Creación de dispositivos grupales hospitalarios

Ana Carolina Farah

Resumen


En los últimos tiempos la violencia y el entretejido social se filtran dentro de las intervenciones sanitarias de una manera sorprendente e inabarcable desde las respuestas pensadas hasta el momento. La clínica actual de niños debe necesariamente amparar el sufrimiento de origen social: consumos excesivos, intentos de suicido, accidentes a repetición y somatizaciones se observan cada vez a edades más tempranas. Desnutrición por “falta de olla”, maternidades adolescentes sin redes sociales de inclusión, incremento de violencia familiar, niños que deben tramitar duelos por traumatismos extremos por maltratos físicos y psíquicos. Demanda social en la que como trabajadores de la salud mental nos sentimos profundamente comprometidos.

La violencia actuada y naturalizada en lo cotidiano familiar, con patologías sociales y personales (como el alcoholismo y la drogadicción) comportan cuadros de impulsividad en donde lo que está afectado es el desarrollo simbólico. La cultura de la violencia es extensiva y virulenta, lo que demanda la necesaria capacitación específica en este tipo de abordajes para brindar respuestas que aporten verdaderamente a la salud de niños y familias. La violencia arrasa toda posibilidad de pensabilidad. Los efectos de la violencia social en el cuerpo del niño y su familia son múltiples y las intervenciones se ven obstaculizadas debido al alto impacto que producen en los referentes institucionales y la brutalidad con la que aparecen.

Lo social hecho cuerpo ha modificado el perfil de la demanda en Salud Mental del Hospital. Ha sido larga la historia de desamparo para los grupos más vulnerables. La soledad en la crianza de los niños favorece la expresión de vínculos violentos cada vez más tempranamente, siendo difícil de prever las implicaciones a futuro que estos traumatismos precoces provocarán en la salud biopsicosocial de los niños.  Aquí el dispositivo grupal en el interior de la institución se propone para realizar una práctica social que colabora con la necesidad de elaboración individual y colectiva de una situación traumática y de las consecuencias psíquicas del impacto de la violencia. Hay algo de lo traumático que requiere una especificidad en su abordaje y los dispositivos grupales son, en nuestra opinión un recurso privilegiado en esa dirección.

Para finalizar, la ausencia de espacios instituciones que brinden lugares de “anidación social” nos convoca al desafío de pensar al grupo como forma de respuesta frente a las nuevas demandas sociales ligadas al sufrimiento infantil. 


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DOI: 10.22529/daps