Revista Pelícano Vol. 1. El asalto de lo impensado
pelicano.ucc.edu.ar Pp. 73 88
Agosto 2015 Córdoba
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La Cruz: símbolo americano, símbolo
universal
The Cross: american symbol, universal
symbol
Javier Mercado
1
Universidad Nacional de Córdoba
javimercado70@hotmail.com
Modo de citar: Mercado, J. (2015). La Cruz:
símbolo americano, símbolo universal. Pelícano,
1. Recuperado de http://pelicano.ucc.edu.ar/
ojs/index.php/pel/article/view/15/14
Resumen
En el presente trabajo nos proponemos
reflexionar sobre un tema que, creemos, en los
últimos años no ha tenido la suficiente
atención: el simbolismo de la cruz en el
continente americano. Dos hipótesis orientan
nuestra búsqueda; la primera, que los pueblos
amerindios tuvieron a la cruz como un símbolo
fundamental cuyos significados no atienden
solamente a la divinización de la naturaleza sino
también a una reflexión metafísica y filosófica
sobre el mundo a partir de lo simbólico. La
segunda, que el valor de la cruz en los pueblos
precolombinos puede ser puesto en
consonancia con el que otras culturas del
planeta le han dado al mismo símbolo, lo que
podría constituir su trasfondo metafísico.
Intentaremos ahondar en el contenido
arquetípico que tal símbolo comporta a fin de
reafirmar su alcance e importancia originarias
en este continente que, con el paso de los
siglos, fueron parcialmente eclipsados por la
cruz latina impuesta por los conquistadores a su
paso.
Palabras clave: Cruz, Símbolo, Metafísica,
Arquetipo, América.
Abstract
In this paper we will reflect on a topic we
believe it has not been enough attention: the
symbolism of the cross in the Americas. Two
1
Doctor en Letras. Docente, Escuela de Letras, FFyH,
UNC. Miembro del equipo de investigación
"Heterodoxias y sincretismos en la Literatura Argentina".
Becario posdoctoral del CONICET.
assumptions guide our search; first, that the
Amerindians had the cross as a fundamental
symbol whose meaning not only cater to the
deification of nature but also a metaphysical
and philosophical reflection on the world. The
second is that the value of the cross in the these
cultures can be brought in line with the
meaning that other cultures of the world have
given the same symbol. If we will try to deepen
into the archetypal content of such symbol in
order to reaffirm his range and importance on
this continent that, over the centuries, were
partially overshadowed by the Latin cross
imposed by the conquerors in their wake.
Keywords: Cross, Symbol, Metaphysics,
Archetype, America.
La cruz es el más totalizante de los símbolos...
Jean Chevalier
A propósito de la cruz y América
Al mencionar la cruz, la imagen que más rápido
nos viene a la mente es la de la crux latina, cruz
asociada al patíbulo, al sufrimiento y a la
muerte. Es curioso reparar en que los
diccionarios de heráldica consignan más de
cuarenta tipos de cruces (todas de origen latino-
cristiano) que nos pasan relativamente
inadvertidas a diario cuando las vemos en
diferentes escudos, insignias o distintivos. Y el
cristianismo actual, en su triste derrotero hacia
el olvido de lo simbólico, parece haber perdido
toda consciencia del valor de la cruz en tanto
símbolo trascendente para quedarse solamente
con un signo que demarca un hecho histórico
puntual
2
. Dice Jean Chevalier: “En su Historia de
Dios, M. Didron da un perfecto ejemplo de la
corrupción o de la edulcoración del símbolo
que degenera en alegoría, que lo conduce en
nuestra opinión a un verdadero contrasentido
en sus interpretaciones” (1999, p. 364). Esta
reducción del símbolo cruciforme a una sola de
sus expresiones es quizás el principal escollo
2
Con esta última expresión queremos aclarar que la cruz
católica no sólo se limita a marcar el sufrimiento humano
de Jesús en el calvario, sino que se refiere también de
manera quizás un tanto s velada a la asociación entre
la Iglesia y el Imperio (el famoso In hoc signo vinces de
Constantino) para convertirse en un signo de la religión
Católica Apostólica Romana.
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para afrontar su estudio, y aún más en nuestra
América.
La presencia del símbolo de la cruz en
América ha sido, por muchos siglos,
despreciada. Cuando decimos «despreciada»
hacemos referencia a un marcado menosprecio
que se ha hecho del símbolo y la importancia
que tuvo para las civilizaciones precolombinas,
a pesar de la abundante evidencia que
demuestra su presencia original en estas tierras.
Posteriormente, este menosprecio se volvió
olvido y, si bien en la actualidad nadie niega la
presencia de este símbolo en varias culturas en
todo el continente, el tema no ha tenido, salvo
valientes excepciones, un amplio tratamiento o
difusión.
Si dejamos en suspenso por un momento el
sentido católico y occidental de la cruz
podremos dar lugar a una afirmación que,
aunque para algunos sea un tanto extraña, no
por eso desatiende a hechos muy bien
documentados: la cruz es un símbolo que
encontramos en todo el continente americano,
como así también en todo el globo.
este signo estaba muy difundido entre
otros muchos pueblos, además de la India,
habiéndosele encontrado tanto en Asia
como en África, en Europa como en
América. Su difusión como signo
ideográfico ha sido inmensa en todos los
tiempos, tanto, por lo menos, como lo es
la cruz hoy, por lo que cabe más bien
pensar que dicho signo ha representado el
emblema de la religión y de la civilización
no de una sola raza, sino de la humanidad
entera durante un dilatado período
histórico o aún pre-histórico (Astete,
1953, p. 36).
Y, sobre su presencia en América, Adán
Quiroga llega a afirmar que al ser tal su variedad
no debe haber existido pueblo que
desconociese por completo este símbolo: “debe
dejarse definitivamente sentado el hecho de su
universalidad, del tal manera que pueda decirse
que en América la Cruz ha sido una insignia
religiosa empleada por los pueblos” (1901, p.
240).
La asociación que se ha hecho, y en gran
medida se sigue haciendo, de la cruz con el
cristianismo y particularmente con el
catolicismo llevó a que muchas veces se
superpongan los significados propios de esta
religión a la cruz americana, como así también a
otras cruces que aparecen en diferentes
culturas. Los religiosos llegados de Europa
entre los siglos XVI y XVII se esforzaron de
forma vehemente por demostrar que las cruces
americanas eran fruto de oscuros y antiguos
viajes de santos cristianos que vinieron a
predicar. En su afán por demostrar una
predicación evangélica precolombina incluso
llegaron a encontrar los sepulcros de estos
viajeros; fruto de estos esfuerzos, por ejemplo,
es que san Bartolomé sea el apóstol del Perú.
Tal vez mucho tenga que ver con esto el hecho
de que Viracocha era generalmente
representado con una cruz en la mano. Ahora
bien, como dice Quiroga “el conquistador no
vio, ni pudo ver en aquella, una combinación
geométrica simbólica, sino el signo sacrosanto
de su fe” (1901, p. 2), es decir, que la presencia
de la cruz en América no fue tenida más que
como un epifenómeno de la cruz imperial de la
Iglesia.
Muy bienintencionada, aunque falta de
pruebas sólidas y aval académico, la tercera
teoría sobre la presencia de la cruz en el
continente tiene que ver con las civilizaciones
desaparecidas. Samuel Lafone Quevedo fue uno
de los primeros argentinos en hablar de ella.
Según él, las cruces en el mundo eran los
rastros de una lengua sagrada perdida
3
. Esta
lengua hablada por iniciados y sacerdotes de
una antigua y avanzada civilización que tuvo
dimensión continental y conexiones con otros
puntos del mundo perduró a lo largo del
tiempo puesto que fue inscrita mayormente en
piedras como las que hoy podemos ver en los
megalíticos monumentos de todo el mundo. La
importancia y profusión estaría dada, entonces,
en su remoto origen como lengua sagrada de
una congregación de sabios que desconocemos.
Esta postura no tiene en cuenta un hecho muy
documentado durante la conquista: los
aborígenes tenían a la cruz como símbolo
sagrado. Es decir, no formaba parte de un
entorno que les era ajeno, no era una grafía sin
importancia, sino que tenía un valor activo
3
Cf. Quiroga, 1901. En el prólogo al libro Lafone expone
detalladamente su teoría.
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dentro de la vida social. Más allá de su posible
origen, la cruz era un principio activo dentro de
la sociedad y propiciaba el encuentro con la
divinidad. Lafone, al entenderla como un
vestigio de algo perdido, le quita valor activo y
presente porque “la función general de los
símbolos indígenas no es la de canalizar la
expresión artística ni la de ocultar o distraer la
atención, sino la de acercarnos de una peculiar
manera al significado que en segundo lugar
tienen las realidades” (Reyes, 2008, p. 293).
Otra postura, surgida siglos después al calor
del naturalismo del siglo XIX y que también
minimiza el problema, es la que refiere la
sencilla constitución gráfica del símbolo. Siendo
apenas dos líneas que se cruzan, es muy fácil
encontrar un «modelo» de cruz en la naturaleza
a partir del cual vehiculizar significados. La cruz
se encuentra por toda América y el mundo
porque es muy «fácil» verla por doquier y
copiarla a modo de decoración o artificio.
Evidentemente, desde esta perspectiva
corremos el riesgo de suponer que lo simbólico
es producto de una copia espontánea de ciertos
aspectos geométricos presentes en el medio
natural circundante, un dibujo no se relaciona
propiamente con ningún tipo de conocimiento.
Aquí es valedero subrayar que, si bien la cruz
se reduce a un modelo muy simple, la profusión
de tipos cruciformes alrededor del globo es
muy amplia y en la mayoría de los casos no
responde a ningún modelo “natural”. Amén de
esto, la griega, la chacana, la esvástica o la
ansada son cruces que, a partir de los rasgos
particulares que las componen, remiten a un
conglomerado significante que es en muchos
casos similar o, mejor, universal.
El hecho de que la cruz aparezca en
infinidad de lugares, tiempos y religiones quizás
no encuentre su explicación en transmisiones,
préstamos, o en la simpleza de su forma.
Quizás, estas apariciones se deban a su valor
arquetípico, valor que no tiene principio y que,
por lo tanto, nos obliga a decir que la cruz no
fue inventada en ninguna de las culturas
humanas. Aunque, evidentemente, todas ellas se
valieron del símbolo para expresar sentidos que,
en buena medida, se muestran misteriosos.
Está fenomenológicamente constatado que
existen analogías profundas que religan todos
los símbolos de la humanidad. Estas analogías
no se deben al préstamo como sucede con el
contacto lingüístico ni al hecho de que existan
símbolos cuya constitución remite a la
naturaleza. Por el contrario, pensamos que
subyace a todas estas manifestaciones
temporales y espaciales un principio rector que
no forma parte de ninguna realidad concreta en
particular, pero que las signa a todas en tanto
existencias. Carl G. Jung, en sus denodados
intentos por establecer y conceptualizar al
menos algunos aspectos relacionados con esto,
lo denominó inconsciente colectivo.
Nosotros aceptamos sus desarrollos, pero
también pretendemos ir un poco más lejos y
sumarle al pensamiento junguiano las
propuestas de René Guénon, a fin de poder
pensar al símbolo como una realidad
bidireccional que apunta hacia las
profundidades del inconsciente y las alturas del
supraconsciente. Guénon (1987) considera
suficientemente probado que la cruz es un
símbolo que aparece en todas las tradiciones.
Esto indicaría, según el autor, un vínculo
directo de las culturas con un saber ancestral y,
podríamos agregar, arquetípico que no se puede
particularizar como descubrimiento de nadie,
sino que hace a la especie humana como tal y su
relación con el cosmos.
La cruz, entonces, guarda un profundo
significado religioso y metafísico que trasciende
el hecho supersticioso y pasa la discusión del
plano de la creencia al de la comprensión
simbólica del mundo. Siguiendo al autor
francés, podemos plantear que la cruz en
América porta un valor metafísico que no deja
de lado los otros ni les resta valor, sino que los
complementa por encontrarse en un ámbito
paralelo. La cruz no es mera divinización de la
naturaleza, sino captación de lo trascendente y
expresión de un modo de ser del mundo en
relación con lo que está más allá de él. En
síntesis, entraña un profundo sentido
metafísico.
Si en el aborigen hay observación de la
naturaleza no es la observación “supersticiosa”
que encumbraron los cronistas y luego los
antropólogos, ni tampoco la mirada analítica de
los científicos; es, más bien, una mirada que a
falta de término mejor decimos “está cargada
de filosofía”. En palabras de Luis Reyes: “en el
pensamiento indígena los símbolos no son un
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caprichoso camino indirecto de la expresión
sino la manifestación adecuada, la exigencia de
una realidad que generalmente, para los
indígenas, tiene otro lado: es dual” (2008, p.
291). Esta observación toma como soporte
simbólico la cruz, que no es creación propia ni
tampoco del mundo occidental.
Desde la perspectiva guenoniana se piensa a
las diferentes cruces que encontramos como
partes de la multiplicidad propia del estado
manifestado del universo. Es decir que las
cruces en sus diferencias nos marcan distintos
aspectos de un mismo principio implicado. En
este sentido, el símbolo explica saca hacia
afuera, hacia la existencia, en la medida de lo
posible, lo no-manifestado, que permanece
siempre implicado (vuelto hacia mismo sin
espacio ni tiempo que lo contenga). Este
principio se manifiesta a través del simbolismo
de la cruz en las culturas humanas como la
irrupción de lo sagrado en el mundo; la cruz es
una en origen (arjé), pero no podemos establecer
su principio (protós) en el mundo. Apenas
podemos decir que es sin cópulas temporales ni
espaciales; la profusión del símbolo de la cruz
en las civilizaciones responde a que, en todas
ellas, existe un sentido básico y primordial al
que remite y sobre el cual se desarrollan las
posibilidades significativas.
Sentado nuestro punto de partida filosófico
para abordar el problema, nos resta aclarar que
proponer “la cruz americana” como objeto de
estudio es demasiado ambicioso y supera
complemente nuestro objetivo. Puntualizamos
que tomamos como punto de partida la cruz y
su importancia en el incario; lo consideramos
un interesante anclaje dados los múltiples,
variados y relevantes ejemplos del uso de la
cruz en esta cultura
4
. Pero no creemos que
nuestro trabajo carezca de valor a la hora de
estudiar la importancia de este símbolo en otras
civilizaciones americanas, tales como los
chimúes o los mayas, a las que nos referiremos
de forma mucho más tangencial. Pretendemos
exponer un enfoque particular para abordar el
tema que ayude a tomar consciencia de la real
4
Haremos referencia también, cuando sea oportuno o
necesario, a otras culturas indoamericanas, muchas de
ellas relevadas y estudiadas por Quiroga en su trabajo La
cruz en América (1901).
dimensión del asunto y que no lo cierre en una
serie de afirmaciones monolíticas.
La cruz en el mundo amerindio
Intentar una mínima sistematización de la cruz
en el mundo amerindio requiere, al menos,
distinguir tres ámbitos diferenciados donde la
encontramos. Se puede hablar primero de su
presencia en objetos rituales, luego de su
importancia arquitectónica y, finalmente, de su
vertiente mitológica. Trataremos de repasar
algunos de los datos más relevantes de cada uno
de las citadas figuraciones.
Al decir objetos rituales nos referimos a los
muchos utensilios de alfarería que se
encontraron en templos, edificios de gobierno y
en las cercanías huacas y tumbas en todo el
incario como en otros pueblos de la parte sur
del continente. Muchos ejemplos de este tipo
tenemos en el noroeste argentino, donde la
cantidad de piezas recuperadas nos da una idea
bastante acabada de la importancia que el
símbolo tenía para los habitantes de la zona, ya
que “en ninguna otra sección geográfica como
en la tucumana, y especialmente calchaquí, al
noreste de Argentina, la cruz se encuentra tan
reiteradamente repetida” (Quiroga, 1901, p.
247). Lafone da sobrados ejemplos de la
aparición de cruces de brazos iguales entre los
diaguitas. La presencia del símbolo se registra
mayormente en objetos de alfarería de uso
probablemente ritual, como así también en
urnas funerarias y tejidos. Además, el
arqueólogo refiere una importante cantidad de
documentos coloniales donde se registra la
existencia de cruces de madera o piedra
realizadas por estos pueblos en sitios que se
tenían por sagrados
5
.
Entre los calchaquíes, la cruz aparece en
cántaros y vasos que eran enterrados junto a los
cadáveres, lo que atestigua su función sagrada y
ritual. Pero también tenían una función en el
hogar
5
Cf. el prólogo de Samuel Lafone Quevedo al trabajo de
Quiroga (1901). Allí, incluso refiere un texto del padre
dominico Alonso Trueno donde el sacerdote confirma la
veneración que los aborígenes profesaban por la cruz,
aunque sospecha que ésta no estaba movida por un
sentimiento católico.
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estas cántaras, cuando se encuentran llenas
de chicha, de maíz y de algarroba y a
veces conteniendo carbón, que debe
representar al fuego sagrado del hogar,
que el indio ni dejaría apagarse no son
pues, propiamente hablando, urnas
cinerarias, sino vasos votivos o vasos
ceremoniales (Quiroga, 1901, p. 127).
El tejido y el telar, tan presentes en la América
incaica, también nos dan un indicio importante.
Ésta aparece como motivo recurrente en los
tejidos. Un tejido producido en un telar
indígena es una cruz en la cual las posibilidades
horizontales establecidas en torno al eje vertical
cielo-tierra se acomodan paralelamente:
la urdimbre, formada por los hilos
tendidos en el telar, representa el elemento
inmutable y principial, mientras que los
hilos de la trama, que pasan entre los de la
urdimbre por el vaivén de la lanzadera,
representan el elemento variable y
contingente, es decir, las aplicaciones del
principio a tales o cuales condiciones
particulares (Guénon, 1987, p. 105).
Aparte, se da en el tejido la unión de los
complementarios, de lo vertical con lo
horizontal. La función ritual e iniciática del
tejido y la cruz podemos inferirla a partir del
uso que de ella hacía la casta gobernante del
imperio: los portadores o candidatos al llauto
6
vestían una camisa blanca con una cruz bordada
en el pecho.
En lo que a la arquitectura respecta, la cruz
no aparece en cualquier lugar, sino que como
símbolo sagrado, místico e iniciático lo
encontramos en edificios imperiales y templos
religiosos. En el México antiguo, por ejemplo,
se encontraron tumbas cruciformes como
también cruces rematando sepulcros y lugares
sagrados. Sin duda, la más famosa y llamativa
de esas cruces es la de Palenque, hallada en el
conjunto de ruinas que lleva el mismo nombre.
6
Tiara o pequeña corona de pelo de vicuña cuyo uso
estaba reservado al Inca y escasos funcionarios de suma
importancia en ocasiones especiales como el Inti Raymi.
Figura 1. Cruz foliada de Palenque
(González, 2003, p. 240).
Esta no solamente tiene un marcado valor
simbólico, sino que también se encontraba en el
interior de un templo erigido en honor al sol,
donde era venerada. En este caso es imposible
atribuirle significados meramente
meteorológicos o mágicos, su valor religioso,
simbólico y metafísico es insoslayable. Y sobre
el sentido de la cruz en Mesoamérica agrega
Quiroga: “Desde tiempo inmemorial la Cruz
aparece siendo objeto de plegarias y de
sacrificios de parte de nahuas y mayas,
suspendida como un emblema augusto en los
templos de Popayán y Cundinamarca,
significando 'Árbol de Nuestra Vida' en lengua
mejicana” (1901, p. 94).
Gran importancia entrañan los muros de la
ciudadela de Chanchan, capital de la cultura
Chimú, decorados con cruces de tipo san Andrés
(X). La pirámide de Akapana en Tiahuanaco,
vista en planta, es una cruz tau (T) y muchos de
los objetos encontrados en esta antigua ciudad
tienen como eje de significado a la cruz y al
número cuatro
7
; la más importante de estas
7
Mucho se ha especulado con los posibles rastros de
iniciaciones místicas, enseñanzas esotéricas y de un culto
heliolátrico cerca del lago Titicaca. Más allá de las
sospechas que siempre han teñido esta afirmación,
conviene no olvidar que en los años 20 el alemán
Edmund Kiss realizó una expedición a Tiahuanaco y
nunca se pudo determinar exactamente qué sustrajo
ilegalmente del yacimiento arqueológico. Estudiosos
bolivianos nos hablan de cruces esvásticas talladas en
piedras cercanas al Kalasasaya. Llamativamente, la
segunda expedición de Kiss que nunca lle a
realizarse estaba financiada por la Ahnenerbe, “Sociedad
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piezas una gran lápida con un rostro en el
centro y cuatro brazos que se extienden se
encuentra en el museo Tiwanaku de La Paz.
Figura 2. Lápida cruciforme con rostro
en el centro (Kusch, 2007, p. 55).
Asimismo, existían huacas en el norte de
Argentina de trazado cruciforme. Incluso,
muchos sitios sagrados que estaban demarcados
con una piedra ritual con el tiempo fueron
reemplazados por una cruz cristiana aunque sin
perjuicio del culto que allí se rendía, lo que nos
indica que la noción de centro sagrado está
tanto en una (piedra) como en la otra (cruz) y
que la percepción aborigen no realizaba grandes
distinciones entre ellas.
Figura 3. Cruz chacana.
La chacana tiene un peso uniforme a lo largo
de todo el imperio incaico, y siempre aparece
para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia
Ancestral Alemana” fundada durante el III Reich.
relacionada con el sol y el agua. En el Templo
del Sol de Ollantaytambo, por ejemplo, la
encontramos ya muy erosionada pero
presente formando un fila de tres cruces de
tamaño decreciente sobre el megalito central. Y,
dato importante, al igual que a la chacana, a la
cruz esvástica se le realizaba un orificio en el
centro en el que se insertaba un eje de madera;
dos cruces con brazos opuestos (levógira
esvástica y destrógira sauvástica) producían
un fuego que simbolizaba el original fuego
sagrado, Agni.
Por otro lado, la cruz aparece representada
en petroglifos, en pictografías y en la alfarería.
Si reparamos en que estas técnicas de
representación se corresponden con diferentes
etapas en la evolución de una cultura, podemos
inferir que en los diferentes momentos de
desarrollo de las civilizaciones americanas la
cruz siempre estuvo presente, no pudiéndose
datar su aparición primaria
8
.
Repasemos ahora algunos de los mitos en
donde se hace presente la cruz. En la mayoría
de los casos nos encontramos con un héroe
divino que es portador de la cruz, aunque
también se la puede relacionar con la
representación que se hace del personaje o del
entorno que lo rodea. Sin dudas, los personajes
del panteón incaico que más se relacionan con
la cruz son Pachacámac, Viracocha y Tunupa.
Pachacámac, el soberano del mundo, aparece
como el portador de una cruz que puede ser
representación del fuego o el viento. Algo
similar se dice de Viracocha, otro portador, que
en este caso porta una cruz más cercana a lo
acuático y lo terrestre
9
. Y, aunque la relación
Pachacámac-Viracocha necesitaría un estudio
aparte, es evidente la complementariedad de los
dos mitos. El tercer personaje más cercano a
lo que concebimos como un héroe mitológico
propiamente dicho es Tunupa, señor y sabio,
hijo del Creador que plantó una cruz en
Carabuco. En este caso, Tunupa es también
8
Otra constante temporal en muchas cruces es que
tenían un pié grabado en la parte inferior, como si fuesen
los pasos del portador (Quiroga, 1901, p. 18). Constituye
un misterio el por qué. ¿Quizás marcaba que allí había
descendido la divinidad?
9
Cf. Quiroga, 1901, Cap. VII: La cruz en los ídolos. Allí, el
autor detalla las razones por las cuales Pachacámac es una
deidad aérea e ígnea en tanto Viracocha es terrestre y
acuático.