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STUDIA POLITICÆ
15 ~ invierno 2008
promesa de liberación, de revolución, en el fin del conflicto de clases)”
(Foucault, 1989: 16). De aquí que, en principio, se trate de luchas anárqui-
cas, que no nacen como imperativos de fines abstractos ni de un proyecto
futuro de sociedad, sino que se erigen en contra de un poder que se ejerce
sobre la vida cotidiana, “que clasifica a los individuos en categorías, los de-
signa por su individualidad propia, los liga a su identidad, les impone una
ley de verdad que se ven obligados a reconocer y que los otros tienen que
reconocer en ellos” (Foucault, 1989: 17).
De esta forma se legitiman y adquieren sentido las luchas con tan particula-
res demandas en tanto que denuncian como intolerable el ejercicio del poder
que se realiza dentro de su propia esfera, en lo más cercano a su subjetivi-
dad. Y aquí radica el carácter estratégico de las mismas: en tanto que se co-
noce el blanco y el método perfectamente por la propia inmediatez en la que
se debaten, se convierten en el primer paso exitoso para otras luchas contra
el poder: “designar los lares, los núcleos, hablar de ellos públicamente, es
una lucha, no porque nadie tuviera aún conciencia de ellos, sino porque to-
mar la palabra sobre este tema, forzar la red de la información institucional,
nombrar, decir quién ha hecho qué, designar el blanco, es un primera inver-
sión del poder, es un primer paso para otras luchas” (Foucault, 1979: 90).
Su inmediatez, su localidad y su multiplicidad no deben ser vistas como de-
bilidades e insuficiencias,
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ya por ese carácter estratégico, ya por que no
responden a un único patrón de orden. Lo contrario importa, en realidad,
desconocer la naturaleza del ejercicio del poder. No hay una única instancia
de dominados y dominadores, sino múltiples relaciones de dominio que son
parcialmente integrables en estrategias totalizantes. Por eso es que el poder
se organiza como estrategia global de represión, más o menos coherente y
unitaria, en busca de preparar y organizar un futuro próximo.
En este sentido se entiende que las luchas no se reducen a la lucha de cla-
ses, aunque puedan “servirla”,
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ni tampoco son las “terminales” de otros
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Esta es la crítica que Foucault hace a quienes acusan de reformismo a estas luchas por
sus objetivos aislados y locales, diciendo que “el adversario podrá solventar la situación
en este punto preciso, ceder si es necesario, sin comprometer nada de su situación de
conjunto; y lo que es más, se dará cuenta, a partir de ellos, de los puntos de transforma-
ción necesarios; y por ahí los recuperará” (Foucault, 1979: 182) Este es un argumento
que se basa en dos errores que el autor explica: el desconocimiento de la reforma estraté-
gica y el sostenimiento de la teoría del eslabón más débil. (ver F
OUCAULT, M. “Poderes y
estrategias” en Microfísica del Poder, La piqueta, 1992).
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“Las relaciones de poder sirven, en efecto, pero no porque estén al servicio de un inte-
rés económico dado como primitivo, sino porque pueden ser utilizadas en sus estrategias
(...) La lucha de clases puede no ser así la ratio del ejercicio del poder y ser, sin embar-
go, garantía de inteligibilidad, de ciertas grandes estrategias”. Aunque en este sentido,