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micrologizado debe ejercerse en Europa y EE.UU., la estrategia esencialista debe ha-
bitar fuera de ellas. En el mejor de los casos esta parece estar sobredeterminada por el
discurso dominante del cual el mismo subalterno participa y es solo entendida en cla-
ve marxista producto del paralelismo que muchos autores, a saber Quijano, Escobar,
Spivak y Chakrabarty, realizam de la “conciencia de clase”. De esta manera, la noción
de conciencia subalterna no problematizada, desde mi punto de vista, por el postcolo-
nialismo, contiene residuos de la teoría de la ideología marxista y, por supuesto, de su
materialismo (Marx, 1995).
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En algunos textos postcoloniales se hace presente en forma esporádica la importan-
cia del “rumor” como estrategia contestación y resistencia a la codificación cultural y
política dominante. En este sentido, el rumor, no pareciera estar regido por un principio
de verdad entendida como una relación privilegiada con aquello que supuestamente su-
cede o ha sucedido. Esto supone no poder nunca insinuar ser un error, sino que debe
centrar la atención en cómo el mismo esta siempre recorriendo, circulando sin tener un
destino u origen aparente, constituyendo un flujo en sí mismo (Deleuze, 2005). Ahí el
arma que el mismo constituye, es decir no estar sujeto a modos de conformación de
mensajes estructurados en base a sustratos formales convencionalmente demandados,
como la ley, la academia o hasta las mismas reglas de los diversos géneros literarios
(Barthes, 1993). Asentarse sobre una base algo más movediza (no por ello falto de for-
ma) y que no reconoce un protagonista posible de interpelar en forma directa no debe
llevarnos a discutir en torno a la complicidad entre el fonocentrismo y el logocentrismo
(Derrida, 1998), sino más bien, a descubrir el lado más espinoso del primero como ins-
trumento y práctica de subversión.
ne la existencia de una conexión directa, es decir, no medida y carente de
interferencias entre la conciencia del subalterno y los medios que el mismo
adopte para expresarse. De esta manera, cualquier producto comunicativo
que emane del subalterno va a constituirse en sí mismo en la materializa-
ción de su conciencia.
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En términos deluzianos conciencia y voz pertene-
cerían a la misma axiomática desde diferente código, mientras que Spivak,
desde un lugar más cercano a Derrida lo expondría de la siguiente forma:
“el lenguaje hablado es un concepto fonocéntrico en el que se supone que
la autoridad emana directamente de la conciencia-de-voz del hablante auto-
presente, y que la lectura en voz alta de un texto ajeno, como lo hace un ac-
tor en escena, no es otra cosa que la puesta en marcha de la lectura en ge-
neral” (Spivak, 2008: 58).
En una primera instancia, la conciencia (solo viable en términos de la
subjetividad moderna) desempeña un papel autoreflexivo, con una fun-
ción contextual y temporal que permite enmarcar al subalterno, así es
como “significa, principalmente, el modo de situarse, la actitud de una
subjetividad ante su propia evolución, historia, identidad en el tiempo. Un
pueblo, un hombre tiene mayor o menor cultura en el sentido que tenga
mayor o menor conciencia de su posición en la historia” (Dussel, 1973b:
28). En forma complementaria a este punto, podemos entender que el
EMILIANO ABAD GARCÍA