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Pablo Biderbost
Abstract
In relation to the phenomenon of new associative forms in
Latin America and Argentina, in particular, a lot of papers
have been written in the last few years. The hypotheses
about the issue come from all of the theoretic and ideo-
logical universe and several causes have been identified like
facilitating the phenomenon, which seemed to get rich with
the political institutional collapse in 2002, in opportunity of
the fall of, according to some, a style of democracy. This
complejization of the social reality was accompanied by an
identical development of theoretic and conceptual pro-
duction. The present paper chases like objective to evaluate
the behavior and features of two of these associative
movements with some analytical categories taken of a
classical text of the political literature: “What is the Third
State?” by the abbot Sieyes, article that dates from the
period of social effervescence that preceded the French
Revolution.
Fenómenos asociativos en la
Argentina contemporánea
¿Qué es el Tercer Estado hoy?
STUDIA POLITICÆ Número 04 ~ primavera/verano 2004.
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales,
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
Código de Referato: SP-16.IV.educc/2004.
STUDIA POLITICÆ
04 ~ primavera/verano 200482
Resumen
En relación al fenómeno de nuevas formas asociativas en
América Latina y Argentina, en particular, mucho se ha es-
crito a lo largo de los últimos años. Las hipótesis acerca de
la cuestión provienen de todo el universo teórico e ideológi-
co y varias causas han sido explicitadas como facilitadoras
y propiciantes del fenómeno, el cual pareció enriquecerse
y complejizarse con el colapso político-institucional de fines
del 2002, en oportunidad de la caída de, según algunos, un
estilo de gestión democrática. A esta complejización de la
realidad social le acompañó un idéntico desarrollo a nivel
teórico-conceptual. El presente análisis político persigue
como objetivo evaluar el comportamiento y rasgos de dos
de estos movimientos asociativos bajo la luz de categorías
analíticas tomadas de un texto clásico de la literatura políti-
ca: “¿Qué es el Tercer Estado?” del abate Sieyes, escrito que
data del período de efervescencia social que precedió a la
Revolución Francesa
E
n el folleto del autor francés, lo que se procura es legiti-
mar, a nivel discursivo, las próximas acciones de la bur-
guesía, grupo social en desventaja relativa en el momento,
en contra del poder monárquico de rasgos eminentemente absolu-
tistas. De este modo, los conceptos vertidos por Sieyes contribu-
yen a la creación del concepto de sociedad civil como estrato o
agrupación de individuos que, consciente de sus derechos y recla-
mos, se diferencia e independiza de otros compartimentos de la
realidad social, el estado, por un lado, y las fuerzas de mercado,
por el otro. El monje galo nos presenta una especie de análisis re-
trospectivo acerca de cómo la burguesía, de dedicación a tareas
comerciales y productivas, adquiere fuerza propia y advierte, si-
multáneamente, de la precisión de una próxima alteración de las
reglas de juego (modificación del status quo imperante) que con-
tribuya con una mayor cuota de poder, en el contexto descrito, en
manos de ese sector social. El autor le otorga la denominación de
“Tercer Estado”, cuya supervivencia es amenazada y facultades
decisorias recortadas por la existencia de otros dos Estados o cla-
ses (la nobleza y el clero) con privilegios desmedidos e ilegítimos
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que atentan contra el concepto de soberanía política en manos del
pueblo.
Mi pretensión, al elaborar este análisis sobre la cuestión referi-
da y con el auxilio de las categorías del abate de Sieyes, es
concluir a qué tipo de fenómeno asociativo le corresponde la
caracterización de “Tercer Estado”, es decir, a qué naturaleza y
forma asociativa podemos caracterizar como vocera de una so-
ciedad civil en ciernes, como intérprete de un sector social que
ha adquirido conciencia de sí, de sus dimensiones y de los re-
cursos con los que cuenta al momento de negociar con las au-
toridades político-institucionales. En definitiva, el objetivo de
la presente labor es descubrir, eventualmente, qué sector social
boga por ser incluido en estamentos de decisión y por partici-
par, de manera activa, en la vida democrática de nuestro país y
de sus instituciones.
A tal fin, he optado por el sometimiento a análisis de dos mo-
dos asociativos característicos del último tiempo: las asambleas
barriales y el movimiento piquetero. En consecuencia, cada uno
de ellos, según mi hipótesis de trabajo, representa conceptual-
mente a dos estratos sociales diferenciados y con rasgos que le
son propios. En el caso del primero, la asociación teórica esta-
ría dada con sectores medios de nuestra sociedad (más tarde,
procederé a realizar una disquisición al respecto), mientras que,
en relación al segundo, la vinculación la entiendo con sectores
empobrecidos tanto estructurales como de reciente incorpora-
ción al estrato.
Las asambleas barriales emergen en oportunidad de la caída del
débil gobierno de la Alianza, a finales del año 2001. Espontá-
neamente, según sugieren ciertos analistas, la multitud reunida
frente a Casa de Gobierno en la noche del 19 de diciembre del
año referido marcó el origen de este estilo asociativo. La pro-
testa que recibió el nombre de “Cacerolazo”, por los utensilios
de cocina utilizados para efectuar pacíficamente el reclamo,
tendía a expresar el desacuerdo con los mecanismos y actitudes
propias de la clase política argentina. La consigna repetida in-
finidad de veces era “Que se vayan todos”, o, lo que es simi-
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lar, renovación dirigencial y apego a nuevos valores y formas
de hacer política.
Según aprecian estudiosos de la temática, la protesta en Plaza de
Mayo que continuó en las llamadas Asambleas Barriales de Bue-
nos Aires y algunas ciudades de tamaño medio del interior del
país (recordemos que el impulso inicial pronto se agota incluso en
distritos importantes, el caso de Córdoba, al respecto, es paradig-
mático), fue producto, entre otros factores, de la imposibilidad
fáctica de muchos ahorristas de disposición de su dinero deposita-
do en bancos comerciales luego de la implementación del llama-
do “corralito bancario”. Evidentemente, las variables co-causantes
del fenómeno exceden a la antedicha, pero su mención nos resul-
ta de utilidad por la magnitud y fuerza que posee en relación a
otras. Cabe recordar que el 5 % de los ciudadanos argentinos fue
afectado por la bancarización de la economía, de ellos más de un
75 % del total poseían sus depósitos en bancos sitos en Capital
Federal, dato que no delata residencia física de los ahorristas pero
nos permite concluir o hablar de cierta concentración de la rique-
za acumulada de todos los argentinos en los distritos de mayor en-
vergadura.
En el caso del rotulado como movimiento piquetero, sus acciones
y presentación a la sociedad datan de mediados de los noventa,
momento histórico en el que las reformas económicas y políticas
del decenio menemista habían mostrado consecuencias de empeo-
ramiento alarmante de ciertos índices sociales y económicos en
vastas regiones de nuestro país. En este contexto, surgen en pro-
vincias del NOA (Salta, en una primera instancia) y de la Patago-
nia (Neuquén fue el espacio precursor en esta porción geográfica),
agrupaciones que aglutinaban a antiguos empleados de empresas
del Estado privatizadas que reclamaban por la reincorporación a
sus puestos laborales, la creación genuina de trabajo y subsidios
temporarios como respuesta a una situación que se pensaba y de-
seaba transitoria. Con el correr de los años, la metodología pique-
tera, consistente en el corte de rutas nacionales y provinciales, es
imitada por grupos cuyas reivindicaciones son realizadas en los
conurbanos y áreas periféricas de las tres ciudades más importan-
tes del país (Buenos Aires, Córdoba y Rosario), adquiriendo pro-
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porciones significativas en la zona metropolitana que circunda el
distrito federal y llegando, incluso, a efectuar sus reclamos en ple-
no territorio del último.
Luego del estallido social de diciembre de 2001, el movimien-
to adquiere una entidad y capacidad negociadora inimaginable
tiempo atrás y quienes antes eran considerados agrupaciones
con una mera actitud (denostada, por cierto por amplios secto-
res de la sociedad) atentatoria del orden público, hoy se erigen
en representantes de los desatendidos y abandonados por un
modelo económico y político de gestión. Sin embargo, y a pe-
sar de haberse catapultado como referentes sociales, debieron
soportar las críticas y observaciones de quienes les endilgaban
la autoría intelectual y material de las circunstancias de violen-
cia social de finales del gobierno de De la Rúa, acusaciones a
las que respondieron deslindando su responsabilidad respecto a
su participación a nivel organizativo o de planificación previa.
El reclamo actual de estos grupos tiende a insistir en la necesi-
dad de depuración de la clase dirigente argentina y de abando-
no y superación de un modelo que entienden como el causante
del deterioro de las condiciones de vida de la mayoría de los
argentinos.
El movimiento piquetero, de acuerdo a las observaciones de espe-
cialistas en la materia, ha desplazado a la dirigencia sindical como
portavoz oficial de los sectores sociales con menores recursos, re-
ferencia que no resulta, en absoluto, anecdótica pero en la que no
profundizaremos por no corresponder a la naturaleza de nuestro
análisis.
Ahora sí, intentando aplicar a la realidad presentada sucintamente
los conceptos vertidos por Sieyes, estaremos en condiciones de
afirmar si alguno de estos grupos, asambleas barriales o movi-
mientos piqueteros, representan efectivamente un sector de la so-
ciedad al que pueda tildarse como equivalente al Tercer Estado de
tiempos de la Revolución Francesa.
Una primera categoría analítica de la que hago uso es la vincu-
lada a la presencia de cierto carácter discursivo-teórico en el tex-
to de Sieyes. El abad sostiene, no estos términos pero sí facili-
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tando una interpretación en este sentido, que el sector social que
impulsa la renovación de las estructuras promueve la consigna
del desprecio de la historia, del modo evidenciado hasta el pre-
sente de administrar la cuestión pública, de entender la política,
consigna que también a nivel inconsciente inunda toda la reali-
dad social. En relación a lo anterior, y analizando la realidad
contemporánea descrita, si bien tanto un estilo asociativo como
otro no intentan subvertir el orden democrático, su actitud de
enojo y replanteo lo es para con la clase dirigente y las conduc-
tas que adoptaron durante la experiencia democrática, afirmándo-
se que la democracia argentina debe ser reconvertida y que es
tarea de todos coadyuvar a esa reconstrucción. Observamos, en-
tonces, que este componente, al momento de leer la realidad,
también se presenta en el reclamo de ambos modos asociativos.
El desprecio discursivo por el devenir histórico, en este caso, no
deriva en la violencia de las armas sino en una voluntad restable-
cedora, por la vía pacífica, de los verdaderos valores y legítimas
prácticas democráticas y en un espíritu conciliador de intereses
contrapuestos y objetivos dispares.
Un segundo elemento inherente a la crítica del francés es el vin-
culado a la preponderancia que adquiere el argumento numérico
frente a otro tipo de razones o justificaciones en lucha. Sieyes in-
siste, sin claudicar, en la eficacia argumentativa de la cantidad o
número de los postergados, información que basta para legitimar
el reclamo de los desatendidos. Es un factor, de acuerdo a su apre-
ciación, que a las autoridades no se les es facultado no contem-
plar. La democracia adquiere, en su observación, un criterio de
tipo meramente cuantitativo. En tal sentido, por su vigor demográ-
fico, el Tercer Estado es la única y verdadera Nación, no existe
ésta fuera de aquel. En el caso argentino analizado, el apelar al
argumento numérico es una cuestión de tipo recurrente. El movi-
miento piquetero, de hecho, se posiciona como referente indiscu-
tido de los sectores postergados sólo cuando adquiere influencia
en el Gran Buenos Aires, subregión que suma a casi la mitad de
los pobres e indiferentes de nuestro país. Fue, recién allí, que sus
reclamos dejaron de ser entendidos como periféricos y eventual-
mente atendibles. El registro estadístico de la pobreza en nuestro
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país, un 57 % del total de la población, dota a este grupo de recur-
sos tanto a nivel discursivo (beneficioso para la transacción en el
escenario político) como a nivel de influencia organizativa de las
actividades relacionadas a la protesta y el reclamo de vastos sec-
tores de la población.
Por el contrario, en ocasión de aplicar el concepto referido a las
asambleas barriales como representativas de estratos medios de la
sociedad, el análisis resulta distinto. El argumento cuantitativo no
adquiere la dimensión que posee en el caso de los reclamos pique-
teros. A nivel discursivo, el énfasis es colocado sobre la necesidad
de renovación cualitativa de la democracia: la denuncia de la co-
rrupción como flagelo estructural y la aseveración acerca de la raíz
cultural de nuestro atraso son elementos recurrentes. El relato de
clases medias, expuesto mediante las expresiones de este asam-
bleísmo, posee, más bien, un tinte reivindicatorio de derechos y li-
bertades que, en el pasado, encontraron un correlato fáctico y no
meramente jurídico-constitucional. Se insiste en el retroceso histó-
rico y social, en los antiguos privilegios (no en el sentido peyora-
tivo del vocablo) que se han perdido, producto de la ineficacia de
quienes nos gobiernan y de la falta de compromiso ciudadano, más
que en la fuerza de la línea argumentativa que apela a lo numérico.
Existen, según la propuesta de Sieyes, otras categorías conceptua-
les que son adecuadas para transferir a nuestro análisis. Sostuvo el
sacerdote francés que el Tercer Estado no toleraba, bajo ningún
punto de vista, su posición subalterna, su rol de tipo marginal en
el proceso decisorio de cuestiones que a todos incumbían. Asimis-
mo, advertía que la apreciación de este sector respecto a los go-
bernantes de turno (la monarquía en franca decadencia de la Anti-
gua Francia), los definía como usurpadores de la voluntad general
rousseauniana, como propietarios ilegítimos de un espacio que les
había sido adjudicado a la mayoría. En el caso de los grupos de
referencia en nuestro país, una y otra línea son enarboladas como
bandera por ambos grupos. Se endilga la apropiación, por parte de
cierta casta política (la imagen elitista de la historia como cemen-
terio de aristocracias, elemento también afirmado por el abad, nos
puede resultar de utilidad también aquí) de la res pública, de lo
que es asunto de todos. Piqueteros y asambleístas (aunque es una
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actitud con un vigor cualitativamente diferente en el caso de las
asambleas barriales), procuran una catarsis democrática que culmi-
ne en la construcción de un espacio de diálogo en donde se brin-
de cabida a la mayoría. Si bien en los hechos las fuerzas políticas
por las que hemos debido optar en las últimas elecciones no difie-
ren de las históricamente conocidas (aun en el caso de estructuras
partidarias pequeñas pero tradicionales), es también cierto que
nuevas agrupaciones embrionarias han surgido de este movimien-
to renovador consecuente de los hechos de finales de 2001. Este
impulso, según aprecian ciertos analistas, ha sido mayor entre las
asambleas barriales debido a que la naturaleza de los recursos
(económicos como educacionales) con los que cuentan sus partíci-
pes (estratos medios y medio-altos de la población) y sus preocu-
paciones como ciudadanos (vinculadas más a la calidad de vida, la
seguridad y la recomposición democrática) les han allanado la po-
sibilidad para configurar estas nuevas instancias de diálogo y ela-
boración de propuestas. En el sector piquetero, a la inversa, se ha
priorizado el contacto con estructuras partidarias de fortaleza his-
tórica (el peronismo en algunos distritos) y la experiencia de in-
cursión en la construcción de propuestas partidarias de nuevo cuño
ha sido más bien poco relevante. Recordemos que las urgencias
preocupacionales de este grupo divergen enormemente de las evi-
denciadas en el grupo anterior; son el hambre, el desempleo cró-
nico y las condiciones de extrema pobreza las que urgen al sector
y la metodología de construcción de alternativas partidarias quizás
resulte menos funcional a la satisfacción de sus reclamos que el
proceder efectivamente adoptado.
Otro elemento que incorpora Sieyes que puede resultar relevante
para nuestro análisis es el vinculado con la asociación del Tercer
Estado con las otras clases privilegiadas. Recuerda el autor fran-
cés que, en cierto momento, histórico, resultó imprescindible acor-
dar con los privilegiados. Cabe realizar un traslado de tales con-
ceptos a nuestra realidad socio-política. ¿Existió un período en el
que se vislumbrase una alianza de estas características? Mucho se
insiste, al respecto, sobre la dinámica sociológica de los años ’90.
En nuestro país, durante la década menemista, puede hablarse de
dos coaliciones interclasistas interesantes para su visualización.
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Una de ellas fue, con una presencia extraordinaria en los grandes
centros urbanos, la acordada entre el estrato de mayor poder ad-
quisitivo de la sociedad (dentro de este grupo, podemos especifi-
car aún más en el subsector que concentró riquezas como conse-
cuencia de la práctica prebendaria y las características del juego
macroeconómico, con énfasis en el plano financiero, del momen-
to) y los grupos pertenecientes a los estratos medios y medio-al-
tos beneficiados, en términos de mejora cualitativa del estándard
de vida, por el equilibrio monetario que les facultó poseer conduc-
tas de consumo antes (durante el período proteccionista de la eco-
nomía) reservadas a minúsculas elites. Otro tanto, acontece con la
alianza, en la que insisten varios autores, que facilitó el neopero-
nismo (pastiche ideológico que entendió al mercado como el más
eficiente asignador de recursos) entre el sector enriquecido a cos-
ta del erario público y las clases postergadas debido a que la con-
ducta clientelar tradicional se vio reforzada como nunca durante el
decenio. Este ingrediente que detecta Sieyes en su diagnóstico
también lo observamos en nuestra realidad.
Como fase última de nuestro análisis cabe tener presente que, qui-
zás, las conceptualizaciones más relevantes del monje galo son
aquellas relacionadas con cierto juego de palabras que él realiza
con ciertos vocablos que reflejan cualidades de tipo cuantitativo
que él adjudica al Tercer Estado: “todo, nada y algo”. Cuando se
interroga acerca de “¿Qué es el Tercer Estado?”, él responde sos-
teniendo que aquél es todo. Nada puede hallarse fuera de él. En
esta instancia, recuerda la sinonimia teórica entre el tercer estado
y la nación y aserta que para que una nación llegue a ser tal, pre-
cisa de trabajos particulares y funciones públicas. Afirma que el
grupo cuyos intereses defiende cumple efectivamente con las pri-
meras labores no pudiendo, por impedimentos interpuestos por la
nobleza, hacerlo con el segundo tipo de trabajos.
En el caso de nuestro país, este elemento no puede ser subestima-
do en nuestra observación. Las asambleas barriales de sectores
medios se hallan conformadas por individuos cuyas actividades
particulares se circunscriben, a grosso modo, al desempeño de una
profesión laboral o a la tutela de un emprendimiento comercial o
empresarial. En el caso del sector representado por los piqueteros,
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sus trabajos particulares se limitan a ciertas ocupaciones, en la
mayoría de los casos, en relación de dependencia, cuando no se
ejecuta una actividad cuentapropista de generación de escaso o
nulo valor agregado. Con respecto a las funciones públicas, la
evaluación difiere. La clase media históricamente ha accedido a
cargos públicos y la mayoría de nuestros políticos en actividad
provienen de ella. A diferencia de otros estados latinoamericanos,
en los que la actividad política es presa fácil u objeto sólo accesi-
ble a los más altos estamentos sociales, en la Argentina, los estra-
tos medios han hecho uso de la política (a partir de la militancia,
la retribución vía el empleo público u otros mecanismos) para
cierta movilidad social de tipo ascendente. Recordemos que se
afirma que la universidad y el empleo público son los dos fenóme-
nos sociales que en mayor medida han contribuido al ascenso so-
cial. Por el contrario, el sector de clases postergadas, sólo ha te-
nido un contacto con lo público a nivel decisional en situaciones
excepcionales. Casi no se registran referentes políticos nacidos en
ambientes de extrema pobreza y miseria y, suele decirse, que sólo
se vinculan a la política en roles pseudo públicos vinculados a la
maquinaria clientelar-electoral.
Una segunda inquietud que nos pretende develar Sieyes es la vin-
culada a “¿Qué ha sido el Tercer Estado hasta ahora?”. Su res-
puesta es nada. La burguesía no ha detentado ningún privilegio, es
su razonamiento. Cabe preguntarnos qué sector en nuestro país ha
sido de hecho nada. En este punto, lo aclarado en la categoría pre-
via nos auxilia. Evito su repetición para no incurrir en redundan-
cias. Sin embargo, prefiero usar cierto elemento a modo de ejem-
plo. Para comprobar qué clase ha sido nada apelo a evaluar qué
recursos pueden unos y otros aplicar cuando no ven reconocidos
sus derechos ciudadanos. En el caso de los estratos medios perju-
dicados por el corralito o bancarización de la economía, la legis-
lación preveía salidas y respuestas a eventuales reclamos. La ca-
pacidad de organización para llamar la atención sobre el
inconveniente fue extraordinaria. El corralito se transformó en el
tema que en más oportunidades apareció durante el 2002 en la
portada de los periódicos de mayor tiraje en el país. Idéntico pro-
ceso pudo constatarse si se enumeraba la cantidad de oportunida-
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des en la que se mencionaba la cuestión en medios televisivos y
radiales. El problema de la minoría de los argentinos se tornó en
la problemática de todos los argentinos. En cambio, frente a reite-
radas y consuetudinarias violaciones a derechos que protegen la
dignidad del hombre cuyos perjudicados han sido los más poster-
gados en nuestro país, los medios hicieron la vista gorda, la legis-
lación parece, a veces omitir, otras desconocer, la situación con
las consecuentes trabas y lentitud en fueros judiciales. Todo ello
obsta aún más si adicionamos la exigua capacidad organizativa
para presentar sus reclamos de este grupo de la población. Al res-
pecto, cabe aclarar que, en este grupo, se observa mayor entidad
organizativa entre aquellos otrora pertenecientes a estratos medios
(nuevos pobres) que entre los denominados pobres estructurales,
dato que vendría a confirmar nuestro planteo.
Por último, cuando Sieyes pregunta ¿Qué quiere llegar a ser el
Tercer Estado?, él no titubea en responder: algo. Cierto espacio les
debe ser permitido. Aquí, su discurso retoma la cuestión cuantita-
tiva. Un régimen más justo es aquel que más inclusivo es, el que
mayor participación permite. En nuestro país, según mi hipótesis
de trabajo, la democracia aún posee rasgos censitarios. No bastó
con la Ley Sáenz Peña ni con el sufragio femenino impuesto du-
rante el primer gobierno justicialista. Aún hoy, en la primera dé-
cada del siglo XXI, masas cada vez mayores de argentinos no han
tomado contacto ni remoto con la democracia. No la conocen, no
saben de sus virtudes, ésta no ha satisfecho siquiera sus necesida-
des vinculadas al reconocimiento de su dignidad. Su preocupación
es otra, su interés es la supervivencia, la (re)construcción de la
democracia les resbala porque otros, que la han deslegitimado con
su accionar corrupto y alejado de los cánones institucionales, les
han impedido disfrutar de sus beneficios. Resulta claro, quienes
nada han sido y algo quieren ser; los más postergados, los secto-
res condenados a la miseria son aquellos que hoy mediante el re-
clamo piquetero y de otras agrupaciones son los merecedores de
una renovación que exceda la coyuntura. Sin un cambio profundo
y ligado a la conversión ética, quién sabe qué puede acontecer con
aquellos que vienen siendo casi el todo y que, según Sieyes, con-
forman el Tercer Estado.
PABLO BIDERBOST
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Bibliografía
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nuestros días. 1970. Colin. Paris.
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lance y perspectivas desde una forma de acción política. Instituto Gino
Germani. UBA.
TOURAINE, Alain. “Los movimientos sociales”, en ¿Podremos vivir juntos?,
1997. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires.