119
Pablo Riberi
Abstract
As it is meant in this paper, utopian literature displays the
extinctive horizon of our fallible and imperfect reason.
Nonetheless, utopias have triggered “provocative” or
“evaluative” pieces. “Happiness”, “progress”, “predictability”
or “education”; all human subtleties, at random, are presented
on attractive utopian plots.
Whereas it seems that there is no room for “idealistic
tempers” in democratic developed (or hardly developed)
market oriented societies, there is, however a lingering
yearning for such past attitudes. In my opinion, by
avoiding utopian and egalitarian contents in political
discourse, wariness and a kind of uneasiness bring about
uncompromised citizenship.
It is plain that utopian thinking may represent popular and
simplified stages of analysis upon which fictional
discourses may still promote human’s ability to engage in
deliberate political changes. Accordingly, those who ex-
plore alternative ways of political and economic organi-
zation may still be inclined to undertake this kind of jour-
La marginalización de la
política en clave de utopías
e igualitarismo
STUDIA POLITICÆ Número 04 ~ primavera/verano 2004.
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales,
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
Código de Referato: SP-17.IV.educc/2004.
STUDIA POLITICÆ
04 ~ primavera/verano 2004120
neys. Under Ernst Bloch’s criticism for example, uto-
pianism regains soundness and respect. Yet, if politics has
wasted its “utopian élan” and consequently, if citizenship
has relinquished a fundamental tool to shape the contours
of a political agenda in terms of legitimate expectations,
then, rather than politics, what is in jeopardy is nothing
but hope.
Utopias and Equality have fueled rampant ideologies in our
civilization. This is true. Nonetheless, it is contestable that
this is a general feature of any single sample of these
genres. Although there is a dark-side criticism which has
spelled out frustrated contents from several utopian
narratives, it is my guess however that there are also some
other lasting prospects which may remind us of the way
utopias have democratically impacted on western
consciousness.
The purpose of this paper is indeed, on the one hand, to
underscore the importance of utopianism and egalitarism in
the quest for more attractive models. It can be stated
henceforth that political discourses on utopia and equality
have been concrete by-products of a certain type of
rationality. On the other hand, this paper is intended to
describe how the logics of a certain political discourse has
faded away as it could no longer reconcile its practical
sense with actual demands, somehow requested by passive
constituencies.
Depicting utopian insights as a part of a promising political
tool or as an incipient social theory, the paper also portrays
some interesting pieces written by some pre-marxist
forerunners who were on this vein. In short, there are some
questions ready to be raised and the basic concern here is to
revisit some wielded topics under utopian or egalitarian
inspiration.
I shall finally admit that there is an unchallenged
assumption here. This meaning that under a full hearted-
democracy, in the long run (peaceful, constitutional,
procedural based) “political change” is an undisputable
value. Conversely, pragmatically and economically biased
viewpoints on the range have resisted this sense by blurring
the perception of politics and discourse theory’s relation.
Once, being coupled together, both factors have been the
outer border of a self-centered paradigm. In sum, when a
121
liberal democracy puts up with utopian and egalitariam
ostracism, institutional mistrust and civic disenchantment
are likely to arise. And if this happens, it is worth noticing
that it is not for good.
Resumen
Las utopías pueden mostrar el horizonte extintivo donde se
patentizan los límites de nuestra imperfecta y falible razón.
Pero las utopías también han servido a otros propósitos.
Por ejemplo, han desencadenado tramas y narrativas que
han permitido “evaluar” o “provocar” nuevas posibilidades
en la imaginación humana. En consecuencia y dentro de la
hermenéutica literaria, “felicidad”, “progreso”, “predictibi-
lidad” o “educación”, componen algo más que sutilezas de
un género.
Aunque pareciere que no hubiere más lugar para “tempe-
ramentos idealistas”, en sociedades como las nuestras,
con democracia y economía de mercado imperfectas,
persiste sin embargo una letanía que resiste esta tenden-
cia. Así, es mi opinion que sobre una política declinante,
malestar y disconformismo han terminado por invadir el
sentido de diversos discursos que compiten en la arena
de una democracia pragmática. En este sentido, en línea
con Ernst Bloch por ejemplo, se advierte que mientras la
política ha ido perdiendo utopías, se ha ido acrecentando
por otro lado, el desencanto ciudadano. Y en esa rela-
ción, se ha producido también el eclipse mismo de un
paradigma (político) que otrora estaba centrado en pro-
pias determinaciones.
El pensamiento utópico puede revelar populares y simpli-
ficadas impresiones que luego, pueden llegar a articularse
en otros más complejos discursos capaces de promover
cambios políticos, sociales u económicos. Es dable desta-
car que algunos precursores socialistas (“pre-marxistas”)
ya habían explorado similares avenidas de pensamiento.
En ese contexto, llama la atención algunas profundas y
atávicas intuiciones que persisten aun dentro de algunas
ideologías; fundamentalmente dentro de los pliegues de
supérstites especies de pensamiento utópico.
PABLO RIBERI
STUDIA POLITICÆ
04 ~ primavera/verano 2004122
Si bien es cierto que tanto las “utopías” como el “igualita-
rismo” han alimentado ideologías violentas, de ello no se si-
gue que las mismas no pueden exhibir otras variantes tole-
rantes dentro de una cultura liberal y democratica. Aunque
es cierto que un caracter frustrante se revela en sus márge-
nes, estimo empero, que en una Democracia, las mismas
conservan valor en tanto y en cuanto son capaces de alimen-
tar un sentido representativo y proyectivo de conciencias
colectivas todavía disconformes.
En rigor de verdad, es intención de este trabajo es desta-
car por una parte el vigor de aquellas raíces “utópicas” e
“igualitarias” que incorporadas en programa del pensa-
miento político moderno, se atrevieron a fomular alterna-
tivos modelos políticos y sociales. Se puede decir enton-
ces, que éstas aún perduran en formas de racionalidad; en
discursos politicos que son tributarios de aspiraciones de
“libertad” e “igualdad”. Por otro lado, este trabajo preten-
de describir cómo la lógica de un discurso anclado en las
posibilidades de la “política”, ha ido perdiendo su centro
de gravedad. Más concretamente, cómo en las democra-
cias actuales, la política se ha opacado mientras su conte-
nido no ha podido conciliar un sentido práctico frente a
exigencias discursivas que, condicionadas por el proceso
económico e institucional, no pueden superar el cerco de
la propia imagen.
Es que debe admitirse que este ensayo se yergue sobre
una premisa no debatida. Esta premisa se puede resumir
en que la deliberación y debate sobre todo “cambio polí-
tico”; sea definido éste como pacífico, de acuerdo a pro-
cedimientos e instituciones característicos de una Consti-
tución, es un valor democrático en sí mismo. No se
soslaya que prevalecientes visiones de corte pragmáticas y
economicistas, han logrado relegar las bases discursivas
de la política a un segundo plano. De todos modos, el
tema que se propone a discusión, apunta a destacar que
cuando esto sucede y es además la misma democracia la
que tolera y legitima la deportación del legado “utópico”
e “igualitario” a formas discursivas periféricas, no debe
llamar a extrañeza entonces, que sea desconfianza institu-
cional y desencanto cívico los sentimientos que invaden
el corazón de sus ciudadanos.
123
PABLO RIBERI
“Nada es más perjudicial a una
causa, por más excelente que ésta
pueda ser, que algunos excesos de
sus defensores”.
(André Gide)
I. Presentación
E
ntendemos que existe un deterioro simbólico de la políti-
ca. Que la política se ha marginalizado en relación a otras
disciplinas tales como la Economía. La política, pierde te-
rreno y prestigio. No nos referimos ni a determinantes psicológi-
cas, ni a condiciones de posibilidad históricas o a la crisis espe-
cífica de un sistema institucional en particular. Se pretende
argumentar en estas líneas, que entre otras causas, dicho deterio-
ro se magnifica por el carácter menguante que muestran el pen-
samiento utópico y el igualitario en el plano de los discursos po-
líticos vigentes.
Más adelante en el texto definiremos qué se entiende por «igua-
litarismo» y qué son las utopías. Preliminarmente, empecemos
preguntándonos cuál es la real importancia del pensamiento utó-
pico y cuáles son las raíces discursivas de ambos tipos de pen-
samiento.
Las utopías suelen referir a los orígenes del estado. En la repre-
sentación de su evolución más perfecta. En los antecedentes míti-
cos, aunque también lo está en el discurso político-racional que lo
justifica. Las utopías constituyen una suerte de pensamiento “sin
red”. En estas líneas trataremos de ver las hilachas, las hebras que
anudan la malla endeble que sostiene fantásticas representaciones
de lo posible. Entendemos en este sentido, que si no se advierte el
fenómeno de destierro de utopías e igualitarismo en el discurso
que singulariza la política de nuestros tiempos, no se puede com-
prender la opacidad y la banalidad de la política y la democracia
en países como el nuestro.
Si tengo que sintetizar las claves de este trabajo, diría entonces
que se trata de utopías, política e igualitarismo. Utopía como re-
STUDIA POLITICÆ
04 ~ primavera/verano 2004124
presentación de posibilidades razonablemente sostenidas en de-
seos, sensaciones y necesidades. Política como ámbito de la liber-
tad y ausencia o restricción de reglas jurídicas. Finalmente iguali-
tarismo, como corriente política que fundamenta y proyecta una
dimensión de justicia social, a las determinaciones del estado re-
presentativo heredero de la revolución francesa.
Dentro de la tradición utópica, existen dos cuestiones muy provo-
cativas a considerar. Por una parte, explorar si estos mundos ima-
ginados son una característica distintiva del pensamiento humano
de una época; de una civilización, o tradición determinada. Por
otro lado, analizar si es posible identificar desde dentro de todas
las “tramas”, una suerte de gran “utopía” universal, endogámica,
trans-histórica, que inconsciente e independientemente de los ac-
tores individuales; de las condiciones epocales que las contengan,
se va realizando rítmicamente, por los sueños e inspiraciones par-
ticulares de sus circunstanciales mentores.
De esta manera, la constitución de una gran y perfecta “utopía”,
podría interpretársela como horizonte extintivo de la razón singu-
lar imperfecta. Pensamiento atrapado por conciencias fragmenta-
das que naturalmente están sujetas a la pereza y al cómodo con-
formismo de nuestros días. De modo que el platónico viaje a la
perfección, no puede dejar de ser caótico en su mundanal percep-
ción, pues el “orden implicado”, nunca va a ser claro mientras se
manifieste en un ingobernable mosaico de indúctiles imaginacio-
nes. Las imágenes de ensoñación se reproducen geométricamente;
diría, casi en inversa proporcionalidad al sentido de felicidad que
el orden social prepara a sus individuos.
Las utopías provienen de un repetido y viejo género literario. Es-
critores e intelectuales movidos por su sensibilidad estética han
dibujado e imaginado mundos altamente atractivos. Muchos de
ellos, se han alejado intencionalmente de la realidad, no sólo
despreciando prácticas sociales, sino también la moralidad impe-
rante en el tiempo que compartían. Los principales objetivos de
la tradición utópica son: a) La felicidad: como repertorio de las
aspiraciones humanas postergadas con relación a un mundo “no-
existente”. b) El progreso y predictibilidad: Lo que supone una
125
suerte de sociología general elemental para avizorar un mundo
mejor.
1
c) La educación: las utopías son portadoras de conteni-
dos formativos.
Siguiendo a Paul Edwards, podemos a su vez identificar a las uto-
pías en cinco variantes: a) las que representan armonía social
(“eutopías”); b) utopías que apelan a cuestiones de teoría política
(Moro o Platón); c) las utopías que aluden a un inevitable progre-
so (Marx), d) las utopías que antropológicamente definen qué es
peculiar del hombre (Rousseau, o Golding); y por último e) las
utopías que profetizan cambios en la existencia del hombre (mile-
naristas, fundamentalistas religiosos).
2
Se me ocurre agregar otra
última modalidad no destacada por Edwards. En tiempos de alta
complejidad tecnológica, de teléfonos celulares, computadoras
portátiles, cybernegocios, considero que se ha desarrollado una
singular “utopía individualista”; antisocial, acorde con las deman-
das ideológicas de nuestra era.
Las utopías son seducciones; particularmente aquellas que descri-
ben “mundos más realizables” y “futuros más plausibles”. Cierta-
mente, los autores del género utópico, se revelan además como
críticos sociales y como denunciantes de aquellas estructuras eco-
nómicas que son evidentes a sus lectores. A menudo son voceros
populares y simplificadores de las aspiraciones de cambio políti-
co. En ninguno de sus términos empero, se pone en tela de juicio
que “el cambio” referido, es en sí, un valor necesario.
Bailey, entiende que las características fundamentales del pensa-
miento utópico que llega a nuestro tiempo pueden sintetizarse en
cuatro aspectos esenciales: a) Fe en la razón y su discurso. b)
Confianza en el progreso. c) Creencia en la capacidad mediadora
del hombre para el cambio. d) Presunción de que es posible en-
1
Por ejemplo, la presente disputa entre liberales y socialistas según Berlín, tiene
que ver precisamente con que estos últimos restringen su idea de “progreso”, para
lograr una mejor distribución de la riqueza. Una perspectiva “lato sensu” de
izquierda, necesita apoyarse en un sentido de naturaleza humana, el cual es emi-
nentemente moral. Cfr. I. B
ERLIN, Four Essays on Liberty, p. 5 (1969).
2
Paul EDWARDS, The Encyclopedia of Philosophy; Vol. VIII.
PABLO RIBERI
STUDIA POLITICÆ
04 ~ primavera/verano 2004126
3
Ver BAILEY, Pessimism, Routledge, 1988.
contrar una armonía natural de intereses.
3
Considero que la mo-
dernidad y en particular la ilustración, alimentaron en fórmula de
pares, los giros utópicos e igualitarios.
Bailey destaca también dos funciones latentes en cualquier obra
emparentada al género utópico: a) Por una parte las utopías son
“provocativas”. Esto es, en lo que a nosotros nos interesa, posee
elementos capaces de estimular el cambio social. b) En segundo
lugar, proponen didácticamente “deseos y posibilidades” de quie-
nes son sus lectores. Vale decir, clarifican objetivos populares al
tiempo que de manera velada, recomponen una actitud crítica a las
situaciones vigentes
II. Utopía, política y diseño social
De todas maneras, las utopías son móviles retratos susceptibles
de ser llevados a la práctica por la participación política de sus
lectores. Se piensa que lo que caracteriza elementalmente a una
utopía es su presente situación de “no existencia”, de no-lugar en
términos empíricos, aunque quizás, algún día pueda devenir real.
En mi opinión esta percepción es incorrecta. Entiendo más radi-
calmente que lo que distingue una utopía, es precisamente la
conciencia inequívoca sobre la ausencia absoluta de toda posibi-
lidad de que lo referenciado, pueda existir en cualquier tiempo.
Es que las utopías no sólo no tienen lugar, sino que son también
u-cronías.
En otras palabras, al margen del factor tiempo, una utopía es tal
si y sólo si, nunca se vuelve realidad. El único reducto de una
utopía es la imaginación. Por el contrario, si el producto intelec-
tual de una afiebrada imaginación llegase algún día a materiali-
zarse, no tengo dudas que “ex-nunc”, debe interpretarse que lo
referido nunca fue una utopía. Simplemente se trataría de una
errónea percepción o una equivocada denotación significativa del
referente. El concepto de utopía necesariamente adolece de re-
127
4
Recuérdese que las posibilidades de viajar en Utopía se encuentran desincenti-
vadas. Hay libertad, pero escasas condiciones para ligar felicidad con exploración
y aventura. Cfr. T. M
ORO, Utopía, p. 106, Sarpe, 1984. Téngase en cuenta tam-
bién lo que destacan Fank y Fritzie Manuel, en cuanto que la obra de Moro, hay
que compararla con el temperamento de R
ABELAIS en Gargantúa y Pantagruel,
sumado al “Moria Encomiun” de Erasmo (1509). Esto es, diversión y comedia
antes que felicidad. Cfr. F. E. M
ANUEL y F. P. MANUEL, Utopian Thought in the
Western World, p. 134, Harvard University Press, 1997.
ferente empírico. Las utopías entonces, necesariamente mentan
objetos “no (y nunca) existentes”. Una utopía que se realiza, es
una “contradictio in terminis” que viola los límites informativos
del lenguaje. Tomás Moro es reconocido como creador del géne-
ro. Moro deja ver la relación que existe entre el “homo viator
y la utopía.
4
En la Edad Media, había quedado bien clara la di-
ferencia que había entre el paraíso (el cielo) y la tierra. El hom-
bre vivía con sus imperfectos semejantes en un lugar de pecado
e imperfección, mientras que en algún otro lugar, ángeles y se-
res más perfectos compartían la gracia de Dios. Moverse y cono-
cer nuevos mundos, es una característica de la modernidad que
también destacan los utópicos. De acuerdo con esta idea, el
“homo viator” no sería el protagonista de la obra, sino más bien
quien lee el relato de ficción.
Moro introduce un cuadro utópico que sería como el celuloide
“negativo” que representa la sociedad en la que vive. Insularmen-
te aislada de influencias que perturban la razón, su utopía como
otras que le siguen, buscan la organización social perfecta. Un
mundo sin males insuperables, y sin coerción estatal innecesaria.
En Utopía, la propiedad privada no existe y reina la comunidad de
bienes. La propiedad privada está suprimida porque es “fuente” de
discordia. La vida social es básicamente familiar y casi que no
existen divisiones sociales. Moro, destaca el valor del trabajo y se
pronuncia en contra de la división social del mismo para evitar
consecuentes desavenencias entre los hombres. Las casas de habi-
tación son otorgadas por sorteo para “igualar” condiciones e impe-
dir reacciones egoístas en la sociedad. Un sistema sorprendente-
mente “tolerante”.
PABLO RIBERI
STUDIA POLITICÆ
04 ~ primavera/verano 2004128
5
Cfr. MORO en Utopía citado por Pierre F. MOREAU en La Utopía Derecho
Natural y Novela del Estado, p. 13, Buenos Aires, 1986.
6
Cfr. Pierre F. MOREAU, ibidem, p. 85.
De manera que frugalidad en la vida cotidiana y sencillez en las
razones contestatarias, son denominadores comunes en estas pri-
meras utopías. Su protagonista, Rafael, dice por ejemplo: “es por
su bien que los hombres crearon a los reyes y no para el placer
de éstos”.
5
La comunidad de bienes permite que quien necesite
algo no deba comprarlo. En cambio, sólo tiene que buscarlo en
lugares públicos de aprovisionamiento.
6
El igualitarismo comunis-
ta de Utopía, presupone abundancia de bienes, que exceden las
necesidades sociales de provisión.
Resulta natural entonces, que la isla de Moro esté totalitariamente
organizada, con una economía controlada y que lejos de ser el pa-
raíso revelado, sólo nos sirve para mostrar las imperfectas solucio-
nes de la razón humana. Aunque estimulen cambios, las utopías
congelan mundos. En este sentido, Bailey destaca que el pensa-
miento utópico sirve tanto para ordenar prácticamente la vida,
como para la evaluación y el juicio crítico que hace una comuni-
dad. En consecuencia, se puede afirmar que las utopías son “pro-
vocadoras” de cambio social; y “evaluadoras” tanto de propósi-
tos, como de las posibilidades en sí implicadas.
Finalmente entiendo interesante la clasificación que ensaya Hart-
mut Kliemt. Para Kliemt es necesario ubicar las utopías en dos
ejes diferentes. Por una parte, encontramos un eje temporal que
distingue las utopías pasadas, de las utopías futuras. Básicamente
las primeras se relacionan fundamentalmente con la tradición con-
tractualista, mientras que las segundas con la ciencia ficción. Por
otra parte, otro eje distingue las utopías en base a su posibilidad
intrínseca de volverse “alternativas realizables”. Según refieran su
hipostática realización a la labor cotidiana en esta tierra o, según
se refieran a paradisíacos reinos celestiales; a los cuales podemos
ser generosamente convidados o de los cuales, podemos ser peni-
tentemente expulsados, las utopías pueden ser “trascendentales” o
“seculares”.
129
III. Sentido y breve crónica de las utopías políticas
Platón no sólo fue uno de los primeros utópicos, sino que fue lo
que se llama un “ingeniero social”. Su búsqueda de perfección nos
muestra un escenario donde las almas se salvan, y los estómagos
se llenan. Su composición no es una caprichosa disposición de
hechos irreales como habitualmente se entiende, sino más bien,
una receta para un continuo de situaciones necesariamente emer-
gentes dentro de un plan efectivo.
7
Platón en la planificación co-
lonial expuesta en Las Leyes, es un artesano, o un mecánico me-
tafísico de la política que trabaja en un taller que, ciertamente
parece estar en las nubes. No se trata pues, del hermético utopista
del renacimiento que imagina el paraíso perdido; en absoluto. Por
otro lado, en la “República”, por medio de la palabra de Sócrates,
nos muestra como el estado nace de las necesidades humanas (ali-
mentación, defensa, etc.), y de la necesaria división del trabajo.
Aquí están por lo tanto, los orígenes de un utopismo “realista”,
¡vaya paradoja!; que fortísimamente ha influido en la política de
todos los tiempos.
Los utópicos renacentistas en cambio, son sabios arregladores de
“órdenes sociales”. Moro fue el precursor utópico por antonoma-
sia: “un día Utopos creó Utopía”. En su utopía desaparece la pro-
piedad, se funden las clases sociales y se crea un ambiente de ab-
soluta “tolerancia” religiosa. La ciencia, la técnica, y una dosis de
británica insularidad, se desprenden de la utopía “baconeana”,
mientras que con Campanella, se echan los cimientos de un nue-
vo urbanismo, de una racional burocracia meritocrática, un tanto
esotérica antes que weberiana, pero siempre muy organizada en
sus funciones.
Engels, siglos después, intentó analizar el desarrollo del socialis-
mo desde sus comienzos utópicos a su evolución científica. De
todos modos, tampoco se preocupó en aclarar el abismo que sepa-
ra la “Utopía” de la “sustancia” de los acontecimientos. En con-
PABLO RIBERI
7
Cfr. PLATÓN, Las Leyes, Ed. Porrúa, 1998. Robert BUGOSLAW, The New Uto-
pians, p. 9, Prentice Hall, 1965.
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8
Pablo RIBERI, “El Estado Nuevo y Bueno”: La Digitopolítica Cordobesa en el
Tránsito del Leviatán a Robocop, Revista El Tribuno, Nº 25, págs. 761-765
(2001).
secuencia, si confrontamos los presupuestos pretendidamente cien-
tíficos del materialismo dialéctico, notaremos que toda la filosofía
marxista no puede ser portadora de utopía alguna. En absoluto;
pues como ya hemos expresado, o bien sus pronósticos son verda-
deros y por lo tanto siempre se debe predicar verdad desde la teo-
ría (por lo que no puede haber conceptualmente utopía sobre una
certeza y una existencia); o bien es inexacta su comprensión de la
realidad y la imagen final pronosticada. Por lo tanto, al pretender
hacer ciencia, no se puede convalidar una utopía que se inscribe
en la imperfección y el azar que se deriva del desconocimiento del
futuro y la incapacidad predictiva de sus términos.
De tal manera, que desde estos antecedentes, dentro del marco or-
denado por el discurso moderno demócrata-liberal, y con relación
a las posibilidades de las utopías en general, merecen analizarse al
menos dos cuestiones principales. Por un lado, reflexionar sobre la
constante amenaza de las tecnologías sobrevinientes en futuros
deshumanizados y decadentes. Por otro lado, resaltar las gravísi-
mas consecuencias producidas por las determinaciones morales y
culturales que constantemente intentan expulsar las utopías del
sentido práctico del discurso político. Nuestra época parece estar
determinada a proscribir a las utopías igualitarias dentro de las
posibilidades y conveniencias del léxico y de la conciencia de un
insatisfecho hombre contemporáneo. Repasemos pues, las reaccio-
nes más salientes frente a esta tendencia.
En efecto, las llamadas “dystopias”, se nos presentan por caso
como expresiones conservadoras para dar cuenta de la ausencia
llamativa de utopías creíbles. Este género constituye una clara ex-
hortación pesimista que proyecta al hombre en nuevos héroes que
lejos de nacer en cielos olímpicos, serán ensamblados en frías fac-
torías donde se combinan hojalata y microcircuitos.
8
De todos
modos como dice Bloch, “la más fuerte contra-utopía es la muer-
te”, que siempre se lame las alas y que amenazante, pervive en la
131
9
Cfr. E. BLOCH, en “entrevista”, Antrhopos, (146-147), p. 24, Barcelona, 1993.
10
Cfr. K. KUMAR, Utopianism, p. 51, Univ. of Minnesota Press, 1991.
11
Cfr. H. JONAS, Le Príncipe de la Responsabilité, p. 17, Paris, 1995.
conciencia de quienes administran la fuerza.
9
Dado que vivimos
en un mundo parapetado en armas termonucleares: plagado de mi-
seria, conflictos étnicos y religiosos; esta sensación nos es muy
plausible.
La crítica hacia la representación política y el orden socioeconó-
mico siguen siendo los ejes preferidos tanto de la literatura utópi-
ca, como de la antiutópica que los refiere. Por caso, desde el pen-
samiento político-filosófico de Marx a la ciencia ficción de
Huxley, éste ha sido un tema sin duda relevante. La mayoría de
las “dystopias” se mofan y caricaturizan las reglas que regulan la
relación representativa. Así, vemos una tensión entre los valores
democrático-liberales, frente a los fundamentos prácticos de un
sistema político que los soslayan. En reacción, los fundamentos
racionales de las utopías han llevado a pregonar sistemas sociales
altamente concentrados y regulados; a veces amargos retratos de
organizaciones que en su orden, ahogan la libertad. Las utopías
por lo tanto, se vuelven “dystopias”, mientras que por defecto, la
realidad nos lleva a plantear esquemas solidarios localmente, des-
concentrados políticamente y con un gran acento en la libertad in-
dividual, que naturalmente además, tiende a desvanecerse.
10
El mundo antiguo era tecnológica y económicamente limitado. La
ciencia como la riqueza nunca fueron objetivos utópicos centrales.
No hay lugar para la opulencia y el confort en el imaginario anti-
guo. A partir de la Nueva Atlántida de Bacon empero, el credo
cientificista y democrático se incorpora a la pulsión utópica. De
hecho las “dystopias” contemporáneas, alternaron la desconfianza
en las máquinas con el rechazo a los placeres materiales. Aunque
no haya programa, como piensa Jonas, el progreso tecnológico
actual es un “utopismo” implícito dentro de su tendencia.
11
En síntesis, algunos elementos comunes que identifican atávicos
rastros de las utopías hasta nuestros días son: 1. Deseo (Cockaigne);
PABLO RIBERI
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2. Armonía (Paraíso y edad dorada); 3. Esperanza (milenarismo); y
4. Diseño (ciudades ideales: Fourieristas); todos ellos informaron
algunos esquemas políticos modernos, que basados en racionales al-
ternativas fantásticas, supieron desplazar las preferencias y las limi-
tadas e imperfectas realidades que determinan el juego de los pode-
res consolidados.
IV. Las utopías, racionalidad política y críticas abiertas
No hay utopía que no esté al alcance de la imaginación del hom-
bre. De todos modos, cuando más lo pensamos, más patente se
vuelve la inescrutabilidad de la referencia utópica en el discurso
político actual. Pero no hay nada más allá del pensamiento. Lo
cierto es que las utopías han venido siendo expulsadas del discur-
so político y a pesar de ello, el mismo es cada vez más inextrica-
ble y menos atractivo. Es que los enemigos de las utopías, mien-
tras piden más “realismo” y «pragmatismo», no nos hacen ganar
lo que sus intenciones auspician.
En línea con Garzón Valdés, en términos de “racionalidad estatal”,
conviene no confundir lo “bueno” técnico, con lo “bueno” moral.
Qué se “debe” hacer y qué conviene hacer. La “falacia naturalis-
ta” está constantemente presente en este orden de argumentos.
Recordemos también que se es racional en función de medios y no
de fines. Sean utópicos, igualitarios o no, es por lo tanto difícil
encontrar fines racionales en sí mismos. En relación a la política
como instrumento, correspondería distinguir entonces: a. lo bueno
en relación a objetivos; b. lo bueno ético, “privado” y c. lo bueno
“público”, también en términos normativos; procedimentales. De
modo que frente a estos elementos y puestos en un escenario utó-
pico que ciertamente involucre el dominio público, no nos es ta-
rea fácil conciliar racionalmente contingentes asimetrías entre con-
vicciones, deseos e intereses individuales con lo primero.
Quizás por ello también, parte de la literatura liberal en la mate-
ria, ha sido muy severa en sus juicios respecto a las utopías, que
según apuntan, tendería a identificar sus programas con una “filo-
sofía radical”. Y toda filosofía radical en síntesis, sería forjadora
133
12
Dice POPPER: “la racionalidad de la acción política (del utópico), requiere la
constancia del objetivo durante mucho tiempo futuro”. K. P
OPPER en “Utopía y
Violencia”. Editado por B. Muniesa, Sociología de la Utopía, p. 147, Barcelona,
1992.
de utopías y responsable de violencia. Karl Popper ha formulado
ácidas conclusiones sobre el valor negativo de las utopías frente a
los principios de las sociedades abiertas. Para Popper las utopías
son autofrustrantes en cuanto su postulación conlleva el germen de
la imposibilidad de alcanzar sus dorados objetivos. Popper obser-
va que la racionalidad de la acción política se asienta en una cons-
tante propuesta de objetivos a cumplir en el futuro. Aunque sabido
es que el acabado cumplimiento de tales objetivos es imposible,
los utópicos parecen ignorarlo. Como se ha expresado, no se es
racional por los “fines” perseguidos, sino exclusivamente por los
medios dispuestos en función de contingentes objetivos previa-
mente escogidos.
En mi opinión es consistente la preocupación de Popper en cuan-
to que postular fines inconmovibles, conlleva a actuar intolerante-
mente en política.
12
Para Popper, una noción tan fuerte de “bien”
o “bienestar” sólo puede apoyarse en términos totalitarios, porque
la “racionalidad” política así entendida, tiene necesariamente que
abandonar su carácter circunstancial, para fijar su esperanza justi-
ficatoria en sus extremos teleológicos. Vale decir, se desprecia el
carácter eminentemente relacional que los fines tienen en función
de los medios empleables para su satisfacción.
En este punto, merece una especial atención también, la vigorosa
crítica al utopismo de parte de Agnes Heller. Esta autora descarga
fuertes críticas contra el pensamiento de raíz utópica y lo que ella
llama la filosofía radical. En particular, Heller apunta a la filoso-
fía “marxista” diciendo que la misma es engañosa porque asienta
su sentido en lo “absoluto”. ¿Qué quiere decir con esto? Con esto
Heller quiere decir que todas las conexiones de la teoría marxis-
ta y su justificación, se asientan en el “deber ser” de la teoría, lo
que naturalmente lleva a entender la política como “necesidad”.
Para Heller en consecuencia, la filosofía marxista (materialismo
PABLO RIBERI
STUDIA POLITICÆ
04 ~ primavera/verano 2004134
13
Ver A. HELLER, “A Radical Philosophy”, Cambridge, 1984.
14
K. POPPER, ob. cit., nota 12, p. 144. Este tema ha sido ampliamente tratado
por Agnes Heller, quien entiende que existe muy poca distancia entre la utopía
radical, con lo que es la filosofía radical. A. H
ELLER, ob. cit., nota 13. Asimismo,
le acomoda a Popper la cita que hace Manheim de Revai. Cfr. K. M
ANHEIM, Ideo-
logy & Utopia, p. 246, Harvest Book, 1985.
15
A. NEÜSUSS, en Dificultades del Pensamiento Utópico. Supra nota 12, p. 27.
científico: histórico y dialéctico), se encuentra incómodamente
ubicada entre una filosofía radical y una utopía radical.
13
De modo que tanto Agnes Heller como Popper, vincularon utopía
con violencia. Para este último, la utopía ha jugado una negativa
influencia a lo largo de la historia, toda vez que su fracaso es
siempre inexorable y por lo tanto, es un factor detonante de cruda
violencia. Popper, descalifica categóricamente el pensamiento utó-
pico por ser «autofrustrante», y por ende conducente a la violen-
cia.
14
Sin duda, Popper tiene una visión clara aunque parcial del
concepto. Vale decir, aunque pueden ser correctas estas relaciones,
notamos sin embargo que la comprensión popperiana del género,
se aleja notablemente de la idea común de “utopía”. Por ejemplo,
tal como es descripta por Neüsuss, para quien (como la mayoría
de la gente), el valor alternativo de una utopía es que representa
un nuevo orden frente a la organización política vigente.
15
Entiendo por mi parte, que no toda utopía es intolerante y que
bien es posible tener un cuadro menos acabado y una noción más
débil de “bien”; que a su vez nos permita el diálogo y el entendi-
miento a partir de variados discursos racionales que se solapen y
se disputen simpatías. Digamos, integrar un mercado de ideas y
utopías racionales formalmente proclives al compromiso de la vo-
luntad individual y al debate abierto de contenidos. En otras pala-
bras, promover un sistema político donde se multipliquen utopías
que no sólo toleren el debate sino que estén dispuestas a competir
entre sí.
De todos modos y tal como advierten estos críticos puntos de vis-
ta, una decisión política se la materializa de la mano de la argu-
mentación o por medio de la violencia. Sospecho que es por esta
135
16
Los datos del Banco Mundial y otros organismos son elocuentes. Según The
Economist, aunque en la actualidad en los Estados Unidos la calidad de vida de
un individuo de clase media es mejor que la que tenía cualquier millonario en el
siglo XIX, aun allí, algunos indicadores merecen llamar nuestra reflexión. Por
ejemplo, hoy existen en el planeta 425 multibillonarios (en dólares). Paralela-
mente, al menos un 5 % de la población del globo vive con 1U$ y otro 8 % más
lo hace con 2 U$ o menos. Según datos del Banco Mundial recogidos por esta
publicación, podemos observar que en la década del ’60 la diferencia de ingreso
entre el 20 % más rico con el 20 % más pobre era de 30 veces la renta de este
último. En el año 1997, esta relación trepó a 74 veces. Cfr. The Economist, Nº
8226, June 16th’22nd, 2001.
sensación que el ataque al “utopismo” persigue algún objetivo
mayor, cual es demoler los vínculos que el pensamiento utópico
ha trabado con las ideologías revolucionarias. Pero conviene no
obstante seguir enfatizando la importancia que conserva la utopía,
tanto como factor determinante en la argumentación pública, como
con relación a toda forma de deliberación política racional. En mi
criterio, los cambios revolucionarios (o reformistas), pueden ser
valiosos tanto por su contenido como por su “forma”. Digamos
por último, que no hay suficiente evidencia que demuestre víncu-
los entre pensamiento utópico y violencia política. Sí la hay en
cambio, sobre la injusta y opresiva situación que sufren millones
de seres humanos en este mismo instante. Una comunidad liberal,
necesita de la política para desarrollar las condiciones utópicas de
la mejor República.
V. Las raíces utópicas del igualitarismo y nuevos desafíos
La igualdad es un concepto normativo antes que descriptivo. De
hecho no somos todos iguales. De cualquier manera, es clara la
lucha emprendida en distintos tiempos y lugares para traer igual-
dad donde no la hay. Definimos «igualitarismo» como la corrien-
te de pensamiento que se preocupa por la igual consideración de
los individuos. Esto es, igualdad en relación a las condiciones for-
males, materiales y de derechos de todos los seres humanos.
16
El
igualitarismo se puede pensar de diversas maneras. No obstante
PABLO RIBERI
STUDIA POLITICÆ
04 ~ primavera/verano 2004136
los grandes e invalorables esfuerzos de John Rawls y otros auto-
res que recuperaron la tradición contractualista, cierta pulsión
igualitaria se extravió junto a los fracasos del marxismo dogmáti-
co y a las cíclicas crisis del estado de bienestar. Igualitarismo y
racionalidad, no siempre supieron configurar un par bien avenido.
Sus enemigos además, son bien poderosos. Por último, algunos
presupuestos antropológicos, conviene se sometan a mínimos exá-
menes.
La vida perfecta supone que la naturaleza o el hombre tienen un
propósito compatible o al menos potencialmente apto para desa-
rrollar dicha perfección. La plena satisfacción en un mundo desa-
rrollado, técnicamente opulento; con economía de oferta múltiple
casi ilimitada, pareciera que lo mismo requeriría la domesticación
de las necesidades y el dominio del deseo. En este contexto em-
pero, utopía y política no tendrían mayor importancia en cualquier
sociedad económicamente organizada en términos de un mercado
perfecto. Por el contrario, como observa Schumpeter, pareciera
que el mercado es más eficaz en la producción de bienes y servi-
cios cuando cuenta con asimetrías en su seno. De todas maneras,
si hay algo que distingue a las utopías en el pensamiento político,
es su evidente “inmovilidad”. La imaginación se siente colmada
ante el deseo estático y detallado del objeto naturalmente ausente.
Un derroche de racionalidad descriptiva convierte al mundo desea-
do en algo altamente racional, aunque se debe decir también, des-
conectado de caminos privados para gozar su realización.
Ahora bien, existen algunas voces disonantes que queremos desta-
car. Quizás la percepción más sistemática del deseo y la imagina-
ción, pegados a la izquierda política, nos la da Ernst Bloch. ¿Qué
nos dice Bloch a este respecto? Para Bloch las utopías pertenecen
a un género literario que hunde raíces en el discurso filosófico.
Recordemos en sus palabras que la filosofía es “la conciencia”,
es un “totum” en avance. Esto quiere decir que no se trata de un
hecho, sino que se trata de una inmensa conexión de hechos; de lo
que está haciéndose, “con lo que todavía no ha llegado a ser”.
Por otro lado, el igualitarismo, es una tendencia política, religiosa
y social, tan vieja como la imaginación del hombre. Bloch desta-
137
17
Cfr. Peter ZUDEICK, “Ernst. Bloch, Editorial”, p. 3.
18
Cfr. E. BLOCH, ibidem.
19
Cfr. E. GARZÓN VALDÉS, “Polis sin Politeia. Ernst Bloch y el Problema del
Derecho Natural”, en Derecho, Ética y Política, p. 135, Madrid, 1993.
20
Cfr. J. HABERMAS, Ensayos políticos, p. 47, 1988.
ca esta condición histórica del hombre. En la historia, los mundos
deseados tienen su fundamento en el llamado “principio esperan-
za”. En consecuencia, es a partir de este principio que la concien-
cia utópica absolutiza el presente desde la afirmación del futuro.
17
Se trata en definitiva, de entender la realidad como algo abierto,
inacabado, siempre rodeada por la estructura de la posibilidad. El
objetivo es la “esperanza”, porque el anhelo vale incluso más que
su satisfacción. Bloch nos dice que todo está al final, cuando el
hombre logre súbitamente superar las condiciones que desalenta-
ban su desarrollo.
La utopía por lo tanto, se convierte en un “pathos” necesario para
conservar la esperanza. La esperanza sirve para recorrer el cami-
no “imperfecto” hacia la perfección final. En sintonía marxista,
Bloch ve en la utopía la parcialización del futuro. La utopía pre-
tende adelantarse al curso de los acontecimientos y es allí donde
dialécticamente no sólo el ser condiciona la conciencia, sino que
la conciencia elabora el ser.
18
La realidad entonces, es sólo “ten-
dencia”. Como observa Garzón Valdés, media un auténtico huma-
nismo en su pensamiento. La política para Bloch es libre (“Polis
sin Politeia”); por eso le es posible trazar un vínculo significati-
vo entre las utopías sociales, con el derecho natural.
19
Según Bloch, un marxista no tiene derecho a ser pesimista. Aun-
que la “totalidad” esconda carencias, las utopías son necesarias
pues se lucha mejor con imágenes que con abstracciones. En otras
palabras y en línea con lo que piensa Habermas, aunque es difícil
concebir utopías fundamentadas teóricamente, si podemos al me-
nos teorizar sobre su utilidad.
20
En este sentido, Bloch crea un
aparato conceptual con axiomas básicos para reforzar una visión
utópica de la ética, la ontología, y de una filosofía de la historia.
La perspectiva marxista, le abre a Bloch una visión “optimista” y
PABLO RIBERI
STUDIA POLITICÆ
04 ~ primavera/verano 2004138
21
Cfr. K. MANHEIM, ob. cit., nota 14, p. 199.
22
Para Manheim cada modelo político genera utopías que circularmente a su
turno ayudan a romper el modelo, que de esta manera queda liberado para re-
componer un nuevo orden de existencia con nuevas utopías. Ver, K. M
ANHEIM,
op. cit., nota 14.
racional del mundo. Así, nos habla del “principio de esperanza” y
de una ontología del “todavía-aún-no”; donde la materia esta de-
terminada por la posibilidad: “poder ser, en base a una visión del
deber ser”.
Manheim señala con meridiana claridad en este punto que aunque
las ideologías son utilizadas para estabilizar un orden social; son
las utopías las que sirven para promover transformaciones. Las
utopías son verdades prematuras. Por ello, las utopías y las ideo-
logías son presentadas en una relación dialéctica a partir de la cual
la noción de “orden” se ajusta a las tendencias y necesidades epo-
cales que circunstancialmente las pueden promover.
21
Es evidente
entonces, que para Manheim media una estrechísima relación en-
tre los modelos políticos y las utopías que se generan.
22
Vivimos
en una sociedad altamente compleja donde la representación y la
política necesitan de legitimidad. Hablamos entonces, de la doble
dirección “manheineana”, como un posible camino de fundamen-
tación del sistema político. Naturalmente que se trata de una bús-
queda de modelos (pseudo)utópicos plausiblemente realizables; y
por otro lado, de una búsqueda de valores fundantes para estabili-
zar un orden y un sistema que necesitan de imaginación, esperan-
za y racionalidad.
Otro aspecto digno de ser mencionado es el que vincula al pensa-
miento utópico con el progreso tecnológico. Esto es importante,
pues se advierte una poderosa relación entre avance tecnológico y
déficit de la representación política. Además, el vertiginoso desa-
rrollo de tecnologías por parte del sistema capitalista, sin duda
abre una brecha inconmensurable de conocimiento y opulencia
entre países desarrollados y países que no lo son.
No caben dudas que una sociedad que involuntariamente resulte
tecnificada bajo estándares extraños, verá tarde o temprano frus-
139
trados sus deseos. Naturalmente, verá también cómo el sistema
político y económico tiende a colapsarse sin una adecuada cons-
trucción de sentido. En situaciones como éstas, el ciudadano co-
mún se encuentra involucrado en un proceso perverso, donde con-
forme las reglas de la dialéctica del discurso electoral, observa lo
que Offe llama la puja constante de programas electorales, en vir-
tud de lo cual, no resulta otra cosa que la multiplicación de sus
expectativas y por ende de sus posteriores frustraciones.
23
A me-
nudo se produce una sustitución de valores que se reproducen con
la velocidad del cambio tecnológico. La política se concentra dis-
cursivamente en hacer buenas “encuestas” y simples “ofertas”, en
vez de generar complejos “programas y utopías”. En países como
el nuestro, la simple inflación de las promesas, provoca el inelu-
dible desencanto popular.
Así, en el “dystópico” relato futurista, siempre se muestran los
vacíos de la representación y galimatías de un discurso que ensa-
ya una crítica general a la conformación del estado fantástico que
se describe. Los protagonistas involucrados en lo público, son pre-
sentados como provocadores de peripecias temáticas que nutren la
trama de la novela o el ensayo. Además, los modelos utópicos en
general, tienden a estrellarse necesariamente con la valla insupe-
rable de la contingencia política que los ha forjado. Las utopías
pesimistas (“dystopias”), donde naufragan los protagonistas, son
tautologías que operan en realidades que promueven asfixiantes
objetivos sociales que desplazan las autonomías individuales y los
ámbitos de libertad de sus protagonistas.
Las grandes inequidades en un planeta donde cuatro quintas par-
tes de sus moradores viven en la pobreza y donde sus habitantes
más ricos comen hamburguesas congeladas en despersonalizadas
unidades de consumo, no alienta el optimismo que se vislumbró
en los albores de la modernidad. La masificación e “igualación”
de las sensaciones bajo los dictados de la “mano invisible”, hasta
ha trivializado el encanto de la libertad. Es un dato que a nadie
PABLO RIBERI
23
Ver C. OFFE, citado por HABERMAS en Problemas de Legitimación en el Capi-
talismo Tardío, p. 95, Amorrortu Editores, 1991.
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24
Cfr. C. MARX, Manifiesto Comunista, p. 59, Sarpe, 1985.
escapa que el escepticismo se patentiza plenamente en protestas o
en una generalizada resignación frente a la injusticia y la desigual-
dad. El (no) mundo de los iguales vs. el mundo de los (no) igua-
les; utopismo vs. pragmatismo; diferencia y utopía, todos polos
que nos indican la lógica binaria que anima el ciclo vital de nues-
tras insatisfacciones.
VI. La política entre puja de valores y decisión de esperanza
Como hemos apuntado, la mayoría de las utopías no fueron he-
chas para ser premonitorias realidades; ni son recetas para po-
líticos o estadistas carismáticos. Las utopías han servido fun-
damentalmente para clarificar razones y valores en disputa.
Algunas utopías como la de Wells o Butler, parecen servir para
realzar conclusiones dentro de un concepto “evolutivo” de histo-
ria. Otro costado, nos muestra que todavía la tradición utópica
concentra presupuestos y axiomas que informan una teoría social
positivista o cientificista, que puede conjugarse con la capacidad
del hombre en armar un futuro de mayor abundancia y más equi-
tativo.
Comte, Engels o Marx no fueron utópicos aunque alimentaron sus
obras filosóficas con alguna inspiración utópica. Saint Simon en
cambio, pretendía cambiar la noción de “paraíso” y traerlo “des-
de el pasado al futuro”. Al igual que Engels, Marx critica la tra-
dición socialista-utópica por ingenua. Para Marx la importancia
del socialismo utópico es inversamente proporcional a su “desa-
rrollo histórico”.
24
En rigor, la filosofía entonces es un tiempo y
un espacio en el pensamiento. Sin embargo, en la actualidad, gran
parte de la izquierda ha dejado de presagiar el cambio social per-
manente; o las condiciones estructurales que parecían hacer mover
los engranajes de la historia. El “fantasma” que recorría Europa y
que se llamaba comunismo se esfumó sin dejar rastros. El socia-
lismo científico que ganó el debate, no pudo conservar la esperan-
141
25
Cfr. F. ENGELS, Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico, p. 53, Bue-
nos Aires, 1974.
26
Para Castoriadis en el capitalismo, la economía real y la teoría apenas si guar-
dan relación. Las construcciones de la economía política académica “son incohe-
rentes o carentes de sentido, o sólo válidas para un mundo ficticio”. Cfr. C. C
AS-
TORIADIS, Figuras de lo Pensable, p. 68, Madrid, 1999.
27
Cfr. Saint SIMON, Catecismo Político de los Industriales, p. 38, Hyspamerica,
1985. Cabe agregar al respecto, la atinada observación de Frank y Fritzie Manuel.
Estos autores destacan como Saint-Simon busca un equilibrio difícil entre “igua-
litarismo” y “naturaleza”. Dado que asume una posición “organicista”, contra las
tendencias “mecanicistas” y “atomitas” , debe lidiar con las obvias desigualdades
za. El socialismo utópico que perdió el debate, se llevó las reser-
vas de ilusiones.
Engels critica con razón que los socialistas utópicos, en vez de li-
berar una clase determinada, pretenden liberar la humanidad de
golpe.
25
Si la “racionalidad” legitima la teoría, será por ello que
el socialismo utópico fue desplazado por la mayor carga explica-
tiva del pensamiento de Marx y Engels. De todos modos, las de-
terminaciones hegemónicas del pensamiento marxista tuvo que
vérselas con otros paradigmas explicativos, que décadas mediante,
también les llevaron los favores de intelectuales y de muchos seg-
mentos dinámicos de la sociedad. Con mayor amplitud, digamos
que tanto el marxismo más canónico, como las variantes socialde-
mócratas que destacaron el significado de la racionalidad econó-
mica, terminaron produciendo sendas ideologías que “autónoma-
mente” desarrollaron y definieron estándares de evaluación sobre
sus propias consistencias explicativas.
26
No obstante, hubo otras voces más expuestas. Por ejemplo, Saint
Simon tuvo una visión moderna del gobierno y la política que
aun hoy merece ser tenida en cuenta. Fue un precursor en el es-
clarecimiento de los problemas que singularizan nuestra época.
Afirmaba Saint Simon, “la tendencia política general de la in-
mensa mayoría de la sociedad es ser gobernada lo más barato
posible, ser gobernada lo menos posible, ser gobernados por los
hombres más capacitados y de una forma que asegure completa-
mente la tranquilidad pública.
27
Saint Simon es por lo tanto otro
PABLO RIBERI
STUDIA POLITICÆ
04 ~ primavera/verano 2004142
que muestra la realidad y la naturaleza. Sólo la ciencia y la organización coope-
rativa pueden ayudar al progreso. Cfr. F. E. M
ANUEL y F. P. MANUEL, ob. cit.,
nota 4, p. 600.
racionalista, moderno, que impregna de sentido “quiliástico” la
religión utópica que cree en la posibilidad de una democracia
científica.
Que todos los hombres debieran trabajar no era una consigna evi-
dente en esa época. Así, nos lo dice el mismo Engels cuando ob-
serva que Saint Simon prematuramente advirtió la absorción de la
política por la economía. El punto es que si la imaginación está
atada a la política, la política a la economía y esta última a la rea-
lidad; es pleno entonces, que la imaginación debía estar atada a la
realidad. Pensadores como Saint Simon, no sólo reivindicaron las
utopías, sino que centralizaron la política sin cortar amarras con
un marco de racionalidad.
Otra cuestión importante relacionada con este tópico es que siem-
pre ha resultado difícil trasladar las utopías de la ficción literaria
al lenguaje de la política y de ahí a los programas de gobierno. En
términos básicos, utopía e ideología son parientes cercanos que
han ayudado a alimentar este circuito. Para Manheim por caso,
tanto el “socialismo” como el “liberalismo” son expresiones de
ideas situacionales y trascendentales; son corrientes de pensamien-
to, ideologías que provocan estabilización en los ordenes sociales.
Manheim adscribe a una dimensión histórica y determinista de las
utopías como proyectos sociales. Las utopías en su opinión, antes
que negar la realidad, la anticipa; razón por la cual, tanto el socia-
lismo como el liberalismo han sido en alguna medida utopías.
Vale decir, son o han sido utopías siempre que entendamos que
sus objetivos fundamentales merecen ser asumidos por grupos aún
no dominantes en la sociedad.
Hay utopías que refieren a una felicidad tranquila. Estas son uto-
pías que parecen fotografías medioevales de lo que debe ser un
“orden sabio”. Por otra parte, hay otras utopías que dinámicamen-
te introducen problemas sociales tales como las demandas por
igualdad material entre los miembros de una comunidad (utopías
143
modernas). En estas representaciones, la libertad suele ser el pre-
cio a pagar cuando la imaginación aniquila la vitalidad de un pro-
yecto político igualitario.
No hay lugar para “Prometeo” en Utopía. Los rebeldes mueren
camino a Utopía. Utopía es un “locus” plácido donde no hay lu-
gar para los libre pensadores que se ahogan en sus irreconocibles
mares. La revolución puede ser una utopía, el estado revolucio-
nario no. Esto es parte del esquema racional que perfectamente
narra el camino trascendente a murallas inexpugnables. Hay un
final feliz, pero plagado de “infelices” mortales que abonan el
tránsito racional a la anarquía estática y perfecta de utopía.
Mientras que con Hegel la filosofía invita a priorizar el cono-
cimiento por sobre la esperanza; a partir de Bloch, es posible
recorrer el camino inverso. Por ello se puede rescatar retrospec-
tivamente el iter que va desde el “socialismo científico al So-
cialismo utópico”. Tal como hemos señalado a partir de Bloch,
se puede reconciliar socialismo con utopía y esta última con la
“esperanza” humana. La esperanza es una condición esencial y
exclusiva del hombre; la “docta spes” a la que alude Garzón
Valdés.
28
Esto es importante. De todas formas se debe evitar
adherir a una “esperanza sin fundamento”, ni significado pro-
yectivo, claro está.
29
La filosofía de Marx en sintonía utópica, promueve liberar al hom-
bre del estado y la economía. Para Bloch, Marx tenía razón en me-
nospreciar el utopismo abstracto, pero se equivocaba al no reparar
adecuadamente la tendencia utópica en la historia. Para Bloch en-
tonces, el marxismo sería una “utopía genuina, mediata y procesal-
mente abierta”. La igualdad se refiere al modelo. El mundo en sí,
sería un proceso infinito, no resuelto y objetivamente problemático.
La conciencia del hombre tiene un reconocimiento y una dimensión
PABLO RIBERI
28
Cfr. E. GARZÓN VALDÉS, ob. cit., nota 19, p. 143.
29
Destaco en este punto que por “tiempo histórico” entiendo la relación entre
pasado y futuro, en cuanto dimensión antropológica de lo que sería la “Historie”
(en alemán). Esto es, siguiendo a Koselleck la implicación recíproca entre “expe-
riencia” y “expectativa”.
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04 ~ primavera/verano 2004144
30
Cfr. S. Rota GHIBAUDI, L’Utopia e L’Utopismo, p. 63, Ed. Franco Angeli, Mi-
lano, 1987.
31
F. ENGELS, ob. cit., supra nota 25, p. 49.
de “no-todavía”, que es la base de una epistemología y una lógica
específica para la utopía.
30
Utopía e igualitarismo pueden tener discrepancias según los obje-
tivos asumidos por quien sostenga la prioridad contingente de va-
lores potencialmente competitivos como eficiencia (económica),
libertad (egoísta), o justicia (distributiva). La realidad sin duda,
impide repartir lo que no hay. Un artículo interesante de Haupt-
Lehman bajo el título “The loss when the Cream can’t Rise to the
Top”, aborda estas alternativas cuando cuestiona la vocación utó-
pica del socialismo de “igualar” (materialmente). Haupt-Lehman
considera que la igualdad no puede constituir un valor estatal para
promover políticas públicas. Si se trata de maximizar el valor
igualdad, entonces no hay más remedio que igualar para abajo.
Vale decir, para él, “igualar significaría igualar para abajo, porque
no podemos hacer que la crema llegue arriba. Esta es una crítica
habitual que aunque tenga consistencia, suele ser a menudo super-
ficial. En cualquier caso y por sobre de la economía, utopía e
igualitarismo necesitan de un marco deliberativo que claramente
ofrece la política.
Engels decía que el socialismo es un reflejo en la inteligencia.
31
Tanto él como Marx, trataron de mostrar como las viejas ideas y
conceptos de la economía y de la política habían sido “irraciona-
les” en aquel tiempo. Hoy estamos en una situación similar. El
primer Rawls intentó salvar latentes contradicciones entre libertad
e igualdad y por medio del llamado principio de la «diferencia»,
logró además postular una poderosa razón filosófica (antes que
política), para lograr sobrellevar desigualdades en una sociedad
«bien ordenada». No olvidemos también que desde Aristóteles la
política es «praxis» racional y que la misma noción de «justicia
distributiva», necesita de un tercero que distribuya (y por tanto,
que actúe en un marco político).
145
32
Marx nos dice que “todos los estadios de la producción tienen determinacio-
nes comunes, a las cuales el pensamiento otorga un carácter general; pero las
pretendidas “condiciones generales” de toda producción no son otra cosa que
esos factores abstractos que no responden a una etapa histórica real de la pro-
ducción. C. M
ARX, Introducción a la Crítica de la Economía Política, p. 23,
Buenos Aires, 1974.
En consecuencia, advertidos del agotamiento discursivo de la iz-
quierda tradicional; conociendo la debacle del socialismo cientí-
fico como teoría y práctica, correspondería revisar todas las no-
ciones como revolución proletaria, naturaleza, clase, sociedad y
orden estatal, pues todas ellas se encuentran en crisis. Digamos
también, que con sus más modestos recursos humanistas, la recu-
peración del viejo curso de la “esperanza” que proponía el socia-
lismo utópico, es quizás un dato que los exploradores de vías al-
ternativas no debemos soslayar. El discurso “racional” necesita
nuevamente un sentido utópico e igualitario, porque necesitamos
más política y porque desconfiamos de las categorías pseudo-
científicas que proclamaron la “alienación” proletaria, y el “an-
titípia” material de las condiciones revolucionarias del socialismo
en tiempos protoindustriales.
32
Todavía hace falta imaginación,
porque la lucha hoy está dada en un medio cada vez menos hu-
mano.
De nuevo, nuestra época ha montado un sesgado paradigma de
racionalidad, mientras endógenamente se reproducen oscuros
horizontes que presagian la infinitud de expectativas frustradas.
La política languidece sin mayores resistencias. Las ideologías
vigentes marcan los límites de los deseos, intereses y creencias
de quienes “hegemonizan” los espacios discursivos. Una filigra-
na que recubre el discurso político, es la misma que transparen-
ta la anemia utópica de la que somos víctimas. Las “ideologías”
entonces, crean discursos performativos tanto para hacer como
para impedir realidades. El fin de las ideologías en pocas pala-
bras, no sería otra cosa que una doble capitulación sobre la li-
bertad, la igualdad, la solidaridad; sobre la política y la espe-
ranza en general.
PABLO RIBERI
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04 ~ primavera/verano 2004146
33
K. MANHEIM, ob. cit., nota 14, p. 173.
34
Ver K. KUMAR, ob. cit., nota 10, p. 92.
35
Ver K. MANHEIM, ob. cit., nota 14, p. 19, Harvest Book, 1985.
VII. Ideología y utopía en los pliegues de la política
Para Manheim una idea es utópica si su comprensión promueve
acciones colectivas encaminadas a que los objetivos de cambio
social se vuelvan compatibles con los objetivos que la sociedad
postula.
33
Las utopías entonces, son eslabones “para la realiza-
ción progresiva de las filosofías políticas”.
34
Esto implica “sape-
re audere” a la razón. Las utopías caracterizarían entonces las as-
piraciones revolucionarias o de cambio de los intelectuales, de los
grupos ascendentes; mientras que las ideologías serían como uto-
pías en reposo o decadencia; el residuo de las aspiraciones domes-
ticadas de los partidarios, burócratas que ejercen el poder. Coinci-
dimos con Manheim que tanto las ideologías como las utopías son
formas desarrolladas de pensamiento y no simples reacciones ins-
tintivas y secundarias dentro de una tradición intelectual de poca
envergadura.
Notemos que para Manheim sólo existen dos clases fundamenta-
les de utopías: a) Las absolutas, descripciones fantásticas; b) y las
relativas más cercanas a las ideologías. Dentro de las “relativas”,
Manheim destaca cuatro distintas etapas asequibles a cuatro dife-
rentes corrientes de pensamiento claramente identificables en la
historia occidental: “quiliastica”; liberal; conservadora y socia-
lista.
35
No hay que olvidar que las ideologías nacen al calor del
poder, mientras que las utopías nacen en contra del mismo. Si a
esta raíz contestataria le sumamos la proyección teórica de distin-
tas tradiciones que se conjugan en la historia política de occiden-
te, podemos reconciliar a la utopía no sólo con un papel alternati-
vo al discurso político hegemónico, sino fundamentalmente como
matriz de “esperanza” para los hombres. Las utopías deben pro-
mover sorpresas, y las sorpresas precisamente “sorprenden”
cuando el relato traiciona o subvierte un supuesto o una expecta-
tiva dada. Las plácidas u optimistas expectativas (o supuestos) del
147
lector, alientan las utopías. Las malas expectativas del lector,
alientan las dystopías.
El pensamiento utópico parece una araña gigante, cuyas extremi-
dades se posan en lugares distantes. Una pata en la realidad, otra
en la fantasía; una pata en la crítica social, otra en los programas
reformistas; una pata en el presente, otra en el futuro; una pata en
la mesura de la razón, otra en el exceso de la voluntad. En pocas
palabras, un animal espeluznante cuyos movimientos histéricos
son sorprendentemente coordinados y precisos. En sigiloso deam-
bular a través de dos mundos: uno virtual y otro real, nos devuel-
ve a nuestra “extensa y cartesiana” naturaleza. Las utopías man-
tienen vivo el deseo, la esperanza, y constituyen referencias para
“educar”, siendo en definitiva un producto que facilita la ficción
representativa democrática. Las utopías han obrado como espejos
donde esperanza y poder se reflejan con una pálida luz de encan-
to y desencanto. De todos modos, aunque vayan desapareciendo
del cuadro emocional predilecto de los intelectuales; porque las
pocas utopías actuales ya no son como lo fueron alguna vez “ad-
monición de sentido”; aún así, pueden aparecer en algunos progra-
mas que refloten un atávico sentido de rebeldía o cambio.
En consecuencia y tal como dijimos, por una parte existe una tra-
dición “trascendente” dentro del pensamiento utópico, más anti-
gua, casi agotada y sólo explorada por algunas corrientes sesgada-
mente milenaristas, que aún hoy esperan mágicamente la
concreción divina del cielo en la tierra. Por otro lado, otra tradi-
ción utópica inmanente, más bien “secular”, que empeñosamente
concilia sus viejas impresiones con la carga teórica heredada de la
modernidad. Creemos en esta vertiente que todavía porfía en de-
sarrollar su programa de libertad e igualdad inconcluso.
La utopía en este marco, es más que puro sueño iconoclasta; es
presente siempre continuo. Con mayor claridad, es presentimiento
actual de un “advenir” o una “metexis” en términos platónicos.
Decimos esto, no sólo por referencia a aquellos que tienen una
concepción materialista de la historia, en base a la relación orden
social sistemas de producción; sino con mayor latitud, en homena-
je a la perspectiva moderna de racionalizar, deconstruir y natura-
PABLO RIBERI
STUDIA POLITICÆ
04 ~ primavera/verano 2004148
lizar el pensamiento político y la acción colectiva. Es que las uto-
pías modernas no pueden negar la realidad. Al contrario, deben
asumirla y procesarla con sus deformaciones y excesos.
Como hemos afirmado, Manheim entiende que todo el pensamien-
to político puede reducirse a dos tipos: el utópico y el ideológico.
Uno, transformador y típico de las vanguardias ascendentes. El
otro, más bien conservador y característico de las clases dominan-
tes. Es imposible renunciar voluntariamente a las utopías, pues se-
ría renunciar a la política. De modo que siguiendo a Manheim y
Ricoeur, las ideologías denotan situaciones objetivas de los indivi-
duos que conforman un orden social, mientras que las utopías son
auténticos sueños colectivos de grupos ascendentes que pujan por
el poder. Mientras que habitualmente nos ufanamos de nuestras
utopías, negamos en cambio las ideología a la que respondemos;
y eso no es pudor.
36
Las ideologías “legitiman”, mientras que las
utopías cuestionan la autoridad. Este es un dato no siempre asumi-
do por nuestra conciencia crítica.
De manera que la cultura, el arte y el pensamiento crítico en ge-
neral no es mucho más que la cresta visible de las utopías cen-
trales que genera una sociedad determinada. Por ello, el fin de
las ideologías no sólo implicaría el fin de la historia como sugie-
ren Kojéve o Fukuyama, sino que naturalmente importaría una
doble muerte para las utopías. El fin de las utopías a su vez,
marcaría en concordancia con Fourier (en una época postindus-
trial) el fin de la civilización o una etapa “postcivilizacional” y
“a-crítica”. Sería la muerte de la política. Sería en síntesis, una
lúgubre “mise en scène” de la muerte total de la “esperanza” co-
lectiva.
Hemos dicho que el pensamiento utópico nutre sus raíces en cons-
tantes presupuestos prácticos y estéticos. Su inclinación prescrip-
tiva se desprende por lo tanto, como una sanción al presente. En
sus distintas variantes las utopías nos dicen como “debe ser” o
como “no debe” ser el futuro. Si observamos el desarrollo que he-
mos hecho sobre utopía y crítica utópica, notaremos una latente
36
Dice Ricoeur: “En su autodescripción, la utopía se sabe utopía, y pretende
ser una utopía. Cfr. P. R
ICOEUR, Ideología y Utopía, p. 57, Gedisa, 1994.
149
tensión entre “perfección y libertad”. De cualquier manera resulta
obvio que la no-postulación de apetecibles “deseos” como son las
utopías de la razón, de la ciencia y de la democracia, lejos de uni-
versalizar un bienestar y una felicidad “realista”, va a arrojar al
planeta a una era de resignación, con notables rasgos de esterili-
dad y servilismo.
Baudrillard desafiando a Hegel se pregunta si el mundo es real,
“¿cómo es posible que no sea desde hace mucho tiempo racio-
nal?”.
37
No podemos saber esto, porque precisamente estamos
dentro de una desquiciada realidad. Haciéndole un guiño a Nietzs-
che, Baudrillard sagazmente afirma que sin creencias, voluntad y
poder, el mundo se vuelve insoportable. En consecuencia, explicar
el sentido radical de las utopías no puede ser intentado sin correr
algunos riesgos que hemos asumido con convicción. Superar teó-
ricamente los límites antes referidos es casi imposible. Para cono-
cer sus confines, nos haría falta un paradigma que supere la ma-
triz conceptual que ha venido definiendo la política desde hace
unos veinticinco siglos. Quizás, con tónica postmoderna se pueda
intentar traspasar los límites de tal canon. Nosotros en cualquier
caso, renunciamos voluntariamente a intentarlo.
En rigor, la utopía para nosotros es una percepción de “sentido”
incompleto. Se trata de un horizonte firmemente incrustado en el
tiempo histórico que nos toca vivir. Cualquier utopía por lo tan-
to, siempre está anclada a un futuro abiertamente desfigurado por
el mismo pensamiento que la concibe. Utopía es un (no) lugar
voluntariamente “aislado”, que se distingue tanto de la realidad
del lector como la del escritor. De manera que si reivindicamos
la política como praxis racional, si entendemos la imaginación
como mónadas de razón que pretenden cargar con toda nuestra
humana frustración, las utopías todavía hoy pueden seguir sien-
do útiles.
En cualquier sociedad civilizada, las utopías suponen una sociolo-
gía y un discurso asequible a grupos humanos disconformes. Has-
ta el conservadurismo tiene su utopía de volver al pasado. Ricoeur
PABLO RIBERI
37
J. BAUDRILLARD, El Crimen Perfecto, p. 26, Ed. Anagrama, 1996.
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como Manheim advierten empero, que ya desde el siglo pasado
hay un claro movimiento que indica la declinación de las utopías
y esto hay que asumirlo. Naturalmente que este declive provoca la
desaparición de las incongruencias y un mayor ajuste colectivo a
la realidad. Esta actitud a su vez, excluye lentamente a los disi-
dentes (con sus utopías claro está). La marginalización de las uto-
pías y los valores igualitarios de la modernidad, ha llevado a for-
tiori, a la indudable marginalización de la política.
VIII. Colofón
Las utopías no tienen “dónde” (ni “cuándo”). Dejando de lado el
valor estético literario, las utopías nos sirven porque entre otras
cosas, nos vuelven plausibles las deplorables condiciones de mise-
ria y pobreza que afectan a muchos seres humanos. Su valor radi-
ca con exactitud, en los efectos que provoca en el imaginario co-
lectivo, dispuesto a corregir el orden económico, social y político
que las produce.
Aún a riesgo de enfrentar muchos inconvenientes epistemológicos,
se ha pretendido superar la mera descripción de hechos y reglas
donde las utopías y el igualitarismo, a menudo se ofrecen en pa-
res ordenados. En cualquier caso, conformar un “deber” obrar en
el mundo, cuando el modelo se encuentra definitivamente extraña-
do de las coordenadas espacio-temporales que gobiernan (nuestro)
mundo, es sin duda tarea poca sencilla. Se trata de todos modos,
de poner nuestra mirada en dirección a un posible meta-mensaje,
un ámbito encriptado en un “deber” genérico del ciudadano que
debe trabajar, pensar y hacer política para un mundo mejor. Por
encima de imposibles éticas utópicas, escudriñemos las bases filo-
sóficas de una única obligación que prescriba adoptar una actitud
creativa, libertaria, que pueda dar sustento a discursos políticos y
a acciones colectivas de esta naturaleza.
De manera que existe una estrecha relación entre “aspiraciones
democráticas”, “sentimiento igualitario” y “contenidos utópicos
indeterminados”. En sociedades muy complejas y con nuevos
desafíos tecnológicos, las hebras que atan estas relaciones se han
151
ido perdiendo. Frente al creciente pragmatismo y la canonización
de las doctrinas económicas dogmáticas, la política no ha sabido
articular discursivamente su perenne significado. Las nuevas de-
mandas de una sociedad cada vez más exigente en sus reclamos
frente al Estado, nos muestra una política menguante. El conte-
nido discursivo de los mensajes partidarios, las proclamas, plata-
formas, se han vuelto presa del oscurantismo, los discursos emo-
tivos y las rémoras pragmáticas que buscan salvar algún modesto
lugar del escenario público, para sus desprestigiados administra-
dores.
En consecuencia y paulatinamente, la política se ha ido margina-
lizando; ha ido perdiendo jerarquía simbólica frente al tribunal de
la razón. Por el contrario, creemos que la política debe aún desa-
rrollarse institucionalmente. Para ello, necesita recuperar la pul-
sión igualitaria y fortalecer las condiciones discursivas que la re-
producción de utopías permitiría dentro de una democracia
deliberativa. Esto constituye una parte del programa incompleto de
la modernidad y es una exigencia natural para resignificar el pro-
yecto deliberativo de una democracia con contenidos republicanos.
Los que desconfiamos de los productos reales sin encanto, vigen-
tes, que también fueran legitimados por ideologías hegemónicas y
dominantes, pensamos ciertamente que las utopías siguen siendo
plausibles y necesarias. En este esquema, la relación dialéctica
entre ideología y utopía (Manheim y Ricoeur) nos abren algunas
perspectivas de análisis al menos provocativas. Como principal
corolario entonces, destacamos que la crisis de la política en paí-
ses como el nuestro, puede verse en alguna medida potenciada por
la expulsión del lenguaje utópico, junto al debilitamiento de la
pulsión igualitaria de los discursos dominantes de quienes hablan
en nuestras instituciones fundamentales.
Las utopías en muchas ocasiones se tornan desconcertantes para
el análisis político. De todos modos las utopías son estímulos pa-
tentes para provocar “cambio social” y “progreso tecnológico”;
polos que se han vuelto contradictorios en nuestro tiempo. En ri-
gor de verdad, si se tiene en cuenta que en países como la Ar-
gentina, los procesos de modernización han consolidado aún más
PABLO RIBERI
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las “diferencias” que fueron pretéritamente definidas por ideolo-
gías pragmáticas y solipsistas, religar hoy la idea de progreso
con las posibilidades utópicas igualitarias, sin duda puede ser
una alternativa válida para empezar a reconstruir el valor central
de la política.