23
*
El presente artículo se enmarca dentro de una línea de investigación que demanda la
necesidad de discutir ciertos fundamentos que la perspectiva postcolonial ofrece para la
región latinoamericana. Como punto de partida, el trabajo pretende mantener una cerca-
nía estratégica con las obras de los principales exponentes del postcolonialismo, al tiem-
po que se delinean ciertos argumentos que se desprenden de muchas consideraciones
que trascienden lo postcolonial. Por lo tanto, el trabajo aquí desarrollado exige una
aproximación inicial que sea en forma preponderante postcolonial y que promueva, lue-
go de las discusiones que de aquí se desprendan, un análisis más exhaustivo y, por qué
no, enriquecedor.
Muchas de las “notas” citadas en este final de texto responden a esos lineamientos que
requieren una futura aproximación.
**
Doctorando en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid y la
Univesità di Napoli L’Orientale.
Emiliano Abad García
**
Resumen
El presente artículo aborda la necesidad de problematizar dos herra-
mientas conceptuales centrales trabajadas por el postcolonialismo, recu-
rriendo principalmente a la consistencia misma de su lectura de la onto-
logía Latinoamérica y su relación con “lo occidental”. El argumento
que guía el artículo es la de recorrer los contornos de la propuesta epis-
témica y política postcolonial como alternativa frente a aquello que de-
nuncia como dominante. En este sentido, la factibilidad tanto teórica
como empírica del objeto de estudio despiertan necesariamente inquie-
tudes que demandan ser expuestas y problematizadas. En este caso en
Postcolonialismo, breve recorrido
sobre las figuras de lo subalterno y
las apariencias de enunciación *
Código de referato: SP.121.XXIV/12.
STUDIA POLITICÆ Número 24 ~ invierno 2011
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales,
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
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STUDIA POLITICÆ
particular, tanto la subalternidad como el locus de enunciación se arti-
culan en el argumento principal como componentes claves de la narra-
tiva postcolonial. Reconstruir la misma, descubrir sus fisuras y poner en
juego sus premisas constituye el primer paso (evidentemente no el úni-
co) necesario para adentrarnos en una discusión que no hace más que
comenzar.
Palabras clave: teoría postcolonial, América Latina, subalternidad, lo-
cus de enunciación, narrativa.
Abstract
This article addresses the need to discuss and assess two central
postcolonial concepts appealing mainly to the consistency of its own
approach to the Latin American ontology and relationship with “the West”.
The argument that leads the article is to explore the contours and
boundaries of the postcolonial epistemic and political proposal as an
alternative to what they denounce as dominant. Therefore, theoretical and
empirical feasibility regarding the studied object necessarily demands to
be exposed and problematized. In this particular case, both the subaltern
and the enunciation locus converge in the main argument as key
components of the postcolonial narrative. Taking this into account, one of
the aims of this text lies on the importance of analysing the limits and
assumptions of the postcolonial theory in order to initiate an academic and
political discussion. Looking into the mentioned categories and identifying
the places and moments where the postcolonial argument constructs itself
as a narrative constitute the first step required to enter into a debate that
has already begun.
Key words: postcolonial theory, Latin America, subalternity, enuncia-
tion locus, narrative.
L
OS últimos años parecen habernos acercado importantes novedades
en la aproximación a las historias de resistencia y estenografías críti-
cas de la región latinoamericana. Estas formas no son sino reflejo de
novedosas (y no tanto) versiones y reinvención de la práctica teórica que,
muchas veces, están fundadas en nuevas modalidades del quehacer empíri-
co. En este sentido, la aproximación que determinados académicos llevan a
1
El objeto de del presente escrito no tiene como objeto indagar sobre los orígenes del
postcolonialismo. Como es de suponer, la bibliografía al respecto es abundante, espe-
cialmente desde la perspectiva anglosajona. En este caso, resulta interesante recurrir a
modo de introducción a Dube (1999); Hart (1997); Baber (2002) y la lúcida crítica es-
bozada por Dirlik (1994).
25
cabo de la materialización de los procesos de colonialismo y descolonialis-
mo, bajo determinadas situaciones y contextos, dan inicio a aquello que po-
demos denominar movimiento postcolonial.
1
Estas lecturas no deben remitirnos al origen, nacionalidad o lugar desde
donde un determinado sujeto escribe, interpela una realidad determinada.
En este caso, la proximidad dista mucho de ser una cuestión de espacio.
Debemos, sin embargo, abordar sus producciones haciéndonos de sus ex-
periencias, de cómo los mismos transcurren en forma cotidiana por las
marcas y rupturas de años de dominio imperial/colonial. Así, este nuevo
movimiento descubre en éste nuevo contexto el cruce de la historia moder-
na predominantemente europea y las historias contramodernas coloniales,
las cuales constituyen relatos que se encuentran cooptados por una narra-
ción de mayor alcance y coherencia propia (Mignolo, 2007). En las conse-
cuencias de este cruce radica el potencial epistémico del postcolonialismo,
las fronteras y bordes con los que juega. La construcción de este encuentro
constituye el acontecimiento a partir del cual cualquier perspectiva postco-
lonial cobra un sentido inteligible para todos. De ahí bebe y empieza a en-
tretejer su pensamiento.
Las posibilidades de hacerse de la perspectiva postcolonial son múltiples y
transcurren por una amplia gama de dimensiones. Crítica literaria, economía
política, cine, política, estética, lingüística y música hacen del postcolonia-
lismo una suerte de modo de aproximación que parece no preocuparse por
buscar la consistencia que muchos otros demandan. Su presencia es muchas
veces tan perceptible que pasa como incuestionable, en otras, menos eviden-
te y más encriptada. Aquí reside la necesidad de ser perspicaz para saber
desde dónde hacerse de su pensamiento y empezar a apropiárselo. El co-
mienzo válido por el que el postcolonialismo opta supone pensar que deter-
minados acontecimientos se inscriben en nuestra comprensión de aquello
que denominamos “lo real”
2
en forma de ruptura, de quiebre. Claro está que
la propia forma de construir dicho acontecimiento y su devenir en el campo
de lo social no puede ser sino impuesto en forma violenta bajo los trazos del
signo (Ranciere, 2007). Esto me permite aproximarme al conocimiento de la
perspectiva postcolonial desde su intento de dar cuenta de las posibilidades
de formulación de un conocimiento fundado en una nueva imagen del mun-
do. Esto implica, desde el anclaje de este pensamiento, volver la mirada so-
bre la capacidad de actuar históricas de los sujetos. Así, el postcolonialismo
seduce desde su demanda de construcción de una historiografía distinta, que
tome como punto de partida la ruptura y descentramiento geo cultural del lo-
EMILIANO ABAD GARCÍA
2
Entendido como forma de representar y obtener una imagen de mundo, no como la re-
cuperación de un goce imposible (Lacan, 2009; Stravakakis, 2007; Zizek, 1994).
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STUDIA POLITICÆ
cus de enunciación de un saber que nos envuelve como extranjeros de“lo
mismo”.
Evidentemente la necesidad de una producción diferenciada de conoci-
miento, principalmente desde y no tanto de estos nuevos lugares, debe ex-
plicarse desde las características dentro de las cuales se inscribe y constru-
ye el saber-poder académico en nuestras actuales sociedades de
conocimiento (Foucault, 2005). De esta manera, los sucesos que dan senti-
do al surgimiento del pensamiento postcolonial no son sino consecuencia y
simultáneamente producto de una suerte de justicia popular a la propia for-
mación de los conceptos, de cómo estos se derraman y abrazan lo real en el
contexto latinoamericano. Cierto es que la atribución de“popular” a este
juicio dista de ser precisa, ya que estas nuevas aproximaciones no dejan de
estar reducidas a un círculo medianamente interconectado de “intelectua-
les”, dispersos por el mundo pero con claras afinidades de distinta índole
con la región. Afinidades que intervienen poniendo en juego todas aquellas
construcciones heredadas de la aparente lejana y ausente experiencia colo-
nial latinoamericana. Al mismo tiempo, se debe tener presente que estas
experiencias compartidas no dejan de estar atravesadas por los marcos a
través de los cuales estos intelectuales aprehenden la cotidianidad social de
la cual forman parte.
Esta necesidad de repensar dimensiones claves del devenir latinoamericano
debe abordarse dentro del variado abanico de formas de entender la confor-
mación de la realidad en la cual estamos inscriptos. Es decir, el postcolo-
nialismo se mueve no solo en el ejercicio de una“forma otra” de abordar lo
social y lo que esto supone, sino que demanda al mismo tiempo una lectu-
ra meticulosa y a contrapelo de las historias locales. Da inicio así a una re
lectura de los hechos y procesos sociales regionales como construcciones
de un“Otro”
3
, que sabe bien cómo hacer hablar al“otro”, al protagonista
menor de su propio trascurrir por el mundo. Aparece así frente a nosotros
lo que muchos ya sabían o intuían, pero que muchos otros necesitábamos
tontamente encontrar en los mismos espacios que legitiman, operan y dotan
de sentido a estas imágenes.
En el amplio abanico de aquello que me atrevo a llamar lo postcolonial en
Latinoamérica debemos estar abiertos a perspectivas que supongan repen-
sar versiones de antropologías y etnografías que forman parte de nuestro
imaginario histórico. Al mismo tiempo supone estar dispuestos a entrelazar
las viejas y nuevas producciones conceptuales, en el intento siempre reno-
vado de encontrar y desnudar los mecanismos de dominación y hegemonía
3
La mayúscula no debe conducirnos, por ahora, a una lectura lacaneana del término.
27
en la construcción del saber. De esta manera, lo postcolonial remite a cómo
la epistemología colonial/moderna configura geo-históricamente el territo-
rio, la cultura y la lengua. En este sentido, no es necesario recurrir a la ex-
periencia de los primeros años de la colonización territorial, ya que dicha
colonización encuentra continuas manifestaciones a lo largo de la historia y
en la actualidad, haciendo de sus consecuencias el signo distintivo de nues-
tros días. En cierta medida, la perspectiva postcolonial demanda ver en
cada momento, en cada interacción un acto de negociación, denuncia, pro-
ducción de significados y procesos de subjetivación que responden a mar-
cos más amplios pero no por ello menos cercanos.
Ambicioso proyecto dentro de la imperiosa necesidad que imbuye a mu-
chos autores a la búsqueda de posibilidades de descolonizar el saber euro-
peo, los diferentes momentos y movimientos que lo constituyen. Así, no
solo denunciar sus grietas sino también abrir un espacio y habitarlo a partir
de las heridas y marcas que la herencia colonial imprime en los cuerpos,
saberes e identidades coloniales contemporáneas (Anzaldúa, 1987). En de-
finitiva, intentar un “pensamiento otro” desde el presente donde la herida
colonial constituye el acontecimiento fundacional y, a partir del cual, se ini-
cia un desplazamiento que dota de un nuevo sentido a las particularidades
que ahora se vuelven sobre sí mismas.
Es aquí donde las cosas empiezan a ser un poco más inteligibles para to-
dos, el postcolonialismo como imagen de pensamiento se vislumbra como
algo factible dentro del campo de los anhelos de “emancipación”. La pre-
ocupación de Quijano, Coronil, Escobar, Mignolo, Lander, entre otros, su-
pone con sus diferentes matices y acentos comenzar a desentrañar el deve-
nir colonial-postcolonial desde ciertas líneas comunes. La existencia de
espacios de contacto producto de la matriz Modernidad/Colonialidad (Qui-
jano, 1990, 2000, 2001) instaura y dinamiza un conjunto de relaciones y
prácticas que van a dotar de sentido a aquellos nodos donde estos autores
van a centrar su atención. Así, la “diferencia colonial” (Mignolo 2003,
2007) como producto de este contacto demanda la necesidad de interpretar
las narraciones y discursos de opresión y subalternización como conjunto
de artefactos y tecnologías. La mirada se centra no solo en esas narraciones
que definen lugares, sino también en dar cuenta de los bordes del sujeto
colonial y los propios del ser europeo, occidental. Así, se hace entrever
cómo la estética de lo colonial y postcolonial no pueden desentenderse de
los modos de construcción de espacios de actuación y de definición, de qué
prácticas son válidas y cuáles no. Encomendarse a sus escritos supone ha-
cer explícitas las premisas bajo las cuales se puede considerar a un sujeto
como una entidad discursivamente legítima dentro de la realidad social en
la cual nos encontramos. Al mismo tiempo, lleva a particularizar aquello
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que redefine constantemente el ser latinoamericano, enmarcándolo, en la
medida de lo posible, en cómo se inscribe dentro de mecanismos globales
de distribución de saber, cultura y capacidad de acción genuina.
Un primer paso para entender el postcolonialismo supone descomponer las
“condiciones bajo las cuales la colonialidad del poder fue y es una estrate-
gia de la modernidad, desde el momento de la expansión de la cristiandad
más allá del Mediterráneo, que contribuyó a la autodefinición de Europa, y
fue parte indisociable del capitalismo, desde el siglo XVI” (Mignolo, 2001:
9). Sin embargo, dicha construcción de Occidente desplaza la dimensión
colonial del proceso de constitución de su propio espacio de enunciación.
En este sentido, “el lugar de enunciación de las disciplinas es, precisamen-
te, un lugar geopolíticamente marcado” (Mignolo, 2001: 13), dónde Occi-
dente niega la instancia colonial como presente enunciativo en la condición
histórica y epistemológica de la modernidad occidental (Dube, 2001). Re-
sulta importante no perder de vista que si bien podemos coincidir en una
cierta crisis de la modernidad, de la cual el postcolonialismo es uno de sus
productos al tiempo que se alimenta de dicha situación, esta crisis no “con-
lleva el debilitamiento de la estructura mundial al interior de la cual opera-
ba tal dispositivo” (Castro-Gomez, 2000: 246). Es decir, este sistema-mun-
do moderno/colonial como estructura mundial, sigue siendo una máquina
generadora de alteridades que simultáneamente produce y moldea la hibri-
dez y multiplicidad bajo su lenguaje y códigos (los recientes acontecimien-
tos sucedidos en el mundo magrebí y el respectivo trato que han recibido
parecen incluso reforzar este argumento). Por lo tanto, nuestra mirada debe
tener siempre presente el peligro que implica poner en juicio las prácticas
modernas en el marco de la economía capitalista global. Así, la celebración
de la inquisitoria denuncia en si misma puede ya formar parte de aquello
que se pone en la mira, puede estar así contribuyendo a su propia consoli-
dación. En este sentido, al abordar las formas que el postcolonialismo
adopta para hacerse de lo cotidiano, nos obliga a no dejar de dudar acerca
de si sus premisas no habitan las fronteras internas mismas de aquello que
denuncia.
Considero que la mejor forma de indagar en estas inquietudes resulta de
amarrarnos a la propia mirada de los autores postcoloniales, quienes identi-
fican en la “subjetividad” el protagonista que fluye por todas las dimensio-
nes pertinentes de ser analizadas. Pensar a partir de aquello que podemos
definir como sujeto (post) colonial demanda trascurrir por los campos de la
historia, del saber académico, del dominio de la técnica, las prácticas lin-
güísticas, de enunciación y traducción. Trascurrir los rastros del sujeto no
solo representa una decisión teórica del postcolonialismo, sino que se
adapta también a un opción estratégica válida para aproximarnos a la diver-
sidad de sus producciones desde sus similitudes y distancias. La intención
29
de esta perspectiva como problematización del devenir colonial/postcolo-
nial surge como un intento de repolitización del sujeto colonial. Hacer del
sujeto el páramo de la construcción postcolonial lo llevan, como perspecti-
va de pensamiento, a intentar buscar en lo subalterno “los atributos de una
entidad histórica sustantiva y singular” (Dube, 2001: 40).
La importancia de centrar la mirada en la subalternidad como forma se
trasluce, desde los postulados de teoría y praxis del postcolonialismo, como
el producto de todo lo que esta perspectiva denuncia bajo las figuras de lo
colonial y moderno. Sin embargo, dicha denuncia debe ponerse en relación
con el hecho de que el postcolonialismo deposita en el atributo de la subal-
ternidad las propias condiciones de construir una alternativa ontológica-
mente válida. Lo subalterno como vacío definido y atravesado por el saber
eurocéntrico, por la definición de lo local y latinoamericano, por la “cara
oculta de la modernidad” constituye al mismo tiempo su única posibilidad
de superación. El proyecto postcolonial como algo diferente frente a quie-
nes piensan a la región y a quienes asumimos esa realidad como propia,
pone así al producto mismo de ese pensamiento, de ese saber, del conjunto
de sus prácticas, es decir, al subalterno, como la condición más fructífera
para su desenvolvimiento como propuesta de superación.
Es aquí donde hacer visible el ejercicio de lo colonial por fuera de las ins-
tituciones tradicionales y la constitución del Estado-Nación nos demanda
prestar atención a la naturaleza de sus propias premisas. Un proyecto de
tal magnitud, que se asienta sobre las consecuencias mismas que lo funda-
mentan, no puede evitar estar limitado por el conjunto de relaciones que
dan origen a dicho pensamiento. Enmarcar al sujeto (entre otros) dentro
de los tintes de la subalternidad, para así aprehender lo cotidiano desde las
consecuencias del occidentalismo, puede dejar trazos de aquello de lo que
se pretende huir. La constitución del pensamiento postcolonial parece
construir su propio espacio diferenciado de enunciación y producción de
un “saber otro” como un mero desprendimiento, como aquello que decan-
ta de lo que él mismo denuncia. Es decir, resulta por demás relevante ana-
lizar en qué medida el postcolonialismo problematiza las condiciones de
posibilidad de su propio argumento como propuesta “emancipadora”. Pue-
de que aquí resida el nuevo triunfo de aquellas prácticas de la que se quie-
ren escapar, puede que el nudo de la cuestión resida en plantear el proble-
ma en esos términos.
Primer Movimiento: Locus de Enunciación como tarea Postcolonial
Comenzar a referirnos al postcolonialismo supone, en forma arbitraria cla-
ro, decir nada de aquello que esta perspectiva nos cuenta. Me explico. Des-
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de lo postcolonial a la denuncia le prosigue una propuesta, no hay nada
más reprochable que ser un mero reaccionario. Es en esa alternativa que la
referencia a un locus de enunciación es central y se arrastra desde la crítica
misma al orden de las cosas. “Deberíamos pensar, entonces, en algo así
como teorías postcoloniales de enunciación (...) la posibilidad de pensar la
expansión colonial (y la modernidad) desde los espacios conflictivos de
enunciación que se generan en las formas de concebir prácticas culturales”
(Mignolo, 1995: 9).
A pesar de ello, considero que dado el ritmo que el pensamiento postcolo-
nial quiere imponer, no definir al menos ciertos vértices desde los cuales
entender qué es un locus de enunciación juega en contra de la capacidad de
la perspectiva de hacerse inteligible a su audiencia. Más allá de la cantidad
de veces que el concepto es mencionado en los diferentes textos postcolo-
niales, los márgenes dentro de los cuales podemos entender estas referen-
cias son muy laxos. Por ello, desde lo personal, considero que definir cier-
tos parámetros desde los cuales poder entender qué supone un locus de
enunciación no solo nos puede dar una mejor comprensión del relato post-
colonial sino, al mismo tiempo, dotar a dicho pensamiento de una herra-
mienta más precisa. El primer paso implica entender que el “lenguaje de la
crítica es efectivo no porque mantenga siempre separados los términos del
amo y el esclavo, el mercantilista y el marxista, sino en la medida que su-
pera las bases ya dadas de la oposición y abre un espacio de traducción: un
lugar de hibridismo, hablando figuradamente, donde la construcción del
objeto político que es nuevo, ni el uno ni el otro, aliena apropiadamente
nuestras expectativas políticas, y cambia, como debe, las formas mismas de
nuestro reconocimiento del momento de lo político” (Bhabha, 2002: 45).
Así es que a partir de las propias apreciaciones y menciones desde este
pensamiento podemos intentar dar algunos lineamientos para enfrentar
nuestras aproximaciones al locus de enunciación desde el postcolonialismo
y por fuera de él. Solo así accederemos a una comprensión más cercana al
propio pensamiento, considerando que es desde este locus desde donde
construye su propuesta, no perdiendo de vista que aquello que aquí men-
cionemos con respecto al mismo es tentativo y requiere de apreciaciones
que exceden al postcolonialismo. Lo que en las siguientes líneas se ofrece
se convierte en una suerte de entendimiento compartido, entendimiento que
desde un inicio resulta insuficiente y requiere de una re-elaboración cons-
tante.
El principal giro que el postcolonialismo pretende instaurar es aquel que
supone que todo aquello que ha sido convertido y tratado como subalterno
y objeto de estudio por parte de la filosofía y disciplinas occidentales se
transforma ahora en un nuevo lugar de enunciación. “La colonialidad es el
31
sitio de enunciación que revela y denuncia la ceguera de la narrativa de la
modernidad desde la perspectiva de la modernidad misma, y es al mismo
tiempo la plataforma de la pluriversalidad, de proyectos diversos prove-
nientes de la experiencia de historias locales tocadas por la expansión occi-
dental” (Mignolo, 2003: 187). Con respecto a esto, debemos entender que
cada locus define a priori y reformula en forma constante un objeto de refe-
rencia que le permite afirmarse como tal.
4
En el caso postcolonial, tal
como la cita lo enuncia, el objeto de referencia es la narrativa moderna y su
propio locus de enunciación desde el cual se desprenden un conjunto de
consecuencias que se intentaran presentar brevemente en este artículo. El
pensamiento objeto de esta investigación escenifica la relevancia de centrar
la atención no en la condición histórica postcolonial, sino desde dónde se
significa una realidad, desde dónde es posible historizarla. “El locus enun-
ciativo es parte del conocimiento y de la comprensión tanto como lo es la
construcción de la imagen de lo “real” que resulta de un discurso discipli-
nario, puesto que en una epistemología contructivista las interacciones en-
tre los sujetos adquieren mayor relevancia que las relaciones entre el dis-
curso (o los signos) y el mundo” (Mignolo, 1994: 43).
En este sentido resulta evidente que el locus occidental es radicalmente di-
ferente del que el postcolonialismo pretende construir. Sin embargo, tam-
bién es necesario sostener que ambos deben compartir una cierta porción
de sus locus para que las referencias sean compatibles. El vínculo debe en-
tenderse considerando que “the locus of enunciation of the discourse being
read would not be understood in itself not in the context of previous loci of
enunciation that the current discourse contests, corrects, or expands. It is
much the saying (and the audience involved) as it is what is said (and the
world referred to) that preserves or transforms the image of the real cons-
tructed by previous acts of saying” (Mignolo, 2003b: 22).
5
No debemos
entender de esto la presencia de una conexión causal o lineal, sino la de
una serie producto de sedimentos que se van arrastrando de un locus a otro
que hacen que siempre tengamos que desplazarnos de un significado (y
significante) a otro. El fundamento de esta necesidad no es sino, en clave
derrideana, que el locus postcolonial también está atravesado por la diffé-
rance, por lo que su sistema de significación nunca va a ser suficiente para
EMILIANO ABAD GARCÍA
4
Luego veremos este componente presente también al tratar la “subalternidad”, dado
que ambos elementos están relacionados.
5
“el locus de enunciación del discurso que se está leyendo/abordando no sería entendi-
do en sí mismo sin el contexto de un locus de enunciación previo que el presente locus
contesta, corrige o expande. Es tanto el decir (y la audiencia involucrada) como aquello
que se dice (y el mundo al cual refiere) lo que conserva o transforma la imagen de lo real
construido por los actos de decir/enunciar previos” (traducción propia).
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STUDIA POLITICÆ
sí mismo, el locus es siempre incompleto, pero esta al mismo tiempo siem-
pre por completarse (Derrida, 1998). La división manifiesta en el proceso
de sedimentación se presenta en la escisión del sujeto postcolonial que de-
sarrollaremos más adelante. Lo que nos interesa en referencia al locus es
que esta división/fractura, da al significante (Occidente/modernidad) una
prioridad en la producción de sentido con respecto al significado. Si bien
conduciría a un error identificar la división del psiocanálisis con aquella
que el postcolonialismo postula nuestra indagación debe conservar la rele-
vancia de poner al locus en relación con el significante y la subjetividad.
(Lacan, 2009).
Sin embargo, y en esto ni la perspectiva aquí trabajada presta atención, am-
bos locus de enunciación no solo difieren en su contenido, sino que el pos-
tcolonialismo debe al menos aspirar a tener una configuración y composi-
ción marcadamente distinta. De lo contrario, solo se ensancha el locus
dominante, se le pide permiso para escribir y aumentar sus propias publica-
ciones. Se nos invita a identificar como “el movimiento se inicia si obser-
vamos que la relación entre la política/teoría está determinada por la regla
de la materialidad repetible (...) a pesar del esquema de uso y aplicación
que constituye el campo de estabilización de tales enunciados, cualquier
cambio en las condiciones de uso y reinversión del enunciado, cualquier al-
teración en su campo de experiencia o verificación o, de hecho, cualquier
diferencia en los problemas a resolver pueden conducir a la emergencia de
un nuevo enunciado: la diferencia de lo mismo” (Bhabha, 2002: 42). Así,
resulta por demás importante no entender a este nuevo locus de enuncia-
ción como el mero efecto de un proceso de hybridización (como diría Bha-
bha) producto de la multiplicidad de relaciones a la que está expuesto. Esto
no sería sino una interpretación desde el propio locus dominante que bus-
can hacerse de esta nueva posición desde sus propios códigos y categorías,
para los cuales el lugar de enunciación postcolonial se presentaría como
una mixtura de sus propios significados. Claro que esto reclama abordar
cómo es que un locus se construye y logra irrumpir en un campo determi-
nado.
Desde un primer momento constituir un locus es una actividad que supone
siempre la presencia de otros, de una cierta audiencia que se convierte,
sea por ser objeto directo o por el capricho del azar, en los destinatarios
del mismo. Lo que emane de él va a encontrar su cauce hacia dicho públi-
6
Podrías encontrar aquí también el punto de quiebre central entre Deleuze y Derrida y
Foucault por otro lado. El elemento central parece centrarse en la apuesta por una “onto-
logía otra”. En este sentido ver Deleuze y Guattari (2005), Deleuze (2006) y el capítulo
3 de May (2005).
33
co, lo necesita ya que su tarea no consiste en la producción material (aun-
que lo termine haciendo), sino que su sentido se funde en al acto mismo
de enunciación, el resto ya es algo perteneciente a otros dominios. Así el
locus tiene como primera tarea constituirse como tal, y ya así su tarea más
importante estará cumplida. Lo que sigue, sobrevivir, evitar disolverse.
Constituir un lugar de enunciación es el primer paso para “reificar” algo,
para instaurar aquello que moviliza al locus para instaurarse como tal.
6
Es
aquello que el locus trae consigo, que el postcolonialismo esconde para
hacer explotar como novedoso, lo acarrea no como algo “ya dado, sino de
volverse cosa de eso que, en sí, no es, o al menos a primera vista parece
no ser una cosa. Eso que se reifica es, entonces, una prerrogativa de la
mente, un postulado lógico, un modo de ser, una condición de posibilidad
de la experiencia” (Virno, 2004: 124).
Lo anteriormente mencionado supone engendrar un argumento desde el
acto mismo de enunciación, de eso se trata en si misma lo novedoso de la
tarea postcolonial, hay que definir al menos un guión tentativo. “El pianis-
ta interpreta un vals de Chopin, el actor es más o menos fiel a una escenifi-
cación preliminar, el orador tiene siempre algún apunte al que remitirse: to-
dos los artistas intérpretes pueden apoyarse al menos en una partitura”
(Virno, 2003: 62) El guión se debe presentar desde mi perspectiva como un
mínimo irreductible, como un “de aquí en adelante”, después del mismo,
pura potencia. Sin embargo, potencia que nadie reconoce, ni desde el post-
colonialismo, se rodeada de límites que hay identificar y reconocer. Puede
que el locus no se asiente sobre una estructura sólida en forma permanente,
sea en sí más inquieto y ambivalente con respecto a este tema. Sin embar-
go, todo aquello sobre lo que reposa debe encontrar siempre al menos
nuestra inocente sospecha.
Sospecha que se fundamenta en que siempre hay un límite, aunque móvil,
aunque poroso, es la incisiva construcción de una cartografía (curiosa coin-
cidencia con la importancia de los mapas en el postcolonialismo). Así es
como definir un locus es recurrir a un plano, a longitudes y latitudes, agre-
gar variables, que desde los enunciados se configuren las combinaciones
posibles, diferentes velocidades, no saber bien cómo medirlas o si tiene
sentido hacerlo. La noción de un plano no es sino poder establecer un re-
gistro en el locus, saber en qué condiciones puede aparecer, construir y
enunciar, y cuando no es factible esperar algo de él. El poscolonialismo lo
conduce desde múltiples líneas, entre ellas como ya daremos cuenta, la
búsqueda de categorías nuevas desprovistas de violencia occidental. De lo
que se trata es de poder entender estos conceptos en relación a cómo son
producidos y desde dónde, entendiendo que “los conceptos son disposicio-
nes abstractas como configuraciones de una máquina, pero el plano es la
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STUDIA POLITICÆ
máquina abstracta cuyas disposiciones son las piezas. Los conceptos son
acontecimientos, pero el plano es el horizonte de los acontecimientos, el
depósito o la reserva de los acontecimientos puramente conceptuales: no el
horizonte relativo que funciona como un límite, que cambia con un obser-
vador y que engloba estados de cosas observables, sino el horizonte abso-
luto, independientemente de cualquier observador, y que traduce el aconte-
cimiento como concepto independiente de un estado de cosa visible donde
se llevaría a cabo” (Deleuze, 2005: 40).
El locus de enunciación deviene en el plano en que las cosas encuentran su
propio sentido. Es el contexto de posibilidades del postcolonialismo, todo
aquello que cree que puede alcanzar y donde simultáneamente reposa. Los
conceptos son acontecimientos, pero el locus es el Acontecimiento, la
irrupción, el corte que hace emerger cualquier novedad, cualquier forma
nueva de pensamiento, de entender a las subjetividades, una condición del
cuerpo, una nueva geografía para una episteme diferente, la única forma de
hacer hablar a la “herida” y hacerla visible (Mignolo, 2003; Quijano,
2000). De esta manera es como el locus “es lo que garantiza el contacto de
los conceptos, con unas conexiones siempre crecientes, y son los conceptos
los que garantizan el asentamiento de población del plano sobre una curva-
tura siempre renovada, siempre variable” (Deleuze y Guatari, 2005: 41).
Como podemos intuir, no constituye una opción genuina habitarlo o no, se
habita y listo. No hay un pasado del locus, como tampoco algo por venir,
es pura actualidad, siempre “es” al tiempo que siempre ya fue constituido.
Aquí, la predisposición frente al locus es análoga a la noción de un “texto
escribible”, como “un presente perpetuo sobre el cual no puede plantearse
ninguna palabra consecuente (que lo transforma fatalmente en pasado); el
texto escribible somos nosotros en el momento de escribir, antes de que el
juego infinito del mundo (el mundo como juego) sea atravesado, cortado,
detenido, plastificado, por algún sistema singular” (Barthes, 2004: 2). El
locus solo aparece cuando se lo actualiza, es decir en el acto de enunciar,
“el enunciado se refiere solamente al hecho de que alguien lo ha produci-
do. No refleja estados de cosas del mundo, sino que configura ella misma
un evento: un evento sui generis, pero que consiste únicamente en la in-
serción del discurso en el mundo” (Virno, 2004: 53). Si bien el propio teó-
rico italiano no compartiría este argumento, el locus esta siempre ahí aun-
que ciertamente escondido, no llega ni a aparecer en segundo plano del
reparto, es el reparto mismo en ejercicio. El locus nunca es apariencia, si
se actualiza se lo habita, así es como aparece como dado, cuando clara-
mente sabemos que no es así. Remitirnos al acontecimiento de su constitu-
ción es una tarea necesaria pero ciertamente imposible, siempre condena-
da al fracaso. Sin embargo, solo podemos darnos cuenta de ello si
35
recorremos el camino de la producción del locus, de cómo nos desenvol-
vemos en él.
“Con la simple emisión de la voz articulada, o también, aunque se vuelve
un fenómeno, algo que compete al phainesthai, a la aparición. Se expone
así a los ojos de los demás. Y, precisamente en dicha exposición consiste
la obra inconfundible del rito” (Virno, 2004: 52). Debemos partir de una
noción ciertamente básica, no se trata de hacer algo con lo que uno dice,
sino hacer algo precisamente hablando, llevar a cabo la acción desde la
performatividad misma del acto de enunciar del lenguaje. Esto nos obliga
a no confundirnos, al tiempo que ponemos en relación el acto de enuncia-
ción del locus con el texto del enunciado. Resulta por demás importante
mantener esta distinción en términos analíticos, ya que nos acompañara a
través de todo el desarrollo del trabajo. En este sentido, lo que se busca
hacer visible es como “al yo pronominal de la proposición no se le puede
pedir que se dirija (en sus propias palabras) al sujeto de la enunciación,
porque éste no es personable, sino que se mantiene en una relación espa-
cial con el esquema y las estrategias del discurso” (Bhabha, 2002: 57).
Debemos entender esta afirmación, en base a lo que aquí intentamos ex-
poner, como lo que es, es decir, ni una cosa ni la otra. El punto reside en
el hecho que el enunciado no da cuenta de la estructura de la posición de
quien lleva a cabo el acto de enunciación. Sin embargo, creer que en la
misma constitución de dicho acto el contexto puede ser desvinculado de
su contenido constituye una falacia. El enunciado dice mucho, pero no es
suficiente; el locus revela importantes componentes, pero no es suficiente,
aquello que se dice es relevante pero pasajero, aún así insuficiente. A esta
característica debemos agregarle otra pequeña dificultad al momento de
llevar a cabo el análisis. Una cosa es dar cuenta de cómo el locus se pro-
duce, otra de cómo se representa, cómo podemos referirnos al mismo. El
mismo Mignolo bordea esta distinción revelando la relación del locus con
la representación, pero al establecer una equivalencia entre ambos pasa
por alto las dificultades de dar cuenta del primero recurriendo a la repre-
sentación. Su desvio es categórico, “it is because any interests are located
more in enactment than in representation; or, if you wish, in representation
as enactment” (Mignolo, 2003b: 332).
7
La instancia de producir y representar al locus nos arrastra a dar cuenta de
otro fenómeno que se inscribe en el acto de enunciación de un locus deter-
minado. Las posibilidades de expresión, sea en forma escrita, hablada o
EMILIANO ABAD GARCÍA
7
“es porque cualquier interés está localizado más en la enunciación/promulgación que
en la representación; o, si lo desean, en la representación como acto de enunciación/pro-
mulgación” (traducción propia).
24 - invierno 2011
36
STUDIA POLITICÆ
incluso formas estéticas que se desentienden de estas, parecen conformar
en el acto mismo de su constitución un distanciamiento radical con res-
pecto a quien le solemos atribuir su punto de inicio, sea un cuerpo parlan-
te, sea un “artista ejecutante” (Virno, 2003; 2004). No estoy en condicio-
nes de presentarles qué es lo que habita entre la boca y las palabras, entre
la mano y lo que escribimos, sino de marcar el corte en el flujo concien-
cia-boca-lengua-voz-grito-sonido//palabra-imagen, mirada al papel-mano-
yemas-bolígrafo-punta-tinta//papel con tinta-muro-simple línea-párrafo. El
propio Mignolo, en quien encontramos mucho de aquello que parece no
querer decir, nos muestra muy bien este detalle, al reconocer pero no iden-
tificar que hay en “ese momento intermedio entre el habla y la escritura,
antes y después de la lengua” (Mignolo, 2003: 327). El significado, y se
nos cuela Derrida, solo así es posible, solo a costa de dislocarse de su
punto de origen y volverse contra el mismo (que es solo un punto de ori-
gen próximo y aparente). Así como nada puede escapar al significante y
un significado remite inevitablemente a otro significado, siempre se trata
de flujos, solo hay flujos, “el es un relevo de algo siempre asumido como
pre-existente” (Spivak, 2008: 57). El flujo se corta, hay algo que reside en
esa ruptura, pero que se corte no lo invita a perecer, sino que a trascurrir
otras grietas y polos a lo que esos flujos son conducidos, aquí está el vér-
tice que hay que recorrer.
“Para entreabrir el espacio de aparición, dentro del cual todo evento gana
status de fenómeno, existe el tránsito del puro poder-decir a la emisión de
una voz significante. La acción de enunciar, o sea el pasaje de la potencia
al acto, es afirmada, dentro del mismo enunciado en acto (...) la enuncia-
ción introduce al que habla en la propia palabra, es decir, lo introduce en
la parte que se dispone a recitar” (Virno, 2004: 43). La cita retoma mucho
de lo que venimos exponiendo, también no deja de contradecirlo, ni Deleu-
ze ni Virno compartirían mucho de lo que se pretende aquí mostrar. Sin
embargo, recurrir a esas líneas tiene por objeto reconocer un problema que
en algún momento debe ser resuelto, no tanto para dar cuenta del postcolo-
nialismo, sino para un eventual “después” del mismo. El detalle deviene
del hecho que el locus de enunciación sigue necesitando de un sujeto, al
menos de la forma en que lo venimos entendiendo. Es decir, a alguna
“cosa”, entidad, le tenemos que asignar el acto de enunciación, de decir
algo acerca de la modernidad, de la condición postcolonial, de qué enten-
demos por América Latina. No afirmamos que el enunciado le pertenece,
eso ya es otra cosa aunque el postcolonialismo lo tenga bien claro, “lo que
yo creo seriamente es que lo que «hay» es alguien que asegura que «es
así». El hecho innegable es el propio enunciado, corresponda o no su con-
tenido a lo que enuncia” (Mignolo, 2003: 417).
37
La cuestión aquí planteada no debe entenderse desde una perspectiva pos-
thumanista, sino que limitándonos al movimiento aquí trabajado, es en
esta instancia donde la subalternidad como espacio entra en juego y las
diversas subjetividades que lo ocupan desarrollan sus funciones de enun-
ciación. Así es como en lugar de anunciar un suerte de desaparición o
muerte del sujeto, o el ascenso de un sujeto histórico universal, el postco-
lonialismo, mediante el descentramiento del lugar de enunciación, busca
que en dicho espacio se constituyan múltiples sujetos, que la relocaliza-
ción de su propio locus de enunciación transforme la crítica a la moderni-
dad en una forma externa y radical de la misma. Como ya mencionamos,
es una cuestión de definir una cartografía. De esta manera, “para ocupar
el locus de enunciación labrado por él (postcolonialismo), uno no necesi-
ta ser latinoamericano ni vivir en el continente. Latinoamérica en sí mis-
ma deviene una perspectiva que puede ser practicada en múltiples espa-
cios, con tal de que se constituya desde elaboraciones contrahegemónicas
que desafíen el supuesto mismo de Latinoamérica como objeto de estudio
constituido, «previo a» y «afuera de» los discursos a menudo imperialis-
tas que lo construyen” (Escobar, 2003: 69; la aclaración “(postcolonialis-
mo)” me corresponde). Sostuvimos que el locus de enunciación moderno
y postcolonial debían diferir en su composición, sin embargo con respec-
to al sujeto ambos confluyen en idéntico punto. “El cógito quiere decir
que todo enunciado es la producción de un sujeto. Y en segundo lugar
quiere decir que todo enunciado separa al sujeto que lo produce (...) son
proposiciones que se encadenan naturalmente, pues si es verdad que un
enunciado es producido por un sujeto, este va a dividirse por eso mismo
en sujeto de enunciación y sujeto del enunciado. En esto consiste el cami-
no literal del cógito” (Deleuze, 2005: 181).
Considero que ya tenemos suficientes herramientas para poder al menos
abordar el problema del locus desde el postcolonialismo. Sin embargo,
no debemos nunca dejar de considerar algunas posibilidades. Me refiero
a que puede que el locus de enunciación no exista, siempre estaremos re-
firiéndonos o al sujeto o al enunciado, el locus estará en ambos, pero
nunca lo encontraremos allí tampoco. No hay una alternativa frente a
esto, sin embargo, más allá de la mera retórica, el mismo tiene un senti-
do que lo hace valer por sí mismo, producir efectos y tener propiedades.
8
Puede que por esto el postcolonialismo ni se preocupe por dar cuenta
qué es el locus de enunciación para esta perspectiva teórica. Aquí, solo la
incógnita.
EMILIANO ABAD GARCÍA
8
En cierta medida el locus de enunciación funciona como un “MacGuffin”. (Zizek,
2005).
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38
STUDIA POLITICÆ
Recorrer un papel, apoyarse en los bordes, devenir en Subalterno
Poder tener presente qué es lo que entendemos por locus de enunciación
nos pone en condiciones de poder adentrarnos a un problema que conviene
hacer manifiesto desde un principio. Evidentemente, la dificultad, o mejor
dicho, un componente que desde mi perspectiva es necesario superar es la
ya mencionada dependencia de un sujeto que funcione como eje (cierta-
mente descentrado) de este espacio de enunciación. En este sentido, en el
marco del pensamiento postcolonial quien habita el locus, lo construye y
reproduce al tiempo que es asignado como ente de enunciación es el “sub-
alterno”. Si necesitamos de alguien ontológicamente animado, ese alguien
en lo postcolonial es indiscutiblemente el subalterno. Desde que el Grupo
de Estudios Subalternos de Asia recuperara el concepto de los escritos de
Gramsci, su uso teórico y práctico ha recorrido de modo relativamente ho-
mogéneo los estudios de área latinoamericanos y las expresiones básicas y
fundamentales del postcolonialismo latinoamericano aquí trabajado.
En sí mismo, lo “subalterno” como categoría ha sido tomado como algo
dado, heredado en forma directa desde el escritor italiano. El concepto no
fue trabajado como tal al punto de ser problematizado, es decir, lo subalter-
no en Gramsci es lo subalterno en el postcolonialismo. Esto se debe en
gran medida a que quienes más trabajaron el marxismo en forma posterior
a Gramsci, han volcado sus preocupaciones principalmente a la industria
cultural desde la conciencia con una perspectiva de clase o a lo sumo de
sujeto a nivel micro (Adorno, Marcuse, Horckheimer). Tampoco han adop-
tado una perspectiva subalterna como tal, las versiones “estructuralistas”
(Althusser) ni las más humanistas (¿Sartre?) o incluso aquellas centradas
en la historia desde el marxismo (Lukacs). Así es que lo subalterno, más
allá de lo dócil del concepto, ha sobrevivido en forma casi inmutable hasta
que el postcolonialismo se hizo del mismo. Adentrarnos en el concepto en
un intento de desarticularlo desde un enfoque más pertinente a nuestros
días y que trabaje sobre lo adecuado o no de volver a Gramsci se convierte
en una tarea necesaria pero que, sin embargo, será abordada en forma tan-
gencial en el presente trabajo.
A pesar de lo anteriormente mencionado, desde el enfoque postcolonial la-
tinoamericano lo subalterno conlleva en si un carácter esencialmente euro-
peo occidental. Esto obstruye, por ejemplo, la inscripción de relaciones ét-
nicas que atraviesan las relaciones sociales, laborales y políticas por fuera
de Europa, que para autores como Quijano son claves para un entendi-
miento de la región y sus diferentes tejidos sociales. Esto no es sino lo
que el posctcolonialismo anuncia cuando sostiene que “el pensamiento eu-
ropeo es al mismo tiempo, indispensable e inadecuado como ayuda para
39
pensar las experiencias de la modernidad política en las naciones no occi-
dentales” (Chakrabarty, 2007: 16). No solo se denuncia su carácter poco
pertinente por responder a contextos diferentes, sino que reconoce en el
mismo acto de denuncia la necesidad de hacer uso de esas categorías.
Tampoco podemos exigirle a los autores que construyan teorías omnipre-
sentes, eso forma parte de otro problema más vinculado a cómo nosotros
importamos teorías y, más pertinente a la perspectiva aquí trabajada, a
cómo los llamados diseños globales actúan en dichos procesos connotan-
do una cierta distribución de la producción cultural y de conocimiento
geográficamente diferenciada.
Las referencias a lo subalterno son constantes desde el postcolonialismo,
sin embargo, es más lo que podemos entender de dicha posición por el
uso que se le da en el transcurso de los textos al concepto que por las de-
finiciones que se llevan a cabo del mismo. Es más lo que podemos decir
a nivel conceptual de lo subalterno que lo que efectivamente el postcolo-
nialismo nos dice de él. Me refiero a que aparece como algo dado, acce-
sible y transparente a cualquier lector, como sin necesidad de ser trabaja-
do desde la propia perspectiva, como incuestionable al tiempo que
inteligible por sí mismo. Acostumbrados a exigir precisas especificacio-
nes conceptuales o, dependiendo el caso, menor rigidez conceptual, pode-
mos adelantar que la noción de lo subalterno responde, en mi opinión, a
poder dotar al concepto y al lugar de una cierta movilidad. Así es que
desde un inicio, se puede intuir que “lo subalterno es entendido como
aquello de rango inferior (...) como denominación del atributo general de
subordinación de la sociedad (...) ya sea que esté expresado en términos
de clase, casta, edad, género, ocupación, o en cualquier otra forma”
(Guha, 1996: 23). Se hace manifiesto como lo subalterno constituye en sí
mismo no una entidad ontológica fija (o mejor dicho fijada), sino una
condición contingente y claramente sobredeterminada (Beverley, 1999).
Conforma un espacio siempre ocupado, pero donde también siempre hay
lugar para algo más, lo que hace de una posible enumeración de lo subal-
terno algo siempre incompleto. Por otro lado, debemos ser cautelosos y
entender que hasta que no analicemos en mayor profundidad esta dimen-
sión, al constituir lo subalterno un espacio siempre “por ser” ocupado,
poco podemos decir de a quién le podemos asignar cualidades enunciati-
vas tal como ya lo hemos planteado. Sin embargo, teniendo en cuenta que
nos referimos a subjetividades con menor capacidad de disposición en la
construcción de una relación con un Otro contingente, histórico e histori-
zado, esto puede acarrear tanto dificultades en el desarrollo de una alter-
nativa de superación como también potenciales beneficios. Sin importar
estas consideraciones, lo subalterno como instancia nunca perfecta y
siempre en falta constituye el ámbito que las subjetividades subordinadas
EMILIANO ABAD GARCÍA
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STUDIA POLITICÆ
habitan, desde el cual son interpeladas y se anuncian como tales. A modo
de ejemplo, podemos entender como los polos siempre en constitución se
inscriben ellos mismos en la relación de subalternidad, incluso deman-
dando ser parte de la misma: “el concepto de “autenticidad” jugaba allí
como un arma ideológica de lucha contra los invasores, contra aquellos
que amenazaban con destruir el “legado cultural” y la “memoria colecti-
va” de los subalternos. Y los guardianes de la autenticidad, los encarga-
dos de “representar” (Vertreten) a los subalternos y articular sus intereses
eran los arieles: aquellos letrados e “intelectuales críticos” que podían
impugnar al colonizador en su propio idioma, utilizando sus mismos con-
ceptos y su misma gramática” (Castro-Gómez, 1998: 12).
En este sentido, la forma en que la condición se hace manifiesta, sea como
clase u ocupación, es siempre el modo en que se exterioriza la relación de
dominación desde aquello que podríamos denominar su polo oprimido.
Así, también la edad o el género, no son sino una cualidad más, siempre
contingentes (incluso el género), por medio del cual una determinada sub-
jetividad forma parte de una relación que define ese fragmento, esa cuali-
dad, como el atributo extensible a toda su singularidad. Es así como la con-
dición subalterna se hace de una parte del sujeto (el cual ya es una parte en
sí) para a partir de ella imponer dicho fragmento por sobre el mismo. De
esta manera es como, la etnia, lo no-occidental, o lo periférico se vuelve
contra del resto de los fragmentos haciendo de ello el atributo distintivo de
cualquier referencia al sujeto.
¿Cómo es que este fragmento deviene en elemento central para localizar
al sujeto en el lugar de lo subalterno, en constituir la relación de identidad
por excelencia? Para poder hacer frente a este interrogante no hace falta
sino dar cuenta que dicho fragmento no es sino el componente de una ca-
tegorización que define sus partes en forma relacional. Es decir, lo subal-
terno existe y cobra sentido como lugar y condición en tanto tiene como
objeto de referencia a quien lo interpela como tal. Es así también como
debemos entender que el atributo se vuelque sobre el sujeto y lo inscriba
en toda su totalidad aprehensible (en la medida que es posible) en la rela-
ción de subalternidad. Para ser más precisos, no solo la etnia, clase,
sexualidad, posición el mercado laboral o preferencias culturales forman
parte de vínculos de subalternidad, sino que a partir de habitar el espacio
de lo subalterno todos los atributos de una subjetividad pasan a inscribirse
en dicha relación. Es así como tenemos que entender que “el significado
de periférico es análogo al de subalterno, si esos términos se refieren tam-
bién a culturas y lenguas y no solo a clases sociales y comunidades, esto
es, todo lo que pertenece a un espacio relacional se localizará a un nivel
inferior” (Mignolo,2003: 269).
41
Es desde un lugar determinado, y en sintonía con todo el desarrollo que ve-
nimos realizando, que el lugar de lo subalterno es un espacio co-construido
en forma dinámica entre quien ocupa la posición dominante y quien la pa-
dece. Esto resulta bastante claro si tomamos un ejemplo particular, ocupa-
mos ese espacio considerando que “ethnicity is the set of communal boun-
daries into which in part we are put by others, in part we impose upon
ourselves (...) Ethnicity served not only as a categorization imposed from
above, but as one reinforced from below” (Quijano y Wallerstein, 1992:
550).
9
Así es como al momento de interpelarse como quien ejerce un poder
determinado y a quien ese poder atraviesa, ambos polos se definen interna-
mente bajo esa condición. No resulta concebible, manifestando el carácter
sobredeterminado de la relación, referirnos a lo subalterno si operamos una
ruptura con quien ocupa la posición dominante, como tampoco es posible
realizar el movimiento inverso (Beverley 1999).
El polo opuesto funciona siempre como una diferencia interna ineludible,
por lo tanto, para entender lo subalterno debemos entender las condiciones
que lo definen como tal, para lo cual resulta imprescindible ponerlo en re-
lación con quien co-define su situación. Sin embargo, dicha referencia es
siempre parcial, y esto no es sino consecuencia que la relación en sí misma,
como ya mencionamos, tiene su origen en un fragmento. Esta parcialidad
no supone sino que a la propia subjetividad del subalterno, como a la del
dominador, no solo siempre algo les falta sino que también les sobre, les
excede.
10
Ajustarse por completo es algo que aunque puede que exigido,
EMILIANO ABAD GARCÍA
9
“la etnicidad es el conjunto de límites comunes en los cuales somos en parte ubicados/
colocados por otros, en parte nos imponemos a nosotros mismos (...) La etnicidad sirve/
acude no solo como una categorización impuesta desde arriba, sino también reforzada
desde abajo” (traducción propia”).
10
Los conceptos simultáneamente en falta y exceso son mencionados en forma pasaje-
ra por Mignolo (2003b) sin reconocer allí una cierta deuda con el psicoanálisis. Más allá
de esta particularidad, en este caso resulta interesante demarcar cómo la posición subal-
terna, al inscribir una totalidad ficticia del sujeto en dicha relación, nos revela una deter-
minada estructura de significación que en relación a la centralidad momentánea de esa
subjetividad muestra algunos elementos que le son extraños y otros que le exceden. Los
ejemplos son numerosos, tomando el caso de una relación de subalternidad basada en la
posición de clase, el “proletario” se inscribe en una cadena de significación que remite a
un espacio de trabajo privado/público, a la legislación laboral, a la relación con la técni-
ca, a la división internacional del trabajo, a los patrones de producción y comercializa-
ción, etc. Si bien también se vincula a las formas de producción cultural, adoptar la pers-
pectiva subalterna/proletaria oscurece otro conjunto de relaciones y procesos de
significación que una perspectiva étnica podría darnos (aunque los marxistas “orto-
doxos” digan lo contrario). De esta manera, la perspectiva proletaria dice mucho más de
una determinada subjetividad que lo que a priori supone la relación en un principio. Sin
embargo, en forma simultánea oscurece otro conjunto de relaciones que remiten a otros
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42
STUDIA POLITICÆ
procesos de significación que también acuden al proceso de interpelación de la subjeti-
vidad. Esto, que no debe entenderse como una carencia interpretativa no es sino pro-
ducto de la presencia de diferentes “códigos hermenéuticos” que acuden en cada caso
(Barthes, 2004).
es claramente imposible. De la misma forma, los conceptos mismos que in-
tentamos aquí trabajar son deficientes, ya que nos dan menos de lo que de
ellos esperamos al mismo tiempo que nos dicen más de lo que pretenden
(Mignolo, 2003). Todo esto confluye a la pretensión de hacer manifiesta
cómo la entidad de cada uno de los polos, dominado/dominador, centro/pe-
riferia, productor conocimiento/productor cultura, etc., pueden solo enten-
derse y tener sentido como tales si son siempre puestas en relación a su ob-
jeto directo, es decir, al polo que funciona tanto como referencia como
espejo. El juego de preposiciones en la siguiente cita contribuye a hacer
más visible esta característica: “la razón subalterna sea entendida como un
conjunto diverso de prácticas que emergen “desde” y responden “a” los le-
gados coloniales en la intersección de la historia moderna euro/americana”
(Mignolo, 2003: 162). También hace manifiesto que al subalterno siempre
le será más sencillo encontrarse en quien lo define como tal que en él/ella
mismo/a, como también ocurre lo mismo si al dominador nos referimos, así
es como “el campesino aprendió a reconocerse no por las propiedades y
atributos de su propio ser social, sino por una disminución, si no es que ne-
gación, de las de sus superiores” (Guha, 1983, citado por Dube, 2001: 59).
Al componente relacional que estamos desarrollando parece que nos falta
una característica, y es que la misma es marcadamente asimétrica. “Los hi-
los de nuestra cultura, economía, política se mueven desde fuera; siendo
oprimidos, el afuera es el que ejerce sobre nosotros su voluntad de domi-
nio; el sujeto de esa voluntad de poder es el noratlántico. Ontológicamente
esto significa que nuestro ser esta oculto, sutilmente oculto; lo que ocultaba
era, justamente, el ser un ser-oprimido, colonial, ontológicamente depen-
diente” (Dussel, 1973: 153). Es una forma de entender así como lo subal-
terno no es sino lo “otro” que siempre queda subsumido en la Totalidad. Es
así como Dussel (1973; 1973b) sostiene que lo diferente (no lo distinto)
está siempre abarcado por “Lo Mismo”, lo Uno. En este sentido, lo subal-
terno es visto como consecuencia e iniciativa de la Totalidad, que es la que
le da origen, la que lo hace posible. Si bien Dussel no usa el término “sub-
alterno”, no sería tan partidario de la co-producción, sino más de una deter-
minación por parte de la Totalidad. Totalidad que hace posible al “otro” no
solo como un acto de reafirmación de sí misma, sino también gracias a un
desprendimiento, desdoblamiento de lo diferente. Así, el “otro” no funcio-
na sino como una mediación que hace el lo Uno se reconozca y se supere
43
11
Resulta interesante demarcar cómo para Foucault (2005), a finales del siglo XVI el
conocimiento operaba por analogías.
12
Si bien el artículo intenta conservar una cercanía con el postcolonialismo, el anterior
párrafo obliga a introducir una breve aclaración. La búsqueda siempre fracasada de lo
“real” por parte del sujeto constituido en el orden simbólico lo lleva a un proceso de
identificación permanente que constituye en sí mismo el proceso de construcción de su
subjetividad. En este sentido, el orden simbólico desde el cual el subalterno se define
como tal suponen una relación extraña y alienante con su objeto de identificación debido
desde si y solo para sí (la herencia hegeliana aquí es manifiesta). Este mo-
vimiento esta siempre por completarse, el “otro” siempre llega, como tam-
bién está siempre por llegar a retornar a la Totalidad. En este sentido es que
debemos entender que la Totalidad no tiene nada más que a sí misma, su
autoreconocimiento es la prueba de su carácter absoluto. Entendemos así
como lo Uno, lo Mismo, es siempre lo Uno de quien domina. “Lo diferen-
te es lo arrastrado desde la identidad, in-diferencia originaria o unidad has-
ta la dualidad. La di-ferencia supone la unidad: lo Mismo (...) Ante la iden-
tidad y la diferencia se levanta la metafísica de la irreductibilidad y la
distinción: la analogía.
11
En la diferencia, al fin, todo es uno” (Dussel,
1973: 102-103).
En este sentido, es aquella movilidad de lo subalterno que mencionábamos,
la permeabilidad misma del concepto, la que le permite desde el postcolo-
nialismo, no ser únicamente un elemento analítico, sino al mismo tiempo
una ventaja si es vista como instrumento. “Un sujeto colectivo, sin nombre
propio, un sujeto que solo es posible nombrar a través de una serie de des-
plazamientos del término europeo original, “el proletario”: ésta es la condi-
ción tanto de un fracaso como de un nuevo comienzo” (Chakrabarty, 2008:
157). La movilidad debe ser en cierta medida como la posibilidad de lo
subalterno de recorrer en forma permanente los diversos contextos sociales
y adoptar diferentes localizaciones. De esta manera, entendemos que lo
subalterno también puede adquirir un carácter relativo. Es decir, la subjeti-
vidad que ocupe en forma contingente lo subalterno como posición puede
en otras circunstancias ejercer un papel dominante. Al respecto, algunos
pensadores como Dussel o Quijano no compartirían esta afirmación, esto
puede deberse a que cuando visualizamos al sujeto subalterno en una posi-
ción no subordinada lo que tenemos frente a nosotros resulta ser un sujeto
radicalmente distinto. Sin embargo, no debemos confundir esta relatividad
y movilidad como la pérdida de la referencia en su polo opuesto. Algo así,
atentaría contra el propio subalterno, ya que hasta él mismo necesita de
cierta estabilidad dentro de lo inestable de su identificación, no toleraría
perder al objeto a través del cual tiene sentido.
12
EMILIANO ABAD GARCÍA
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44
STUDIA POLITICÆ
a la imposibilidad de la simbolización total, de acceso a su objeto de deseo que lo com-
plete. De esta manera, el polo dominante funciona como el conocido objeto “a”, como
una “fantasía” en el cual lo subalterno deposita sus posibilidades de realizarse y acceder
dentro del orden simbólico al goce perdido (estadio del espejo). Lo que en el presente
trabajo se pretende dejar entrever es cómo su existencia simbólica como subalterno solo
puede entenderse en relación a este vínculo con aquello que define como dominante. La
cuestión no reside en la imposibilidad de una suerte de autorrealización a través de la in-
terpelación a lo hegemónico (o cualquier otra identificación), sino en dar cuenta de
cómo su devenir como subalterno se define simbólicamente como posición a través de
su polo opuesto como objeto de deseo. (Lacan, 2009, Stavrakakis, 2007, Zizek 1994;
2005).
13
Considero que el postcolonialismo carece de una discusión en torno a la concien-
cia subalterna. Sin embargo, se reconoce un uso estratégico de una noción esencialis-
ta, “que sería vulnerable a la crítica antihumanista, pero desde una práctica historio-
gráfica que extrae mucha de sus virtudes de esa misma crítica” (Spivak, 2008: 47). La
frontera emerge nuevamente, ya que se reconoce que si bien la práctica del discurso
Desencuentros en el lugar o cómo empezar a moverse
Es así también como lo subalterno, conservando su referencia sin estar fijo,
tiene la capacidad de cambiar los signos y sus significados culturales. “Los
grupos subalternos están siempre sujetos a la actividad de los grupos que
gobiernan, incluso cuando se rebelan y sublevan” (Guha, 1996: 24). Es en
el momento en que el subalterno transgrede su lugar asignado, empieza a
ejercer su poder epistemológico. Lo subalterno debe pensarse como aque-
llo que siempre busca escapar a la simbolización y poner límites al conoci-
miento académico, a las narrativas nacionales dominantes, a la asignación
incontestable de los saberes a espacios geográficos determinados, a la divi-
sión internacional del conocimiento, a la segmentación global de la natura-
leza, a las categorizaciones geográficas y raciales. Para poder encontrar lo
subalterno debemos buscar en las narraciones dominantes aquellos compo-
nentes que han sido marginados y silenciados, a partir de las cuales encon-
trar los fundamentos para construir lo que se denominan categorías geohis-
tóricas no imperiales (Coronil, 1999). Por eso, para los autores aquí
trabajados la actividad del subalterno aparece como una ruptura con los
modelos tradicionales de control social que cuestiona las formas hegemóni-
cas de representación (y no la representación misma) y que obliga a los di-
ferentes componentes sociales a negociar unas políticas sociales y de inves-
tigación que tengan en cuenta su propio proyecto de hacer historia y
construirse políticamente (Guha, 2002).
El análisis de lo subalterno, considerando los elementos y características
que se han expuesto, decanta la necesidad desde el postcolonialismo de
abordar la dimensión de la conciencia subalterna.
13
Esta perspectiva supo-
45
micrologizado debe ejercerse en Europa y EE.UU., la estrategia esencialista debe ha-
bitar fuera de ellas. En el mejor de los casos esta parece estar sobredeterminada por el
discurso dominante del cual el mismo subalterno participa y es solo entendida en cla-
ve marxista producto del paralelismo que muchos autores, a saber Quijano, Escobar,
Spivak y Chakrabarty, realizam de la “conciencia de clase”. De esta manera, la noción
de conciencia subalterna no problematizada, desde mi punto de vista, por el postcolo-
nialismo, contiene residuos de la teoría de la ideología marxista y, por supuesto, de su
materialismo (Marx, 1995).
14
En algunos textos postcoloniales se hace presente en forma esporádica la importan-
cia del “rumor” como estrategia contestación y resistencia a la codificación cultural y
política dominante. En este sentido, el rumor, no pareciera estar regido por un principio
de verdad entendida como una relación privilegiada con aquello que supuestamente su-
cede o ha sucedido. Esto supone no poder nunca insinuar ser un error, sino que debe
centrar la atención en cómo el mismo esta siempre recorriendo, circulando sin tener un
destino u origen aparente, constituyendo un flujo en sí mismo (Deleuze, 2005). Ahí el
arma que el mismo constituye, es decir no estar sujeto a modos de conformación de
mensajes estructurados en base a sustratos formales convencionalmente demandados,
como la ley, la academia o hasta las mismas reglas de los diversos géneros literarios
(Barthes, 1993). Asentarse sobre una base algo más movediza (no por ello falto de for-
ma) y que no reconoce un protagonista posible de interpelar en forma directa no debe
llevarnos a discutir en torno a la complicidad entre el fonocentrismo y el logocentrismo
(Derrida, 1998), sino más bien, a descubrir el lado más espinoso del primero como ins-
trumento y práctica de subversión.
ne la existencia de una conexión directa, es decir, no medida y carente de
interferencias entre la conciencia del subalterno y los medios que el mismo
adopte para expresarse. De esta manera, cualquier producto comunicativo
que emane del subalterno va a constituirse en sí mismo en la materializa-
ción de su conciencia.
14
En términos deluzianos conciencia y voz pertene-
cerían a la misma axiomática desde diferente código, mientras que Spivak,
desde un lugar más cercano a Derrida lo expondría de la siguiente forma:
“el lenguaje hablado es un concepto fonocéntrico en el que se supone que
la autoridad emana directamente de la conciencia-de-voz del hablante auto-
presente, y que la lectura en voz alta de un texto ajeno, como lo hace un ac-
tor en escena, no es otra cosa que la puesta en marcha de la lectura en ge-
neral” (Spivak, 2008: 58).
En una primera instancia, la conciencia (solo viable en términos de la
subjetividad moderna) desempeña un papel autoreflexivo, con una fun-
ción contextual y temporal que permite enmarcar al subalterno, así es
como “significa, principalmente, el modo de situarse, la actitud de una
subjetividad ante su propia evolución, historia, identidad en el tiempo. Un
pueblo, un hombre tiene mayor o menor cultura en el sentido que tenga
mayor o menor conciencia de su posición en la historia” (Dussel, 1973b:
28). En forma complementaria a este punto, podemos entender que el
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15
Un ejemplo clásico y claro de la negación al que podrían recurrir los postcolonialis-
tas puede ser encontrado en Feuerbach y su crítica a la religión y la forma de negarla
(Marx. 2005).
movimiento que el pensamiento postcolonial quiere llevar a cabo implica
no solo definir qué entienden por conciencia, sino que también localizar
dicha conciencia no desde los cánones de la identidad, sino desde la dife-
rencia (sin dejar de lado que ambos elementos puedan llegar a ser la mis-
ma cosa). Aquí, no debemos perder de vista que, la conexión directa ante-
riormente mencionada parece adoptar también un carácter esencialista
desde la diferencia (estratégico o no), que solo puede ser desentendido
del subalterno en forma analítica. En el caso de hacer referencia a los
procesos sociales de encuentro y descencuentro, de puntos de contacto
entre diferentes narrativas y formas de concebir el mundo, “la conciencia
es anterior a todo cambio y es posterior a él, por cuanto es la conciencia
la que planea o sufre el cambio, y es la conciencia la que lo usufructúa o
padece después” (Dussel, 1973b: 137). Considerando el presente argu-
mento, la conciencia del subalterno esta siempre ligada a la praxis domi-
nante de la élite, que siempre logra apropiarse de parte de su significado,
incluso, como ya nos dijo Guha, cuando el mismo subalterno se resiste y
subvierte sus prácticas.
Estamos en condiciones de entender cómo los estudios postcoloniales asu-
men la negación como un componente por demás relevante de la “identi-
dad” subalterna. No debemos cometer el error de entender a la misma
como componente de un devenir dialéctico orientado a la superación, o in-
cluso teleológico, sino que es entendida por el postcolonialismo como una
simple inversión para subvertir prácticas.
15
En sí misma, referirnos a una
inversión implica dar cuenta de la “masiva y sistemática violación de esas
palabras, gestos y símbolos que daban sentido a las relaciones de poder en
la sociedad colonial. (...) Fue este combate por el prestigio el que estaba en
el corazón de la insurgencia. La inversión fue su modalidad principal. Esta
fue una lucha política en la cual el rebelde se apropiaba y/o destruía las in-
signias del poder de su enemigo, esperando así abolir las marcas de su pro-
pia subalternidad. Al revelarse, inevitablemente por lo tanto, el campesino
se envolvía a sí mismo en un proyecto que estaba constituido negativamen-
te” (Guha, 2002: 102).
No podemos dejar de poner esto en relación con la lectura del historicis-
mo que ya hemos trabajado. En este sentido, mi lectura al respecto supone
que la negatividad, como refleja la constitución de la herida colonial y los
bordes, solo puede entenderse desde la teoría como algo válido en tanto
constituye una suerte de apertura. Es así como opera el quiebre el pensa-
47
miento postcolonial, que desde Dussel puede entenderse considerando que
“la antología de la Totalidad y de “lo Mismo” es una filosofía de la gue-
rra; pretendemos aquí, en cambio, proponer los fundamentos de una meta-
física o ética de la paz; pero no hay paz sin alteridad, y no hay alteridad
auténtica sin la violencia justa que abre la totalidad cerrada e injusta a la
Alteridad negada” (Dussel, 1973: 146). Es así como esa alteridad negada
debe ser reconocida y emerger como tal para poder disponer de ella, nue-
vamente, “el único modo para que el oprimido tome conciencia de la
opresión que pesa sobre todas las estructuras de su ex-sistencia es que
descubra, previamente, la dialéctica de la dominación concretamente, en
todo y en cada momento de su ser” (Dussel, 1973b: 87). “Para que esto
suceda, la “otra cara” negada, victimizada de la modernidad (la periferia
colonial, la India, el esclavo, la mujer, el niño, las culturas populares sub-
alternas) deben, en primer lugar, descubrirse a sí mismas como inocentes,
como la víctima inocente” (Dussel, 2001: 69-70). Lo que debemos poner
en primer plano es que dicha afirmación de la privación, del carácter ne-
gativo del subalterno, genera un hiato, por más mínimo que este sea. “No
hay clausura histórica en la medida de que la historicidad de cualquier sis-
tema pueda todavía ser entendida como historicidad, esto es, en la medida
en que pueda imaginarse una historicidad diferente” (Moreira, 1998: 63).
De esta manera, el postcolonialismo solo es capaz de explotar el potencial
de la “negatividad” de su identificación en tanto la misma no está en su
totalidad desplazada por la operación de que la dota de esa condición. Al
parecer, las posibilidades de dislocar esa negatividad son las que hacen
que el postcolonialismo la haga específicamente manifiesta. Así, damos
cuenta una vez más como dicha negatividad se define no como un límite,
un impedimento, sino precisamente como una condición. Posibilidad que
al dotar de una entidad material a lo negado, no lo pone en si contra la
misma como si hubiera desligado de ella, sino que le hace posible abrir
nuevas grietas en esa negación. Así es como debemos también entender
las apreciaciones en torno a la Totalidad y la pertenencia de lo diferente a
lo “mismo” del dominador. Por ello, desde el postcolonialismo, estos nue-
vos espacios de enunciación no pueden constituirse desde un inicio en
algo radicalmente distinto, en una singularidad particular, pero si, el acto
mismo de anunciarse como negatividad constituye el acto primero de
apertura.
La condición subalterna se encuentra inscripta en un conjunto de relacio-
nes sociales históricamente y geográficamente situadas, que hace que las
diferentes narraciones y contactos bi-direccionales con la élite lleven a
cabo una escisión en el sujeto subalterno, especialmente cuando la posi-
ción misma está ocupada por indios, o en muchos casos los inmigrantes.
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“Es el momento de la distancia etética que provee al relato un doble filo,
que como el sujeto mestizo representa una hibridez, una diferencia “inter-
na”, un sujeto que habita el borde de una realidad “inter-media”, y la ins-
cripción de esta existencia fronteriza habita un silencio de tiempo y una
extrañeza de marco que crea la “imagen” discursiva en la encrucijada de
la historia y la literatura, relacionando el hogar y el mundo” (Bhabha,
2002: 30). Podemos comprender esto considerando, entre otras cosas, que
la Historia los relata en un pasado lejano con el cual ya se operó una rup-
tura, pero al mismo tiempo deposita parte de ese relato en el presente de
una manera cuasi inamovible. Esos mismos sujetos bajo la condición sub-
alterna están ahí, pueden ser tocados y en ocasiones son más o menos vi-
sibles. Pero la historia no pretende nunca borrar el rastro con su lugar en
el pasado, les recuerda de dónde vienen muchas veces en forma irónica,
aplicando y ejecutando esa escisión en forma continua. El postcolonialis-
mo se refiere a esto en forma muy precisa, “quien clasifica es siempre
monotópico mientras que quien es clasificado es siempre dia o pluritópico
puesto que tiene que concebir el mundo en la intersección de la clasifica-
ción impuesta por la colonialidad del poder y aquellas otras clasificacio-
nes que pasan a la categoría de subalternas de la modernidad-coloniali-
dad” (Mignolo, 2001: 25). El desdoblamiento de la conciencia subalterna
no hace sino confirmar su carácter negativo, relacional e incompleto, el
subalterno se encuentra y habla precisamente desde donde no es. El mi-
grante, el indio, el desclasado, el miembro de una minoría, el excluido, se
presenta en ese desdoblamiento hablando, escuchando, moviéndose y sa-
tisfaciendo siempre el consumo dominante.
El carácter desdoblado de la conciencia, constituye al mismo tiempo una
herramienta para el subalterno, ya que “los sujetos excluidos conllevaba la
posibilidad de desdoblarse, observar las propias prácticas y compararlas
con las prácticas de sujetos distantes en el tiempo y el espacio, establecer
diferencias con otros sujetos locales y producir determinadas estrategias
de resistencia” (Castro-Gómez, 1998: 142). Esto supone intervenir en el
carácter desdoblado de la conciencia para convertirlo en un espacio donde
la resistencia se inscriba como práctica de subversión y reemplazo. Si bien
retomaremos esta cuestión en el siguiente segmento, dicha práctica funcio-
na por medio de la destrucción y apropiación estratégica de signos de la
dominación. Signos que saben funcionar distorsionando las propias imá-
genes que los subalternos tienen de sí mismos, lo que provoca entre otras
cosas, que no puedan “nunca identificar verdaderos problemas, mucho
menos resolverlos, a no ser de una manera parcial y distorsionada” (Quija-
no, 2000: s/pág). Esta no es sino la consecuencia de los procesos históri-
cos orientados a la “imitación, a la simulación de lo ajeno y a la vergüen-
49
16
Quijano compartiría fácilmente que “en todos los casos, lo que repite solo lo hace a
fuerza de no comprender, de no recordar, de no saber o de no tener conciencia” (Deleu-
ze, 2006: 42).
17
En este sentido, la siguiente cita es ilustrativa tanto del carácter relacional como
los procesos de subversión de prácticas desde ambos polos: “el problema fundamental
que los estudios postcoloniales plantean tanto a la teoría política como a la historio-
grafía es la implicación de la subjetividad de los subalternos en un campo de tensión
en el que los propios dispositivos de sometimiento y reducción al silencio están siem-
pre obligados a saldar cuentas con una multiplicidad de prácticas que podemos definir
de manera provisional como de subjetivación (prácticas de revuelta, a buen seguro,
pero también de sustracción, de fuga, de mimetismo, de negociación)” (Mezzadra,
2008: 30).
18
“The third world, far from being confined to its assigned space, has penetrated the
inner sanctum of the first world in the process of being ‘third-worlded’, arousing, inci-
ting, and affiliating with the subordinated others in the first world. It has reached across
boundaries and barriers to connect with the minority voices in the first world: socialists,
radicals, feminists, minorities” (Prakash, 1990: 403).
“El tercer mundo, lejos de estar confinado a su lugar asignado, ha penetrado en el cen-
tro mismo del primer mundo en el proceso de ser construido como tercer mundo, des-
pertando, incitando y reuniéndose con los otros subordinados en el primer mundo. Ha
atravesado límites y barreras para conectarse con las voces minoritarias en el primer
mundo: socialistas, radicales, feministas, minorías” (traducción propia).
za de lo propio. Pero nadie pudo evitar que ellos aprendieran pronto a
subvertir todo aquello que tenían que imitar, simular o venerar” (Quijano,
2001: 125).
16
Resulta importante no dejar de tomar en consideración que quienes ejer-
cen la dominación, quienes co-construyen el espacio de lo subalterno tam-
bién subvierten muchas de las prácticas que son consideradas como “ge-
nuinas” o propias de los sujetos excluidos. Ésta es la forma en que los
dominadores se apropian de “bienes culturales”, narrativas e incluso la es-
tética de lo subalterno para así darle diversos usos que refuerzan su condi-
ción.
17
Esto conduce a ciertas paradojas para nada ingenuas. Así, fenóme-
nos como la mayor permeabilidad de las fronteras, el corrimiento de
muchos márgenes y la aparente construcción de nuevas cartografías, no
hacen sino simular una desterritorialización de la capacidad de representa-
ción que se orienta a reforzar los cimientos mismos del locus de enuncia-
ción dominante.
18
De esta manera, incluso desde la misma academia, se
apela a las alteridades, al receptivo festejo de lo marginal y a su cómodo
acogimiento. Desde el postcolonialismo se demarca bien la distancia, “ce-
lebrating difference (...) is not the same as giving the subject of this diffe-
rence the right to negotiate its own conditions of discourse control, to
practice its difference in the interventionist sense of rebellion and distur-
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“celebrar la diferencia (...) no es lo mismo que otorgarle al sujeto de esta diferen-
cia el derecho a negociar sus propias condiciones de control del discurso, de practicar
su diferencia en el sentido intervencionista de la rebelión y el disturbio” (traducción
propia).
bance” (Richard, 1993: 12).
19
Se pretende marcar una distancia frente a
una nueva modalidad de “inclusión del otro” moderna, al mejor estilo ha-
bermarseano (como la multicultural y también de los estudios culturales),
que no es sino la forma que el centro adopta y así trastoca los márgenes
que le permiten seguir ejerciendo su función como tal. Sin embargo, inclu-
so en ciertos pasajes del diagnóstico postcolonial se puede advertir que “la
modernidad es una máquina generadora de alteridades que, en nombre de
la razón y el humanismo que, en nombre de la razón y el humanismo, ex-
cluye de su imaginario la hibridez, la multiplicidad, la ambigüedad y la
contingencia de las formas de vida concretas” (Castro-Gómez, 2000: 246).
En cierto sentido, su tarea no es la de excluir, sino la de una incorporación
diferenciada, una forma distinta de intervenir en la producción de estas
supuestas identidades híbridas. Parece bastante ingenuo pensar que su
mero objetivo sea el de producir para el desecho. Esto no revela sino la
capacidad que Occidente tiene de representar, de ejercer de controlador de
los medios discursivos por los cuales se administran redes conceptuales y
se sustituyen signos y sentidos. Es el modo mediante el cual el locus de
enunciación dominante inscribe en su propia narración el reconocimiento
de la diversidad en la diferencia. La única forma que conoce para ello, que
admite como posible, es la conversión (no traducción) de signos, incorpo-
rándolos en otro régimen de signos que lo mantiene inamovible en su ca-
rácter históricamente superior. “La modernidad, por supuesto, no ha logra-
do la construcción de una realidad total, sino que ha llevado a cabo un
proyecto totalizante orientado hacia la purificación de los órdenes (separa-
ción entre nosotros y ellos, naturaleza y cultura), aunque inevitablemente
solo ha producido en el proceso híbridos de estos opuestos” (Escobar,
2003: 57). Occidente necesita formas que no encajen a simple vista, for-
mas que produzcan, de las que se pueda extraer lo que en su momento se
precise. En este sentido, lo que muchos ven en la diferencia la alternativa
frente a lo subalterno, incluso desde el mismo postcolonialismo, no cons-
tituye sino una nueva evidencia de recorrer un camino ya construido y
poco exitoso.
Más allá del lugar de prestigio que ha adquirido lo marginal, minoritario y
excéntrico en el primer mundo, cabe preguntarse si el realismo mágico,
como quiera que se entienda, no se presta para construcciones de la otre-
dad que son parte de ese mismo proyecto que sostiene el patrón occiden-
51
tal en cualquiera de sus fases; construcciones de la otredad que sean incor-
porables sin mayores conflictos. Lo que hace el realismo mágico es afir-
mar el carácter mitológico de América Latina, su carácter fantástico, soste-
niendo así la división geopolítica dominante. De esta manera,
“proporciona en medio de las luchas por la liberación y la resistencia an-
tiimperialista de los ’60 la imagen exportable de una hibridez neocolonial
gozosa y solo moderadamente desafiante, capaz de captar brillantemente
la imaginación occidental y cotizarse en los mercados internacionales”
(Moraña, 1998: 178). Estos movimientos pueden bien ser entendido recu-
rriendo nuevamente a Deleuze, para quien, el capitalismo, como bandera
de occidente, solo puede reproducirse si desterritorializa los mismos flujos
que este mismo re territorializa en forma permanente, empujando los lími-
tes que al mismo tiempo necesita codificar. En gran medida, esto es lo que
nos deja la cansadora y angustiosa sensación de estar siempre corriendo
desde atrás, haciendo de cualquier intento de subversión algo ya parte de
lo dominante, que ya se encuentra subsumida en los límites del capitalis-
mo. Occidente ya entiende sus códigos y significados, ya que precisamen-
te los mismos no son sino consecuencia del mismo. “El capitalismo es, en
cierta medida, la locura en estado puro y al mismo tiempo su contrario. Es
la única formación social que supone, para aparecer, el derrumbamiento
de todos los códigos precedentes (...) Entonces, si para el capitalismo se
trata siempre más lejos su esquizo-límite, el primer medio era sustituirlo
por los límites interiores que se reproducían a escalas siempre más am-
plias, las escalas del capital son la operación de desplazamiento del lími-
te” (Deleuze, 2005: 44; 130). Trayendo aquí a los autores postcoloniales
que destacan el proceso conjunto de constitución de occidente y del capi-
talismo con el descubrimiento de América, propongo utilizar indistinta-
mente, bajo cierto recaudo que no viene al caso en este momento, “capita-
lismo” y “occidente” en la cita precedente. Así, entendemos a lo local
como una instancia por la cual recorren líneas y fisuras marcadas por los
flujos del capital/occidente.
A pesar de lo anteriormente mencionado, resulta importante nuevamente
resaltar que desde ambos polos continuamente se resignifican prácticas,
sin embargo, el ejercicio desde quienes son subalternizados es distintivo
en cuanto “al hacerlo, busca abolir las marcas de su propia condición de
subalternos” (Dube, 2001: 59). Vemos como aquello que muchas veces
aprehendemos como rupturas, discontinuidades históricas, solo cobran
sentido como tales en cuanto conforman nuevas funciones de significa-
ción. En este sentido, lo que el postcolonialismo pretende poner frente a
nosotros es el carácter violento y forzado a través del cual se opero un
cambio, un desplazamiento en el sistema de signos desde las diversas
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Lo que el desplazamiento hace visible es una función supletoria del nuevo sistema
de signos que da cuenta de la carencia del significado precedente (Derrida.1989).
21
El problema de la representación es también que produce imágenes romántico-po-
pulistas, “al igual que el populismo ruso de finales de siglo XIX, este modo de pensa-
miento no solo buscaba “bondad” política en el campesino indio, sino que también, en
un mismo movimiento, se esforzaba por convertir el denominado “atraso” del campe-
sino en una ventaja histórica (...) Significaba torcer el tiempo del “todavía no” colo-
nial para adecuarlo a la estructura del “ahora” democrático y anticolonial” (Chakrabar-
ty, 2008: 154-155).
22
Si es que a caso los textos le pertenecen a quien los escribe (Barthes, 2000).
23
En sí mismo, el escrito presenta una interesante planteo en torno a la necesidad de
volver, de alguna manera, a poner en discusión el problema de la ideología en la (conti-
nua) formación de los sujetos. Dicha necesidad se centra en hacer frente a la impronta
prácticas.
20
En este sentido, más allá que la experiencia de la subalterni-
dad no sea percibida por todos los sujetos que habitan esa condición en
forma homogénea, lo que los une, más allá claro de su situación, es que
constituye en sí mismo “un lugar de enunciación epistémico y geopolítico
en el cual la descolonización no es simplemente un asunto intelectual y
político sino, y más importante aún, un asunto de existencia” (Walsh,
2006: 35).
...acerca de ciertas dificultades compartidas
Resultaría sensato entonces indagar sobre ciertos problemas, o mejor dicho
situaciones, que son necesarias al menos tomar en consideración al trabajar
la noción misma de subalternidad. Esto no solo es pertinente tomando en
consideración dicha categoría en forma aislada, sino que también se con-
vierten en una exigencia si pretendemos establecer ciertos vínculos con el
accionar subalterno, las formas de conciencia y la conformación o restitu-
ción de pensamientos y saberes subordinados. Por lo tanto, en la empresa
postcolonial de construir un pensamiento descolonizado y asentado sobre
las bases que la misma perspectiva define, la cuestión relativa a la repre-
sentación se vuelve algo ineludible.
21
Evidentemente la cuestión puede ser
abordada desde un número considerable de situaciones, por lo que no con-
sidero desatinado recurrir a las consecuencias (y no tanto al texto en sí) de
un artículo clave para la teoría postcolonial. Me refiero al artículo pertene-
ciente
22
a Spivak titulado ¿Puede hablar el subalterno? (2003), que tanto
por los aportes de su autor como por formar parte de los orígenes del movi-
miento, constituye una referencia clave para aludir a la problemática post-
colonial.
23
53
postestructuralista, desde la cual se ignora, según los autores postcoloniales, la división
internacional del trabajo y la violencia epistémica colonial. Así, el desentendimiento, si-
guiendo a Spivak, de las teorías de la ideología los imposibilita dar cuenta de los intere-
ses que atraviesan la subjetividad, el deseo y el poder, lo cual los lleva a reforzar dicha
división internacional. Para ello, la autora recurrirá en forma continua a Marx (2003)
desde su noción de conciencia de clase y posición de clase.
24
Esto refleja otro aspecto que no podemos desconocer, a saber, los problemas las con-
secuencias que la perspectiva postcolonial hace desprender en relación a la simultanei-
dad de los tiempos en las situaciones de habla.
25
No hace falta recurrir a la praxis aristotélica ni marxista, basta con recurrir a Derrida
(1989) para dar cuenta de que la teoría no puede ser una taxonomía exhaustiva, es decir,
esta siempre formada por la práctica.
Desde mi perspectiva, lo relevante del texto reside en que nos ayuda a pen-
sar las posibilidades de aprehender la subjetividad propia del subalterno
cuando este se presenta y se autorrefiere como tal. Esto nos lleva a pensar,
especialmente desde la academia, si acaso es posible acceder a aquello que
denominamos lo subalterno, y en caso de que lo sea, sino es a costa de ob-
tener solo fragmentos, retazos desde donde felizmente nos derramamos a
nosotros mismos sobre él, extendiéndonos a lo que se nos presenta como
inaccesible, diluyendo su heterogeneidad y asumiendo su carácter centrado
y unitario. La pregunta que la autora plantea (¿puede hablar el subalter-
no?), no solo debe remitir nuestra atención a las discusiones en torno a la
ideología, la conciencia o la posición de sujeto, sino también, y esto no
debe parecer algo de tontos, quien “escucha” al subalterno, cómo esto es
posible y bajo que consecuencias. El subalterno como sujeto evidentemen-
te puede hablar físicamente, sin embargo, el problema reside en que sus pa-
labras no tienen una validez dialógica, lo cual se deriva de que la posición
que ocupa no es reconocida e interpelada como válida en una situación de
habla.
24
De esta manera, la discusión se traslada al problema de la “repre-
sentación”, donde Spivak esgrime sus argumentos a través de una breve
discusión tanto con Foucault como con Deleuze
25
, para quienes, expuesto
de forma simple, el hecho de que el discurso es en sí mismo praxis elimina
cualquier forma de representación como modo de “hablar en favor de”, ya
que cualquier acto de habla, de enunciación, se inscribe como tal como
acto performativo. Así, dicha performatividad, el hecho simple de que “ha-
blar” sea una acción en sí misma, centra todo el protagonismo en la entidad
(sujeto) que lleva a cabo el acto de enunciación. Por lo tanto cualquier in-
tento, en este caso del “intelectual” de “representar”, de ponerse en lugar
del subalterno, no es sino una operación que borra al subalterno como suje-
to válido de pronunciarse en su propio nombre. La representación nombra
la diferencia para que esta no se pierda, aunque el riesgo sea siempre el de
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26
“la representación se encuentra siempre espacialmente dividida/fracturada, hace pre-
sente algo que está siempre en otro lugar, una repetición” (traducción propia).
27
En forma paralela, esto puede relacionarse a la experiencia de lo sublime en Zizek
(1994; 2005) y Lyotard (1998; 2003).
la destrucción; “representation is always spatially split, it makes present so-
mething that is always elsewhere, a repetition” (Bhabha, 1990: 192).
26
El
intelectual estará, como cuerpo fonético, como cuerpo en tanto caja de re-
sonancia, enunciándose, produciendo el mismo una acción, inscribiéndola
en un entramado textual más amplio, por lo que el subalterno le será inac-
cesible. No hay momento donde buscar la ruptura con el subalterno, pues
ésta nunca se produjo, ya que ambos son dos cuerpos parlantes desde un
inicio ontológicamente distintos.
Volvemos así al argumento de Spivak, pero ya no desde la ideología y la
conciencia, sino desde el acto mismo del habla, el cual nos permite abor-
darlo desde una perspectiva que nos ayuda a ponerlo en relación tanto con
el locus de enunciación como con la capacidad de acción de los sujetos.
Así, considero, tenemos otra forma de abordar la evidencia de que “hablar
en nombre de”, ponerse en lugar del subalterno, es la operación más deco-
rosa para reforzar su condición subordinada, “la posibilidad de que el in-
telectual sea cómplice en la persistente constitución del Otro como la
sombra del Yo” (Spivak, 2003: 316). Podemos entender cómo la situación
de la representación da cuenta, entre otras cosas, de una instancia cierta-
mente angustiosa, ya que revela la incapacidad de la “Razón” de lograr
una imagen acabada de un proceso o estado de cosas. Sin embargo, en
forma simultánea ese mismo fracaso nos deja una placentera sensación
generada por la incapacidad misma de esa Razón de no lograr aquel en-
tendimiento total o, porque no, de darnos cuenta que no hay nada más allá
de aquello que se busca representar.
27
Desde el postcolonialismo, el punto de inflexión que debemos sortear no
se centra en poder discernir entre formas posibles de “referirnos” a algo,
con las dificultades que acabamos de exponer, sino en dar cuenta y luchar
contra las estructuras políticas y académicas de representación vigentes.
Es decir, la cuestión queda en si misma algo más complicada, ya que
“para el “verdadero” grupo subalterno, cuya identidad es su diferencia,
no hay sujeto subalterno irrepresentable que pueda conocer y hablar por
sí mismo; la solución del intelectual no es abstenerse de la representa-
ción. El problema es que el itinerario del sujeto no ha sido trazado como
para ofrecer un objeto de seducción al intelectual representante” (Spivak,
2003: 324).
55
Re-escribir un cierre
Lo postcolonial da a las metáforas sobre la otredad un espacio concreto en-
tre los fragmentos que siempre están por encontrar forma alguna de reagru-
parse. A pesar de ello, abordar este pensamiento en Latinoamérica supone
no entenderlo como una etapa definida y particular de la historia ya que
“here, the prefix “post” would make sense less as “after” than as “follo-
wing”, going beyond and commenting upon certain point in history” (Sho-
hat, 2008: 108).
28
Lo “post” se ensancha, cubre grietas al mismo tiempo
que las desempolva y re-constituye. Ahí se encuentra el embrión de su “su-
jeto politizado”. Se extiende, identifica en su “Otro” la sustancia que se
vierte en su recurrente esfuerzo por hacer emerger las consecuencias de las
prácticas de enunciación e interpelación dominantes. Recorre desde la na-
turalización de determinados relatos históricos hasta las formas más coti-
dianas de entender un devenir social. Así, el postcolonialismo todo lo inva-
de, se autoadjudico ese derecho dando cuenta de la peligrosidad que reside
en la farsa de la percepción que tenemos de nuestras propias experiencias,
que ya no se presentan como alienadas, sino como ridículas, como necesi-
tadas de encontrar otros lugares donde cobrar sentido. La perspectiva nace
como una necesidad genuina, necesidad siempre de otro y que nunca se ex-
pone en primera persona. El Postcolonialismo se hace de la realidad social
con la paranoia inofensiva y simpática de a quien siempre algo le falta para
lograr una comprensión acabada (y siempre propia) del lugar que contin-
gentemente ocupa en el conjunto de sus relaciones. Así, el agente en el
“mismo momento de su enunciación, es convertido en el objeto inverso,
proyectado del argumento, vuelto contra sí mismo” (Bhabha, 2002: 44).
Así, puede que comenzar por el postcolonialismo sea una mera excusa,
sea lo que encuentro más a mano, sea lo que nos permita llevar cuestiones
como la subjetividad, el saber académico y la emancipación a un terreno
que se nos presente como más cómodo y fértil para emprender una nueva
crítica que al menos en forma tentativa nos deje más satisfechos. Puede
que de cualquier forma las cosas se vuelvan algo más asfixiantes, que en
el intento de lograr tener una mejor compresión de aquello que indagamos
no nos devuelva algo radicalmente distinto. Puede que al fin y al cabo, lle-
guemos a pensar que todo esto nada tiene que ver con América Latina,
Occidente, la emancipación o aquello mismo que entendemos como subje-
tividad.
EMILIANO ABAD GARCÍA
28
“aquí, el prefijo “post” cobraría más sentido menos como “después” que como “lo
que sigue”, yendo más allá y comentando sobre cierto punto en la historia” (traducción
propia).
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