La historia, las ideas y los conceptos
políticos. Una alternativa teórica
para adentrarse en el lenguaje
político
History, ideas and political
concepts. A theoretical alternative to
delve into political language
Florencia Ríspolo
*
Resumen
Las transformaciones que ha impuesto el vertiginoso avance de las comuni-
caciones han impactado sustancialmente en la arena política. Los medios de
comunicación y las redes sociales, aplicaciones y plataformas 2.0 han obli-
gado a la política a adaptarse a nuevos formatos, tiempos y modos de co-
municar. Para algunos/as autores/as, estos cambios conllevaron una pérdida
de importancia de las ideas políticas en favor de la imagen; otros insisten en
que el contenido de aquello que se enuncia continúa siendo un importante
objeto de atención y discusión política. Siguiendo a este segundo grupo de
*
Doc. En Estudios Sociales y Lic. en Ciencia Política por la Universidad Nacional del Li-
toral (UNL). Becaria de Doctorado del CONICET. Jefe de Trabajos Prácticos de la cátedra
Introducción a las Ciencias Sociales, de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNL.
E-mail: rispoloorencia@gmail.com.
Código de referato: SP.297.LVIII/22
http://dx.doi.org/10.22529/sp.2022.58.04
STUDIA POLITICÆ Número 58 primavera-verano 2022 pág. 109–137
Recibido: 4/11/2021 | Aceptado: 01/08/2022
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
110 STUDIA POLITICÆ Nº 58 primavera - verano 2022
autores, creemos que los discursos –en sus distintas formas o versiones– no
han perdido centralidad para la ciudadanía y el mundo académico.
En este sentido, la historia conceptual y la historia de las ideas son disci-
plinas nos permiten adentrarnos en el conocimiento y análisis del lenguaje
político. Entendemos que ambas corrientes ofrecen un enfoque alternativo
al propuesto por la lingüística –entre otros–, pues nos proponen focalizar
sobre los conceptos e ideas políticas y complementar este análisis con es-
tudio de los contextos históricos. De este modo, el objetivo del presente
trabajo será desarrollar y caracterizar las propuestas de la historia concep-
tual de Reinhart Koselleck y la historia de las ideas de Quentin Skinner, a
n de propiciar el conocimiento de estos enfoques que resultan ser menos
divulgados para el estudio de las alocuciones políticas.
Palabras clave: historia conceptual - historia de las ideas - discursos - len-
guaje político
Abstract
The vertiginous advance of communications has had a substantial impact
on the political arena. The media, social networks, applications and 2.0 pla-
tforms have forced politics to adapt to new formats, times and ways of
communicating. For some authors these changes could be understood as
loss of importance of political ideas in favor of the image; others insist that
the content of what is said continues being a relevant object of political
attention and discussion. In the same way as the second group of authors,
we believe that speeches –in their different forms or versions– have not lost
importance for citizens and the academic environment.
The conceptual history and the history of ideas are subjects allow us to in-
troduce to the knowledge and analysis of political language. We understand
that both currents offer an alternative approach to the linguistic proposal
–among others–, its propose to focus on political concepts and ideas and
complement this analysis with a study of historical contexts. To be more
precise, the aim of this paper will be to develop and characterize the pro-
posals of Reinhart Koselleck’s Conceptual History and Quentin Skinners
History of Ideas, in order to provide knowledge of these less publicized
approaches. for the study of political speeches.
Keywords: conceptual history - history of ideas – speeches - political lan-
guage
Introducción
L
as transformaciones que ha impuesto el vertiginoso avance de las co-
municaciones han impactado sustancialmente en la arena política. Los
medios de comunicación y las redes sociales, aplicaciones y platafor-
FLORENCIA RÍSPOLO 111
mas 2.0 han obligado a la política a adaptarse a nuevos formatos, tiempos y
modos de comunicar. Aunque estas transformaciones fueron entendidas por
algunos/as autores/as como una pérdida de importancia de las ideas políticas
en favor de la imagen (Cheresky, 2007; Orejuela, 2006; Pousadela, 2006;
Sánchez Murillo y Aceves, 2008; Sartori, 1998), otros insisten en que el con-
tenido de aquello que se dice continúa siendo un importante objeto de aten-
ción y discusión política (Armony, 2005; Montiel, 2010; Pardo Abril, 2012).
En otras palabras, los discursos
1
–en sus distintas formas o versiones– no han
perdido centralidad para la ciudadanía y el mundo académico.
Particularmente, resulta muy signicativo observar el desarrollo que ha teni
-
do, en los últimos años, el estudio de discursos y la comunicación de gobier-
no en Latinoamérica. En efecto, este campo, que era considerado uno de los
menos desarrollados de la comunicación política, se ha tornado en un impor
-
tante objeto de análisis para diversos autores/as del ámbito académico (Canel
y Sanders, 2010; Ríspolo, 2020). Así, encontramos trabajos que analizan, por
ejemplo, la comunicación que se establece entre los gobiernos y los medios
de difusión o los periodistas (Amadeo et al., 2013; Amado, 2015; Califano,
2018; Francia, 2020; Goldstein, 2011; Schuliaquer, 2020). Otras líneas de
estudio eligen enfocarse en el análisis de los discursos en sí mismos. Aquí
aparece aquella bibliografía que realiza este trabajo desde las herramientas
que ofrece la lingüística (Barbosa, 2012; Bolívar, 2008; Castro Castro et al.,
2007; Gindin, 2019; Narvaja de Arnaux, 2013; Retamozo, 2013 y 2014), y
aquella otra que recurre a la noción de “mito político” (Agrivalca Canelón,
2016; Annunziata, 2016; Bruno et al., 2018; Herrerra Miller, 2016; Fernán-
dez Pedemonte, 2016; Ponce, 2016; Nazario, 2016), o la que se centra en el
estudio de los mensajes y publicaciones en redes sociales (Annunziata et al.,
2018; López Urrea et al., 2016; Slimovich, 2017; Salerno, 2018). Finalmen
-
te, también encontramos aquellos trabajos que utilizan los discursos como un
insumo, por ejemplo, para concer cómo se ha ido contruyendo una identidad
política (Dagattil, 2017; Fernández Pedemonte, 2011; Montero y Vincent,
1
Vale aclarar que poseemos una visión tridimensional del discurso por la que consideramos
que es, al mismo tiempo, una práctica textual (una unidad lingüística, superior a la oración,
cohesionada y dotada de coherencia), una práctica discursiva (una alocución que se enmar-
ca en una situación, tiempo y espacio determinados y, por tanto, permite la realización de
otras prácticas sociales) y una práctica social (tiene un origen y efectos sociales, es decir,
posee una dimensión reproductiva y, a la vez, constructiva) (Martín Rojo, 2006). Y más
especícamente, entendemos por discurso político aquel “destinado a llamar y a responder,
a disuadir y a convencer; un discurso de hombres para transformar hombres y relaciones
entre los hombres, no solo un medio para re-producir lo real” (Fabbri y Macarino, 2002).
112 STUDIA POLITICÆ Nº 58 primavera - verano 2022
2013; Perochena, 2016; Torrico Villanueva, 2021; Vasilachis de Gialdino,
2016), entre muchos otros.
Tal como se observa, la mayor parte de estos trabajos sobre comunicación de
gobierno se focalizan sobre la estructura inmanente de los discursos e incluso
en muchos casos predominan los análisis lingüísticos. Sin embargo, existen
otras formas menos difundidas de adentrarnos en el contenido de un discur
-
so. En este sentido, disciplinas como la historia conceptual y la historia de
las ideas nos brindan la oportunidad de trabajar sobre los conceptos e ideas
políticas y la historia, lo cual creemos que es una interesante alternativa para
conocer aquello que enuncian los/as primeros/as mandatarios/as. En otras
palabras, las herramientas heurísticas que nos proveen estas corrientes de
pensamiento son una opción para conocer la profundidad histórica de los
conceptos utilizados y abordar de forma más precisa el lenguaje político y
social (Aguirre y Morán, 2020).
Tal como mencionábamos, este campo, que podemos incluir dentro del análi
-
sis de la comunicación de gobierno, no ha sido tan desarrollado como aquellos
que se focalizan en los discursos. No obstante, encontramos trabajos como los
de Morán (2019 y 2021) y Rodríguez Rial (2016), quienes analizan, desde la
historia conceptual, el concepto de republicanismo en la historia argentina.
En una línea similar, podemos mencionar el texto de Rodríguez Rial y Frei-
brun (2011), que se centra en el uso que los intelectuales argentinos hacen de
los conceptos de república y republicanismo, apoyándose en las teorías de
Koselleck y Skinner; o también el trabajo de Lesgart (2004), que aborda la
noción democracia durante la última transición a este régimen, a partir de un
análisis multidisciplinar que entrelaza la historia del pensamiento, la historia
intelectual y la historia conceptual. Finalmente, haciendo uso de la historia de
las ideas de Skinner, podemos mencionar los trabajos de autoras como Villa-
vicencio (2008), nuevamente a Rodríguez Rial (2008) y Carozzi (2011), que
estudian las obras de Sarmiento, Alberdi y Moreno, respectivamente.
En línea con esos aportes, el presente trabajo propone acercar la discusión
teórica entre la historia conceptual de Reinhart Koselleck y la historia de
las ideas de Quentin Skinner, a n de propiciar el conocimiento de estos
enfoques teóricos. De este modo, el texto se distribuirá en dos apartados, a
los que se suman la presente introducción y unas muy breves conclusiones.
El primero de esos apartados intenta ser un recorrido histórico por algunas
ramas de la historiografía que han abordado la historia y el pensamiento po
-
lítico previo al giro lingüístico, mientras que el segundo apartado tiene una
breve introducción en donde se presentan los dos enfoques seleccionados,
FLORENCIA RÍSPOLOI 113
para luego tomar cada uno de ellos y realizar un desarrollo más extenso sobre
los principales elementos de estas teorías.
1. La vieja historia del pensamiento y el giro lingüístico
Para comenzar, debemos señalar que no se puede abordar la historia del pen
-
samiento o de las ideas políticas en un sentido unívoco. Por el contrario,
según Roger Chartier (1992), esta rama de la historiografía está determinada
por la especicidad nacional respecto de las designaciones, las cuales presen-
tan una gran dicultad al momento de traducirlas a otra lengua y adaptarlas
a un nuevo contexto intelectual. Dicho de otro modo, cada historiografía
nacional diseña su propia conceptualización articulando distintas nociones
explicativas, lo que da como resultado una serie de categorías difíciles de
adoptar fuera de su contexto de origen. De este modo, a lo largo del tiempo
surgieron una variedad de escuelas intelectuales que abordan la relación en-
tre conceptos, historia y política, según cada país.
A principios del siglo XX, los pensadores y movimientos intelectuales eran
objeto de estudio de dos corrientes: la historia del pensamiento y la historia
de la losofía. La primera de ellas planteaba una estrecha relación entre los/
as pensadores/as “clásicos” y sus producciones textuales más representati
-
vas, es decir, el/la investigador/a analizaba las principales obras de un deter-
minado/a autor/a en busca de los aportes nodales. Sin embargo, como con-
secuencia de esta forma de acceder a los textos, se reducía la historia a una
biografía del pensamiento humano y se olvidaba por completo el contexto de
producción de los textos. La historia de la losofía, por su parte, no ahondaba
sobre los escritos de un/a autor/a particular, sino que accedía al estudio de
las ideas a través de los sistemas, escuelas o movimientos. De este modo,
se consideraba a las distintas escuelas de pensamiento como irreductibles
y cerradas a cualquier tipo de intercambio con la realidad social. En efecto,
ambas corrientes de la historia apoyaban sus análisis en los grandes textos
u obras fundacionales, colocando en un segundo plano el contexto social y
cultural y la corriente intelectual que los acunaba (Di Pascuale, 2011).
Frente a estas visiones tradicionales, surgen dos reacciones que buscaban
incorporar el componente histórico y social al análisis de los pensamientos.
La primera se originó en América y se denominó history of ideas, impulsada
por Arthur Lovejoy, mientras que la segunda aparece con la escuela de los
Annales en Francia y toma el nombre de histoire des mentalités, promovida
por Georges Duby, Roben Mandrou, Jacques Le Goff, entre otros.
114 STUDIA POLITICÆ Nº 58 primavera - verano 2022
La historia de las ideas, que predominó en el ámbito cultural angloparlan-
te, tuvo diversas expresiones según los países de origen. De este modo, en
Gran Bretaña los aportes fundamentales provienen de autores como Robert
Blackley y, más tarde, de Isaiah Berlin, mientras que en Estados Unidos son
los escritos de William Archibald Dunning o George Sabine los que pueden
considerarse pioneros (Castorina y Wieczorek, 2020). Sin embargo, es a tra
-
vés de la célebre obra La gran cadena del ser de Lovejoy cuando la historia
de las ideas adquiere una gran relevancia como disciplina. Esta corriente de
pensamiento reivindica la contemporaneidad histórica de los/as autores/as
clásicos y supone la existencia de problemas políticos fundamentales que se
mantienen a través del tiempo y el espacio (Castorina y Wieczorek, 2020).
Particularmente, Lovejoy trabaja con el supuesto de que existen ideas-uni-
dad que tienen la capacidad de trasladarse entre distintos sistemas de pensa-
miento separados por el tiempo, el espacio, las disciplinas, las culturas, entre
otros. La singularidad es que, en ese viaje de uno a otro sistema, las ideas
incorporan nuevos y diversos sentidos según sus contextos. En otras pala-
bras, las ideas son pensadas como marcos en donde los hechos y concepcio-
nes conuyen en una unidad. De este modo, Lovejoy (2000) propone que la
forma de abordar el pensamiento humano (así como también sus emociones
y distintas expresiones) es mediante un estudio interdisciplinar a partir del
cual cada área de investigación aportaría su especicidad, es decir, una forma
de cooperación entre las disciplinas cuyas jurisdicciones se superponen en el
estudio de una idea.
Por otra parte, el enfoque de histoire des mentalités no solo plantea un mo
-
delo explicativo diferente, sino que también propone una semántica distinta
para denir su objeto de estudio, pues se centra en las mentalidades. Esta
corriente de estudio inuenciada por la psicología social, el pensamiento
durkheimiano, la etnografía y el estructuralismo pretendía constituirse en
una alternativa a las rígidas interpretaciones narrativas y economicistas pre
-
dominantes en la historia social durante la etapa de entreguerras. En otras
palabras, esta corriente buscaba imponer un nuevo objeto para la historia,
que no eran las ideas ni los fundamentos socioeconómicos de las sociedades,
sino las mentalidades. A partir de este concepto, resaltaban la importancia de
lo colectivo sobre lo individual, entendiendo que cada particularidad debía
ser considerada en el seno de un contexto, es decir, la mentalidad es propia
de cada individuo, pero al mismo tiempo es aquello que se tiene en común
con otros hombres de la época (Chartier, 1992). En cierto modo, la historia
de las mentalidades pretende ser el punto de conjunción entre lo individual
y lo colectivo, el tiempo largo y el cotidiano, lo estructural y lo coyuntural,
FLORENCIA RÍSPOLO 115
aquello que escapa a los sujetos individuales de la historia y que es revelador
del contenido impersonal de su propio pensamiento (Le Goff, como se citó
en Sánchez Meca, 1996).
Con el giro lingüístico y la idea de que la realidad no es anterior al lengua
-
je, sino que este es constitutivo de la experiencia, se produjeron profundas
transformaciones en el campo de las humanidades y las ciencias sociales. Al
dejar de considerar al lenguaje como un medio de representación objetivo
y transparente, este pasó a ser el centro de todos los análisis y reexiones.
La política y la historiografía no escaparon a estas transformaciones propias
del “giro lingüístico” desplazando el foco de atención hacia los modos de
producción, reproducción y transmisión de sentidos en los distintos periodos
históricos y contextos político-culturales (Palti, 1998).
En este contexto, comenzaron a cuestionarse las premisas epistemológicas y
los objetos de estudio –ideas-unidad y mentalidades– de estas corrientes. La
aproximación al objeto de estudio ya no podía hacerse entendiéndolo como
un “objeto natural” o un “objeto racional dado” (Di Pascuale, 2011). Como
consecuencia, hacia la década de 1980, los historiadores recurrieron a la lin
-
güística, el psicoanálisis, la hermenéutica y la antropología para superar esos
cuestionamientos epistemológicos. De allí surgen nuevas formas de pensar
este campo de la historia del pensamiento o de las ideas políticas, que propo-
nen diferentes formas de abordar y denominar los objetos puestos en jaque
(Vallespín, 1995).
2. Luego del giro lingüístico: la historia intelectual y la historia concep
-
tual
Hacia mediados del siglo XX y como producto de la inuencia que produce
el giro lingüístico, aparecen dos núcleos de reexiones: la historia intelec
-
tual y la historia conceptual. La primera de ellas es la escuela de Cambridge
(1950) representada por Quentin Skinner, John Dunn y John G. A. Pocock,
inspirada en la losofía analítica de Austin y Searle (Majul, 2020). La segun-
da es conocida como la Begriffsgeschichte o historia conceptual (1967) de
Reinhart Koselleck
2
, deudora de los aportes de la hermenéutica de Heidegger
2
Esta corriente de pensamiento también es iniciada por Werner Conze y Otto Brunner. Sin
embargo, la enfermedad de unos de ellos y la temprana muerte del otro dejaron en manos
de Koselleck la responsabilidad sustancial de denir los alcances y la perspectiva metodo-
lógica de esta corriente (Aguirre y Morán, 2020).
116 STUDIA POLITICÆ Nº 58 primavera - verano 2022
y Gadamer (Vilanou, 2006). Lo que caracteriza y une a estos enfoques es la
incorporación del contexto como una variable fundamental y determinante
para el análisis de su objeto de estudio, rasgo que la diferencia de la vieja his-
toria de las ideas, que excluía cualquier tipo de reexión al respecto. De este
modo, ambas corrientes polarizaron el debate euroamericano sobre la nueva
historia conceptual e intelectual, abriendo las puertas para la elaboración de
una profusa bibliografía al respecto (Fernández Sebastián y Fuentes, 2004).
En efecto, estas orientaciones han tenido desarrollos y diálogos críticos con
programas de investigación en otros países, a saber: en Francia, los trabajos
de “ideopraxia” de Jaques Guilhaumou o la historia conceptual de lo políti
-
co planteada por Pierre Rosanvallon; en Italia, la Universidad de Padua de
la mano de Sandro Chignola y Giussepe Duso, que desarrollan la historia
conceptual como losofía política; en España, los escritos de José Luis Villa
-
cañas, Faustino Oncina y Javier Fernández Sebastián, que continúan la línea
propuesta por Koselleck; y, nalmente, en América Latina encontramos los
aportes de Elías Palti y Leopoldo Zea, entre otros. A pesar de la variedad de
enfoques y perspectivas existentes, en el presente trabajo solo nos ocupare-
mos de las propuestas anglosajona y alemana, ya que son las primeras que
plasmaron alternativas metodológicas explícitas y consistentes respecto a los
métodos clásicos de historiar las ideas (Fernández Sebastián, 2002; Fernán-
dez y Fuentes, 2004; Vilanou, 2006; Cruz Rodríguez, 2011). Y, tal como
sosteníamos anteriormente, resultan ser una alternativa teórico-metodológica
para abordar y complejizar el estudio de la comunicación de gobierno, pues
nos brindan la posibilidad de abordar los discursos a partir de las ideas y los
conceptos políticos y complementarlos con los contextos históricos.
2.1. La propuesta de Quentin Skinner: historia intelectual
El primero de los enfoques teóricos es el que representa la escuela de Cam
-
bridge, cuyo representante más destacado
3
y quien ha realizado el intento teó-
rico-dislógico más completo es Quentin Skinner (Majul, 2020). Los aportes
de este autor han sido un parteaguas en los estudios sobre historia política. En
1969 se publicó el escrito teórico fundamental de este historiador británico,
Meaning and understanding in the history of ideas, en donde realizaba agudas
críticas a la vieja tradición de la historia de las ideas –representada principal-
mente por Lovejoy– y proponía una nueva forma de abordar este objeto de es-
3
El mismo Pocock señala en su libro Virtue, Commerce and History (1985) que Skinner
puede ser considerado como el máximo exponente de esta tradición historiográca.
FLORENCIA RÍSPOLO 117
tudio (Palti, 2017). Allí Skinner conjugaba elementos propios de la lingüística
con el estudio del pensamiento político y, de este modo, construía las bases
metodológicas de lo que hoy se conoce como historia intelectual.
Los primeros pasos de esta escuela de pensamiento se desarrollaron ligados a
los aportes realizados por Peter Laslett. Este autor intentó demostrar que era
un error pensar la historia de las ideas políticas como el diálogo entre guras
canónicas, pues estas son consagradas como tales con posterioridad a sus
obras. Como consecuencia, esta concepción nos conduciría a hacer discutir a
autores/as que solo tienen una temática en común y que, probablemente, no
se han leído entre sí. De hecho, Laslett, en su edición de Dos tratados sobre
el gobierno civil, revela que, a diferencia de lo que se cree comúnmente,
Locke no discutía con Hobbes, sino con un autor casi desconocido llamado
Filmer. En este marco e intentando dar sustento teórico a estos postulados,
Skinner comenzó a escribir en 1967 Meaning and understanding in the his
-
tory of ideas (Palti, 2005).
En ese texto, Skinner realiza una extensa crítica al método textualista, apo
-
yándose en la teoría de los actos de habla de Austin (2008). Basándose en la
diferenciación entre los niveles locutivo e ilocutivo
4
de un enunciado, sostie-
ne que para comprender históricamente lo que signica una determinada idea
es necesario realizar un doble trabajo. Por un lado, se debe situar el contenido
de la idea en el contexto de relaciones lingüísticas y, por otro, es preciso inda-
gar sobre la intencionalidad del autor/a al armar lo que dijo. En este sentido,
entiende que la corriente de la historia de las ideas, que analiza las obras
totalmente desconectadas de su contexto de surgimiento, incurre en una serie
de errores que deben ser denunciados, pues producen absurdos históricos.
De este modo, según Skinner (2002a y 2002b), quienes aplican el método
textualista sostienen que existen ciertos problemas perennes, ideas univer
-
sales o preguntas siempre vigentes sobre política, moralidad, religión o vida
social. Estas ideas “constantes” o “recurrentes” son las que deberían rastrear-
se a través de la mera interpretación de los argumentos propuestos por los/as
teóricos/as clásicos. Es decir, que se pueden identicar conceptos a los que
cabe esperar que los/as autores/as clásicos de las distintas disciplinas se re-
eran, como si las historias del pensamiento político, ético, económico, entre
otros, compartieran ciertos “parecidos de familia” que las vinculan. Según
4
Austin distingue tres tipos de actos de habla: 1- el acto locutivo: por el cual se dice algo;
2- el acto ilocutivo, que da cuenta de la intención o nalidad del hablante; 3- el acto perlo-
cutivo, que son los efectos o consecuencias que causan los actos ilocutivos.
118 STUDIA POLITICÆ Nº 58 primavera - verano 2022
Skinner, esto supone la existencia de ciertas ideas preconcebidas que dirigen
el camino sobre lo que se espera encontrar, provocando que el pensamiento
se organice y se sesgue en torno a esas prenociones.
El problema con la historia de las ideas, entonces, es que nos conduciría a
interpretar los textos clásicos como si estos hubieran sido escritos por un/a
autor/a contemporáneo/a. En otras palabras, se aíslan los textos de su mo
-
mento histórico para concentrarse en elementos de supuesta validez univer-
sal que pudieran contener, lo que tiene como resultado el anacronismo de
encontrar en las doctrinas políticas respuestas a preguntas eternas e incluye
en las obras clásicas las perspectivas o prejuicios del investigador/a. Más
aún, Skinner sostiene que, para este grupo de investigadores/as, incorporar
el contexto social o intelectual en que surgen estas teorías provoca perder de
vista los aportes fundamentales que se realizan en las obras y, por lo tanto,
se desaprovecha el valor y el propósito de estudiarlos. Por consiguiente, el
método textualista promovería diversos absurdos históricos o, como Skinner
preere denominarlos, mitologías, entre las cuales se encuentran: la doctrina,
la coherencia, la prolepsis y el localismo.
La primera de ellas, la mitología de la doctrina, relacionada con el intento de
comprobar que un determinado autor/a clásico se reere a tópicos sobre los
que se juzga que ha escrito. Dicho de otro modo, el peligro de hacer decir al
autor/a algo que no quiso o pudo decir a través de sus obras. Esta mitología
puede adoptar diversas formas. Una de ellas es el riesgo de transformar en
doctrina algo que en realidad son una serie de comentarios dispersos. Este
yerro se plasma claramente en las biografías intelectuales, así como también
en la ideas-unidad que desarrollan los historiadores de las ideas. Esto condu
-
ce a “descubrir” que determinado autor/a sostiene una concepción sobre un
tema al que, en realidad, no le interesaba aportar, o bien a “atribuir” un sig-
nicado que no podría trasmitir porque no estaba a disposición en su época.
En otras palabras, las ideas se independizan de los agentes para levantarse
y combatir en su propio nombre. La segunda forma que adopta este tipo de
mitología es a la inversa. Es decir, se critica a un autor/a clásico por no ha-
berse referido a los temas universales, cuando en realidad este lo ha decidido
omitir deliberadamente.
El segundo tipo de mitología que Skinner plantea es la de la coherencia. No
signica otra cosa que el peligro de forzar y moldear la teoría de los/as auto
-
res/as investigados a una interpretación coherente, sin suras. De este modo,
el/la investigador/a llena los espacios dejados por el/la autor/a o resuelve
contradicciones propias del texto, para encontrar una coherencia y dar una
FLORENCIA RÍSPOLO 119
apariencia de sistema cerrado. Según Skinner, este es generalmente el error
en el que se cae cuando se intenta elaborar manuales de historia de las ideas,
pues se busca simplicar mensajes para comunicarlos con mayor claridad.
El tercer tipo, la mitología de la prolepsis, es aquella que se produce cuando
el investigador/a está más interesado en la signicación retrospectiva de una
obra o acciones históricas que en el signicado que el propio agente buscó
imprimirle. Esto signica que las discusiones en torno a una obra clásica
se limitan a observar los contenidos, independizándolos de la intención con
la que el/la autor/a lo plasmó. Lo que puede dar como resultado que el/la
investigador/a le otorgue mayor importancia o un signicado diferente a un
determinado hecho que en realidad no lo ha tenido, o bien que diera con el
signicado que el/la autor/a pretendía asignarle al evento en concreto.
Finalmente, aparece el mito del localismo. Este afecta a los/as investiga
-
dores/as que, al intentar describir un argumento de una cultura y tiempos
desconocidos, asocian esos elementos a su propia cultura brindando una des
-
cripción engañosa. El primero de los errores de este localismo es suponer
erróneamente la inuencia de un/a autor/a en otro/a por encontrar rasgos
similares y, segundo, es la posibilidad de que el/la investigador/a incorpore
inconscientemente elementos extraños a un argumento y que estos se disuel-
van en él generando una familiaridad aparente.
En resumidas cuentas, esta corriente pone un fuerte énfasis sobre la dimen
-
sión pragmática del lenguaje. En este sentido, considera que todo discurso o
texto busca incidir sobre la realidad que describe; o, dicho de otro modo, los
textos deben ser entendidos como acciones o hechos sociales. De allí que la
comprensión de los textos o comunicaciones deba hacerse no solo a partir de
aquello que ha sido mencionado en el contenido de la doctrina, sino a partir
del conocimiento del entorno en el que se inscribe. De este modo, sostiene:
La comprensión de los textos, sugiero, presupone captar no sólo cuál fue su
signicado pretendido sino también el modo de recepción buscado de ese
signicado. Entender un texto implica, al menos, entender tanto la inten-
ción a ser entendida como la intención de que esta intención sea entendida,
por lo cual el texto se concibe como un acto de comunicación. La pregunta
que, de acuerdo con esto, debemos confrontar al estudiar este tipo de tex-
tos, es qué habrán querido comunicar los autores al emitir sus enunciados,
al escribir en la época en que escribieron para las audiencias especícas
que tenían en mente (Skinner, 2007, p. 160)
120 STUDIA POLITICÆ Nº 58 primavera - verano 2022
Tal como se desprende de la cita, no solo se propone analizar el contenido de
los textos, comunicaciones o discursos, sino el contexto en el que se incluye
el marco histórico, como también las intenciones del autor/a al momento de
escribir el texto. De este modo, la teoría de Skinner supone que es posible
recuperar la motivación del autor/a al momento de escribir su obra o enunciar
un discurso. En efecto, la fuerza ilocucionaria de un acto de habla resulta
fundamental para acceder al signicado de la noción abordada, en cuanto
forma de acceder a ese signicado es a través del conocimiento de las condi-
ciones de enunciación (quién habla, a quién, dónde, cómo, entre otras posi-
bles preguntas); en otras palabras, las convenciones ideológicas y debates de
la época histórica en el que se sitúa ese texto.
Por consiguiente, abordar la comunicación política de un gobierno con este
tipo de teoría implica, por un lado, estudiar los discursos y comunicacio
-
nes realizadas para conocer e identicar las ideas políticas que se plasman.
Por otra parte, nos obliga a indagar sobre el contexto político, económico y
social, así como también el contexto especíco (el lugar y el público) en el
que se pronuncia el discurso. Y, nalmente, deberíamos adentrarnos en el
contexto de producción de dicho discurso, para conocer si fue elaborado por
quien lo enuncia o si alguien más participó del proceso, con quién/es estaba
dialogando o discutiendo, quién lo escribió y cuál era el objetivo o qué se
deseaba transmitir con el mensaje.
Siguiendo a Elías Palti (1998), advertimos que el “contextualismo” de Skin
-
ner no es reduccionista, ya que el nivel textual no es una mera emanación de
las realidades previas. Por el contrario, son actos de habla siempre incrusta
-
dos en un determinado sistema de acciones comunicativas. Así, el contexto
es entendido como el marco intelectual, los debates, lecturas e intercambios
de la época; esto signica que aquello que se enuncia puede ser conrmatorio
de las convenciones vigentes o presentar una relación conictiva con ellas.
En este sentido, podemos inferir que el contexto histórico, de producción y
enunciación de un discurso no resulta determinante sobre aquello que dice
un/a primer/a mandatario/a, sino que resulta un marco para decidir qué sig-
nicados ha pretendido comunicar. Fiel a los postulados de Austin, el obje-
tivo de la historia intelectual que Skinner propone es comprender cómo fue
posible que un/a autor/a diga lo que ha dicho en un contexto determinado, es
decir, busca dar respuestas especícas a problemas especícos.
De esto se desprende una regla metodológica fundamental para Skinner: toda
interpretación de lo que un/a autor/a ha pretendido decir debe hacer uso del
mismo tipo descripciones y calicaciones que el teórico en cuestión pudo
FLORENCIA RÍSPOLO 121
haber utilizado en su entorno. Ello signica que: 1) todo texto –como acto de
habla– o enunciación debe ser comprendido según su racionalidad especíca
–sin buscar parámetros transhistóricos–, 2) para lo cual es necesario superar
la instancia textual e incorporar las relaciones e intencionalidades.
No obstante, estos postulados recibieron diversas críticas, algunas de las cua
-
les fueron compiladas en el libro de Jame Tully, Meaning and context. Skinner
and his critics (1988). La primera que aparece allí es la de Hollis, quien sostie-
ne que no es suciente conocer el contexto y las intenciones para comprender
las obras de los/as autores/as, sino que también es necesario indagar sobre los
motivos. Por ello, propone que sería necesario hallar nociones comunes de
racionalidad que permitan comprender dichas motivaciones. Al mismo tiem
-
po y en coincidencia con Taylor, este autor se pregunta si Skinner no debería
evaluar de forma explícita la racionalidad de las creencias que estudia y re
-
exionar sobre sus propias creencias y suposiciones. Por otra parte, autores
como Graham y Femia le cuestionaron sus reexiones en torno a la fuerza
ilocucionaria de las obras. Mientras el primero pone en duda si las intenciones
de un/a autor/a pueden ser consideradas realmente una forma de explicación
social; el segundo sostiene que analizar las obras en términos de intenciones
es un impedimento para aprender el valor del pasado. Minogue plantea que, al
poner en duda la distinción entre el objeto de la losofía política (dimensiones
independientes y universales de las ideas) y el de los/as historiadores políticos
(las dimensiones históricas y contextuales de las ideas), excluye a los/as clá-
sicos de la losofía política de la historia de las ideas.
Estas primeras críticas –que se asocian a un relativismo vicioso– son eludidas
por Skinner, quien insistió en que sus trabajos no tratan sobre la veracidad
de los actos de habla que esgrimen los/as autores/as estudiados, sino sobre la
racionalidad de estos. Sin embargo, la crítica realizada por Keane cala más
profundo en las consideraciones de Skinner. El autor sostiene que el célebre
historiador confunde la comprensión de un texto con la comprensión de las
intenciones del autor/a al escribirlo, ignorando la productividad del lenguaje.
En otras palabras, se acusa a Skinner de creer que el lenguaje es transparente
para los propios actores, y de aseverar que es posible encerrar intenciones en
sus enunciados, como si los textos no hablaran y solo lo hicieran los agentes.
Para Keane, no es posible recuperar la intencionalidad (subjetividad) de un
agente, pues el soporte en el que estas se plasman está condicionado por la
lógica de la estructura formal del discurso (objetividad). Incluso, tampoco
cree que sea relevante la recuperación de esa motivación, pues esto presu
-
pone que existe la posibilidad de reproducir de forma “realista” los actos de
habla del pasado.
122 STUDIA POLITICÆ Nº 58 primavera - verano 2022
En este sentido, Keane arma que Skinner cae en una posición positivista
respecto de la interpretación del pasado, ya que a través de la mitología del
localismo cuestiona las estructuras lingüísticas dentro de las cuales han crea-
do su propia subjetividad. Es decir, mientras los/as productores de sentido
del pasado son pasibles de ser comprendidos dentro del campo de convencio
-
nes y prácticas ligadas históricamente y mediadas por lenguaje ordinario, los/
as investigadores/as del presente deberían, sin razón, poder desembarazarse
de ellos. En este sentido, Keane propone una comprensión “subjetiva” por
parte de los/as investigadores/as, donde asuman el papel de interlocutores
de los actos de habla que estudian. La interpretación del pasado debe ser
considerada un logro productivo basado en los signicados presentes; esto
no signica que el/la investigador/a se erige como autoridad contra su objeto
de estudio, sino que establece una relación entre socios/as unidos por un
lenguaje común.
Esta crítica obligó a Skinner a reconocer que su postura original era sim
-
plista al respecto, aunque no aceptó el textualismo radical de Keane. Por el
contrario, intentó dar cuenta de la productividad del lenguaje (la cual acepta
que excede la intencionalidad de los agentes), a partir de la distinción de los
motivos antecedentes (subjetivos) de las intenciones (objetivas) que los tex
-
tos maniestan y por los que devienen públicamente legibles (Palti, 1995).
En nuestra opinión, las críticas de Skinner al método textualista son acertadas.
Así como también compartimos la importancia ineludible que los contextos
adquieren a la hora de comprender lo más elmente posible la signicación
de las obras y aportes teóricos estudiados. Sin embargo, acordamos con Kea
-
ne (1988) que el lenguaje no resulta transparente y accesible tanto para quie-
nes producen sentido en el pasado, como para aquellos que los estudian en
el presente. Aunque, a diferencia de este autor, entendemos que a partir del
contexto de producción y, sobre todo, en aquellos casos donde los agentes
sociales que produjeron los textos o discursos pueden ser consultados, es
posible y deseable conocer los objetivos del mensaje. Así, por ejemplo, con
entrevistas a primeros/as mandatarios/as o a sus asesores/as, será posible co-
nocer el contexto de producción de los discursos y sus intenciones. De todos
modos, esto no supone que los agentes sean totalmente sinceros con lo que
narran, ni que nosotros/as podamos desembarazarnos de nuestra propia sub
-
jetivad al momento de entrevistar y procesar la información.
Por otro lado, creemos que para estudiar las comunicaciones de un gobierno
es importante rescatar uno de los elementos que más critica el autor sobre
la vieja historia de las ideas: la noción de la repetición. Para adentrarnos en
FLORENCIA RÍSPOLO 123
nuestro argumento, introducimos a Wolin (2001), un discípulo de esta co-
rriente, que señala:
Muchos lósofos anteriores se han ocupado de reunir y sistematizar las
palabras y conceptos del discurso político. Con el tiempo, este material ha
sido enseñado y transmitido como legado cultural; aquellos conceptos han
sido enseñados y discutidos, examinados y, con frecuencia, modicados.
Se convirtieron, en suma, en un cuerpo de conocimiento heredado. (p. 31)
Tal como se desprende de la cita, los términos y conceptos van pasando de
una época a otra preservando la comprensión y experiencia, y obligan a quie-
nes pretenden insertarse en el debate político a someterse a ciertas reglas y
usos. Aunque no compartimos que existan nociones universales a las que in-
defectiblemente los/as autores/as se reeran, sí creemos que el conocimiento
que se va generando a través del tiempo provoca un diálogo constante. Si,
como sostiene Austin, entendemos que el lenguaje posee fuerza performati-
va, aceptamos que todo aquello que se escriba sobre una noción determinada
transformará la sustancia de aquel fenómeno, proceso, agente o institución
analizado. Esto signica que cada autor/a –aunque no haya leído efectiva-
mente a quienes lo precedieron– participará de un diálogo que se construye a
lo largo del tiempo y el espacio.
En resumidas cuentas, creemos que la existencia de un vocabulario com
-
partido y la posibilidad de problemas comunes no implica una concepción
estática de estos; por el contrario, cada agente social aborda los conceptos de
su época (que contienen las connotaciones y teorías previas) y los modican
incorporando su contexto de forma original. De allí, consideramos que es
necesario, al analizar las obras y discursos de un/a agente social, tener en
cuenta aquellas ideas, nociones o conceptos que lo precedieron en el tiempo,
con las cuales dialoga o discute implícitamente. Esto quiere decir que los/
as presidentes, al enunciar sus discursos, están vinculándose implícitamente
con interpretaciones que otros/as han expresado con anterioridad sobre las
ideas políticas que acuñan.
2.2. La Begriffsgeschichte de Reinhart Koselleck
La segunda corriente que aborda la relación entre conceptos, historia y po
-
lítica es aquella que surge en el mundo germanohablante conocida como
Begriffsgeschichte, cuyo principal promotor es Reinhart Koselleck. Este en-
foque, traducido como historia de los conceptos o historia conceptual, nace
124 STUDIA POLITICÆ Nº 58 primavera - verano 2022
con la fundación del Arbeitskreis für moderne Sozialgeschichte (Grupo de
trabajo de historia social moderna) en 1956-1957 y se consolida hacia 1967
con la edición del diccionario Geschichtliche Grundbegriffe: Historisches
Lexikon zur politisch-sozialen Sprache in Deutschland (en adelante GG) de
Otto Brunner, Werner Conze y Reinhart Koselleck (Cheirif Wolosky, 2014).
Esta corriente, al igual que la propuesta de Skinner, ha logrado con sus apor-
tes teóricos y metodológicos renovar de manera decisiva la visión sobre la
disciplina de los vocablos (Palti, 2007).
Al acércanos a la propuesta de Koselleck, la primera diferencia que se evi
-
dencia respecto a la teoría de Skinner es la utilización de la noción de “con-
ceptos” en lugar de “ideas”. En este sentido, nos preguntamos ¿cuál es mo-
tivo de este cambio?, ¿por qué este autor se inclina por el uso del término
concepto (Begriffe) para denominar a su objeto de estudio? Para comprender
esta decisión, debemos adentrarnos en la distinción entre concepto y palabra
que plantea Koselleck; lo que a su vez requiere retomar algunos postulados
básicos de las teorías de Saussure y Peirce.
Según la semiología y la lingüística moderna inspirada en Saussure, el con
-
cepto es un signo lingüístico que está constituido por una imagen acústica
(signicante) y un concepto (signicación), es decir, el signo no une una cosa
con el nombre, sino un concepto con una palabra pronunciada. Por lo tanto,
según esta visión, el lenguaje es un diccionario registrado en el cerebro del
individuo, que permite unir signicante y signicado. Sin embargo, esta con-
cepción binaria del lenguaje es rechazada por Peirce en el siglo XX, quien
propone una concepción ternaria. Esta nueva propuesta supone una relación
entre tres elementos: el signo, el objeto y el intérprete. Así, el signo es la
relación triádica que establece desde sí mismo al tomar el lugar de un objeto
para un intérprete. Dicho de otro modo, el signo representa o reemplaza en
la mente de quien lo escucha (intérprete) el objeto, aunque no en todos los
aspectos, sino solo en referencia a la base del signo, motivo por el cual una
misma palabra representa diferentes cosas para cada individuo que lo lea o
escuche (Cheirif Wolosky, 2014).
Regresando nuevamente a la tesis de Koselleck, la Begriffsgeschichte (en
adelante BG) recupera la formulación del signo lingüístico que realiza Saus
-
sure, pero se diferencia de ella al incorporar la polisemia de los conceptos.
Así, entonces, entiende que el signo es una totalidad compuesta por un signi-
cante y un signicado, mientras el concepto es una construcción que rom-
pe con esta doble estructura para dar lugar a una polisemia permanente. En
denitiva, nos preguntamos ¿cuál es la diferencia entre palabra y concepto?
FLORENCIA RÍSPOLO 125
Aunque las palabras como conceptos se nutren del contenido del contexto
hablado o escrito de una situación social, las primeras remiten a una signi-
cación unívoca y los segundos son siempre polisémicos, abstractos y gene-
rales. Es decir, al ser utilizadas, las palabras reeren a una relación bidirec-
cional entre signicante y signicado, en tanto que los conceptos presentan
una multiplicidad de signicados que no pueden aislarse unos de otros. De
esta manera, el autor asevera que “una palabra se convierte en concepto si la
totalidad de un contexto de experiencia y signicado sociopolítico, en el que
se usa y para el que se usa una palabra, pasa a formar parte globalmente de
esa única palabra’ (Kosselleck, 1993, p. 117).
La noción de concepto rompe entonces con el círculo que proponía la lingüís
-
tica saussureana que va de la palabra a la cosa y viceversa. De este modo, los
conceptos contienen una doble multiplicidad: una semántica que reere a la
pluralidad de signicados que una palabra puede adquirir al irse modican-
do a través del tiempo; y la segunda, una multiplicidad onomástica, que es
aquella polisemia que aparece en el interior de la movilidad de un discurso.
Dicho de otra manera, los conceptos reúnen, por un lado, una pluralidad de
experiencias históricas y, por otro, la suma de contenidos sociales y políticos
de los hechos presentes a los que se reeren. En efecto, los conceptos pueden
ser pensados como la contemporaneidad de lo no contemporáneo
5
.
En este sentido, podemos inferir que los conceptos que aparecen en un dis
-
curso presidencial tendrán una doble polisemia. En primer lugar, aquella que
se deriva de la utilización que el enunciador hace de una noción dentro del
discurso. Y, en segundo lugar, aquella plurivocidad que esa noción contiene
por haber sido utilizada previamente por otros enunciadores en otros contex-
tos históricos.
En consecuencia, un concepto tiene la capacidad de trascender el contexto
originario y proyectarse en el tiempo. Citando a Heiner Schultz, Koselleck
(2012) sostiene que existen cuatro alternativas para analizar el cambio de los
conceptos y las circunstancias:
1. El signicado de la palabra, así como el de las circunstancias aprehen-
didas en ella permanecen sincrónica y diacrónicamente constantes. 2. El
signicado de la palabra permanece constante, pero las circunstancias cam-
bian, distanciándose del antiguo signicado. La realidad así transformada
5
La historia conceptual parte de la noción que los conceptos no tienen historia, pero la
contienen (Fernández Sebastián, 2007).
126 STUDIA POLITICÆ Nº 58 primavera - verano 2022
debe ser nuevamente conceptualizada. 3. El signicado de la palabra cam-
bia, pero la realidad previamente aprehendida por ella permanece constan-
te. Por lo tanto, la semántica debe encontrar una nueva forma de expresión
con el n de ajustarse de nuevo elmente a dicha realidad. 4. Las circuns-
tancias y el signicado de las palabras se desarrollan separadamente, cada
una por su lado, de manera que la correspondencia inicial no puede mante-
nerse por más tiempo. (p. 31)
Ahora bien, es importante señalar que, para Koselleck, los conceptos no solo
son simples indicadores de los contextos que engloban, sino que participan
en ellos, pues establecen horizontes y límites para la experiencia posible y
la teoría concebible. De este modo, el lenguaje tiene dos caras: es activo y
receptivo. En primer lugar, registra todo aquello que sucede por fuera de
mismo, describiendo el mundo tal y como se presenta de forma prelingüísti-
ca. Pero, al mismo tiempo, es productivo y asimila los contenidos y el estado
extralingüístico de cosas, es decir, participa de la percepción, la cognición y
el conocimiento de las cosas. En otras palabras, los conceptos utilizados en
un discurso presidencial como, por ejemplo, republicanismo, liberalismo o
populismo, etc., pueden ser considerados índices históricos o ventanas para
conocer la historia argentina y, al mismo tiempo, son factores constitutivos
de esa realidad. Son registro de la realidad argentina a través del tiempo y
también elementos de cambio de esta.
Toda la realidad, para poder experimentarse, requiere ser conceptualizada.
Parafraseando a Kant, Koselleck (2004) sostiene que “no hay experiencias
sin conceptos y, por supuesto, no hay conceptos sin experiencias” (p. 28).
Esto signica que no hay realidad que pueda reducirse y estructurarse en
función del concepto, pero es cierto que sin esa conceptualización no hay
realidad posible. De este modo, los conceptos pueden ser considerados esla
-
bones que unen el lenguaje con la circunstancia o el mundo extralingüístico.
Por consiguiente, el análisis de un determinado concepto presente en un dis
-
curso obliga a realizar un estudio que contenga dos dimensiones: una sincró-
nica
6
y otra diacrónica. La primera dimensión implica la comprensión de las
6
Koselleck arma que los escritos que actualmente se reeren a la relación entre historia
social e historia conceptual direccionan sus trabajos en torno a dos corrientes que se enfo-
can solo en la dimensión sincrónica y olvidan la dimensión de cambio a lo largo del tiempo
(la diacrónica). En este sentido, sostiene que la historia de las ideas y el espíritu transere
conceptos del pasado a la vida social del presente, sin considerar su contexto sociopolítico
concreto. Mientras que la historia de los acontecimientos políticos articula las ideas en las
FLORENCIA RÍSPOLO 127
palabras y signicaciones a las que ese concepto hace referencia en el mo-
mento en el que se lo utiliza, mientras que la dimensión diacrónica impulsa
la reconstrucción de las signicaciones que ese concepto fue adquiriendo a lo
largo de la historia. Es decir, poder comprender el uso y la interpretación que
un/a presidente/a ha realizado de un determinado concepto nos exige un es
-
fuerzo metodológico de describir diacrónicamente cómo se han transforma-
do y redenido los signicados pasados de las palabras hasta llegar a nuestro
presente. Ya que, indefectiblemente, al hacer uso del campo semántico que
implica este concepto, quien lo utilice estará dialogando con las experiencias
pasadas que ese concepto arrastra.
Sin embargo, Koselleck no cree que los conceptos se limiten a conectar los
contextos presentes con las experiencias pasadas. Por el contrario, existen
ciertos conceptos que incluyen también perspectivas sobre el futuro. Estos
son los “conceptos básicos”, que combinan experiencias múltiples y expec
-
tativas de forma tal que se tornan indispensables para la formulación de los
temas nodales en un momento dado
7
. En otras palabras, estos términos alber-
gan en su interior experiencias vividas que determinan el comportamiento
del presente y, por tanto, funcionan como posibles líneas de acción para el
futuro. De este modo, los conceptos básicos conectan, mediante el lenguaje,
dimensiones temporales del pasado, el presente y el futuro que se remiten
mutuamente.
Por ejemplo, el concepto de republicanismo puede ser pensado a partir de
esta categoría, ya que supone una serie de expectativas y anhelos en torno
a la forma de gobierno y a ciertos valores que inuyen sobre el acontecer
político y social. En palabras de Koselleck (1993):
El «republicanismo» fue, pues, un concepto de movimiento que, en el es-
pacio de la acción política, efectuaba lo mismo que el «progreso» prometía
cumplir en la historia total. El antiguo concepto «república», que noticaba
una situación, se convirtió en telos y a la vez se temporalizó —con la ayuda
distintas conguraciones históricas sin que estas se transformen sustancialmente.
7
Al hacer referencia a estos conceptos que reeren al futuro, Koselleck remite a dos con-
ceptos: “espacio de experiencia” y “horizonte de expectativas”. El primero de estos se re-
ere a las experiencias vividas, es la presencia del pasado o el pasado hecho presente;
mientras que el segundo reere a una línea detrás de la cual se abren nuevas posibilidades
de futuro. Este autor sostiene que con la modernidad se han introducido una gran cantidad
de transformaciones que han llevado a que el contenido de experiencias que albergan los
conceptos vaya decreciendo en favor de las expectativas.
128 STUDIA POLITICÆ Nº 58 primavera - verano 2022
del sujo «ismo»— convirtiéndose en un concepto de movimiento. Sir-
vió para anticipar teóricamente el movimiento histórico en ciernes e inuir
prácticamente en él. (p. 355)
El republicanismo, o lo mismo podemos decir del democratismo, liberalis-
mo, comunismo, populismo, etc., logran conjugar el aprendizaje del pasado
y las guías para la acción futura. No solo contiene las vivencias del pasado,
que serán reinterpretadas en función al contexto social y político desde el que
se aborden, sino que también albergan ciertas metas y objetivos para pensar
los tiempos venideros –que se crean como producto de las interpretaciones
del presente–.
Estas reexiones en torno a las experiencias vividas, el contexto presente y
las posibilidades futuras conducen al autor a armar que, aunque los con
-
ceptos no poseen un núcleo permanente –como creía la vieja escuela de las
ideas–, hay un entramado de signicaciones que se mantiene a través de las
transformaciones de estos. Esto signica que, a pesar de acuñarse un nue-
vo concepto para dar cuenta de experiencias o expectativas inexistentes, no
puede ser tan nuevo como para no estar presente en el lenguaje, ni tampoco
ser ajeno al contexto lingüístico del que es heredero y le otorga sentido. En
este punto aparece la noción de repetición de la que carecía la concepción
propuesta por Skinner, y que se mencionó anteriormente.
La posibilidad de captar el cambio o la transformación en los vocablos solo
es posible cuando las condiciones generales se repiten. Esto es, solo sobre un
fondo de estructuras pragmáticas y semánticas continuas se puede registrar
aquello que aparece como nuevo:
La(s) historias(s) conceptual(es) puede(n) tematizarse como la transforma-
ción de los signicados y de la pragmática sólo en la medida en se tiene en
cuenta que un gran número de otros elementos permanecen iguales y que,
por tanto, son repetitivos. (Koselleck, 2012, p. 30)
A diferencia de Skinner
8
y de la corriente de la historia de las ideas
9
, Ko-
selleck sostiene que es el uso del lenguaje y de una misma palabra lo que
8
Tal como lo expresamos en el apartado anterior, Skinner, al criticar la posibilidad de que
existan ciertos problemas perennes, rechaza la idea de la repetición o de que existan ciertos
elementos que se mantengan a lo largo del tiempo.
9
Según Koselleck, esta propuesta supone que las ideas son entidades que permanecen cons-
tantes a través del tiempo, es decir que no modican sustancialmente su signicado en cada
contexto de aparición.
FLORENCIA RÍSPOLO 129
permite captar la novedad. Esa estructura lingüística es la precondición in-
eludible para que lo nuevo pueda expresarse. De este modo, y al igual que
sucede con la naturaleza humana, la construcción de conceptos es producto
de dos tendencias: la repetición permanente y la innovación constante. Por
lo tanto, también existen distintas velocidades de transformación que depen
-
den de cómo se coordinan esos movimientos de repetición y singularidad
10
(Koselleck, 2006).
Por tanto, podemos pensar que los/as primeros/as mandatarios/as, cada vez
que enuncian un concepto, se vinculan, implícita y consciente o inconscien
-
temente, con las interpretaciones que otros/as –presidentes, guras políti-
cas, intelectuales, etc.– hicieron y hacen de la misma noción. Pero al mismo
tiempo, cada uno de ellos/as, a partir del contexto histórico en el que les
toca gobernar y desde sus posiciones políticas, reinterpretarán los conceptos
que decidan utilizar. En este sentido, entendemos que a partir de las distin
-
tas interpretaciones que se hace de un concepto a lo largo del tiempo, se
va construyendo un entramado de signicaciones que se conecta de formas
variadas. En otras palabras, suponemos que cada concepto forma una red de
nociones y signicaciones que se construye a través del tiempo, a partir de
la cual se van asociando distintos conceptos en función de su utilización en
cada contexto. Por consiguiente, quienes acuñen un concepto optarán, en
función de sus intereses, motivaciones y contexto histórico, por iluminar u
opacar determinadas signicaciones y nociones que participan de esa red. De
esta manera, dialogarán con algunas interpretaciones y discutirán con otras
y, al mismo tiempo, harán su propio aporte a la red de signicaciones de ese
concepto.
En este sentido, la historia que ya ha sido establecida y registrada puede ser
replanteada y reescrita constantemente, no porque esta se modique, sino
porque las nuevas realidades históricas que aparecen evocan y desafían los
10
Koselleck (1993) distingue tres tipos de conceptos sociales y políticos cuya clasicación
depende de la cantidad de contenidos de experiencia que acumulen:
Primero se puede tratar de conceptos de la tradición, como los de la teoría aris-
totélica de la organización, cuyos signicados se mantienen parcialmente y cuya
pretensión aún se puede hacer efectiva empíricamente en las condiciones actuales.
También se pueden clasicar conceptos cuyo contenido se ha transformado tan deci-
sivamente que, a pesar de seguir teniendo los mismos signicantes, los signicados
apenas son comparables y sólo se pueden alcanzar históricamente […]. Finalmente,
se pueden clasicar los neologismos que aparecen y que responden a determinadas
situaciones políticas o sociales cuya novedad pretenden registrar o incluso provocar.
Entre estos mencionaremos «comunismo» o «fascismo». (p. 115)
130 STUDIA POLITICÆ Nº 58 primavera - verano 2022
conceptos obligando a repensar nuevamente la historia de forma retrospec-
tiva. De allí, la necesidad de que los trabajos deban considerar no solo la
dimensión sincrónica, sino también la diacrónica; pues solo la diacronía per
-
mite evidenciar las modicaciones de los conceptos e interpretar la historia a
la luz de los nuevos acontecimientos. El análisis temporal es el que permite
observar cómo mantienen, articulan, solapan, pierden o adquieren nuevos
sentidos los conceptos analizados, que a su vez solo son relevantes sociohis
-
tóricamente si antes se ha destacado la historia del concepto.
En denitiva, la historia conceptual se dene, según Koselleck (2012), como
la vinculación entre “la historia del lenguaje y la historia factual’ y una de
sus tareas consiste en “el análisis de las convergencias, desplazamientos y
discrepancias en la relación entre el concepto y el estado de cosas que surgen
en el devenir histórico” (p. 45). Esta disciplina es la zona donde convergen
la conceptualidad pasada y la presente. Es el método especializado que clari
-
ca las experiencias históricas contenidas en ciertos conceptos, que resultan
social y políticamente relevantes en un determinado contexto presente. Se
pretende no solo ilustrar históricamente los conceptos, sino poder vincularlos
con el lenguaje en acto y uso
11
. En este sentido, la historia conceptual es la
encargada de comparar y armonizar la permanencia y el cambio que presen
-
tan la historia y los conceptos.
Una vez descriptas las líneas centrales de la historia conceptual, nos inte
-
resa señalar una de las críticas que ha recibido esta propuesta teórica. Es la
realizada por la escuela de Cambridge y, más especícamente, por Skinner
y Pocock, quienes cuestionan la producción de un diccionario de signica-
dos
12
. Estos autores arman que la obra más representativa de esta corriente
de pensamiento –el Geschichtliche Grundbegriffe– descontextualiza los con-
ceptos. Según sus críticas, esta forma de describir el léxico político impide
dar cuenta de la complejidad, las interrelaciones y las distintas narrativas que
componen el lenguaje que afecta a la vida humana. En otras palabras, acusan
a la historia conceptual de ignorar la interrelación que el léxico posee cuando
es ordenado por criaturas que construyen y usan el lenguaje en el pasado
histórico (Pocock, 1996; Fernández Sebastián, 2007).
11
El signicado y uso de una palabra nunca corresponde de forma exacta con aquellos que
se denominan realidad. En efecto, aunque los conceptos y las realidades se encuentran re-
lacionados entre sí, poseen cada uno sus propios tiempos y cambian a diferentes ritmos. De
forma tal que, en ciertas ocasiones, la capacidad de conceptualizar deja atrás la realidad o,
al revés, la realidad sobrepasa las posibilidades de conceptualización.
12
Koselleck armaba que la mejor forma de describir el léxico político de la modernidad
era mediante la creación de un diccionario.
FLORENCIA RÍSPOLO 131
Frente a esta crítica, Koselleck coincide con Pocock y Skinner en que cada
acto de habla es único y su contexto no puede ser replicado; así, los concep
-
tos ocurren solo una vez y no pueden llevar una vida diacrónica propia. Sin
embargo, arma que los términos, al convertirse en conceptos básicos, se
autonomizan de los autores/as con los que puedan ser identicados, es decir,
adquieren una vida propia e independiente. En efecto, si nuevamente pensa-
mos en el republicanismo veremos cómo, a lo largo de la historia argentina,
este término ha sido acuñado por actores sociales cuyas posiciones políticas
han sido de lo más diversas –incluso opuestas entre sí– y en contextos real-
mente muy disimiles. Es decir, se puede transformar el contexto original de
aparición de los conceptos, como también los signicados originales; pues
los vocablos, al autonomizarse, son apropiados por las generaciones ulterio
-
res, quienes van a transformar el espectro de signicados posibles, ya que los
contextos también son diferentes. De allí que la historia de estos vocablos no
pueda reducirse a actos de habla instrumentales de ciertos individuos.
De esto se desprende que los conceptos tienen estructuras duraderas, pues el
lenguaje del pasado no se encuentra sujeto a las decisiones individuales de
los hablantes posteriores. Esta estabilidad del lenguaje es lo que nos permite
reconocer cuáles son los diálogos y las tensiones que los distintos primeros/
as mandatarios/as mantienen con las interpretaciones pasadas de los concep
-
tos utilizados. Ahora bien, esa particularidad histórica que vuelve únicos a
los actos de habla es la que crea la necesidad de reciclar conceptualizaciones
pasadas. Por consiguiente, la forma de acceder a la descripción y el conoci-
miento de un concepto es mediante el doble análisis sincrónico y diacróni-
co. Este es el procedimiento metodológico que asegura evitar cualquier tipo
de descontextualización de los conceptos (Koselleck, 1996). De este modo,
utilizar esta teoría para adentrarnos en la comunicación de gobierno supon
-
drá un doble trabajo. Primero, analizar el o los discursos emitidos por un/a
primer/a mandatario/a para rastrear allí los conceptos utilizados y conocer
su interpretación a la luz de contexto que lo/a rodea. Y, en segundo lugar,
realizar una búsqueda histórica sobre la utilización de estos conceptos y los
contextos históricos en que se han acuñado.
Conclusión
Tal como sostuvimos al comienzo del presente trabajo, la comunicación po
-
lítica se ha convertido en un área de estudio de gran interés; sin embargo, la
mayor parte de la bibliografía que se produce al respecto se limita a hacer
foco sobre los discursos y su análisis. En este caso, intentamos proponer dos
132 STUDIA POLITICÆ Nº 58 primavera - verano 2022
alternativas teórico-metodológicas a partir de las cuales podemos adentrar-
nos en la comunicación política, a partir del estudio de las ideas y conceptos
políticos y la historia o contextos en los que estos se han aplicado.
De este modo, la historia de las ideas es un enfoque que pone el énfasis en la
reconstrucción del contexto, no solo histórico, sino de producción y enuncia
-
ción de un discurso o texto. Así, poder comprender qué dijo un/a agente so-
bre una idea determinada no solo implica indagar en los mensajes o escritos,
sino también conocer a quiénes les habla, dónde habla, cuál es el contexto
social que lo/a rodea, si él/ella ha escrito el texto o hay asesores involucra
-
dos, con quiénes dialogaba al momento de escribirlo, etc.
Por su parte, la historia conceptual implica un doble procedimiento. El pri
-
mero (sincrónico) tendrá como objetivo identicar los conceptos a los que se
alude en un discurso o mensaje, y cuál/es son las signicaciones que de allí
se desprenden. Luego, será necesario realizar un rastreo histórico de los usos
que han tenido estos conceptos, es decir, es necesario conocer las interpre
-
taciones y los contextos en que otros han hecho uso de estos. Esto permitirá
reconocer posibles diálogos o disputas entre la interpretación objeto y las
enunciaciones que se hicieron con anterioridad. Claramente, la opción por
una u otra teoría dependerá del objeto de estudio propuesto, aunque también
creemos que una tercera opción puede ser una hibridación entre ambos en-
foques.
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