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STUDIA POLITICÆ
21 ~ invierno 2010
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Desde una lectura de Platón, Arendt distingue entre verdad y opinión. A la opinión de
los ciudadanos, a ese cúmulo de opiniones acerca de los asuntos humanos que son cam-
biantes, el filósofo opuso la verdad como algo permanente que posibilitaba estabilizar
los asuntos humanos. De modo que la primera antítesis de la verdad era la mera opinión.
Antítesis expresada, a la vez, en la división entre diálogo y retórica. Ahora bien, la cues-
tión resulta relevante porque parece ubicar del lado de la política la opinión y del lado de
la filosofía la verdad. Nuestra época ha pluralizado las opiniones puesto que se han di-
versificado a una escala sin precedentes, pero a la vez nunca se ha manifestado mayor
hostilidad frente a las verdades de hecho. Ante este peligro, Arendt sostiene que puede
resultar útil volver a la distinción entre verdad y opinión. ¿Por qué? Porque la desapari-
ción del mundo puede entenderse como la tendencia a transformar el hecho en opinión,
algo similar, señala la autora, a la situación de aquellos habitantes de la caverna platóni-
ca. Aún más, el hombre veraz del mundo contemporáneo se enfrenta a una situación si-
milar al filósofo platónico pero extrema. Extrema porque no puede viajar a ninguna re-
gión que esté más allá de los asuntos humanos, ni tampoco considerarse un extranjero en
este mundo. La no aceptación de las verdades de hecho, los juicios objetivos, parece
mostrar que existe una hostilidad constitutiva entre política y verdad, es decir, que en el
ámbito político nunca se ha de poder llegar a un acuerdo con la firmeza de la verdad. Si-
tuación que Arendt califica de desesperada. En el caso de Platón existía una posibilidad
puesto que la verdad trascendía los asuntos humanos, pero en nuestro caso esa posibili-
dad no existe. Si nos quedamos sólo en los asuntos humanos, y la verdad no es posible
allí, o mejor, si la verdad es transfigurada en opinión al introducirse en los asuntos hu-
manos parecemos estar “condenados” a vivir la vida del ciudadano, la mera opinión, el
modo de existencia en el cual no existe realidad objetiva y común. Estos son los proble-
mas que enfrenta la verdad racional. Resulta relevante, asimismo, para la cuestión de la
opinión o doxa, la oposición que establece la autora entre Sócrates y Platón: “El espectá-
culo de Sócrates sometiendo su propia doxa a las opiniones irresponsables de los ate-
nienses, y siendo sobrepasado por la mayoría, provocó que Platón despreciara las opi-
niones y anhelara criterios absolutos”. (Arendt, 2008:45)
opinión política. Releyendo a Platón, y destacando su actualidad, Arendt es-
tablece la distinción entre la verdad de los filósofos y las opiniones de los
ciudadanos. La oposición entre verdad racional y opinión política es, tam-
bién, aquella de la hostilidad constitutiva entre filosofía y política. La ver-
dad racional se aleja de los asuntos humanos, de la pluralidad de la vida en
común, para ubicarse en la soledad del filósofo.
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En segundo lugar, la ver-
dad factual también se opone a la política, pero de un modo más complejo.
La complejidad radica en que la verdad factual, como testimonio, está más
cerca de la opinión. La verdad factual es el testimonio de acontecimientos y
circunstancias en las que están muchos implicados, y así es una verdad po-
lítica por naturaleza. En este sentido, existe una especie de comunidad natu-
ral entre los hechos y las opiniones. Esto no significa que verdad factual y
opinión se identifiquen, puesto que si bien es cierto que las opiniones car-
gadas de intereses se dirigen a los hechos, existe independencia de la ver-
dad fundada en datos rudamente elementales que tienen una esencia indes-
tructible evidente.