Elementos identitarios transversales
en la política exterior de
Estados Unidos: algunas claves
para entender la continuidad
estadounidense
Cross-Cutting Identitarian Elements
in United States Foreign Policy:
a Key to Understanding American
Continuity
Bruno Macciotta Pulisci*
Pablo Biderbost**
Guillermo Boscán***
* Bruno Macciotta Pulisci: Universidad Ponticia de Salamanca. Salamanca, España. Mail:
[email protected] https://orcid.org/0000-0003-1132-8645.
** Pablo Biderbost: Universidad de Salamanca. Salamanca, España. Mail: pablobiderbost@
usal.es https://orcid.org/0000-0002-4086-3658.
*** Guillermo Boscán: Universidad de Salamanca. Salamanca, Espa. Mail: gboscan@usal.
es https://orcid.org/0000-0002-4199-2160.
http://dx.doi.org/10.22529/sp.2026.67.03
STUDIA POLITICÆ Número 67 primavera-verano 2026 pág. 105–126
Recibido: 20/02/2026 | Aceptado: 23/03/2026
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
106 STUDIA POLITICÆ Nº 67 primavera-verano 2026
Resumen
La política exterior de Estados Unidos, indudablemente, goza de una es-
tabilidad que genera, en ocasiones, sorpresa. Los distintos gobiernos, ya
sean demócratas o republicanos, no emprenden cambios sustanciales en la
estrategia internacional. Esto podría parecer extraño; sin embargo, no lo es
tanto si se atiende a determinados elementos que permiten analizar y expli-
car la política exterior. En el caso de este artículo, la atención se centra en
el elemento identitario. La identidad estadounidense puede representar una
clave para entender la continuidad en la política exterior de este Estado. En
concreto, la identidad a la que se hace referencia se puede denir con un
rasgo fundamental: el excepcionalismo, del cual derivan otros dos elemen-
tos identitarios: el mesianismo y el universalismo. Estos rasgos se han visto
reejados en la estrategia internacional estadounidense desde su fundación.
En la actualidad, siguen constituyendo una clave para la estabilidad en la
conducción de los asuntos internacionales por parte de Estados Unidos.
Palabras clave: política exterior - Estados Unidos - excepcionalismo - uni-
versalismo - identidad nacional
Abstract
US foreign policy undoubtedly enjoys a stability that sometimes comes as
a surprise. Different administrations, whether Democrat or Republican, do
not undertake substantial changes in international strategy. This might seem
strange, but it is not so strange if one looks at certain elements that allow us
to analyze and explain foreign policy. In the case of this article, the focus is
on the identity element. US identity may be a key to understanding the con-
tinuity of US foreign policy. Specically, the identity referred to can be de-
ned by one fundamental trait: exceptionalism. Two other identity elements
derive from this exceptionalism: messianism and universalism. These traits
have been reected in US international strategy since its founding. Today
it remains a key to stability in the US’s conduction of international affairs.
Keywords: foreign policy - United States - exceptionalism - universalism
- national identity
Introducción
Con motivo del inicio de la presidencia de Donald Trump, Foreign
Affairs publicó un artículo titulado “La política exterior Trump-Bi-
den-Trump: la extraña continuidad de la estrategia americana”.1 El
1 “The Trump-Biden-Trump Foreign Policy: American Strategy’s Strange Continuity”.
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título contiene dos armaciones importantes. La primera, de carácter indis-
cutible: la política exterior estadounidense es una de las más estables del
mundo, si no la más (Kirkpatrick, 1984; Russell y Tokatlian, 2009). La se-
gunda armación es cuestionable: ¿es realmente extraña la continuidad de la
estrategia del país?
En un artículo publicado en la misma revista, pero en 1998, Kissinger in-
dagaba sobre la necesidad de que la política exterior estadounidense goce
de continuidad (aunque se podría decir que ya gozaba de esta característica
en ese momento). En este sentido, el autor señala que todas las administra-
ciones, sean del partido que sean, comparten la misma percepción de los
intereses permanentes de la nación que sus predecesores (Kissinger, 1998).
Si se echa un vistazo solo a gobiernos recientes, puede advertirse que Biden
mantuvo las tarifas que la administración de Trump había impuesto a China
y, de hecho, expandió la guerra comercial y la llevó al plano tecnológico,
aumentando los controles sobre transferencia tecnológica que habían co-
menzado durante el gobierno de Trump. Sin embargo, se trata de un aspecto
que también se puede reconocer por fuera de estas dos administraciones.
Por ejemplo, en su primera campaña, Obama proclamaba ser absolutamente
contrario a los excesos de la war on terror [guerra contra el terror] de Bush.
No obstante, como presidente, recibió críticas por no haber materializado,
según el criterio de muchos, esa vocación de discontinuidad. Asimismo, pese
al discurso contra los demás miembros de la OTAN, Trump apoyó la expan-
sión de la alianza con la inclusión de Montenegro (Fontaine, 2025; Russell
y Tokatlian, 2009).
Efectivamente, existe una identicación de intereses que es común a las ad-
ministraciones, independientemente del partido del que provengan (Kissin-
ger, 1998; 2016; Rice, 2000). Aun cuando se distinguen algunos cambios, es-
tos suelen ser muy pequeños y constituyen la punta del iceberg de la política
exterior estadounidense. Por debajo de estos cambios, persisten intereses que
no varían o varían muy poco (Fontaine, 2025).
Ahora bien, esta identicación común de los intereses nacionales permanen-
tes responde a ciertos elementos comunes identitarios, que permiten explicar
–al menos en parte– la continuidad de la estrategia estadounidense de cara al
exterior. A su vez, estos elementos hallan sus raíces en las mismas bases fun-
dacionales de Estados Unidos. Las primeras doctrinas, precisamente, ejercen
una enorme inuencia en la política exterior estadounidense desde el punto
de vista identitario e ideológico (Rice, 2000; Tovar, 2017).
108 STUDIA POLITICÆ Nº 67 primavera-verano 2026
Así pues, este trabajo parte de la premisa de que la política exterior estadou-
nidense es, indiscutiblemente, estable y goza de continuidad. Esto no debería
extrañar en absoluto, puesto que se explica a partir de los elementos identi-
tarios que se discutirán y que dan cuenta de la identicación de los intereses
permanentes nacionales.
En este sentido, el objetivo de este artículo no es demostrar la continuidad de
la política exterior estadounidense, sino establecer algunos elementos iden-
titarios transversales que inuyen en la estrategia de este Estado, explorar su
origen e intentar descubrir cómo se reejan en la política exterior.
Luego de esta introducción, se establecerá la importancia de la identidad
en el análisis de la política exterior, a causa de la inuencia que esta puede
tener en la toma de decisiones. A continuación, se explicarán algunos de
estos elementos y de dónde vienen. El primero es la concepción de la predes-
tinación de Estados Unidos y su excepcionalismo. Este elemento conduce al
segundo: la percepción que tiene el Estado de sí mismo y de su rol salvíco
en el escenario internacional, lo cual permite entender tanto la convicción
de universalidad de sus principios y valores como el objetivo de univer-
salización de dichos principios, que constituyen el tercer elemento de este
análisis. Finalmente, antes de las conclusiones, se aborda brevemente cómo
se reejan el excepcionalismo y los demás elementos en la política exterior
de Estados Unidos.
Para el análisis que se propone, cabe señalar que este artículo se apoya en
los aportes de la corriente constructivista de las relaciones internacionales,
en particular en su énfasis en el papel de la identidad, las ideas y los valores
compartidos como variables explicativas del comportamiento estatal en el
sistema internacional (Hopf, 1998, 2002; Nau, 2002). Esta perspectiva resul-
ta adecuada para el objeto de estudio aquí planteado, puesto que permite dar
cuenta de dimensiones de la política exterior que otros enfoques, centrados
exclusivamente en capacidades materiales o en el cálculo racional de intere-
ses, tienden a dejar de lado.
En cuanto a las fuentes, se combinan primarias –fundamentalmente discursos
y doctrinas presidenciales– con literatura académica secundaria de referencia
en los campos de la política exterior estadounidense, el excepcionalismo y
el análisis comparado de política exterior. La selección de ambos tipos de
fuentes responde al objetivo del artículo: rastrear la manifestación histórica
de los elementos identitarios identicados y conectarlos con la producción
académica que los ha teorizado y sistematizado.
B. MACCIOTTA PULISCI , P. BIDERBOST Y G. BOSCÁN 109
2. La identidad en el análisis de política exterior
La política exterior puede ser difícil de denir y entender con exactitud. A
grandes rasgos, se puede decir que se trata de la forma en la que un Estado
conduce sus relaciones con otros Estados (Medina, 1973). Ahora bien, una
denición más precisa es la esbozada por Calduch (1993). Según este autor,
la política exterior constituye una parte de la política general de un Estado y
la conforma el conjunto de decisiones y actuaciones por medio de las cuales
se denen objetivos y se utilizan los medios estatales para generar, modicar
o suspender sus relaciones con otros actores internacionales.
Se trata, pues, de un conjunto de decisiones y acciones que emprende el
gobierno de un Estado en su relación con otros actores internacionales. Con
estas decisiones y acciones, intenta promover y proteger sus intereses, así
como su seguridad. Además, busca su proyección en el sistema internacional
en función de la imagen autopercibida (Murillo, 2023).
Es cierto que, como reere la denición antes señalada, un elemento impor-
tante es la imagen autopercibida. Se puede decir que esta autopercepción
se vincula con la identidad de un Estado. Así, por ejemplo, Kenneth Waltz
(1959) considera entre sus niveles de análisis el nivel estatal, dentro del cual
incluye factores políticos, ideológicos, sociales y culturales.
La identidad es importante porque permite la diferenciación entre una nación
y otra. Una nación se puede entender como un pueblo que se caracteriza por
una disimilitud hacia afuera y una semejanza hacia adentro (Pastor, 1994;
Robles, 1996). En efecto, las identidades desempeñan tres funciones fun-
damentales: nos indican quiénes somos, señalan esa identidad a los demás
y denen quiénes son los otros (Hopf, 1998, 2002). Estas funciones, en las
relaciones internacionales, se entienden en términos de identidad nacional e
identidad estatal, dada la importancia del Estado como actor internacional
(Thérien y Mace, 2013). En este sentido, se puede entender por identidad la
forma en que una sociedad se percibe a misma (Merle, 1986; Velázquez,
2004; Waltz, 1959).
Así, la identidad nacional sería el mantenimiento y la reinterpretación con-
tinua de un patrón de valores, símbolos, recuerdos, mitos y tradiciones que
constituyen el patrimonio distintivo de la nación y la identicación de los
individuos con ese patrón y ese patrimonio. Por ello, es correcto armar que
la identidad no es un concepto estático, sino que se encuentra en constante
movimiento (Restad, 2012; Smith, 2003).
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Esta identidad, como se ha mencionado anteriormente, inuye en la toma de
decisiones relacionadas con la política exterior. De este modo, es correcto
armar que la política exterior de un Estado está vinculada necesariamente a
la vida misma de ese Estado, tanto en términos materiales como culturales,
sociales, identitarios, entre otros (Busso y Pignatta, 2008; Colacrai y Loren-
zini, 2005). En este sentido, como reere Nau (2002), el poder y la identidad
nacionales denen el interés nacional, dentro del cual se puede ubicar la po-
lítica exterior de un Estado (Busso y Pignatta, 2008; Fontaine, 2005; Hopf,
1998, 2002; Tovar, 2017).
3. Elementos identitarios presentes en la política exterior estadounidense
Restad (2012) da inicio a la parte central de su artículo deniendo la identi-
dad estadounidense como la convicción generalizada y profunda del excep-
cionalismo del país. Este excepcionalismo implica la creencia en el papel
único y especial que Estados Unidos está predestinado a desempeñar en las
relaciones internacionales, su diferenciación de Europa y su resistencia a las
leyes de la historia, es decir, el ascenso y la inevitable caída que han expe-
rimentado todas las grandes potencias anteriores (Dobson y Marsh, 2006;
Restad, 2012).
De esta convicción de excepcionalismo, surge una suerte de mesianismo que
le otorga el rol salvíco que le corresponde desarrollar. Esto se relaciona
con el elemento religioso presente desde los padres fundadores2 y añade un
elemento moralista a la identidad estadounidense que, en denitiva, inuye
en la construcción de su política exterior (Busso, 2008).
Finalmente, esto se traduce en la creencia de que los valores estadounidenses
son universales y, por lo tanto, universalizables. Es decir, los valores estable-
cidos para la vida política y cívica de Estados Unidos son aplicables a otros
contextos. Estos principios deben trasladarse al resto del mundo, puesto que,
si no se adoptan, generarán condiciones de vida insatisfactorias, lo cual, en
cierto modo, crea tensiones en las relaciones de Estados Unidos con otros
Estados (Kissinger, 2016; Restad, 2012).
2 El factor religioso es sumamente importante en la construcción de la identidad estadou-
nidense. En particular, el puritanismo calvinista predominante entre los primeros colonos.
Es de este tipo de calvinismo de donde vienen, de hecho, las nociones de predestinación y
de superioridad moral.
B. MACCIOTTA PULISCI , P. BIDERBOST Y G. BOSCÁN 111
Si bien existen otros elementos identitarios que pueden inuir en la política
exterior de Estados Unidos, en este artículo se exploran los tres rasgos men-
cionados, considerando el excepcionalismo y el sentido de predestinación
como el rasgo principal del cual se desprenden los otros dos. Estos rasgos
parecen ser transversales, es decir que se pueden hallar en la política exterior
estadounidense a lo largo de los años, al menos desde el nal de la Segun-
da Guerra Mundial (Busso, 2008; Fontaine, 2025; Kissinger, 2016; Restad,
2012; Tovar, 2017).
3.1. Excepcionalismo y predestinación
Tocqueville fue quien comenzó a señalar este rasgo de Estados Unidos en
La democracia en América. En esta obra, aunque no armó en ningún mo-
mento que Estados Unidos fuera superior, sostuvo que era el país que más se
acercaba al ideal de la igualdad y, por lo tanto, era distinto –excepcional– a
los Estados europeos que aún trabajaban por alejarse de las desigualdades
del Antiguo Régimen (Busso, 2008; Restad, 2012; Tocqueville, 1835/2010;
Zetterbaum, 2017).
En este sentido, es interesante distinguir que este excepcionalismo fue for-
mulado mucho antes del impresionante ascenso de Estados Unidos al poder y
de su inuencia en la política internacional, la cual se hizo maniesta, sobre
todo, a nales del siglo XIX y principios del XX (Restad, 2012). En efecto,
diversos presidentes, de una u otra forma, han hecho referencia y reivindica-
do este excepcionalismo; es el caso de prácticamente todos los presidentes
de posguerra. De hecho, desde 1933, han aparecido referencias al excep-
cionalismo estadounidense en un alto porcentaje de discursos presidenciales
(Edvardsson, 2021; Gilmore, 2015; Kissinger, 2016).
El excepcionalismo de Estados Unidos se vincula con la forma en la que
este país se proyecta como un ejemplo para el resto del mundo y como un
referente en cuanto a la realización de la libertad individual y la igualdad
(Busso, 2008). Asimismo, Hofstadter (1962) sostiene que Estados Unidos
fue el único país cuyos orígenes fueron perfectos y que realmente aspiraba
al progreso. Así, esta autoconcepción ha estructurado la conciencia política
estadounidense que, además de ser diferente, le ha permitido una proyección
basada en ideales orientados a apartarse de lo común (Appleby, 1992; Busso,
2008).
Como se puede intuir, esta noción de excepcionalismo va más allá de una
simple diferenciación de los demás. Connota una suerte de superioridad, una
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cualidad intangible pero reconocible, que está sumamente arraigada en lo
que se puede denominar el “genio” de la organización política de Estados
Unidos a nivel colectivo. Por consiguiente, los excepcionalistas sostienen
que Estados Unidos ha logrado lo que ningún otro Estado; esto es, el es-
tablecimiento de un régimen político estable y libre. Con ello, señalan que
ha demostrado que posee aquella cualidad superior de la que carecen otros
Estados. Esto es justamente lo que, para quienes así lo perciben, le otorga
la superioridad moral y política que lo hace excepcional (Dobson y Marsh,
2006; McCartney, 2004).
Ahora bien, ¿de dónde viene esta autopercepción? Es conocida la frase atri-
buida a Washington que dice: “Nuestra causa es noble, es la causa de la
humanidad”. Este excepcionalismo surge del nacimiento revolucionario de
Estados Unidos, la primera colonia que emprendió una revolución, se inde-
pendizó y denió así su razón de ser (Lipset, 1996). En este sentido, se puede
sostener que es un Estado formado en torno a una ideología revolucionaria,
lo que implica una serie de armaciones sobre la naturaleza de una “sociedad
buena” (Busso, 2008).
En este marco, Chesterton (1922/2010) subraya que Estados Unidos fue la
única nación fundada en un credo, que puede traducirse en los principales
valores del país: libertad, igualitarismo e individualismo. Así lo sostiene
también Huntington (2020), para quien la identidad estadounidense se ha
fundamentado en dos elementos: la cultura y el credo. En cuanto a la cul-
tura, advierte que esta reere a los valores e instituciones de los primeros
colonizadores. El credo, por su parte, se entiende como el conjunto de ideas
y principios articulados por los dirigentes en los documentos fundacionales,
que aluden a la libertad, la igualdad, la democracia, el constitucionalismo, el
liberalismo, el gobierno limitado y la iniciativa privada (Huntington, 2020).
Este credo estadounidense, que consiste en la creencia rme y extendida en
su excepcionalismo, implica también una noción de predestinación3 provi-
dencial. El excepcionalismo se reeja, pues, en el sentido de destino y en la
convicción de que Estados Unidos es cualitativamente mejor y diferente a
otros Estados (McCartney, 2004).
Por ejemplo, en el “Discurso de graduación en la Academia Militar de West
Point” (13 de junio de 1916), el presidente Wilson (1982) armaba que era
3 Esto es a lo que se reere el “destino maniesto”. Como se verá más adelante, se trata
de la «misión» que ha recibido Estados Unidos de llevar al resto del mundo la «luz» de la
libertad y la democracia.
B. MACCIOTTA PULISCI , P. BIDERBOST Y G. BOSCÁN 113
“como si la providencia hubiera dejado un continente sin uso a la espera de
que personas pacícas que aman la libertad (…) llegaran a establecer una
comunidad autónoma desinteresada” (p. 212). Es notable el modo en que
tanto Wilson como otros presidentes consideraron que la providencia había
convertido a Estados Unidos en una nación diferente (Kissinger, 2016). De
hecho, este sentimiento de providencialidad fortalece la noción de que Esta-
dos Unidos ejerce legítimamente el poder, noción que se arraiga con mayor
fuerza a partir del pensamiento wilsoniano (Rice, 2000).
Como se puede apreciar, en la autopercepción de Estados Unidos, desde los
padres fundadores, se congura la idea de una nación semejante a una nueva
Israel: “Estados Unidos es la Tierra Prometida. Dios ha guiado a su pueblo
para que establezca una nueva especie de orden social que será luz para las
naciones” (Bellah, 1991; Busso, 2008; Lipset, 1996; Wald, 1987).
A esto se vincula la percepción de Estados Unidos como un pueblo predesti-
nado a llevar “luz” al resto del mundo, lo que sustenta la creencia de que todo
aquel que vive de forma distinta a la suya vive de forma insatisfactoria. Esto
deriva en un aspecto que da pie al siguiente punto: el rol mesiánico y salví-
co que se arroga, que tiende a concebir a cualquier opositor como “el malo”
(Busso, 2008). En efecto, es la excepcionalidad, en términos de superioridad
moral, la que le otorga “derecho” a liderar a otros Estados para que puedan
alcanzar el mismo “éxito ejemplar”. Incluso, podría decirse que, más que un
derecho, se trata de un deber y una responsabilidad particulares que obligan
a Estados Unidos a emprender esta “misión” (McCartney, 2004).
3.2. Mesianismo y rol salvíco
Lo que se entiende en este artículo por mesianismo y por rol salvíco de Es-
tados Unidos es la identicación de una “misión” de llevar “luz” al resto del
mundo (Dobson y Marsh, 2006). Esta función de proyección de sus valores
a nivel global está tan interiorizada –a manera de dogma– que pocas veces
ha sido establecida de forma explícita como política de gobierno (Kissinger,
2016). Así pues, la convicción de los estadounidenses en la trascendencia
universal de su nación y sus valores lleva implícito un sentido de misión, que
puede manifestarse, en ocasiones, como una mentalidad a la que McCartney
(2024) denomina mentalidad de cruzada.
Este mesianismo y rol salvíco estadounidense se ha maniestado a lo largo
de gran parte de la historia del país. Por ejemplo, luego de la guerra con Es-
paña y tras la anexión de Puerto Rico, Hawái, Guam y Filipinas, McKinley
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sostuvo que la guerra había sido una “misión singularmente altruista”. De
igual modo, señaló: “La bandera estadounidense no ha sido plantada en sue-
lo extranjero para adquirir más territorio, sino por el bien de la humanidad”
(McKinley como se citó en Kissinger, 2016, p. 250 ).
Esta concepción –derivada del excepcionalismo y la predestinación– se pue-
de apreciar de forma muy clara en lo que se denominó “destino manies-
to” en la doctrina Monroe y, posteriormente, en el corolario Roosevelt a la
doctrina Monroe. En efecto, por ejemplo, la revista United States Magazine
and Democratic Review armó que la annexión de Texas era una medida
defensiva contra los enemigos de la libertad (Kissinger, 2016). En 1845, el
periodista John L. O’Sullivan utilizó el término “destino maniesto” para
defender la expansión territorial de Estados Unidos (Dobson y Marsh, 2006;
Edvardsoon, 2021; O’Sullivan, 1845). En este sentido, Dobson y Marsh
(2006) denen el “destino maniesto” como la misión de llevar un ejemplo
de libertad y democracia a otros pueblos menos afortunados.
La doctrina Monroe expresa este rol salvíco al arrogarse la facultad de de-
fender a los nuevos Estados hispanos de posibles intentos por parte de España
u otro Estado europeo de reconquistar esos territorios. El presidente Monroe
advierte a los europeos que cualquier intento de reconquista y, por lo tanto,
cualquier ataque a estos nuevos Estados sería considerado una amenaza a la
paz y a la seguridad de Estados Unidos (Kissinger, 2016; Tovar, 2017).
Ahora bien, este papel de mesías salvador alcanza quizá su punto más nota-
ble con el corolario Roosevelt. Este presidente, en su discurso sobre el estado
de la Unión el 5 de diciembre de 1905, sostiene que, ante situaciones en las
que “por injusticia o impotencia crónica algún Estado civilizado pueda inter-
venir”, Estados Unidos debe asumir el rol de “policía internacional” (Roose-
velt, 1905, como se citó en Tovar, 2017, p. 22). En este marco, contaría con
el derecho a intervenir, incluso preventivamente, en los asuntos internos de
otros Estados en casos de “delito o impotencia” (Kissinger, 2016).
Si se avanza un poco más en la historia, este mesianismo también se encuen-
tra presente, por ejemplo, en la doctrina Truman. En su discurso central, uno
de los ejes principales de su política fue el compromiso de Estados Unidos
para que otros Estados pudieran vivir libres de la coerción comunista. En esta
misma doctrina, Estados Unidos se proclama, además, garante de lo recogido
en la Carta de Naciones Unidas y anuncia la concesión de 400 millones de
dólares como “inversión en la libertad y la paz mundial” (Tovar, 2017, p. 29).
Ahora bien, posiblemente nadie lo ha expresado de forma más clara que el
B. MACCIOTTA PULISCI , P. BIDERBOST Y G. BOSCÁN 115
presidente Kennedy. En su discurso inaugural dejó en claro que se debía
“pagar cualquier precio, soportar cualquier carga, apoyar a cualquier amigo,
oponerse a cualquier enemigo para asegurar la supervivencia y el triunfo de
la libertad” (Kissinger, 2016).
Este rol mesiánico y salvíco introduce un aspecto también interesante e
inuyente en la concepción de la política exterior: la noción de “nosotros,
los buenos”, que constituye la razón por la que cualquier oponente puede
ser identicado de manera inmediata con el mal. Esta concepción nace de
un sentido de superioridad moral y del credo político mencionado anterior-
mente (Bellah, 1991; Busso, 2008; Hofstadter, 1962). En efecto, la identidad
estadounidense se ha construido fundamentalmente sobre la base de su credo
político, por lo que ha denido a sus oponentes como contrarios a la libertad
(Huntington, 2020).
Esta dicotomía podría tener dos explicaciones. La primera es la inuencia
religiosa presente desde la fundación de Estados Unidos. La religión, desde
un inicio, ha constituido un elemento articulador de la moralidad estadouni-
dense4, no necesariamente vinculada al ámbito estatal, pero a la ley. Toc-
queville sostenía que la religión desjerarquizada que se practicaba en Estados
Unidos había sido funcional para la vida democrática y republicana. Para
este autor, el puritanismo se correspondía en gran medida con los valores
democráticos y republicanos, lo que generaba un refuerzo mutuo entre la
religión y la política (Busso, 2008; Tocqueville, 1835/2010, 1840/2010).
Ahora bien, según algunos autores, se trata de un moralismo utópico que
intenta institucionalizar la virtud, destruir a “los malos” y erradicar las insti-
tuciones y prácticas consideradas malignas (Busso, 2008; Busso y Pignatta,
2008). Los problemas sociales y políticos suelen considerarse como batallas
moralizantes entre el bien y el mal (Busso, 2008). En denitiva, como sugie-
re Huntington (2020), los estadounidenses atribuyen a su nación y a su credo
político las funciones que normalmente corresponderían a una iglesia. Esto
se reeja en la idea de “religión cívica” desarrollada por Bellah (1991) o en
el credo mencionado por Huntington (2020), que impregna la vida política
de los Estados Unidos.
Por otro lado, una segunda explicación de carácter histórico proviene del pe-
ríodo revolucionario. Dado que, en el momento de su independencia, los es-
4 El elemento religioso es sumamente importante en la construcción de la identidad estadou-
nidense y, como se sostiene en este apartado, es el articulador de la moralidad y la noción de
superioridad moral de los Estados Unidos, así como de su predestinación.
116 STUDIA POLITICÆ Nº 67 primavera-verano 2026
tadounidenses no se diferenciaban culturalmente de Gran Bretaña, tuvieron
la necesidad de separarse políticamente de ella. De esta manera, para Estados
Unidos, Gran Bretaña encarnaba la opresión, la aristocracia y la tiranía del
Antiguo Régimen, mientras que ellos representaban la libertad, la democra-
cia, la igualdad y el republicanismo. De hecho, hasta nales del siglo XIX,
se denían en contraposición a Europa, que asociaban al retraso, la falta de
libertad, el feudalismo, la monarquía y el imperialismo. Estados Unidos, por
su parte, representaba el futuro, el progresismo, el igualitarismo y el ideal
republicano. Luego, en el siglo XX, comenzaron a verse a mismos como
líderes de un orden mundial euroestadounidense y, después de la Segunda
Guerra Mundial, como líderes del mundo libre y democrático frente a la
dictadura de la Unión Soviética (Huntington, 2020). Puede observarse que
siempre ha habido un “otro malo a quien oponerse. En la actualidad, ese
papel podría atribuirse a China, como contraposición a los valores del credo
estadounidense (aunque también a Rusia, por ejemplo).
3.3. Universalidad y universalización
Tanto la universalidad como la universalización se desprenden claramente
del rol mesiánico y salvíco, que constituye el contenido de la “misión”.
En este sentido, la política exterior estadounidense siempre ha reejado la
convicción de que sus valores son universales y de que su aplicación resulta
siempre beneciosa en cualquier caso y circunstancia. Así, el verdadero de-
safío para Estados Unidos reside en el proyecto de difundir los valores a los
que creen que todos los demás Estados aspiran (Kissinger, 2016).
La política exterior estadounidense suele poner de maniesto una interpreta-
ción ideológica tanto de la nación como de su papel en el escenario interna-
cional. Esta interpretación postula que Estados Unidos y sus valores gozan
de relevancia universal, al ser concebidos como un arquetipo de virtud que
promueve el progreso humano. Esta visión de trascendencia y universalidad
muestra la inuencia de las corrientes ideológicas y religiosas vigentes en el
momento histórico de su fundación, que parecen haber sido moldeadas para
alimentar dicha interpretación y se han vuelto más notorias conforme el país
ha ido ganando poder (McCartney, 2004).
Esta es otra característica que tiene sus raíces en la propia fundación de Es-
tados Unidos. En efecto, está relacionada con la idea de un colonialismo de
tipo “civilizador”, presente en la época del establecimiento de las trece co-
lonias, especialmente en las conquistas británicas y francesas, que tuvieron
un corte más político-militar. Por el contrario, en la conquista española, el
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elemento religioso tuvo mayor preponderancia.
En cierta medida, esto explica la vocación universal de los valores que
comparte, además, con el imperialismo británico y la Revolución France-
sa. Asimismo, el excepcionalismo estadounidense, y más aún su vocación
universal, presenta, al igual que sus pares franceses y británicos, el rasgo de
“religión civil” (Edvardsson, 2021; Himmelfarb, 2007; Rich, 1992). Aunque
cada Estado suele percibirse a sí mismo como único, solo Francia y Estados
Unidos se han considerado excepcionales en virtud de la universalidad de
sus principios. Sin embargo, solo Estados Unidos se ha atrevido a desarrollar
políticas exteriores que reejan este excepcionalismo con base en la univer-
salización de sus valores (Hoffmann, 2005).
En este sentido, el presidente Wilson (1982), en su discurso conocido como
“Peace Without Victory” [Paz sin victoria]5, exponía que “los principios es-
tadounidenses (…) también son los principios y las políticas de todos los
hombres y mujeres que miran hacia adelante en todas partes, de todas las na-
ciones modernas, de todas las comunidades iluminadas” (p. 212). En conse-
cuencia, cuando Alemania estuvo dispuesta a negociar el armisticio, Wilson
no aceptó la propuesta hasta que el Káiser abdicara, pues sostenía que la na-
lidad de la intervención estadounidense en la guerra no residía en detener las
pretensiones bélicas alemanas, sino en transformar su sistema de gobierno
de acuerdo con los valores universales de Estados Unidos (Kissinger, 2016).
Desde sus inicios, los estadounidenses se sintieron cautivados por la grandeza
que veían en la Constitución, lo que dio pie a la concepción de que los padres
fundadores habían creado un régimen con cualidades políticas universales y
morales únicas (Edvardsson, 2021; Madsen, 1998). Desde entonces, todos
los presidentes, demócratas o republicanos, han proclamado la aplicabilidad
de los valores estadounidenses al mundo entero (Kissinger, 2016). Esto es lo
que Ryn (2003) denomina “ideología de imperio”, noción que incorpora sus
perspectivas sobre la naturaleza humana, la política y la sociedad, y establece
concepciones distintivas acerca de los valores principales que considera uni-
versales, a saber: democracia, libertad e igualdad. A partir de estos principios
universales, Estados Unidos asume la tarea de supervisar la reconstrucción
del mundo (Ryn, 2003), lo que implica la universalización de sus valores, a
los que aspiran todas las naciones.
5 Con esta frase Wilson planteaba la idea de que la guerra se debía terminar sin un claro ven-
cedor; sin una victoria. Es decir, armaba que se debía negociar una paz que no beneciara
particularmente a ninguno de los bandos.
118 STUDIA POLITICÆ 67 primavera-verano 2026
La siguiente imagen muestra de manera resumida los elementos identitarios
que inuyen en la política exterior estadounidense y que se han abordado en
este documento.
Figura 1
Elementos identitarios que inuyen en la política exterior estadounidense
Nota. Los elementos que inuyen en la politica exterior de Estados Unidos. Elaboración
propia.
4. Los reejos de los elementos identitarios en la política exterior esta-
dounidense
Como se ha enunciado anteriormente, el nacimiento de un sistema político
nuevo implicó que autores como Tocqueville percibieran a Estados Unidos
como la cuna de un sistema distinto y positivo. No obstante, para los estadou-
nidenses, esto derivó en una autopercepción de superioridad moral ligada a
la noción de destino providencial, visión que se reeja en el excepcionalismo
basado en valores universales y que se sintetiza en “City upon a Hill” [la
ciudad sobre la colina]6 (Busso, 2008).
Los rasgos identitarios comentados en este artículo han estado tan presentes
6 John Winthrop, primer gobernador de la Bahía de California, citando el Evangelio de
Mateo, comparó en su discurso “City upon a Hill” al naciente Estado con la “ciudad sobre
la colina”, que no puede ocultarse. De este modo, señalaba que los ojos del mundo estaban
puestos sobre ellos y que no podían fallar en su misión.
B. MACCIOTTA PULISCI , P. BIDERBOST Y G. BOSCÁN 119
y ligados en el estudio de la política exterior estadounidense que, muchas
veces, se han dado por sentados o se han asumido sin mencionarlos expresa-
mente (Restad, 2012). En este sentido, el excepcionalismo es tan inuyente
que ha sido invocado como fuente por aislacionistas e internacionalistas por
igual, así como por conservadores y liberales, idealistas y realistas, demócra-
tas y republicanos (Busso, 2008).
Para apreciar la inuencia de estos factores identitarios en la política exterior,
es necesario realizar un repaso breve por la historia de Estados Unidos y sus
principales doctrinas en política exterior. En este sentido, quizá sea conve-
niente comenzar por George Washington. En su discurso de despedida en
1796, aconsejó a Estados Unidos no comprometerse en alianzas permanentes
con el “mundo foráneo” y, por el contrario, conar en alianzas temporales
para emergencias puntuales –como la que habían conformado con Francia
durante la Guerra de Independencia y que luego disolvieron para no parti-
cipar en las guerras revolucionarias francesas–. De esta manera, el nuevo
Estado explotaría su ventaja comparativa: una potencia naciente, protegida
por dos océanos y sin necesidad de involucrarse en controversias por el equi-
librio de poder (Kissinger, 2016).
Si bien esto muestra ya cierto desinterés por los asuntos europeos7 y su equi-
librio de poder, la doctrina Monroe es probablemente una de las más intere-
santes para comprender el excepcionalismo en la política exterior estadouni-
dense. Aunque para James Monroe Estados Unidos no debía intervenir en la
relación entre las colonias y la metrópolis, advirtió a las potencias europeas
que cualquier intento de extender su sistema a América sería interpretado
como una amenaza a la paz y la seguridad del país. Esta doctrina quedó
sintetizada en la frase “América para los americanos” (Tovar, 2017). En este
punto aparece la noción del “destino maniesto” de O’Sullivan (1845) que
marca, de hecho, el inicio de la creencia generalizada en aquella misión sal-
víca y en la responsabilidad y el derecho más allá de sus propias fronteras
(Busso, 2008; Macciotta y Biderbost, 2023).
No obstante, esta doctrina es llevada al máximo, junto con la noción de deber
7 Con respecto a esto, es ilustrativo tener en mente episodios como el de la intervención de
Reino Unido y Francia para intentar recuperar el Canal de Suez tras su nacionalización. En
esta ocasión, ambos Estados esperaban el apoyo de Estados Unidos como su socio y parte
de la OTAN. Estados Unidos no solo no los apoyó, sino que, además, propuso una resolu-
ción a la Asamblea General de Naciones Unidas para condenar la intervención de Reino
Unido y Francia.
120 STUDIA POLITICÆ Nº 67 primavera-verano 2026
anteriormente mencionada, con el corolario Roosevelt a la doctrina Monroe.
Para Theodore Roosevelt, si Estados Unidos renunciaba a sus principios y
a su misión, otras potencias más agresivas dominarían. Esto conduciría a la
destrucción de los fundamentos del progreso estadounidense y de los prin-
cipios anhelados por el resto del mundo (Kissinger, 2016). En este sentido,
Roosevelt advierte a los demás Estados americanos sobre la posibilidad de
que, “por injusticia o impotencia crónica, alguna potencia civilizada deba
intervenir” si no se cumplen sus obligaciones internacionales. En este marco,
a partir del compromiso y la misión estadounidenses, se arrogaban el papel
de “policía internacional” que avanzaría “suavemente, pero llevando un gran
garrote” (Tovar, 2017).
Aunque se registraron casos de intervención –sobre todo en zonas estratégi-
cas para Estados Unidos como Santo Domingo (Tovar, 2017)– no es hasta la
Segunda Guerra Mundial que Estados Unidos rompe con su aislacionismo
y asume un papel notablemente más activo en el sistema internacional. El
fracaso de la Sociedad de Naciones y el vacío de poder percibido en el esce-
nario internacional, junto con el estallido de la Segunda Guerra Mundial y el
ataque japonés a Pearl Harbor, impulsaron a Estados Unidos a la arena inter-
nacional y a involucrarse en el conicto. Si bien hubo un ataque directo, sur-
gió con fuerza una conciencia moral que lo llevó a intervenir en la guerra y a
llenar el vacío de poder que habían dejado las naciones europeas. Se observa
también, quizá por primera vez, esa dicotomía descrita por Busso (2008) en-
tre los “buenos”y los “malos”, inherente al excepcionalismo estadounidense.
Ahora bien, esta dicotomía llega a su punto más notorio durante la Guerra
Fría. Al nal de la Segunda Guerra, el mundo se divide en dos bloques ideo-
lógicos: el comunismo soviético y lo que se podría denominar americanismo
capitalista. El comunismo soviético, radicalmente opuesto a los valores es-
tadounidenses, es, evidentemente, “el malo”, mientras que Estados Unidos
–a la cabeza de Occidente– es representado como “el bueno”. En este punto
de la historia, el excepcionalismo lo impulsa a desplegar su poderío a escala
mundial y a enfrentarse a la amenaza soviética (Busso, 2008; Edvardsson,
2021).
Al avanzar más en el análisis, se puede observar que el excepcionalismo es-
tadounidense alcanza un nivel muy inuyente en su política exterior durante
el gobierno de George W. Bush. Más aún, adopta una de sus versiones más
contundentes luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001, con lo que
se ha denominado la doctrina Bush. Esta se caracterizó por tres elementos:
la hegemonía, el excepcionalismo y la creencia de que se debe actuar de in-
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mediato (Busso, 2008; Harris, 2005; Tovar, 2017), lo que dio lugar a la “war
on terror” [guerra contra el terror], que se justicó desde una perspectiva
moralista, según la cual Estados Unidos debía actuar para “llevar la paz”. En
este sentido, al parecer de Bush, Estados Unidos no es excepcional porque
es poderoso, sino que es poderoso porque es excepcional (Busso, 2008; Ed-
vardsson, 2021; Parker, 2003).
En los años recientes, se sigue observando la inuencia de la identidad es-
tadounidense en su política exterior. Si se analiza la transición de Bush a
Obama, como se señaló en la introducción, puede apreciarse cómo este úl-
timo, pese a haber sido muy crítico con la política de intervenciones de su
predecesor, la continuó parcialmente y fue cuestionado por ello. Lo mismo
se puede decir de la transición de Obama a Trump y de Trump a Biden (Fon-
taine, 2025).
5. Conclusiones
Como se ha armado, la política exterior de Estados Unidos se caracteriza
por su estabilidad. De hecho, los giros en la política exterior usualmente se
han producido dentro de un mismo gobierno y como consecuencia de facto-
res externos coyunturales que han impulsado un ajuste determinado (Tovar,
2017). Fuera de estas modicaciones, la política exterior estadounidense no
suele verse afectada por los cambios de gobierno, sean del partido que sean.
Esta continuidad se relaciona con la identicación de los intereses nacio-
nales permanentes, lo cual está intimamente vinculado a –y quizá habilita-
do por– ciertos elementos identitarios de la nación estadounidense como un
todo. Esto conforma una identidad que algunos autores han denido como
excepcionalismo (Appleby, 1992; Busso, 2008; Edvardsson, 2021; Gilmore,
2015; Hoffmann, 2005; Kissinger, 2016; Lipset, 1996; Madsen, 1998; Res-
tad, 2012).
El excepcionalismo suele caracterizarse como la convicción generalizada y
arraigada de que Estados Unidos es un Estado extraordinario y distinto a
todos los demás (Restad, 2012). Además, implica un sentido de predestina-
ción providencial, según el cual los estadounidenses ocupan un rol crucial,
otorgado por la providencia, para llevar su modelo –deseado por el resto
de naciones– a todo el mundo, con el objetivo de que estas puedan vivir en
condiciones realmente legítimas y satisfactorias (Bellah, 1991; Busso, 2008;
Edvardsoon, 2021; Pfaff, 2007; Restad, 2012).
122 STUDIA POLITICÆ Nº 67 primavera-verano 2026
A partir de este excepcionalismo, surge un sentimiento de mesianismo y rol
salvíco. Estados Unidos entiende que tiene la responsabilidad y el deber de
reconstruir el mundo de acuerdo con su visión –percibida como superior–.
En este sentido, se embarca en una misión que puede ser percibida, según
algunos autores, como una suerte de cruzada. De este modo, se construye un
discurso que se resume en nosotros, los buenos; el otro, el malo(Busso,
2008) y, en concordancia, todo aquel que se opone a este discurso, se opone
a la libertad, la democracia, el igualitarismo y el progreso. Es importante,
además, mencionar la impronta religiosa que le imprime cierto carácter mo-
ralista y de convicciones fuertes y universales (Bellah, 1991; Busso, 2008;
Hofstadter, 1962; Huntington, 2020).
Esta percepción mesiánica, que se traduce en una vocación decidida a llevar
la luz al resto del mundo, se basa en la noción de que los valores de Estados
Unidos son los valores de toda la humanidad; es decir, se funda en la creencia
de que sus valores y principios son universales y universalizables. En este
marco, su modelo sería deseado por el resto de las naciones. Si bien esta es
una vocación que comparte con Francia –en el caso de los valores de la Re-
volución–, es preciso señalar que Estados Unidos es el único Estado que se
ha atrevido a construir su política exterior con base en esta noción de valores
universales, por supuesto, en conjunto con las demás características identi-
tarias mencionadas (Edvardsson, 2021; Hoffman, 2005; Kissinger, 2016;
McCartney, 2004; Rich, 1992; Ryn, 2003).
Estos rasgos identitarios han inuido en la política internacional estadou-
nidense desde sus momentos fundacionales, lo cual puede percibirse desde
la forma de manejar las alianzas del propio George Washington hasta las
estrategias utilizadas por Donald Trump. Sin embargo, hay momentos histó-
ricos en los que el excepcionalismo estadounidense se ha reejado de forma
sumamente clara en su participación en los asuntos internacionales.
El primero es la doctrina Monroe resumida en la frase “América para los
americanos”. Según esta doctrina, Estados Unidos asumió un papel de pro-
tección del continente frente a las potencias europeas que perdían sus terri-
torios en América (Busso, 2008; Edvardsson, 2021; Kissinger, 2016; Tovar,
2017). Luego, se alcanzó un punto álgido con el corolario Roosevelt a la
doctrina Monroe. Con ello, Estados Unidos no solo protegería al continente
de cualquier interferencia europea, sino que también se arrogaba el deber
de intervenir, a manera de “policía internacional”, en cualquier Estado ame-
ricano que no cumpliera con sus obligaciones. A partir de este ajuste en la
doctrina Monroe por parte de Theodore Roosevelt, el poder estadounidense
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ya no se constreñía a las fronteras de su Estado (Busso, 2008; Edvardsson,
2021; Kissinger, 2016; Tovar, 2017).
Por último, se puede mencionar la doctrina Bush y su “guerra contra el te-
rror”. En este escenario, Estados Unidos pasó a desplegar su poder a nivel
mundial, con la idea de que no es un Estado excepcional porque es poderoso,
sino que es poderoso porque es excepcional (Busso, 2008; Tovar, 2017).
Estos ejemplos muestran cómo la identidad estadounidense –que es muy fuer-
te y está sumamente arraigadainuye de manera decisiva en la construcción
de su política exterior. De hecho, se construye alrededor de la noción de ex-
cepcionalidad que dene la identidad del país. Esto supone, como se deja ver
en el título, una clave para comprender la estabilidad de la política exterior de
Estados Unidos, independientemente de quién esté en el gobierno.
Ahora bien, es necesario señalar que esta continuidad no congura algo ne-
gativo, sino que es un rasgo que le otorga predictibilidad, estabilidad e inclu-
so puede generar conanza en sus socios. Sin embargo, cabe destacar tam-
bién que estos rasgos identitarios han sido objeto de debate en la academia y
en foros internacionales, particularmente en lo relativo a las intervenciones
en el exterior 8.
Lo planteado con respecto a la política exterior estadounidense reviste una
importancia especial. Este estudio es relevante no solo para analizar la políti-
ca exterior estadounidense, sino para comprender su inuencia en países más
pequeños que, en muchos casos, adaptan sus políticas exteriores a las de las
grandes potencias. En este sentido, si bien es cierto que –como ya se ha men-
cionado– la política exterior, en el caso de Estados Unidos, es muy estable,
la dinámica resultante de estas orientaciones estratégicas lleva a que otros
Estados ajusten sus propias políticas exteriores. Esto sucede en la actualidad,
sucedió durante la Guerra Fría y también en otros periodos históricos9 (Bi-
derbost y Boscán, 2023; Russell y Tokatlian, 2009).
8 En casi todas las intervenciones de Estados Unidos se puede apreciar un discurso orienta-
do a justicar la actuación sobre la base de una misión desinteresada por llevar al mundo la
libertad, la democracia y los derechos humanos.
9 Un ejemplo de esto es el caso de Perú durante la Segunda Guerra Mundial. Dada la cerca-
nía de Perú a Estados Unidos, fue el primer Estado latinoamericano en romper relaciones
con los Estados del Eje (Alemania, Italia y Japón) durante el primer mandato del presidente
Prado. Luego, durante la Guerra Fría, en el segundo mandato del mismo presidente, se for-
muló una doctrina anticomunista para alinearse con Estados Unidos.
124 STUDIA POLITICÆ Nº 67 primavera-verano 2026
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