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Por su parte, el poder vinculado al Estado es el ejercido por las
instituciones que lo conforman, sea por propia iniciativa, sea a
pedido de grupos organizados que recurren al poder estatal para
garantizar el cumplimiento de sus normas internas; efectiva-
mente el Estado ejerce un poder macro-social y coercitivo.
El Estado, sobre todo en los dos últimos siglos, ha ampliado
sus funciones en cualesquiera de los sistemas socio-políticos
contemporáneos, de forma que su poder es el más amplio y ex-
tenso de los existentes en las sociedades actuales; aun así el
poder estatal no abarca todas las formas de poder, por más ab-
soluta que sea la dominación ejercida por él. También puede
afirmarse, a la luz de la experiencia histórica reciente, que el
Estado tiende a monopolizar de forma absoluta el ejercicio de
la violencia física y de todos los medios de coerción que las
leyes autorizan a usar para imponer las decisiones políticas; por
lo tanto, él busca erradicar cualquier otra institución que utili-
ce formas coercitivas, sobre todo basadas en la violencia, para
lograr sus objetivos. Cuando un Estado tiene que coexistir con
otros grupos armados que ejercitan formas de poder al margen
de su voluntad, dicho Estado está en formación y proceso de
consolidación o, al contrario, se está descomponiendo; en este
último caso, tendrá que eliminar los focos de violencia ilegal o
será sustituido por otra forma de poder político.
Respecto a la naturaleza del poder queremos puntualizar que el
poder (vinculado o no al Estado) siempre ha existido y “conti-
nuará en la vida humana política y social, porque el tener po-
der de actuar es algo central en el destino de la especie, nece-
sario al modo en que tenemos que vivir y porque en principio
no hay forma de volverlo intrínsecamente inofensivo” (Ibáñez,
1982:3). Coincidimos con Foucault en que el poder es una ca-
pacidad para actuar para el bien como para el mal y para lo
peor como para lo mejor.
Pero subrayamos que, históricamente, el poder (sobre todo el
estatal) ha sido usado demasiado a menudo para lesionar los in-
tereses de los demás. Ello puede ser corregido (o no) en ejerci-
cio de la mencionada libertad humana, lo cual no sólo consti-
tuye una utopía ética; ante todo, esa corrección es una
ARTURO FERNÁNDEZ