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Rector de la Universidad Católica de Córdoba.
Rafael Velasco, sj
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E
s un gusto recibirlos en esta casa para la realización de este décimo
congreso de la Sociedad Argentina de Análisis Político, bajo el títu-
lo: “Democracia, integración y crisis en el nuevo orden global. Ten-
siones y desafíos para el análisis político”.
Este congreso tiene como sede esta Universidad: una universidad de la
Iglesia Católica, confiada a la Compañía de Jesús, por lo tanto animada por
un espíritu particular.
Permítanme, por eso, a modo de presentación compartir con ustedes algu-
nas reflexiones sobre dos temas que nos interesan particularmente: la rela-
ción entre fe y política y —además— el compromiso social de las universi-
dades. Por cierto que son reflexiones sesgadas por mi propia especialidad
—la teología— y mi particular perspectiva del mundo universitario.
Relaciones Fe y Política
Las relaciones de la fe y la política —particularmente en nuestro país—
han sido desde todo punto de vista, complejas: no ha habido gobierno que
no debiera tener en cuenta como interlocutor de peso a la jerarquía católica.
No ha habido, lamentablemente, gobierno de facto, que no contara con la
anuencia —cuando no la participación directa— de la jerarquía católica. No
Discurso inaugural.
Décimo Congreso Nacional de
Ciencia Política
STUDIA POLITICÆ Número 22 ~ primavera/verano 2010/2011.
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales,
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
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STUDIA POLITICÆ
22 ~ primavera/verano 2010/2011
es casualidad —al menos en nuestro país— que las autoridades eclesiales
estuvieran detrás de cuanto golpe militar ha habido y no sólo eso, sino que
laicos formados por la Iglesia han aportado la masa crítica de funcionarios
a estos regímenes antidemocráticos.
En Argentina aún es muy difícil de aceptar —en ciertas instancias jerárqui-
cas y en cierto laicado clericalizado— que la Iglesia es una identidad más
junto a otras identidades diversas y que su palabra puede aportar a la cons-
trucción social, pero no puede pretender ser una suerte de autoridad moral
irrefutable.
La Iglesia tiene como misión anunciar el Reino de Dios inaugurado en Je-
sús. Al anunciar la llegada del Reino de fraternidad —proclamado por Je-
sús— hace ver, sin evasiones, lo que está en la raíz de la injusticia social: el
rompimiento de una fraternidad basada en nuestra situación de hijos de un
mismo Padre; anunciar el Evangelio de Jesús debería hacer evidente esta
alienación fundamental (la ruptura de la fraternidad) que yace bajo toda
otra alienación.
En América latina, ser Iglesia hoy quiere decir tomar una clara posición
respecto de la actual situación de injusticia y exclusión social. El primer
paso debe consistir en reconocer —dolorosamente— que a pesar de ser una
de las instituciones con mayor credibilidad, en realidad, hay ya una postura
tomada: la Iglesia se halla vinculada al sistema social vigente. Contribuye
—lamentablemente— en muchos lugares a sacralizar un estado de cosas
alienante, justificando a veces la violencia fratricida de los poderosos con-
tra los débiles. La protección que ha recibido durante mucho tiempo (y aún
recibe en muchos casos) de la clase social usufructuaria y defensora del
modelo capitalista imperante, ha hecho de la Iglesia institucional una pieza
del sistema, y del mensaje cristiano (o de su versión domesticada) un com-
ponente de la ideología dominante.
No obstante amplios sectores de la Iglesia estamos comprometidos en dar a
luz otra praxis eclesial comprometida con los procesos de liberación, una
praxis que termine influyendo en una autentica conversión institucional.
Hecha esta primera reflexión autocrítica quisiera avanzar un poco más en la
relación fe y política:
Afirmar una relación directa e inmediata entre la fe y la acción política lle-
va fácilmente a pedirle a la primera, normas y criterios para determinadas
opciones políticas. Estas opciones, para ser realmente eficaces, deberían
partir de análisis racionales de la realidad. Se crean —sin estos análisis ra-
cionales— confusiones que pueden desembocar en un peligroso mesianis-
mo político-religioso que no respeta suficientemente ni la autonomía del
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campo político, ni lo que corresponde a una fe auténtica, liberada de lastres
religiosos. Como Paul Blanquart ha recordado, el mesianismo político reli-
gioso es una reacción arcaizante a una situación nueva, a la que no se es
capaz de enfrentar con la actitud y los medios apropiados. Se trata por eso
de un movimiento “infrapolítico” y que “no corresponde tampoco a la fe
del cristianismo”.
1
Por otra parte, afirmar que la fe y la acción política no tienen nada que de-
cirse es sostener que se mueven en planos yuxtapuestos sin relación entre
ellos. Partiendo de esta aseveración o habrá que hacer acrobacias verbales
para mostrar —sin lograrlo— cómo la fe debe concretarse en el compromi-
so por una sociedad más justa, o la fe termina coexistiendo, del modo más
oportunista, con cualquier opción política.
La fe y la acción política no entran en relación correcta y fecunda sino a
través del proyecto de creación de un nuevo tipo de hombre en una socie-
dad distinta (una Utopía). Ese proyecto es el trasfondo de la lucha por me-
jores condiciones de vida. La liberación política se presenta como un cami-
no hacia una utopía de un hombre más libre, más humano, protagonista de
su propia historia. “Sólo la utopía —afirma P. Ricoeur— puede dar a la ac-
ción económica, social y política un enfoque humano”. La pérdida de la
utopía hace caer en el burocratismo y el sectarismo, en nuevas estructuras
opresoras del hombre.
2
Tal vez el mejor servicio que puede prestar el mundo de la fe a la política
hoy sea mantener vivo el aguijón utópico para que la política no termine
siendo —lo que ya es— sólo una praxis para hacerse con el poder y con-
servarlo a toda costa.
Juan Bautista Metz afirma que “toda Teología es política”; es decir que
toda reflexión acerca del acto de fe, tiene consecuencias prácticas, públicas
y comunitarias, es decir políticas. Por eso, todo pretendido “apoliticismo”
—caballo de batalla de los sectores conservadores— no es sino un subter-
fugio para dejar las cosas como están. Para evitar cualquier compromiso
con el cambio y la transformación social desde sus causas.
La Iglesia en su práxis y en su reflexión siguiendo esta lógica, debe com-
prometerse, ser política. De lo contrario se transforma en una institución
alienante, porque aísla o saca del mundo. Y —en realidad— según el man-
1
L’acte de croire et l’action politique: LV 98 (1970) 25.
2
Gustavo GUTIÉRREZ desarrolla más detenidamente este tema en el capítulo sobre “Es-
catología y política”; Teología de la Liberación. Perspectivas; 16ª edición, Ed. Sígueme,
Salamanca 1999.
RAFAEL VELASCO SJ
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dato del mismo Jesús: es aquí —en este mundo— en donde debemos ir
construyendo el reino de Dios y su Justicia.
En todo caso su reconocimiento social y su autoridad debe volcarlas a favor
de los que más sufren, a favor de la liberación de los oprimidos. La misión
de la Iglesia en la sociedad y de cara a la política es ser signo de lo que la
humanidad está llamada a ser: una familia en la que sea posible la fraterni-
dad, porque todos somos hijos del mismo Padre. Esto significará hacer op-
ciones claras y un involucramiento de las instituciones eclesiales en los pro-
blemas sociales, políticos y culturales.
Universidad y compromiso social
Ahora bien, mientras la realidad es la que es, los Universitarios ¿a qué nos
dedicamos? el análisis político ¿a qué se dedica? ¿A la excelencia académi-
ca? Michel Freyssenet —del CNR francés— afirma provocadoramente que
“la idea de considerar la universidad como un polo de excelencia es ridícu-
la, escandalosa y excluyente. No son polos de excelencia lo que se necesi-
ta, sino polos de cuestionamiento capaces de poner en marcha la inteligen-
cia, la imaginación y el trabajo de los investigadores”. ¿Qué clase de
academia estamos promoviendo las universidades? ¿Qué ciencia produci-
mos los universitarios? El conocimiento nunca es neutral.
Ignacio Ellacuría —jesuita discípulo de Xavier Zubiri— (quien fuera rec-
tor de la Universidad Centroamericana Simeón Cañas, asesinado en 1989)
decía que la inteligencia lo que hace es, fundamentalmente, aprehender la
realidad, tratar de captar lo real. Lo que hace la inteligencia es aprehender
la realidad y enfrentarse con ella. Este proceso tiene tres dimensiones que
él llama el “inteligir de la liberación”. Estas dimensiones son: hacerse car-
go de la realidad, encargarse de la realidad y cargar con la realidad.
3
En primer lugar, él dice hacerse cargo. Es el momento teórico. Hacerse car-
go tiene que ver con un pensamiento encarnado, contextualizado. No se
teoriza en el aire, sino haciéndose cargo de lo real con toda su ambigüedad
y crudeza. Se estudia la ciencia política en nuestro contexto particular. Ese
contexto afecta y condiciona lo que se aprende. No hay teoría fuera de la
realidad. Esto debería afectar de algún modo los contenidos, las perspecti-
vas, los casos de estudio, los modelos deseables, los paradigmas, los mo-
3
Sobre esto se puede leer: I. ELLACURÍA; Superación del reduccionismo idealista; Estu-
dios Centroamericanos (ECA) Nº. 477 – 1988. También I. E
LLACURÍA; Aproximación a
la obra completa de Xavier Zubiri; (ECA) N
os
421 – 422 – 1983.
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dos de enseñar y aprender, las preguntas a realizarse respecto del ejercicio
de la profesión.
En segundo lugar, dice Ellacuría, que además de hacerse cargo, la inteligen-
cia tiene que encargarse de la realidad, tiene que encargarse de ponerle una
dirección, un color, unas expectativas, un horizonte; tiene que hacer algo
con la realidad para que esa misma realidad vaya llegando a ser lo que de-
biera ser. Esa es la dimensión práctica. Lo aprendido tiene valor por sí mis-
mo, porque se aumenta el mundo del conocimiento. Pero por otro lado, ese
conocimiento, se enfrenta con la realidad y debería tender a orientarla para
que sea mejor para todos.
Y en tercer lugar dice Ellacuría, que al ser humano no se le dio la inteligen-
cia sólo para aprender muchas cosas sino para cargar también con la reali-
dad. Si se asume la realidad desde y en la que se da el proceso de produc-
ción y transmisión del conocimiento, hay que asumir que ésta se resiste al
cambio. La realidad pesa. El que quiera encargarse de la desigualdad para
que deje de serlo va a ver muy pronto que tiene que cargar con algo: con la
reacción de quienes quieren que la exclusión y la desigualdad sigan, y de
esos hay muchos. No hay cambios reales sin compromiso.
Entonces, desde esta perspectiva, me pregunto: ¿alcanza con la reflexión y
el análisis político?
Nuestra Universidad intenta comprometerse cada vez más con este contex-
to en su docencia, investigación y su proyección social. Ejemplos abundan
y no es el caso mencionarlos aquí. Esta acción comprometida de nuestra
universidad en causas sociales y en los problemas de barrios periféricos de
Córdoba, por ejemplo, nos enseña que el análisis sin compromiso puede
ser una fuente de cinismo. En Villa Obispo Angelelli, uno de los miembros
de la comunidad me decía: “acá cuando llegan las elecciones, el barrio se
llena de punteros, de chapas y bolsones, y algunos por $50 votan a Khada-
ffi”. Esta es la realidad. Esa y la de la droga que mueve la política en gran-
des franjas del Conurbano Bonaerense, la ausencia del Estado en amplios
sectores, o su precaria presencia a través de los punteros políticos que lo re-
presentan; partidos políticos vacíos de democracia interna, de escuelas de
formación, de contenidos ideológicos creíbles; la formalidad de proceso de
generación de candidaturas que se hacen no ya de abajo, hacia arriba con
elecciones internas, sino desde arriba hacia abajo desde los liderazgos ence-
rrados con sus mesas chicas y todos pendientes del dedo y la chequera pro-
digiosa. La política que se hace a fuerza de actos pagados, piquetes y pre-
siones de las corporaciones (que son las que se benefician de partidos
políticos débiles); la política espectáculo que se da en los medios bajo la ló-
gica impuesta por las empresas mediáticas; esa política real sin dudas es de
RAFAEL VELASCO SJ
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la que debe hacerse cargo la reflexión y el análisis universitario. Ahora bien
si sólo se hace el análisis, decíamos, no veo cómo no caer en el cinismo
académico que describe la realidad, elabora teorías y luego no aporta
compromiso. Se hace necesario también, en términos de Ellacuría, encar-
garse de esa realidad y cargar con la realidad.
Creemos que el centro de la universidad está fuera de la universidad. Si
nuestras lógicas académicas no logran franquear las a veces férreas fronte-
ras que nuestras instituciones establecen con sus estándares de investiga-
ción planteados sólo para papers internacionales sin mucha incidencia lo-
cal, si no rompemos la lógica de que hace extensión el que puede y quiere,
con el tiempo que le sobra, y no asumimos que el conocimiento debe ser
producido desde la realidad y para mejorar la realidad no ya como una
mera “extensión” de la universidad sino como un compromiso de la univer-
sidad con su realidad, si nuestra docencia es una suerte de teoría académi-
ca sin correlato con lo real, entonces las universidades seremos instrumen-
to de alienación y no de liberación.
Les auguro un muy provechoso congreso y les reitero la bienvenida a esta
Universidad, la Universidad Católica de Córdoba, universidad jesuita.