Populismo, fase superior del
liberalismo
Populism, The Highest Stage of
Liberalism
Ricardo Laleff Ilieff*
* Universidad de Buenos Aires-Instituto de Investigaciones Gino Germani-CONICET, Bue-
nos Aires, Argentina ric.lal.ilie@gmail.com. Código ORCID 0000-0002-9058-6580).
Agradezco a Sebastián Barros por las conversaciones que hemos sostenido a lo largo de los
años en las clases que impartimos conjuntamente en la Maestría en Teoría Política y Social
de la Universidad de Buenos Aires.
http://dx.doi.org/10.22529/sp.2025.66.02
STUDIA POLITICÆ Número 66 invierno 2025 pág. 40–66
Recibido: 27/06/2025 | Aceptado: 01/11/2025
Publicada por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales
de la Universidad Católica de Córdoba, Córdoba, República Argentina.
Resumen
El artículo analiza la relación entre populismo y democracia destacando
la dimensión liberal de aquella forma de subjetivación política. Para ello
propone una revisión del debate sobre las masas y los interrogantes abiertos
sobre la necesidad de su integración a la vida política institucionalizada.
En ese marco, sitúa a la obra de Gino Germani desde una operación de
lectura que subraya la especicidad del populismo en el marco mismo de la
democracia liberal. Así, en los distintos apartados del escrito se argumenta
que el populismo clásico latinoamericano efectuó una variación de ciertos
elementos nodales de la representación política moderna, desplegando otra
forma de unidad política tendiente a resignicar la noción liberal de indi-
viduo.
Palabras clave: democracia; Laclau; masas; subjetivación.
RICARDO LALEFF ILIEFF 41
Abstract
The article analyzes the relationship between populism and democracy, hi-
ghlighting the liberal dimension of that form of political subjectivation. To
do this, it proposes a review of the debate on the masses and the open ques-
tions about the need for their integration into institutionalized political life.
In that framework, it places the work of Gino Germani based on a reading
that emphasizes the specicity of populism within the framework of liberal
democracy itself. Thus, in the different sections of the text, it is argued
that classical Latin American populism introduced a variation of certain
key elements of modern political representation, deploying another form
of political unity that tends to re-signify the liberal notion of the individual.
Keywords: democracy; Laclau; masses; subjectivation.
Introducción
Nuestro objetivo en este escrito es bien claro: armar que el popu-
lismo no puede ser entendido sin el liberalismo. O, mejor, que el
populismo es una suerte de liberalismo. Y esto no solo porque se
desarrolló en el marco de la democracia liberal —cuestión empírica inobjeta-
ble—, sino porque además surgió como respuesta a su crisis. En lo que sigue
intentaremos mostrar que el populismo alteró el orden de las chas con las
que el liberalismo supo erigirse como discurso hegemónico en la moderni-
dad, sin haber suprimido por ello las reglas de la representación democrática.
Armaremos que existe una situación de deuda tan evidente como pocas ve-
ces reconocida: del populismo con el liberalismo y de la democracia liberal
con el populismo. Y esto porque el populismo terminó haciendo posible la
existencia misma de la democracia en un contexto dramático —recuérdese,
de hecho, cómo en las primeras décadas del siglo XX se robustecieron ex-
presiones que pretendieron emplazarse en las ruinas de la democracia liberal,
desechando sus cimientos, asumiéndola incluso como perimida—. Buscare-
mos claricar esta apreciación a partir del desenvolvimiento de tres manio-
bras argumentativas.
En la primera de ellas partiremos de pensar a la masa como síntoma de la
subjetivación liberal1. Retomaremos algunos desarrollos teóricos que inte-
1 Entendemos por “subjetivación” un proceso relacional que vincula lo “general” o “univer-
sal” con lo “particular”, pero también —y esto es introducción del psicoanálisis— que da
lugar a lo más “singular” del sujeto. Desde esta óptica, el sujeto es un efecto (particular) de
42 STUDIA POLITICÆ Nº 66 invierno 2025
rrogaron la naturaleza de su irrupción para, de esa manera, cifrar su pertinen-
cia en la comprensión cabal del populismo. Este gesto, que no es novedoso,
pero sí imprescindible, involucra el carácter democrático del populismo y la
novedad que introdujo su despliegue en torno a cómo pensar la unidad del
espacio de representación con sus heterogeneidades intrínsecas. Por su parte,
en la segunda maniobra pensaremos cómo la emergencia de la masa conllevó
un quehacer político sobre ella, es decir, la asunción de que algún tipo de en-
sayo de reinscripción simbólica o integración en un orden de sentidos debía
llevarse a cabo a los efectos de permitir la estabilidad de un campo de repre-
sentación. En ese marco, retomaremos la obra de Gino Germani mostrando
de qué manera el peronismo —como una suerte de ejemplo arquetípico del
populismo— trazó su tentativa frente a este dilema histórico nodal para la
historia de Occidente2. Finalmente, en la tercera y última maniobra argu-
mentativa desplegaremos nuestra sugerencia en torno a la necesidad de un
encadenamiento analítico entre “democracia”, “liberalismo” y “populismo”
que excluya las dualidades y de cuenta del desenvolvimiento mismo de la
política en un determinado tiempo histórico, bajo una lógica de entramados
y tradiciones. Retomaremos, para ello, los desarrollos que Ernesto Laclau
efectuó en torno a la noción de “demanda” —la mínima unidad de análisis
de las “identidades colectivas” (Laclau, 2015, p. 9) en tanto desde allí es
posible subrayar la importancia de la afectividad para la subjetivación políti-
ca. Así, el populismo será entendido como una expresión que relocaliza de-
terminadas nociones modernas en un esquema de excedencia, planteando la
contingencia de todo supuesto y la necesidad de su constante rearticulación,
sosteniendo además a la afectividad como un componente propio de otro tipo
de lazo social y una garantía última contra la manipulación.
Ahora bien, sabemos que una apuesta interpretativa semejante exige preci-
sión y un pedido de disculpas. Exige precisión porque remite a un asunto
grave sobre el que se ha escrito y aún se escribe mucho; moviliza un amplio
horizonte de pensamiento englobando experiencias y discursos con sus pro-
pias especicidades, dando una respuesta acotada —por obvias limitaciones
la estructura simbólica (general) y de la condición dislocada de esta última. Por eso mismo
es un suplemento y no un puro efecto, ni tampoco un puro real desasociado. Sobre distintos
usos del concepto de subjetivación, consultar: Balibar (1994), Tassin (2012) y Žižek (2000).
2 No desconocemos el peligro de hacer del peronismo un fenómeno que sintetiza la riqueza
del populismo latinoamericano, por eso nuestra perspectiva deja abierta la posibilidad de
apelar a otras experiencias, como de hecho haremos de manera muy especíca en alguna
nota a pie de página.
RICARDO LALEFF ILIEFF 43
de espacio— y poco concluyente a muchas y posiblemente muy interesantes
objeciones. Amerita un pedido de disculpas en tanto, por esos mismos con-
dicionamientos, solo puede seleccionar algunas fuentes y discusiones que
permitan iluminar el núcleo de la hipótesis. Caracterizar al populismo como
una recuperación y resignicación del liberalismo debe atenerse a fuertes
oposiciones. Aventuramos, al menos, de dos tipos: la de aquellos que parten
de entender al populismo como una deriva peligrosa, “semi-autoritaria” o
autoritaria, enemiga de la democracia y el liberalismo, y la de aquellos que lo
juzgan como una superación de este, una forma incontaminada de los presu-
puestos hegemónicos que dieron vida a la modernidad y continúan operando
hoy día. Contra los primeros podríamos blandir una defensa tan simple como
robusta, que estriba en recordar el carácter abierto del lenguaje y la dimen-
sión polémica de todo concepto —incluido el de democracia—; contra los
segundos, en cambio, la cuestión es más engorrosa, ya que debemos explici-
tar la delidad con un tipo de análisis ontológico que obliga a considerar la
imposibilidad de operar sobre la signicación —operar en la signicación—
desde un corte absoluto o desde una lógica que una sus lamentos como si se
tratase de una tarea voluntaria y, por tanto, plausible de ser desarrollada con
mayor o menor maestría, dependiendo de las artes y habilidades con la que
se cuente. Resulta difícil imaginar que la vida social —como eminentemente
simbólica— responda a la labor de hábiles tejedores que logran separarse de
sus herramientas y de la materia con la que trabajan, uniendo y desunien-
do la tradición con prístina e higiénica capacidad. Consideramos, más bien,
que el estudio conceptual y la acción eminentemente “político-práctica” no
dependen de la más pura subjetividad; no hay forma de desprenderse del
magma simbólico-objetivo sobre el cual se monta y constriñe —tanto como
habilita— a la acción, sea esta de la naturaleza que sea. Claro que desde una
perspectiva teórico-política informada históricamente tal recaudo no tiene
por qué conllevar la negación de la percepción de los sujetos o protagonistas
de una coyuntura; en todo caso será parte de los sentidos a tener en cuenta
para reconstruir el entramado de signicación. El investigador perderá ca-
pacidad explicativa si busca imponer su mirada por sobre la de los actores y
protagonistas, pero también si se vale de estas omitiendo su inscripción en
un marco de sentidos mucho más amplio que —siempre— las rebasa. Rehuir
la soberbia epistemológica, tanto como las supuestas certezas de la “autoper-
cepción”, y procurar comprender los sentidos circulantes en una época, sus
signicantes nodales e imaginarios, es el camino del cual intentaremos no
44 STUDIA POLITICÆ Nº 66 invierno 2025
desviarnos aquí3.
En un sugerente trabajo acerca de las deudas e innovaciones de las revolu-
ciones americanas con el pasado colonial, un grandísimo historiador argen-
tino expresó: “los principios en cuyo nombre se condena a la realidad pre-
rrevolucionaria han surgido dentro de esa realidad misma” (Tulio Halperín
Donghi, 1985, p. 9). Con las variaciones respectivas del caso, diremos que
las experiencias latinoamericanas que han sido descritas con el concepto de
“populismo” no operaron sino por dentro mismo de un orden de sentido en
crisis que lo habilitó. Las “tensiones”, pretendidas “anulaciones”, “conser-
vaciones” y “superaciones” populistas de la democracia liberal deben ser
advertidas como parte de la tarea que aquí se emprende4.
¿Qué es esto?
Cualquier análisis signicativo sobre la especicidad del populismo debe
ir más allá de sus primeros episodios históricos y abocarse a comprender
el acontecimiento crucial que lo dotó de la originalidad e importancia que
posee hasta nuestros días, a saber: la emergencia de la masa como elemento
decisivo de la política5.
De dimensiones múltiples, este fenómeno disruptivo se erigió como un pro-
blema nodal para el tipo de representación democrática característico de la
modernidad occidental; esquema que procuraba excluir de la vida política
a grandes contingentes poblacionales, haciendo de ellos un mero objeto del
gobierno de las elites y sus “notables”. La “masa” supo vertebrar los deba-
3 Esto sirve, además, como argumento contra aquellas lecturas que consideran que un abor-
daje ontológico esencializa o determina los acontecimientos. Nuestra apuesta sostiene pre-
cisamente lo contrario (Laleff Ilieff, 2022; 2024).
4 Dijo Palti (2018), de manera aún más clara que Halperín Donghi, que “los desplazamien-
tos o torsiones de orden simbólico” que se analizan son “de naturaleza objetiva indepen-
dientes de la conciencia o la voluntad de los sujetos. No se relacionan con las ideas de los
sujetos, que son atributos subjetivos, sino con el tipo de problemas frente a los cuales en
cada momento los sujetos se ven confrontados (por ejemplo, cómo constituir la nación),
los cuales son de naturaleza objetiva. Esto no es algo por lo que los sujetos puedan optar a
voluntad, como pueden cambiar sus ideas y volverse, por ejemplo, más liberales o más
conservadores” (p. 34).
5 Como se sabe, el populismo nació en la Rusia zarista del siglo XIX y tuvo una fugaz pero
signicativa presencia en Estados Unidos con el denominado People’s Party (1892-1909)
—organización de raigambre agraria—.
RICARDO LALEFF ILIEFF 45
tes más eminentes de nes del siglo XIX y principios del XX, aunque sus
primeras manifestaciones se inscriben en el abigarrado año 1848 —y acaso
un poco antes también a raíz de las guerras napoleónicas— en una Europa
atravesada por la explosión de los nacionalismos, los intentos restauracionis-
tas, las unicaciones territoriales y las demandas de un naciente movimien-
to obrero-industrial (Hobsbawm, 2010). No obstante, fue en los inestables
años de entreguerras del siglo XX cuando la masa constituyó un corte al
desenvolvimiento de la modernidad; años marcados por las cicatrices de la
primera gran contienda entre las naciones, con el imperio de eso que Ernst
Jünger (2003) denominó “democracia de la muerte”, con sus sosticados
sistemas de armas y su “movilización total”, con el borramiento de la fron-
tera entre combatientes y no-combatientes. Pero fue un intelectual argentino
como Ezequiel Martínez Estrada, lejos de los grandes escenarios geopolíti-
cos, quien sintetizó mejor que nadie la atónita dimensión gnoseológica de
este momento desconcertante: ¿Qué es esto? [1956] fue el título que le dio
a su conocido ensayo sobre el peronismo buscando entender la expresión
argentina de este fenómeno.
Porque, efectivamente, “esto” era la “masa” y la masa resultaba irrefrenable,
tan atractiva como enigmática6; aunque lo era en un sentido familiar, “omi-
noso” (Freud, 1992). Es decir, en tanto creció silenciosamente en la sociedad
moderna, parasitó su esquema de relaciones, se nutrió de sus entrañas y, por
eso mismo, resultaba solo parcialmente irreconocible. La masa puede en-
tenderse con el concepto de “abyección” (Laleff Ilieff, 2022; 2024), esto es,
como una expresión que desploma el sentido, que está dentro y fuera al mis-
mo tiempo de lo simbólico, que es “éxtima” (Miller, 2010). De hecho, resulta
impensable por fuera de un modelo de sociedad que se desarrolló gracias a
formas de exclusión evidentes. En Europa fue un producto de la Belle épo-
que; un producto horroroso de las innovaciones que se creyeron necesarias
y provechosas, y que se revelaron imposibilitadas de procesar sus desechos.
Por tal motivo, solo quienes estaban dispuestos a esgrimir una ingenuidad
rayana con la estupidez podían argüir un puro desconocimiento de lo que
la masa misma anunciaba7. Dicho lacanianamente, se trató de un verdadero
6 Recuérdese el siguiente pasaje de Elias Canetti (1987): “Una aparición tan enigmática
como universal es la de la masa que de pronto aparece donde antes no había nada […] nada
se había anunciado, nada se esperaba” (p. 10). Sobre el pensamiento de este autor búlgaro,
ver: Speziale (2023).
7 “Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de
huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos,
46 STUDIA POLITICÆ Nº 66 invierno 2025
síntoma de la subjetivación liberal y de su restrictiva noción de democracia.
Un real que la trastocó como si un ejército desplegara un accionar de pinzas
sobre el campo de batalla; con un ala operando sorpresivamente desde un
anco visible y con la otra moviéndose desde la retaguardia, como múltiples
cigarras que salen todas juntas a la supercie.
Visto desde un punto histórico-conceptual, la red de términos que le dio so-
porte a eso que se llamó “modernidad” reclamó una urgente variación; había
quedado en evidencia toda la articiosidad de las formas simbólicas que la
insuaron. Para ser ilustrativos —y también muy sucintos—, la masa había
desnudado verdades difíciles de asumir: la economía capitalista no necesi-
taba solo de la libertad de mercado para progresar; el Estado debía ocuparse
de algo más que de blandir el poder de policía y el individuo, considerado
un átomo de lo social, formaba parte de una trama mucho más compleja, im-
pensable sin ella. La masa surgió de una crisis total; de una época de crisis,
de una caída de los grandes relatos fundantes de la representación política
moderna. Crisis que, en América Latina, intentará solucionar a su modo el
populismo al comprender el carácter excluido de la masa y sus heteroge-
neidades intrínsecas, socialmente situadas y políticamente articulables. Este
rasgo, de hecho, tardará mucho en ser advertido teóricamente, pues lo domi-
nante, aquí o allá, era subrayar su homogeneidad y uniformidad. Recuérdese,
en este sentido, al pionero libro de Gustave Le Bon intitulado Psicología de
las multitudes [1895]. Según este pensador, la masa era un peligro para la
vida social, verdadero generador de una atracción insólita y destructiva, bo-
rradora de la singularidad y la agencia del ser humano, eliminadora de todo
vestigio de racionalidad, ese atributo especíco del sujeto cartesiano. Para
Le Bon, en ese contexto, el individuo imita a otros que ya forman parte de
la masa que, en ese trance, ya se han perdido a mismos. Lo interesante es
que, sin proponérselo, exhibe a un “no-individuo”; un ser que nace de la más
pura voluntad personal, pero que debido a esa misma agencia, deja de tener
autodeterminación, se auto-extingue.
Pero Le Bon nunca comprendió que se trataba de un fenómeno que disolvía
las fronteras entre el ponderado ámbito de la individualidad y el de la socie-
dad, que ponía en jaque la elaboración decimonónica de ciertas diferencias,
en apariencia incontaminadas entre sí. Su escrito, a nuestros ojos, revela todo
llenos de transeúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espec-
táculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de
bañistas. Lo que antes no solía ser problema, empieza a serlo casi de continuo: encontrar
sitio” (Ortega y Gasset, 1984, p. 39).
RICARDO LALEFF ILIEFF 47
lo que hay de masa —o de social— en el individuo racional; todo aquello que
el pensamiento liberal se empeñó en dejar de lado desde las propias premisas
enunciadas por el contractualismo en adelante: la excedencia y heterogenei-
dad de la vida —algo que, en cierto modo, había sido ya advertido por Karl
Marx y, desde ya, poco antes, por Hegel—. En denitiva, una lectura como
la nuestra puede ubicar estas aristas en tanto resulta sensible a la dimensión
éxtima —en este caso— de la masa. Aún sin tal admisión de su parte, el abor-
daje de Le Bon ha dejado una marca indeleble, incluso en aquellos autores
que se han encomendado a efectuar importantes variaciones desde el núcleo
de sus análisis8. Recuérdese cómo, treinta y seis años después de la aparición
de Psicología de las multitudes, Freud retomó y discutió sus argumentos. Si
bien es cierto que las consideraciones freudianas excedieron a la masa como
objeto de estudio, es indudable que esta repercutió en el modo de compren-
der la conformación de grupos y la naturaleza del lazo social. Por ello, la
empresa del vienés resignicó los términos en los que Le Bon había empla-
zado su pensamiento psicosocial. Freud le recordó a la moral burguesa sus
presupuestos corroídos, amenazados menos por la masa que por la debilidad
de sus propias premisas.
Empecinado en sostener una nueva disciplina que tratase las enfermedades
psíquicas, en su célebre Psicología de las masas y análisis del yo [1921]
Freud negó la distinción entre lo individual y lo social que operaba como
piedra angular en el decir de Le Bon. No coincidía con él en que el individuo
desaparecía en la masa, todo lo contrario. Su emergencia revelaba, de hecho,
la indiscutible dimensión social e histórica del individuo, esto es, la cción
de su supuesta autonomía y racionalidad auto-centrada9. La masa, por tanto,
debía ser entendida como un producto histórico de la lógica gregaria de los
hombres y mujeres, para nada anómalo —de allí que, en su trabajo de 1921,
8 Como por ejemplo se puede cotejar en Las multitudes argentinas [1899] de José Ramos
Mejía —al respecto ver Rozenberg (2024)—.
9 Asumimos que se trata de una lectura algo hegeliana de nuestra parte, pues, como se re-
cordará, fue este lósofo alemán (2004) quien argumentó que el individuo es una verdad
consagrada en la modernidad; una verdad de la “Idea de libertad”, de su despliegue efectivo
en el mundo, que apareció tímidamente en tiempos griegos por el nacimiento de la subje-
tividad y se erigió como insoslayable tras la Reforma y la Revolución Francesa. Pero esa
certeza, para Hegel, podía poner en riesgo la convivencia social si —como suponía que
hacía el liberalismo— ubicaba al individuo como un absoluto, negando su pertenencia a un
entramado ético superior. Creemos que no hace falta tracar ninguna teleología para pensar
y repensar los recovecos de este diagnóstico en la tematización acerca del populismo y su
noción de unidad política.
48 STUDIA POLITICÆ Nº 66 invierno 2025
apelará al ejército y a la Iglesia Católica para su comprensión—. Por ello,
para Freud, no existe individuo cuya historia, única e irrepetible, no se en-
cuentre tallada desde el inicio por el imperio de la cultura, por el pasado y por
el inconsciente, cuya autoría nadie puede asumir, pero de cuyo poderío nin-
gún sujeto puede escapar. Esta premisa es la que dio lugar a la suplantación
del esquema leboniano de la imitación por el de las identicaciones, permi-
tiendo un análisis más complejo y menos prescriptivo sobre la vida política,
recuperando la dimensión libidinal y afectiva del lazo social.
Gracias, pues, a esta revisión hecha por Freud, quedó servida la posibilidad
de pensar lo negado y lo impugnado de los fenómenos políticos sin recurrir
a atajos normativos. La apelación al pensamiento del padre del psicoanálisis
efectuada en las páginas de La razón populista es una muestra patente de ello.
Allí, Laclau se valió del decir freudiano a los nes de pensar las identidades
colectivas y el populismo, por fuera del sesgo eminentemente autoritario con
el que el que el vienés distinguió a todo liderazgo y autoridad (Biglieri y
Perelló, 2016)10—. Lo relevante de esto, y como veremos a continuación,
es que las teorizaciones sobre la naturaleza de la masa estaban destinadas a
declinar en la pregunta sobre la política posible en tiempos de su emergencia,
allí cuando ya no se podía evitar su presencia en el espacio público. En el
universo de la física, el término “masa” remitía a nociones como “volumen”,
“homogeneidad” y “expansión”; algo de esos mismos signicantes operaban
también en el universo de los lenguajes políticos existentes en el siglo XX.
La masa era simbolizada a partir de la idea de falta de voluntad propia, de
necesidad de que una fuerza externa le imprimiera contorno a los nes de que
dejara de ser amorfa para, así, convertirse en un componente de otra cosa. En
plena crisis de la subjetivación liberal, emergieron diferentes posturas sobre
qué hacer con ella. El populismo clásico latinoamericano, como un tipo de
articulación nacida en este marco, postuló la necesidad de transformar a la
“masa” en “pueblo” y hacer de este el sujeto colectivo de una democracia
de otro tipo; una que contrarreste la atomización de la representación liberal
y habilite otra noción de unidad política. Debemos comprender cabalmente
este pasaje que nos lleva de las masas al pueblo del populismo para continuar
con nuestros propósitos. Así, tras unos párrafos introductorios, nos adentra-
remos en la lectura de uno de los escritos más célebres de Gino Germani, el
primer gran teórico del populismo peronista.
10 Esto cambia en el psicoanálisis con la revolución introducida por Jacques Lacan. De allí
en más, el “padre” —metáfora de la autoridad— es, al mismo tiempo, negación y causa de
deseo.
RICARDO LALEFF ILIEFF 49
¿Qué hacer?
La apelación efectuada más arriba a la pregunta estradiana ¿qué es esto? a
los nes de comprender la novedad de la masa en su propio tiempo histórico,
habilita ahora la evocación de otro interrogante —de reverberaciones leninis-
tas— para poder adentrarnos en la declinación populista que nos interpela, a
saber: ¿qué hacer (con esto)?11 Buscamos señalar que pensar sobre las masas
en tiempos de crisis del liberalismo desembocó en el interrogante estratégico
de qué hacer con ellas. El único camino posible era el de la integración. Más,
¿cómo? ¿Cómo valerse de las masas para gestar una política legítima y e-
caz, esto es, posibilitadora de la vida social?
En tiempos de entreguerras, un pensador como Antonio Gramsci (1999) cap-
muy bien lo que se cifraba en tal desafío: una verdadera lucha para valerse
del consentimiento de las masas. Desde su óptica, la exigencia de la época
no podía colmarse en la disputa electoral, tampoco apelando a la renovación
de los esquemas parlamentarios, que en Italia ya habían fracasado notoria-
mente. La política de masas exigía fundación, que bien podía ser de tono
revolucionario o asumir su máxima negatividad, esto es, la cara de una brutal
represión. Gramsci, como líder comunista, postuló que un nuevo “príncipe
moderno” —el partido revolucionario marxista— debía transmitir a la masa
la verdad: su existencia radicaba en la condición de subalternidad de la pro-
pia dominación capitalista. Extender esta conclusión evitaría, según su pare-
cer, que los miembros de la masa se convirtieran en instrumento y objeto de
la contrarrevolución fascista, en verdugos y víctimas del imperio del capital.
Para esta importantísima gura sarda, la masa dejaba de ser masa cuando se
reconocía como parte de la clase dominada.
Por aquellos mismos años, aunque desde otro perl ideológico, Carl Schmitt
(2008) acentuó la necesidad de una subjetivación política diferente a la libe-
ral, dado que la “discusión” y la “racionalidad” propia del parlamentarismo
no podían operar sobre el locus de la política del momento: las calles. Solo la
representación del pueblo en una única autoridad con poderes extraordinarios
podía calmar las tensiones sociales y reestructurar a las masas en un esquema
nacional e, incluso, dirigirlas a la verdadera oposición existencial que cruza-
ba la realidad germánica del momento: la humillación de Versalles. Citamos
a ambos autores porque expresaron mejor que nadie modelos diferentes de
11 ¿Qué hacer? Cuestiones candentes de nuestro movimiento es un texto publicado por Le-
nin en 1902, en el que se retoma el título de la novela homónima de Nikolai Chernyshevsky
—gura del populismo ruso— publicada en 1863. Sobre el particular: Ingerom (2017).
50 STUDIA POLITICÆ Nº 66 invierno 2025
subjetivación ante un mismo desafío; modelos que, con sus variaciones, se
desplegaron en Europa. Partido revolucionario y Estado plebiscitario fueron
vectores de una política de masas y sobre las masas12. En América Latina, en
cambio, otro esquema hará su aparición: uno que, sin negar la vida partido-
crática, ni tampoco subordinando al Estado a una organización determinada,
establecerá —como veremos— una respuesta diferente sobre la composición
y dinámica de la vida política.
Si la masa fue un real de la subjetivación liberal, si incluso fue un real de la
noción hegemónica de individuo —que lo gura como base de lo social—,
también lo sería la naciente subjetivación populista. Es que al desplegar-
se en su crisis, el populismo se posicionó dentro de la tradición moderna
buscando su superación a través de un reordenamiento de muchos de sus
presupuestos13. Por ello es menester valerse de la obra de Germani y de toda
su clarividencia a los nes de dar cuenta de la novedad y originalidad de esta
particular expresión que sigue siendo discutida hasta nuestros días. Repasar
sus consideraciones sobre las masas, la democracia liberal y el populismo pe-
ronista nos permitirá ensayar una variación de sus conclusiones para seguir
nutriendo al debate. De hecho, a partir de su propia letra, argumentaremos
que el populismo varió sobre la tradición liberal buscando reparar o recticar
su noción de democracia, más sin destruir sus bases y las del esquema repre-
sentativo moderno —el sufragio individual—, sino procurando conservarlas
y hasta ampliarlas como parte constitutiva de una noción de unidad política
de otra índole.
Como bien sabe la literatura especializada, la sociología de Germani se de-
sarrolló en vistas a mostrar los efectos de la modernización, trazando dife-
rencias entre las estructuras sociales de Europa y América. Así, partió de la
idea de que las masas argentinas efectivamente se habían integrado a la vida
política gracias al peronismo. Gran parte de sus escritos procuraron exhibir la
peculiaridad de tal fenómeno. En el breve texto “La integración de las masas
a la vida política y el totalitarismo” —redactado en 1956 a raíz de un pedido
de la “Revolución Libertadora”—, este académico romano indicó cómo el
12 Dado que no tenemos intención alguna de cartograar los modos en los que fueron pon-
derados, nos basta con recordar estos esquemas de subjetivación que, además, han ilustrado
formas distintas de negación de la democracia liberal y que hasta pueden coaligarse con
otros —como, por ejemplo, la vanguardia leninista o el cesarismo spengleriano—. Al res-
pecto, véase: Laleff Ilieff (2020b).
13 Lo que no pretende abonar una idea del populismo como “espectro” (Arditi, 2004; Ba-
rros, 2006; Melo, 2013) iliberal (Pappas, 2019). Sobre estos debates: Souruojon (2021)
RICARDO LALEFF ILIEFF 51
peronismo desplegó un proceso tan necesario como dañino y “trágico”14. El
movimiento bautizado en octubre de 1945 realizó una “experiencia” de liber-
tad “concreta”, “real” y “verdadera”. Pero a los ojos de Germani, no había
en él ni un mínimo o recóndito elemento democrático. Esta caracterización
ambigua obliga a que nos ocupemos de comprender la manera en que su
texto vincula “libertad” con —ausencia— de “democracia”. Creemos que
allí estriba la posibilidad de replantear las conclusiones del análisis germa-
niano dirigiéndolas hacia el tópico de la unidad política y su tratamiento de
la heterogeneidad.
Decíamos, el peronismo fue, para Germani, un “totalitarismo”; una clase de
movimiento de masas que operó sosteniendo una “ilusión”, una falsedad,
una análoga, más no idéntica, a la del nazismo y el fascismo —experiencia
esta última de la cual había logrado escapar recalando en Buenos Aires—.
Este juicio, que hoy día suena cuanto menos exagerado, indica lo notorio y
destacable del uso pionero de una categoría que ensaya Germani buscando
ponerle nombre a algo novedoso, a una subtrama del fenómeno inaudito de
las masas. Es cierto: esta propuesta carecerá de beneplácito en la literatura
posterior, pues el concepto “totalitarismo”, célebre a partir del estudio monu-
mental de Hannah Arendt (2006) sobre el fascismo, el nazismo y el estalinis-
mo —publicado pocos años antes, en 1951—, no se utilizará para aprehen-
der la naturaleza del peronismo, ni tampoco la del populismo. Sin embargo,
la noción de “totalitarismo” le funcionó muy bien a Germani en 1956 para
mostrar lo que juzgaba verdadero y erróneo de la empresa argentina de in-
tegración, en tanto le permitió asociarla al componente anti-democrático y
anti-liberal indiscutible de los movimientos comandados por Adolf Hitler y
Benito Mussolini. Tal ejercicio de equivalencia fue posible, porque el soció-
logo italiano partió de considerar el problema de la masa desde el fenómeno
irrefrenable de la modernización económico-social. Esta, según su parecer,
había dado lugar a una “verdadera crisis” de gran escala, de carácter “total”,
que se extendía “a todos los aspectos de la vida”, tanto “en el orden perso-
nal y colectivo”; crisis que “nadie” podía discutir y en la que solo aparecen
14 “La tragedia política argentina residió en el hecho de que la integración política de las ma-
sas populares se inició bajo el signo del totalitarismo, que logró proporcionar, a su manera,
cierta experiencia de participación política y social en los aspectos inmediatos y personales
de la vida del trabajador anulando al mismo tiempo la organización política y los derechos
básicos que constituyen los pilares insustituibles de toda democracia genuina. La inmensa
tarea a realizar consiste en lograr esa misma experiencia, pero vinculándola de manera
indisoluble a la teoría y a la práctica de la democracia y de la libertad(Germani, 1968,
p. 337).
52 STUDIA POLITICÆ Nº 66 invierno 2025
discrepancias cuando “se trata de asignarle un signicado” (Germani, 1968,
p. 310). Para Germani, tanto en Europa como en América Latina emergie-
ron notables asincronías sociales, económicas y políticas. En ese marco, el
peronismo apareció como una respuesta imperfecta y anómala a esas emer-
gencias, pero una respuesta al n. Integró a migrantes del campo a la vida de
la ciudad; se amparó en el apoyo de los sectores populares más bajos y no
en el de los sectores medios urbanos —como sucedió en la Alemania e Italia
de los años 1930— y, evitó, en ese proceso, construir un “chivo expiatorio”
sobre los cuales descansar las frustraciones sociales contenidas por años —a
diferencia de lo acontecido en los países europeos—.
Ante estas diferencias, la pregunta que se impone es bien simple: ¿por qué
tratar entonces al peronismo como un totalitarismo si sus rasgos, tan bien
documentados por Germani, mostraban menos su dimensión otra en relación
con la democracia que su radical ajenidad con los movimientos europeos
mencionados? Si realmente existía una crisis epocal, si diferentes reverbera-
ciones aparecían en las más variadas coordenadas geográcas como parte de
los efectos perniciosos de la modernización, y si lo parecido no era idéntico,
¿no quedaba claro lo impropio de proponer una equivalencia entre tales ex-
periencias? Como bien indica Samuel Amaral (2018), Germani no volvería
a plantear una similitud tan radical entre esos procesos, aunque jamás aban-
donaría su juicio en torno a la naturaleza autoritaria del peronismo15. Y aquí
es menester recordar la importancia —y al mismo tiempo la simpleza— de
una tematización adecuada sobre el omnipresente rol del líder en su escri-
to. Pues, en denitiva, en su trabajo de 1956, sostuvo que fue la condición
de “demagogo” de Perón —idéntica a la de Hitler y Mussolini— lo que le
permitió desplegar una política inauténtica, en apariencia democrática. Ger-
15 La propia obra de este autor es indicativa de la dicultad de conceptualizar la novedad del
peronismo, cuestión que evidencia por qué buscó asirla desde diferentes categorías, todas
ellas hoy entendidas como predicados de una sola. Aquí aparece —al menos— una arista
metodológica no menor a tener en cuenta en un trabajo como el nuestro, que se pretende
respetuoso de los contextos de enunciación. La singularidad histórica de los movimientos
considerados populistas rompe con ciertas precauciones de la historia de los conceptos de
raigambre koselleckiana. Ni durante el peronismo, el cardenismo o el varguismo los actores
utilizaron la noción de populismo. Solo existe una breve mención —en 1914— en un diario
socialista para referenciar —peyorativamente— al presidente radical Hipólito Yrigoyen
(Martínez Mazzolla, 2009). Recién en los años 1960, el populismo aparecerá como una
categoría crucial para entender estas experiencias, y ello por accionar de intelectuales como
Guido Di Tella (1965) y el propio Germani. La nominación responderá al ejercicio de com-
prensión histórica y no a la voz de los propios protagonistas, mostrando que la acción de
inteligir puede incidir en los sentidos y en las prácticas políticas.
RICARDO LALEFF ILIEFF 53
mani enfatizó, sin embargo, que a diferencia de los líderes fascistas y nazis,
el argentino lo hizo a partir de una libertad social y laboral bien concreta,
una experiencia que le dispensó a las masas olvidadas y subyugadas16. Allí,
entonces, radicaba la atractiva peligrosidad del peronismo. Perón produjo
una libertad empírica inobjetable a los nes de dar lugar a una servidumbre
incontrastable; una verdad a una ilusión, y todo por obra de su gran capaci-
dad manipuladora. En denitiva, la capacidad de un único hombre que podía
valerse de las masas, hacer de ellas el instrumento de su voluntad individual,
sacando provecho de su estado en “disponibilidad”17.
El peronismo se reducía al accionar del líder que operaba magistralmente
sobre los otros, casi como si estuviera por fuera de las relaciones sociales,
como si pudiera sustraerse de ellas —todo eso a lo que, de una manera u otra,
se había opuesto Freud al pensar la lógica de la identicación— e, incluso,
como si pudiese ser indemne a los grandes movimientos estructurales de la
16 “No pretendemos negar con esto la existencia de elementos psicosociales comunes en
todo totalitarismo: la identicación de las masas con el «líder», el contacto directo, perso-
nal, diríamos, a que éste apunta (y frecuentemente logra: recuérdense los típicos «diálogos»
con la muchedumbre), representaban en la Argentina como en los casos europeos (aunque
en distinta medida) un poderoso vehículo en la formación de esa seudoparticipación nece-
saria para el consentimiento. Mas aquí termina, por lo menos a este respecto, la similitud
entre el fenómeno europeo y el argentino” (Germani, 1968, p. 323).
17 Pero excluyendo el clientelismo: “En la interpretación de este fenómeno se ha incurrido
en graves equívocos. Según la versión generalmente aceptada, el apoyo de las clases popu-
lares se debió a la demagogia de la dictadura. Una armación tan genérica podría aceptarse,
más es, por lo menos, insuciente. Pues lo que tenemos que preguntarnos a continuación
es en qué consistió tal demagogia. Aquí la interpretación corriente es la que por brevedad
llamaremos del «plato de lentejas». El dictador «dio» a los trabajadores unas pocas ventajas
materiales a cambio de la libertad. El pueblo «vendió» su libertad por un plato de lentejas.
Creemos que semejante interpretación debe rechazarse. El dictador hizo demagogia, es ver-
dad. Mas la parte efectiva de esa demagogia no fueron las ventajas materiales, sino el haber
dado al pueblo la experiencia (cticia o real) de que había logrado ciertos derechos y que lo
estaba ejerciendo. Los trabajadores apoyaban la dictadura, lejos de sentirse despojados de
la libertad, estaban convencidos de que la habían conquistado. Claro que aquí con la misma
palabra libertad nos estamos reriendo a dos cosas distintas; la libertad que habían perdido
era una libertad política a ejercer sobre el plano de la alta política, de la política lejana y
abstracta. La libertad que creían haber ganado era la libertad concreta, inmediata, de ar-
mar sus derechos contra capataces y patrones, elegir delegados, ganar pleitos en tribunales
laborales, sentirse más dueños de mismos. Todo esto fue sentido por el obrero, por el
trabajador general, como una armación de la dignidad personal. Se dijo que de ese modo
se alentó la indisciplina y el resentimiento. Esta interpretación, creemos, constituye un error
tan grave como la teoría del «plato de lentejas»” (Germani, 1968, p. 326).
54 STUDIA POLITICÆ Nº 66 invierno 2025
sociedad —lo que el propio Germani buscaba pensar con el esquema de la
modernización—. La masa desconocía la experiencia de la libertad política.
Toda la clarividencia germaniana quedaba así limitada, trunca, por un nor-
mativismo de base, ciego para localizar la elaboración populista en el marco
mismo de la democracia liberal, en el marco de la supuesta crisis de la mo-
dernización. Sabemos, no obstante, que el populismo peronista fue algo dis-
tinto a lo descrito por Germani, aunque susceptible de ser delimitado en sus
atributos más importantes, desde muchas de las coordenadas brindadas por
su pluma. Se trató, en verdad, de un esquema democrático de subjetivación,
que no anuló los principios fundamentales del liberalismo, en tanto resultó
sensible a la heterogeneidad social, comprendiendo la singularidad inerradi-
cable del individuo, pero ubicándola como parte de un entramado mayor que
le daba sentido. Como veremos, elaboró una noción de unidad política que
permite asumir la contingencia de sus principios y fundamentos.
Germani sabía muy bien que el mundo de los notables ya no podía retornar
y que la masa remitía a la existencia de hombres y mujeres con expectati-
vas, creencias y sufrimientos —¿qué cosa era, sino, su idea tan polémica del
traslado de visiones tradicionales al corazón mismo de la modernización?—.
Su apuesta de subjetivación era, por tanto, menos una apuesta por preservar
al individuo de la masa como pretendía Le Bon, que por preservarlo de un
esquema que planteaba otra idea de democracia, no necesariamente iliberal,
y que impugnaba abiertamente con el mote de “totalitaria”18. Pero no hay
que olvidar que los verdaderos lectores del trabajo aquí analizado estuvieron
bien lejos de ensayar alguna suerte de vinculación entre la “libertad social”
obtenida en tiempos peronistas y “la libertad política” que estuvo vedada
por la voluntad del “dictador” Perón. Es tan curioso como trágico —y aquí
volvemos a esta palabra— que el autor italiano les hablara de una “ilusión”
a los golpistas de 1955, a quienes tenían la ilusión de desterrar la política de
masas, a quienes pretendían negar la opción asumida como propia por sus in-
dividuos. Negar, en pocas palabras, el nombre que los identicaba como gru-
po y su derecho a manifestarlo en elecciones abiertas y libres impugnando,
así, la democracia representativa en tanto tal. Dado el historial que se ave-
cinaría de allí en más —reiteradas proscripciones, tutelajes y golpes dentro
de una institucionalidad excluyente—, resulta difícil no tentarse y preguntar
quién era, efectivamente, el guardián de la democracia liberal argentina. Una
18 Quizás sirva recordar que el líder populista colombiano Jorge Eliécer Gaitán, al momento
de ser asesinado, era la gura más prominente del...¡Partido Liberal! Sobre el particular:
Acosta Olaya (2022).
RICARDO LALEFF ILIEFF 55
pregunta, empero, menos pertinente y fructífera teóricamente que esta otra:
¿cómo rearticuló el populismo la relación entre democracia y liberalismo?
¿Cómo pensar desde la experiencia peronista la representación moderna y la
construcción de un espacio común? Proponemos revisitar algunos aspectos
de la obra de Laclau para inscribirnos en tales interrogantes.
De la lógica del dos a la lógica del tres
Antes de avanzar recordemos lo efectuado hasta el momento.
En el primer apartado de nuestro escrito plasmamos la vinculación del popu-
lismo con los interrogantes abiertos por el fenómeno abyecto de la masa. En
el segundo apartado destacamos al populismo como un modo especíco de in-
tegración de las masas. Ahora, en este tercer y último apartado, mostraremos
la reversión populista de los presupuestos nodales del liberalismo, operación
pensable a partir de las nociones laclausianas de “demanda” y “afectividad”.
El populismo surgió como una reelaboración de la crisis de representación
democrático-liberal intentando resignicar sus nociones fundamentales, rear-
ticulándolas de una manera distinta, gestando así otro modelo de unidad po-
lítica, una que bien puede considerarse “abierta”. Hablamos de una “unidad
abierta” en tanto el esquema de representación asuma el carácter contingente,
presuponga a la vida social como heterogénea, litigiosa y conictiva. Es por
esto que el populismo no puede ser gurado como lo otro de la democracia,
tampoco como lo otro de la democracia liberal; más bien, es una modulación
interna a ella que buscó resignicar sus presupuestos asumiendo sus desa-
fíos. Así, la clásica y siempre peyorativa oposición entre “populismo” y “de-
mocracia” —que cruza diversos discursos antipopulistas—, o entre “populis-
mo” y “liberalismo”, debe ser replanteada desde otra lógica, acaso desde una
triádica atenta a la naturaleza misma de su despliegue histórico. Sostenemos,
precisamente, que solo pensando la manera en la que el populismo se sirvió
y resignicó al liberalismo, evitando la deriva totalitaria, dando lugar a una
noción de vida en común que no parte ni se reduce en el individuo, es posible
entender su noción de democracia. Esta tarea que nos proponemos resulta
imposible sin aludir a La razón populista, obra en la que Laclau —como bien
indicó Pasquale Serra (2019)— circunscribió de manera novedosa el aporte
del populismo a la discusión contemporánea sobre la política.
En este sentido, para Serra (2019), la crisis de representación liberal manifes-
tada en tiempo de entreguerras fue producto de una “crisis de trascendencia”,
56 STUDIA POLITICÆ Nº 66 invierno 2025
es decir, una crisis “teológico-política” —en sentido schmittiano—. En la
medida en que el liberalismo no logró procesar la heterogeneidad social, ni
concebirla por fuera de cierto paradigma homogeneizador, no logró articular
el elemento inmanente de la política con una idea ordenadora del mundo. Se
trató, por tanto, de una incapacidad de generar legitimidad y de sostener la
representación entre gobernantes y gobernados que estalló con la irrupción
de las masas. Por ello, siguiendo a Serra, el populismo procuró reactualizar
este esquema desde un costado menos normativo, incluso reconociendo la
contingencia radical de la legitimidad y no un trasfondo esencialista19. A di-
ferencia del abordaje germaniano, el laclausiano permitió acercarse a este
fenómeno con otras posibilidades interpretativas. Dicho más claramente, el
análisis de Laclau permite pensar la gestación de un espacio de representa-
ción evitando caer en la tentación de una clausura y, por ende, garantizan-
do un nivel de pluralismo social fundamental, que no asuma la restricción
del demos legítimo (Barros, 2018). De allí que, para el pensador argentino,
el populismo sea un tipo de articulación política que no puede armar un
contenido especíco, solo exponerse a la situación endeble e incierta de su
despliegue en un mundo sin garantías últimas. Una unidad política abierta,
necesaria e imposible, despliega un quehacer inmanente que anuda las dife-
rencias y administra la conictividad.
Por ello, los “populismos realmente existentes” (de Ípola y Portantiero, 1981)
—es decir, los que se desarrollaron en América Latina durante la primera mi-
tad del siglo XX— no suprimieron jamás a la democracia liberal; de hecho,
ampliaron su matriz de derechos, tanto en términos sociales como políticos,
gestando nuevas instituciones —a diferencia de lo que el propio Laclau ar-
guyó, en un error no forzado (Aboy Carlés, 2010a)20—. En Argentina, esto
se vericó en las diversas ampliaciones del sufragio (Barros y Barros, 2023),
que permitieron, primero, la llegada del yrigoyenismo al poder en 1916 y, ya
en tiempos del gobierno de Perón, la participación femenina en 1947. Asi-
mismo, por aquellos años, se garantizó el sufragio de los habitantes de los
19 La visión del sujeto moderno (liberal), con la matriz jurídica en la que se ampara, es emi-
nentemente sustancialista y, por tanto, no puede ver su temporalidad y cómo su visión busca
imperar en cualquier espacio de experiencia, por fuera de las condiciones de su realización.
El populismo supone otra matriz de derecho, una no sustancialista. En ese sentido es que
resulta tributario de la tradición republicana (Rinesi y Maruca, 2010).
20 Por eso mismo, siguiendo a Barros (2018), acordamos en que no hay populismo de “dere-
cha”—ni tampoco, agregamos nosotros, de “izquierda”—, precisamente porque el populis-
mo se caracteriza por ampliar el espacio de representación, mientras que los —erróneamen-
te— llamados “populismos de derecha” no hacen sino otra cosa que restringirlo.
RICARDO LALEFF ILIEFF 57
“territorios nacionales” que, hasta ese momento, eran gobernados por funcio-
narios elegidos directamente por el gobierno nacional (Barros, 2021). Tales
acontecimientos, como es de imaginar, marcaron decididamente la sonomía
de la vida política del país, siendo instancias democratizadoras, difíciles de
recordar para aquellas perspectivas como la germaniana. Es notorio cómo
muchos de los trabajos académicos posteriores, que abonan juicios seme-
jantes a los del italiano, son reacios a asumir el peso de estos —y otros—
hechos que muestran la relación entre populismo, liberalismo y democracia
que hemos procurado postular; por eso, en el mejor de los casos, hablan de
“hibridación”21.
Ahora bien, Laclau entregó las claves para comprender la rearticulación
que el populismo llevó a cabo de las premisas de la democracia liberal. Con
Freud, comprendió lo heterogéneo de un campo de representación y lo ra-
dicalmente heterogéneo en él, eso que funciona de combustible para la vida
política y la historia. Incluso a pesar de arbitrariedades o ambigüedades en el
despliegue de su pensamiento —como la triple sinonimia entre hegemonía,
política y populismo22—, su teoría del populismo mantiene la apertura de la
signicación como presupuesto fundamental. Esto se ve de manera nítida en
la comprensión de la demanda como “mínima unidad de análisis” y en su
apelación al afecto, ambos presentes en su escrito de 2005.
Como se sabe, allí Laclau procuró entender a las identidades colectivas desde
el anudamiento de lo considerado eminentemente “social” y lo puramente
“individual”, buscando ir más allá de una lógica funcionalista o individua-
lista de análisis23. Por ello, no es cierto que su noción de demanda provenga
de un gesto arbitrario (de Ípola, 2009) o despolitizador (Selci, 2018) de su
21 En Peruzzotti (2017), por ejemplo, la hibridación conlleva la posibilidad patente de des-
trucción de la democracia liberal y el camino allanado al autoritarismo, no así en Aboy
Carlés (2024), quien la concibe más cercana a la idea de mixtura de elementos de distintas
tradiciones. Esto, desde ya, no quita ni niega que entre “populismo” y “liberalismo” no
puedan existir tensiones a tener en cuenta —de hecho, la fundamental entre ambos, presente
hoy día, remite al esquema de subjetivación que cada uno propone y al que pretendemos
aludir aquí—.
22 “Las condiciones de la democracia, las condiciones de la hegemonía y las condiciones de
la política son básicamente las mismas” (Laclau 2015, p. 105).
23 “La imposibilidad de jar la unidad de una formación social en un objeto que sea concep-
tualmente aprensible conduce a la centralidad de la nominación en la constitución de la uni-
dad de esa formación, en tanto que la necesidad de un cemento social que uno los elementos
heterogéneos -unidad que no es provista por ninguna lógica articulatoria funcionalista o
estructuralista- otorga centralidad al afecto en la constitución social” (Laclau, 2015, p. 10).
58 STUDIA POLITICÆ Nº 66 invierno 2025
parte —para recordar dos lecturas de signos diversos, pero igualmente crí-
ticas—, sino de un elemento que activa y reactiva a la política en tanto tal.
Sin embargo, sostenemos que su trasfondo teórico debe ser explicitado de
manera aún más certera, en tanto la demanda va más allá de la idea de “sa-
tisfacción” o “insatisfacción” —como dio a entender Laclau—. Pues, ¿qué
implica, realmente, que una demanda sea “satisfecha” o que se vea “insa-
tisfecha”? ¿No estamos, fruto de las premisas ontológicas del posmarxismo
(Laclau y Mouffe, 2015), debidamente advertidos de que toda “satisfacción”
puede encubrir “insatisfacción” y toda “insatisfacción” hacer lo propio con
la “satisfacción”? Para que se entienda bien nuestro punto: no discutimos
que haya tópicos que se inscriban y se des-inscriban en un determinado mo-
mento, que aparezcan y desaparezcan de la discusión pública y del accionar
de una lógica gubernamental especíca, pero presumimos que la demanda es
índice —plusde algo más, no del todo subrayado por Laclau. Circunscri-
bir mejor esto es clave para nuestro análisis.
Vayamos por partes. En términos estructurales, bien se podría acordar con
Laclau en que toda demanda alude a la autoridad —a alguna clase de autori-
dad, que se supone debe responder—, en tanto su formulación puede apuntar
al reconocimiento, a la remisión o reparación de algún daño, o a la manifes-
tación de un malestar, pero siempre se entronca con una dimensión crucial de
la vida social, advertida muy bien por el psicoanálisis lacaniano en su retorno
a Hegel: el deseo. Por ello, la demanda es “demanda de amor” (Lacan, 1998,
p. 12). Detrás de ella existe algo más que la búsqueda de satisfacción de un
pedido determinado y acotado, extinguible en mismo, pues incluso si se
viera “satisfecha” —en el sentido indicado por Laclau—, pasaría a formar
parte de algo más, convirtiéndose en un antecedente, un logro, parte de un
imaginario partidario o de sus efemérides. Continuaría operando, en deni-
tiva, en el magma de la signicación24. En suma, la demanda es la mínima
unidad de análisis justo porque indica, en su enunciación y metabolización,
la energía primaria de la lucha política. Ideal a realizar, tarea a desarrollar,
la demanda deviene de una declinación de la fuerza del deseo; fuerza estruc-
tural que se liga a la falta constitutiva de lo simbólico —a la dislocación de
la estructura (Laclau, 2000)— y a la carencia ontológica de objeto, que es
24 Valiéndonos de Lacan (2008): “La demanda supone en efecto algo perfectamente co-
nocido en la experiencia humana, que hace que nunca pueda ser propiamente satisfecha.
Satisfecha o no, se anonada, se aniquila en la etapa siguiente y enseguida se proyecta sobre
otra cosa” (p. 103). Por eso no coincidimos con Zicman de Barros (2002) y su juicio acerca
de que en la noción laclausiana opera cierto esencialismo.
RICARDO LALEFF ILIEFF 59
menester positivizar25. Por ello, la analítica laclausiana enunciada en 2005
hace bien en erigir a la demanda como punto de inicio, pues interpela la lógi-
ca misma de la representación política —la distinción entre los gobernantes
demandados y los gobernados que demandan— y pone en movimiento el
componente libidinal del lazo social y su canalización en las identidades co-
lectivas. Así, logra ponderar un tipo de explicación sobre los fenómenos polí-
ticos —incluidos aquellos que muestran una suerte de exceso, como la masa
y el populismo—, coaligando la participación de individuos en un grupo y la
dinámica de los grupos en el marco de la dirección de un campo compartido
de signicación.
Sabemos, de todas maneras, que nos adentramos en un terreno tan interesante
como importante que, sin lugar a duda, amerita de otros trabajos para seguir
explorándolo. Sin embargo, nos permitimos proseguir con estas intuiciones,
con las salvedades del caso, y remarcar que si para Laclau las “demandas
insatisfechas” son las que pueden dar lugar a la articulación propia del pue-
blo, eso es, en todo caso, porque todas las demandas son, por denición,
imposibles de satisfacer. Siempre hay algo de una demanda “satisfecha” que
es resto, que va más allá de sí. Serra (2019) parece apuntar en esta dirección
cuando indica que el populismo busca solucionar la crisis de fundamento
del liberalismo. Según su parecer, el populismo gestó una unidad política
“abierta” —tal como ya hemos dicho— opuesta a la clausura normativa de
los ideales liberales. Por ello, su despliegue se insertó en la dimensión teoló-
gico-política propia de la modernidad, es decir, en el problema sobre la rea-
lización de una “Idea” en un mundo de mutabilidad. En nuestros términos, el
populismo se inscribió en una búsqueda ética, sensible a lo que une y posibi-
lita la vida social, replanteando la naturaleza de sus lazos y los términos que
estructuran la relación entre heterogeneidad social y homogeneidad política,
entre diferencia y equivalencia26. Por ello, la resignicación efectuada de la
noción de individuo solo puede ser entendida como una puerta de entrada al
25 Aquí es preciso ubicar la indicación laclausiana sobre la equivalencia entre la operatividad
de la lógica hegemónica legada por Gramsci y la función del “pequeño objeto a” de Lacan:
“No existe ninguna plenitud social alcanzable excepto a través de la hegemonía; y la hege-
monía no es otra cosa que la investidura, en un objeto parcial, de una plenitud que siempre
nos va a evadir porque es puramente mítica (en nuestras palabras: es simplemente el reverso
positivo de una situación experimentada como «ser deciente»). La lógica del objeto a y la
lógica hegemónica no son solo similares: son simplemente idénticas” (Laclau, 2015, p. 148).
26 Entre el exceso de formalismo con carencia de perspectiva ética (Critchley, 2018) y el
exceso de ética que debilita el análisis formal (Aboy y Melo, 2014-2015) pendulan las ob-
jeciones sobre la obra laclausiana. Aquí procuramos resituar tales considerandos.
60 STUDIA POLITICÆ Nº 66 invierno 2025
análisis de la red conceptual que procuró darle sustento a esta forma nove-
dosa de subjetivación política. Bien podríamos haber elegido otra. Creemos,
empero, que ilustra muy bien la variación populista de la herencia democrá-
tico-liberal de la modernidad, sin perseguir su anulación, a diferencia de lo
llevado a cabo por otras formas de subjetivación política —esas consideradas
como totalitarias—. Visto de este modo, los “populismos realmente existen-
tes” procuraron religar a los individuos entre desde una entidad que los
excede y antecede desde el punto de vista analítico —la “comunidad”, la
“nación”, etcétera—. Eso no implicó negar al individuo en su particularidad,
de hecho, se la asumió en un sentido también inerradicablemente singular a
tal punto que fue clave para la gestación del lazo social y reaseguro contra
toda demagogia o manipulación llevada a cabo hasta por el más genial o
perverso de los líderes. La mejor forma de entender esto es con la teoría del
afecto ensayada por Laclau; innovación virtuosa de su escrito sobre el popu-
lismo, dedicada a pensar la carnadura de la signicación que opera en el es-
pacio eminentemente discursivo de lo social. Así, el afecto no es lo que debe
ser desplazado de la política, lo que conlleva una espina para la libertad o el
imperio de la racionalidad, es lo que explica por qué un sujeto se identica
a un signicante y no a otro, aquello que alude la constitución identitaria del
sujeto y los grupos (Laleff Ilieff, 2020a; 2023)27.
En La razón populista, Laclau no solo rompió con los viejos prejuicios so-
bre las masas y el populismo que se han visto desde tiempos de Le Bon en
adelante, rompió también con la lógica misma de ciertas explicaciones que
—como las de Germani— descansan nalmente en el rol del líder, apelan
explicativamente y al mismo tiempo impugnan normativamente a la afecti-
vidad. Con el uso de la noción freudiana de lazo libidinal, remarcó que todo
lazo social es un lazo de amor y, por tanto, que no hay posibilidad de discri-
minar el afecto del entramado simbólico. Es decir, no solo es imprescindible,
sino que la discursividad nace de la simbiótica relación entre nominación y
afecto28. De modo que este funciona al menos de dos maneras: 1) como una
27 Por ello, no se puede excluir al campo del inconsciente en una tematización rigurosa so-
bre las identidades políticas sin perder algo de capacidad explicativa, opción que no implica
una psicoanalización de la vida social o una burda politización de la psiquis. Creemos, en
verdad, que esto debe ser tenido en cuenta como premisa, como parte de aquella contami-
nación ya señalada por Freud en su debate con Le Bon ya referido. Volveremos sobre esto
en las próximas líneas.
28 “La dimensión del afecto no es algo que podamos agregar a un proceso de signicación
sino algo sin lo cual la signicación, en primer lugar, no sería posible” (Laclau, 2008, p.
374).
RICARDO LALEFF ILIEFF 61
amalgama que posibilita lo común de la vida social —en tanto relaciona lo
general o universal de la subjetivación con lo particular de ella—, y; 2) como
verdadero indicio de singularidad al mostrar un nivel de heterogeneidad
inerradicable en la propia particularidad del individuo; singularidad coheren-
te con la oquedad ontológica que imposibilita, por ejemplo, la pura identidad
entre signicante y signicado. A nuestro criterio, la teoría laclausiana del
afecto revela la intimidad más profunda de los procesos identitarios al mismo
tiempo que permite pensar la especicidad de la identidad populista29.
Es cierto que en ese marco Laclau dejó habilitada la posibilidad de entender
la afectividad como el elemento que le sirve al líder o a la conducción de un
grupo para subordinar a sus miembros (Melo y Aboy Carlés, 2014-2015),
ya que armó “confusamente” (Retamozo, 2021) que el afecto es parte de
“prácticas discursivas” (Laclau y Mouffe, 2015), y no “algo que exista por
solo, independiente del lenguaje” (Laclau, 2015, p. 143)30. Sin embargo, para
ser rigurosos y eles con la mismísima teoría de la hegemonía que pergeñó,
su trabajo de 2005 no solo se emplaza desde el inicio marcando la íntima
relación entre nominación y afectos —que se alude con la noción de “in-
vestidura radical” (Laclau, 2015, p. 131)—, sino que además ubica al afecto
en lo insondable del inconsciente que opera en cada “individuo” y no es
pensable más que en el terreno de la clínica psicoanalítica, en tanto no existe
posibilidad de saturación31. Nos animamos a sugerir que Laclau no fue del
29 Una aclaraciónno tan al pasar: nada más justo y al mismo tiempo inexacto que el
mantra que reza que “todo es político”. “Todo es político”, en todo caso, en la medida que se
puede armar que todo es “social” o que nada es sin lo “social”, o sin la “historia”, la “cul-
tura”, etcétera. La política es el establecimiento de esas —u otrasfronteras y, por tanto,
también su corrimiento o el establecimiento incluso de no-políticas (Laleff Ilieff, 2020b).
30 En la actividad “Afectos y subjetivación política. En torno a la relación entre hegemonía,
democracia y populismo”, celebrada en el marco de la “Expo IIGG” el 30 de septiembre
de 2022, Melo nos presentó la postura que luego publicaría en un artículo intitulado “Pa-
labras rotas. Sobre populismo, Lacan y Laclau” (2023). Allí, repensó lo sostenido junto a
Aboy Carlés en su trabajo ya citado —postura que juzgó como “relativamente altisonante”
(p. 29)— en torno a la teoría laclausiana del afecto. Pareciera haber contemplado algunas
de las posibles desavenencias a su posición sobre aquella innovación laclausiana de 2005.
Creemos que el interrogante a seguir pensando es el mismo que hemos indicado tantas ve-
ces, a saber, cómo ponderar no solo el afecto como un componente crucial del lazo social,
sino cómo hacerlo destacando esquemas de subjetivación distintos. Este artículo se inscribe
en esa senda.
31 Por eso Laclau (2015) señaló que las categorías freudianas “obviamente requieren una
reformulación estructural si van a ser útiles como herramientas del análisis sociopolítico” y
que tal tarea excede a la “discusión sobre populismo” (p. 88).
62 STUDIA POLITICÆ Nº 66 invierno 2025
todo conducente con las propias premisas de su análisis. Debió, acaso, haber
tomado más recaudos y decir que la afectividad es uno de los nombres de la
heterogeneidad inerradicable de lo social y, por tanto, de la imposibilidad
de clausurar el espacio simbólico, por denición imposible de colmar. Esto
hubiera sido plenamente consecuente, y hasta subsidiario, con las premisas
ontológicas del psicoanálisis retomadas en sus escritos, según las cuales lo
real —lo imposible— opera desde dentro y fuera de lo simbólico —la sig-
nicación, el lenguaje, el orden— y que, por tanto, no es (solo) un efecto de
él32. Es decir, que no hay afecto sin castración del signicante, sin ingreso a
la vida social, pero no hay lenguaje tampoco sin un resto necesario por impo-
sible; un resto que alude y se despliega ante el vacío propio de una realidad
sin fundamento último.
Volviendo sobre nuestros pasos, como discurso hegemónico en la moderni-
dad, el liberalismo se amparó en el presupuesto de que el ser humano como
individuo se posee a mismo y actúa —debe actuar— movido por una
racionalidad medios-nes. Así, abonó una noción de política que niega su
excedencia, el real interno de su subjetivación —el inconsciente, la afecti-
vidad— y el externo —la masa, la comunidad—. En cambio, el populismo
latinoamericano, al reconocer toda la historicidad que le dio vida, al com-
prender la crisis de la subjetivación imperante, ubicó al individuo liberal en
un plano mayor de signicación, en un entrelazamiento comunitario en el
que, sin embargo, existe la diferencia y la conictividad33. Por ello, desplazó
cualquier sesgo totalitario de su horizonte. En consecuencia, el rasgo “rege-
neracionista” (Aboy Carlés, 2010b) que se le ha atribuido de manera perti-
nente —que tensiona al demos dicotomizándolo, esto es, planteando tensión
y su posible tratamiento interno—, lejos de suponer ambigüedad o debilidad
democrática, resalta las garantías para su permanencia. En cierto modo, si
debiésemos rastrear dónde descansa la dimensión trágica del populismo, no
es en el modo de integrar a la masa —tal como sugirió Germani—, sino en su
apuesta ética por asumir que la traducción de la palabra divina es imposible
en un mundo donde los dioses ya no hablan.
32 “Veo la revolución psicoanalítica como una inmensa ampliación del campo de la ob-
jetividad, que trae a consideración clases de relaciones entre entidades que no se pueden
expresar mediante el arsenal conceptual de la ontología clásica. Creo que nuestra principal
tarea intelectual es repensar la losofía a la luz de este proyecto” (Laclau, 2008, p. 376).
33 “Como doctrina política, el Justicialismo realiza el equilibrio del derecho del individuo
con el de la comunidad”, dice una de las sentencias de “Las veinte verdades peronistas”
formuladas por Perón que bien ilustra nuestra armación.
RICARDO LALEFF ILIEFF 63
Consideraciones nales
Para nalizar con estas páginas elegimos remarcar que liar al populismo a
la tradición liberal es una operación de lectura que, como hemos procurado,
permite indicar su inscripción en una serie de problemáticas abiertas por la
modernidad. De esta manera se comprende por qué tal esquema de articula-
ción política resulta impensable sin la noción de democracia representativa.
Precisamente por la crisis de la forma política liberal, por su excedencia bien
especíca en términos históricos, el populismo emergió como una apuesta de
resignicación que procuró solucionar su falla. Propuso una subjetivación a
tono con una serie de objeciones gestadas desde diversos campos del saber
—el psicoanálisis, por caso— a una noción “individualista” de individuo.
Así, el populismo latinoamericano dio cuenta de una novedad sustancial en
torno a la construcción de una forma política de otro tipo. Por eso hemos que-
rido mostrar que no puede ser considerado una vertiente más de lo “totalita-
rio”, ni mucho menos reducido a lo anómalo de las “correctas” experiencias
occidentales. Señalar al populismo como una “superación” del liberalismo
es dejar asentada una deuda —dual y polémica—, pero también un camino
potente en términos interpretativos. Es mostrar, en suma, un hacer especíco
con la herencia histórica y una manera de comprender aspectos de la política
que, con variaciones y rasgos cambiante, continúa interrogando la democra-
cia de nuestros días.
Bibliografía
Aboy Carlés, G. (2010a). “Las dos caras de Jano: acerca de la compleja relación entre po-
pulismo e instituciones políticas”. Pensamento Plural, 4-7, 21-40
Aboy Carlés, G. (2010b). “Populismo, regeneracionismo y democracia”. POSTdata, N. 1,
11-30.
Aboy Carlés, G. (2016). “Populismo y democracia liberal. Una tensa relación”. IDENTI-
DADES, 2-6, 5-26.
Aboy Carlés, G. (2024). Ese comodín llamado populismo. En H. Solís Gadea, M. Amezcua
Yépiz y J. Casco (coords.) Democracias en disputa. Diagnósticos, narrativas y resis-
tencias en América Latina (pp. 141-201). CLACSO-CALAS.
Acosta Olaya, C. (2022). Un dique en aguas turbulentas: Identidades políticas, populis-
mo y violencia en la Colombia de Jorge Eliécer Gaitán, 1928-1948. Universidad del
Rosario.
Amaral, S. (2018). El movimiento nacional-popular. Gino Germani y el peronismo. EDUN-
TREF.
64 STUDIA POLITICÆ Nº 66 invierno 2025
Arditi, B. (2004). “El populismo como espectro de la democracia: una respuesta a Cano-
van”. Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, 47 (191), 105-120.
Arendt, H. (2006). Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Alianza.
Balibar, É. (1994). Subjection and Subjectivation. En J. Copjec (ed.) Supposing the Subject
(pp. 1-15). London: Verso.
Barros, M. y Barros, S. (2023). “¿Qué hace el populismo con los derechos? La recongura-
ción de derechos en el caso argentino”. Studia Politicæ, 60, 221-247.
Barros, S. (2016). “Espectralidad e Inestabilidad Institucional. Acerca de la Ruptura Popu-
lista”. Estudios Sociales, N. 30, 145-162
Barros, S. (2018). “Polarización y pluralismo en la teoría de la hegemonía de Ernesto La-
clau”. Latinoamérica. Revista de Estudios Latinoamericanos, N. 67, 15-38
Barros, S. (2021). “El análisis de identicaciones políticas. El peronismo en la Convención
Constituyente de Chubut de 1957”. Revista SAAP, vol. 15, 421-447.
Biglieri, P. y Perelló, G. (2016). “Laclau with Freud, or the Path Towards Psychoanal-
ysis as General Ontology”. Política Común, vol. 9, DOI: https://doi.org/10.3998/
pc.12322227.0009.002.
Canetti, E. (1987). Masa y poder. Alianza.
Critchley, S. (2008). ¿Hay un décit normativo en la teoría de la hegemonía? En S. Crit-
chley y O. Marchart (comps.) Laclau. Aproximaciones críticas a su obra (pp. 145-
155). Fondo de Cultura Económica.
De Ípola, E. (2009). La última utopía. Reexiones sobre la teoría del populismo de Ernesto
Laclau. En C. Hilb (comp.) El político y el cientíco. Ensayos en homenaje a Juan
Carlos Portantiero (pp. 197-220). Siglo XXI.
De Ípola, E. y Portantiero, J. (1981). “Lo nacional-popular y los populismos realmente
existentes”. Nueva Sociedad, N. 54, 7-18.
Di Tella, T. (1965). “Populismo y reforma en América Latina”. Desarrollo Económico, N.
4, V. 16, 391-425.
Freud, S. (1992). Lo ominoso. Obras completas, Tomo XVII. Amorrortu.
Freud, S. (1997). Psicología de las masas y análisis del yo. Obras Completas, Tomo XVIII.
Amorrortu.
Germani, G. (1968). La integración de las masas a la vida política y el totalitarismo. Políti-
ca y sociedad en una época de transición. Paidós.
Gramsci, A. (1999). Cuadernos de la cárcel. Era.
Halperín Donghi, T. (1985). Tradición política española e ideología revolucionaria de
mayo. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.
Hegel, G. (2004). Principios de la losofía del derecho. Sudamericana.
Hobsbawm, E. (2010). La era del capital 1848-1875. Crítica.
RICARDO LALEFF ILIEFF 65
Ingerom, C. (2017). El revolucionario profesional. La construcción política del pueblo.
Prohistoria.
Jünger, E. (2003). La Movilización Total. Sobre el dolor seguido de La Movilización Total
y Fuego y Movimiento. Tusquets Editores.
Lacan, J. (1998). Seminario XX: Aun. Paidós.
Lacan, J. (2008). Seminario IV: La relación de objeto. Paidós.
Laclau, E. (2000). Nuevas reexiones sobre la revolución de nuestro tiempo. Nueva Visión.
Laclau, E. (2008). Atisbando el futuro. En S. Critchley y O. Marchart (comps.) Laclau.
Aproximaciones críticas a su obra (pp. 347-404). Fondo de Cultura Económica.
Laclau, E. (2015). La razón populista. Fondo de Cultura Económica.
Laclau, E. y Mouffe, C. (2015). Hegemonía y estrategia socialista. Fondo de Cultura Eco-
nómica.
Laleff Ilieff, R. (2020a). La reserva liberal en la teoría de la hegemonía de Ernesto Laclau.
En M. Rossi y E. Mancinelli (comps.) La política y lo político en el entrecruzamiento
del posfundacionalismo y el psicoanálisis (pp. 143-163). IIGG-CLACSO.
Laleff Ilieff, R. (2020b). Lo político y la derrota. Un contrapunto entre Antonio Gramsci y
Carl Schmitt. Guillermo Escolar Editor.
Laleff Ilieff, R. (2022). Poderes de la abyección. Política y ontología lacaniana I. Miño y
Dávila.
Laleff Ilieff, R. (2023). “Afectos y manipulación. De la experiencia peronista a la teoría del
populismo”. Res publica. V. 26, 209-221.
Laleff Ilieff, R. (2024). El secreto de Edipo. Política y ontología lacaniana II. Miño y
Dávila.
Le Bon, G. (2012). Psicología de las multitudes. Comares.
Martínez Estrada, E. (2005). ¿Qué es esto? Colihue.
Martínez Mazzola, R. (2009). El Partido Socialista y sus interpretaciones del Radicalismo
argentino (1890-1930). Tesis de doctorado. Universidad de Buenos Aires.
Melo, J. (2013). “El jardinero feliz: sobre populismo, democracia y espectros”. Las Torres
de Lucca, N. 2, 21-45.
Melo, J. (2023). “Palabras rotas: Sobre populismo, Lacan y Laclau”. Estancias. Revista de
Investigación en Derecho y Ciencias Sociales, año 3, n. 6, 15-38
Melo, J. y Aboy Carlés, G. (2014-2015). “La democracia radical y su tesoro perdido. Un
itinerario intelectual de Ernesto Laclau”. POSTData, 19-2, 395-427.
Miller, J. (2010). Extimidad. Paidós.
Ortega y Gasset, J. (1984). La rebelión de las masas. Hypamérica.
66 STUDIA POLITICÆ Nº 66 invierno 2025
Palti, E. (2018). “El tópico de ‘los orígenes ideológicos’ de las revoluciones de independen-
cia como problema. Una relectura a partir de Tradición política española e ideología
revolucionaria de Mayo, de Tulio Halperín Donghi”. História da Historiograa, N.
27, 20-36.
Pappas, T. (2019). Populism and liberal democracy. Oxford University Press.
Peruzzotti, E. (2017). “El populismo como ejercicio de poder gubernamental y la amenaza
de hibridación de la democracia liberal”. Revista SAAP, 11(2), 213-225
Ramos Mejía, J. (2012). Las multitudes argentinas. Estudio de psicología colectiva. Fondo
Nacional de las Artes.
Retamozo, M. (2021). “Hegemonía, subjetividad y sujeto: Notas para un debate a partir del
posmarxismo de Ernesto Laclau”. Novos Olhares Sociais, V. 4, N. 1, 24-48.
Rinesi, E. y Muraca, M. (2010). Populismo y república. Algunos apuntes sobre un debate
actual. En E. Rinesi, G. Vommaro y M. Muraca (comps.) Si éste no es el pueblo. Hege-
monía, populismo y democracia en Argentina (pp. 59-74). UNGS.
Rozenberg, A. (2024). “Tiernos y terribles, tronos y cadalsos: afectos e inestabilidad po-
lítica en Las multitudes argentinas de José María Ramos Mejía”. Studia Politicæ, N.
63, 4–29.
Schmitt, C. (2008). Los fundamentos histórico-espirituales del parlamentarismo en su si-
tuación actual. Tecnos.
Selci, D. (2018). Teoría de la militancia: organización y poder popular. Cuarenta Ríos.
Serra, P. (2019). El populismo argentino. Prometeo.
Souroujon, G. (2021). “Las deniciones mínimas de populismo. Problemas y potencialida-
des”. Pilquen, 24 (2), 1-12.
Speziale, T. (2023). “Tiempo y política en Elias Canetti”. Revista de Sociología, 36, 107-
136.
Tassin, É. (2012). “De la subjetivación política. Althusser/Rancière/Foucault/Arendt/De-
leuze”. Revista de Estudios Sociales, N. 43, 36-49.
Zicman de Barros, T. (2020). “Desire and Collective Identities: Decomposing Ernesto La-
clau’s notion of demand”. Constellations, N. 28, 511–521.
Žižek, S. (2000). Más allá del análisis del discurso. En E. Laclau, Nuevas reexiones sobre
la revolución de nuestro tiempo (pp. 257-267). Nueva Visión.