 1996). En un texto posterior, Palermo
se refiere, en cambio, al populismo en sentido de “retórica antipolítica, antipartidos, ape-
lación al hombre común, que genera vínculos e identificaciones que compensan un vacío
institucional” (PALERMO, 1998: 11).
40
El concepto de neopopulismo, entendido como una mezcla de neoliberalismo y po-
pulismo, ha sido abordado también, en un plano más general, en NOVARO (1996, 2000:
243-248, 2004: 207). Además, ha sido retomado por autores como KURT WEYLAND
25
-
primavera-verano 2011/2012
48
STUDIA POLITICÆ
1995b; Palermo y Novaro, 1996: 392). Ello se debe a que, a diferencia de la
identidad por alteridad, que separaba de manera dicotómica el campo políti-
co en dos partes irreconciliables, en la nueva lógica de escenificación, los
vínculos de re-presentación e identificación se realizan a través de imáge-
nes de unidad nacional, orden político y gobernabilidad personificadas por
el líder y posibilitadas, precisamente, a partir de la función abarcativa y glo-
balizante generada por los medios masivos de comunicación, y en especial
por la televisión (Novaro, 1994, 1996). En ese contexto, posibilitado por el
relajamiento de las líneas de antagonismo peronismo-antiperonismo, con-
cluye Novaro que el liderazgo de Menem logrará mostrarse como trascen-
diendo los intereses de su partido, lo que le permitirá ampliar su campo de
interlocución a sectores de la sociedad anteriormente irreconciliables con el
peronismo.
41
Desde un enfoque que retoma algunas de las cuestiones señaladas por No-
varo, en particular su énfasis en el ordenamiento político y la recuperación
de la autoridad pública frente al caos anterior del alfonsinismo, Gerardo
Aboy Carlés sostiene, por el contrario, que no puede hablarse de un neopo-
pulismo basado en la escenificación social. Ello se debe a que, como hemos
visto, todo espacio identitario presupone una alteridad o exclusión antagóni-
ca que permite constituir la propia identidad, al tiempo que supone también
una escenificación social (Aboy Carlés, 2001a: 67-68). Según este autor, la
dimensión de alteridad, pese a que intentó eliminarse (Aboy Carlés, 2001a:
302), en realidad no desapareció nunca durante el menemismo.
42
Pero en-
(1996), entre muchos otros. Los antecedentes de este enfoque, sin embargo, nos remiten
a los aportes de CHERESKY (1991: 65).
41
Esto fue posible, además, debido al proceso de desafección política iniciado duran-
te el gobierno de Alfonsín. En efecto, el fracaso del radicalismo determinó que dejaba de
haber lealtades ciegas, es decir, sentimientos de pertenencia que garantizaran los com-
portamientos electorales más allá de las circunstancias y los candidatos (NOVARO,
1994). Esta cuestión, que se manifestará en el descenso del voto por “tradición” (prin-
cipalmente, en el PJ), y el consiguiente incremento de los ciudadanos independientes
(según una encuesta de Página 12 del 30/03/91, conformarán el 60,1 % de la pobla-
ción), así como la creciente volatilidad electoral (porcentajes cercanos al 30 % en las
elecciones del ’93, ’94 y ’95) y el aumento de los votos en blanco (Clarín, 12/04/94;
Clarín, 03/03/95; La Nación, 10/05/95), resulta importante, ya que, junto a la creciente
fragmentación social generada por las políticas neoliberales, ayudará a desestructurar la
fuerte polarización social que había dejado como herencia el peronismo. Al respecto,
véase BARROS (2002).
42
De todos modos, debemos señalar que Novaro luego relajará su tesis, al afirmar que
durante el menemismo “las oposiciones, si bien no desaparecen (lo que significaría la des-
aparición de las identidades mismas), son mucho más moderadas” (PALERMO y NOVARO,
1996: 395).
49
tonces, ¿dónde se encuentra esa alteridad? Para algunos trabajos, durante el
menemismo esta alteridad constitutiva fue disuelta por completo. Así, por
ejemplo, para Paula Canelo el discurso menemista produjo una “disolución
del exterior constitutivo” (Canelo, 2002, 2005). Diferenciándose de este
tipo de enfoques, Aboy Carlés sostiene que, lejos de desaparecer la alteri-
dad, lo cual resulta imposible estructuralmente, lo que ocurrió en realidad
fue que, a diferencia del peronismo tradicional, cuya lógica de antagonismo
(peronismo-antiperonismo) era evidente, durante el menemismo se trasladó
fuera de la sociedad, en el “pasado”, y muchas veces adquirió un carácter
“difuso” (Aboy Carlés, 2001a: 293 y 307). Es en este sentido como debe
entenderse, según este autor, el “discurso hobbesiano de superación del
caos” de Menem, que trazaba una frontera política en relación al pasado al-
fonsinista de caos, hiperinflación y desorden, para garantizar un nuevo Or-
den equivalente a la recuperación de la paz social (Aboy Carlés, 2001a: 316;
2002: 28).
Según señala Aboy, a partir de este tipo de construcción identitaria, el
menemismo habría enfatizado el componente “nacional-estatal” de orden,
por sobre el tradicional componente “nacional-popular” de justicia so-
cial,
43
constituyéndose, a partir de las reformas neoliberales “que benefi-
ciaron a los grandes grupos económicos y redistribuyeron el ingreso de
manera regresiva”, en el nuevo “Partido del Orden”
44
(Aboy Carlés,
2001a: 292 y ss., 2001b: 389, 2002: 28, 2005, 2006). De este modo, el
discurso de Menem se habría diferenciado del peronismo, que utilizó al-
ternativamente ambas dimensiones (Aboy Carlés, 2001a: 126, 2001b:
387-388). En otras palabras, el menemismo se habrá construido discur-
sivamente mediante una identidad hegemónica que contrastaba con la
constitución hegemonista o populista que tradicionalmente había caracte-
rizado al peronismo, al concentrarse en la dimensión ordenadora en des-
HERNÁN FAIR
43
La diferenciación entre la dimensión “nacional popular” y la dimensión “nacional
estatal” que caracteriza a todo liderazgo populista, ha sido definida por primera vez
por DE ÍPOLA (1983) y desarrollada unos años después junto con Portantiero para re-
ferirse a las características particulares del peronismo (DE ÍPOLA y PORTANTIERO,
1989).
44
Pese a las diferencias entre el enfoque de Aboy y el de Novaro, caben destacar las
fuertes similitudes que se hallan entre ambos en lo que respecta a la predominancia que
adquiere el componente de Orden político. Así, en un trabajo de 1996 Novaro señala
que los líderes neopopulistas “se presentan a la vez como personificación del orden, de
la capacidad de gobernar y tomar decisiones, y como protectores paternales del pue-
blo”, para luego afirmar, curiosamente, que los fenómenos populistas o neopopulis-
tas son hoy más que nada un componente del “partido del orden” (NOVARO, 1996, op.
cit., p. 113).
25
-
primavera-verano 2011/2012
50
STUDIA POLITICÆ
45
De un modo similar se expresan también MARTUCCELLI y SVAMPA (1997) (véase par-
ticularmente el capítulo 2) y SIDICARO (1998, 2003b).
46
La noción de hegemonismo atemperado le corresponde al propio Gerardo ABOY CAR-
LÉS (2001a), quien se refiere de ese modo para entender el surgimiento de la Alianza en
1997.
47
El propio Aboy no es muy claro en este punto, ya que en algunas ocasiones señala
que durante el menemismo desaparece el componente populista, mientras que en otras
destaca que el mismo ocupa un lugar subordinado dentro del discurso predominante de
recuperación del Orden.
medro de la dimensión reformista.
45
De este modo, el caudillo de origen
riojano habría dejado de lado su componente populista de defensa de la
justicia social a favor de los sectores populares, para limitarse a ser el
nuevo garante del orden para los sectores dominantes. Según este autor,
al abandonar Menem la dimensión reformista, habría abandonado necesa-
riamente la pretensión hegemonista (Aboy Carlés, 2001a: 261-308, 2002,
2005). En sus términos, el menemismo:
“Recorta la posibilidad cierta de constitución de una voluntad política
´hegemonista´, al disolver, con el abandono de una dimensión refor-
mista social, una porción necesaria para la consolidación de una pre-
tensión hegemonizante. Las limitaciones que el alfonsinismo y la re-
novación introdujeron por su revalorización del pluralismo, la ley y la
democracia política, las reforzó el menemismo a través de su conso-
lidación como Partido del Orden” (Aboy Carlés, 2001a: 306).
Considerando los valiosos y estimados aportes de este enfoque, que toma-
mos como base teórica de apoyo en este trabajo, entendemos, sin embargo,
que la identidad política menemista constituye una especie de regreso al he-
gemonismo de antaño, aunque con algunas particularidades que exigen que
lo diferenciemos conceptualmente del tradicional hegemonismo de Perón e
Yrigoyen. En este sentido, lo denominaremos “neo-hegemonismo” o “hege-
monismo atemperado”
46
.
El neo-hegemonismo menemista
Dijimos que Aboy Carlés sostiene que el discurso del menemismo termi-
nó de desactivar la lógica hegemonista que caracterizaba históricamente
tanto al radicalismo como al peronismo. Según este autor, el menemismo
se habría diferenciado de la identidad peronista, al abandonar o dejar en
un lugar muy subordinado la dimensión nacional-popular que definía al
peronismo tradicional.
47
Al abandonar esta última dimensión, el Presiden-
51
te se habría visto imposibilitado de constituir una cadena de equivalencias
más amplia que le permitiese, como lo había hecho Perón en su momen-
to, eliminar discursivamente las diferencias sociales dentro de su frontera
de inclusión, condición indispensable de todo hegemonismo. A su vez, la
segunda condición, esto es, la exclusión del adversario como un actor
social legítimamente reconocido por el líder, también habría terminado de
concluir durante el gobierno de Menem. Creemos, sin embargo, que estas
afirmaciones deberían, al menos, relativizarse. Pasaremos a explicar, a
continuación, por qué creemos que el menemismo implica un particular
retorno al hegemonismo, que hemos definido como neohegemonismo o
hegemonismo atemperado.
El hegemonismo atemperado
Como lo hemos trabajado en detalle en otro lugar (Fair, 2007, 2010), en el
discurso de Menem se hará presente un fuerte componente de recupera-
ción del orden, que se complementará con la presencia de un ineludible
componente de transformación social. Mientras que el primero de los com-
ponentes se asociará a la recuperación de la paz social y la gobernabilidad
política, un proceso consolidado a partir del disciplinamiento del actor mili-
tar y el fin del caos hiperinflacionario y los saqueos a supermercados y co-
mercios, el segundo se vinculará, a grandes rasgos, a la estabilización eco-
nómica, el proceso de modernización e inserción internacional y el auge del
consumo popular. Podemos decir, entonces, que lejos de desactivarse con
el menemismo el componente de ruptura social del peronismo, en el dis-
curso de Menem ambas dimensiones del hegemonismo se harán presentes
a su modo. En segundo término, podemos decir que la existencia de una di-
mensión reformista será la condición que permitirá, y no lo que impedirá, la
presencia de una representación global de la sociedad.
Pero además, en otro lugar destacamos que la identidad política mene-
mista no sólo se conformará de elementos activos, sino que lo hará tam-
bién de elementos que denominamos “pasivos” (Fair, 2009b). Si entende-
mos que todo discurso se relaciona con ciertas “condiciones discursivas
de posibilidad” (De Ípola, 1983: 114; Laclau y Mouffe, 1987: 156), estos
elementos, que contribuyeron a articular y consolidar la hegemonía me-
nemista, pueden ser vistos ahora como posibilidades estructurales de
constitución de un nuevo tipo de hegemonismo. En otras palabras, el
proceso de reestructuración social y el discurso menemista legitimando la
ausencia de alternativas frente a la caída del Muro de Berlín, así como la
imposibilidad de oponerse a los dictados de la globalización neoliberal,
pueden ser entendidos, junto a los mitos parcialmente sedimentados del
HERNÁN FAIR
25
-
primavera-verano 2011/2012
52
STUDIA POLITICÆ
48
Giussani, por ejemplo, sostiene que el pluralismo menemista es “una apariencia que
cubre la continuidad del viejo esquema antinómico” que caracterizaba al peronismo
(GIUSSANI, 1990: 124-125). En la misma línea, véase también BORÓN (1991).
“país potencia” y la “aldea global”, como condiciones de posibilidad del
nuevo tipo de hegemonismo menemista.
Ahora bien, resulta importante aclarar que este retorno a la tradición he-
gemonista por parte del menemismo no implica que Menem fuera un líder
hegemonista tal como lo era Perón.
48
Si bien ambos negaron, en distinto
grado, el pluralismo político y la legitimidad del conflicto para intentar
restaurar la unidad social, en algunos discursos el Presidente defenderá
estas ideas a favor de un orden liberal y plural. Así, por ejemplo, expre-
sará que:
“No se trata de que todos pensemos igual, no se trata de que alguien
renuncie o tergiverse sus creencias políticas, no se trata de lograr la
unidad a palos o superficialmente. Nada de eso. Aspiramos a una au-
téntica y genuina unidad nacional. Unidad en la diversidad, unidad en
el disenso, unidad en el debate constructivo. Aun más, unidad en la
crítica apasionada (...). Que quede muy en claro que en la unidad na-
cional, nadie está obligado a renunciar a sus ideas ni a su juicio histó-
rico; en la unidad nacional, nadie está obligado a claudicar en sus opi-
niones sobre nuestro pasado (...). No los convoco a la unidad
nacional desde proyectos hegemónicos ni de una actitud soberbia y
con aires de superioridad, los convoco a la unidad nacional desde lo
mejor de cada uno (...)” (30/09/89: 102-105).
“Nada más propicio, entonces, que rescatar aquí, junto a ustedes, la
idea de pluralismo. Aquel pluralismo que supone asumir como legíti-
mos el disenso y también el conflicto. Aceptar el disenso supone
cuestionar seriamente los pretendidos valores de la unanimidad y la
uniformidad. El ejercicio responsable de las divergencias y de las
oposiciones, se funda en el acuerdo básico de los actores sociales de
compartir comunes reglas de juego” (28/06/91: 207).
Del mismo modo, en una reunión con periodistas, dirá:
“¿Qué sentido tendría una suerte de uniformidad en los pensamientos,
en las ideas, en los conceptos o en las propuestas? Si fuera así, ya no
estaríamos viviendo la democracia, sino que estaríamos viviendo lo
que tan duramente nos tocó vivir en otras épocas en la República Ar-
gentina. Por eso, mantengamos nuestra forma de ser, nuestro estilo
de pensar y de encarar las cosas. Ustedes con la pluma y la palabra,
53
49
Martuccelli y Svampa sostienen, en ese sentido, que durante el menemismo hubo un
debilitamiento del “unanimismo” que caracterizó al peronismo tradicional. En su lugar,
prevalece el deseo de formar una imagen unitaria. Esto se expresa en el fin del movimien-
tismo, que permite una mayor autonomización del partido en relación a los sindicatos y
la presencia de fronteras menos porosas que las existentes durante el peronismo (MAR-
TUCCELLI y SVAMPA, 1997: 123-124 y 133-135). No obstante, estos autores limitan el
análisis a la dimensión “ordenadora”, olvidando, así, que hubo elementos simbólicos y
materiales ligados a la ruptura o transformación del orden social.
50
En efecto, el Golpe de Estado contra su gobierno, en septiembre de 1955, había lleva-
do a Perón a exiliarse del país. Allí permanecerá hasta su regreso, en junio de 1973.
nosotros simplemente con las palabras y los hechos. Si nos sabemos
complementar, si conseguimos mantener un elevado nivel de discu-
sión, en el disenso, con toda seguridad llegaremos a algún tipo de
consenso en aspectos que si por lo menos no los dialogamos, estaría-
mos descartándolos como una posibilidad de llegar al entendimiento”
(23/12/93: 262).
Además, debemos considerar que la representación global del menemismo
difícilmente podía tener la “organicidad” que tenía el peronismo, por ejem-
plo, a nivel sindical. En efecto, como vimos, a partir del retorno de la de-
mocracia, en 1983, se había llevado a cabo un proceso de creciente demo-
cratización institucional del movimiento. Esta parcial institucionalización,
que se verá potenciada, además, como consecuencia de la fragmentación,
polarización y heterogeneización del campo popular que producirán las po-
líticas neoliberales, tuvo su correlato en una creciente autonomización del
sindicalismo en relación al partido.
49
Por otra parte, es importante recalcar que durante la década del 90, predo-
minará la despolitización y apatía ciudadana, en desmedro de la moviliza-
ción masiva y entusiasta y la fuerte identificación y compromiso partidario
que caracterizaba históricamente al peronismo (García Delgado, 1994;
Martuccelli y Svampa, 1997). En efecto, como señalan Sigal y Verón
(2003), Perón construyó su discurso en un vínculo directo con las masas a
través de la movilización continua y fervorizada a Plaza de Mayo. Este vín-
culo mítico, sin intermediarios, que se inició en la movilización del 17 de
octubre de 1945, y que se expresará en toda su magnitud el 20 de junio de
1973, cuando Perón logre reunir cerca de 2 millones de personas, en su re-
greso al país del exilio,
50
contrastará fuertemente con la pérdida de intensi-
dad movilizadora y la fragmentación propia del menemismo, centrado en la
interpelación política mediada a través de la opinión pública y los medios
masivos de comunicación (Novaro, 1994, 1995a, 1995b; Quevedo, 1997).
Así, como señalan Palermo y Novaro (1996), durante el gobierno de Me-
HERNÁN FAIR
25
-
primavera-verano 2011/2012
54
STUDIA POLITICÆ
51
Respecto a la importancia del 17 de octubre como instituyente de un vínculo afectivo
entre Perón y las masas, véase particularmente DE ÍPOLA (1983: 175-185).
52
Al respecto, véanse particularmente Mustapic (1995, 2000) y Ferreira Rubio y Go-
retti (1996). Más recientemente, se destacan los aportes que realiza Leiras (2009).
53
En abril de 1990, el Congreso aprobó por ley el proyecto del Presidente para ampliar
la Corte Suprema de Justicia de los cinco integrantes existentes a nueve (La Nación, 06/
04/90). De este modo, Menem se garantizó una “mayoría automática” que acompañaría
las decisiones durante todo su Gobierno. El Presidente, además, nombrará al Procurador
General de la Nación y al Fiscal Nacional de Investigaciones Administrativas sin el reque-
rido acuerdo del Senado. Por otra parte, los miembros del Tribunal de Cuentas de la Na-
ción, con excepción de un cargo, serán destituidos por decreto, nombrándose en su lugar a
funcionarios afines al Gobierno. Finalmente, el Presidente disolverá el Tribunal de Cuen-
tas y la Sindicatura General de Empresas (SIGEP), reemplazándolas por dos institucio-
nes, la Auditoría General de la Nación (AGN) y la Sindicatura General de la Nación (SI-
GEN), cuyo control dejará de ser previo y posterior, para limitarse a ser ex post-facto
(véase QUIROGA, 2005: 250 y 260-261). Según Castiglioni, a partir de la conformación de
la Corte “adicta” y la partidización de jueces y fiscales por la vía de ascensos, desplaza-
mientos y nombramientos de magistrados afines, “el eje decisivo de la política oficialista
de poder se centró en la Magistratura”, que “le permitió convalidar los decretos y la co-
rrupción” (véase CASTIGLIONI, 1996).
54
En efecto, durante el gobierno de Menem existieron algunas denuncias sobre amena-
zas de muerte, como es el caso de los periodistas José “Pepe” Eliaschev, Marcelo Bonelli
y Daniel Santoro y el fotógrafo Martín Socter. Pero el caso más grave durante la primera
presidencia de Menem será la brutal golpiza que sufrirá en dos ocasiones el periodista de
Página 12, Hernán López Echagüe. Estas agresiones, denunciadas reiteradamente por
ADEPA, CIAP, e incluso por Amnistía Internacional (Página 12, 08/07/94), y que inclui-
rán una marcha social de repudio, se verán agravadas debido a que testigos del caso invo-
lucrarán al presidente de la Cámara de Diputados, Alberto Pierri, y luego también al Go-
nem, la única movilización social en apoyo al Gobierno será la llamada “Pla-
za del Sí”, de abril de 1990. El Presidente ignorará, de este modo, las masi-
vas y entusiastas movilizaciones del peronismo a Plaza de Mayo del 17 de
octubre, “Día de la Lealtad”,
51
y del 1 de Mayo, “Día del Trabajador” y fe-
cha insigne, durante el gobierno de Perón, del reencuentro directo entre el
líder y la “voluntad popular” (Sigal y Verón, 2003: 222-240).
Finalmente, en relación a la aceptación del pluralismo, si bien es cierto
que el presidente Menem abusará de los vetos y los decretos de necesi-
dad y urgencia,
52
apelará a la intervención de algunas provincias y coop-
tará al Poder Judicial, donde impondrá una “mayoría automática” y con-
trolará algunos juzgados federales,
53
además de limitar la libertad sindical
mediante el Decreto de regulación de los paros, de octubre de 1990,
tampoco debería olvidarse que, a diferencia del gobierno de Perón, las li-
bertades individuales gozarán, si bien con algunas importantes excepcio-
nes,
54
de plena garantía. En ese sentido, en una oportunidad afirmará, en
55
relación a su antecesor, que “ahora estamos en medio de la más absoluta
libertad, algo que hubiera sido imposible en tiempos del primer gobierno
de Perón” (Clarín, 19/01/90).
Este particular tipo de hegemonismo, lejano cualitativamente tanto del ex-
tremismo totalitario, como del pluralismo institucionalista propio de la de-
mocracia liberal, aunque también diferenciable en intensión (grado de inten-
sidad) al populismo peronista, nos lleva a plantear un tipo de construcción
identitaria particular que adquiere sus especificidades particulares. Para ello,
creemos que resulta pertinente remitirnos al interesante análisis que realiza
Chantal Mouffe (1999, 2005, 2007) de la obra de Schmitt.
En su desconstrucción de la obra de Schmitt, y diferenciándose tanto de la
perspectiva antagonista de Laclau, como de los clásicos defensores del li-
beralismo político, Mouffe sostiene que en lugar de referirse a la lógica de
antagonismo schmittiana amigo-enemigo, lógica cuyo horizonte es siempre
la posibilidad concreta de la guerra (Schmitt, 1987), en las nuevas demo-
cracias contemporáneas resulta más conveniente referirse a una lógica
“agonista”, en la que el antagonismo, si bien no es nunca eliminado, como
querrían los liberales, es “sublimado” a partir del reconocimiento del “Otro”
como un adversario legítimo dentro de un orden pluralista (Mouffe, 1999,
2005, 2007).
Sebastián Barros, en la misma línea, señala que en los últimos años se pro-
dujo un relajamiento de la noción de “antagonismo estricto” que caracteri-
zara sobre todo al primer peronismo (Palermo y Novaro, 1996), la cual es
reemplazada ahora por una “noción flexible” de antagonismo en el que la al-
teridad es vista en términos de diferencia, en lugar de la pura exclusión
55
(Barros, 2002: 28).
Finalmente, Aboy Carlés ha insistido desde hace varios años acerca de la
necesidad de pensar diversos grados o intensidades propios de la cadena
equivalencial (Aboy Carlés, 2005a, 2005b). Así, en uno de sus últimos tra-
bajos, señala que a mayor intensidad, menor diferencialidad o mayor uni-
HERNÁN FAIR
bernador de Buenos Aires Eduardo Duhalde, como responsables indirectos del incidente
(Clarín, 10 al 22/09/93).
55
Un interesante antecedente de esta diferenciación semántica se halla en FARINETTI,
GUTIÉRREZ y HALL (1995), quienes diferencian entre la lógica de la “criminalización”, que
corresponde a la lógica hobbesiana de descalificación total de la alteridad, de la lógica de
la “institucionalización”, que corresponde a la lógica pluralista del agonismo. Estos auto-
res, sin embargo, sostienen, en su análisis de la protesta social, que el menemismo reto-
mará la lógica de criminalización propia del hobbesianismo, tendiendo a descalificar de
manera radical a la alteridad a partir de nociones como “terroristas”, “infiltrados”, etc.
25
-
primavera-verano 2011/2012
56
STUDIA POLITICÆ
56
Este esquema ha sido criticado por algunas corrientes post-estructuralistas que, a
partir de la interpretación de Arditi, retoman la distinción inicial de lo político como ami-
go-enemigo de Schmitt realizada por Derrida, negando la posibilidad de pensar en diferen-
tes grados de ordenamiento y ruptura, al entender que se terminaría cayendo, de esta ma-
nera, en un “telos de la intensidad” ajeno a la teoría de la hegemonía. Así, según Muñoz,
“La duda que se abre, si es que existen fenómenos más políticos que otros, es que existe
una especie de “telos” de la intensidad y eso genera un problema de vaguedad que obliga
a generar escalas o indicadores que no serían compatibles con la teoría de la hegemonía”
(MUÑOZ, 2006: 140). En la misma línea, BIGLIERI (2008) señala que, “al introducir algún
tipo de escalas o grados, se está haciendo referencia a cierto esencialismo”. En efecto, la
relación amigo/enemigo implica dos polos posibles: la ausencia de lo político y la plenitud
de lo político (la guerra). En ese contexto, una vez que se introduce en su esquema teóri-
co un criterio de intensidad, se termina cayendo en un “télos de la intensidad” (BIGLIERI,
2006, op. cit., pp. 24-25).
versalidad, y a menor intensidad, mayor particularidad y menor universali-
dad (Aboy Carlés, 2010). En otras palabras, de lo que se trata es de pensar
una diferenciación de intensidad o de gradualidad de los componentes de
ruptura y ordenamiento propios de toda identidad (Aboy Carlés, 2001a).
Así, un esquema denominado por Laclau como institucionalista (Laclau,
2005a), como puede ser el caso de un discurso tecnocrático contrario a la
lógica movimientista de articulación equivalencial de demandas sociales,
correspondería al menor grado de intensidad de la cadena equivalencial. De
la misma forma, la presencia (imposible) del totalitarismo sería, en sentido
contrario, el esquema máximo de intensidad de la cadena de equivalen-
cias.
56
Como señala Aboy, mediante este tipo de análisis, que resulta simi-
lar a la división original laclausiana entre “elemento” y “momento” (Laclau y
Mouffe, 1987), la categoría de hegemonía adquiere una lógica “cuasi-tras-
cendental” que se inscribe dentro del tipo de análisis “indecidible” de la teo-
ría derridiana (Aboy Carlés, 2010).
Partiendo de estas premisas, que han sido retomadas también por Julián
Melo en su estudio del populismo kirchnerista (Melo, 2006), creemos
que el discurso menemista se sostendrá en una ambigüedad. En efecto,
por un lado, el enemigo, mucho más presente en intensidad durante la
época del peronismo (Antipatria, Antipueblo, oligarquía), pasará a ser
ahora un adversario legítimo, es decir, que el antagonismo estricto, debi-
litado, como vimos, a partir de la desaparición de la fuerte alteridad ini-
ciada tras el regreso de Perón del exilio, y que comenzará a eliminarse a
partir de la fragmentación social iniciada en la década del 70 (Barros,
2002) y la creciente institucionalización partidaria del peronismo de los
años 80 (Palermo y Novaro, 1996), sin desaparecer del todo, pasará a
ser ahora un antagonismo mucho más flexible y moderado. En las nue-
vas circunstancias, signadas por la presencia de “identidades menos mar-
57
HERNÁN FAIR
cadas” (Castiglioni, 1996) y sentimientos menos “pasionales” que los
existentes en períodos previos, principalmente en lo que refiere al pero-
nismo (Martuccelli y Svampa, 1997), se hará presente, entonces, una ló-
gica de estructuración política caracterizada por lo que Chantal Mouffe
(1999, 2005, 2007) denomina el “agonismo” o, como lo podemos refor-
mular, el “antagonismo atemperado”. En ese nuevo contexto, la confron-
tación y el antagonismo que es propio de toda configuración política, no
desaparecerá totalmente de la escena pública, lo cual resulta imposible
dado su carácter constitutivo de toda identidad (incluso, de la más libe-
ral). Sin embargo, a partir de los cambios producidos desde mediados de
los años 70, a los que debemos agregar la sedimentación parcial ejercida
por el discurso en favor del pluralismo y el respeto al adversario durante
el gobierno de Alfonsín, y la crisis de la palabra política y de gran parte
de la propia “clase política” que se potenciará durante los años ’90 (Hilb,
1994; Rinesi y Vommaro, 2007), la tradicional lógica de antagonismo Pa-
tria-AntiPatria, peronismo-aniperonismo, Amigo-enemigo, que caracterizó
por décadas a la Argentina, se relajará desde la posibilidad latente de una
“guerra potencial”, hacia una novedosa lógica de la simple diferencia y el
respeto (no sin contradicciones) a la democracia pluralista liberal.
Como ejemplo de esta transformación discursiva en la conformación de las
identidades nacionales, podemos citar las palabras del propio presidente
Menem, quien, ya desde sus primeros discursos oficiales, señalará que “Se
acabó en el país el tiempo del peor de los subdesarrollos. El subdesarrollo
de considerar como un enemigo al que piensa distinto” (Clarín, 09/07/89).
Y también: “Hemos terminado por entender que aquel que tenemos al frente
no es nuestro enemigo, es un argentino como nosotros que quizás no com-
parta nuestras ideas desde el punto de vista político, pero quiere una Argen-
tina tan grande como la queremos nosotros” (...) (Discurso del 26/08/91).
En efecto, como dirá en otra oportunidad de forma elocuente, “Para el pe-
ronismo no hay enemigos, hay adversarios” (Clarín, 02/08/93).
Sin embargo, al mismo tiempo que recuperaba la lógica de agonismo y res-
peto de la pluralidad política, diferenciándose en este campo de la lógica de
antagonismo estricto del peronismo (Sigal y Verón, 2003), el líder tenderá a
poner en cuestión la legitimidad de ese agonismo, es decir, que intentará,
como vimos en otro lugar (Fair, 2010), eliminar por todos los medios los
desacuerdos políticos. En ese contexto se entiende su crítica discursiva a
todo aquel sector o grupo social que se opusiese a sus reformas neolibera-
les y la descalificación absoluta de los discursos antagónicos, acusándolos
de atrasados, ilusos, egoístas y agoreros.
Es precisamente a partir de esta ambigüedad populista que caracteriza al
discurso político menemista, y las diferencias estructurales en el grado de
25
-
primavera-verano 2011/2012
58
STUDIA POLITICÆ
intensidad hegemonista entre lo que fuera el tradicional movimientismo pe-
ronista y la parcial institucionalización durante el menemismo, que creemos
conveniente referirnos al discurso de Menem, desde una perspectiva gra-
dualista que asume la posibilidad de matices, como un hegemonismo
“atemperado”
57
o, si se quiere, como un neo-hegemonismo, para diferen-
ciarlo cualitativamente de las características que asume el hegemonismo
peronista de posguerra.
Bibliografía
ABAL MEDINA, Juan Manuel y SUÁREZ CAO, Julieta (2002). “La competencia partidaria
en la Argentina: sus implicancias sobre el régimen democrático” en M. CAVAROZZI y
J. M. ABAL MEDINA (h) (comps.). El asedio de la política. Los partidos latinoameri-
canos en la era neoliberal. Rosario: Homo Sapiens.
ABOY CARLÉS, Gerardo (2001a). Las dos fronteras de la democracia argentina. La re-
formulación de las identidades políticas de Alfonsín a Menem. Rosario: Homo Sa-
piens.
——— (2001b). “El ágora turbia: reflexiones sobre populismo y ciudadanía en la Argen-
tina”, en I. CHERESKY e I. POUSADELA (comps.). Política e instituciones en las nue-
vas democracias latinoamericanas, Bs. As.: Paidós, pp. 383-393.
——— (2002). “Repensando el populismo”. Política y Gestión, 4: 9-34.
——— (2005a). “Populismo y democracia en la Argentina contemporánea. Entre el hege-
monismo y la refundación”. Estudios Sociales, 28.
——— (2005b). “La democratización beligerante del populismo”, ponencia presentada
en el VI Congreso de la Sociedad Argentina de Análisis Político. SAAP, Córdoba.
——— (2010). “Las paradojas de la heterogeneidad”. Studia Politicae, 12.
BARROS, Sebastián (2002). Orden, democracia y estabilidad. Discurso y política en la Ar-
gentina entre 1976 y 1991. Córdoba: Alción.
——— (2006a). “Inclusión radical y conflicto en la constitución del pueblo populista”.
CONfines, 2/3: 65-73.
——— (2006b). “Espectralidad e inestabilidad institucional. Acerca de la ruptura popu-
lista
. Estudios Sociales. 30: 145-162.
BIGLIERI, Paula (2006). “Las asambleas barriales como síntoma de la democracia repre-
sentativa argentina”, fragmento de la tesis doctoral Cacerolazos y asambleas ba-
rriales. La crisis de diciembre de 2001 de la Argentina, presentada en la Facultad
de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México,
México.
57
El término hegemonismo atemperado encuentra algunas similitudes con la noción de
Vicente Palermo del menemismo como un “populismo atemperado”, aunque este autor se
refiere en mayor medida al componente de expansión del gasto público e incentivo a la
demanda y el consumo para dar cuenta de su especificidad (véase PALERMO, 1997).
59
BIGLIERI, Paula (2008). “El concepto de populismo. Un marco teórico”, en P. BIGLIERI y
G. PERELLO (comps.). En el nombre del pueblo. El populismo kirchnerista, Bs. As.:
UNSAM edita, pp. 6-41.
BORÓN, Atilio (1991). “Los axiomas de Anillaco. La visión de la política en el pensamien-
to y en la acción de Carlos Saúl Menem”, en AA.VV., El Menemato. Radiografía de 2
años de gobierno de Carlos Menem. Bs. As.: Letra Buena, pp. 47-83.
BOTANA, Natalio (1985). El orden conservador. Bs. As.: Hyspamerica.
CANELO, Paula (2002). La construcción de lo posible: identidades y política durante el
menemismo. Argentina, 1989-1995. Documento de trabajo de FLACSO, Bs. As.
——— (2005). “Las identidades políticas en la Argentina de los años noventa: continui-
dades y rupturas entre peronismo y menemismo”. @mnis. París.
CASTIGLIONI, Franco (1996). “Argentina. Política y economía en el menemismo”. Nueva
Sociedad, 143: 6-14.
CAVAROZZI, Marcelo (1989). “El esquema partidario argentino: partidos viejos, sistema
débil”, en M. CAVAROZZI y M. GARRETÓN (coords.). Muerte y resurrección. Los par-
tidos políticos en el autoritarismo y las transiciones del Cono Sur, FLACSO: Chile,
pp. 299- 334.
——— (1997). Autoritarismo y democracia (1955-1996). La transición del Estado al
mercado en la Argentina. Bs. As.: Ariel.
CERRUTI, Gabriela (1993). El jefe. Vida y obra de Carlos Saúl Menem. Bs. As.: Planeta.
CHERESKY, Isidoro (1991). Creencias políticas, partidos y elecciones. Cuadernos del Ins-
tituto de Investigaciones de la Facultad de Ciencias Sociales. Bs. As.: UBA.
COPJEC, Joan (2006). El sexo y la eutanasia de la razón. Ensayos sobre el amor y la dife-
rencia. Bs. As.: Paidós.
DE ÍPOLA, Emilio (1983). Ideología y discurso populista. Bs. As.: Folios.
DE ÍPOLA, Emilio y PORTANTIERO, Juan Carlos (1989). “Lo nacional-popular y los po-
pulismos realmente existentes”, en E. DE ÍPOLA. Investigaciones políticas. Bs. As.:
Nueva Visión.
DE RIZ, Liliana (1986). “Política y partidos. Ejercicio de análisis comparado: Argentina,
Chile, Brasil y Uruguay”. Desarrollo Económico, 100: 659-682.
——— (1989). “La Argentina de Alfonsín: la renovación de los partidos y el Parlamen-
to”, en D. NOHLEN y L. DE RIZ (comps.). Reforma institucional y cambio político,
Bs. As.: Legasa, CEDES.
De Riz, Liliana y FELDMAN, Julio (1991). El partido en el gobierno: La experiencia del
radicalismo 1983-1989. Documento N° 64, Bs. As., CEDES.
DE RIZ, Liliana y SMULOVITZ, Catalina (1991). Instituciones y dinámica política. El presi-
dencialismo argentino, en D. NOHLEN y L. DE RIZ (comps.). Reforma institucional y
cambio político, Bs. As.: Legasa, pp. 137-157.
DORNBUSCH, Rudiger y EDWARDS, Sebastián (1990). Macroeconomía del populismo en
la América Latina. México: FCE.
FAIR, Hernán (2007). Identidades y representación. El rol del Plan de Convertibilidad en
la consolidación de la hegemonía menemista (1991-1995). Tesis de Maestría para
HERNÁN FAIR
25
-
primavera-verano 2011/2012
60
STUDIA POLITICÆ
aplicar al grado de Maestro en Ciencias Sociales. Facultad Latinoamericana de Cien-
cias Sociales (FLACSO), Bs. As.: mimeo.
FAIR, Hernán (2009a). “La construcción discursiva de la identidad menemista. Entre la
tradición hegemonista y el cambio”. Redes Culturales, 4: 1-50.
——— (2009b). “El Estado y los trabajadores durante el primer gobierno de Menem en
Argentina (1989-1995)”. Estudios Sociológicos, 80: 551-594.
——— (2010). “Identidades, discurso y política. La articulación y consolidación de la
cadena significante menemista en torno al Régimen socioeconómico de la Convertibi-
lidad (1991-1995)”. Pléyade 5: 83-146.
FARINETTI, Marina y GUTIÉRREZ, Ricardo y Hall, Valeria (1995). “La significación del
conflicto en el discurso político menemista: entre la criminalización y la instituciona-
lización”, en R. SIDICARO y J. MAYER (comps.). Política y sociedad en los años del
menemismo, Bs. As.: Oficina de publicaciones del Ciclo Básico Común, Universidad
de Buenos Aires (UBA), pp. 91-101.
FERNÁNDEZ, Arturo (2006). “El populismo latinoamericano. Realidades y fantasmas”.
Colección, 17: 13-34.
FERREIRA RUBIO, Delia y GORETTI, Mateo (1996). “Cuando el presidente gobierna solo.
Menem y los decretos de necesidad y urgencia hasta la reforma constitucional (julio
1989-agosto 1994)”. Desarrollo Económico, 141: 443-474.
FERRER, Aldo (2004). La economía argentina. Bs. As.: FCE.
FREUD, Sigmund (1973). “Psicología de las masas y análisis del yo”, en Obras completas
de Sigmund Freud, Tomo 3. Madrid: Biblioteca Nueva.
GARCÍA DELGADO, Daniel (1994). El cambio de relaciones Estado-sociedad en el proce-
so de modernización en Argentina. Instituto de investigaciones de la Facultad de
Ciencias Sociales. UBA. Bs. As.: mecanografiado.
GIUSSANI, Pablo (1990). Menem, su lógica secreta. Bs. As.: Sudamericana.
GRAMSCI, Antonio (1984). Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado
moderno. Bs. As.: Nueva Visión.
GROSSI, María y GRITTI, Roberto (1989). “Los partidos políticos frente a una democracia
difícil. La evolución del sistema partidario en la Argentina”. Crítica y Utopía, 18.
HALPERÍN DONGHI, Tulio (1994). La larga agonía de la Argentina peronista. Bs. As.:
Ariel.
HILB, Claudia (1994). Promesa y política. Promesas traicionadas y transición democráti-
ca, Secretaría de Gestión Institucional. Bs. As.: UBA.
JAMES, Daniel (1990). Resistencia e integración: el peronismo y la clase trabajadora ar-
gentina. 1946-1976. Bs. As.: Sudamericana.
LACLAU, Ernesto y MOUFFE, Chantal (1987). Hegemonía y estrategia socialista. Hacia
una radicalización de la democracia. Bs. As.: FCE.
LACLAU, Ernesto (1978). Política e ideología en la teoría marxista. Madrid: Siglo XXI.
——— (1996). Emancipación y diferencia. Bs. As.: Ariel.
——— (2005a). La Razón populista. Bs. As.: FCE.
——— (2005b). “Populismo: ¿qué hay en el nombre?”, en L. Arfuch (comp.). Pensar
este tiempo. Espacios, afectos, pertenencias. Bs. As.: Paidós, pp. 25-46.
61
LACLAU, Ernesto (2006a). “La deriva populista y la centroizquierda latinoamericana”.
Nueva Sociedad, 205: 56-61.
——— (2006b). “Consideraciones sobre el populismo latinoamericano”. Cuadernos del
Cendes, 62: 115-120.
——— (2008). Debates y combates. Por un nuevo horizonte de la política. Bs. As.: FCE.
LECHNER, Norbert (1977). La crisis del Estado en América Latina. Caracas: El Cid.
LEIRAS, Santiago (2009). El cono sur y sus líderes durante los años ’90. Carlos Menem y
Collor de Mello en perspectiva comparada. Bs. As.: Lajouane.
LLACH, Juan (1997). Otro siglo, otra Argentina. Bs. As.: Ariel.
MARTUCCELLI, Danilo y Svampa, Maristella (1997). La Plaza vacía. Las transformacio-
nes del peronismo. Bs. As.: Losada.
MAYER, Jorge (1995). “Algunas notas sobre el menemismo”, en R. SIDICARO y J. MA-
YER (comps.), Política y sociedad en los años del menemismo. Bs. As.: Oficina de
publicaciones del Ciclo Básico Común. Universidad de Buenos Aires (UBA). pp.
279-288.
MC-GUIRE, James (1995). “Political parties and democracy in Argentina”, en S.
MAINWARING y T. SCULLY (edits.), Building democratic institutions. Stanford: Stan-
ford University Press.
MELO, Julián (2006). “¿Qué igualdad? Notas en torno a la democracia y el populismo”,
ponencia presentada en el VII Congreso chileno de Ciencia Política, Asociación Chi-
lena de Ciencia Política. Santiago de Chile, noviembre.
MOUFFE, Chantal (1999). El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo,
democracia radical. Bs. As.: Paidós.
——— (2005). “Política y pasiones: las apuestas de la democracia”, en L. ARFUCH
(comp.), Pensar este tiempo. Espacios, afectos, pertenencias. Bs. As.: Paidós, pp.
77-97.
——— (2007). En torno a lo político. Bs. As.: FCE.
MUÑOZ, María Antonia (2006). “Laclau y Ranciere: algunas coordenadas para la lectura
de lo político”. Andamios, 4: 119-144.
MUSTAPIC, Ana María (1984). “Conflictos institucionales durante el primer gobierno ra-
dical: 1916-1922”. Desarrollo Económico, 23.
——— (1995). “Tribulaciones del Congreso en la nueva democracia argentina. El veto
presidencial bajo Alfonsín y Menem”. Ágora, 3: 75-94.
——— (2000). “Oficialistas y diputados: las relaciones Ejecutivo-Legislativo en Argenti-
na”. Desarrollo Económico, 156.
——— (2002). “Del partido peronista al partido justicialista. Las trasformaciones de un
partido carismático”, en M. CAVAROZZI y J. M. ABAL MEDINA (h) (comps.). El ase-
dio de la política. Los partidos latinoamericanos en la era neoliberal. Rosario: Homo
Sapiens, pp. 137-160.
MUSTAPIC, Ana María y GORETTI, Mateo (1992). “Gobierno y oposición en el Congreso:
la práctica de la cohabitación durante la presidencia de Alfonsín (1983-1989)”. Desa-
rrollo Económico, 126: 251-269.
HERNÁN FAIR
25
-
primavera-verano 2011/2012
62
STUDIA POLITICÆ
NOCHTEFF, Hugo (1995). “Los senderos perdidos del desarrollo. Elite económica y res-
tricciones al desarrollo en la Argentina”, en D. AZPIAZU y H. NOCHTEFF (Eds.), El
Desarrollo ausente. Bs. As.: Tesis-Norma-FLACSO, pp. 21-156.
NOVARO, Marcos (1994). Pilotos de tormentas: crisis de representación y personaliza-
ción de la política en Argentina. 1989-1993. Bs. As.: Letra Buena.
——— (1995a). “Crisis de representación, neopopulismo y consolidación democrática”,
Sociedad, 6: 95-117.
——— (1995b). “Menemismo y peronismo”, en R. SIDICARO y J. MAYER (comps.). Po-
lítica y sociedad en los años del menemismo. Bs. As.: Oficina de publicaciones del Ci-
clo Básico Común. Universidad de Buenos Aires (UBA). pp. 45-73.
——— (1996). “Los populismos latinoamericanos transfigurados”. Nueva Sociedad,
144: 90-103.
——— (1997). “El liberalismo político y la cultura política popular”, Nueva Sociedad, s/d.
——— (2000). Representación y liderazgo en las democracias contemporáneas. Rosa-
rio: Homo Sapiens.
——— (2004). “Menemismo, pragmatismo y romanticismo”, en M. NOVARO y V. PA-
LERMO (comps.). La historia reciente. Argentina en democracia. Bs. As.: Edhasa, pp.
199-221.
O’DONNELL, Guillermo (1977). “Estado y alianzas en Argentina”. Desarrollo económi-
co, 64.
PALERMO, Vicente (1997). “Populismo Temperado: Uma Interpretação Política do Plano
de Convertibilidade Argentino de 1991”. Dados, 1.
——— (1998). “Mares agitados: interpretaciones sobre los procesos políticos latinoa-
mericanos. Brasil y Argentina en perspectiva comparada”, ponencia presentada en el
XXI Congreso Internacional de la Latin America Studies Association. Chicago, sep-
tiembre.
PALERMO, Vicente y NOVARO, Marcos (1996). Política y poder en el gobierno de Me-
nem. Bs. As.: Norma-FLACSO.
PANIZZA, Francisco (2009). El populismo como espejo de la democracia. Bs. As.: FCE.
PITKIN, Hannah (1985). El concepto de representación. Madrid: Centro de Estudios
Constitucionales.
PORTANTIERO, Juan Carlos (1973). “Clases dominantes y crisis política en la Argentina
actual”. en O. Braun (ed.). El capitalismo argentino en crisis. Bs. As.: Paidos, pp.
531-565.
PUCCIARELLI, Alfredo (1999). “Los dilemas irresueltos en la historia reciente de la socie-
dad argentina”, en A. Pucciarelli (ed.). La primacía de la política. Lanusse, Perón y la
Nueva Izquierda en tiempos del GAN. Bs. As.: Eudeba.
QUEVEDO, Luis Alberto (1997). “Videopolítica y cultura en la Argentina de los noventa”,
en R. WINOCUR (comp.), Culturas políticas a fin de siglo. México: Juan Pablos edi-
tor, pp. 53-78.
QUIROGA, Hugo (2005). Argentina, en emergencia permanente. Bs. As.: Edhasa.
RINESI, Eduardo y VOMMARO, Gabriel (2007). “Notas sobre la democracia, sobre la re-
presentación y algunos problemas conexos”, en E. RINESI, G. NARDACCHIONE y G.
63
VOMMARO (comps.), Los lentes de Victor Hugo. Transformaciones políticas y desa-
fíos teóricos en la Argentina reciente. Bs. As.: Prometeo-UNGS, pp. 419-472.
SCHMITT, Carl (1987). El concepto de lo político. Madrid: Alianza.
SIDICARO, Ricardo (1998). “Cambios del Estado y transformaciones del peronismo”. So-
ciedad, 12/13: 37-57.
——— (2003a). La crisis del Estado y los actores políticos y socioeconómicos en la Ar-
gentina (1989-2001). Bs. As.: Libros del Rojas.
——— (2003b). Los tres peronismos. Estado y poder económico 1946-55; 1973-76;
1989-99. Bs. As.: Siglo XXI.
SIGAL, Silvia y VERÓN, Eliseo (2003). Perón o muerte. Los fundamentos discursivos del
fenómeno peronista. Bs. As.: Legasa.
——— (1987a). “La palabra adversativa. Observaciones sobre la enunciación política”,
en AA.VV., El discurso político. Lenguaje y acontecimientos. Bs. As.: Hachette, pp.
13-26.
——— (1987b). La semiosis social. Bs. As.: Gedisa.
WEYLAND, Kurt (1996). “Neopopulism and Neoliberalism in Latin América: Unexpected
affinities”. Studies Comparative International Development, 3.
ZERMEÑO, Sergio (1989). “El regreso del líder: crisis, neoliberalismo y desorden”. Revista
Mexicana de Sociología, 4: 115-150.
Fecha de recepción: 30/09/11
Fecha de aceptación: 08/05/12
HERNÁN FAIR