
RICARDO LALEFF ILIEFF 53
mani enfatizó, sin embargo, que a diferencia de los líderes fascistas y nazis,
el argentino lo hizo a partir de una libertad social y laboral bien concreta,
una experiencia que le dispensó a las masas olvidadas y subyugadas16. Allí,
entonces, radicaba la atractiva peligrosidad del peronismo. Perón produjo
una libertad empírica inobjetable a los nes de dar lugar a una servidumbre
incontrastable; una verdad a una ilusión, y todo por obra de su gran capaci-
dad manipuladora. En denitiva, la capacidad de un único hombre que podía
valerse de las masas, hacer de ellas el instrumento de su voluntad individual,
sacando provecho de su estado en “disponibilidad”17.
El peronismo se reducía al accionar del líder que operaba magistralmente
sobre los otros, casi como si estuviera por fuera de las relaciones sociales,
como si pudiera sustraerse de ellas —todo eso a lo que, de una manera u otra,
se había opuesto Freud al pensar la lógica de la identicación— e, incluso,
como si pudiese ser indemne a los grandes movimientos estructurales de la
16 “No pretendemos negar con esto la existencia de elementos psicosociales comunes en
todo totalitarismo: la identicación de las masas con el «líder», el contacto directo, perso-
nal, diríamos, a que éste apunta (y frecuentemente logra: recuérdense los típicos «diálogos»
con la muchedumbre), representaban en la Argentina como en los casos europeos (aunque
en distinta medida) un poderoso vehículo en la formación de esa seudoparticipación nece-
saria para el consentimiento. Mas aquí termina, por lo menos a este respecto, la similitud
entre el fenómeno europeo y el argentino” (Germani, 1968, p. 323).
17 Pero excluyendo el clientelismo: “En la interpretación de este fenómeno se ha incurrido
en graves equívocos. Según la versión generalmente aceptada, el apoyo de las clases popu-
lares se debió a la demagogia de la dictadura. Una armación tan genérica podría aceptarse,
más es, por lo menos, insuciente. Pues lo que tenemos que preguntarnos a continuación
es en qué consistió tal demagogia. Aquí la interpretación corriente es la que por brevedad
llamaremos del «plato de lentejas». El dictador «dio» a los trabajadores unas pocas ventajas
materiales a cambio de la libertad. El pueblo «vendió» su libertad por un plato de lentejas.
Creemos que semejante interpretación debe rechazarse. El dictador hizo demagogia, es ver-
dad. Mas la parte efectiva de esa demagogia no fueron las ventajas materiales, sino el haber
dado al pueblo la experiencia (cticia o real) de que había logrado ciertos derechos y que lo
estaba ejerciendo. Los trabajadores apoyaban la dictadura, lejos de sentirse despojados de
la libertad, estaban convencidos de que la habían conquistado. Claro que aquí con la misma
palabra libertad nos estamos reriendo a dos cosas distintas; la libertad que habían perdido
era una libertad política a ejercer sobre el plano de la alta política, de la política lejana y
abstracta. La libertad que creían haber ganado era la libertad concreta, inmediata, de ar-
mar sus derechos contra capataces y patrones, elegir delegados, ganar pleitos en tribunales
laborales, sentirse más dueños de sí mismos. Todo esto fue sentido por el obrero, por el
trabajador general, como una armación de la dignidad personal. Se dijo que de ese modo
se alentó la indisciplina y el resentimiento. Esta interpretación, creemos, constituye un error
tan grave como la teoría del «plato de lentejas»” (Germani, 1968, p. 326).