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dos de enseñar y aprender, las preguntas a realizarse respecto del ejercicio
de la profesión.
En segundo lugar, dice Ellacuría, que además de hacerse cargo, la inteligen-
cia tiene que encargarse de la realidad, tiene que encargarse de ponerle una
dirección, un color, unas expectativas, un horizonte; tiene que hacer algo
con la realidad para que esa misma realidad vaya llegando a ser lo que de-
biera ser. Esa es la dimensión práctica. Lo aprendido tiene valor por sí mis-
mo, porque se aumenta el mundo del conocimiento. Pero por otro lado, ese
conocimiento, se enfrenta con la realidad y debería tender a orientarla para
que sea mejor para todos.
Y en tercer lugar dice Ellacuría, que al ser humano no se le dio la inteligen-
cia sólo para aprender muchas cosas sino para cargar también con la reali-
dad. Si se asume la realidad desde y en la que se da el proceso de produc-
ción y transmisión del conocimiento, hay que asumir que ésta se resiste al
cambio. La realidad pesa. El que quiera encargarse de la desigualdad para
que deje de serlo va a ver muy pronto que tiene que cargar con algo: con la
reacción de quienes quieren que la exclusión y la desigualdad sigan, y de
esos hay muchos. No hay cambios reales sin compromiso.
Entonces, desde esta perspectiva, me pregunto: ¿alcanza con la reflexión y
el análisis político?
Nuestra Universidad intenta comprometerse cada vez más con este contex-
to en su docencia, investigación y su proyección social. Ejemplos abundan
y no es el caso mencionarlos aquí. Esta acción comprometida de nuestra
universidad en causas sociales y en los problemas de barrios periféricos de
Córdoba, por ejemplo, nos enseña que el análisis sin compromiso puede
ser una fuente de cinismo. En Villa Obispo Angelelli, uno de los miembros
de la comunidad me decía: “acá cuando llegan las elecciones, el barrio se
llena de punteros, de chapas y bolsones, y algunos por $50 votan a Khada-
ffi”. Esta es la realidad. Esa y la de la droga que mueve la política en gran-
des franjas del Conurbano Bonaerense, la ausencia del Estado en amplios
sectores, o su precaria presencia a través de los punteros políticos que lo re-
presentan; partidos políticos vacíos de democracia interna, de escuelas de
formación, de contenidos ideológicos creíbles; la formalidad de proceso de
generación de candidaturas que se hacen no ya de abajo, hacia arriba con
elecciones internas, sino desde arriba hacia abajo desde los liderazgos ence-
rrados con sus mesas chicas y todos pendientes del dedo y la chequera pro-
digiosa. La política que se hace a fuerza de actos pagados, piquetes y pre-
siones de las corporaciones (que son las que se benefician de partidos
políticos débiles); la política espectáculo que se da en los medios bajo la ló-
gica impuesta por las empresas mediáticas; esa política real sin dudas es de
RAFAEL VELASCO SJ