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STUDIA POLITICÆ
21 ~ invierno 2010
bién en el Ground Zero, el espacio neoyorquino que ocuparon en su día las
Torres Gemelas que tumbó el atentado planificado por Osama en las cuevas
de las montañas de Afganistán. Pero, en realidad, fueron muchas menos de
las esperadas. Al día siguiente, se conoció la felicitación expresada por el
ex mandatario republicano George W. Bush, el presidente que declaró una
ubicua y sui generis guerra contra una entidad sin Estado. También llegaron
otros mensajes de congratulación, como el del premier británico, y de algu-
nos líderes cuya supervivencia política mucho depende de Washington.
Aunque también aquí fueron muchos menos de los esperados. En lugar de
un cerrado apoyo, una serie de preguntas sobre la índole de la intervención
militar, la brutalidad del ataque seguido de la muerte de Ben Laden, la vio-
lación de la soberanía paquistaní por el ejército de un país aliado, y la falta
de pruebas materiales que apoyaran la versión de la Casa Blanca, fueron to-
mando forma, todavía en la manera de interrogantes. Las ediciones en In-
ternet de los principales medios de prensa norteamericanos fueron cambian-
do sutilmente con el transcurso de las horas, al igual que otros diarios del
mundo. Y esos cuestionamientos, mientras se iban conociendo detalles, re-
flejaban un aumento del tono crítico. Tres días después de que se difundie-
ran las opiniones críticas de respetables líderes políticos mundiales, de ju-
ristas expertos del sistema de Naciones Unidas, y de analistas y columnistas
internacionales, hasta la misma cadena televisiva CNN hablaba ya de un
“asesinato a sangre fría”. Algo, efectivamente, había salido mal.
Barack Obama tuvo la posibilidad de apresar a Osama ben Laden. El he-
cho de ultimarlo en la residencia amurallada de Abbottabad fue una deci-
sión estratégica. Quizás si hubiese defendido su decisión con detalles y
fundamentos, hubiera impedido que las versiones y las interpretaciones
ocuparan el escenario, embarrando, desinformando y soltando cabos a
cada paso. Pero, en cambio, la información desde Washington intentó rela-
tivizar aquella toma de posición entre dos alternativas: detenerlo o matar-
lo. El presidente, como dijimos arriba, quiso adjudicarse la orden de dispa-
rar, pero ante las críticas se cambio la versión: la orden la dio la CIA, y
sobre el terreno. Cuando hubo que explicar la muerte del terrorista, se afir-
mó que había presentado resistencia, pero luego se admitió que Osama es-
taba desarmado. Se reconoció que su paradero estaba ubicado desde hacía
meses, y que la confirmación de su identidad era firme; los comandos de
Seal Navy tuvieron inclusive la posibilidad de ensayar con suficiente anti-
cipación la operación; y sin embargo no lograron capturarlo vivo. No hay
manera posible de sostener esta versión. A la mañana de un día se afirma-
ba que Osama había puesto a una esposa como escudo, a la tarde de ese
mismo día se decía que la muerte de la mujer había ocurrido cuando se in-
terpuso para salvarlo. Que el cadáver había sido rechazado por Afganistán,
que había sido cuidado por los ritos musulmanes para los muertos, pero