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Candela de la Vega
*
Resumen
Las políticas neoliberales que se consolidaron a finales del siglo XX en
América latina significaron un reacomodamiento de la geografía social y
de su propia dinámica, erigiendo un proyecto donde la utopía del merca-
do total se ofrecía como única alternativa —o por lo menos la más pode-
rosa— frente al derrumbamiento del paradigma bienestarista y frente a
las nuevas exigencias de un sistema capitalista que también se reconfigu-
raba. Se entiende así la nueva apuesta al mercado como forma natural de
la vida social. Sin embargo, es aquí donde radica, y por ello se oculta,
una característica particular de la racionalidad capitalista neoliberal, el
gobierno de las almas.
Bajo este escenario, y en respuesta a él, en gran parte de Latinoamérica
se han constituido movimientos sociales de base territorial, tanto en el
mundo rural como en el espacio urbano, cuya raíz estructural se relacio-
na a una carencia local y particular, a una reivindicación cercana a la ex-
periencia cotidiana del día a día. A su vez, la actuación de estos patrones
sobre los espacios mínimos de la vida, hace que los sujetos inscriban
sus voces en ellos como discursos de resistencia, evidenciando dos no-
vedosas características de la conflictividad social: por un lado, es soste-
nida por nuevos sujetos colectivos, distintos a los que habían ocupado el
escenario público en el pasado; por otro, presenta una configuración
fragmentada en términos sociales y localizada en términos sectoriales y
territoriales, lo que no significa, una manifestación de debilidad o insu-
La inmediatez de las luchas
sociales en América latina:
¿Insuficiencia o estrategia?
STUDIA POLITICÆ Número 15 ~ invierno 2008.
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales,
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
*
Licenciada en Ciencia Política (UCC). Maestranda en Administración Pública (IIFAP-
UNC).
Código de referato: SP.54.XV/08.
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STUDIA POLITICÆ
15 ~ invierno 2008
ficiencia de la lucha. Argumentar esta posición a través de una perspec-
tiva teórica es el objetivo del siguiente trabajo.
Abstract
The stamp of newliberal policies consolidated at the end of the 20th cen-
tury in Latin America meant a restructuration over the social geography
and its own dynamics. The total market utopia was offered as the unique
alternative -or at least the most powerful- facing the collapse of the wel-
fare paradigm and the new requirements of the capitalist system. The
market begun to be understood as the natural form of social life. Never-
theless, this is the basis of a particular characteristic of the Neoliberal ca-
pitalist rationality which is often hidden: the government of souls.
Under this scene, and as a response to it, social struggles and movements
have made up and appeared both in rural and urban spaces in Latin Ame-
rica. The origins of these collective subjects are related to a local and
particular lack; in other words, they are related to a claim that refers to
the ordinary and daily existence. What is more, the Neoliberal govern-
ment over these minimal spaces of the experience makes these move-
ments inscribe their voices as resistance discourses. This collective sub-
jects show two new characteristics of social conflict: on one hand, it is
supported by new collective subjects, different from those who had
occupied the public scene in the past; on the other hand, it presents a
fragmented configuration in social and territorial terms, which does not
mean a weakness or insufficiency. The present article pretends to give
some arguments in order to support this position.
Introducción
2
L
A impronta de políticas neoliberales que se consolidaron a finales del
siglo XX en América Latina significaron una reconfiguración de la
geografía social y de su propia dinámica, erigiendo un proyecto don-
de la utopía del mercado total (Lander, 2002), se ofrecía como única alter-
nativa —o por lo menos la más poderosa— frente al derrumbamiento del
paradigma bienestarista. El exceso de regulación en todos los ámbitos, la
2
Las ideas y reflexiones que incluimos en este artículo se sustentan y enmarcan en el
trabajo empírico y teórico realizado en el proyecto de investigación “El llano en llamas:
luchas sociales urbanas y rurales en la Córdoba de hoy”, dirigido por la Mgter. Alejandra
Ciuffolini y radicado en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, de
la Universidad Católica de Córdoba.
Al mismo tiempo, una versión preliminar de este trabajo fue discutida en el marco del
Seminario de Posgrado “Sociología Política” dictado por la Maestría en Sociología (CEA-
UNC), y también presentada en las IV Jornadas Estudiantiles de la Facultad de Ciencia
Política y Relaciones Internacionales, “Desigualdad, Cooperación y conflicto. Espacio de
reflexión y praxis política más allá de las fronteras”, UCC, 9 y 10 de octubre de 2007.
77
implacable presencia del Estado en ámbitos considerados privados y por
ende, el ensanchamiento de la máquina estatal, no podían ser ya los garan-
tes de un sistema capitalista que también se reconfiguraba. La crisis del Es-
tado de Bienestar junto al posterior derrumbamiento de las experiencias de
socialismo, dejaban un amplio margen al nuevo consenso neoliberal.
Se levanta, entonces, lo que Lander (2002) llama el mito de una sociedad
sin intereses, sin estrategias, sin relaciones de poder y sin sujetos; un per-
fecto orden espontáneo logrado por las fuerzas impersonales del mercado.
Así se entiende la nueva apuesta al mercado como forma natural de la vida
social. El Estado mínimo y la desregulación, la flexibilización laboral, el
saneamiento fiscal, la apertura comercial; fueron todos instrumentos que
respondieron a la necesidad de “ampliar la racionalidad del mercado, los
esquemas de análisis que dicha racionalidad presenta y los criterios de deci-
sión que ésta implica, a ámbitos no exclusiva ni predominantemente econó-
micos” (Foucault, 1979: 7).
Este escenario significó también una reconfiguración de las formas institu-
cionales de dominación y de los equilibrios en las relaciones de fuerza. Los
dispositivos de poder debieron ser renovados para acomodarse a la nueva
dinámica económica y por ende, así lo hicieron las instituciones que de
ellos dependían. Por consiguiente, también las formas de resistencia y lucha
fueron compelidas a cambiar sus estrategias. Así, frente a los patrones de
inclusión y de exclusión trazados por el neoliberalismo se han constituido
movimientos sociales de base territorial, tanto en el mundo rural como en el
espacio urbano, cuya raíz estructural se relaciona a una carencia vital, pro-
pia de la vida cotidiana e inmediata.
Los ejemplos abundan en América latina, y también se repiten bajo formas
particulares en Argentina: agrupaciones de campesinos que reclaman por
sus tierras, porque de ella depende su alimentación y su supervivencia; co-
munidades indígenas que reivindican derechos territoriales cuyas implican-
cias trascienden cuestiones jurisdiccionales y administrativas para alcanzar
aspectos sobre autonomía y autodeterminación colectiva; organizaciones
que se levantan contra un uso y extracción de los recursos naturales ubica-
dos en sus suelos que constituyen no tan sólo fuentes de contaminación y
de enfermedades, sino también fuentes de expropiación y pobreza futura;
movimientos de desocupados que muestran la pobreza, el hambre, la enfer-
medad y la desprotección e incertidumbre que significan estar en los már-
genes del sistema; minorías sexuales que pugnan por revelar cómo la elec-
ción sexual condiciona el acceso a la salud, el trabajo, la vivienda, y por
ende, ponen en juego su vida y, por ende, su muerte.
En este marco, el nivel de conflictividad social en respuesta a la aplicación
del recetario neoliberal muestra dos novedosas características que nos inte-
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resa destacar en esta ocasión: por un lado, es sostenida por nuevos sujetos
sociales colectivos, distintos a los que habían ocupado el escenario público
en el pasado; por otro, presenta una configuración fragmentada en términos
sociales y localizada en términos sectoriales y territoriales, lo que no signi-
fica, y esto es lo que trataremos de argumentar en este trabajo, una manifes-
tación de debilidad o insuficiencia.
En vista de ello, la primera parte de este trabajo intenta describir las parti-
culares formas que adquiere el dispositivo de dominación bajo el proyecto
neoliberal; especialmente, se pretende evidenciar el ejercicio del poder so-
bre los aspectos más cotidianos e inmediatos de los sujetos. La segunda
parte se avoca a dar claves para comprender la potencia de la fragmenta-
ción y localización de los proceso de lucha en la Latinoamérica actual des-
de el punto de vista de su capacidad de rechazo y objeción. Por último, el
artículo explora el aspecto creativo e innovador de los procesos de resisten-
cia, que, al ser también múltiples y locales, vuelven a desafiar desde otro
punto de vista a los patrones totalizantes del poder.
Un gobierno de las almas, un gobierno de la vida
El neoliberalismo en América latina se presentó como el discurso sobre el
fin de los excesos de regulación en el funcionamiento de la economía y en
lo que se ha denominado como el “sector privado”. Sin embargo, en esta
misma estrategia se silenció el perfeccionamiento que se operaba sobre las
condiciones de posibilidad de ese funcionamiento aparentemente no regula-
do. Hacer que la “no-regulación” funcione, necesita, inevitablemente, algún
tipo de regulación que lo haga posible. De este modo, las intervenciones li-
berales pueden ser tan numerosas como las intervenciones keynesianas, “la
libertad del mercado requiere una política activa y extremadamente vigilan-
te” (Lazzarato, 2005: 4). Cuál es el primer y más escondido objeto de regu-
lación es lo que aquí se trata.
Una característica particular de la racionalidad capitalista neoliberal es el
gobierno de las almas. Como dice Foucault, a pesar de que el liberalismo
actúa bajo la “sospecha de que se gobierna demasiado” (Foucault, 1979: 6),
él mismo se convierte en un esquema regulador del orden social. Así, este
gobierno debe entenderse, como una conducción de conductas, como una
acción sobre otra acción. Gobernar es “estructurar el campo de acción
eventual de otros” (Foucault, 1989: 30).
Lazzarato (2005) explica esta necesidad de gubernamentalidad del neolibe-
ralismo en la exigencia de funcionamiento del mercado (competencia, equi-
79
librio, precios, etc.), es decir, no se trata de intervenir en el mercado, sino
por el mercado, a partir de las condiciones que constituyen su posibilidad:
las condiciones sociales, culturales y territoriales, la educación, los dere-
chos de propiedad, la vida del trabajador; en suma, aquello que permite un
supuesto libre juego entre oferta y demanda que definirá el precio de equi-
librio.
Esto trae a primera plana el tratamiento del trabajo —y por tanto, del suje-
to trabajador— como factor de producción, y consecuentemente, como una
de esas condiciones de funcionamiento de la utopía del mercado. Conside-
rar al sujeto trabajador importa, desde la gubernamentalidad neoliberal, dis-
poner sobre “su situación real, concreta, desde la mañana hasta la noche, de
la noche hasta la mañana” (Lazzarato, 2005:4). Es esta regulación sobre la
vida —y sobre la muerte— que los dispositivos de poder comienzan a lla-
marse tecnologías de biopolítica.
Hay que invertir en este “capital humano” para aumentar la producción,
hay que manejar, más que su tiempo de trabajo, el tiempo de su vida. Esto
incluye: cuándo come, cuándo no; cuándo se enferma o cuándo accede a
sistemas de salud, cuándo no; cuándo vive bajo un techo, cuándo no; hasta
cuándo se educa, hasta cuándo ya no es necesario. Por lo tanto, la desregu-
lación formal de la economía, sin riesgo de perder la orientación capitalista,
es posible y funcional gracias a la regulación implícita de la vida concreta e
inmediata; esta regulación de la vida es la que determina las posibilidades y
limitaciones de los sujetos dentro del sistema de mercado y fuera de él.
La biopolítica engloba, pues, una serie de dispositivos heterogéneos de in-
tervención en la vida, creando y accionando sujetos en su accionar. La anti-
gua lógica que Foucault había identificado con el poder pastoral del cristia-
nismo, se reedita, se transforma, se adapta a la nueva realidad del
capitalismo global. El control y modificación de la vida forma una potente
unidad con la lógica del capital, y esto sigue siendo así tanto al considerar
la vida en su aspecto biológico,
3
como en la nueva dimensión de tiempo-
potencia que propone Lazzarato (2006), es decir, como espacio de innova-
ción, de creación permanente, de reversivilidad y virtualidad.
4
Los plantea-
3
“Para la sociedad capitalista, lo más importante es la biopolítica, lo biológico, lo so-
mático, lo corporal” (Foucault, citado por Hardt y Negri, 2002: 39).
4
Para Lazzarato, después de la Segunda Guerra mundial, la biopolítica no debe enten-
derse con mayor énfasis en la regulación biológica de la especie, sino más bien, usando
categorías del autor, en el intento de modular las diferencias y regular las minorías. Aun
cuando las primeras formas de biopolítica no desaparezcan, las segundan se intensifi-
can. Sin embargo, consideramos que ambas dimensiones están profundamente relacio-
nadas.
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mientos de Deleuze acerca de la inmanencia de la vida misma, o de Virno,
sobre la multitud, se acercan a esta última idea.
Esta “economía política” de la que habla Foucault, busca maximizar las re-
laciones de fuerza y, en tanto gestión de la vida, pretende también reprodu-
cir las condiciones de existencia de una población. De ese modo, se van es-
tructurando los patrones de exclusión y de inclusión en estados de
dominación que pretenden extraer más fuerza de esas posiciones y contro-
larlas estratégicamente.
Es que por debajo de este control nos encontramos con un supuesto de rea-
lidad infinitesimal, local y múltiple de las fuerzas sociales; complejidad que
el poder intenta controlar y unificar. Preocupado por incorporar todos los
elementos de la vida social, este ejercicio del poder “revela al mismo tiem-
po un nuevo contexto, un nuevo ámbito de máxima pluralidad e inconteni-
ble singularización: un ámbito del acontecimiento” (Hardt y Negri, 2002:
38). Vida inmediata y acontecimiento, multitud o inmanencia, son todos
nombres de la potencia y variabilidad social; en última instancia, esto es lo
que amenaza al poder desde todos lados y lo que necesita inevitablemente
mantener vigilado.
Así, la vida se transforma en un campo de batalla donde entran en tensión
estrategias simultáneas y contrarias de sujeción, subjetivación e individuali-
zación. Desde allí, Negri reconoce que ya desde hace más de un siglo “esta-
mos habituados a asumir en nuestra percepción de la vida no sólo la expe-
riencia violenta de las relaciones de producción capitalista (y de la
consecuente relación con el Estado), sino también los sufrimientos singula-
res de los sujetos que la sobrellevan” (Negri, 2007: 102). Nuevamente la
unidad entre el capital y el gobierno de las almas, de las vidas, se hace evi-
dente y se cristaliza en cada porción minúscula de las relaciones sociales.
Resistencia: objeción y rechazo
Frente a la nueva configuración de los dispositivos y tecnologías de poder,
muchos siguen sin entender por qué aquellos que le resisten no se unen en
un mismo objetivo. Por el contrario, les desconcierta tantos reclamos dis-
persos: el agua, el trabajo, los recursos minerales o petrolíferos, la tierra, la
vivienda, la salud, el gas, los hijos. Para comprender esta fragmentación y
localización de las luchas sociales nos serviremos de la categoría foucaul-
tiana de resistencia, lo que conlleva a considerar dos aspectos inseparables
de tal concepto: la resistencia como momento de objeción y rechazo, y la
resistencia como momento creativo. Trataremos en este apartado el primer
aspecto de la resistencia como práctica.
81
Partimos del supuesto de que no se puede estar nunca fuera del poder, y que
éste es coextensivo al cuerpo social, lo que no quiere decir que “estemos
atrapados de cualquier forma” (Foucault, 1992: 181). Es que se está pensan-
do en un sujeto activo, en un sujeto libre. Esta libertad se asienta sobre la
posibilidad siempre existente de cambiar la situación. Por ello estamos fren-
te a tensiones que ponen en juego libertades, en tanto que el poder supone
tal libertad. De esta unión entre poder y libertad se excluye a la violencia y a
la coerción como principios fundantes, aunque no se niega que en ellas se
haga uso de estos medios. A su vez, la variable existencia de una posibilidad
de reversibilidad es lo que distingue a una relación estratégica de poder, de
un estado de dominación donde “las relaciones asimétricas que toda rela-
ción social contiene son cristalizadas y pierden la libertad, la fluidez y la re-
versibilidad de las relaciones estratégicas” (Lazzarato, 2000: §5).
Ahora bien, estamos frente a procesos de resistencia caracterizados por la
inmediatez y concretitud de sus demandas. De ahí que muchos no pueden
encontrar coherencia entre una agrupación indígena en la ciudad de La Paz
que reclama derechos colectivos de propiedad de la tierra frente a las insta-
laciones de una empresa multinacional; un colectivo en Brasil que denuncia
la deforestación y destrucción del hogar natural de vida de múltiples comu-
nidades al frente de una cumbre mundial o regional de mandatarios; y una
agrupación de desocupados en la ciudad de Córdoba que se aglutina al
frente de una oficina de gobierno para exigir aumentos de los planes socia-
les y alimentarios.
Estas luchas son luchas inmediatas, cercanas a la experiencia concreta y
más asible del sujeto; de ahí su singularidad, sus particulares característi-
cas. En esa esfera es que el adversario se vuelve reconocible, localizable en
tiempo y espacio; allí se puede dibujarle un cuerpo, una identidad que lo
vuelva identificable dentro de la propia experiencia. Un adversario sin ros-
tro y sin presencia vuelve dificultosa la tarea de explorar la lógica de sus
prácticas y configurar al mismo tiempo las tácticas para enfrentarlo.
En este sentido, Foucault afirma que esta inmediatez de las luchas viene
dada por dos motivos. “Primero, porque la gente critica la instancia del po-
der que le es más próxima, las que ejercen su acción sobre los individuos.
No busca al “enemigo número uno” sino al enemigo inmediato” (Foucault,
1989: 16). Y así es que empresarios, funcionarios del gobierno, miembros
de agrupaciones opuestas, medios de comunicación, etc., vienen a tomar la
cara de adversarios que se tornan más concretos cuando se identifican con
un nombre y apellido.
En segundo lugar, estas luchas son inmediatas porque “no creen que la so-
lución a su problema pueda residir en un futuro incierto (es decir, en una
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promesa de liberación, de revolución, en el fin del conflicto de clases)”
(Foucault, 1989: 16). De aquí que, en principio, se trate de luchas anárqui-
cas, que no nacen como imperativos de fines abstractos ni de un proyecto
futuro de sociedad, sino que se erigen en contra de un poder que se ejerce
sobre la vida cotidiana, “que clasifica a los individuos en categorías, los de-
signa por su individualidad propia, los liga a su identidad, les impone una
ley de verdad que se ven obligados a reconocer y que los otros tienen que
reconocer en ellos” (Foucault, 1989: 17).
De esta forma se legitiman y adquieren sentido las luchas con tan particula-
res demandas en tanto que denuncian como intolerable el ejercicio del poder
que se realiza dentro de su propia esfera, en lo más cercano a su subjetivi-
dad. Y aquí radica el carácter estratégico de las mismas: en tanto que se co-
noce el blanco y el método perfectamente por la propia inmediatez en la que
se debaten, se convierten en el primer paso exitoso para otras luchas contra
el poder: “designar los lares, los núcleos, hablar de ellos públicamente, es
una lucha, no porque nadie tuviera aún conciencia de ellos, sino porque to-
mar la palabra sobre este tema, forzar la red de la información institucional,
nombrar, decir quién ha hecho qué, designar el blanco, es un primera inver-
sión del poder, es un primer paso para otras luchas” (Foucault, 1979: 90).
Su inmediatez, su localidad y su multiplicidad no deben ser vistas como de-
bilidades e insuficiencias,
5
ya por ese carácter estratégico, ya por que no
responden a un único patrón de orden. Lo contrario importa, en realidad,
desconocer la naturaleza del ejercicio del poder. No hay una única instancia
de dominados y dominadores, sino múltiples relaciones de dominio que son
parcialmente integrables en estrategias totalizantes. Por eso es que el poder
se organiza como estrategia global de represión, más o menos coherente y
unitaria, en busca de preparar y organizar un futuro próximo.
En este sentido se entiende que las luchas no se reducen a la lucha de cla-
ses, aunque puedan “servirla”,
6
ni tampoco son las “terminales” de otros
5
Esta es la crítica que Foucault hace a quienes acusan de reformismo a estas luchas por
sus objetivos aislados y locales, diciendo que “el adversario podrá solventar la situación
en este punto preciso, ceder si es necesario, sin comprometer nada de su situación de
conjunto; y lo que es más, se dará cuenta, a partir de ellos, de los puntos de transforma-
ción necesarios; y por ahí los recuperará” (Foucault, 1979: 182) Este es un argumento
que se basa en dos errores que el autor explica: el desconocimiento de la reforma estraté-
gica y el sostenimiento de la teoría del eslabón más débil. (ver F
OUCAULT, M. “Poderes y
estrategias” en Microfísica del Poder, La piqueta, 1992).
6
“Las relaciones de poder sirven, en efecto, pero no porque estén al servicio de un inte-
rés económico dado como primitivo, sino porque pueden ser utilizadas en sus estrategias
(...) La lucha de clases puede no ser así la ratio del ejercicio del poder y ser, sin embar-
go, garantía de inteligibilidad, de ciertas grandes estrategias”. Aunque en este sentido,
83
mecanismos más fundamentales. Más bien, se trata de complejas relaciones
entre los tres tipos de lucha que el autor reconoce: luchas contra la domina-
ción, luchas contra las formas de explotación y las luchas de sumisión. Las
relaciones de poder sirven, en efecto, pero no porque estén al servicio de un
interés económico dado como primitivo, sino porque pueden ser utilizadas
en sus estrategias. La lucha de clases puede no ser así la ratio del ejercicio
del poder y ser, sin embargo, garantía de inteligibilidad, de ciertas grandes
estrategias. No se rechaza la categoría de clase, pero, en suma, ésta no se
explica únicamente por una estructura económica. En ella también conver-
gen multiplicidad de relaciones de poder.
De esta forma, el barrio, la tierra, los recursos naturales, el agua, el gas, la
luz, la comida, el trabajo, los hijos, la vivienda, la pobreza, son todos ele-
mentos que aglutinan y sientan bases para la constitución de sujetos colec-
tivos que “provocan” el ejercicio del poder, que lo cuestionan, que lo co-
rroen y muestran la confianza en la intransitividad de la voluntad
(Foucault, 1990) desde la multiplicidad de la experiencia local y concreta.
Al mismo tiempo son ámbitos que muestran la modulación, tanto de lo bio-
lógico, como de la posibilidad de virtualidad de los sujetos en una inextri-
cable conexión. Por un lado, las condiciones de alimentación, de salud, de
vivienda, de reproducción, entre otras, limitan considerablemente la creati-
vidad potencial de un sujeto, su capacidad de inventar e instrumentar dispo-
sitivos que puedan hacer entrar en crisis la estrategia totalizante del poder;
y por otro, las estrategias de supresión y control de la multiplicidad inclu-
yen, entre otras cosas, mecanismos explícitos de administración de la vida
de una población.
Así, nos proponemos hacer eco de la queja de Foucault cuando advierte que
“a los movimientos populares se les ha presentado como producidos por el
hambre, los impuestos, el paro; nunca como una lucha por el poder, como
si las masas pudiesen soñar con comer bien pero no con ejercer el poder”
(Foucault, 1992). Estos movimientos son “producidos” por el hambre, y es
justamente por ello y por su denuncia que se pone en evidencia la relación
de fuerza. Usando las palabras del autor, las masas sueñan con comer, pero
allí radica el lugar desde el cual se emprende un proyecto más amplio de ar-
resulta interesante reconocer algunas concesiones que Foucault realiza a la lucha de cla-
ses cuando afirma que estas luchas locales contra el poder entran en el proceso revolu-
cionario como aliados del proletariado ya que “si el poder se ejerce tal como se ejerce,
es ciertamente para mantener la explotación capitalista. Sirven realmente a la causa pro-
letaria luchando precisamente allí donde la opresión se ejerce sobre ellos (...) y estos
movimientos están unidos al movimiento revolucionario del proletariado mismo en la
medida en que él ha de combatir todos los controles e imposiciones que reproducen en
todas partes el mismo poder” (Foucault, 1992: 92-93).
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ticulación y transformación, que no se agota en “la comida”, “la tierra” o
“la vivienda”.
Resistencia: creación y reapropiación colectiva
Aquí es donde entra a jugar el segundo momento de la resistencia como
práctica, éste conlleva un componente más radical y decisivo, aun cuando
muchas veces es pasado por alto: el movimiento creativo que de ella se des-
prende. “La resistencia no es únicamente una negación, es un proceso de
creación. Crear y recrear, transformar la situación, participar activamente en
el proceso, eso es resistir” (Foucault, citado por Lazzarato, 2000: §6) Se
trata de crear formas de acción que escapan a los biopoderes, y en ese mis-
mo paso, crear también nuevos modos de relacionamiento en la constitu-
ción de uno mismo y en la constitución de los demás. La explosión simultá-
nea de estos procesos en múltiples coordenadas potencia la inefectividad de
los dispositivos totalizantes.
Bajo esta línea, el mismo autor explota esta dimensión creativa de la resisten-
cia cuando reconoce dos planos en los que actúan los movimientos políticos
post mayo del ’68. En el primero, la lógica del rechazo, de la división, de la
fuga fuera de las instituciones, reglas y medidas de una mayoría, que suceden
sobre un mundo común que no es para todos. En el segundo plano, la resisten-
cia se manifiesta como invención, efectuación y bifurcación de mundos posi-
bles, como afirmación de la diferencia a través de la creación. “Fuga en el pri-
mero plano y constitución (creación y actualización de los mundos) en el
segundo; prácticas de sustracción política en el primero y estrategias de em-
powerment de los mundos posibles en el segundo”
7
(Lazzarato, 2006:189).
De esta forma, la acción política se concentra justamente en esta tensión
entre los estados de dominación cristalizados en instituciones, y en la posi-
bilidad de construcción colectiva de nuevas formas de relaciones entre suje-
tos. Esto es, entonces, la elaboración de nuevas técnicas de gobierno, en
7
Estas dimensiones se acercan notablemente a los conceptos de “monstruo político”, de
Negri, y de “multitud”, de Virno. Para Negri (2007), el monstruo político es pura afir-
mación de la virtualidad creadora y resistencia a las capturas del biopoder; es esa multi-
tud anárquica y viviente sin forma ni jerarquía que esquiva la trascendencia de un poder
moral y totalizante que “hace” la vida y los cuerpos de acuerdo a principios de selección
y distribución jerárquica de una humanidad normativa frente a la cual toda resistencia,
desvío o error sólo puede emerger como monstruo. Para Virno la multitud indica esa
“pluralidad que persiste como tal en la escena pública” (Virno, 2003:11), sin converger
en un Uno; es la forma permanente de existencia social y política de los muchos en tan-
to muchos.
85
tanto “conjunto de prácticas por las cuales se puede constituir, definir, orga-
nizar, instrumentalizar las estrategias que los individuos, en su libertad,
pueden tener unos en relación con los demás” (Foucault, citado por Lazza-
rato, 2006: 225)
Este conjunto de nuevas prácticas de lucha que desde allí se construyen,
en tanto creaciones de resistencia, resaltan, a primera vista, dos conside-
raciones. En primer lugar, estos movimientos rechazan las prácticas de
representación, reivindicando para sus estructuras organizativas, prácticas
asamblearias y mecanismos de participación más directas. La dicotomía,
representado y representante, y la distancia que entre las dos partes opera,
se disuelve mostrando la “indignidad de hablar por otros” (Deleuze,
1992: 89)
8
. Es que la representación supone la reconducción de lo dife-
rente, de lo singular, de lo particular, hacia un Uno, ni siquiera necesaria-
mente común.
Esto supone un reto tanto para el modo de funcionamiento y organización
interna de cada movimiento como para su forma de relacionarse con otros
sujetos colectivos. Para ambos aspectos, se entiende el imperativo de De-
leuze acerca de la necesidad de no totalizar, mediante centralismos y jerar-
quías, aquello que es totalizado por el poder: “lo que nosotros podemos ha-
cer es llegar a instaurar conexiones laterales, todo un sistema de redes, de
base popular” (Deleuze, 1992: 86). En esta misma línea se encuentra el
concepto de coordinación que propone Lazzarato como forma de organiza-
ción de la multiplicidad, de clara lectura deleuziana: “la forma general de la
organización no es vertical y jerárquica como la de los partidos y de los sin-
dicatos, sino la de una red distributiva, donde actúan métodos de organiza-
ción y de toma de decisión diferentes que coexisten y se agencian de mane-
ra más o menos feliz” (Deleuze, 2006: 206).
En este sentido, los procesos de convergencia que trascienden lo local en
tanto espacio geográfico —pero sin dejar de reivindicarlo— han cobrado
gran impulso en los últimos años y constituyen, por su amplitud e inserción
8
De esta crítica a la representación se desprende también la crítica a la hipocresía de la
noción de reforma que realiza Deleuze, en su diálogo con Foucault, “O bien la reforma
es elaborada por gente que se pretende representativa y hace profesión de hablar por
otro, en nombre de los otros, con lo cual se produce una instalación de poder, una distri-
bución de poder a la que se añade una represión acrecentada. O bien es una reforma re-
clamada, exigida por aquellos a los que concierne, con lo cual deja de ser una reforma,
es una acción revolucionaria que desde el fondo de su carácter parcial, se ve determina-
da a poner en cuestión la totalidad del poder y de su jerarquía” (Deleuze, 1992: 86). Es
que el supuesto es que los que actúan y luchan han dejado de ser representados, “aunque
sea por impartido, un sindicato que se arrogaría a su vez el derecho de ser su conciencia”
(Deleuze, 1992: 84).
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geográfica y su nivel de convocatoria en términos de movimientos y colecti-
vos sociales, una experiencia sin precedentes que toma sentido en la oposi-
ción a la consagración neoliberal en el mundo (Seoane et al, 2006). A nivel
internacional, El Foro Social Mundial, la Coordinadora Latinoamericana de
Organizaciones del Campo, la Cumbre de los Pueblos de las Américas; a ni-
vel nacional, la Unión de Asambleas Ciudadanas, el Frente Popular Darío
Santillán; a nivel provincial, la Coordinadora Antirrepresiva, la Asociación
de Productores del Noroeste de Córdoba, el Encuentro de Organizaciones o
la Asamblea Ambiental Traslasierra Despierta. Entre otras diferentes articu-
laciones, estos procesos pueden dar fe de la coordinación de las multitudes
sin que se pierda el carácter de lo local.
Así, nuevos sujetos y nuevas prácticas se establecen a partir de la ruptura
de las divisiones instituidas por el patrón de la mayoría, entre ellas, las de
representante-representado, individual-colectivo, campo-ciudad, público-
privado. Esta última es el eje de la segunda novedad de las luchas que en
esta ocasión tratamos.
Es en la vida donde el poder establece su fuerza —la muerte es su límite—,
lo que se torna el punto más secreto de la existencia, el más privado, el más
desprovisto de voz. Este es el “secreto” al que se opone el discurso de la lu-
cha (Foucault, 1992). Si las estrategias neoliberales provocan y moldean la
vida constantemente, a la vez encierran y deslegitiman cualquier oposición
y cuestionamiento a través de la fórmula público-privado, las prácticas que
le resisten deben denunciar tal ordenación y traspasar esas distinciones. Las
sociedades, vueltas población, inscriben líneas de lo político, haciendo de la
salud, el hambre, la pobreza, el trabajo, la tierra, una instancia de perma-
nente lucha, intervención y politización. La vida se vuelve ese eventual
error (Foucault, 2007) que desafía la normalidad construida de lo privado.
No se trata de volver político algo que antes no lo era —esto es, la vida y
sus condiciones—, sino de mostrar la estrategia de ocultamiento de esa po-
liticidad. Aquellas condiciones, espacios, prácticas y modos de vida que ha-
bían sido significados bajo el discurso de lo privado y lo individual se les
reclama ahora la legitimidad para ser debatidos y movilizados en una rela-
ción de poder; en el mismo acto se efectiviza tal legitimidad: al denunciar
que no se habla de ellos, se está hablando de ellos. La pobreza, la subsisten-
cia, la tierra, el barrio, el desempleo, muestran ámbitos atravesados por re-
laciones de poder, incluso ya estratificados en instituciones, y por ende,
ámbitos que nada tienen de individuales y aislados, o que no comportan
movilizaciones de intereses múltiples.
Frente a esto, la novedad de las prácticas de estos movimientos se basa en-
tonces en la reapropiación comunitaria del espacio de la vida. La resolución
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colectiva de necesidades sociales y la expansión de experiencias de auto-
gestión productiva dan cuenta de la extensión de “formas de reciprocidad,
es decir, de intercambio de fuerza de trabajo y de productos sin pasar por el
mercado, aunque con una relación inevitable, pero ambigua y tangencial”
(Quijano, citado por Seoane et al., 2006: 242), de modo de configurar un
orden alternativo. Ya sea de forma estable o temporaria, los comedores ba-
rriales, roperos y huertas comunitarias, autogestión de planes y créditos so-
ciales, fábricas y empresas dirigidas por los propios trabajadores, ponen en
jaque y trazan una línea de fuga dentro de las instituciones de dominación
vigentes.
Conclusión
Subestimar el poder explosivo y reactivo de las luchas sociales en la actua-
lidad, por su configuración local y sus demandas casi únicas e irrepetibles,
es desconocer que la experiencia de dominación es más insoportable cuan-
do se vive en la vida cotidiana e inmediata. No es por falta de conciencia o
táctica que los movimientos populares hacen pie en los reclamos más bási-
cos y concretos. Lo local y lo fragmentado de las luchas —su fundamento
cotidiano—, no revela una falta, una insuficiencia; su carácter estratégico
viene dado por ser un espacio de exclusión permanentemente vivido, senti-
do y manejado. No es desde la idea de cambio social que se deduce la con-
signa de acabar con la pobreza o la miseria, sino que desde la opresión dia-
ria del no comer o del no dormir es que se piensa en una transformación
social más estructural.
Si no lo creemos así, es porque estamos adentro de un discurso totalizante
que busca suprimir las particularidades de lo local, controlarlas incluso al
momento del cambio. Si una lucha ha de ser realmente resistencia, deberá
insumirse por y desde los márgenes, creando un nuevo orden de relacio-
nes, una nueva matriz de subjetivación desde su propia y más cercana ex-
periencia. Es hacer estallar el secreto que ocultaba la politicidad de la vida,
es dar cuenta de aquella indignidad de hablar por otros, es resistencia y
creación.
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