Nuestras ideas nunca son inocentes.
Acerca de la responsabilidad social
de la universidad
Gustavo Ortiz*
C
UANDO
hablamos de la universidad como productora y trasmisora de
conocimiento, lo descartamos (al conocimiento) como algo que
ocurra en la intimidad de la conciencia individual, en forma de enti-
dades etéreas y evanescentes, o teniendo una existencia inescmtable y eso-
téríca, y en consecuencia, inaccesible para los otros. Por el contrarío, lo su-
ponemos como un proceso público e intersubjetivo, formulado en
lenguajes específicos, compartido por una comtinidad empíricamente iden-
tificable, sometido a procedimientos y estándares institucionalizados y
orientado a la realidad, sea lo que sea que entendamos por tal. Un conoci-
miento que se celebrara a sí mismo, sería siempre una versión arqueada,
narcisista y solitaría de esa necesaria referencia a algo distinto a sí mismo.
La pregunta que salta es qué entendemos por realidad; una de las maneras
de resolver (¿o de disolver?) la complejidad de esta cuestión, consistiría en
tener por real aquello que puede ser dicho en algún tipo de lenguaje con la
finalidad de describirlo, explicarlo, predecirlo, comprenderlo, producirlo,
crearlo o recrearlo.
Cuando conocemos, en cualquiera de las formas insinuadas, aprehendemos
la realidad, con la salvedad que eso que llamamos realidad no está ahí,
limpia e incontaminada, sino preformada simbólicamente.s todavía, no-
' Investigador del CONICET. Docente, UCC y CEA-UNC.
Código de referato: SP132.XX/11.
STUDIA
POLÍTICA
|| Número 20 ~ otoño 2010
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales,
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
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sotros mismos formamos parte de esa realidad que intentamos conocer, y
que siempre nos precede y nos configura; en otras palabras, nunca comen-
zamos desde cero. Y algunos dicen, no sin razón, que nos conocemos a no-
sotros mismos, conociendo la realidad de la que formamos parte; dando
como un rodeo. Y que ese conocimiento no es un acto solitario, sino com-
partido. Y que en consecuencia, somos responsables solidarios de nuestro
conocimiento del mundo y de nosotros mismos. Porque lo que podemos
hacer (o dejar de hacer) con el mundo y con nosotros mismos, cuando lo
conocemos y nos conocemos, es de una extraordinaria importancia.
Las simple acción de describir, por ejemplo, aun cuando supone per-
cepciones organizadas lingüísticamente, donde asoman modos de ver y de
oír, de palpar y de explorar teñidos de subjetividad (no necesariamente de
subjetivismo) reclama objetividad; con ella, alcanzamos el mundo y lo or-
denamos, de tal o cual manera. Esto hace que podamos comparar nuestras
descripciones y hasta afirmar que una es mejor que otra. Cuando la descri-
bimos, tocamos la realidad.
Hay muchos tipos de explicaciones; lass usuales consisten en identifi-
car las causas por las que se da la ocurrencia de un fenómeno, o en exhibir
los motivos subyacentes a un comportamiento o a una acción, o en consig-
nar el modo como suceden determinados procesos de la naturaleza o cier-
tas acciones individuales o colectivas. En cualquiera de los casos, las ex-
plicaciones presumen decirnos por qué la realidad se comporta de tal o
cual modo, y de esa manera, la alcanzan, la penetran, la capturan, la engri-
llan y nos indican cómo conducimos ante ella.
Porques allá de lo diñcil que sea realizar predicciones, y sobre todo, de
que resulten exitosas, lo cierto es no podemos prescindir de ellas. La reali-
dad es siempre esquiva y se nos escabulle, pero vivimos suponiendo que se
comportará en el futuro tal como lo ha estado haciendo hasta el presente.
Cuando intentamos explicarla y predecirla —comenta un filosofo de la
ciencia es como si la arrinconáramos diciéndole: "¡Tú eres como yo digo
que tú eres! Pero ella, desafiante, nos contestara ¡Yo no soy como tú dices
que yo soy! Y finalmente nosotros, gritandos fuerte que la realidad, ter-
mináramos vociferando: ¡Tú eres como yo digo que tú eres!". Rematando
estas apreciaciones, desde que aparecimos en el mundo y en oleadas suce-
sivas,
hemos inventado técnicas y tecnologías que proyectan las capacida-
des de nuestro organismo y las potencialidades de nuestro cerebro, apun-
tando a diseñar, producir y dominar eso que llamamos realidad.
En mi opinión, negar, entonces, que nuestro conocimiento está orientado
constitutivamente a la realidad, suena a necedad, y por cierto, no solo es el
caso del conocimiento empírico, del conocimiento práctico o del conoci-
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miento técnico. También la matemática y la lógica, ciencias a las que cali-
ficamos como formales, se aplican a la realidad; sin ellas, no podríamos vi-
vir, ni pensar, ni hablar. Y nos guste o no nos guste, el conocimiento que se
mueve en el registro de lo virtual, o el que nace de la ficción, configura
mundos y modela conductas.
La dimensión aplicada del conocimiento excede al de su utilidad; hay co-
nocimientos "inservibles", que no producen bienes ni servicios, sino senti-
do o belleza o justicia, alcanzando una proyección realizativa cualitativa-
mente superior. Aunque conviene reiterar que en cualquiera de los casos,
esta referencia ineludible a la realidad que poseen los distintos tipos de co-
nocimiento, no los hace automáticamente válidos o legítimos. Para eso, ne-
cesitamos argumentarlos y justificarlos, en otras palabras, someterlos al
control y a la crítica públicos en un espacio en donde sólo cuenten las me-
jores razones, neutralizando las presiones y coacciones que pudieran pro-
venir de una acción desbocada e interesada. La universidad tiene que ser
pensada como un ámbito adecuado para esta tarea.
Cuando buscamos comprender la realidad, conscientes de que no hay ojo
inocente y de que nuestras apropiaciones están siempre cargadas y prefor-
madas, podemos extremar gestos de honestidad, intentando captarla lim-
piamente. Desde un punto de vista metodológico, estos esfuerzos son co-
rrectos y convenientes. De todas maneras, lo que la realidad sea en,
siempre se nos escapa, y sólo la alcanzaremos en lo que es para nosotros.
Con la salvedad que este último es un auténtico conocimiento, objetivo o
intersubjetivo, necesario para dar cuenta de nuestra condición de seres in-
teligentes; suficiente para nuestra situación indigente y menesterosa. El
mejor argumento en contra del relativismo y el escepticismo radica en
nuestra conducta: actuamos suponiendo una realidad compartida. En nues-
tras acciones, se alojan creencias básicas, modos de organizar esa trama de
significados que es el mundo que sabemos -con algunas certezas, pocas
pero fundamentales- que también los otros poseen, y que nos permiten in-
teractuar.
No sólo las cosas o los hechos y procesos de la naturaleza son reales o for-
man paríe de la realidad. Antes que nada, son reales los otros. De las cosas,
de los hechos y procesos de la naturaleza, decimos que son; de los otros y
de nosotros mismos, decimos que existimos. Cabe agregar que existir es
una forma de ser, las noble y digna; y las real.
De los otros, pues, y de nosotros mismos, predicamos el conocimiento.
Hay varias maneras de conocemos y conocer a los otros. Una es la ciencia,
necesaria pero insuficiente. La ciencia en general y las ciencias humanas y
sociales en particular, describen, explican, comprenden, y hasta predicen
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nuestros comportamientos. También pueden intervenir en nuestras vidas,
por medio de la tecnología. Para eso, necesitan conceptualizar, que es una
forma de cosificar. Pero ni nosotros ni los otros nos experimentamos como
cosas,
o como simples organismos, enteramente objetivables y conceptuali-
zables.s bien, nos sabemos siendo alguien, personas que poseen una
subjetividad incapturable conceptualmente. Es curioso: mientras a las co-
sas y a los organismos los conocemos en la medida en que nos imponemos
a ellos y les decimos cómo son, a los otros los conocemos en la medida en
que nos dejan conocerlos, que es la única manera en que otra subjetividad
se nos entrega. A esa forma, desde siempre, la hemos llamado amor. Cono-
cemos a los otros en la medida en que los amamos, o en otras palabras, en
la medida que los reconocemos.
Las cosas son útiles y canjeables; por eso, tienen un precio en las transac-
ciones del mercado. Los otros poseen dignidad, valen por mismos y nos
exigen reconocimiento, esa forma de conocimiento fundada en los valores.
La responsabilidad social resulta del reconocimiento incondicional que le
debemos a los otros, especialmente a los que no tienen nada y solo valen
por lo que son. De todas maneras, nuestra responsabilidad social alcanza
también a las cosas y al mundo de la naturaleza, en cuanto conforman
nuestro mundo; el deterioro o la destrucción del planeta, lo sabemos, lo
tomarían inhabitable y amenazarían nuestro futuro.
Así, pues, somos responsables por el conocimiento que producimos y que
alcanza a las cosas y a las personas, en su condición misma de cosas o per-
sonas.
Pero en ambos casos, aunque están estrechamente vinculados, es
una responsabilidad diferenciada, por lo efectos que se siguen. Si nos equi-
vocamos en un cálculo matemático o en la formulación de una teoría cien-
tífica orientados al conocimiento de las cosas, revisamos el procedimiento
y corregimos los resultados; y siempre hay espacio y tiempo para dilatar, o
mejorar o anular sus impactos en la realidad. Si nos equivocamos en el ám-
bito del conocimiento práctico, orientado a la interacción con los otros,
producimos consecuencias que son decisivas. Yerros en la práctica médica,
en la política, en la económica, en la religiosa, en la jurídica o en la moral,
alcanzan de lleno a los otros, no solo en lo que tienen, sino en lo que son,
y resultan difíciles de revertir. Los aciertos, a su vez, pueden crear espacios
de libertad, de justicia y de sentido.
De todas maneras, la perplejidad nos acosa sin pausa; cuando las toma-
mos,
nuestras decisiones ya están enmarañadas en intereses, pasiones,
sentimientos o pulsiones que nos presionan desde dentro y desde siempre,
pero además, están también expuestas -en nuestros días, de una manera
casi despiadada- a las coacciones extemas de los sistemas, especialmente
del mercado, o del poder institucionalizado. Así pues, paradójicamente, la
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indecibilidad puede originarse no en la ausencia, sino en el bombardeo
masivo de estímulos y de motivos para actuar. Con todo, nada nos libera
de tomar decisiones; incluso cuando imaginamos no hacerlo, ya estamos
decidiendo.
En realidad, la incertidumbre, terca e ineludible, proviene de otro frente:
nunca sabremos, con certeza, si nuestras decisiones son acertadas. Pueden
parecer serlo de manera inmediata, pero quedaremos en la duda respecto a
sus efectos mediatos y no buscados. Una manera de paliar esta situación,
sería la deliberación previa a nuestras decisiones; aun así, la convicción
acerca de que estamos actuando como corresponde, sólo parece dársenos
en las relaciones intersubjetivas. Allí, intuimos borrosamente en un co-
mienzo y de formas clara y sosegada después, ciertos indicios a favor
del acierto en nuestras opciones. Éstos alumbran cuando reconocemos a los
otros como distintos y por medio de nuestras decisiones hacemos lo posi-
ble para que tengan una existencia verdadera,s libre y con mayor senti-
do.
La verdad, la libertad y el sentido, son valores; en cuanto tales, no se
imponen sino que se proponen.
La verdad, que se dice de nuestras teorías y de nuestro lenguaje, se predica
también de nuestras acciones y de nuestra existencia. En el último caso, es
sinónimo de autenticidad o de coherencia, e indica la ausencia de contra-
dicciones entre nuestras creencias fundamentales y nuestros comporta-
mientos. Estas creencias primeras, iniciahnente, nos son dadas como un ca-
pital simbólico que termina informando el patrimonio genético, también
recibido. Pero tenemos que hacerlas nuestras, crítica y responsablemente;
dicho de otra manera, debemos damos un proyecto de vida, construir nues-
tra existencia. Esa constmcción es un desafio formidable, difícil y hasta
dramático. En efecto, tiene que articular orientaciones arraigadas en nues-
tra herencia y aquellas que nos proyectan hacia los otros o nos vienen des-
de los otros. Vernos sólo a nosotros mismos o volvemos hacia los otros,
esa parece ser la cuestión. Una cuestión que no se resuelve en un momen-
to,
sino que dura toda la vida. Si lo primero, somos; si lo segundo, existi-
mos,
porque, finalmente, ex-istimos sólo si somos desde los otros y para
los otros.
El lenguaje con el que hablamos de nuestra libertad está atravesado de pa-
radojas. Asi, decimos que elegimos ser libres; que sin embargo, la expe-
riencia de una libertad total es una ficción: allí están, sin necesidad de enu-
merarlas, las limitaciones y condicionamientos con los que nacemos,
vivimos y morimos; que esa libertad, a pesar de todo, nos pertenece y na-
die puede quitámosla. Las paradojas continúan: somos libres porque nos
damos reglas y normas y nos obligamos, libremente, a cumplirlas. Y en un
gesto supremo de nuestra libertad, somos libres de amar a los demás, de
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hacer el bien, de esperar el futuro y de creer en Dios,s allá de la ley, de
las certezas y de las instituciones.
El conocimiento que creamos tiene, al menos, dos maneras de hacer un
mundos verdadero,s libre y con mayor sentido. Cuando la ciencia
explica y predice los comportaniientos de la realidad, nos emancipa. Sin
embargo, lo sabemos, no desaparece la ambigüedad; junto con el conoci-
miento, viene también el poder y la posibilidad de hacer inhabitable al
mundo. En buena medida, esa posibilidad depende de nosotros, de la se-
gunda manera de hacer un mundos verdadero,s libre y con mayor
sentido. Depende del conocimiento imbricado en las decisiones que adop-
tamos.
Así pues, el conocimiento que produce la universidad está constitutiva-
mente orientado a la realidad, sea a la naturaleza o a los otros; no es un
stock de reservas disponible, que si a nosotros se nos antoja, direcciona-
mos.
Ya cuando afirmamos o negamos, argtimentamos o analizamos, es de-
cir, cuando conocemos, quedamos inevitablemente involucrados. Metodo-
lógicamente, el conocimiento científico puede ser formulado en un
lenguaje enunciativo, como si fuera impersonal. En cambio, los verbos de
acción que hablan del conocimiento práctico, demandan un sujeto, indivi-
dual o colectivo: hay alguien que afirma o niega, argumenta o analiza. Lo
que cabe, es hacemos cargo de lo que hacemos, producimos o pensamos;
s allá de sutiles discusiones, no hay conocimiento sin sujeto.
Según lo veo, el aportes genuino que puede hacer la universidad a la
sociedad es el conocimiento que produce, y que dice lo que ella, la socie-
dad, es; o lo que quisiéramos que fuera, o lo que debería ser. La sociedad,
a su vez, retroactúa sobre la universidad, y la configura. Es una relación
compleja, que se da en contextos situados históricamente, y que necesita
de constantes ajustes y reajustes. En la modemidad, época en la que toda-
via vivimos, apareció el fenómeno de la división del trabajo y de la espe-
cialización institucional, lo que hace, por ejemplo, que los partidos politi-
cos se dediquen a hacer política, los sindicatos a la defensa de los derechos
de sus afiliados, las fuerzas armadas a la protección de la soberanía territo-
rial, las iglesias a la práctica religiosa, las empresas a la producción de bie-
nes,
y las tmiversidades a la creación de conocimientos. Entretanto, hubo
solapamientos, invasiones de campo, lucha de intereses y conflictos inerra-
dicables. Con respeto a la universidad, el riesgo es el de su politización in-
discriminada, de su conversión en una empresa, de su transformación en
usina ideológica, o de su identificación con una secta, o una iglesia.
Hay que reafirmar, me parece, la autonomía relativa del conocimiento, ga-
rantia última de la autonomía de la misma universidad frente a todo poder.
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Se trata de un problema digno de ser discutido; en mi opinión, el conoci-
miento producido en la universidad se relaciona con la realidad de un
modo diferente a como lo hacen la práctica política, ideológica, económica
o religiosa. Pero la autonomía, por el contrario, no niega o prohibe la res-
ponsabilidad social de la universidad como institución y como comunidad;
y el interés central por lo político, en cuanto atañe al bien de la comunidad.
Es que nuestras ideas nunca son inocentes. S)
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Ortiz, Gustavo
Nuestras ideas nunca son inocentes. Acerca de la responsabilidad social de la
universidad
Stud Polit 20 S 2010 p. 161-167
1669-7405
Universidad Catolica de Cordoba
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