
122 STUDIA POLITICÆ Nº 67 primavera-verano 2026
A partir de este excepcionalismo, surge un sentimiento de mesianismo y rol
salvíco. Estados Unidos entiende que tiene la responsabilidad y el deber de
reconstruir el mundo de acuerdo con su visión –percibida como superior–.
En este sentido, se embarca en una misión que puede ser percibida, según
algunos autores, como una suerte de cruzada. De este modo, se construye un
discurso que se resume en “nosotros, los buenos; el otro, el malo” (Busso,
2008) y, en concordancia, todo aquel que se opone a este discurso, se opone
a la libertad, la democracia, el igualitarismo y el progreso. Es importante,
además, mencionar la impronta religiosa que le imprime cierto carácter mo-
ralista y de convicciones fuertes y universales (Bellah, 1991; Busso, 2008;
Hofstadter, 1962; Huntington, 2020).
Esta percepción mesiánica, que se traduce en una vocación decidida a llevar
la luz al resto del mundo, se basa en la noción de que los valores de Estados
Unidos son los valores de toda la humanidad; es decir, se funda en la creencia
de que sus valores y principios son universales y universalizables. En este
marco, su modelo sería deseado por el resto de las naciones. Si bien esta es
una vocación que comparte con Francia –en el caso de los valores de la Re-
volución–, es preciso señalar que Estados Unidos es el único Estado que se
ha atrevido a construir su política exterior con base en esta noción de valores
universales, por supuesto, en conjunto con las demás características identi-
tarias mencionadas (Edvardsson, 2021; Hoffman, 2005; Kissinger, 2016;
McCartney, 2004; Rich, 1992; Ryn, 2003).
Estos rasgos identitarios han inuido en la política internacional estadou-
nidense desde sus momentos fundacionales, lo cual puede percibirse desde
la forma de manejar las alianzas del propio George Washington hasta las
estrategias utilizadas por Donald Trump. Sin embargo, hay momentos histó-
ricos en los que el excepcionalismo estadounidense se ha reejado de forma
sumamente clara en su participación en los asuntos internacionales.
El primero es la doctrina Monroe resumida en la frase “América para los
americanos”. Según esta doctrina, Estados Unidos asumió un papel de pro-
tección del continente frente a las potencias europeas que perdían sus terri-
torios en América (Busso, 2008; Edvardsson, 2021; Kissinger, 2016; Tovar,
2017). Luego, se alcanzó un punto álgido con el corolario Roosevelt a la
doctrina Monroe. Con ello, Estados Unidos no solo protegería al continente
de cualquier interferencia europea, sino que también se arrogaba el deber
de intervenir, a manera de “policía internacional”, en cualquier Estado ame-
ricano que no cumpliera con sus obligaciones. A partir de este ajuste en la
doctrina Monroe por parte de Theodore Roosevelt, el poder estadounidense