La hegemonía global del
neoliberalismo a partir de la caída
del Muro de Berlín: aportes de la
ecología y el ecologismo
Ricardo Goñi*
Nahuel Escalada**
Resumen
La caída del Muro de Berlín de 1989 fue uno de los acontecimientos más
emblemáticos del siglo XX, no solo porque marcó la transición entre dos
pulsos históricos globales (el de la confrontación Este-Oeste y el del “nuevo
orden mundial”), sino porque constituyó un hito en el n de la Guerra Fría y
la disolución de la Unión Soviética. En este trabajo se plantea que la caída
del Muro y la llegada ese mismo año de la “segunda oleada neoliberal” a
América Latina y Europa del Este marcaron el inicio de la hegemonía real
del neoliberalismo a escala global, no obstante que su gran expansión ya
* Secretario de Investigación y Posgrado, Facultad de Ciencias de la Gestión, Universidad
Autónoma de Entre Ríos (UADER).
** Becario Instituto de Estudios Sociales (INES) Consejo Nacional de Investigaciones
Cientícas y Técnicas (CONICET/UNER).
Código de referato: SP.285.LIV/21
http://dx.doi.org/10.22529/sp.2021.54.02
STUDIA POLITICÆ Número 54 invierno 2021 pág. 37–69
Recibido: 23/04/2020 | Aceptado: 01/10/2020
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
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había acontecido a nales de los ‘70 a partir del “modelo democrático” de
Thatcher y Reagan. Por otra parte, aquí se plantea que, en el marco de dicha
hegemonía, tanto la ecología como el discurso ecológico (ecologismo) ad-
quirieron un renovado interés teórico para el neoliberalismo, en particular
por sus aportes a la idea de “gobierno mundial”. Como corolario se analiza
la utilización de organizaciones no gubernamentales (en adelante ONG)
como partes de una metodología de dominación, coacción e implementa-
ción de golpes de Estado “blandos” diseñada por el politólogo Gene Sharp,
que tuvo como resultados –directos o indirectos– los derrocamientos de los
presidentes Slobodan Milosevic (República de Serbia, 1998) y Evo Mora-
les (Bolivia, 2019) entre otros.
Palabras claves: neoliberalismo – ecología – ecologismo – hegemonía
Summary
The fall of the Berlin Wall of 1989 was one of the most emblematic events
of the twentieth century, not only because it marked the transition between
two global historical pulses (that of the East-West confrontation and that
of the “new world order”) but because it was a milestone in the end of the
Cold War and the dissolution of the Soviet Union. This paper proposes that
the fall of the Wall and the arrival that same year of the “second neoliberal
wave” to Latin America and Eastern Europe marked the beginning of the
real hegemony of neoliberalism on a global scale, despite its large expan-
sion already It had happened in the late ‘70s from the “democratic model”
of Thatcher and Reagan. On the other hand, it is stated here that, within
the framework of this hegemony, both Ecology and ecological discourse
(ecologism) acquired a renewed theoretical interest for neoliberalism, in
particular for their contributions to the idea of “world government”. As a
corollary, the use of NGOs as part of a methodology of domination, coer-
cion and implementation of coups of “soft” states designed by the political
scientist Gene Sharp was analyzed, which resulted in -directly or indirectly-
the overthrows of President Slobodan Milosevic (Republic of Serbia, 1998)
and Evo Morales (Bolivia, 2019), among others.
Keywords: neoliberalism – ecology – ecologism – hegemony
Introducción
La caída del Muro de Berlín del 9 y 10 de noviembre de 1989 cons-
tituye un fechado simbólico del n del siglo XX en todo el mundo.
Más concretamente, representa la transición entre dos pulsos históri-
cos globales: uno que naliza, también caracterizado por Hobsbawm (1998)
RICARDO GOÑI Y NAHUEL ESCALADA 39
como un ciclo de “guerras de religión” (capitalismo y socialismo) y otro que
comienza, el del “nuevo orden mundial”, en el que un Occidente triunfan-
te proclama la victoria denitiva del capitalismo en su versión neoliberal.
Mientras que el primero deja a la humanidad sumida en un cúmulo de ten-
siones divergentes, de signos frecuentemente opuestos y signicación aún
oscura, el segundo aún no encuentra su rumbo. “Globalización”, “crisis del
Estado-Nación”, “mundo unipolar” y “muerte de las ideologías”, son expre-
siones casi usuales del lenguaje cotidiano de los comienzos del nuevo ciclo.
Términos relativos al debate ambiental, como “equilibrio ecológico”, “su-
perpoblación”, “escases de recursos”, “crecimiento cero” y “desarrollo sus-
tentable o sostenible” también forman parte de ese lenguaje, algunos de ellos
como reedición de ideas anteriores sostenidas en Europa y Estados Unidos
en el marco de la “primera ola del ecologismo” (Eckersley, 1992) ocurrida
entre 1962 y comienzos de los ‘70.
1989 es un “año bisagra”, no solo por la caída del Muro de Berlín y sus con-
secuencias (tales como el n de la Guerra Fría y la disolución de la Unión
Soviética)1, sino porque, además, ese año George H. W. Bush asume la presi-
dencia de Estados Unidos y pone en marcha la invasión de Panamá; se edita
la publicitada tesis de Fukuyama sobre el “n de la Historia”; surge la World
Wide Web (“la Web”), una innovación radical en las comunicaciones en todo
el planeta; se produce la “masacre de la plaza de Tiananmen” en Pekín; se
conmemora el bicentenario de la Revolución Francesa, en medio de una vi-
sión crítica de la historia en la que el mito liberador del 14 de julio parece de-
rrumbarse como el Muro; se rma el Consenso de Washington para la puesta
en marcha de un proceso de desregulación de la economía, privatización,
endeudamiento forzado y liberalización del comercio exterior en América
Latina sin precedentes; a la vez que por primera vez en la historia, como par-
te de su “segunda oleada” mundial, el neoliberalismo logra legitimarse en la
mayoría de los países de la región mediante elecciones libres.
No es casual entonces que 1989 tenga una carga simbólica comparable –aun-
que desde una matriz ideológica opuesta– a 1968, el año de las “rebeliones”:
De acuerdo con los informes periodísticos, a quienes participaron del le-
vantamiento de Europa oriental en 1989 les gustaba señalar que 89 es un
68 dado vuelta. Indudablemente, aquellos que atribuyen una signicación
1 Si bien el Fin de la Guerra Fría y la disolución de la Unión Soviética (1990-1991) respond-
ieron a múltiples causas, la caída del Muro de Berlín tuvo un efecto determinante sobre
ambos acontecimientos.
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política a esta curiosa relación entre dos números simbólicos, se referían
a que los dos grandes levantamientos –el “anticapitalismo” de 1968 y el
“procapitalismo” de 1989– representaban ideologías opuestas (Arrighi et
ál., 1992, p. 100).
En ese contexto, en el presente trabajo se plantea que a partir de la caída del
Muro de Berlín, y con la llegada de la “segunda oleada neoliberal” a América
Latina y Europa del Este (Steger y Roy, 2011), entre otros fenómenos que
acontecieron en 1989, comienza la hegemonía real del neoliberalismo (eco-
nómica e ideológica) a escala global, no obstante la gran expansión que esta
corriente había tenido a nales de la década de los ‘70 con la implementación
del “modelo democrático” de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Por otra
parte se plantea que, en el marco de dicha hegemonía, la ecología y el dis-
curso ecológico adquieren un renovado interés teórico para las ideas neolibe-
rales, en particular para la idea de “gobierno mundial”. Sobre ese particular
se destaca que, en su disputa con el Estado-Nación como categoría política,
el neoliberalismo utiliza la lógica ecosistémica para justicar la idea de un
gobierno de ese tipo, valiéndose de que los grandes ecosistemas comprenden
vastos territorios que con frecuencia traspasan las fronteras nacionales, por
lo que su administración y gestión requeriría de una instancia transnacional.
Por último, se plantea que en ocasiones en que las democracias dejan de ser
ecaces a los intereses de la economía de mercado, se abandona el mode-
lo democrático para recurrir a diversas maniobras conspirativas (en las que
se utilizan ONG) para desestabilizar gobiernos no anes y causar su caída,
ocultando el accionar de un poder de facto (de allí el apelativo “golpe blan-
do”), si bien, cuando las circunstancias lo ameritan, dejan de ser blandos,
como el acontecido en Bolivia en noviembre de 2019.
1. Neoliberalismo y gobierno mundial
El neoliberalismo es una teoría económica que promueve el desarrollo de las
capacidades empresariales del individuo dentro de un marco institucional
signado por los derechos de la propiedad privada, las libertades de los mer-
cados y la desregulación de las nanzas y el comercio, en el que el Estado
asume un papel restringido a garantizar el ejercicio de tales condiciones. Sin
embargo, el neoliberalismo es más que una teoría económica: es también una
ideología, quizás sutil, que se intenta ocultar detrás de una máscara “a-polí-
tica/ideológica” como la de la ciencia, la economía, incluso de la ecología,
RICARDO GOÑI Y NAHUEL ESCALADA 41
disciplinas a las que desde esa perspectiva se las caracteriza como “objeti-
vas” y “neutras” (en un sentido político e ideológico).
Posiblemente no haya discurso más legitimado por la moderna sociedad
capitalista que el de los cientícos. Estos conforman una especie de mo-
dernos sacerdotes en un mundo donde la racionalización de la realidad es
una práctica privilegiada. De entre ellos, los cientícos naturales, espe-
cializados, cuantitativos, objetivos y políticamente “neutros”, son los más
propensos a ser misticados por la cultura de masas y los medios masivos
de comunicación. En las últimas décadas muchas de las preocupaciones
latentes y de los deseos ocultos de las clases dominantes y/o privilegiadas,
han venido a expresarse en las opiniones, tesis y nuevas teorías que sobre
la realidad humana y social van engendrando los cientícos naturales. “Las
fallas del materialismo abstractamente cientíco-natural dijo alguna vez
Marx se ven ya en las concepciones abstractas e ideológicas de sus porta-
voces tan pronto como estos se arriesgan más allá de su especialidad”. En
las últimas décadas, el cienticismo, esto es la ciencia vuelta ideología, ha
dado lugar a casos tan notables como las teorías racistas sobre el IQ (coe-
ciente intelectual) de A. Jensen, las pretendidas justicaciones cientícas
sobre el carácter inferior de las mujeres, o la recientemente formulada bio-
sociología de Edward Wilson (Toledo, 1993, pp. 901-902).
Ocurre que el paradigma neoliberal considera que la política y la ideología
son obstáculos para la libertad, razón por la que “tiene entre sus objetivos la
erradicación de la política (en el mejor de los casos reducida a espacio tecno-
crático) y su reemplazo por la primacía del mercado, al cual se considera ex-
presión de la libertad individual” (Ansaldi, 2015, p. 24). No obstante, cuando
se dice que el neoliberalismo está al margen de la ideología en realidad se
quiere decir: al margen de ciertas ideologías, como el marxismo, el keyne-
sianismo y toda ideología-política que promueva el “Estado de bienestar”. Y
cuando se dice que está al margen de la política, en realidad se quiere decir:
al margen de ciertas categorías políticas, como la categoría Estado-Nación, a
la cual procura sustituir por la nueva categoría “gobierno mundial”.
En cuanto a sus orígenes, el neoliberalismo surgió después de la Segunda
Guerra Mundial, en 1947, como una reacción contra el Estado de bienestar.
La experiencia fue encarada por un reducido grupo de académicos nucleado
en la Mont Pèlerin Society (Suiza), “una suerte de franco masonería neoli-
beral, altamente dedicada y organizada, con reuniones internacionales cada
dos años” (Anderson, 1999, p. 26) presidida (hasta 1960) por Friedrich von
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Hayek e integrada, entre otros, por Milton Friedman, Karl Popper, Lionel
Robbins, Ludwig Von Mises, Walter Eukpen, Walter Lippman, Michael Po-
lanyi y Salvador de Madariaga, todos archienemigos del “Estado de bien-
estar” promovido por keynesianos y desarrollistas. La idea central de los
fundadores de la selecta Mont Pèlerin Society giraba en torno a la propuesta
de un capitalismo “puro”, más duro y libre de las reglas e intervenciones del
Estado. Desde el punto de vista económico, por un lado, fue el a la mano
invisible del mercado postulada por Adam Smith si bien, por el otro, adhirie-
ron al concepto del libre mercado de la economía neoclásica (o marginalista)
formulado en la segunda mitad del siglo XIX por los economistas británicos
Alfred Marshall y William Stanley Jevons y el lósofo y economista francés
Leon Walras para superar las teorías clásicas de Adam Smith, David Ricardo
y, especialmente, de Karl Marx (Harvey, 2007).
Como plantea Hoevel (2014), el documento de la Mont Pèlerin no fue nin-
guna “novedad histórica”; más bien reveló la impotencia de los liberales
clásicos frente a su vertiginoso retroceso, acuciados además por la destruc-
ción de Europa de postguerra y la amenaza del comunismo soviético. Según
Foucault (2007), nueve años antes de la fundación de la Sociedad, varios de
sus miembros habían asistido al Coloquio Walter Lippmann, una cumbre de
intelectuales del laissez-faire celebrada en París en 1938 con el objeto de
construir un nuevo liberalismo. En esa reunión los convocados se autodeno-
minaron “neoliberales” como instancia superadora del liberalismo, si bien
también se reconocían entre sí como “liberales” por su compromiso con los
principios de las libertades individuales en un sentido político.
Por ello se ha sugerido que el neoliberalismo no es sino la versión contempo-
ránea de la doctrina liberal clásica, es decir, el resurgimiento después de más
de dos siglos de historia del liberalismo económico de Adam Smith y David
Ricardo en un contexto diferente. Al respecto, Chomsky (2011) sostiene que
el término neoliberalismo propone una serie de principios basados en las
ideas liberales clásicas, en las que Smith es reverenciado como su “santo
patrón”. En el mismo sentido, Ansaldi señala que, en rigor, tiene poco de
nuevo y mucho del liberalismo clásico, “exégeta de ‘la mano invisible del
mercado’, antiestatal y, sobre todo, antidemocrático. En términos normativos
o modélicos, uno y otro son lo mismo (Ansaldi, 2015, p. 15).
Sin embargo, existen diferencias entre el liberalismo “viejo” y el “nuevo”,
por llamarlos de algún modo, entre las cuales a continuación se señalan cua-
tro, probablemente las más relevantes. (a) Un aspecto clave del neolibera-
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lismo es la gran nanciación de la economía, las ganancias y el trabajo, un
rasgo que contrasta notablemente con el liberalismo clásico. La etapa actual
del capitalismo global revela explícitamente –quizás como nunca en la his-
toria de la humanidad– el carácter improductivo, especulativo y parasitario
del capital nanciero globalizado, un capital no constituido directamente por
bienes reales, sino por la riqueza nominal o patrimonial, razón por lo que
también se lo denomina “capital cticio” (Dierckxsens, 2017). (b) Valién-
dose de herramientas inusuales para el “viejo” liberalismo, el “nuevo” ha
exacerbado el individualismo, la acumulación de capital y las desigualdades
sociales. En Mont Pèlerin se planteó que, para reinstalar el liberalismo políti-
co y económico había que recurrir, de ser necesario, a la manipulación social
por lo que no se descartó ningún tipo de restricciones a la independencia de
la sociedad civil, algo no imaginado por el viejo liberalismo (Hoevel, 2014).
(c) Con el neoliberalismo se experimentó un cambio radical en las relaciones
de trabajo, las que a partir de esta nueva versión del capitalismo quedaron
signadas por vínculos laborales débiles y fugaces, descomprometidos social
y políticamente, y en donde se impuso un discurso estandarizado sobre la po-
sibilidad de realización personal y del “querer es poder” que fue corroyendo
la idea de comunitarismo y de construcción colectiva (Sennett, 2012). (d) Por
último, esta diferencia tiene que ver con la escala de alcance de las políticas
económicas del viejo y el nuevo liberalismo: mientras que la propuesta del
primero se restringió a las naciones, la del segundo se extendió al ámbito de
la economía internacional, acorde a los postulados del “nuevo orden mun-
dial” de constituir un “gobierno mundial”, idea a la cual la ecología –como
se verá más adelante– le aportó un valioso sustento teórico. Algunos autores
sostienen que la ideología universalista del neoliberalismo obedeció a la ne-
cesidad de Estados Unidos de mantener su statu quo de potencia imperial,
insertando en todo el mundo los valores y las prácticas de Occidente, más
concretamente de los países anglosajones (Vargas Hernández, 2007). Las
creaciones del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional en 1944
y la idea de crear una Organización Internacional de Comercio (OIC) como
complemento del FMI, surgidas de los acuerdos de Bretton Woods rmados
ese año (si bien previos a la reunión de Mont Pèlerin), se enmarcan en esa
concepción neoliberal universalista.
Cabe señalar que cuando en 1954 los hombres más poderosos del planeta se
reunieron en la pequeña localidad holandesa de Oosterbeek para fundar el
Club Bilderberg –tal como ellos mismos se auto-bautizaron– más que debatir
sobre el futuro de la humanidad, en realidad debatieron sobre el futuro del
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“nuevo orden mundial”, incluyendo la cuestión clave del gobierno mundial,
si bien se trata de algo conjetural (aunque muy probable) ya que siempre se
mantuvo un estricto hermetismo en torno a las reuniones del Club, que desde
hace más de medio siglo se realizan una vez al año: nunca se dieron a cono-
cer sus agendas, nunca se permitió la presencia de la prensa y nunca se publi-
caron sus conclusiones (Estulin, 2008). Según Estulin, más allá de sus inicios
idealistas, el Club no sería sino una auténtica alucinación a escala global:
El objetivo nal de esta pesadilla es un futuro que transformará la Tie-
rra en un planeta-prisión mediante un Mercado Único Globalizado, con-
trolado por un Gobierno Mundial Único, vigilado por un Ejército Unido
Mundial, regulado económicamente por un Banco Mundial y habitado por
una población controlada mediante microchips cuyas necesidades vitales
se habrán reducido al materialismo y la supervivencia: trabajar, comprar,
procrear, dormir, todo conectado a un ordenador global que supervisará
cada uno de nuestros movimientos (Estulin, 2005, p. 14).
Como detalle de color, el nombre del Club se inspiró en el nombre del ho-
tel en que se realizó la primera reunión: el Hotel Bilderberg, propiedad del
príncipe Bernhard de Lippe-Biesterfeld de Holanda. Bernhard fue el primer
presidente del Club (1954-1976) así como también el primer presidente in-
ternacional de la organización ecologista World Wildlife Fund2 (1962-1976),
quizás más conocida por sus siglas (WWF) y por su emblemático logo del
oso panda. Sin embargo, en 1976 el príncipe tuvo que renunciar a ambas
presidencias tras un escándalo que lo vinculó con una maniobra fraudulenta
con la empresa norteamericana Lockheed Corp, de quien habría recibido una
suma millonaria para promocionar sus productos bélicos en Holanda y otros
países de Europa (Douglas, 1994). El escándalo alcanzó dimensiones épicas
cuando, además, se comprobó que Bernahard había sido miembro de las SS
motorizadas y luego agente de la IG Farben alemana en París, empresa que
recaudaba información para los nazis y que fabricaba el gas Zyklon B para
los campos de exterminio, tal como se reveló en el Juicio de Nüremberg
(Orduna, 2008). Debido a ello, ese año se canceló la reunión anual del Club,
prevista en Hot Springs, Virginia, Estados Unidos.
2 El nombre original de WWF fue World Wildlife Fund, el cual se mantiene solo en Esta-
dos Unidos y Canadá (en el resto del mundo cambió a Wide Fund for the Conservation of
Nature).
RICARDO GOÑI Y NAHUEL ESCALADA 45
2. Los aportes ecológicos al nuevo orden
La pregunta que aquí se plantea es ¿de qué manera la ecología –como disci-
plina cientíca– le aporta un sustento teórico a la idea de “gobierno mundial”
del nuevo orden? Debido a que los grandes ecosistemas (así como los ujos
energéticos y ciclos biogeoquímicos) por lo general sobrepasan físicamente
los límites de las fronteras nacionales, la razón ecológica pasa a ser algo
vital (en particular, lo concerniente a la dinámica ecosistémica), ergo, un
formidable fundamento para “elevar” la escala de gestión política al ámbito
internacional. Según Etenssoro Saavedra (2010, 2012) no es ningún misterio
que la crisis ambiental, en particular el fenómeno del cambio climático, es
un argumento que se utiliza reiteradamente sobre la necesidad de avanzar en
un nuevo tipo de orden global, que apunta y cada vez más a efectivas institu-
ciones mundiales que puedan gestionar ambientalmente el planeta como un
todo; tanto es así que, según este autor, muchos especialistas plantean una
redenición de la geopolítica “como la geopolítica de la sustentabilidad, o
la ambientalización de la geopolítica” (Estenssoro Saavedra, 2010, p. 58).
Hoy en día es altamente consensual considerar que el tema del equilibrio
ecosistémico del planeta es clave para garantizar la vida del ser humano
[…] Por este motivo, este tema invade más y más espacios de la política
mundial. Como plantea Ulrich Beck, “con el discurso ecológico se expe-
rimenta todos los días el n de la política exterior, el n de los asuntos
internos de otro país, o sea, el n de los llamados Estados nacionales” (Es-
tenssoro, 2012, p. 172).
En tal sentido, el ecologismo, es decir, la ecología como discurso político,
también hizo sus contribuciones a la idea de gobierno mundial, sobre todo a
partir de la década de los ‘90, cuando el “desarrollo sustentable” (o “sosteni-
ble”) denido pocos años antes (ONU, 1987) contó con el aval de la mayoría
de Estados nacionales en el mundo. Al respecto, Cervantes Dueñas (2014)
señala que a partir de los años ‘90 el término “desarrollo sustentable” fue ma-
nipulado por las instituciones surgidas de los acuerdos de Bretton Woods de
1944 (por ejemplo, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional) como
un estandarte para instaurar o expandir la economía de mercado y, de ese
modo, tomar el control de la economía global. Sin embargo, antes de ello,
desde la propia aparición del ecologismo como movimiento organizado, va-
rios de sus más notables miembros ya habían hecho sus aportes a la causa
universalista, no tanto en defensa de los ecosistemas, sino, más bien, de sus
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propias convicciones ideológicas. Se sabe que el selecto grupo de represen-
tantes de familias oligárquicas que fundó WWF en 1961 contribuyó gene-
rosamente a la divulgación del ideal panteísta y mundialista que proponía
la instauración de un gobierno mundial (Hillard, 2010). De hecho, como ya
se mencionó, el príncipe Bernhard de Holanda fue reclutado en 1962 como
su primer presidente internacional (sin olvidar que también era presidente
del Club Bilderberg, como se señaló, partidario incondicional del gobierno
mundial). Para solventar las nanzas de WWF, en 1971 Bernhard fundó el
“Club 1001”, una de las más grandes concentraciones oligárquicas europeas,
cuyos miembros pertenecían a la nobleza, a los servicios de inteligencia, a
las elites bancarias o a los grupos empresariales más grandes (especialmente
de la industria química y armamentista), cada uno de ellos celosamente ele-
gidos por él mismo y el príncipe Philip Mountbatten, duque de Edimburgo
y consorte de la reina Isabel II del Reino Unido, otro de los cofundadores de
WWF (Thompson, 1994).
En la misma dirección, una muy original defensa del gobierno mundial fue
formulada por el ecologista y ornitólogo irlandés Max Nicholson, uno de
los más inuyentes funcionarios públicos de la postguerra en Gran Bretaña,
también cofundador de WWF y la IUCN3 (junto a Julian Huxley, primer
Director General de la UNESCO). En efecto, en su publicación de 1970 The
Environmental Revolution: A Guide for de New Masters of the World (La
revolución ambiental: guía para los nuevos amos del mundo), Nicholson
tomando como referencia las rutas migratorias de las aves del mundo– hizo
la siguiente proposición:
se ha asimilado y aceptado sin reservas la lección de que los Patos sin
Límites equivale a Países sin Soberanía. Hay muchos temas aparte de los
patos en los que se aplica la misma lección, pero pocos en los que se ha
asimilado tan bien (Nicholson, 1970, como se citó en Douglas, 1994, p. 19.
El subrayado es propio).
Cuesta creer que, antes que una pieza de humor negro, la lección de los pa-
tos sea un trabajo cientíco de uno de los miembros de la British Trust for
Ornithology.
3 International Union for the Conservation of Nature: organización precursora de WWF
(ambas comparten sus sedes centrales en Gland, Suiza), fundada en 1948 con el auspicio de
la UNESCO (con otro nombre: International Union for the Protection of Nature, IUPN), si
bien nunca tuvo la estructura ni el modo de funcionamiento de las típicas ONG ecologistas.
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3. Ecología y ecologismo: de la disciplina cientíca al discurso político
El término ecología deriva de la palabra griega oikos, que signica “casa” o
“lugar donde se vive”; literalmente, entonces, la ecología sería “el estudio
de los organismos en sus casas” o, quizás mejor, en “sus ambientes”. En sus
pocos más de 135 años de historia, la ecología atravesó una serie de transfor-
maciones profundas en su campo “disciplinar”, siendo el vocablo utilizado
para aludir a la “ecología cientíca” (di Pascuo et ál., 2011). El término (oe-
kologie, en alemán) fue acuñado por el biólogo Ernst Haeckel, un apasionado
darwinista, autor del aforismo “la política como biología aplicada” y unos de
los referentes teóricos del nazismo. En 1869 Haeckel denió a la ecología
como “el estudio de las relaciones de los organismos o grupos de organismos
con su ambiente orgánico e inorgánico”. Así, en sus orígenes, fue concebi-
da como una rama de la biología y durante gran parte del siglo XX estuvo
dominada por corrientes “biologicistas”, partidarias de un orden natural que
concebían a los ecosistemas como entidades reales que se mantenían en equi-
librio, en línea con las concepciones de Malthus y Darwin.
El biólogo estadounidense Eugene Odum, autor de Fundamentals of Ecology
(primer libro de texto sobre el tema, publicado en 1953), amplió el alcance de
la disciplina al denirla “como el estudio de la estructura y función de la na-
turaleza, considerando que la humanidad es una parte de ella” (Odum, 1972,
p. 2). Con un enfoque mucho más innovador, y a contramano del positivismo
académico de época (algo poco usual en los cientícos de las ciencias natu-
rales de entonces), Ramón Margalef, uno de los ecólogos más notables de
todos los tiempos, raticó el perl biológico de la disciplina:
La Ecología sería la biología de los ecosistemas […] A pesar de las pre-
ferencias personales por esta denición, puede complementarse con otras
deniciones igualmente aceptables. Todas éstas o las más de ellas, en sín-
tesis, vienen a decir que la Ecología estudia las relaciones recíprocas entre
el medio y los organismos, o entre los organismos entre sí. Otra denición
más profunda que jocosa, a pesar de su apariencia […] declara que la Eco-
logía es lo que resta de la biología, cuando todo lo realmente importante ha
recibido otro nombre. Esta denición es buena porque destaca el carácter
de síntesis de la Ecología (Margalef, 1977, p. 2).
Vale decir, en sus orígenes la ecología no se involucró ni con la conservación
del ambiente ni con el desarrollo (Gudynas, 2004). Sin embargo, a principios
de los ‘70, cuando los problemas ecológicos comenzaron a visibilizarse de
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manera más palpable, la ecología (como disciplina) inició su metamorfosis
hacia el discurso ecológico (es decir, inició el proceso en el que la ecología
se convertiría en ecologismo). Si hubiera que identicar las “fuentes” de tal
transformación, indudablemente habría que remitirse a la celebración de la
Primera Cumbre de la Tierra (Estocolmo, 1972), a la publicación del Informe
del Club de Roma Los límites del crecimiento (Meadows et ál., 1972) y a la
“primera crisis del petróleo” de 1973 (véase más adelante). Esos tres acon-
tecimientos, sin ser los únicos, fueron quizás los más relevantes para que la
ecología empezara a adquirir un perl de “divulgación” –inesperado para
una disciplina cientíca hasta entonces desconocida– y a ser reconocida por
la opinión pública del “mundo desarrollado”. No obstante, nada hacía prever
que la Ecología fuera capaz de proyectarse hacia las esferas de la política,
menos aún que fuera capaz de concretar el camino que recorrió desde sus
orígenes hasta la actualidad: en palabras de Mires (1990) “desde los labora-
torios biológicos hasta los sillones parlamentarios”.
Cabe señalar que cuando la ecología se transforma en discurso, se desplaza lo
ecológico a un lugar dominante a la vez que se rompen las articulaciones que
tiene con otras disciplinas, en particular, con las sociales. No hay que perder
de vista que si bien los problemas vinculados a la explotación, el deterioro,
la conservación, etc., de los recursos naturales atañen primordialmente a la
dinámica de los ecosistemas y los procesos ecológicos, también conciernen
a la economía, a la antropología, a la política. Por ejemplo, la ecología pue-
de comprender las causas por las que un yacimiento de petróleo alcanza su
punto máximo de extracción (fenómeno conocido como “Peak Oil”), luego
del cual su tasa de producción entra en declive hasta llegar a su agotamiento,
pero como disciplina no está habilitada para discurrir acerca de las causas de
la enorme desigualdad en el consumo per cápita de los distintos países (por
ejemplo, 64 barriles/día/1.000 habitantes) en Estados Unidos vs. 0 (cero) en
Afganistán. Al respecto señala Mires:
Porque una de dos: o es lo ecológico un objeto articulado en unidades que
se autorreproducen en su propio proceso de expansión, o es un discurso
independiente. En todo caso, no puede ser las dos cosas al mismo tiem-
po. Sólo podemos hablar de un discurso ecológico, cuando en un estilo de
pensamiento la Ecología ha roto sus relaciones articulativas y se desplaza
a un lugar dominante, reduciendo todos los objetos co-participativos a lo
puramente ecológico, esto es, cuando la Ecología se ha transformado en
ecologismo. En ese sentido, el ecologismo no se diferencia del economi-
RICARDO GOÑI Y NAHUEL ESCALADA 49
cismo, o del historicismo, o de cualquier otro tipo de saber reduccionista
(Mires, 1990, pp. 35-36).
No obstante, el discurso ecológico ganó terreno en todo el mundo, reivin-
dicando una ética universalista propia de un bucólico mundo sin fronteras,
reproduciendo imágenes de escenarios futuros de catástrofes y promoviendo
la utopía retrospectiva de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Nunca quedó
del todo claro si fue metafórico o no el retorno a las “comunidades bastantes
pequeñas” que proponía el Maniesto para la supervivencia (Goldsmith et
ál., 1972), un documento paradigmático en la conformación de la conciencia
catastrosta y neomalthusiana contemporánea, quizás más acorde para la so-
ciedad pre-neolítica, cuando los habitantes del planeta no superaban los diez
millones de habitantes.
Ya hemos visto que la población puede crecer indenidamente, por más
bajo que sea su límite de crecimiento. De ello se deduce que en un momen-
to dado esa población debe estabilizarse por voluntad propia o disminuir
bruscamente por obra de algún mecanismo “natural”: hambre, epidemia,
guerra o la que fuere (Goldsmith et ál., 1973, pp. 63-64).
Así fue surgiendo el ecologismo, un movimiento sociopolítico que en sus
inicios contó con el aporte de numerosos cientícos procedentes de la bio-
logía y que, con matices muy diversos, propugnó la defensa de la naturaleza
en el marco de la polémica sobre la problemática del desarrollo y el medio
ambiente. Ahora bien ¿qué signica el término “ecologismo”? A los efectos
del presente trabajo, y dado que no hay una respuesta única, se señalan tres
rasgos distintivos del ecologismo, comunes a todas las corrientes existentes,
por encima de las diferencias (ideológicas, políticas, metodológicas) y mati-
ces que residen dentro del propio movimiento.
1. El primero de ellos es su visión reduccionista de la realidad, que remite
a una lógica de pensamiento propia de la ecología que es utilizada en
la comprensión de los fenómenos y conictos políticos, sociales, eco-
nómicos, culturales, etc. Según plantea esa lógica, la ecología sería una
especie de ciencia de las ciencias y su campo disciplinar subsumiría al de
las otras disciplinas cientícas, en particular, al de las ciencias sociales.
“De hecho, son los ecologistas quienes proclaman activamente esta idea
e instan al uso de los principios de la ecología para la reestructuración
de las economías nacionales y la modelación del nuevo orden mundial”,
dice Lester Brown (1991, p. 21), fundador del Worldwatch Institute, una
50 STUDIA POLITICÆ Nº 54 invierno 2021
organización no gubernamental con sede en Washington que elabora
anualmente informes sobre el impacto de las actividades humanas sobre
el ambiente. Sin embargo, ese discurso colisiona con el objeto mismo
de la ecología, que es el estudio de la estructura y el funcionamiento
de los ecosistemas y los procesos ecológicos (ciclos biogeoquímicos,
dinámica de las comunidades, ujos energéticos), pero que no propone
ningún modelo ecológico ideal a seguir, menos aún, un modelo ideal de
sociedad.
2. El segundo rasgo distintivo del ecologismo es que como movimiento
político se sostiene en un “discurso ecológico”, no en la ecología como
disciplina cientíca, si bien hubo muchos cientícos vinculados al eco-
logismo, en particular durante la década de los ‘70:
Si podemos deducir determinadas normas sociales o culturales de la ob-
servación ecológica, no la deducimos de la Ecología “en sí”, sino de un
estilo de pensamiento que recurre a la Ecología para complementarse a
sí mismo. La Ecología puede integrarse en un discurso, pero ella no es
un discurso. En tal sentido, la Ecología no plantea objetivos a realizar.
No existe el sistema ecológico ideal en la Ecología. El sistema ecológi-
co ideal es una formulación extraecológicas que construimos a partir de
valoraciones éticas, estéticas, políticas, etc. (Mires, 1990, p. 37).
3. El tercero, por último, es que desde su aparición como fenómeno social
y político de la sociedad civil se autorreferencia como un movimiento
supuestamente neutral desde el punto de vista ideológico y político. Sin
embargo, el propio concepto “sociedad civil” pone al descubierto tales
pretensiones de neutralidad. En efecto, en la concepción tradicional de
Alexis de Tocqueville, el término remite al conjunto de organizaciones e
instituciones sociales no gubernamentales que actúa en asuntos públicos
como mediador entre los ciudadanos y el Estado, y que está básicamente
encaminada a convertir a los ciudadanos, por la vía del asociacionismo,
en los verdaderos protagonistas del proceso democrático” (Ros, 2008, p.
208). Es decir, “sociedad civil” procede de una idea que considera legí-
tima la reducción del Estado y que bien podría resumirse en la siguiente
fórmula: “menos Estado y más sociedad civil” (Ros, 2008). En el marco
de esa confrontación, existe una tendencia de parte de las organizaciones
de la sociedad civil –en particular, de las organizaciones ecologistas– a
disociarse de las instituciones políticas representativas, razón por la que
el imaginario social suele considerarlas como las únicas instituciones
portadoras de virtudes políticas, paradójicamente, por parecer “no po-
RICARDO GOÑI Y NAHUEL ESCALADA 51
líticas” (Sorj, 2008). Así, se les fueron transriendo responsabilidades
en las disputas ambientales hasta apropiarse de ellas, proceso que fue
acompañado con una fuerte desvalorización del papel del Estado en esos
asuntos. En cuanto a la representación de estas organizaciones, la clave
se centra en la causa que sostienen defender, en general como una espe-
cie de ethos moral que les da respaldo a sus acciones y a su participación
en la escena pública. Más aún, en la medida en que algunas se proclaman
como la expresión de la “sociedad civil organizada” (reproduciendo los
errores y los defectos de antiguas organizaciones vanguardistas), supo-
nen la preexistencia de una “sociedad civil” desorganizada, homogénea
y naturalmente virtuosa, a la que solo falta darle la voz. ¿Y de quién
puede ser esa voz sino de ellas?
No es casual nalizar este apartado sobre ecología y discurso ecológico (o
ecologismo), que además procura señalar los límites de la ecología como
disciplina, con un párrafo de Margalef extractado de Ecología, un texto cuya
primera edición se dio a conocer en el año 1974, es decir, poco tiempo des-
pués de la aparición de Los límites del crecimiento y del Maniesto para la
supervivencia antes citados y en el apogeo de la “primera ola del ecologis-
mo”:
En los últimos tiempos se está haciendo gran propaganda a favor de la con-
servación de la naturaleza. Es oportuno y ello aconseja claricar las ideas y
contribuir a la introducción de puntos de vista ecológicos en la enseñanza y
en la formación de diversos profesionales, lo cual puede hacerse por medio
de un libro sucientemente general, como es el presente. El capítulo 24
[…] representa una concesión especial a la corriente de actualidad mencio-
nada; pero deliberadamente he rehusado asociarme a las exageraciones de
la propaganda sensacionalista. Creo que la Ecología debe mantenerse en
la tradición de una disciplina cientíca y no dejarse deslizar por la ver-
tiente de la burocracia ocial ni por la vertiente opuesta de la truculencia
(Margalef, 1977, VIII. El subrayado es propio).
4. Primera ola del ecologismo
La “primera ola del ecologismo” remite al periodo comprendido entre 1962
(año en que publicó el libro de Rachel Carson Primavera Silenciosa”) y los
comienzos de la década de los ‘70 (Eckersley, 1992), si bien en 1961 ya se
había fundado WWF, la primera organización ecologista sensu stricto. Hubo
52 STUDIA POLITICÆ Nº 54 invierno 2021
tres acontecimientos que inuyeron de manera decisiva en la conformación
de este fenómeno: (a) la celebración de la Primera Cumbre de la Tierra (Esto-
colmo, 5 al 16 de junio de 1972), donde el debate ecológico cobró por primera
vez dimensión global. (b) La publicación de dos informes claves, también en
1972: Los Límites del Crecimiento, quizás más conocido como “Informe del
Club de Roma” (Meadows et ál., 1972), y el Maniesto para la superviven-
cia (Goldsmith et ál., 1972), cuyas visiones catastrostas, neomalthusianas
y distópicas impactaron de manera decisiva en la conguración ideológica
del ecologismo en ciernes y por venir, al menos del ecologismo hegemónico
representado por las grandes organizaciones internacionales (por ejemplo,
WWF, Greenpeace, Amigos de la Tierra). (c) Por último, el comienzo de la
denominada “primera crisis del petróleo” de 1973, generada por la decisión
de la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo de dejar de
exportar petróleo a los países que habían apoyado a Israel durante la guerra
de Yom Kipur (guerra árabe-israelí de 1973), incluyendo a Estado Unidos y
sus aliados de Europa Occidental, y cuyo resultado fue la cuadruplicación
del precio del barril de crudo4. A partir de entonces, el tema del agotamiento
de los recursos naturales –en particular, la idea de nitud de los recursos no
renovables que, como el petróleo, resultan vitales para el funcionamiento de
las economías más desarrolladas– comenzó a generar cierto pánico en ciertos
sectores poderosos de los países ricos, como el sector automotriz, aterrado
ante la insinuación de poner límites a sus industrias y comercios.
La “primera ola” se circunscribió a América del Norte, Europa occidental y
Japón. No llegó a América Latina (ni a la mayor parte de los países del Tercer
Mundo), donde la incorporación de los temas ecológicos en la agenda polí-
tica tuvo un retraso de más de veinte años, fenómeno que se dio de manera
más o menos concomitante con la llegada en 1989 de la “segunda oleada
neoliberal” (Steger y Roy, 2011), y al “cambio de época” que se dio lugar
en la mayor parte de los países latinoamericanos a partir de ese año. Hasta
entonces el ecologismo prácticamente no había tenido protagonismo políti-
co en la región, salvo algunas experiencias aisladas, como la de Francisco
Alves Mendes Filho (más conocido como Chico Mendes), un sindicalista y
ecologista brasileño, defensor de la Amazonía, que fue asesinado el 22 de di-
ciembre de 1988, o la del agrónomo y ecologista brasileño José Lutzenberger
(ministro de Medio Ambiente de Brasil del gobierno de Collor de Mello entre
1990 y 1992) autor del “maniesto ecológico” ¿Fim do Futuro? (Manifesto
Ecológico Brasileiro), en donde revela su perl neomalthusiano sin sutilezas:
4 El barril de crudo pasó de USD 9,9 en 1972 a USD 39,3 en 1974.
RICARDO GOÑI Y NAHUEL ESCALADA 53
El control demográco siempre existe. Entre los seres más primitivos es
ciego, intermitente y brutal. Una población de bacterias, en un ambiente
propicio, crece exponencialmente […] Pero mucho antes de que alcance
plenamente sus metas, antes de consumir todos los recursos, termina por
morir en sus propias toxinas. El equilibrio se establece […] ¡Qué ironía!, el
“rey de la Creación”, con toda su capacidad intelectual, su ciencia, su tec-
nología, se prepara para volver a sujetarse a fuerzas ciegas e implacables,
se prepara para volver al nivel de una bacteria (Lutzenberger, 1976, como
se citó en Gretchen y Palacios, 1994, p. 58).
No es ocioso volver a señalar que cuando se sugiere una falta de protagonis-
mo se alude al ecologismo sensu stricto (es decir, como organización de la
“sociedad civil”, tal como se auto-reivindican), no a los ámbitos académicos,
donde los temas ambientales estaban con antelación en proyectos de inves-
tigación, informes de desarrollo, ensayos, etc. Por ejemplo, como respuesta
al informe del Club de Roma, la Fundación Bariloche ya había publicado su
Modelo Mundial Latinoamericano (Herrera et ál., 1977) y a comienzos de la
década de los ‘80 la Comisión Económica para América Latina y el Caribe
(CEPAL) y la ocina regional del Programa de Naciones Unidas para el Me-
dio Ambiente (PNUMA) habían instalado el debate sobre “estilos de desa-
rrollo y medio ambiente en América Latina” (Sunkel y Gligo, 1980; Sunkel,
1981). Sin perjuicio de estos antecedentes, en el plano de la acción colecti-
va, el ecologismo recién se fortaleció en América Latina a partir del nuevo
modelo social surgido en 1989, particularmente con el impulso que le dio
el accionar de las organizaciones ecologistas internacionales que operaron
entonces en la región.
5. 1989: cambio de época en América Latina
El año 1989 marcó un antes y un después en América Latina. Ese año, en
efecto, en la mayoría de los países latinoamericanos se produjo un auténtico
“cambio de época”, en el sentido de que tuvo lugar no solo un cambio de
paradigma económico, sino también político, social y cultural. En lo econó-
mico, el cambio estuvo orientado hacia la profundización de los dogmas del
neoliberalismo (desregulación de la economía, liberalización del comercio
exterior, privatización de empresas públicas y pérdida de protagonismo del
Estado-Nación) que dio lugar a uno de los procesos de acumulación capi-
talista más feroces de los que se tenga memoria en toda la región. Como
novedad política, en esa oportunidad no hubo golpes de Estado (si bien en
54 STUDIA POLITICÆ Nº 54 invierno 2021
algunos países hubo fuertes condicionantes, como en Chile, Paraguay y Ni-
caragua), sino que se accedió al poder por elecciones democráticas: Alber-
to Fujimori en Perú, Luis Alberto Lacalle en Uruguay, Fernando Collor de
Mello en Brasil, Carlos Saúl Menem en Argentina, Patricio Aylwin en Chile,
Rafael Callejas en Honduras, Violeta Barrios de Chamorro en Nicaragua,
Alfredo Cristiani en El Salvador, Andrés Rodríguez en Paraguay (Ansaldi y
Giordano, 2012). En noviembre de ese mismo año, con el objetivo de alcan-
zar la reconversión del capitalismo periférico a la versión neoliberal, John
Williamson había presentado, en la conferencia Latin American Adjusment:
How Much Has Happened? del Instituto Internacional de Economía, los diez
“instrumentos” de política económica que constituyeron la columna verte-
bral del Consenso de Washington (Williamson, 1990), también citado como
“Agenda Neoliberal” (Larrai, 1999). Este proceso fue parte de lo que se de-
nominó la “segunda oleada neoliberal”, oleada que también alcanzó a Europa
del Este y que, como se verá más adelante, fue clave para que el neolibera-
lismo logre su hegemonía global. Paradójicamente, el 27 de febrero de ese
mismo año (el año del neoliberalismo), en respuesta a las medidas de ajuste
aplicadas por el gobierno de Carlos André Pérez, en la capital venezolana se
produjo el levantamiento popular conocido como “El Caracazo”, un acon-
tecimiento de notable signicación simbólica que quedó registrado como el
primer antecedente “anti-neoliberal” en la región.
Una segunda novedad en este proceso fue la irrupción en la región del eco-
logismo como actor político organizado de la sociedad civil, un hecho que
contribuyó con el neoliberalismo en la búsqueda del consenso social, incor-
porando a la agenda política una visión “unimundialista” y “despolitizada”
de los conictos ambientales. Así, América Latina no estuvo exenta del dis-
curso único de entonces, donde la temática de la crisis ambiental comenza-
ba a reejar una sutil coherencia con las recomendaciones de los teóricos
neoliberales.
[Solo la implementación de las “recetas” económicas de los organismos
internacionales, haría viable a América Latina]. Esto permitiría a sus paí-
ses “insertarse en el mundo”, acceder al crecimiento de sus economías y,
mediante un efecto “derrame” basado en la “mano invisible” del mercado,
generar un “desarrollo sustentable” que se distribuiría a todos los habitan-
tes del planeta (Fair, 2008, p. 240).
Nótese el detalle: “desarrollo sustentable”, una expresión indisolublemente
ligada a la agenda ecológica, denida poco años antes por la ONU (1987),
RICARDO GOÑI Y NAHUEL ESCALADA 55
que devino en el nuevo paradigma de época y que, según el artículo antes
citado de Cervantes Dueñas (2014) –curiosamente titulado Las instituciones
de Bretón Woods: Desarrollo (neoliberalmente) Sustentable–, fue utilizado a
partir de los años ‘90 por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacio-
nal para ejercer el control de la economía global, señalando que las razones
por las cuales la mayoría de los países del mundo lo respaldan es porque
no amenaza ni desafía de forma alguna las estructuras neoliberales de pri-
vilegio y de reproducción del capital que el sistema capitalista impuso y
difundió mediante las instituciones Bretton Woods, y de esta forma los in-
tereses de las clases dominantes permanecen intactos (Cervantes Dueñas,
2014, p. 41).
Con respecto a la participación de organizaciones ecologistas internacio-
nales luego de 1989, hubo tres campañas que tuvieron un notable impacto
en la región: (a) la de Survival International (SI), la rama “indigenista” de
la WWF (EIR, 1997), por la demarcación del territorio Yanomami, que fue
acompañada por varias organizaciones brasileñas e internacionales, como la
propia WWF y IUCN. Si bien los primeros pasos de la campaña se dieron a
nes de la década de los ‘60, como corolario de esta, en 1991 los presidentes
Fernando Collor de Mello de Brasil y Carlos Andrés Pérez de Venezuela
inauguraron la “Reserva Yanomami”, un área que fue caracterizada como de
“conservación de la biodiversidad”, correspondiente a la categoría de ma-
nejo VII de la IUCN (1994). Nótese el detalle: “biodiversidad”, como si se
tratara de especies de la naturaleza, como osos hormigueros o palmas, tal
como se considera al indígena, un ser “natural” antes que “social”. Alrede-
dor de 9.000 “buenos salvajes” de distintas tribus yanomamis, nómades y
sin relaciones entre sí, comenzaron a habitar un área que fue distinguida in-
ternacionalmente como “Nación Yanomami” (Goñi, 2018). (b) La campaña
de WWF en contra del Programa Hidrovía Paraguay-Paraná, quizás la más
monumental de todas, en la que participan numerosas organizaciones ecolo-
gistas, como Wetlands for the Americas e International Rivers Network. La
campaña (1993-1997) abarcó desde la producción de informes en su contra
hasta la presentación de una propuesta de creación de una reserva ecológica
de 300 mil hectáreas en el Pantanal de Mato Grosso do Sul y la fundación
de “Ríos Vivos”, una coalición de más de 300 ONG de Argentina, Bolivia,
Brasil, Paraguay, Uruguay, Estados Unidos y Europa (Bucher et ál., 1993,
1997; WWF et ál., 1994; Galinkin, 1996; Dunne et ál., 1997). Sin embargo,
en 1998 el programa se desvaneció, un poco por el desgaste que generó la
56 STUDIA POLITICÆ Nº 54 invierno 2021
campaña y otro tanto por el desinterés explícito de Brasil en continuar con
el programa. Por último, (c) la campaña de Greenpeace en contra de INVAP
(Investigaciones Aplicadas) Sociedad del Estado (Greenpeace, 2001, 2002),
en la que participaron numerosas organizaciones locales (por ejemplo, Ami-
gos de la Tierra, Ríos Vivos, Proteger, Taller Ecologista). El conicto se ori-
ginó a partir del compromiso adquirido por la empresa como adjudicataria de
una licitación internacional de diseñar, construir e instalar un reactor nuclear
para la obtención de radioisótopos de uso medicinal e industrial en Australia.
Como respuesta, Greenpeace montó una campaña para que el Congreso de
la Nación no raticara el acuerdo bilateral entre INVAP-ANSTO (Australian
Nuclear Science and Technology), requisito indispensable para concretar la
operación. La campaña de Greenpeace giró en torno al supuesto emplaza-
miento de un centro de disposición nal de materiales radioactivos en terri-
torio argentino (en Ezeiza), una falacia que se utilizó para atemorizar a la
población. Sin embargo, el 16 de diciembre de 2004 la Cámara de Diputados
de la Nación raticó el acuerdo, luego de una jornada de protestas de los
militantes de Greenpeace quienes, nalmente abatidos, con los enormes ino-
doros blancos al hombro (que, se supone, portaban como símbolo de protesta
por el “basurero nuclear”), abandonaron las escalinatas del Congreso.
Por último, hubo un acontecimiento clave en la expansión del ecologismo
en América Latina: la celebración de la Segunda Cumbre de la Tierra en Río
de Janeiro (también conocida como “Eco ‘92”). A diferencia de la primera
cumbre de Estocolmo (1972), que se dio en el contexto de la Guerra Fría,
esta se desenvolvió en un marco del “n de la historia” y la “muerte de las
ideologías”, como se señaló más arriba, sustrato ideal para un ecologismo
despolitizado en ciernes.
Los preparativos de la Cumbre del Medio Ambiente y Desarrollo de 1992,
ocurrían de manera paralela a la caída del Muro de Berlín, la desintegración
de la Unión Soviética y el n de la Guerra Fría. Se trataban de aconteci-
mientos que marcaban el inicio de una nueva era global, donde la amenaza
comunista soviética para los Estados Unidos había desparecido (Estenssoro
Saavedra, 2020, p. 200).
Allí participaron delegaciones ociales de más de 170 países y represen-
tantes de unas 1.500 ONG ecologistas-ambientalistas bajo el lema “hay que
salvar la Tierra”. La visión dominante por venir de la ONU y las ecologistas
internacionales sobre los conictos ambientales se vio reejada en el discur-
RICARDO GOÑI Y NAHUEL ESCALADA 57
so de clausura de Boutros-Ghali, entonces Secretario General de las Nacio-
nes Unidas:
Ya no alcanza con que el hombre ame a su prójimo; ahora también debe
amar al mundo. Además del contrato del hombre con Dios y del contrato
social con sus semejantes, necesitamos ahora un contrato ético con la Na-
turaleza y la Tierra. La tierra tiene alma. Recuperarla es la esencia de Río
(ONU, 1992), metáfora que habla por sí sola.
6. Neoliberalismo: una breve recapitulación histórica de su hegemonía
global
La hegemonía remite a la conquista de alianzas y consensos en torno a los
intereses de un grupo dominante: “Un grupo es hegemónico en tanto que
ejerce la dirección intelectual y moral sobre otros grupos convirtiendo a es-
tos últimos en sus aliados” (Fontana, 2001, p. 19). Esto es, hay hegemonía
cuando la ideología de las clases dominantes es asimilada por el “sentido
común” de las clases dominadas, con la particularidad de que tal asimilación
no se produce por coacción (aunque, si es necesario, también se utiliza la
fuerza), sino por la adhesión y la encarnación de determinadas prácticas de
socialización promovidas desde las instituciones sociales (Wortman, 2007).
Hay un aspecto clave que le posibilitó al neoliberalismo de los ‘90 alcanzar
el consenso social, condición sine qua non de la hegemonía: su elasticidad
para adoptar diversas modalidades de acuerdo a las distintas realidades cul-
turales, económicas, sociales, políticas, etc. De allí que el neoliberalismo sea
un fenómeno heterogéneo y que no tenga el mismo signicado para todos los
países y sectores sociales:
El pensamiento único no parece haber estado completamente unicado. En
un país se lo asocia con un presidente, en otros con una corriente de ideas,
en otros con ciertas medidas económicas. Y aunque la política económica
considerada neoliberal tiene rasgos marcados por la apertura comercial,
privatización, desregulación, liberalización de mercados de capital, ajuste
scal y políticas sociales focalizadas (no universales), los alcances concre-
tos son signicativamente diferentes entre países (Grimson, 2007, p. 13).
Otro aspecto clave fue que logró instalar exitosamente una nueva congura-
ción sociocultural, signada por diversos tipos de relaciones sociales y cultu-
58 STUDIA POLITICÆ Nº 54 invierno 2021
rales, que excedieron el campo político y económico, pero que se relaciona-
ron íntimamente con el formato político y económico neoliberal:
Como conguración cultural que excede un tipo de gobierno o de política
económica, el neoliberalismo incidió (e incide) en los modos en que el
mundo es narrado, en los sentidos adjudicados al pasado y al futuro, en
las características de los proyectos intelectuales, las prácticas de la vida
cotidiana, la percepción y el uso del espacio, los modos de identicación y
acción política (Grimson, 2007, p. 11).
En cuanto a la primera experiencia práctica del neoliberalismo, hay que re-
mitirse al golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile de 1973, correlato
de una serie de antecedentes que se remonta a 1956. Ese año el Departamento
de Estado puso en marcha el Programa de Investigación y Formación Eco-
nómica para Latinoamérica de la Facultad de Economía de la Universidad de
Chicago (la “Escuela de Chicago”), más conocido como “Proyecto Chile”,
programa que en el marco de la Guerra Fría fue destinado a contrarrestar
las experiencias independentistas y desarrollistas en América Latina5. Así, se
otorgaron becas para que un centenar de estudiantes de economía chilenos
hicieran sus posgrados en la Escuela de Chicago, a la vez que se habilitó la
organización de una lial de esta casa de estudio en la Ponticia Universidad
Católica de Chile, ámbito en el cual los egresados de Chicago que volvían a
Chile debían transmitir los conocimientos adquiridos a los nuevos estudian-
tes. Así surgió el grupo de economistas chilenos que en los ‘70 proponía el
libre mercado como motor del desarrollo económico, más conocidos como
los “Chicago Boys”. En 1965, con el aporte monetario de la Fundación Ford,
el programa se amplió para estudiantes de toda América Latina (con prepon-
derancia de argentinos, brasileños y mexicanos), dando lugar a la creación
del Centro de Estudios Económicos Latinoamericanos de la Universidad de
Chicago (Klein, 2008).
Sin embargo, el triunfo de Salvador Allende en 1970 frustró el plan de un
“capitalismo puro” en Chile por la vía democrática, por lo que sus mentores
5 Bajo la conducción de Milton Friedman y Arnoldo Harberger, ambos discípulos de Frie-
drich von Hayek, la Escuela de Chicago le aportó al neoliberalismo verdaderos signos de
dogmatismo en torno al mercado al proponer un capitalismo puro, sin las distorsiones del
intervencionismo estatal (reglamentaciones, barreras arancelarias, control de precios, sal-
arios mínimos, etc.). Friedman predicaba dos cosas: (a) que el libre mercado era la perfec-
ción y el equilibrio; (b) que cuando algo no funcionaba se debía a que el mercado no era
sucientemente libre (Klein, 2008).
RICARDO GOÑI Y NAHUEL ESCALADA 59
tuvieron que posponerlo hasta el golpe de estado del 11 de septiembre 1973.
Entonces sí, íntimamente relacionados con los “colaboradores de la CIA”,
los Chicago Boys de Milton Friedman, además de los autores, fueron los eje-
cutores del plan económico de la dictadura de Pinochet (conocido como “el
ladrillo”), consagrándose como la primera experiencia neoliberal del mundo.
En los años siguientes, los programas de la Escuela de Chicago se extendie-
ron al resto de la región, comenzando por la Argentina durante la dictadura
de 1976, con el protagonismo de los famosos Chicago Boys de José Alfredo
Martínez de Hoz (si bien este procedía de la Sociedad Rural Argentina, no
de la Escuela de Chicago), como Juan Alemann (Secretario de Hacienda) y
Adolfo César Diz (Presidente del Banco Central). La experiencia piloto del
Proyecto Chile también se extendió más allá de la región, más concretamente
a Estados Unidos y a Gran Bretaña, donde surgió el modelo neoliberal demo-
crático. En este marco, comenzó el auge de la valorización nanciera como
práctica económica, promoviendo paralelamente la exibilización y la pre-
carización laboral y la desarticulación del conjunto de los asalariados, impo-
niéndose nuevas formas de organización, pero también un nuevo formato en
la creación y circulación del dinero que fue respaldado y alentado por el FMI.
Todo este proceso, incluido el pragmatismo, sirvió para proporcionar una
demostración útil para apoyar el subsiguiente giro hacia el neoliberalismo,
tanto en Gran Bretaña (bajo el gobierno de Thatcher) como en Estados
Unidos (bajo el de Reagan), en la década de 1980. De este modo, y no por
primera vez, un brutal experimento llevado a cabo en la periferia [Chile]
se convertía en un modelo para la formulación de políticas en el centro
(Harvey, 2007, p. 15).
Como concepción ideológica (no como práctica político-económica), el neo-
liberalismo viene ejerciendo su hegemonía desde la década de los ‘70, sobre
todo en los países del capitalismo avanzado de Europa occidental, donde se
asentó sobre la base del fracaso de los regímenes socialdemócratas. Algunos
autores, tales como Harvey, reconocen que el período 1978-1980 fue clave
en su historia:
No sería de extrañar que los historiadores del futuro vieran los años com-
prendidos entre 1978 y 1980 como un punto de inexión revolucionario en
la historia social y económica del mundo. En 1978 Deng Xiaoping empren-
dió los primeros pasos decisivos hacia la liberalización de una economía
comunista en un país que integra la quinta parte de la población mundial
(Harvey, 2007, p. 7).
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Sin embargo, pese a que las experiencias de Thatcher (1979) y Reagan (1980)
constituyeron la consagración del proyecto neoliberal en clave democrática
(y un hito en la voluntad internacional de impulsar su expansión mundial),
en la práctica concreta su hegemonía a escala global recién se sustanció a
partir de la caída del Muro en 1989, con la “segunda oleada neoliberal”, antes
mencionada, que alcanzó a América Latina y Europa del Este. Si bien, como
señala Harvey (2007), las reformas de Deng en la República Popular China
comenzaron en 1978, estas tardaron al menos una década en profundizarse
y la “masacre de la plaza de Tiananmen” aconteció el 4 de mayo de 19896.
También ese año, Tadeusz Mazowiecki, uno de los miembros fundadores del
sindicato Solidaridad, asumió como Primer Ministro de la República Popular
de Polonia para aplicar a rajatabla los planes de ajuste de Friedman. Ander-
son sostiene que una de las razones fundamentales de la consolidación del
neoliberalismo son las victorias en los países no pertenecientes al bloque
occidental:
Los nuevos arquitectos de las economías poscomunistas en el Este, gente
como Balcerovicz en Polonia, Gaidar en Rusia, Maus en la República Che-
ca, eran y son ardientes seguidores de Hayek y Friedman, con un menos-
precio total por el keynesianismo y por el Estado de Bienestar […] Esos
líderes políticos preconizan y realizan privatizaciones mucho más amplias
y rápidas de las que se habían hecho en Occidente (Anderson, 1990, p. 33).
Según este autor, no hubo neoliberales más intransigentes en el mundo que
los “reformadores” de Europa del Este, en donde la desregulación de los
mercados laborales y nancieros, la concentración de la riqueza, la privati-
zación de los servicios públicos y las políticas monetarias a favor del capital
nanciero, generaron una desigualdad y un empobrecimiento mucho más
profundo que en los países centrales. En América Latina el proceso de ajuste
que comenzó en 1989 dejó un saldo similar, hasta el momento inédito en la
región; en palabras del expresidente argentino Carlos Menem, un proceso de
“cirugía mayor sin anestesia”, metáfora poco feliz para un país con 30 mil
desaparecidos.
6 Allí murieron entre 2.000 y 7.000 personas que participaban de una protesta en contra del
experimento del “libre mercado” diseñado por Friedman e implementado por Deng. Sin
embargo, persisten algunos puntos de signicación oscura, ya que podría tratarse de un
intento de golpe (fallido) diseñado por la CIA para derrocar a Deng, en favor de Zhao Ziyan
(véase más adelante).
RICARDO GOÑI Y NAHUEL ESCALADA 61
En resumen, parece estar fuera de discusión que como práctica económi-
co-política el neoliberalismo comenzó a principios de los ‘70 con la ex-
periencia piloto de Chile de 1973 (la que continuó en la Argentina con el
golpe de 1976), y que su expansión hacia un “sistema global neoliberal”
(Fair, 2008) se concretó a partir del modelo democrático de Thatcher (1979)
y Reagan (1980). Sin embargo, su hegemonía global se inició a partir de la
caída del Muro de Berlín y el fracaso del comunismo (Fair, 2008), no antes,
y una de las claves de ese fenómeno fue –junto con la asimilación del mode-
lo democrático en América Latina y Europa del Este– la incorporación del
discurso ecológico como parte del nuevo orden.
7. Neoliberalismo, “oenegismo” y golpes de Estado
En un artículo sobre la inuencia de Estados Unidos y la OTAN en las rela-
ciones de la Unión Europea con China, el geógrafo italiano Manlio Dinucci
señala que para mantener su cada vez más tambaleante supremacía Estados
Unidos utiliza tres herramientas metodológicas como armas de dominación,
que suelen ser más poderosas que las armas propiamente dichas: (a) los de-
nominados “acuerdos de libre comercio”, (b) las “PsyOps” (Operaciones Psi-
cológicas) realizadas a través de los medios de comunicación hegemónicos,
y (c) las ONG como instrumentos de penetración del Departamento de Es-
tado norteamericano y la CIA en los países designados como “blancos”, que
participaron en la “revoluciones de color” de Europa del Este y que también
operan en América Latina (Dinucci, 2016). En el mismo sentido que las apre-
ciaciones de Dinucci, en un reporte sobre las relaciones de la CIA, las ONG y
las “revoluciones de color”, Meyssan (2015) describe cómo se fue perfeccio-
nando un método ideado por el politólogo estadounidense Gene Sharp para
desarrollar e implementar golpes de Estado utilizando ONG. Contratado por
la CIA en 1989 para derrocar en China a Deng Xiaoping y reemplazarlo por
Zhao Ziyang, Sharp debía diseñar un golpe que, a diferencia de las clásicas
maniobras intervencionistas de la CIA, tenía que parecer una revolución po-
pular (Sharp, 2011). En apretada síntesis, el método de Sharp consistió en
estimular las protestas en las calles de ONG integradas por jóvenes pro-Zhao
y pro-norteamericanos, protestas que se vieron favorecidas por el descon-
tento popular que generaron las medidas de ajuste de Deng. Sin embargo, en
una reacción expeditiva, Deng arrestó a Sharp en la Plaza de Tiananmen y lo
expulsó del país, con lo cual el golpe fracasó. No obstante, esta experiencia
sirvió para que Sharp perfeccionar su método, el que alcanzó su punto culmi-
ne en 1998 con el derrocamiento del presidente serbio Slobodan Milosevic.
62 STUDIA POLITICÆ Nº 54 invierno 2021
Después de que el presidente Hugo Chávez frustrara un golpe de Estado
en Venezuela sobre la base de una de mis investigaciones que revelan el
papel y el método de Gene Sharp, éste último suspendió las actividades del
Instituto Albert Einstein que sirvió de cubierta y creó nuevas estructuras
[…] Los vimos trabajando en todo el mundo, especialmente en el Líbano
(Revolución de los Cedros), Irán (revolución verde), Túnez (Revolución
Jazmín) y Egipto (Revolución Lotus). El principio es simple: exacerbar
todas las frustraciones subyacentes, culpar al aparato político de todos los
problemas, manipular a los jóvenes según el escenario “parricida” freudia-
no, organizar un golpe de Estado, y luego la propaganda de que el gobierno
fue derribado por la “calle” (Meyssan, 2015).
No es una novedad que muchas ONG hayan recibido recursos económicos
de la CIA para nanciar sus campañas humanitarias o de protección del am-
biente. Tampoco es una novedad que algunas ONG se hayan asociado con
empresas transnacionales en el marco de la “Responsabilidad Social Corpo-
rativa” (RSC). Algunos productos de tales asociaciones que salieron a la luz
(de “marketing solidario”) generaron mucha polémica a nales de los ‘90, en
particular en España, como la de “Juntos por África”, de Coca Cola y Cruz
Roja, o el spot navideño de Pepsi y “Médicos sin Fronteras” de 1998, cuyo
eslogan fue: “algunos creen que colaborar sólo sirve para lavar conciencias,
otros creemos que lo importante es colaborar” (Ramiro y Nieto, 2009). Se
trataba de acuerdos en los que las ONG “prestaban” su imagen a cambio de
contribuciones económicas para el desarrollo de sus proyectos y campañas,
como lo hacen con la CIA o el Departamento de Estado, facilitando servicios
de “concientización” y adoctrinamiento a cambio de la percepción de divisas.
En el mismo sentido, Durand (2012) señala que las agendas de las ONG
están orientadas a favorecer los intereses geopolíticos e imperialistas de los
países “donantes” de Occidente, justicando sus intervenciones en Estados
soberanos con invocaciones a la responsabilidad de proteger (la salud de la
población, la naturaleza, las libertades civiles). De allí que sea inevitable
referirse al cinismo implícito de las “ayudas humanitarias” denidas sobre la
base de los principios de la neutralidad, la independencia y la imparcialidad.
El nal de la guerra fría dio lugar a las corrientes “neo-humanistas” (por
ejemplo, Médicos Sin Fronteras) que agravaron la arbitrariedad de las ONGs
Durand (2012) concluye que ese nuevo humanitarismo tiene una excesiva
dependencia económica y política, dos factores clave para que las ONG se
constituyan como una herramienta del imperialismo occidental.
RICARDO GOÑI Y NAHUEL ESCALADA 63
El nanciamiento “externo” constituye una cuestión clave del funcionamien-
to de las ONG en los países “en desarrollo” además de un fuerte condicio-
nante para la denición de sus propias agendas y la toma de decisiones. Por
otro lado, ello ha dado lugar a paradojas de representación en muchas orga-
nizaciones que dicen posicionarse en contra del neoliberalismo y la globa-
lización, pero que, sin embargo, son nanciadas por instituciones interna-
cionales y empresas asociadas al neoliberalismo, que durante los años ‘90
desarrollaron una fuerte oposición a lo que ellas denominaron la ineciencia
estatal y la corrupción.
El mundo de las ONG solo puede ser entendido como parte de una cadena
más amplia en la que los proveedores de fondos juegan un rol fundamental.
Los donantes operan, directa o indirectamente, como un actor central en la
elaboración de las agendas de las ONG. Si bien éstas disponen de capaci-
dad para inuenciar a sus donantes, la lucha por la supervivencia las lleva a
adaptarse a las agendas de quienes aportan los fondos (Sorj, 2007, p. 134).
El gobierno popular de Bolivia tuvo un enfrentamiento con ONG vinculadas
a sectores populares indígenas. El conicto fue analizado por Álvaro García
Linera en un texto titulado El “oenegismo”, enfermedad infantil del dere-
chismo (o cómo la “reconducción” del Proceso de Cambio es la restauración
neoliberal) (García Linera, 2017). Allí examinó un documento elaborado en
2011 por un grupo de intelectuales “cercanos” al gobierno de Evo Morales (o
simpatizantes) titulado “Por la recuperación del Proceso de Cambio”. Si bien
se trataba de un grupo heterogéneo, había un denominador común entre los
intelectuales rmantes: su pertenencia a fundaciones y ONG. Es interesante
transcribir la caracterización del grupo que hace el autor, cuyo proceder tiene
una notable similitud con la metodología de Gene Sharp antes mencionada:
Por supuesto que existen ONG’s que apoyan a las organizaciones socia-
les […], pero otras simplemente buscan suplantar el pensamiento y acción
organizativa de los sectores populares indígenas y campesinos, y a través
del uso discrecional y selectivo del dinero, nancian los viajes de los di-
rigentes, elaboran documentos […] dirigen las propias reuniones de estos
sectores y promueven pequeñas marchas en oposición al Gobierno para
sacar fotos y luego pedir con ello mayor nanciamiento en el extranjero
(García Linera, 2017, p. 10).
Reriéndose a los “resentidos”, “genuexos ante la oligarquía cruceña sepa-
ratista” y, en atinada síntesis, a los “pseudo-ambientalistas”, tal como dene
64 STUDIA POLITICÆ Nº 54 invierno 2021
a los rmantes del documento, en el anteúltimo párrafo del libro, García
Linera concluye:
Triste y decadente papel de quienes a nombre de la “reconducción del Pro-
ceso de Cambio”, acaban en realidad como los restauradores del proceso
neoliberal y de la penetración de los intereses transnacionales, y como los
defensores de seculares desequilibrios geopolíticos favorables a las oligar-
quías reaccionarias (García Linera, 2017, p. 166).
La situación en Bolivia devino en el golpe de Estado cívico-policial-militar
del 10 de noviembre de 2019. Hubo intentos de justicarlo con la supuesta
“ilegitimidad” del presidente Evo Morales por insistir en su reelección luego
de su derrota en la consulta popular, o por las presuntas “irregularidades”
detectadas por la misión de la OEA en el acto eleccionario (en el que Mora-
les obtuvo el 48% de los sufragios). Pero la realidad es que la interrupción
del proceso institucional en Bolivia se puso en marcha en 2006, en el mismo
momento en que se nacionalizaron los hidrocarburos, un proceso que afectó
los intereses de Maxus Bolivia Gas, Total Elf, Brithis Gas y Exxon Mobil,
entre otras corporaciones que participaron en los preparativos del golpe, jun-
to a grupos civiles organizados (incluyendo las ONG aludidas por García
Linera), además de las fuerzas policiales y armadas.
Conclusiones
Hay tres aspectos puntuales para resaltar como corolarios del presente trabajo:
en primer lugar, que la exitosa construcción hegemónica del neoliberalismo
a escala global tuvo un determinante (aunque no único) fundamental: el fe-
nómeno de globalización cultural” (Grimson, 2007; Wortman, 2007; Fair,
2008). En ese marco se inscriben las contribuciones de la ecología (como dis-
ciplina cientíca) y el ecologismo que, de manera concomitante al creciente
proceso de desigualdad, se fueron incorporando rmemente a la estructura del
discurso neoliberal del “pensamiento único”. En particular, la consideración
del alcance planetario de la crisis ecológica fue un argumento de peso para
sostener la necesidad de creación de una suerte de gobierno mundial. En tal
sentido Estenssoro señala que cuando se trata de demostrar que es absoluta-
mente “evidente” avanzar hacia un gobierno mundial, “el problema ambiental
se transforma en el argumento contemporáneo arquetípico para aquellos teó-
ricos políticos que deenden esta idea” (Estenssoro, 2012, p. 175).
RICARDO GOÑI Y NAHUEL ESCALADA 65
En segundo lugar, que si bien la mutación experimentada por el neolibera-
lismo desde la versión autoritaria original (Chile, 1973; Argentina, 1976)
hacia el “modelo democrático” (de Thatcher y Reagan de nales de los ‘70
y comienzos de los ‘80) fue un acontecimiento clave en la expansión global
del neoliberalismo, el comienzo de su progresiva hegemonía global se da a
partir de la caída del Muro de Berlín en 1989 –quizás el acontecimiento más
emblemático del siglo XX a escala global–, en particular, a partir del esparci-
miento del mencionado modelo democrático por Europa del Este y América
Latina. En lo que respecta a esta última región, como parte del “cambio de
época”, con la irrupción del ecologismo (como protagonista organizado de la
sociedad civil) se fue construyendo un sentido común de matriz neoliberal,
cuyas huellas aún persisten, en el que la temática de la crisis ambiental jugó
un papel central.
En tercer lugar, por último, que, no obstante lo señalado en el punto anterior,
a partir del siglo XXI, cuando las democracias dejaron de ser ecaces a los
nes del establishment neoliberal, se recurrió a diversas técnicas conspira-
tivas (en las que también participaron ONG) para desestabilizar y causar
la caída de gobiernos no anes, en lo posible, sin que el hecho pueda ser
juzgado como una consecuencia de la acción de otro poder. Surgieron así los
denominados “golpes blandos”, una “acción no violenta”, como señala Gene
Sharp, al expresar que la naturaleza de la guerra en el siglo XXI ha cambia-
do: “Nosotros combatimos con armas psicológicas, sociales, económicas y
políticas”7, aunque no solamente con esas, porque –como lo reveló el golpe
de Estado en Bolivia establishment cuando las circunstancias lo ameritan,
también se recurre a la violencia explícita.
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