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mas 2.0 han obligado a la política a adaptarse a nuevos formatos, tiempos y
modos de comunicar. Aunque estas transformaciones fueron entendidas por
algunos/as autores/as como una pérdida de importancia de las ideas políticas
en favor de la imagen (Cheresky, 2007; Orejuela, 2006; Pousadela, 2006;
Sánchez Murillo y Aceves, 2008; Sartori, 1998), otros insisten en que el con-
tenido de aquello que se dice continúa siendo un importante objeto de aten-
ción y discusión política (Armony, 2005; Montiel, 2010; Pardo Abril, 2012).
En otras palabras, los discursos
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–en sus distintas formas o versiones– no han
perdido centralidad para la ciudadanía y el mundo académico.
Particularmente, resulta muy signicativo observar el desarrollo que ha teni
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do, en los últimos años, el estudio de discursos y la comunicación de gobier-
no en Latinoamérica. En efecto, este campo, que era considerado uno de los
menos desarrollados de la comunicación política, se ha tornado en un impor
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tante objeto de análisis para diversos autores/as del ámbito académico (Canel
y Sanders, 2010; Ríspolo, 2020). Así, encontramos trabajos que analizan, por
ejemplo, la comunicación que se establece entre los gobiernos y los medios
de difusión o los periodistas (Amadeo et al., 2013; Amado, 2015; Califano,
2018; Francia, 2020; Goldstein, 2011; Schuliaquer, 2020). Otras líneas de
estudio eligen enfocarse en el análisis de los discursos en sí mismos. Aquí
aparece aquella bibliografía que realiza este trabajo desde las herramientas
que ofrece la lingüística (Barbosa, 2012; Bolívar, 2008; Castro Castro et al.,
2007; Gindin, 2019; Narvaja de Arnaux, 2013; Retamozo, 2013 y 2014), y
aquella otra que recurre a la noción de “mito político” (Agrivalca Canelón,
2016; Annunziata, 2016; Bruno et al., 2018; Herrerra Miller, 2016; Fernán-
dez Pedemonte, 2016; Ponce, 2016; Nazario, 2016), o la que se centra en el
estudio de los mensajes y publicaciones en redes sociales (Annunziata et al.,
2018; López Urrea et al., 2016; Slimovich, 2017; Salerno, 2018). Finalmen
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te, también encontramos aquellos trabajos que utilizan los discursos como un
insumo, por ejemplo, para concer cómo se ha ido contruyendo una identidad
política (Dagattil, 2017; Fernández Pedemonte, 2011; Montero y Vincent,
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Vale aclarar que poseemos una visión tridimensional del discurso por la que consideramos
que es, al mismo tiempo, una práctica textual (una unidad lingüística, superior a la oración,
cohesionada y dotada de coherencia), una práctica discursiva (una alocución que se enmar-
ca en una situación, tiempo y espacio determinados y, por tanto, permite la realización de
otras prácticas sociales) y una práctica social (tiene un origen y efectos sociales, es decir,
posee una dimensión reproductiva y, a la vez, constructiva) (Martín Rojo, 2006). Y más
especícamente, entendemos por discurso político aquel “destinado a llamar y a responder,
a disuadir y a convencer; un discurso de hombres para transformar hombres y relaciones
entre los hombres, no solo un medio para re-producir lo real” (Fabbri y Macarino, 2002).