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STUDIA POLITICÆ
14 ~ otoño 2008
ni la historia. Este suelo en el que vivimos era el mismo que habían elegido napolitanos,
genoveses, gallegos, andaluces, catalanes o irlandeses en pos de una vida mejor. Ni el
pasado ni la lengua nos eran comunes, sólo el suelo nos unía. Pero a este territorialismo
se unen el victimismo y la sobreestimación, ambos componentes se combinan en la per-
cepción que elaboramos sobre nosotros mismos tanto como la que proyectamos en el
mundo. La Argentina aislada, despojada, víctima de las grandes potencias, lejos de pre-
tender una posición acorde con sus posibilidades se postula a sí misma como el lugar de
una grandeza que otros deben reconocer.
El propósito de este libro es detonar la causa Malvinas, este propósito tan provocativo
que genera opiniones dispares y sentimientos totalmente enfrentados le habrá traído más
de un dolor de cabeza a muchos lectores y más de alguna crítica al autor… pero esta
provocación está totalmente fundamentada y basada en el respeto. Una provocación que
a medida que avanza el libro, incentiva al lector a seguir adelante en esta cura de heri-
das, en este replanteo del “ser” argentino.
La cuestión Malvinas se fue configurando de a poco en la segunda mitad del siglo XIX
y entre 1916 y 1943 se construye con sus rasgos más nítidos, a la par que se establece
un discurso nacionalista muy heterogéneo en sus términos ideológicos pero que contie-
ne ya como elementos comunes el unanimismo, el decadentismo, el victimismo, el terri-
torialismo y el regeneracionismo.
Los componentes de la causa Malvinas fueron cocinados y recocinados en calderos de
derecha o izquierda, nacionalistas o liberales, democráticos o autoritarios. Estos compo-
nentes han estado presentes desde mediados del siglo XIX pero son exaltados a partir de
1965, momento en el que se da comienzo a las negociaciones bilaterales y que alcanzan
su pico máximo en abril de 1982, cuando la Junta Militar que gobernaba el país decide
dar por finalizada la instancia diplomática e intentar recuperar las islas militarmente
para salvar su “causa” particular, que era la de sobrevivir y continuar a cargo del país
apelando al nacionalismo. La causa no conducía inexorablemente a la guerra, pero la
guerra está completamente inscripta en el círculo de la causa.
Tras la guerra de 1982 se separó tajantemente la causa Malvinas de la propia guerra. Se
asumió que la causa nada había tenido que ver con ella y se atribuyó limpiamente la
guerra, así como la decisión previa de ocupar las islas a la dictadura, como si aquellos
dictadores militares no hubieran estado tan auténticamente imbuidos del espíritu de la
causa Malvinas como la inmensa mayoría de los argentinos. De este modo se preservó
la causa de las facetas más canallescas de la guerra. La causa quedó así en pie hasta
hoy. Ya es hora de poner en la balanza las dudas y certezas que la componen.